Ira.
Miré a mi más leal subordinado, mientras la puerta cerrada por Alquimia se erigía frente a nosotros, Riza como me lo había prometido montaba guardia a mis espaldas, lista para disparar contra cualquier enemigo, aunque no era necesario, todos los miembros militares de ese laboratorio corrían como desquiciados por sus vidas, nadie parecía percatarse de que un renegado militar y su teniente estaban ahí, en aquel laboratorio de investigación.
Hacía solo un par de minutos que María Ross y toda nuestra armada, custodiando a Madame Bradley, nos habían dejado a unas cuantas calles de nuestro destino, cuidando de no ser descubiertos, ni ellos ni nosotros, seguimos cada cual con nuestra particular misión, ellos tenían como objetivo ir a la radiodifusora más importante de la ciudad y mostrarle a nuestro pueblo que era en realidad lo que estaba pasando.
Y nosotros, habríamos de entrar al Cuartel General y aunque no lo había visto con mis propios ojos, sabía que ese lugar nos llevaría a donde deseábamos, el Laboratorio Numero tres aquel en donde habíamos entrado hacia ya varios meses en compañía del finado: Barry "the Chopper", Alphonse Elric, Riza, Havoc y yo.
Sentí un malestar nada propio de mí, solo al pisar ese lugar, me era imposible dejar de olvidar, en ese mismo edificio, confirme con mis propios ojos que los Homúnculos existían, y eran igualmente atractivos como mortíferos, prueba de ello era que casi había perdido la vida, casi habían matado a Riza, y lo peor de todo Havoc, había perdido la habilidad de caminar gracias a la visita a este endemoniado laboratorio.
Me pareció escuchar la voz de Acero a través de la puerta cerrada, e incline un poco mi cuerpo para escuchar mejor, al parecer no estaba solo, podía oír varias voces más, aunque no las reconocía ni entendía que era lo que estaban diciendo:
-¿Están ahí? –Preguntó Riza mirando la puerta cerrada.
Y yo toqué la pared, confirmando sus sospechas con un movimiento afirmativo de cabeza, podía ver restos de Alquimia en ella, al parecer el enano la había cerrado tras de él, para evitar que algo saliera.
-Así es. –Y levanté una de mis manos enguantadas para chasquear mis dedos, pero apenas unos segundos después cambie de parecer, trague saliva:
¿Contra qué demonios estaban luchando que era tan malo que Acero tuvo que cerrar tras de él? ¿Qué era tan malo que no podía vencerse fácilmente?
Baje mi mano e incliné mi cabeza, aunque no quería pensar en ello, tal vez fuera la última vez que podía hablar con Riza de esa manera: –Teniente.
-¿Si? –Replicó ella mirándome con desconfianza.
-No sabemos que puede haber detrás de esta puerta.
-Y no lo sabremos hasta que la abra, coronel. –Contestó ella con los ojos fríamente clavados en mi persona, parecía saber hacia dónde me dirigía, sonreí de forma involuntaria.
-Si la situación se pone...
-¡No! –Me interrumpió ella llena de determinación, suspiré mientras rascaba mi cabeza, resignado, sabía que esa sería su respuesta desde el principio, pero no podía culpárseme por intentarlo:
-Ni siquiera me has dejado terminar.
-Sé lo que vas a decir. –Replicó ella con acidez. –No me iré –Y con sus ojos castaños enfrentando los míos, finalizó -no te dejaré.
-Bien –Contesté encogiéndome de hombros, aunque por un lado me sentía alagado de su fidelidad, por otro sentía un enorme peso en el estomago, de buena gana hubiera aceptado que dijera lo contrario y me abandonara en ese preciso momento: –Cuide mi espalda, teniente.
Y dándole la espalda me dirigí hacia la puerta poniendo en alto una de mis manos enguantadas, lo que sea que fuera que íbamos a enfrentar, lo enfrentaríamos juntos, escuche el chasquido de su arma a mi lado y supe entonces que no había marcha atrás.
-Como siempre, coronel.
-¿Necesitas ayuda, Acero? -Un chasquido suave de mi mano y la puerta explotó en montón de pequeños escombros que volaron por todos lados, confirme que el mocoso Elric estaba ahí, junto a otros personajes por lo demás dantescos, monstros humanoides que no podían ser otra cosa más que quimeras y Scar, al parecer todos luchando en el mismo bando.
