CAPÍTULO 25
CUITAS ADOLESCENTES
Finales de junio, principios de julio de 2010 (III)
-¿Se puede visitar a tu hermana? – Preguntó Pablo cuando salían de la cafetería.
-Si, ella ya no contagia. Tengo que ir al baño.
-Vale, te espero en la tienda.
-Vale.
Isabel había notado una sensación extraña y a la vez terriblemente conocida. Comprobó el calendario del reloj y pensó que si era eso se adelantaba casi una semana. Para rematarlo, una vez en el servicio confirmó sus sospechas y maldijo para sus adentros. Recordó que su madre ya la había advertido de que seguía, por así decirlo, en "periodo de rodaje", y que hasta que se ajustara del todo pasaría tiempo. Lo malo era que, o tiraba de papel higiénico, o intentaba comprar algo. Isabel se metió la mano en el bolsillo del pantalón, y sin salir del reservado contó las monedas. Pensó que tenía suficiente.
Marchó camino de la tienda del hospital mentalizándose de que no le iba a dar vergüenza hacer su compra. Al fin y al cabo, su madre lo hacía con total naturalidad. Claro que su madre tenía 35 años... Entró en el local y fue directa a los productos de higiene. Paseó la vista por las baldas buscando... buscando... ¡Mierda! Solamente había... ¡Ay! Hasta el momento, Isabel no se había atrevido a probar aquello. Y ahora tampoco. Miró a su alrededor buscando alguna dependienta a la que preguntar. En su lugar, se encontró con Pablo que venía sonriente con un libro de Rechiceros en las manos. Era una serie de libros juveniles que hacía furor entre los niños.
-¡Hola! He pensado que podría llevarle un libro a tu hermana. Creo que le encanta Rechiceros, pero no tengo ni idea de los que tiene...- Y diciendo aquello los ojos de Pablo se fueron hacia la caja que Isabel sostenía en la mano derecha. La chica se quedó tiesa como un palo y roja como un tomate, como si fuera una de esas fotos a tamaño natural que se usan para anunciar productos, en este caso tampones. Pablo instintivamente desvió la vista hacia el libro.
-¿Tiene éste?
-No.
-Vale. Voy a comprarlo.
Y Pablo se dio media vuelta y se encaminó hacia la caja mientras Isabel cerraba los ojos y maldecía lo infinito. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué había tenido que pillarla así? ¿Y por qué había sido tan torpe? Ahora Pablo andaba gastándose su dinero en un libro para su hermana cuando lo que tenía que haber hecho era decirle que no hacía falta que le comprara nada.
-¿Puedo ayudarte?
La voz de la dependienta la sacó de sus lamentos.
Isabel pagó sin mirar ni una sola vez a Pablo, que con un paquete envuelto como si fuera un regalo esperaba fuera de la tienda del hospital. Salió sin atreverse aún a mirarlo a la cara y murmuró algo que el chico no entendió.
-¿Qué dices?
-Que tengo que ir al baño.
Pablo no dijo nada. Ya se imaginaba él por donde iban los tiros. Curiosamente, también sintió que se ponía rojo. La esperó fuera haciéndose cábalas mentales. Así que Isabel ya tenía... pero claro, ¡Qué tontería! ¡Cómo no iba a tener... si también tenía un par de... de eso!. Jo. Así que era una mujer... ¡Uy! Decían que las chicas se volvían la mar de raras con esas cosas, que lloraban por nada y estaban de mal humor... pero lo cierto es que no le había notado nada de particular.
Mientras, ella tenía sus propios problemas. Se leyó y releyó las instrucciones varias veces. Respiró hondo también varias veces antes de acometer la primera intentona. Fue un desastre. ¿Cómo era posible que no entrara? ¡Tenía que entrar! ¡A ver! ¡Que ella tenía lo que había que tener! ¿O estaría "defectuosa"?. Aquellos razonamientos tan tontos no contribuyeron en absoluto a tranquilizarla. Mas bien al contrario, lo que hicieron fue que el corazón le latiera con más fuerza aún y los dedos le temblaran. Tiró el tampón. Y después tuvo que desechar otro. ¡Ay! Al final, Isabel se apañó con un trozo de papel higiénico, solución la mar de cutre, aunque no era la primera vez.
Muerta de vergüenza, regresó junto a Pablo y los dos volvieron a tomar el ascensor para subir a la cuarta planta. No hablaron hasta que no estaban dentro del ascensor, y cuando lo hicieron fue para comentar sobre el libro. Isabel insistió en que no tenía que haber comprado nada a su hermana, y Pablo dijo que sabía que le gustaba leer y que así no se aburriría. Eso no impidió que durante todo el trayecto se intercambiaran miradas de soslayo.
