CAPÍTULO 21. CORRE—

Leonardo Hamato gustaba mucho de reflexionar acerca de sus impulsos. El sentimiento en sí, el por qué y su evolución eran cuestiones que avivaban su intriga sobre la naturaleza del yo interior. A veces llegaba a conclusiones medianamente interesantes, como la que sacó al conocer a un personaje tan peculiar como Anton Zeck.

Yo!* —saludó con una inclinación bastante exagerada, cuando llegaron a las coordenadas que le indicó. No encontraba ninguna palabra políticamente correcta para designar sus movimientos…grandilocuentes—. ¡Con dos horas de antelación! Muy bien, muy bien… hay tiempo de sobra para prepararlo todo.

Desde luego, indiferente no podía dejar a nadie. No sabía por dónde empezar: si por la cresta morada chillona, el visor también morado, o bien el mono pseudo-futurista de brillo metálico con líneas… ¿lila? ¿Y qué era aquello que llevaba en la cintura? Intercambió una mirada de extrañeza con Karai, algo que al hombre no se le escapó.

—¡Mini-Pistolas que disparan con movimientos de cadera! Que el ritmo no pare, baby .—Levantó el visor, mostrando unos ojos oscuros, como su piel, y sonrió de manera traviesa—. Mi traje tiene multitud de prestaciones. Podría mostraros todas…

—Deja las gilipolleces para otro momento, Zeck .—Bradford dio un paso adelante. Al lado del otro, escuchimizado y no muy alto, el ninja parecía aún más feroz. Anton se empequeñeció ante su presencia—. Quiero ver la espada.

Wow, wow, cálmate, fortachón .—replicó con su voz ridículamente aguda—. La espada está dentro de la nave industrial. Si tenéis la bondad de seguirme…

Los números que el maestro ladrón les había facilitado los llevó a la Isla de Davids, una de tantas al este de la costa del Bronx. Por extraño que pudiera sonar, lo único presente en la mediana isla era la exuberante vegetación que había crecido descontrolada. Eso, y una antigua nave industrial, en cuya entrada se encontraban.

Anton había puesto algunos focos dentro del edificio. Incluso apagándolos la iluminación seguiría siendo buena. Era la una de la mañana, y la luna llena se alzaba sobre el firmamento alejado de la urbe. Algunas cajas de diversos tamaños estaban esparcidas por la gran estancia. Ofrecería unas buenas sombras dos horas más tarde, cuando apagaran gran parte de las luces y se escondieran para emboscar al ruso.

—Sospeche de la trampa o no, Steranko vendrá hasta aquí a la hora indicada. Tampoco irá muy acompañado .—Hablaba ligeramente rápido, aunque su andar era bastante distendido—. Será un hueso duro de roer, pero los superaréis en número. Una vez muerto, los otros caerán rápido.

—Tengo ciertas fuentes que sospechan que ha venido con todo su grupo. ¿Podrían ser una amenaza?

Zeck meditó un momento la pregunta de Xever:

—La mayoría son viejos achacosos o jóvenes poco experimentados para tomar las riendas. Todos dependen del santurrón de Steranko. Primero deberían descubrir que tuvisteis algo que ver en esto. Y en caso de que lo averigüen, podréis quitároslos de en medio sin ningún problema —Chasqueó los dedos y señaló una caja al fondo de la nave— ¡Ajá! ¡Allí está!

Aceleró el paso y se arrodilló hacia ella. Leonardo oyó un clic, y Zeck levantó la tapa.

—Como veis, no he mentido. Y la tengo en perfectas condiciones.

Y vaya si lo estaba. Si no supiera de antemano que era antigua le podrían haber dicho que era recién fabricada y lo habría creído.

Su blancura contrastaba con la paja que la protegía de la intemperie. Entre la hoja gris platino y el mango medía más que el brazo de un adulto. La primera era ligeramente curva, con un borde romo y otro afilado. La empuñadura estaba decorada con unos relieves amarillos que la recorrían en hélice. Éstas culminaban en la base, una pequeña cara que poco tenía de humano. Sumado a la guarda con forma de alas, hacía honor al nombre de Espada Tengu.

—Aquí tenéis mi muestra de buena fe. Ayudadme a acabar con Steranko, y la espada será vuestra —prometió con una sonrisa.

