COOPERACIÓN MÁGICA INTERNACIONAL
O
EDUCANDO A NIÑOS MÁGICOS
CAPÍTULO 25
Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Jueves por la tarde. Dentro del castillo.
- Es una lástima, pero la Directora McGonegal ha decidido que no era pertinente hacer fiestas privadas con vosotros de visita en el castillo, así que Slughorn se queda con las ganas... y yo también.- Estaba explicando Bror a Isabel mientras avanzaban por un corredor decorado con unos tapices que parecían medievales. Isabel vio de reojo un enorme ser bastante bruto aporreando a un mago que debía ser muy tonto para dejarse hacer algo así, aunque fuera en un tapiz. Por un segundo tuvo curiosidad por saber si era un Hombre del Saco, un Tragaldabas o qué, pero precisamente cuando iba a preguntar a Bror el chico la tomó del brazo y le dedicó una sonrisa luminosa como una tarde de primavera. Isabel casi se quedó sin respiración.
El chico, manteniendo aquella sonrisa, la condujo entonces hasta una pequeña oquedad en la pared del pasillo que quedaba fuera de la vista gracias a la disposición del mobiliario y, mirándola fijamente, se las ingenió para situarla contra la pared, frente a él. Y apoyando una mano en el muro, por encima de su hombro y a la altura de su mejilla, se inclinó ligeramente hacia ella.
- ¿Sabes que eres preciosa? – Murmuró en su oído con esa voz suya. Una voz grave, de adulto, sin trazas de gallitos, que acariciaba con sólo oírla.
El corazón de Isabel se aceleró como nunca. Por una parte hacia ya algún tiempo que había empezado a fantasear con su primer beso de amor. Incluso había llegado a practicar con su almohada imaginando un chico guapísimo y encantador que la tomaba por la cintura y la atraía hacia sí lentamente. Bror se inclinó más aún, lentamente, como ella había imaginado... y la besó. Fue un beso cuidado, lento, acariciando suavemente sus labios.
Isabel se sintió flotar, maravillada. Su primer beso de amor. En esos momentos creía que amaría a Bror durante el resto de su vida, y de repente se dio cuenta de que se dejaba besar sin corresponder. Obviamente, eso era fruto de su inexperiencia. Tenía que hacer algo. Fue entonces cuando, con el corazón golpeando en su pecho como un tambor, tomó cierta iniciativa y le devolvió el beso de la misma forma, más o menos, que lo había recibido.
Bror respondió de una manera que ella no esperaba. Sus labios se movieron mucho más rápido, con avidez, mientras su cuerpo se aproximaba a ella y la empujaba contra la pared. De repente, sintió su lengua dentro de su boca y a punto estuvo de salir corriendo, pero no se atrevió porque una vaga idea que sugería que si hacía aquello tal vez lo perdería la retuvo.
Con el tiempo, Isabel llegaría a estar convencida de que era lo que debería haber hecho. Porque Bror, ante la ausencia de reacción que lo frenara, dio un paso más y se apretó contra ella dejándola como si fuera el relleno de un sándwich, y una especie de campanilla de alarma empezó a sonar vagamente en algún punto del cerebro de la chica. Cuando plantó una mano sobre el pecho izquierdo de Isabel, dispuesto a manosear a gusto, el atontamiento desapareció por completo y los genes heredados de Cecilia pidieron prioridad alfa.
El bofetón se escuchó la mar de nítido en el corredor.
Bror se separó de golpe con la mano en la mejilla, que se le empezaba a poner colorada con cuatro marcas alargadas, correspondientes cada una a uno de los largos dedos de Isabel la cual, con unos reflejos que se desconocía, ya tenía fuera su varita y lo miraba con ella asida firmemente de manera amenazadora.
Si se hubiera visto en un espejo, hubiera observado como sus ojos grises, también heredados de su madre, pasaban de ser un remanso a amenazar galerna.
- Perdona, no te pongas así... ha sido sólo un beso...- Murmuró Bror mientras miraba a derecha e izquierda para comprobar que seguían solos.
- Discrepo. Te has pasado de la raya y no lo voy a tolerar.- Soltó con un tono de adulta que a ella misma le sorprendió, aunque no se permitió manifestar ni el menor atisbo de asombro.
- Creí que te gustaba.
