[En este capítulo hay algo de lemon, cuidado, ¡preparaos, poneos cómodos y disfrutad de la lectura!]
En la actualidad en la habitación de Adrien:
El rubio a esas alturas se estaba perdiendo, quería saber qué pasaba con La Flamenca y por qué quería los miraculous de Catarina y Gato Negro, sin embargo Plagg no le spoileaba más cosas al chico e iba poco a poco con numerosos detalles casi irrelevantes para él, cosa que estaba empezando a cansar a Adrien puesto a que la historia se empezaba a hacer pesada y larga.
Esa noche esperaba en la cama sentado y su kwami terminaba de comerse un trozo de queso enorme y apestoso que le había dado su portador previamente. El adolescente quería saber si algo más interesante pasaría, pues estaba deseando conocer lo ocurrido en el manicomio de Isabel.
—Bueno, ¿preparado para oír más de la historia de tu predecesor?
—Sí, pero... Plagg, ¿cuándo van a ir de una vez al psiquiátrico?—Preguntaba aburrido el chico.—Me empiezo a aburrir con la trama de Carla, no creo que sea tan importante, de verdad.
—Tranquilo, que ahora va a venir algo que te gusta, esta vez de verdad, te lo juro. ¡Marifonso power!
—Más te vale, porque también tengo más cosas que hacer y no puedo estar parte del tiempo que debería estar durmiendo escuchando una historia que no me aporta nada, ni siquiera entretenimiento.
—Que sí, deja de ser tan quisquilloso, solo reservo lo mejor para el gran final, ahora cállate y escucha, y será mejor que mantengas la mano fuera de tus pantalones en todo momento, ¡te estaré vigilando, guarrete!
—¿Qué...?
Narra Plagg:
Después de la movida del Cisne Negro, los chicos trataron de olvidarse de lo sucedido como héroes en aquel lugar, y sobre todo de Luparia y lo que podía estar ocultando.
Mari llevaba a cabo las labores que le tocaban y acompañaba a Carla a los sitios y Alfonso simplemente iba con Fu a montar a caballo ya que no tenía ninguna otra clase a la que ir en verano, y de paso querían investigar de nuevo el manicomio de Las Cinco Llagas más a fondo y esta vez den condiciones. Ambos habían hablado sobre lo ocurrido, obviamente el Maestro estaba muy preocupado por Alfonso, dos villanas sabían su identidad y algo debían estar planeando para no haberlo contado antes a alguien más. Pero Wang Fu no se iba a rendir fácilmente, y es que quería seguir con sus planes junto al chico de ojos azules, y ahora no debía entretenerse más puesto a que podía correr bastante peligro, debían ir a lo que pensaban que era el epicentro de las atrocidades de La Flamenca y descubrir qué estaba sucediendo, pues últimamente, Sevilla no tenía un color especial.
Estaban bastante seguros de que Isabel escondía algo, y aunque ella no fuera la villana de Sevilla querían saber a qué se dedicaba, pues su comportamiento no era precisamente normal, querían quitarse la sospecha más grande de encima y descartar gente sospechosa.
Antes de ir al manicomio querían informarse bien de cómo era y cómo podían entrar en él sin ser descubiertos, ya que la primera vez que fueron no les dejaron entrar por ciertas zonas donde estaban los internos. Habían visto muy poco de lo que era ese enorme edificio que poseía extensos jardines y varias plantas.
Dieron con la conclusión de que Isabel no debía enterarse de que ellos querían entrar, puesto a que si era la Flamenca y sabía que Alfonso era Gato Negro, era obvio que este intentaría investigarla, de modo que empezaron a idear el plan, que consistiría en estudiar las diferentes entradas del lugar para que el chico transformado pudiera entrar a escondidas mientras el maestro se hacía pasar por el familiar de alguien para poder entrar y visitarlo, sin embargo no tenían información sobre quién estaba internado en el psiquiátrico ni nada de lo que necesitaban para llevar a cabo su jugada, y eso era lo más importante.
No tuvieron más remedio que aplazar la visita hasta que supieran bien lo que tenían que hacer, cualquier paso en falso podría fastidiarles todo.
Unos días después del último incidente, en la casa de los Avilés, Alfonso había buscado un montón de libros en su biblioteca, el Maestro Fu buscó también por Sevilla en otras bibliotecas o librerías, tanto planos del lugar, como la lista de internos o algo así, lo malo era que no podía haber una lista muy bien actualizada, puesto a que los internos morían en masa últimamente, y también entraban más, eso era lo más sospechoso.
Como no encontraron gran cosa así optaron por pedirle ayuda a Carla, quien casi no paraba por el cortijo para ir al Cisne Negro más a menudo. Ahora era Alfonso quien debía respaldarla por si sus padres acudían de imprevisto y ella no estaba allí. El caso es que Fu y Alfonso necesitaban a Carla para que ella entrara en el manicomio con su madre y viera los sitios por dónde podía entrar Gato Negro y conocer a algún paciente para que Fu hiciera el paripé.
La parte mala de aquello era que no le podían confesar a la chica las sospechas que tenían de su madre... ¿Cómo lo iban a hacer entonces?
Aquella tarde de Junio resaltaba por ser lluviosa y ventosa, había una enorme tormenta de verano y nadie podía salir de la casa. Juan Alberto tenía mucho miedo de que las vides se estropearan con tal aguacero, que un rayo incendiara algún árbol de la finca o que algunas de sus preciadas pertenencias salieran volando o se estropearan, nada de su parcela estaba protegido, salvo la casa, y ni eso, pues el patio interior también quedaba al descubierto y podía entrar el agua en la casa. Los sirvientes habían retirado las mesas, sillas y demás objetos del patio para que no se mojaran ni dañaran y los dejaron dentro de los pasillos inferiores, los cuales estaban llenos con cosas y casi no se podía pasar por ahí. El resto de la casa estaba bien protegida, aunque lo recomendable era no salir de ella hasta que la tormenta amainara, y todos se tuvieron que quedar en el cortijo sin salir para mantenerse protegidos.
Carla no había salido precisamente por eso, además le daban miedo las tormentas y se quería mantener bien protegida junto a Alfonso y María del Carmen. Estos dos estaban bien, les pilló de sorpresa porque hacía días estaba el cielo despejado y hacía mucho calor, y aquel día estaba todo gris, nubloso, con un viento huracanado bastante salvaje que se llevaba a la gente por delante, sobre todo a las mujeres con esas faldas y vestidos tan pomposos. Por no hablar de que las temperaturas había bajado bastante para ser verano, y ese cambio no le sentaba bien a todo el mundo, ni anímica ni físicamente.
Mari ayudaba a otra doncella a limpiar el comedor principal después de que hubiesen comido todos y Alfonso la estaba esperando en su habitación para hablar con ella. La notaba distante, un poco metida en sí misma y menos habladora, no entendía el por qué, habían pasado tres días desde el incidente en El Cisne Negro y aún estaba rara, no iba a besarle ni cuando podían estar solos, es más, los momentos que podían estar a solas ella decidía no poder reunirse con el pobre adolescente y este sabía que le estaba evitando, debía hablar con ella, y solo podía ser pillándola por sorpresa en su propio cuarto.
Finalmente Mari Carmen acabó sus tareas, Carla estaba durmiendo y no tenía más que hacer en ese momento, se iba a poner a descansar, así que caminó hasta su habitación, abrió la puerta y se encontró a Alfonso sentado en su cama, quien la miró al notar que la puerta se abrió.
—¿Qué haces aquí, Alfonso?—Preguntó adoptando una seria expresión la chica. Obviamente ella seguía con la molestia de lo sucedido con Gato, y estaba tan convencida de que era Alfonso que por un momento aquello la cegó y le hizo apartarse de él sin un motivo que supiera.
—Quiero hablar contigo, ¿por qué me evitas? ¿Qué te he hecho?—Cuestionaba de vuelta el joven rubio, levantándose de la cama.
—No sé de qué me hablas, no te estoy evitando.
—¡Mientes! Cada vez que podemos estar solos tú dices que tienes que hacer algo o que estás muy cansada y debes ir a dormir.