Leonardo se había informado acerca de Anton Zeck. De procedencia desconocida, a poco más de cumplir los dieciocho se incorporó a la banda del traficante. Una serie de diferencias los distanció de una manera bastante violenta. A partir de entonces empezó a trabajar como ladrón de guante blanco, y rápidamente se hizo un nombre en aquel mundillo. Había quienes decían que llegó a trabajar para las altas esferas.

Bradford concedió al grupo unos minutos de asueto. Se encontró con la mirada fija de Karai, que con un gesto de cabeza le dijo de salir afuera.

—Es… no encuentro las palabras, joder. ¿Dónde has visto esas pintas? ¿Y por qué se mueve como una reinona? Me da escalofríos —espetó cuando llegaron a la entrada, donde nadie los podía escuchar. Se apoyó en la pared de al lado y dirigió una mirada repulsiva a Zeck. En aquellos momentos hablaba con Xever a lo lejos—. ¿Cómo puede ser un Maestro Ladrón?

—La genialidad no entiende de carácter .—reflexionó, encogiéndose de hombros.

Karai casi se echó a reír.

—Una manera muy tuya de decir que los gilipollas también pueden hacer un buen trabajo.

Los dos quedaron un momento en silencio. La sonrisa que el comentario de su amiga le había arrancado se fue apagando.

—Tampoco me cae bien .—admitió finalmente, y al acto sacudió la cabeza—. Mejor dicho, lo aborrezco. Incluso más que a Bradford.

La kunoichi ladeó la cabeza.

—¿Por qué?

Leonardo meditó su respuesta:

—Podría mostrar algo de más respeto a Steranko, que una vez fue su guía. No entiendo cómo puede tomarse tan a la ligera todo este tema. ¿Ve esto como un juego?

Su amiga resopló:

—A saber.

En realidad, lo que había dicho era solo una parte de la razón que le empujaba a detestar a Anton.

Esa excitabilidad y energía que desprendía le recordaba a alguien. Por mucho que lo evitara, su manera de sonreír reabría cicatrices que hacía tiempo habían sanado. Era distinta, y a la vez la misma que aquella que alegraba sus días en las alcantarillas. Esa sonrisa celeste que le hacía esforzarse por ser mejor líder, mejor amigo. Pero sobre todo mejor hermano.

De esa forma sacó una nueva conclusión sobre sí mismo. Podía robar, extorsionar, o tener la indecencia de maquinar un asesinato. Pero lo que Leonardo no podía aceptar era que alguien así se portara como uno de los seres que más quería. Si por él fuera, le borraba esa sonrisa de un puñetazo: era una imagen malvada de Mikey, y no tenía derecho a mancillarlo.

—Oye, ¿en serio no te agobia lo de la cabeza? No hay nadie mirando, puedes quitártelo un rato .—Karai se cruzó de brazos, esperando una respuesta.

—Incluso si me molestara, no quiero asumir riesgos. Además, el material es transpirable. Cuando empiece la movida me olvidaré de que lo llevo.

Mucho tiempo había pasado desde que Leonardo llevaba el uniforme completo. Eso incluía el pasamontañas, idéntico entre todos los soldados del Clan del Pie. Bradford consideró que no era procedente que alguien como Zeck supiera acerca de su condición. Nunca pensó que los dos llegaran a estar de acuerdo en algo.

—Tú sólo preocúpate de salir sin un rasguño esta vez, ¿vale? —continuó en tono más distendido—. Y yo juro que no me convertiré en sopa de tortuga.

La expresión de Karai se endureció, pero al acto le devolvió la sonrisa.

—Más te vale cumplir esa promesa, Leito. —enfatizó como un ligero pinchazo—. Yo soy la única que puede hacerte papilla, ¿lo captas?

Las alarmas de Leonardo saltaron por un instante. Si bien tenue, había una amenaza encubierta entre esas palabras. No parecía haberlo perdonado después de mentirle acerca de la paliza de Bradford. Al menos, no del todo.

Si algo tenía claro es que no quería sacar el tema.

—Preferiría que no te vieras forzada a intentarlo.

El tono tajante no pasó desapercibido para la kunoichi, que se mostró sorprendida:

—¿De qué vas, tío? Sólo decía que…

—Lo sé, y repito, no soy presa fácil. Espero lo mismo de ti .—interrumpió con sequedad. Karai podía meter cizaña en los momentos más inesperados, y durante las misiones no era bueno iniciar una discusión. Mejor cortar por lo sano antes de que fuera demasiado tarde—. Me voy a dar una vuelta. Vuelvo en un rato, ¿de acuerdo?

