De espalda a su prima y de cara a los vidrios empolvados del ventanal, Draco aún estaba con toda la ira contenida en contra esa mujer recién llegada. ¿Quién se creía que era, dando órdenes y mandando como si fuera dueña de todo? En vano era buscar alguna respuesta lógica a lo que estaba ocurriendo, pues estaba claro que tales atribuciones se las había otorgado el propio Lucius Malfoy.
Oprimió con fuerza su mano alrededor de la varita como buscando un objeto en el cual descargar su rabia, pues ya conocía las artimañas y el poder de seducción que tenía su padre para sumar mujeres a su lecho. Estaba seguro que no le importaría acostarse con la hija de Bellatrix Lestrange, al fin y al cabo por las venas de Melina no corría sangre Malfoy y eso de seguro había sopesado a la hora de pensar en tenerla como amante.
Draco inspiró fuerte. Esa idea era la que tenía en la cabeza y estaba seguro que no cabía otra posibilidad. También pensaba en su madre, ¿qué sentiría por Lucius luego de haber vivido tantos años a su lado? De seguro mucha decepción pero nada más, porque sabía que Narcisa Black era incapaz de experimentar odio o rencor a pesar de todo el daño causado.
¿Qué diría Lucius si se enterara de que ella estaba viva? De seguro querría completar su objetivo y esta vez no fallar. Esa era la diferencia entre ambos. ¿Cómo fue que dos personas tan disímiles llegaron a casarse? Su padre solo ansiaba el poder, así tuviera que pasar por encima de todos. En cambio su madre tenía otra visión de la vida, en donde el amor, la familia y los valores estaban por sobre todas las cosas, incluso arriesgando su propia vida. Cualidad que había dejado al descubierto la noche de la Batalla de Hogwarts, en donde arriesgando todo le mintió al mismísimo Voldemort con tal de saber en qué situación se encontraba su hijo. Sí, así era su madre: digna y distinguida, pero siempre cubierta de un aura de bondad. Esperaba que tarde o temprano encontrara a un buen hombre que fuese merecedor de su corazón. Era joven y hermosa, no podía negarse ni cerrarse a la idea de formar otra familia, pero con todo lo sufrido, ¿querría ella arriesgarse a una nueva relación?
Dio otro respiro fuerte, esta vez con la férrea intención de sacar esos pensamientos de su mente, pues ya una cabellera color castaño y unos ojos avellana habían aparecido en ellos. Melina no utilizaba legeremancia, pero Lucius sí. Por ello debía resguardar al máximo la situación de ambas y sobre todo de la ubicación del Castillo de los Cristales. En especial a los cristales, si alguien más sabía de su existencia, podrían ser utilizados para fines oscuros.
Al cabo de unos minutos y cuando ya sus pensamientos buscaban la mejor forma de recuperar la varita de Hermione, la puerta del despacho de Lucius se abrió.
—Estás aquí, pensé que tendría que invocarte con un hechizo. Anda entra, te estábamos esperando —dijo su padre.
Draco negó con la cabeza, regalando una dulce mirada de reproche a Melina por cuanto esta le había negado el acceso. La mujer solo respondió con una sonrisa sardónica mientras también se ponía de pie.
—Melina, bella, ven acompáñanos. Creo que tú debes estar presente.
—Como quieras, Lucius.
La mujer entró al despacho contoneando sus caderas en forma excesiva y totalmente provocadora, movimiento que no pasó desapercibido ni por Lucius ni por ninguno de los allí presentes.
Melina era en extremo sensual y Draco entendía que con ella debía tener cuidado. No lograba suponer cuáles eran sus planes, sin embargo, no era lejano pensar en que el poder o la venganza estaban dentro de sus prioridades. Dio un casi inaudible bufido mientras saludaba y tomaba asiento en uno de los sitiales frente al escritorio de su padre que en ese momento era utilizado por el Ministro de Magia.