—¿Y qué esperas? Trabajo todo el día, soy literalmente tu criada, ¿recuerdas? No puedo estar todo el día contigo, deberías tener eso presente.
—Claro que lo sé, pero a mi no me engañas, Mari, antes aprovechabas el más mínimo momento para verte conmigo, ¿por qué ahora no? Llevamos saliendo en secreto un tiempo y ahora de repente y sin que pase nada malo te distancias, al menos quiero saber qué hice mal para poder arreglarlo...
La muchacha de cabello negro suspiró y cerró la puerta, le tocaba mentir por el bien de su identidad, sabía que Alfonso podía estar sintiéndose culpable por aquello, y desde luego no tenía la culpa, después de todo supuestamente siendo Gato Negro tuvo la decencia de irse y no hacer nada con Catarina.
—No has hecho nada,—Comenzó a explicar Mari, relajándose y acercándose al chico.—Alfonso, solo es que... el mal tiempo me tiene agotada, física y mentalmente, no quería distanciarme de ti, además ahora con esta tormenta y eso no podemos salir de la casa, estoy un poco agobiada por si ocurre algo a mi madre que sigue con el embarazo, y eso, solo es preocupación lo que tengo, pero contigo estoy bien.
—Oh... Claro, ahora me siento mal por haber pensado todo el rato en mi, soy idiota...—El rubio miró hacia otro lado avergonzado, pero ella le acarició la mejilla y le hizo mirarla otra vez.
—No pienses así, es normal que te preocupase haber hecho algo malo sin querer, eso demuestra que me quieres, ¿no?
—Si, me gustas mucho y jamás te haría nada malo...—A Alfonso le pesaban esas palabras, sabía que sus pensamientos le estaban jugando una mala pasada, pues por más que amase a María del Carmen, no se podía quitar de la cabeza la imagen de Catarina debajo de él, gimiendo, sintiendo toda su piel caliente, frotándose... Quería sentir lo mismo con su chica para olvidarse de lo que podía sentir por la superheroína, sus temores se habían hecho realidad cuando supo que no eran la misma persona, y como un estúpido empezó a sentir algo por las dos, su mente se dividía entre deseo sexual y amor, y desde luego le estaba atormentando, pues incluso había tenido sueños húmedos de los que luego se sentía muy culpable, tenía que remediarlo, en serio, este chico era un pervertido, pero mientras me daba queso yo no me quejaba ni le juzgaba por ello... echo de menos la torta del Casar...
—Entonces quiero ver esa cara feliz, no triste, ahora tengo rato libre, así que puedo pasar tiempo contigo si quieres.—Mari le abrazó para consolarle, pues veía que se había puesto mal y ella tampoco quería eso.—¿Tenemos vía libre?
—Creo que sí, hoy mi padre no puede hacer nada más que gestión y debe prepararse para lo peor, así que no creo que salga de su despacho para nada más que comer, incluso ni eso, porque pueden llevarle la comida, así que creo que podemos estar a solas. Mi abuela y Carla están echándose la siesta y Natalia se fue a su casa ayer por vacaciones, nadie más puede molestar.
—Vaya, entonces tu padre no tiene que dar a basto con todo si incluso su asistente se ha ido, esperemos que no le pase nada a vuestros viñedos...
—No te preocupes por eso, mi padre en las bodegas tiene muchísimos barriles aún, así que hay reserva suficiente para vender mientras se recupera la cosecha en caso de que se destruya con el temporal.—A mi personalmente era lo que más me importaba, que hubiera vino para beber, aunque Alfonso me lo hubiera prohibido... pero me negué a dejarlo...
—De acuerdo, entonces, ¿vamos a tu cuarto?
—No, he tenido una idea mejor, vamos a ir a la sala donde daba clases de pequeño, quiero mostrarte algo, sígueme de lejos por si alguien nos ve.
Mari asintió con ganas de saber lo que Alfonso quería enseñarle, y este rápidamente salió de la habitación. Ella le siguió con disimulo y subieron a la segunda planta del cortijo. El rubio de ojos azules se metió en una de las habitaciones más alejadas de la casa, en un ala donde casi no iba nadie ya, la muchacha se metió tras él al ver que nadie les veía y ambos quedaron dentro con la puerta cerrada a sus espaldas.
Aquella sala era un estudio con dos pupitres en mitad de esta y un enorme escritorio junto a una pared y una pizarra en ella. Había multitud de muebles y estanterías con pinceles, paletas para poner pinturas, y varias cosas más que servían para pintar cuadros. Más alejado en la sala había también unos cuantos caballetes, dos de pie y tres apilados en una esquina cogiendo polvo. Había también un sillón individual tapado con una sábana blanca y otro sofá alargado que también estaba oculto entre sábanas para que no se ensuciara de polvo.
Las cortinas en aquella sala estaban echadas y todo estaba casi a oscuras salvo por un poco de luz que podía entrar, ya que era de día y las cortinas aquellas dejaban pasar algo de luz, sin embargo el día al estar nublado tampoco es que estuviera muy luminoso de por sí.
—Mira, esta es el aula donde aprendía a pintar,—Explicaba Alfonso, cogiendo de la mesilla un candil viejo y encendiéndolo mientras lo quedaba allí para que iluminara algo.—de pequeño la usaba como sala de juegos y para aprender varias cosas, pero de mayor empecé a dar clases fuera de casa, aquí solo me enseñaban arte, hasta que... ocurrió aquel accidente... Mi padre no quiso tener cosas que le recordasen a mi madre, de modo que decidió que lo mejor era que dejase la pintura y me dedicase a cosas ''más importantes'' según él.
—Bueno,—Mari se acercó al chico y le puso una mano en el hombro.—ya te dije el otro día que tu padre está más comprensivo ahora y te dejaría retomarlo, de hecho me encantaría ver cómo dibujas.
—Por eso te he traído aquí, quiero volver a pintar, y tú serás mi musa, tú me inspirarás, ¿quieres?
—¿Lo dices en serio?—La morena se sorprendió y se puso alegre de repente, aquella idea le gustó.
—Por supuesto, me encantaría pintarte, pero no te prometo que sea gran cosa, puede ser un fiasco.
—Vamos, no digas eso, estoy segura de que lo harás genial.
—Gracias por creer en mi, aunque para empezar necesitaremos más iluminación, buscar las pinturas adecuadas, coger un caballete y un lienzo limpio... un montón de cosas.
—Yo no sé dónde están las cosas aquí, pero supongo que tendrás velas para iluminar.
—Sí, tiene que haber muchas aquí, vamos a buscar.—Ambos comenzaron a buscar como podían las cosas que necesitaban para ponerse a pintar. Alfonso consiguió encontrar papeles en blanco, pero ningún lienzo limpio. Tampoco encontró ninguna pintura, todas estaban resecas por el tiempo y conseguir pintura fresca en esa época era más difícil ya que los colores se obtenían de diversos pigmentos y conseguir algunos de ellos era casi imposible, como el púrpura, que era el color más difícil de obtener y se asemejaba a la nobleza, aunque por esos años ya empezó a ser fácil obtenerlo gracias a diversos científicos de la época, pero digamos que en España la cosa va mas lenta. El caso es que Alfonso no tenía nada para pintar, pero por pura suerte, María del Carmen dio con la solución: encontró unos carboncillos en un cajón, unos de tonos ocres y otros simplemente negros. También había encontrado algunas velas color avellana en otro armario, de modo que casi estaban preparados.
—Me temo que no podré pintarte con pinturas ni hacer nada brillante.—Decía el muchacho rubio entristecido.
—No te preocupes, al menos yo encontré carboncillos, seguro que también puedes usarlos.—La joven de ojos verdes le entregó los carboncillos al chico y luego este le dio dos cerillas para encender las velas. A lo que ella se puso a hacerlo, colocando estas sobre los pupitres para tener más luz.
—Algo es algo, podré practicar mejor con esto antes de hacer un retrato medianamente profesional.—Alfonso apartó el caballete, ya que no le servía para nada sin un lienzo y entonces cogió una de las sillas que había y la colocó frente al sofá que había bajo los ventanales, así él podría ver mejor.—Vale, siéntate ahí, quita antes esa sábana polvorienta y ponte cómoda.
