Pasó las tres cuartas partes del día, durmiendo. Muy cómoda. Las sábanas eran muy cálidas cuando de pronto, el clima había cambiado drásticamente y hacía todo muy habitable. Apenas se podía ver su cabeza fuera de las cobijas y realmente...
¡Qué bien se sentía, descansar un poco!
Y por las expresiones de felicidad que Hermione tenía en su rostro, supuso Snape, que así era. Regresó de golpe la silla a su lugar, luego de estarse balanceando durante horas y leyendo un libro. Las dos patas delanteras cayeron con un ruido sordo y Snape se levantó, estirándose en medio de la mazmorra.
Ya podría dormir luego. Mientras, tenía que encontrar una forma de que Hermione se recuperara pronto. Quizá si la envolvía en un sin fin de bufandas y la empujaba de vuelta a su sala común. ¡Sí! Esa era una muy buena.
Aunque realmente, por más que la miraba, más sentía "pena" por pensar en despertarla. ¡Pero no podía quedarse toda la noche!
Y ni modo que terminara durmiendo con ella. No era algo que ni siquiera pudiera asomar como posibilidad.
Regresó al despacho para poder orden. Mientras recogía los libros y clasificaba los ensayos por orden de terminados y por corregir, escuchó una especie de ruidillo.
Algo parecía que estaba husmeando dentro de su almacén de pociones. Abrió la puerta del despacho y se asomó por el oscuro pasillo. Caía la tarde y un poco de luz apenas golpeaba con aquellas frías paredes.
¿Qué podría ser? Cerró la puerta tras de sí y caminó con mucho cuidado hacia el almacén, la puerta estaba entre abierta. La empujó cuidadosamente y miró a su alrededor. No parecía haber nadie y caminaba tanteando el aire, por si se trataba del gracioso de Potter y su capa invisible.
Antes de darse por vencido, escuchó lo que parecía ser un frasco que se desbalanceaba en un tramo superior a él. Miró hacia arriba y se percato de una cola rizada, peluda, que pasaba corriendo entre los tramos y dejaba caer las pociones a su paso.
¡FILCH!
Aquellas pócimas caían una por una, de los anaqueles y Snape se había cubierto el rostro con sus brazos, para evitar que alguna diera directamente con su cara.
La señora Norris parecía perseguir a un ratón entre los anaqueles. Soltó un gemido lo suficientemente alto como para que Hermione despertara sobresaltada.
Patidifusa.
— ¿Profesor Snape?
— ¡Arg, maldita sea!
Hermione apartó las cobijas de sí y caminó con pesadez hacia el despacho. No parecía estar allí, ¿a dónde había ido? Podía escucharlo.
Conocía ese lugar, pero no estaba segura de...
Se detuvo junto a la puerta y se dio cuenta de que el lugar era un desastre. Pero no pudo continuar y tuvo que echarse a reír ante lo que acababa de ver.
— ¡Profesor Snape, por dios!
— ¡Ni se le ocurra reírse!
Eso sí que le causaba una risa tremenda. Trataba de no reírse pero era imposible. Snape tenía unas finas y puntiagudas orejas de murciélago. Y dos enormes y peludas manos.
Era imposible no reírse.
— Pro...fesor, ¿qué sucedió? — dijo, mientras trataba de contener la risa.
Y además, su nariz parecía un enorme pico. Mucho más grande de lo que ya era. Snape la miró con un gesto amenazante que no asustaba, por el solo hecho de que era un manojo de diversos animales.
— ¡Esa maldita gata del conserje...perseguía a un ratón y derramó todos mis frascos! Con lo costosos que son...¡y ahora, esto!
Hermione respiró pesadamente y se inclinó en dirección a Snape, para tomar uno de sus brazos y guiarlo cuidadosamente hacia su despacho, para que nadie se percatara de ello.
Por Merlín que no podía dejar de reírse de sus orejas de murciélago. Y mientras Snape estaba sentado en su cama, tenía que tapárselas, porque oía hasta el más mínimo siseo y eso dolía. Incluso el respirar de Hermione, el más suave. Sus pisadas se escuchaban como si dos gigantes caminaran en su despacho.
— Bien, veamos esta guía curativa para múltiples enfermedades y problemas. Orejas de murciélago por accidente...
Mientras esperaba, Hermione ojeaba el libro y decía "sí" "eh...no" de vez en cuando. Snape comenzaba a fastidiarse, mientras Hermione trataba de encontrar una cura para sus enormes manoplas que tenía por manos.