Era evidente lo que allí ocurría, se dijo Draco, al final de cuentas, no era quién para meterse en la vida de su padre. Aunque esa mujer podría ser su hija: —Podría, pero no lo es. Pensó mientras con inquietante curiosidad advirtió que en el despacho, aparte del Ministro de Magia, también se encontraba Alfred Greengrass, quien se veía demacrado pudiendo asegurar que temblaba ante la sonrisa socarrona de Shacklebolt y la seguridad con que Lucius se desenvolvía por la habitación.
Bien conocía esas expresiones y por lo mismo estaba seguro que de nada bueno se trataba; y apostaba a que tenía relación con él. Si no, ¿por qué su padre lo habría llamado? Debía mostrarse fuerte, cual mortífago, y ocultar una vez más quién era realmente. Ningún paso en falso podía dar, si no ya sabía qué ocurriría.
—Aquí tenemos al futuro héroe de la familia Malfoy y Greengrass —dijo Kingsley poniéndose de pie y caminando hasta quedar detrás del señor Greengrass a quien tan humillado y sumiso jamás se habría visto, temblando completamente hasta el último milímetro de su mandíbula y buscando un punto en la habitación en donde fijar la mirada.
—¿A qué se refiere, señor Ministro? —preguntó Draco, tratando de resultar sereno.
Kingsley sonrió mientras miraba en forma intermitente a Lucius y luego al señor Greengrass.
—A ver, hijo… —dijo Lucius, luego de acomodar la silla de Melina y de brindarle una pequeña y casi imperceptible caricia en el hombro—… desde hace unos días hemos estado analizando la forma de cómo recuperar la fortuna Malfoy que ha estado en poder del Ministerio —Draco asintió—. Así que, como una forma de agradecimiento, el Ministerio nos la devolverá siempre y cuando tú seas el albacea de todo hasta que yo esté en condiciones de recuperarla… por decirlo de algún modo.
—¿Y? No le veo la complicación. Firmo y ya.
—Pues no es tan fácil como tú crees, hijo. Realmente la fortuna ya está en mi poder. Sin embargo, si queremos dar una imagen perfecta a la comunidad sobre nuestra reivindicación, tú la recibirás al momento de contraer matrimonio, como muestra de madurez, responsabilidad y honorabilidad.
—Bueno entonces tendrán que sentarse a esperar… Yo no tengo en mis planes casarme.
—Te casarás y pronto —a Draco le dio un hielo por el cuerpo y de inmediato miró Melina.
—¡Ni lo sueñes, bebé! No eres mi tipo —le dijo la muchacha con cara de hastío.
—¡A mí nadie me obliga a casar!
—No he dicho que sea un matrimonio «real». Haremos creer que lo es, joven Malfoy, usted seguirá tan soltero como hasta ahora —explicó el Ministro.
—Y se puede saber, ¿quién se va a prestar para esa comedia? —preguntó intentando esconder su enojo.
—Será con una de las hijas del señor Greengrass.
Draco de inmediato cerró su mente. Bien sabía que Weasley tenía una relación con Astoria y que Daphne estaba en algún lugar lejano, ¿qué pretendían con todo aquello? ¿Por qué precisamente con una Greengrass tenía que ser?
—Las hijas del señor Greengrass se encuentran en franca rebeldía, ¿no es así, Alfred? —preguntó cínicamente el Ministro al hombre que sudaba frío por la situación, quien solo asintió sin articular palabra alguna—. Sabemos que la mayor de tus hijas está fuera del país, que fue sacada por Harry Potter, según tengo entendido. Sin embargo, creemos que la menor, Astoria, puede estar por ahí escondida. Hoy aprehendimos a su exnovio y dice no saber nada. Así que considerando el tiempo y de que no nos vamos a desgastar en una especie de casería, extenderemos una orden de captura hacia la joven Astoria Greengrass. Eso sí, si ella se entrega, daremos la libertad a McLaggen y a sus padres.
—A ver, no entiendo. ¿La van a amenazar para que se entregue? ¿Y en lugar de recluirla, se tendrá que casar? ¿Y conmigo? No, ustedes sí que están… —se guardó las palabras porque si no, más de alguno iba a recibir la fuerza de uno de sus puños. Todos tenían algún tipo de desequilibrio mental. Su padre, de seguro poseía el estado más avanzado de locura.