Ella obedeció y retiró la sábana blanca que cubría el sillón grande, al echarla al suelo se sentó en el sillón recta, con las piernas cerradas y los pies rectos apuntando al frente, con sus manos en su regazo y simplemente sonriendo gentilmente. El rubio comenzó a dibujar sobre la mesita que se había puesto enfrente y garabateó algunos trazos de la chica en el primer folio. La primera pose era normal, no muy compleja para que él la dibujase fácilmente, aunque luego le iría pidiendo poses algo más difíciles para él.
Unos minutos después, entre el total silencio de la habitación donde únicamente se podían oír las gotas de lluvia sobre las ventanas y algunos truenos, Alfonso terminó el primer dibujo y miró a Mari Carmen.
—El primer boceto ya está, ten en cuenta que estoy calentando, hace mucho tiempo que no dibujo nada...—Comentaba él, mirando cómo la chica se levantaba y cogía el folio, mirando el dibujo. Eran rayas a grafito que formaban un poco toscamente la figura de la adolescente, con su recogido dentro de su cofia y su vestido de doncella negro y blanco.
—No está mal, tienes que mejorar la técnica, pero me gusta bastante, yo no sería capaz de dibujar así.—Dijo sinceramente la chica, volviendo a mirar al rubio.
—Gracias por ser sincera, si quieres podemos seguir con otra pose, así me acostumbro a dibujarte y cada vez se me hará más sencillo.
—Me parece bien.—Ella se volvió a sentar.—¿Cómo quieres que me ponga?
—Hm... Ponte un poco de lado, de perfil y pon la mano de fuera sobre el sillón, ten una pose un poco más relajada.
Nuevamente le hizo caso y se puso como él le pidió: sentada de lado en el sofá, con una pose casual. El joven de ojos azules se puso a trazar lineas en otro folio en blanco.
Así estuvieron un rato, Mari posaba y Alfonso dibujaba numerosos bocetos de la joven sevillana en diferentes posiciones. Hasta que llegó un momento en el que el muchacho quería un cambio más importante, ya que todos los dibujos parecían iguales. Se quedó mirando a la chica pensativo y dio con la clave al final:
—¿Podrías quitarte la cofia?—Preguntaba repentinamente el chico.—Necesito que te sueltes el pelo para hacer unos dibujos diferentes, solo si quieres, claro.
—No sería un problema, ¿cerraste la puerta con cerrojo?—Contestó ella mientras se quitaba la cofia de sirvienta que llevaba en la cabeza, luego se empezó a quitar las horquillas del moño para deshacerse el recogido y soltar su larga melena.
—Sí, lo hice, aunque nadie pasa por aquí, pero de todas maneras hay que tener cuidado...—Él se quedó mirándola otra vez, con el pelo suelto estaba hermosa, pero lo que más le dolió en el corazón era que... se parecía a Catarina. Su cabello era igual de largo, aunque pensándolo fríamente, en plena época victoriana lo normal era que las chicas casi no se cortaran el pelo, por lo que trató de esquivar esos pensamientos sobre la heroína.—Tienes un pelo muy bonito...
—Gracias, ¿cómo me puedo poner ahora entonces?—La chica empezó a mirar a Alfonso de manera coqueta, acariciándose el pelo.
—Eh... T-te dejo elegir a ti ahora.—Se empezó a poner nervioso, estaba mal, en su mente se repetía una y otra vez la misma escena en la que estaba junto a Catarina, no podía más.
La adolescente se recostó a lo largo del sofá, quitándose los zapatos y poniendo los pies sobre este. Dejó una pierna estirada y la otra la dobló, retirando un poco la falda del vestido, haciendo que sus estilizadas piernas cubiertas por unas finas medias negras se vieran hasta la mitad. Se retiró el pelo de la cara y se lo colocó todo hacia atrás haciendo que le cayese solo por uno de sus hombros.
—¿Así está bien? Querías algo nuevo y dinámico, ¿no?
—¡N-no puedo dibujarte así...!—Exclamó el rubio, muy rojo, pues podía ver los pololos de la chica, que era su ropa interior, ya lo mencioné varias veces, tenían una ropa interior bastante larga y pomposa, le llegaba hasta por encima de las rodillas.—¡Si mi padre o alguien más ve esto va a pensar que soy un pervertido!
—¿Y crees que si ven los otros dibujos tampoco te iba a decir nada? Tienes que esconderlo todo igualmente, ¿qué más da? Aprovecha ahora que no hay nadie y tengo la confianza suficiente como para dejar que me veas así.—Ella también se puso roja, aunque también un poco molesta por la vergüenza que empezó a pasar.
—Está bien, pero no te molestes... no me esperaba eso y... Dios, estás demasiado provocativa...
Mari Carmen se rió un poco y volvió a mirarle de manera inocentona y cálida.
—Confío en ti, Alfonso, píntame como una burguesa sevillana.
No pudo decir nada el chico y se quitó la chaqueta de su traje, quedándose con su chaleco granate y su camisa blanca bajo este. Tras dejar la chaqueta apoyada en el respaldo de su silla, se sentó de vuelta y comenzó a pintar otra vez a María del Carmen, esta le parecía cada vez más sexy, incluso le empezó a temblar el pulso.
—Mari... súbete un poco más la falda.—Dijo tembloroso, no podía contenerse, la deseaba. Ella al oír aquello se sorprendió, pero tímidamente lo hizo: se subió un poco más la falda del vestido haciendo que se vieran sus muslos y casi su entrepierna, la cual estaba tapada, obviamente, pero aún así en esa época era algo muy erótico, por eso el pobre Alfonso se estaba poniendo nervioso y se estaba acalorando entre la luz de las velas, la pose de Mari y sus propios recuerdos.
—Que rápido has cambiado de opinión...—Susurró algo avergonzada la joven de cabello negro.
—Tenias razón, si nos tenemos confianza y estamos solos... debemos aprovechar.—Dijo finalmente él y prosiguió con el dibujo a carboncillo negro.
Pasaron otros largos minutos en los que Alfonso miraba la figura de María del Carmen y luego trazaba lineas sobre el folio, sin embargo, cada vez que la miraba tenía la tentación de pedirle algo más sensual, sin embargo no se atrevía, no quería ser lanzado, cuando estaba convertido iba a por todas, pero eso era gracias a mi, ahora que es solo él no es tan atrevido, y no sabía qué hacer para aguantar sus ganas de guarradas, en serio, los humanos sois unos pervertidos.
Al final terminó el dibujo y se lo enseñó a Mari, ella, al verlo sonrió alegremente.
—Me veo hermosa...—Dijo casi sin creerlo.—Realmente has ido mejorando dibujo a dibujo...
—Gracias, y si te ves hermosa en ese dibujo es porque lo eres, te he dibujado tal cual.—Contestaba el chico, un poco rojo todavía.
La morena dejó el folio sobre el pupitre en el que había estado dibujando el chico, y luego se acercó a él más, acariciando su mejilla. Él no supo que decir, solo la miró, y vio que se acercó y le besó dulcemente mientras le acariciaba. Alfonso decidió corresponder besándola de vuelta y rodeando su cadera con sus brazos, pegándola a su cuerpo. Ambos disfrutaron de aquel beso que se empezó a hacer largo y apasionado, incluso los adolescentes usaron sus lenguas y pasaron a acariciarse mutuamente con las manos.
Al separarse los dos se miraron acalorados y rojos, ella deseaba continuar, pero no sabía cómo, era bastante tímida en civil, Catarina se le hubiera tirado encima como una loba, eso es cosa de Tikki. Veremos a ver si estos dos lerdos eran capaces de hacer algo sin dar vergüenza.
—Mari... ¿Qué hacemos ahora?—Preguntó Alfonso, intentando evadir el tema, ya que al besarse se había calentado mucho más y no quería seguir así por miedo a incomodar a su chica.—¿Quieres que te dibuje más? Aún me quedan folios en blanco.
—Un último dibujo sería estupendo,—Contestó en un tono bajo y tímido María del Carmen, quien también estaba colorada.—puedes decirme lo que quieras para la pose.