Me pregunté qué era lo que había pasado en esa temporada sin vernos que los enemigos súbitamente se habían vuelto amigos, pero ese no era el momento para preguntas, por fin, pude confirmar con mis propios ojos que era con que se estaban enfrentando, muñecos espeluznantes, blancos de pies a cabeza, la piel pegada a los huesos, un solo ojo enorme a media frente, una boca gigantesca y las extremidades, deformes, más largas de lo normal.
-¿Qué demonios era eso?
Un par de balas dirigidas de parte de Riza, a los puntos vitales de tan grotescos seres, confirmaron mis sospechas, no morían como los humanos.
-Las balas no les hacen nada.
Pero tampoco se regeneraban como los homúnculos y eso ya era una ventaja.
Miré rápidamente todos los aliados sin conocerlos, tuve principal atención en no generar ningún accidente por error, aunque mis ojos se clavaron un segundo en Scar, y el deseo de incinerar su cuerpo me tentó de sobremanera, me contuve, al parecer algo había pasado y no era el mismo de siempre, Acero confiaba en él y eso habría de bastarme a mí.
Fije mí objetivo en los seres pálidos, que presentaban el mayor problema, y con un solo chasquido, el salón se lleno de llamas, reduciendo a cenizas a los enemigos, en menos de un minuto, el salón estaba prácticamente vacío, pude ver los enormes ojos dorados del más joven alquimista mirar apesadumbrado las cenizas de contra quien estaba luchando:
-Son enemigos, Acero. –Le recordé y él me miró con esos enormes ojos tristes clavados en mí, me acerqué hacia él, intentando obtener una respuesta empezando por:
¿Qué hacia Scar en ese mismo lugar? Y ¿Por qué no se estaban tratando de matar los unos a los otros?
Pero apenas abrí la boca el techo explotó estruendosamente, parecía que no podíamos tener un segundo de paz, una niña pequeña que jamás había visto de ropas extrañas y seguramente extrajeras cayó delante de nosotros, para mí gran sorpresa, pronto busco auxilio con Scar, al parecer también era amiga, la reconocieron con:
-May Chang.
Pero la niña no estaba sola, detrás de ella hizo su aparición un ser que rápidamente reconocieron como Envy, y aunque no lo había visto nunca en persona, su descripción, (basada en los horribles dibujos del mayor de los Elrics) y su nombre, me hicieron saber que se trataba de un Homúnculo.
-¿Tu eres Envy? –Pregunté yo - El Homúnculo que cambia de forma, si no mal recuerdo.
El pequeño ser me buscó con la mirada, y haciendo una forzada reverencia contestó, con sorna:
-Encantado de conocerle, coronel Roy Mustang –Y sonrió como si encontrara todo aquello muy divertido, y luego ignorándome por completo fijó su vista alrededor de él, en las quimeras, la pequeña niña, Scar... ninguno peleaba contra el otro, ni teníamos intención de hacerlo, era evidente que todos estábamos en el mismo bando, la figura pequeña y flacucha se miró por unos segundos decepcionado: -¿Están formando equipo? ¡Patéticos!
-No tengo tiempo de jugar tus patéticos juegos –Respondí aburrido.
-¿Patéticos? –Dijo él con una risa odiosa –Déjame preguntarte algo, ustedes los humanos no se divierten ver sufriendo a otros, "danzando como marionetas" es por eso que empiezan las guerras ¿no?
Entorné mis ojos, mientras miraba asqueado al Homúnculo, había luchado con anterioridad, contra dos reconocidos homúnculos, pero ni la hermosa mujer Lust, con garras afiladas, ni el obeso Gluttony, me causaban tanto repudio como el que estaba frente a mí.
Sonreí de forma altiva, mientras contestaba con la mejor de mis sonrisas:
-Sí, yo disfruto viendo a criaturas tontas "danzando como marionetas" –Escuché a Acero reñirme a mis espaldas, pero no me detuve... - especialmente a los homúnculos, tratando de llevar a cabo sus patéticos planes –La sonrisa se borró por completo de la cara del llamado Envy, tampoco yo sonreía más: –He respondido a tu pregunta, ahora me toca a mí... ¿Quién mató a Maes Hughes?
Y pude ver como esa respuesta tomó a todos por sorpresa, e inclusive me pareció ver un brillo extraño en los ojos del llamado Envy.
-María Ross. -Intentó engañarme por supuesto, María Ross, fue su respuesta, claro que no había sido ella, María Ross era una militar ejemplar que estaba de nuestro lado, jamás hubiera levantado su arma contra Hughes o cualquiera de nosotros, era un demente, me quedaba claro, su risa, sus palabras, era una persona malvada y mezquina, no mentiré al decir que no quería hablar más con él...