—Draco, si mal no recuerdo, no te costó mucho meter a ambas señoritas en tu cama hace un tiempo —dijo Lucius.
Draco respiró profundo y miró de soslayo a Alfred Greengrass, esperando alguna reacción de parte de aquel hombre, pero este simplemente no hizo nada.
—No estamos hablando de mi intimidad. Estamos hablando del regreso de la famosa fortuna Malfoy a tus arcas, la que ya está en tu poder, ¿no…? Entonces no entiendo el motivo de por qué ahora te interesa tanto el qué dirán, eso jamás te ha importado. Sinceramente encuentro incongruente el armar todo un espectáculo con una boda inexistente, eso sin mencionar la extraña y poco creíble actitud del Ministerio que, en retribución por mi «buena conducta y muestra de madurez», ¿nos premia regresando la fortuna?
—Así es, joven Malfoy, tal como lo has dicho. Eso dará el punto inicial para que la comunidad asuma que el Ministerio está preocupado en la unidad de todos y que entiende que todo el mundo merece segundas oportunidades.
—Segundas oportunidades a las que podrán optar otras familias mortífagas, por lo que veo.
—Correcto señor Malfoy. ¡Vaya, Lucius, tu hijo es muy perspicaz! Más de lo que tú has sido.
Lucius hizo una mueca de desagrado pero no agregó nada más porque en el fondo Draco había dado en el punto exacto.
—¿Y qué demonios tienen que ver los Greengrass en este asunto? Puedo decirle a cualquier chica… a una de las sirvientas incluso que haga la representación, ¿no?
—El señor Greengrass no se ha portado muy bien últimamente, ¿no es así, Alfred? Se olvidó que alguna vez estuvo a nuestro lado y no quiere correr el mismo destino que los Parkinson.
Draco se puso de pie. Imposible era ocultar su rabia. Si los señores Greengrass terminaban como los Parkinson, era evidente cual sería el castigo para Astoria o Daphne… uno igual al de Pansy. No estaba dispuesto a ver a otra amiga de él en esas condiciones. ¿Hasta dónde llegaría la maldad de esos hombres? Sabía que no tenía otro camino y que tanto Weasley como Hermione entenderían. Cerró nuevamente su mente antes que alguien se diera cuenta, se detuvo firme y seguro, tratando de parecer un Malfoy en todo sentido de la palabra, y agregó sin mirar a nadie en especial:
—Está bien. Organicen todo, yo me iré de parranda unos días. Total, pronto seré un hombre responsable, ¿no? —comenzó a caminar hasta la puerta ya que por su parte estaba todo zanjado, además lo que menos quería era seguir viendo esas caras. Ansiaba llegar de una vez a su rincón, con la única persona que se sentía en casa.
El Ministro, en consideración a que Draco había tomado la propuesta mejor de lo que imaginó, también opinó que era hora de retirarse, así que cogió su capa y con tan solo mirar a Alfred este entendió que debía seguirlo. En el Ministerio de seguro lo esperaba una guardia de aurores para ser conducido hasta Azkaban.
—Apenas llegue a mi despacho, enviaré una nota a «El Profeta» para que publique la orden de captura en contra de la señorita Greengrass por el delito de desfalco. Diremos que tiene plazo hasta el viernes al mediodía para entregarse, si no, todo el peso de la ley caerá sobre ella. Con suerte, quizá este fin de semana sea hombre casado, joven Malfoy.
Draco escuchó atento esto último antes de abrir la puerta. Tenía claro qué hacer, así que apresuró la marcha rumbo a su habitación. No sin antes agradecer para sí la presencia de Melina, contrario a lo que hubiese imaginado unos minutos atrás, ahora le servía de mucho pues era el distractor perfecto para que Lucius no anduviera inmiscuyéndose en sus asuntos, ni preguntando cosas que le costaría responder.