—¿L-lo que quiera...?
Ella solo asintió, al ver inquieto al muchacho rió un poco y se volvió a sentar en el sofá.
—Soy toda oídos.—Respondió de vuelta la de ojos color aceituna, mirando tiernamente al rubio.
—B-bien... pues... N-necesitaría que te quites el vestido, sólo si tú quieres, es una sugerencia...—Solo podía ponerse más y más rojo el pobre.
—Lo haré, así tienes cosas diferentes que dibujar... y me ves en paños menores, que seguramente también te agrade.—Volvió a reírse Mari y comenzó a desabrocharse el vestido de sirvienta por atrás, y bajándoselo lentamente hasta quedar en ropa interior. Dejó su vestido apartado en el respaldo del sofá y se volvió a sentar en este.—Me siento un poco desnuda así... y con frío.
—Pues yo tengo mucho calor... ¡Q-quiero decir...! No tardaré mucho, solo échate en una pose cómoda para ti.
Mari lo hizo, se echó lateralmente a lo largo del sillón con una mano en su muslo y la otra apoyada en el sofá. Alfonso estaba mirando su ropa interior, no porque fuera un pervertido, que también, si no para poder dibujarla mejor al ver los detalles y las arrugas en la ropa, los volantes y todo aquello. La ropa interior de la joven morena consistía en una camisa blanca de manga corta con bastantes decoraciones bordadas que le llegaba hasta las caderas, donde justo empezaban unos pantalones blancos que eran sus pololos de antes, solo que había un detalle que Alfonso no sabía, y es que ese tipo de prendas estaban abiertas por la entrepierna, es decir, esa zona no se tapaba porque normalmente en aquella época la gente hacía sus necesidades en cuñas si no tenían un retrete más moderno, e igualmente con la ropa tan pomposa de las mujeres se hacían así para que no les fuese tan difícil atinar mientras se están apartando tantísimas capas de ropa y hierros.
Por suerte Mari Carmen no tenía esos hierros o lo que sea con lo que hicieran las famosas crinolinas, igualmente también hacía pis como el resto de personas en esas circunstancias.
Eso último de la raja en la entrepierna no lo notó el chico porque no se veía a simple vista, ella estaba echada aún, esperando a que terminara ese dibujo. Se sentía tranquila aunque pareciese estar desnuda, realmente sabía que podía confiar en Alfonso y que lo hacía por sacar buenos dibujos, pero ella también accedió porque quería algo más.
Nuevamente Alfonso acabó de dibujar y la volvió a mirar, aunque esta vez dejó el dibujo en la mesa, cogió su chaqueta y se acercó a María del Carmen, quien se había sentado ya derecha. Él se sentó a su lado y suspiró mientras la tapaba con la chaqueta por encima de sus hombros para que no tuviera frío, estaba dispuesto a hablar ya en serio de lo que pasaba, pues ahí había mucha tensión sexual entre ambos y se notaba.
—Si no estás cómoda podemos dejarlo ya, puedes vestirte.—Sugirió el rubio, algo apenado, no quería presionarla en ese sentido pues sabía que ella era más delicada.
—Estoy bastante cómoda, la verdad, ¿por qué dices eso?
—Decías que te sentías desnuda y con frío, y no quiero que pases frío.
—Pues con tu chaqueta no es suficiente, ¿por qué no me das calor tú mismo?—Ella le abrazó cariñosamente y se apretó a él, que ante aquel hecho se empezó a excitar, ya estaba tardando mucho, pero ahora podía tocar parte de su piel desnuda y eso era demasiado para él.
—Y-yo te daré el calor que quieras...—Alfonso sonrió, aunque con cierta inquietud, puesto a que su miembro había empezado a erectarse y no quería que ella lo viese o notase.
Mari había notado que algo raro había rozado su cintura por dentro de la chaqueta y fue a mirar, tal vez era algo que tenía Alfonso en un bolsillo interior y la curiosidad le pudo: se encontró el condón que hacía tiempo Carla le dio junto a otro que ya gastó el rubio junto a Catarina, y la chica, al verlo, supo que algo tenía que ver con el par de preservativos que Gato Negro tenía en el momento aquel, ya que el sobrante se lo había guardado en su ropa, justo lo comprobó cuando él estaba ''borracho''. Ya no le sorprendía la cantidad de coincidencias abismales que encontraba sobre la identidad del rubio, simplemente sacó el condón con el sobrecito individual de seda y lo miró, seguidamente miró a Alfonso, que se había quedado cortado y muy rojo.
—¿De qué tipo de calor estás hablando...?—Dijo con timidez ella, apartando la vista, también sonrojada y un poco avergonzada, aunque por dentro lo estaba deseando, ella también se acordaba de la noche de sexo entre ella y Gato Negro, y aquella era una oportunidad de oro para repetirlo, con velas, el preservativo y su apuesto acompañante rubio de ojos azules tan perfecto.—¿A caso quieres pasar a mayores conmigo ya?
—¡Ah... no me acordaba de que tenía eso ahí, lo juro!—Exclamó con bochorno el joven, aunque le extrañó que siguiera ahí después de haber lavado su ropa, quizá alguna doncella lo sacara para lavar la prenda y después lo volviera a meter, pero no era momento de pensar en aquello.—No soy un lechuguino, Mari, Carla me los dio... Ya sabes cómo es con sus insinuaciones...
Ella se empezó a reír y dejó el preservativo a su lado para acariciar a Alfonso y darle un leve beso en los labios.
—No te pongas tan nervioso, creo que somos lo bastante mayores para saber lo que hacemos... Si lo deseas... podemos continuar. Nos amamos y creo que podemos pasarlo bien sin peligro, nadie sabe que estamos aquí, tenemos la puerta cerrada con pestillo, estamos alejados y con la lluvia no se nos oiría.
—¿En serio? No me esperaba que tú... quisieras algo como esto, pensé que eras muy religiosa.
—Yo también soy humana y tengo deseos de ese tipo, no te extrañes tanto, mi mentalidad cambió desde lo de Carla y creo que deberíamos aprovechar el momento.—Ella se le volvió a acercar y le besó otra vez, agarrándole del chaleco y echándose lentamente en el sofá con él quedando encima suya. Al apartarse se miraron a los ojos sonrojados nuevamente, aquella sería su primera vez... bueno, oficialmente como civiles, porque técnicamente ya lo habían hecho antes.—Venga, ¿quieres que lo hagamos?
—S-sí, ¡claro que sí!—Asintió Alfonso totalmente nervioso, casi no se lo creía, además tenía miedo de no dar la talla por lo que le dije; que estando transformado en Gato Negro yo lo hacía todo, pero sinceramente le estaba tomando el pelo, yo solo le di confianza, pero lo demás lo hizo él.
No perdió el tiempo y empezó a desabrocharse el chaleco rápida y torpemente a causa del nerviosismo. Se tuvo que levantar del sofá para quitarse bien la ropa, pero estaba haciendo un numerito de lo más lamentable. Mari se estaba descojonando en el sofá mirándole, y normal, aunque ella también estaba nerviosa, pero menos.
Mientras esos dos estaban ocupados con lo suyo, Tikki y yo nos escondimos en otro lado, obviamente no podíamos estar ya en su ropa y nos habíamos ido a otro lado sin que se diesen cuenta. Ya habíamos estado más que presentes la otra vez, ahora mi compañera no quería interferir en la intimidad de María del Carmen, yo sí que lo quería ver, pero Tikki me lo prohibió y nos tuvimos que meter en un baúl roñoso lleno de trapos viejos y pintura seca.
Pero no te preocupes, Adrien, que vas a saber lo que pasó porque Alfonso me lo contó después todo al detalle y sé exactamente como contarlo:
Después de que patéticamente el rubito se quitara la parte de arriba de su traje, quedó con el pecho al descubierto, a lo que también se le vio su herida casi cicatrizada en el brazo. Mari aún le miraba esperando a que algo pasara, pues ella ya estaba en ropa interior y no quería desnudarse del todo antes de tiempo.
—¿Ya no te duele tanto el brazo?—Preguntó Mari, tratando de romper un poco el hielo.—La herida se ve mejor.