-¿Quién mató a Hughes? –Insistí después de escuchar una larga perorata sin sentido.
Aún desconozco que fue lo que lo que le obligó a decir la verdad, podría haber dicho "no lo sé" o "nunca te lo diré" pero su respuesta fue simple y burlona y así de fácil encontré lo que había estado buscando desde hacía meses:
-Felicidades –Y poniendo la mano en su pecho como quien hubiera recibido un premio añadió mirándome con sus fríos y horribles ojos clavados en mí. - has encontrado a su asesino.
Y su respuesta me recorrió la espina, sentí como si un baldazo de agua helada me cayera encima, seguido de un calor agolpándose en mi pecho, el pequeño empezó a reír nuevamente como desquiciado y yo dude de la veracidad de sus palabras.
-Dudo mucho que un imbécil como tú tumbara a Hughes.
-¡¿Imbécil?!... -Gritó él con la cara desencajada –Imbécil, es alguien como Hughes. –Contestó burlonamente, miré al pequeño homúnculo reírse en mi cara, con su larga cabellera azabache ondeándose tras la espalda y mirarme como un desequilibrado, mientras transformaba grotescamente su cuerpo y adquiría la apariencia de:
-Gracia –Y yo miré incrédulo la mala copia de la viuda de Hughes, su rostro estaba desencajado por una sonrisa demente, carecía de la bondad y humanidad de la cual se había enamorado mi amigo, era un ser grotesco, ni humano ni homúnculo, solo un monstro.
Y entonces comprendí...
Todo tuvo sentido en ese momento, supe el porqué Hughes había sido asesinado, ése monstro había jugado con los sentimientos de mi mejor amigo, había puesto ante él, una mala imitación de su mujer, y había acabado destruyéndolo en un segundo de debilidad.
-¡Ja! te has quedado pálido de repente –Chilló Envy como loco, mientras yo sentía como si el mundo se detuviera por unos segundos - ¡él tenía la misma expresión cuando lo maté!...
Y por un segundo no lo escuché más...
Hughes reía como bobo, estábamos en medio de un campo de enfrenamientos en la guerra de Ishval, y el parecía haberlo olvidado todo por completo, nada parecía importarle más, y tomaba la pequeña carta de su en aquel entonces novia Gracia entre sus dedos, como si fuera una cosa sagrada y dejando de lado la actitud profesional actuaba como una colegiala enamorada:
-¡Ha estado esperando en Central todo este tiempo!...
Reía y por unos segundos sus ojos dejaban ese lastimero mirar de asesino.
-¡Ella, es mi futuro!
Y lo decía con tanta seguridad como si el cielo fuera azul
-Cuando acabe la guerra me casaré con ella...
Y solía golpearme en las costillas con camaradería.
–Te invitaré a la boda, para que te prepares, recuerda invitar a una hermosa chica...
Maldito Hughes, era un eterno enamorado.
–La francotiradora con quien te encontraste el otro día, es preciosa ¡Invítala a ella!
-Escucha, Hughes –Dije en un momento en que me había agotado la poca paciencia que tenía - es un patrón común en películas y novelas, los hombres que hablan felizmente de su familia o novias en el campo de batalla... tienen una posibilidad muy alta de morir... algún día, eso te matara. -Recuerdo haberle dicho mientras hacía una seña como si le disparara en medio de la cabeza.
Sentí un calor muy fuerte en medio del pecho, y el sabor de amargo de la bilis en mi garganta, quise gritar, quise abalanzarme sobre él y apretarle el cuello, hasta que sus flacos brazos dejaran de moverse, quería matarlo con mis propias manos, quería ver sus ojos apagarse y hacerlo sentir el mismo dolor que Hughes había sentido.
-Hughes estaba muerto y los muertos no regresan.
Gracias a él yo había perdido a mi mejor amigo, mi rival en la escuela, mi camarada en el trabajo, aquel que había salvado mi patético trasero en Ishval, aquel que me había ayudado a regresar a casa en más de alguna borrachera, aquel que me presentaba a las primas de su esposa, esperando sacarme de la eterna soltería, aquel que me había invitado a su boda, aquel que me atosigaba día y noche con las fotografías y hazañas su pequeña Elyshia.
Aquel que ya no estaba más a mi lado.
-Tú mataste a Hughes –Contesté yo, ajustando mis guantes -es todo lo que necesito saber.
La ira ofusca la mente, pero hace transparente el corazón.
Nicolás Tommaseo
Gracias por leer.
María de las Mareas.