- Pues creíste mal.- Y diciendo aquello una seria Isabel alzó la varita un poco más. El chico posó la vista en ella durante un segundo y después alzó ambas manos.
- Vale, vale. Captado. Si se te pasa la estrechez, me avisas.
Y con aquellas palabras tan cutres se dio la vuelta y se largó dejándola sola en medio del corredor. Isabel esperó hasta que lo perdió de vista y entonces se marchó a toda velocidad en la dirección opuesta.
Cuando salió del castillo toda su entereza se disolvió como azúcar en un líquido caliente y se desmoronó. Las lágrimas acudieron prestas a sus ojos mientras su corazón se partía en mil pedazos. Su primer beso de amor había sido un completo fiasco. Un desastre. Y eso no podría cambiarlo nada. Con el tremendismo y fatalismo propios de la adolescencia, concluyó que no estaba segura de poder superarlo alguna vez. Y fue a desmoronar su metro setenta y tres de estatura y toda su anatomía casi de mujer en la penumbra de una arcada gótica, pensando en llorar a gusto.
No lo hizo. El aullido, o lo que fuera, cortó en seco sus planes de sentir lástima por sí misma. Isabel se asomó al exterior de la arcada y los vio.
Numerosos estudiantes y profesores hacían un círculo en torno a una criatura que se movía con violencia. A priori parecía un Pegaso, pero cuando la chica acomodó la vista a la penumbra observó que no era exactamente un caballo alado al uso.
El animal en cuestión era más pequeño que un pegaso, y no era blanco sino gris. En lugar de las patas finas semejantes a las de los pura sangres, parecía un percherón. Pero tenía unos dientes afilados, para nada propios de un herbívoro, y echaba las orejas hacia atrás mientras emitía unos aullidos espeluznantes como si fuera un perro salvaje.
Los estudiantes franceses intentaban frenarlo mientras la enorme profesora que se habían traído con ellos contemplaba la escena con los brazos cruzados. En cambio, el profesorado del colegio estaba persuadiendo a los escolares de que se apartaran y regresaran al castillo.
Isabel observó al profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas correr hacia el animal, seguido de un mago delgado, moreno y más bien tirando a bajo. El hombretón apartó a todos los alumnos que encontró en su camino, vociferando, y se enfrentó él solo a la criatura.
Isabel esperaba verle sacar una varita, pero eso no ocurrió. Y lo mas espeluznante, el caballo era tan rápido que acabó asestándole un mordisco en un brazo tras tres intentos fallidos. Para entonces los alumnos habían corrido a refugiarse tras el profesorado, incluidos los dos franceses, mientras la señorona aquella les miraba como si fuera un basilisco.
Entonces se escuchó nítidamente la voz del mago.
- ¡Stufefy!
- ¡Eso no sirve, Harry, su piel es demasiado dura! – Gritó el hombretón.
- ¡Petrificus Totatulus!
El hechizo impactó de lleno en el pecho del animal, que lejos de petrificarse se encabritó aún más y se puso a perseguir al mago. El gigantón lo aferró por el cuello de la chaqueta con unos reflejos impropios de su tamaño y lo lanzó a lo alto de un árbol. Pero no le dio tiempo a todo y el caballo lo arrolló y empezó a patearlo.
El mago, desde la copa del árbol, no se rendía. Y lanzaba hechizo tras hechizo mientras el animal coceaba al hombretón.
Fue entonces cuando un grupo de gente se apareció en el otro extremo de aquel prado. Debía tratarse de un traslador, porque la mayoría se cayeron al suelo. Rápidamente se hicieron cargo de la situación y echaron a correr, con las varitas alzadas, en pos del caballo y el hombretón.
Isabel sintió que se le paraba el corazón cuando reconoció perfectamente a una de las figuras que corrían, varita en ristre. Sus nudillos se cerraron con fuerza contra la balaustrada.
- ¡Mamá! – Murmuró.- Ten cuidado, por Dios ten cuidado. No soportaría... otra vez no...- Los fantasmas del pasado reciente, cuando otra criatura semifantástica casi envía al otro barrio a su madre amenazaron con atenazarla. Afortunadamente, Isabel contuvo el terror. Y afortunadamente también, pudo reconocer a Nieves, la experta en bichos mágicos terroríficos, corriendo junto a su madre.