—Sí, está cicatrizando bien y ya no me duele tanto,—Contestó el muchacho, quitándose los zapatos a continuación.—aunque a veces al echarme sobre este brazo me sigue molestando un poco. Gracias por preocuparte.
—No es nada, fue muy peligroso aquello de la corrida de toros, espero que no vuelvas más a hacer eso...
—Eso quedó en el pasado, mi padre decidió que no fuera más por eso mismo, y no quiero volver a sacar este tema, estamos arruinando nuestro momento...—Rió levemente, aún nervioso.
—Oh, perdóname... Olvidémoslo entonces.—Como ella estaba en el sofá aún, se levantó y empezó a desabrocharse los botones que abrochaban por detrás su camisa interior, o sea, su sujetador, seguido de ello directamente se la quitó y la lanzó por ahí, ahora sus pechos estaban al descubierto y Alfonso se le quedó mirando pasmado, se le olvidó lo de los toros en un santiamén.
—Vale... así se arreglan las cosas...—Comentó el rubio, y entonces la agarró volviéndola a besar con ganas y echándola en el sofá de vuelta. Lentamente se puso a acariciar su piel por un costado. No se atrevía a tocarle los senos, quería que ella le diese permiso, aunque estaba bastante excitado y no se enteraba mucho, fue ella misma la que le agarró las manos a él y se las puso directamente sobre los pechos a ella. Le estaba sugiriendo que siguiera así porque le gustaba, y Alfonso, más caliente todavía, los masajeó con delicadeza y luego puso su boca en uno de ellos y probó a lamerle un pezón mientras le acariciaba el otro. Ella gimió en bajo, pero él la oyó y no pudo más, necesitaba quitarse los pantalones o dejar salir su miembro, ya que empezaba a dolerle la erección, de modo que se apartó de Mari Carmen, se puso de rodillas en el mismo sofá y se los empezó a desabrochar. Por curiosidad miró la parte inferior de su chica y vio el hueco de la entrepierna, que su ropa interior no tapaba justamente esa zona y se veía húmeda y un poco abierta, pues la chica tenía las piernas un poco separadas, y eso ya le hizo estallar a Alfonso.—¡T-tienes los pololos rotos y se te ve todo!
—Eh... E-en realidad es así para ir al baño...—Mari se tapó con las manos allí y cerró sus piernas avergonzada, sus mejillas seguían pareciendo tomates después de todo.—supongo que facilita las cosas, y desde luego ahora también...
Lentamente decidió quitar las manos y volver a separar sus extremidades, no quería desnudarse del todo por si acaso alguien quería entrar y se tenían que vestir rápido para no ser pillados, así que se quedaría con aquello puesto.
—S-sí, bueno... en ese caso deja que me baje esto y... pues empiezo...—Alfonso se bajó un poco los pantalones y después sus calzones dejando salir su miembro erecto, Mari lo miró aún con la cara colorada, le gustaba lo que veía y también se sentía muy excitada, necesitaba sentirle dentro de nuevo.
Podíamos oírles desde el baúl donde nos metimos Tikki y yo, y desde luego el rubio estaba siendo penoso, pero era un crío al fin y al cabo y solo quería meterla.
—Madre mía, estos dos están perdidos sin nosotros.—Comenté en bajo, suspirando.
—Déjales experimentar, aún son jóvenes, seguro que más adelante se les irá dando mejor.—Me respondió mi compañera mariquita con decisión.
—Ya, pero es como si no hubieran aprendido nada de lo que ocurrió en la torre del Oro, terrón de azúcar.
—¡Te dije que no me llames así! Y no creo que estén en condiciones de recordar nada de eso, simplemente están excitados, deberíamos darles intimidad.
—Nah, lo cierto es que me lo estoy pasando muy bien escuchándolos, y espero acompañarles otra vez pronto, tú ya me entiendes...—Me di un pequeño toquecito a Tikki, aunque ella me miró molesta y negó.
—Luego te quejas de los humanos pero bien que te gustan sus cosas, el queso, el vino, el sexo...
—No me negarás que se siente bien, ¿verdad?
—Sí, se siente bien, pero no es algo que necesitemos, no nos podemos reproducir.
—Oh, mi terroncito, no sabía que querías tener un mini Plagg.
—Estás empezando a desvariar, cállate un rato, ¿no querías escucharles?
—Cierto... pero no me olvidaré de eso.
Entonces nos pusimos a escuchar de nuevo. Mientras ellos ya se habían preparado, Mari Carmen le había puesto el preservativo a Alfonso y ambos estaban echados, él sobre ella, quien tenía sus piernas abiertas del todo, pero aún con sus ''bragas'' puestas. Él tenía sus pantalones y sus calzones bajados, tampoco se molestó en quitárselos por si acaso alguien quería entrar.
Sus sexos ya se estaban tocando, sin embargo Alfonso no penetró a su chica puesto a que quería saber si ella estaba totalmente lista, suponía que era su primera vez y podía dolerle como le pasó a Catarina, también llegó a pensar en que ella estaba mucho más suelta que la heroína a pesar de que fuera más tímida y religiosa que esta, Catarina estuvo muy vergonzosa al mostrar su cuerpo y Mari no lo estaba, le enseñó las tetas sin que él se lo pidiera y eso le gustó aunque le extrañara a Alfonso.
—¿Quieres que empiece ya?—Preguntó casi susurrando el rubio a la morena con sensualidad mientras le acariciaba la mejilla.
—Sí, pero así no estoy a gusto, no puedo extender mi pierna bien con el respaldo, ¿probamos de otra manera?—Respondió ella, y estaba en lo cierto, ese sofá no era lo suficientemente ancho como para que pudiera abrir bien sus piernas sin que una de ellas diese contra el respaldo, así que Alfonso se apartó y se sentó, teniendo una idea.
—Vale, siéntate sobre mi, puede que te duela un poco más, pero en este lugar no hay otro sitio más cómodo...
—No te preocupes, no creo que me duela...—La joven de ojos verdes se incorporó también y se colocó sobre Alfonso con las piernas a cada lado de él, pero sin introducirse su miembro todavía.
—¿Cómo...? ¿Ya hiciste esto antes...?
—No... pero suelo ser imaginativa con algunos objetos... Mejor no preguntes...—Ella enrojeció de nuevo, pero lo que decía era mentira, solo se tocó una vez según Tikki, pero no podía revelarle nada a Alfonso.
—Oh... bueno, no preguntaré, supongo que así es mejor.—Ese comentario había excitado más al chico, se la imaginó masturbándose con diversos objetos de forma fálica, aunque ahora la tenía delante dispuesta a tener relaciones con él, no era momento de recurrir a fantasías sin sentido, sería de estúpidos.
Volvieron a besarse con lengua y a acariciarse mientras Mari Carmen iba bajando hasta encontrarse con el pene duro del chico. Con una mano se sujetó en el hombro de este y con la otra agarró el miembro para que entrara bien y se lo introdujo poco a poco finalmente. Al hacer contacto los dos dieron un leve jadeo y se miraron muy de cerca. Alfonso la rodeó con sus brazos y apoyó su cara en el cuello de la muchacha, dándole tiernos y delicados besos, Mari por su parte acabó por meterse todo el miembro de su chico y lo notaba tocando el final de su vagina, estaba totalmente húmeda y pasó esta vez con facilidad, nada comparado con la vez anterior que le dolió mucho, aunque apretó sus paredes vaginales para fingir que no estaba del todo abierta, y el de ojos azules notó esto, que estaba algo estrecha.
—Está dentro...—Susurró ella, jadeando no muy sonoramente, colocando ambas manos en los hombros de Alfonso.
—Y-ya, puedo sentirlo, gracias por el informe...—Dijo en tono burlón él sonriendo, pero en bajo también, agarrándola de las nalgas.—¿T-te he dicho alguna vez que me gusta mucho tu trasero?