-Vaya, vaya. Si tenemos aquí a Pablo…- Dijo el abuelo de Isabel cuando entraron en la habitación. José Ignacio había llevado al chico a los invernaderos de Pociones Moltó, en la albufera de Valencia, y allí pudo hacerse con la información que buscaba para un trabajo de herbología que le valió una buena nota. El mago apretó la mano del chico con una sonrisa en los labios. Tenía buena opinión de él. Los dos se enfrascaron en una charla sobre plantas y flores mágicas que Isabel aprovechó para llevarse a un aparte a su madre.
-Mamá... necesito hablar contigo.
-¿Qué quieres?
-¿Podemos salir?
-¿Por qué?
-Aquí hay mucha gente...
Cecilia suspiró y siguió a su primogénita al exterior.
-¿Y bien?
-Me ha bajado la regla…
-Pues tendremos que bajar a la tienda porque creo que no llevo en el bolso…
-Ya he ido.
- ¡Ah! Bien ¿Y?
-Que solo tenían tampones…
-Y habrás comprado una caja, supongo.
-Si, pero…
-¿No has sido capaz?
Isabel negó con la cabeza.
-En fin, y ¿Qué has hecho?
-Recurrir a un trozo de papel higiénico bien doblado… mamá, estoy preocupada.
-¿Por qué?
-¿Y si no soy…normal?
-¿Normal? ¿Cómo que si no eres normal?
-Pues… pues… que no… que a ver si…
Cecilia estaba cansada. Y preocupada por Mencía. Aún así una bombilla se iluminó en algún punto de su cerebro. Su adolescente tenía problemas adolescentes.
-¿Porque no has sido capaz de ponerte un tampón piensas que no eres normal?
Isabel, llena de ansiedad adolescente, asintió con la cabeza.
-¡Ay! ¡Lo que tiene una que oír! A ti lo que te pasa es que eres una manazas. Anda, vamos al baño.
-¡Pero no en el de la habitación de Mencía! ¿Qué va a pensar la gente?
Cecilia miró al techo suplicando paciencia al Santo Job.
-¿Y que van a pensar si ven entrar a una mujer y a una adolescente en un baño público? ¿Qué estoy abusando de mi propia hija?
-¡Mamá!
-Pues eso, Isabel, que es mejor que…
Afortunadamente, la tía de Cecilia salió de la habitación en ese preciso momento.
-¡Tía! ¿No puedes llevarnos a un baño del personal? – Preguntó Isabel lanzada.
-¿Un baño del personal? Pues si, pero ¿Por qué no usas el de la habitación de tu hermana?
Isabel se puso colorada y Cecilia pasó a explicar la historia, lo que provocó que su tía, que era risueña por naturaleza, soltara una buena carcajada con el consiguiente segundo sonrojo de Isabel, que se sentía como un semáforo estropeado, poniéndose en rojo constantemente. La pobre chica pasó además otra dosis de vergüenza al tener que entrar por la bolsa en cuestión. ¿Y si Pablo se daba cuenta?
-Lo que me faltaba.- Exclamó Cecilia con un suspiro.- Y además Isabel pensará que su falta de habilidad es el problema más gordo del mundo...- Añadió cansada. Su tía volvió a reír.
-No te quepa la menor duda... Tiene doce años, se hace mujer, empieza a sentir atracción por los chicos y a tomar conciencia de si misma...
-Y tanto. Estaba preocupada por si tendría alguna anomalía congénita.
Al llegar a ese punto, la tía Amaia, que siempre tuvo la risa fácil, no pudo aguantarse y se echó a reír con tantas ganas que hasta se le saltaron las lágrimas. Una auxiliar la miró reprobadora y aunque siempre pensó que la risa era buena terapia, eso la hizo moderarse un poco. Al fin y al cabo, estaban en un hospital.
Faltaban tan sólo un par de días para que los niños marcharan al Campamento de Magia y las complicaciones se amontonaban en la agenda de Cecilia. En ocasiones anteriores, ellos habían llevado a los críos. Ahora se imponía comprarles billetes par el tren mágico. Aunque claro, solo para Isabel y Alberto. Y anular la ficha de Mencía. Afortunadamente de todo aquello podía ocuparse la madre de Cecilia, pero quedaba supervisar el equipaje y, como siempre, darles las pertinentes instrucciones. Decidió dejar todo aquello para la víspera. Con lo que no había contado era con que las cuitas adolescentes de Isabel seguían ahí, pidiendo protagonismo en el peor momento de todos. Y aunque la chica se daba cuenta de que sus padres tenían otras cosas más urgentes que atender, para ella sus problemas eran importantísimos.