Abrió la boca y la volvió a cerrar.

—Vale .—Fue lo único que finalmente soltó.

Sin más se dio la vuelta y echó a andar. No pensó en la dirección, cualquiera que llevara al bosque y le permitiera caminar en línea recta. Pese a lo mucho que la quería, Karai no era quien para ponerle los puntos sobre las íes.

La chica vio cómo su amigo se perdió entre los árboles. Fue entonces cuando soltó el largo resoplo que llevaba acumulando desde entonces.

Una ráfaga de viento la acarició. Cerró los ojos y se dejó llevar por dicha sensación. Algunas puntas de su flequillo se posaron en la comisura de sus labios, aunque no le importó. Cuando el aire la abandonó se sintió como en una burbuja, todavía más distante del resto del mundo.

En contra, su voz sonó nítida y clara.

—No sabes nada, Leonardo.


—Te queda muy bien.

Raphael sonrió, complacido por el comentario de su mejor amigo. Se llevó la mano izquierda a la cara posterior del antebrazo, asiendo a Ira por la empuñadura. La hoja dibujó un arco cuando la sacó de su vaina.

—He sido un poco lento, pero pronto aprenderé a sacarla en un abrir y cerrar de ojos .—comentó con sus ojos verdes brillando de ilusión. Se sentó en la cama para seguir admirando el detalle de las correas. Apretó y relajó el puño para comprobar si le causaba alguna molestia. Nada—. Es genial…

—Sabía que te gustaría. —Cruzó los brazos, orgulloso de haber alegrado el día del quelonio.

Fue una sorpresa entrar en su habitación y encontrarse a Raymond con aquel brazalete de cuero en la mano. «Para ti», respondió alegremente, apretándolo contra su plastrón antes de preguntar nada. «¿Y esa cara? ¿Acaso pensabas llevar esa daga en los bolsillos?».

—Es tan fácil quitárselo como ponérselo .—Se sentó a su lado y le giró el brazo. Con cuidado desabrochó las correas—. ¿Ves? El material es lo suficientemente flexible para guardarlo. También, si llevas mangas anchas lo puedes llevar puesto. Nadie se dará cuenta, y atacar por sorpresa te será muy fácil —Movió el brazo con tanta rapidez que Raphael no reaccionó, aunque sólo le dio un golpe suave en el pecho—. Por un momento pensé en el típico cinturón; pero sé cómo eres, y esto pega más con tu estilo personal. —Le devolvió el brazalete y prosiguió en tono sorprendido—. ¿En serio no creías que el gran Ray tendría un detalle contigo? No todos los días recibes tu primera arma personal.

—Se llama Ira.

Raymond asintió mientras se apartaba un mechón de pelo negro. Gran parte lo tenía recogido en una coleta que ya alcanzaba la mitad de la espalda. Algunos cabellos rebeldes bajaban descontrolados por su flequillo. El hombre opinaba lo contrario, pero Raphael creía que le favorecían mucho.

—¿Por qué no me sorprende ese nombre? Bueno… tranquilo, guardaré el secreto —terminó, guiñándole el ojo.

Raphael no había hablado casi nada de la charla con Steranko. Cuando sus colegas le preguntaron respondió con evasivas. La confesión del ruso y su regalo eran demasiado personales. Aun así, no pudo evitar que Raymond la viera de pasada en su habitación. El quelonio vio que sus ojos se posaron más de la cuenta en la daga, mas no preguntó por ella. Siguió charlando animadamente sobre los planes que tenían para el día siguiente.

De alguna manera, Raymond sabía cuándo preguntarle algo y cuándo no. Y eso lo apreciaba profundamente.

Los ojos grises de su amigo se apagaron un poco. Bajó la mirada un momento a tiempo que se tornaba serio.

—Hoy es la noche.

Raphael asintió. Faltaban pocos minutos para la reunión que Steranko había convocado en el gran salón. Allí les explicaría qué era lo que planeaba hacer respecto al asunto de la espada Tengu. Aun sin conocerlo personalmente, el quelonio detestaba a Zeck. Ross ya le había comentado suficientes detalles para saber que su orden de prioridades era él, él, y luego él. Pensaba en personas como Raymond y no se veía capaz de abandonarlo.