—N-no... creo que te has guardado muchas cosas de ese estilo, p-pero puedes decírmelas todas ahora...—Ella intentó mover sus caderas un poco para tentar al rubio y que así continuaran con aquello. Eso hizo que él reaccionara y comenzara a intentar moverla de arriba abajo para seguir. Mari Carmen también usó sus piernas para moverse al ritmo de Alfonso y así comenzaron. Dentro de ella podía notar la virilidad del chico entrar y salir de su conducto, y eso le hizo gemir de placer y a él también, estuvo un tiempo deseando repetir aquello, le encantaba esa cálida sensación en su pene mientras estaba junto a una chica que quería yacer con él.
Habían empezado despacio, por ahora solo se les oía jadear mientras lo hacían, no volvieron a decir nada más, solo estas cosas estúpidas que se dicen durante el sexo como: ''oh sí'', ''dame más'', etc.
Nosotros acabamos aburridos, así que nos fuimos a dar una vuelta por la casa con sigilo, a ver si había algo más interesante que observar. Como Carla sabía de mi existencia le dije a Tikki que fuéramos a su cuarto a ver si se despertó, quizá que la viera a ella le haría sospechar de que Catarina estaba cerca, pero esa chica no era muy inteligente, así que seguramente lo pasara por alto. Tikki aceptó porque tenía algo en mente, si no ella no se la jugaría tanto como para dejar que otra persona la descubriera, y más sabiendo que esta conocía la identidad de Gato Negro, así que ambos nos metimos en la habitación de Carla rápidamente y vimos que estaba leyendo un libro echada en su cama. Al vernos se sobresaltó y cerró el libro de golpe.
—¡Cáspita! Qué susto...—Dijo mirándome.—Tú eres el bicho ese que transforma a Alfonso, ¿pero y el otro bicho rojo?
—Yo soy el que transforma a Catarina,—Contestó Tikki.—como no hay peligro he venido a ver a Plagg, y ambos hemos venido a verte.
—¿A mi? ¿Por qué? Esto me sigue pareciendo muy raro, no sé qué sois ni nada.
—Somos kwamis y nos encargamos de dar poderes a las personas que llevan nuestros miraculous,—Explicaba yo esta vez.—o sea, unos objetos mágicos que llevan encima. El caso es que hemos venido a proponerte algo para ayudar a Alfonso, ya que sabes quién es, necesita investigar un sitio del que sospechamos mucho y solo tú podrías entrar a investigar.
—¿Eh? ¿Yo? ¿Os referís al Cisne Negro? Alfonso ya estuvo antes ahí y no hubo problema.
—No nos referimos a ese lugar, nos referimos al asilo mental Las Cinco Llagas, creemos que una de las internas puede ser La Flamenca y él quiere ir a investigar con el Maestro Fu, todo depende de ti porque puedes pasar gracias a tu madre, pero ella no puede saber nada tampoco por si acaso, ¿podemos confiar en ti?
—¡Por supuesto! Aunque ese sitio me da mala espina con todos esos locos, dudo mucho que mi madre se crea que quiero entrar a verlo de un día para otro.
—No te preocupes, seguro que puedes mentir de maravilla, necesitamos que entres y conozcas a uno de los internos para que el Maestro pueda entrar a visitarlo y así investigar y colarse, y de paso que Alfonso se cuele por algún otro sitio que no sea la entrada principal y no le pillen.
—Está bien, ¿cuándo sería?
—Lo antes posible, no hoy porque dudo mucho que se pueda salir si quiera al porche de la casa, pero en cuanto el tiempo mejore debes ir.
—Vale, trato hecho, iré a hablar con Alfonso mejor de todo esto porque hay cosas que se me escapan, como, ¿por qué no entra él directamente como civil o por qué no contáis con Catarina, porque no la habéis mencionado.
—Catarina no sabe nada por el momento,—Añadió Tikki, intentando aclarar las cosas para la chica rubia.—y La Flamenca sabe la identidad de Alfonso, así que es muy peligroso que entre ahí siendo él mismo dejándose ver, además no queremos que a la civil de Catarina le pase lo mismo, por eso no queremos correr riesgos y tú eres la adecuada.
—Dile a tu madre que te enseñe todos los sitios del manicomio, aunque te de miedo o no te guste piensa que nos ayudará a parar a esa loca si descubrimos algo. Te contaremos todo al detalle cuando estemos juntos.
—¡Entonces vamos a hablar con Alfonso y ese tal Fu y forjamos el plan!
Tikki y yo nos miramos con preocupación y luego miramos a Carla.
—Ahora mismo no pueden reunirse contigo,—Dije yo.—el Maestro no está en el cortijo y Alfonso... Está mojando el churro.
—¿Está merendando ahora?—Preguntó ella sin enterarse de nada, en serio, es realmente tonta.—Si son las cuatro y media, siempre merienda a las cinco.
—Eh... no, está mojando su churro, en el chocolate de Mari.—Hice un gesto algo obsceno moviendo mis patas y mis caderas de modo sugerente, aunque Tikki me dio una colleja.—¡Au!
—Están teniendo un momento íntimo,—Intervino Tikki mirándome con molestia, pero luego devolvió la mirada a la adolescente de ojos marrones.—así que mejor que habléis luego de esto, nosotros precisamente estamos aquí porque estamos cansados de oírles...
—¡Vaya, menudo notición! Y yo que pensaba que Mari era una estrecha muy religiosa.—Carla rió y se levantó de su cama, colocando su vestido, que se había arrugado un poco.—Bueno, con todo esto me ha entrado hambre y quiero unos churros, se los pediré a las cocineras.
Nosotros reímos y ellas dos decidieron bajar, yo quería enterarme del salseo en la clase de arte, así que yo fui hacia allí, pero como Mari Carmen y Alfonso seguían fornicando y no es muy interesante de contar, contaré lo que vieron Tikki y Carla, que de hecho es mucho más interesante y es el salseo real de ese día:
Carla pidió los churros y se quedó merendando en el comedor de la servidumbre hablando con uno de los camareros que era también joven, no tanto como ella, pero no pasaba de los veinte años. Mientras Tikki se quedó en el vestido de la rubia sin nada mejor que hacer, solo escuchaba, hasta que vio que una de las campanas de la sala empezaba a moverse y sonar, había unas cuantas en una pared con diferentes nombres sobre ellas para avisar a la servidumbre de que se les requería en alguna habitación, mas la campana que sonó era la de la puerta principal, y estaba zarandeándose bastante violentamente a causa de que nadie les abría con rapidez, entonces uno de los lacayos, el que se encargaba de abrir la puerta, salió corriendo de la sala para apresurarse en abrir la puerta principal. Carla se sorprendió de que alguien llamara con ese temporal justo en ese momento, y se sorprendería más al ver quien era.
Poco después se oyó a alguien caminar hacia allí apresuradamente, a varias personas de hecho, y llegó el lacayo junto a Natalia, la institutriz e Isabel, la madre de Carla. Las dos mujeres estaban empapadas y despeinadas por el viento y la lluvia, y dos doncellas corrieron a por dos mantas y poco después llegaron y se las pusieron por encima a ellas. La adolescente rubia se había levantado de la mesa, dejando su merienda a la mitad, mirando atónita a su madre llegar, no se esperó su visita, y no sabía si preocuparse más por su aspecto o por el hecho de que pillara a Alfonso haciéndolo con Mari Carmen.
—¡Madre! ¡¿Está usted bien?!—Preguntó Carla, un tanto nerviosa, agarrándole la mano a su madre, quien parecía triste y a punto de llorar.
—No... he venido lo más rápido que he podido, es por tu padre...—Decía la mujer, faltándole el aliento de haber corrido desde el carro hasta la puerta del cortijo.
—¡¿Está él bien?! ¡¿Ha empeorado?!
—Está igual, no se le pasa, pero eso no es, es más... ¡ojalá empeore ese puerco!
—Disculpe, señora de Burgos, no creo que sea conveniente que le diga a su hija esas cosas.—Interrumpía la asistente, intentando secarse la ropa.
—¡Cállate, chacha de tres al cuarto! ¡Tú no tienes que decirme cómo hablar con mi hija!—Isabel estaba histérica, pero a la vez al borde del llanto, y Natalia no cambió su rostro inexpresivo aunque aquella mujer rubia le gritase o le insultase.