Isabel se había dado cuenta de que los chicos, en concreto uno, podían percibirla como un ser humano adulto y sexuado. Era extraño. Cuando en febrero se sintió atraída por un chico inglés llamado Bror Zabini, y llegó a besarle, el concepto que ella tenía de cómo perciben los chicos a las chicas era el mismo que el de las chicas de su edad a los chicos, es decir, puro romanticismo. Después de la experiencia con Bror, que supuso que ella le explicara mediante un bofetón que no estaba dispuesta a tolerar que le manoseara las tetas, había pasado a catalogarlos a todos como unos salidos, sin paliativos. Mira por dónde, los había en una situación intermedia. Como Pablo. Algo le decía que, con un simple gesto, podía ponerlo a cien, y sin embargo, él se contendría. Esto de hacerse adulta y entender a los demás adultos, especialmente a los del sexo contrario era para hacer un master...
El caso es que el resultado de sus complejas reflexiones había sido mucho más adolescente y mundano. Isabel se había mirado al espejo buscándose defectos convencida de que era lo primero que los demás, sobre todo los chicos, percibirían. A dos días de marcharse de campamento por un mes, con su hermana en el hospital de enfermedades mágicas, su madre pálida y estresada y su padre al frente del lío doméstico que era su mágica familia, Isabel estaba preocupadísima porque tenía vello. En realidad, eran cuatro pelos mal contados bajo las axilas y poquísimos por las piernas. Pero ella ya se veía como un oso montañés.
-¿Mamá? – Abordó a su madre en cuanto entró por la puerta de la casa, aunque estuviera ojerosa, cansada y sudorosa.
-¿Qué quieres?- Preguntó Cecilia dejando caer el bolso en una silla mientras se secaba el sudor de la cara con un pañuelo. La huelga muggle de metro, que no cubría ni servicios mínimos y había obligado a las autoridades muggles a cerrar las estaciones, había tenido por consecuencia que tampoco se pudiera acceder sin llamar la atención al 3M, cosa que no había ocurrido jamás en su historia. Cecilia había tenido que caminar un buen trecho bajo el intenso sol de finales de junio y ansiaba como loca meterse bajo la ducha.
-Pues... pues... pues que... tengo pelos...
-¿Pelos?
-En las piernas...
Cecilia bajó la vista hacia las pantorrillas de su hija. Pero no pudo ver nada porque llevaba unos pantalones largos.
-¿No tienes ningún ungüento depilatorio?
Cecilia alzó las cejas sorprendida. Ella precisamente tenía poquísimo vello por el cuerpo, a diferencia de su osito, como le decía cariñosamente a Alberto, así que no tenía a mano nada por el estilo.
-A ver esos pelos...
Isabel se remangó el pantalón. Cecilia tuvo que bajar la cabeza. A continuación extendió su pierna y la puso en paralelo con la de su hija.
-Cuatro pelos de nada, como tu madre. Ni se ven.
Isabel tuvo que reconocer que era verdad. Pero sus cuitas no acababan ahí.
-Y debajo del brazo...- Añadió sonrojada.
Cecilia ya estaba muy cansada. Puesto que hacía mucho calor, decidió no hacer más comprobaciones visuales y cortar por lo sano, nunca mejor dicho.
-Mira, buscas a papá y le pides una de esas maquinillas de cuchilla desechables. Y te los afeitas en la ducha. Ponte jabón, para no cortarte.
-Pero volverán a salir. ¿No hay ninguna crema que los elimine? No hace falta que sea mágica...
-Las hay. Y también mágicas. Pero supongo que el inventario total de pelos es, como en el caso de tus piernas, como el mío. De manera que no tengo nada por el estilo en casa, como te he dicho. Puedo pedirle a tu abuelo que te prepare una, si quieres, aunque ni lo merece. Pero no hoy, hija, estoy demasiado cansada.
Isabel asintió resignada. No olvidaría pedirle la maquinilla a su padre. La guardaría cuidadosamente en su neceser de aseo antes de meterlo en la maleta. ¿Qué iban a pensar los chicos si la veían con pelos? Tampoco olvidaría hablar con su abuelo. Resistió la tentación de llamarlo por teléfono en ese mismo momento. Su hermana Cristina estaba intentando atraer su atención para que jugara con ella a algo. ¡Qué suerte tener dos años y llevar una vida despreocupada!