El susodicho frunció el ceño. Raphael sintió que se estaba perdiendo en sus pensamientos.

—La espada no es lo único que te preocupa, ¿verdad? ¿Estás bien? —decidió tantear.

En los últimos días lo había encontrado bastante tenso, y no solo era por la espada. Tenía la sensación de que algo le carcomía, mas antes de decir nada saltaba con excusas bastante flojas. Al quelonio no le gustaba inmiscuirse, pero veía la cara de su amigo y sentía que debía hacerlo.

Tomó aire. Tras unos segundos recitó en voz grave:

Y a Raph le digo: ábrete a la gente. No puedes vivir con tus demonios en la soledad absoluta.

Sus brazos se tensaron.

—¿A qué viene eso?

El hombre suspiró profundamente. Estaba midiendo sus palabras con cuidado quirúrgico. Tras una pausa decidió cómo continuar:

— Raphael… ¿realmente te sientes solo?

Su corazón se olvidó de latir unos instantes. De entre todas las posibles preocupaciones de Raymond jamás habría esperado eso. Fue una suerte que Steranko los interrumpiera allá en Moscú, cuando leyeron la carta de Karla, antes de que el hombre se metiera en un terreno peligroso. Lo vio tan relajado al preguntarle que supuso que no volvería a sacarle el tema. En eso último se había equivocado rotundamente.

Intentó controlar todo ese torrente de pensamientos; y aun así bajó la mirada.

—No es nada.

Lo mismo le dije a Karla.

Raymond resopló.

—Mentir se te da fatal, ¿nunca te lo he dicho?

Se removió nervioso. Consciente o inconscientemente, se alejó un poco de él. Le daba mayor seguridad sostener el brazalete con las dos manos. El cuero crujió un poco bajo la yema de sus dedos.

—Ese día estaba de bajón y Karla me animó. Fin de la historia .—Y ahí no había mentido.

—¿Por qué dice entonces que te abras a la gente?

Eso me gustaría haberle preguntado.

—No es el momento.

—¿Y por qué no? —De repente Raymond estaba de pie frente a él— Tú has preguntado, y yo respondo. Me entero de que alguien que quiero está sufriendo y esperas que me quede de brazos cruzados .—Sacudió la cabeza con decepción—. Qué poco me conoces…

—¡¿De qué vas, tío?! —El quelonio se levantó también. No le gustaba nada hacia dónde iba a la conversación—. ¿Qué parte de «no estoy mal» no entiendes? ¡Es una tontería, nada más!

—¿Desde cuándo se llama «demonios» a una tontería?

Una fina capa de sudor frío cubría sus brazos y su cara. Sin darse cuenta estaba respirando más y más rápido. Para colmo, la extraña y fría calma de Raymond le hacía sentirse acorralado. Si el hombre insistía o intentaba acercarse a él en ese estado, no respondería de sus actos…

—¿Raph? —«Déjame»—.No es para ponerse así… —«No te acerques»—.Hey, tranquilo. Ven aquí.

Se acercó, como tantas otras ocasiones en las que buscaba un abrazo suyo. Llegó a rozarle el hombro.

—¡NO ME TOQUES!

Y le dio un puñetazo.

Cuando una amenaza estaba demasiado cerca actuaba por reflejo. Esa cualidad lo había salvado de aprietos en bastantes ocasiones.

Sólo que no se trataba de una amenaza. Era su mejor amigo.

Raymond dio un par de pasos atrás. Por suerte había podido cubrirse a tiempo; aun así, eso no excluía el moretón que le dejaría en el brazo.

Habría sido muy fácil que respondiera con otro puñetazo. De esa manera, no tendría que haberse parado a pensar en lo que había hecho.

El brillo de los ojos claros de Raymond era distinto. Apretó los dientes por el dolor antes de continuar:

—Ya sí que pegas fuerte, ¿eh? —comentó, frotándose ahí dónde lo había golpeado. La ansiedad fue abandonando a Raphael tal y como vino. En su lugar sólo quedaba un gran vacío—. Yo sólo me lo he buscado. He forzado las tuercas, y he terminado haciéndote daño. Qué patético soy, ¿verdad? —Sonrió, y el gesto le pesó como una pared de ladrillo. «¿Cómo he podido hacerlo?»—. Me adelanto a la reunión .— Se dirigió hacia la puerta y la abrió. Raphael quiso decir algo, lo que fuera. Las palabras no salían de su boca. Antes de irse añadió—. Siento mucho no haber sabido estar ahí.