—¡Por Dios, dime qué ha pasado, madre!
Entre tantos gritos y ruidos de gente corriendo por la mansión andaluza, Juan Alberto había oído todo y había bajado desde su despacho para ver todo aquel panorama, ya que no se podía concentrar y quería saber qué ocurría en su casa.
—¡¿Pero se puede saber a qué viene tanto jaleo?!—Exclamó él, aunque al ver a las dos mujeres recién llegadas se extrañó y se acercó a ellas.—¿Qué hacéis aquí? Es muy peligroso estar fuera con este clima tan malo, ¿por qué habéis venido?
—¡Juan Alberto! ¡Andrés es un completo necio asqueroso!—Isabel al final se puso a sollozar e intentó limpiarse las lágrimas con la manta que le dieron por debajo de sus gafas con cuidado.
—Tranquilícese, Isabel, no es buen lugar para hablar de esto, vaya a mi despacho, enseguida iré a hablar con usted, primero debo poner orden aquí.
—¡Eh, pero quiero saber qué ha pasado con papá!—Carla intentó llamar la atención de su madre, aún preocupada, no sabía qué estaba pasando.
—Después hablaremos más tranquilamente, hija, ahora mismo no estoy bien y no quiero que me oigas decir barbaridades.—Isabel directamente se marchó de allí sin decir nada más y subió a la segunda planta del cortijo. Juan Alberto miró a Carla y después a Natalia.
—¿Y tú qué haces aquí? Se suponía que te di dos semanas de vacaciones.—Dijo el hombre adulto hacia su asistenta.
—No tengo mucho que hacer fuera de aquí,—Contestó la regia mujer de cabello negro.—y sinceramente prefiero quedarme aquí sirviéndole a usted y a su familia si no le importa.
—Está bien, si cambias de opinión házmelo saber.—Asintió Juan Alberto, y Natalia se le acercó con una leve sonrisa, acariciándole el hombro y luego mirándole de una manera seductora. Según Tikki, ahí había mucho tema, aunque él estaba más confuso que otra cosa, aquella mujer siempre fue seria y competente, y nunca se había acercado de esa manera.
—Estaré en mi cuarto colocando mis cosas y cambiándome de ropa por si necesita algo, señor Avilés.—Aclaró esta finalmente y se marchó. Juan Alberto suspiró, a lo que luego vio que casi todos los sirvientes de la sala se le habían quedado mirando.
—¿Qué os pasa? ¡A trabajar, venga!—Exclamó, y acto seguido cambió su vista a Carla.—¿Y tú qué haces aquí merendando sola? ¿Dónde están Alfonso y María del Carmen?
—Bueno, suegro, no siempre tienen que estar conmigo, creo que Alfonso está en su cuarto durmiendo la siesta aún, y mandé a mi doncella a buscarme un libro a la biblioteca, uno de esos picantes, ya sabe... Aún tengo ganas de acostarme con su hijo, pero él es muy tozudo y no está preparado.
—Ya veo... No le agobies por si acaso, con presión no se consiguen las cosas, y mi hijo suele alterarse rápidamente. Yo me voy a hablar con tu madre, no parece estar muy bien y probablemente necesite mi ayuda.
—De acuerdo, después decidme lo que sea, por favor.
Él asintió y se marchó. Por suerte Carla supo improvisar una mentira para salir del paso y excusar lo que hacían mi humano y el de Tikki, entonces, sin decir nada ni terminarse sus churros con chocolate, la rubia se fue corriendo por otras escaleras diferentes a las que usó Juan Alberto para subir, debía avisar a Mari y a Alfonso de que debían detenerse, estaban en peligro de ser descubiertos, y muy para pesar de la rubia, quien no quería interrumpirles, subió en silencio las escaleras para que no la oyeran y al llegar frente al aula de arte, empezó a tocar nerviosamente a la puerta. Tikki salió de su vestido, se había quedado intrigada con lo de Isabel y el padre del rubio, ya que al contarle yo mis sospechas, al no estar yo para verlo, ella decidió relevarme en este tema, es una gran compañera, si señor.
Dentro del aula, los otros dos estaban disfrutando de su pasión, esta vez el chico estaba echado a lo largo del sofá y la muchacha estaba sobre él, aún botando fuertemente sobre su pene. Ambos retenían como podían los gemidos y jadeos, aunque al oír los golpes en la puerta se detuvieron en seco, con el corazón a mil, tanto por la acción que estaban llevando a cabo como del susto. Mari se levantó corriendo y empezó a recoger su ropa.
—¡Nos han pillado, voy a esconderme!—Exclamó en bajo nerviosa la morena, buscando un sitio donde esconderse. Alfonso solo se quitó el preservativo y se subió la ropa, yendo hacia la puerta y poniendo la oreja para escuchar de quién se trataba.
—¡Alfonso, aborta la misión!—Susurró Carla muy cerca de la puerta para ser oída por Alfonso, pero no por los adultos. De milagro el chico la escuchó, abrió la puerta y rápidamente metió a Carla dentro de la habitación, cerrándola de vuelta con el cerrojo.
—¡Qué susto! ¡¿Qué ocurre?!—Preguntó alarmado el de ojos azules. Mari se había quedado quieta en el medio de la sala mirando a Carla, aunque suspiró de alivio y entonces dejó su ropa en el sofá de nuevo, salvo su sostén, el cual se puso rápidamente para no estar semi desnuda, también porque la rubia se le había quedado mirando los pechos.
—Mi madre ha venido por sorpresa y ha ido a hablar con tu padre al despacho. Ha ocurrido algo con mi padre y no me lo han querido decir. Además tu padre ha preguntado por qué no estabais conmigo y he tenido que inventar que tú te estabas echando la siesta y que Mari Carmen estaba buscándome un libro erótico en la biblioteca para salir del paso.
—Un momento... ¿Y tú cómo sabes que estábamos aquí haciendo... cosas?—Preguntó Mari, realmente confusa.
—Bueno... siempre que no estáis ninguno de los dos conmigo supongo que estáis haciendo algo romántico, antes os había buscado y no os encontraba, este era el último lugar que me faltaba, y bueno... no sabía que estabais fornicando, o eso es lo que parece.
—Supongo que al venir tu madre de imprevisto quisiste avisarnos corriendo.—Comentó Alfonso, y empezó a vestirse del todo con su camisa, su chaleco, su corbata y la chaqueta. Mari también se puso su vestido y empezó a recogerse el pelo como podía frente a un espejo que tuvo que limpiar de polvo.—Gracias Carla... Te debo una.
—No me la debes, después de todo, he arruinado vuestra primera vez...
—No te preocupes—Respondió esta vez la muchacha de ojos verdes.—ha sido por una buena causa, ya lo intentaremos otra vez en un momento en el que no haya peligro.
—Eso, no pasa nada, Carla, ahora mejor que vayamos a asearnos un poco y a hacer lo que has dicho que estábamos haciendo, nos da tiempo hasta que tu madre y mi padre quieran dejar de hablar.
Todos salieron de la sala tras recoger las cosas, Alfonso guardó los dibujos que hizo de María del Carmen en una estantería donde no se vieran, entonces cada uno se fue por un lado para arreglarse, Carla acompañó a Mari para hacer la cosa más creíble y el adolescente rubio se fue a su cuarto, al menos ahí colaba que estuviera despeinado y con la ropa arrugada de haber estado ''echado''.
Mientras tanto, en el despacho de Juan Alberto, este e Isabel estaban de pie, la mujer estaba llorando, y no pudo explicarse hasta que se tranquilizó.
—Entonces, ¿puede decirme lo que ha pasado?—Cuestionó Juan Alberto, habiéndole cedido a ella un pañuelo de seda para limpiarse mejor las lágrimas.
—Sí... Andrés... me ha dicho cosas muy feas y le he sorprendido agarrándole el trasero a una de las enfermeras que le cuidan en el hotel.—Explicaba tristemente Isabel.—Empezó todo cuando yo le dije que podía intentar examinarle y ayudarle con lo que sea que tuviera porque se le veía realmente enfermo, pero repentinamente me dijo que yo no sabía hacer nada, que como yo solo cuido a los locos esos no se dan cuenta del mal trabajo que hago y empeoran, además me dijo que estoy vieja, y que no me desea, que prefería a las jóvenes enfermeras que al menos le alegraban la vista estando enfermo...