— Aquí. Dice que para las orejas de murciélago debería darle sangre de su depredador y un poco de baba de caracol. ¿Para qué es la baba? Qué desagradable.
— Y yo qué diablos voy a saber. Nunca había necesitado una cura para esto. ¡Busque en lo que sea que quede del almacén!
Hermione asintió y con una respiración suave, se posicionó en el despacho de Snape y colocó un viejo caldero. Lo mejor era preparar los brebajes, antes de que Snape perdiera la paciencia.
La primera poción no resultaba tan difícil. Tenía algunos depredadores de donde escoger.
Al terminar con la poción, Snape estaba en su despacho. Se miraba en un espejo, mientras maldecía su suerte. Esperaba que aquel libro tuviera todas las curas. No quería terminar yendo con Promfey y explicándole qué demonios había sucedido y ver a los demás, reírse de él.
Hermione colocó la poción en sus manos, que tenía una consistencia pegajosa y bastante desagradable tanto al olerla como al mirarla. Respiró pesadamente, en verdad que apestaba. Snape había hecho igual.
¿De verdad necesitaba las babosas?
— Bien...debería bebérsela antes de que se enfríe y se convierta en una goma mucho más apestosa.
Severus no había contestado y con dos de sus enormes dedos en su nariz de ave, había comenzado a tragar aquella asquerosa bebida.
Tosió al final, mientras Hermione esperaba atentamente.
Las orejas de murciélago empezaban a disolverse, dejando tras de sí, una enorme comezón. Pero de igual forma, Snape seguía luciendo gracioso.
Y ella trataba de no reírse.
— Granger...si no puede tomar las cosas enserio, ¡deme ese libro!
Intentó quitárselo, pero sus manos eran tan grandes, que este se cayó y terminó sobre los pies de su estudiante.
Aquel grueso libro.
— ¡Ay, profesor!
— Diablos.
Ambos se habían inclinado para tomarlo al mismo tiempo y Snape había rasguñado la cara de Hermione, con su enorme "pico".
— ¡Profesor!
Bien...¡era todo un inútil!
— ¡Al demonio!
Hermione se reía, mientras sobaba su nariz en silencio. Snape la miraba con un gesto reprobatorio, mientras ella trataba de investigar en aquel libro. De todas formas, lo único que había encontrado era cómo quitarse el pico.
Y la poción para curarse aquel enorme pico, de igual forma, era desagradable.
Había hecho graznar a Snape durante un rato y Hermione trataba de no desternillarse de la risa.
— Granger...¡deje ya la...risa!— dijo, en cuanto su voz había regresado a la normalidad.
— Lo siento...profesor...¡pero es que! Bueno, no encuentro aquí algo que cure sus enormes manos... va a tener que quedarse así mientras investigo.
¡De ninguna manera! Y los gestos que había hecho, hacían sonreír a Hermione. Se observaba muy gracioso, ver a Snape con aquellas enormes manos, cortar el aire.
Parecían dos enormes guantes de béisbol.
Eso sí que le curaba el catarro. Una lástima que él no se reía de eso, porque de lo contrario, habría ganado la apuesta.
— Será mejor que se vaya a dormir y yo a mi sala común, profesor Snape. Porque de lo contrario...¿cómo saldrá así? Iré a la biblioteca o le preguntaré a Madame Promfey.
— ¡No haga eso!— exclamó de pronto y Hermione se sobresaltó, al recordar que tenía enormes manos y podía golpearla.
Trataba de no reírse.
— De acuerdo, entonces buscaré mis cosas y lo veré por la mañana.
Snape había asentido en silencio. Hermione había caminado hasta el despacho. Sus libros estaban junto al caldero y bueno, allí había estado desde un cuarto de hora. Ayudándolo con sus dolencias. Bueno, con algunas de ellas.
Esperaba que no aparecieran más durante su ausencia, hasta el amanecer.
Y mientras recogía, no se había percatado de que había baba de caracol en el suelo y Snape, salía rascándose la cabeza.
Solo le picaba un punto y con esas enormes manos, podía rascarse cualquier cosa.
Al caminar, Hermione había pisado aquella baba sin querer y estaba a punto de resbalarse.
Pero nunca sucedió, porque las enormes manos de Snape la protegieron de que su cabeza diera con el escritorio y cayera de espaldas al suelo.
Y bueno, estaban juntos de una forma muy comprometedora.