Una vez sólo, fue al cuarto de baño. Apoyó las manos en el lavabo y abrió el grifo. Metió la cabeza y dejó que el agua la enfriara desde la nuca. Cuando estuvo totalmente seguro de que podría controlar sus impulsos volvió a incorporarse. El reflejo de sí mismo lo observaba huraño al otro lado del espejo.

«Eres fuerte; pero tu corazón lo es más», le dijo Karla aquel día. «Detrás de ese plastrón se esconde alguien extraordinario, Raph. Lo veo y lo siento, igual que otros lo podrán apreciar si te das la oportunidad de mostrarlo. Por eso júrame que jamás volverás a encerrarte en ti mismo».

—Siento mucho no haber cumplido la promesa.


—En dos horas debo estar en las coordenadas indicadas, aquí, en la Isla Davids .—Steranko, ataviado para la ocasión con un uniforme militar, señaló un punto en el extenso mapa. Este ocupaba toda la superficie de la mesa del salón—. A las tres de la mañana se intercambiará el dinero pedido por la espada. Todo será breve, sin distracciones ni interrupciones. Antes de amanecer estaremos camino de vuelta a Moscú. ¿Alguna pregunta?

—¿Qué haremos nosotros mientras tanto? —preguntó Zeff. Pese a su estado delicado, se había negado a tomar asiento. Apoyó la mano en el respaldo de la silla que Raphael había ocupado.

—Vosotros recogeréis todo. Así evitaremos retrasos.

—¿Y si hubiera algún percance en el intercambio? —remarcó Raymond. Éste se había situado lo más alejado posible del quelonio, entre Joyce y Laika. No podía evitar mirarlo de vez en cuando. Actuaba como solía hacerlo en las reuniones, adoptando un tono serio. Sólo él percibía lo afectado que estaba. «Hablaré con él después. No sé cómo, pero lo haré», propuso para sí mismo. El pensamiento calmó un poco sus preocupaciones.

—No podéis venir todos conmigo. Si Anton me ve con un séquito huirá. Por eso he pensado en tres de vosotros para acompañarme. Zeff, serás el responsable del grupo en mi ausencia .—El cocinero asintió—. Ross, tú eres uno.

—Será un placer.

—Recuerda, no intervendrás salvo en caso de necesidad .—Acto seguido su mirada se posó al lado de Raymond—. Laika, eres el más rápido. Si Zeck decide escapar ya sabes qué hacer.

—¡No dude de eso! —aprobó, alegrándose porque Steranko lo hubiera tenido en cuenta. Conociéndolo, seguro que estaría restregándoselo por la cara al resto del grupo durante mucho tiempo.

Raphael ya estaba pensando la manera de retomar la conversación con Raymond. «Hey, tío…sobre lo de antes, lo siento». «No volveré a pegarte, Ray». Por más que le ponía empeño, ninguna disculpa le parecía buena.

Pero cuando sus ojos se encontraron con los del ruso, su mente se acalló.

—Tú también vendrás.

¿Por qué no le sorprendió?

El grupo se calló. Notó todas las miradas encima… menos la de su mejor amigo. Éste resopló por lo bajo mientras se pasaba la mano por el cabello. Estaba conteniendo una réplica, lo presentía. Verlo tan derrotado le hizo sentirse asqueado de sí mismo. Habían discutido muchas veces, incluso de malas formas; pero Raymond nunca le había puesto la mano encima. Fue una especie de juramento tácito, una prueba para mostrarle al otro cuán importante era para él.

¿Alguien extraordinario? ¿En serio Karla lo veía de esa manera?

El ruso seguía esperando una respuesta. No debía flaquear después de la confianza y aprecio que Steranko había depositado en él. Acababa de decepcionar a una de las personas que más le habían hecho sentirse querido. Dos era inconcebible.

—Cuenta conmigo.

—Me alegro.

Tres horas. El tiempo que tardarían en ir a la Isla de Davids, recoger la espada y volver a la base. Después de eso buscaría a Raymond y arreglaría las cosas. Si era necesario le pediría que le pegara para retornar el contador a cero. Seguro que luego tomarían una cerveza, como tantas veces habían hecho después de reconciliarse.