—Eso es terrible... Ese hombre es un desgraciado, siento mi lenguaje, ¡pero eso no se le dice a tu propia esposa a la que supuestamente amas!—Juan Alberto se sintió enfadado, Tikki le vio la cara de cabreo cuando se metió en la sala a cotillear desde un escondite.
—¡Lo sé! ¡Dijo muy claramente que yo fui una mujer florero para él, y ahora que envejezco no le sirvo para nada!—Isabel volvió a llorar, esta vez sumida en un profundo llanto de dolor, parecía realmente afectada.
—Tranquilícese, ese hombre no sabe lo que dice, tal vez fue algo puntual a causa de su enfermedad, no creo que piense eso realmente...
—Claro que no es eso, desde antes me ignoraba y me despreciaba cada vez más, al principio no se notaba, pero luego cuando estábamos solos me anulaba como persona, no se toma en serio mi trabajo y cuando estamos con gente parece bueno y amable. El otro día le mentí, Juan Alberto; Andrés y yo estamos mal, y ahora mismo no quiero verle, me habló mal y toqueteó a otra mujer delante de mi...
—En ese caso puede quedarse aquí hasta que arregléis las cosas o penséis lo que vais a hacer, debe pensar en su hija, le puede hacer daño el que os separéis.
—Cierto, pero también ella debe saber que su padre no es la buena persona que ella cree, es un hombre que abusa de su poder y trata mal a su esposa...
Isabel se había relajado y aún seguía secándose las lágrimas con cuidado de no tirar sus gafas al suelo. Juan Alberto tenía cara de pena, se acercó a la mujer y puso las manos sobre sus hombros.
—Pues cuando crea que es conveniente hable con ella de eso, pero por ahora es mejor que usted se relaje primero, es la adulta y depende de usted que su hija salga adelante, esto puede causarle mal a la larga, la separación de un matrimonio siempre es dura para los hijos, sea porque el amor se rompe, o porque fallece uno de los cónyuges, sé de lo que hablo...
—Entonces hablaré con ella cuando las cosas se enfríen y pueda explicárselo bien. Gracias por ayudarme con todo esto, y puedes tutearme, no veo por qué debemos seguir hablándonos de usted, somo amigos, ¿no?
—Por supuesto, Isabel, he visto que hay más cosas en ust... digo, en ti, de lo que podía ver antes con Andrés presente, tienes razón, él se hacía notar bastante...
—Sí... Bueno... Y hay algo que me preocupa, ¿qué pasará con el trato que tenemos? Si me separo de mi esposo él se lo llevará todo y yo me quedaré sin nada, ¿qué puedo hacer?
—¿No tienes el sueldo de tu trabajo?
—Lo tengo, sí, pero no es suficiente para vivir por mi sola en condiciones, tendría que vivir en un sitio pequeño como una pobre sin criados ni ropa buena, y entonces mi trabajo será por obligación más que por placer.—Se me hizo muy repelente que dijera eso, esa mujer necesitaba una cura de humildad y saber lo que se siente no tener dinero y ganarse la vida.
—Ya te dije que puedes quedarte aquí, no tengo problema en que vivas con nosotros, además podrás ver a Carla, y no te preocupes por el trato, Alfonso y ella se casarán y yo no tendré ningún problema en que vivas aquí en el caso de que Andrés te deje.
—Bueno, en parte me tranquiliza saber eso, tu hospitalidad es enorme, pero aún sigo muy dolida, yo si le amo todavía, a pesar de las cosas que me hizo no sé por qué sigo queriendo arreglar las cosas.
—El amor es así, duele cuando te lo arrebatan de golpe, solo debemos dejar que el tiempo cure la herida. Ahora será mejor que te cambies de ropa o algo, vas a coger frío, ¿ha cogido ropa, verdad?
—Sí, fui previsora e hice mis maletas rápido, él ni siquiera me impidió que me fuera... Gracias por dejar que me quede.
—No es nada, puedes elegir un cuarto de invitados e instalarte ahí el tiempo que haga falta, y por favor, no estés mal, eres mucho más que ese patán, más útil, más inteligente, y por mucho que diga que eres vieja, sigues siendo mucho más joven que él y puedes encontrar a alguien mejor.
—De eso estoy segura... no es difícil encontrar a alguien mejor que ese marsupial enfermo, lo que duele es el desprecio de alguien a quien amas, sin embargo voy a evitar pensar en eso, debo parecer que estoy bien y tranquilizar a mi niña, es lo que más me importa ahora.
—Exacto, eres fuerte, pronto olvidarás a Andrés, créeme.
Isabel asintió sonriendo gentilmente, aunque duró poco, se llevó las manos al estómago y respiró hondo, parecía encontrarse mal. Tikki seguía mirando, y se vio como su rostro mostraba incomodidad.
—Ahora necesito que me disculpes,—Habló ella, dándole la espalda a Juan Alberto y dirigiéndose a la puerta.—no me estoy sintiendo muy bien, estoy bastante indispuesta y mareada, debe ser el estrés de toda esta situación.
—Tienes mala cara, deberías echarte a descansar,—Contestó él, yendo con ella, poniéndole una mano en la espalda y con la otra abriéndole la puerta para ayudarla.—llamaré a una doncella para que te ayude a cambiarte y a un lacayo para que prepare las cosas en tu habitación.
—Gracias de nuevo, definitivamente necesito un descanso...
Los dos salieron del despacho y se dirigieron hacia otro pasillo. Tikki les siguió con cuidado y los dos adultos se detuvieron en una puerta, la cual abrieron y llevaba a una habitación de invitados. Isabel se quedó allí reposando y Juan Alberto llamó a una doncella y un lacayo para que atendieran a la mujer.
Tikki volvió a la habitación de María del Carmen, pero ella ya no estaba allí, solo le quedaba esperarla. Yo me había ido con Alfonso, y había estado contándole lo que pasó, pero omitiendo el dato de Tikki, si él sabía que ella estaba ahí la cosa se jodería aún más de lo que ya estaba, pues ahora tenían a Isabel de Burgos en la mansión, esta vez de manera permanente, solo se desharían de ella cuando tuviera que trabajar. Por otro lado era más fácil que Carla le propusiera acompañarla al manicomio y podía ir con ella, eso se le ocurrió a la chica rubia. También le dije a Alfonso que tuviera cuidado con lo que hacía y que no me hablara si Isabel estaba cerca o si sentía que estaba siendo observado, pues podía estar escuchando otro kwami, y no precisamente bueno...
También pensó mucho en lo sucedido, había sido todo tan rápido con María del Carmen que le costaba asimilarlo. De un momento a otro pasaron de pintar a follar salvajemente sobre el sofá. Al muchacho le había molestado quedarse a medias con su novia, aunque no pudo hacer otra cosa, por otro lado estaba muy contento de haber conseguido tener sexo con ella, no fue mucho rato, pero lo hizo, al fin y al cabo hubo sexo, solo que sin final feliz.
La joven doncella por su parte también estaba un poco molesta, quería haber sentido lo mismo con Alfonso que con Gato Negro, se le hizo distinto y no sabía por qué, tal vez le ponía más cachonda la máscara y las orejitas, pero estaba claro que ambos pensaban repetir, aunque Isabel estuviese por ahí y aunque la pillada supusiera el despido de María del Carmen.
¡Continuará!
[Hey, espero que sigáis disfrutando del fanfic, a estas alturas las reviews están escaseando y no sé si está gustando aún o ya empieza a aburrir. Si queréis, por favor, seguid dejando algún comentario, no cuesta nada y me animaríais a seguir más rápido :), las reviews constructivas también son bien recibidas, si hay algo mal o que no tenga coherencia también podéis decírmelo para ver si lo puedo arreglar. Mucho amor a los lectores que aún permanecéis aquí, ya queda poco para finalizar esta ''temporada'', lo mejor está por llegar, ¡espero que no dejéis de leer!]