Tres horas. Un intervalo de tiempo tan pequeño que no supondría ninguna diferencia.


La barra bo era una extensión de sí mismo. Incluso cerrando los ojos seguía visualizando cómo giraba ostensiblemente entre sus dedos. Como en una escena a cámara lenta lo pasó a su otra mano. Sonrió. Dio un paso adelante y dio una vuelta en redondo. Parecía una danza. El silbido de la madera al cortar el aire perturbaba el silencio como una suave ola.

Estaba satisfecho con su estilo de lucha. Ostentando la defensa como su pilar básico, se valía de la simpleza del palo para desviar los golpes. Físicamente no era fuerte ni rápido, pero sí ágil, y su constitución lo ayudaba a serlo. Podía esquivar arremetidas y movimientos arriesgados, esperando la ocasión en la que el contrincante expusiera su punto débil.

Avanzó con pie firme, imprimiendo tensión a los músculos inferiores. Con decisión enarboló el bo a la izquierda, golpeando el flanco de un enemigo imaginario. Si se cubría, perdería su arma. Si no, unas costillas rotas no se la quitaba nadie. «Un buen golpe». Contento por la sesión, Donatello dio por finalizado el entrenamiento.

Con cuidado apoyó su preciada barra en la pared, y se puso la sudadera que previamente había dejado en la esquina. Aparte de eso, tan sólo llevaba unos pantalones cortos deportivos. Desde que entró en el Instituto rara vez podía liberarse de sus obligatorias cuatro capas de ropa.

Pensar de nuevo en Roosevelt apagó un poco su alegría. Antes de dejarse llevar por la sensación se dispuso a limpiar el sudor que había dejado. También abriría las ventanas. Aunque Kirby nunca puso inconveniente, Donatello sabía que entrenar en la Biblioteca era un capricho. Lo mínimo que podía hacer era dejarla como al principio.

No es que estuviera decepcionado con el Instituto. De hecho, no imaginaba lo afortunado que llegaría a sentirse conforme pasaban los días. Le encantaba responder las preguntas de los profesores, y éstos agradecían el insaciable interés de Donatello. Aun así no se le escapaban las miradas escépticas de sus compañeros. En contra de sus intenciones, aquello acrecentaba las distancias con el grupo.

Bueno, no las de todos.

—Oye…

Donatello levantó la vista del libro de Biología. Estaba adelantando la lectura del tema, aprovechando el cambio de clase. Se trataba del chico de al lado, el que ayudó durante la prueba inicial de Matemáticas.

—¿Sí? —preguntó con cautela. Hasta entonces había actuado como si Donatello no existiera. De hecho, ni lo había escuchado hablar.

—Bueno… —Un rubor encendió sus mejillas hinchadas. Su voz era muy dulce, casi la de un niño. No era precisamente alguien agraciado. Parecería un querubín, con ese pelo rubio y rizado, de no ser por algunos detalles, como la camiseta con el logo de Mutantes y Mazmorras oel colgante con forma de cabeza de pájaro—. Sólo quería decirte que… gracias. —calló, interrumpiendo la mirada. Hasta sus orejas se habían puesto rojas.

—¿Qué?

—En el examen de matemáticas —aclaró al acto—. Yo…me pongo nervioso con facilidad y me asusté. Creía que te estabas metiendo conmigo por ser tonto.

—¿Tonto? No, claro que no.

Volvió a quedarse sin palabras. Donatello analizó su expresión compungida. Realmente estaba haciendo un esfuerzo por dirigirse hacia él.

—Te he visto estos días y… —Su respiración se hizo más fuerte un instante, aunque pudo controlarla—. No creo que seas así. No opino lo que los demás. No veo que te las des de listillo, sólo te gusta experimentar y saber .—Reunió fuerzas para mirarlo de nuevo—. Por eso, perdona si he pensado mal de ti.

Tragó saliva. Donatello no pudo evitar conmoverse.

—No hay problema, esto…

—Martin .—aclaró antes de darle la oportunidad para recordar su nombre—. Martin Milton. No se me dan bien los estudios. Ni los deportes. De hecho, no soy bueno en nada —Sus gruesos labios dibujaron una sonrisa nerviosa—. Eso sí, me gusta dar de comer a los pájaros. También soy fan de los juegos de mesa. Y mira, mi pierna es ortopédica —Se levantó el pantalón. Efectivamente, tenía una prótesis en la pierna derecha, de rodilla para abajo—. ¡Nací sin ella como mi avatar, Sir Malachi! —Donatello estaba sorprendido por el cambio de humor repentino. Martin lo tuvo que notar, ya que volvió a apagarse—. Lo siento, lo siento. Cuando me entusiasmo mucho me dicen que soy muy raro y que me calle…

—No creo que seas raro, Martin .—«El agradecido soy yo. No lo estoy haciendo tan mal si alguien no me considera un fastidio»—. Siempre que tengas dudas en los estudios puedes consultarme.

El joven le dirigió una mirada amistosa antes de centrarse en sus apuntes. Donatello jamás había conocido a alguien con un humor tan lábil.

Como decía, en el Instituto estaba saliendo adelante. Pero había dos asuntos con nombre propio que lo tenían profundamente preocupado.

Cuando terminó de fregar fue a su cuarto y eligió un conjunto medianamente decente. Kirby había propuesto salir a dar una vuelta esa noche. Era fin de semana, y el psicólogo no trabajaba el día siguiente. En la mesa de estudio había dejado su ordenador portátil encendido. Antes de ir a ducharse volvió a revisar su bandeja de entrada. Gruñó por lo bajo al ver que su amiga Weirdo McGee, en realidad Irma Languinstein, no había respondido a sus mensajes.

Donatello aún no estaba seguro de cómo tomarse la conversación que tuvieron en el laboratorio de Biología. Por un instante le pareció que Irma sabía acerca de su condición. Intentó no darle mayor importancia, aunque esa tarde no pudo concentrarse en el ático. Se le había metido la idea de que alguien acabaría irrumpiendo en su casa y se lo llevaría a la fuerza. Probablemente iría a parar a algún laboratorio clandestino. O peor, lo expondrían a los medios de comunicación como el bombazo del siglo. Había visto horrores al respecto con asuntos mucho más triviales…

Pero la tarde y la noche transcurrieron sin ningún incidente. Por la mañana despertó en su cuarto con la alarma. Se levantó, se vistió, y April lo arrastró hacia el baño para maquillarlo. Nadie ni nada le había arrebatado su vida.

Todo iba bien.

No tenía nada que le dijera claramente que la chica lo hubiera descubierto. Seguía siendo posible que todo aquello no fuera más que otra de sus excéntricas conclusiones aleatorias. No obstante, algo sí le había dado en lo que reflexionar.

Una vez conozca la verdad, sabré protegerla

¿Algún día podría confiar en más personas aparte de Tyler y los O´Neil? ¿Sería Irma una de ellas?

«Solo el tiempo lo dirá».

Cerró el portátil, cogió la ropa y se dirigió al cuarto de baño. Un escalofrío placentero recorrió su médula espinal cuando el agua de la ducha entró en contacto con la piel. En instantes como aquellos la mente se aclaraba, liberada del estrés físico y mental.

En realidad, su preocupación respecto a Irma no giraba exactamente sobre ese tema. Desde el día de la charla, la chica había dejado de asistir a clase.

—Está enferma. Llamaron avisándonos que no vendría por unas semanas .—Fue la contestación de la profesora Campbell—-. No te preocupes. Otros años le ha ocurrido lo mismo para incorporarse poco después.

Donatello habría hecho caso de sus palabras de no ser porque no daba señales de vida. Días antes le había pasado el número de móvil, así que probó a llamarla. Nada. Tampoco había comentado en los foros. Esa misma noche le envió un e-mail, preguntando qué había ocurrido. Ni ese ni los que siguieron después tuvieron respuesta.

Una nube de vapor envolvió su cuerpo cuando terminó de ducharse. Con calma, se secó y se arregló. Su propio reflejo le devolvió una amplia sonrisa, decorada como siempre con el diastema. Para salir tendría que ponerse la gabardina, las manoplas, la bufanda, todo lo necesario para exponer el mínimo de piel. Al menos en la intimidad podía constatar que la camisa a medio abotonar y los vaqueros le quedaban muy bien.

Volvió a pensar en el pdf que le envió. La desaparición de los científicos. Los hombres trajeados. «El ataque de los clones».

La ausencia de Irma no tendría nada que ver con eso, ¿verdad?

—¡Estoy de vuelta! —Unos toques enérgicos en la puerta interrumpieron sus pensamientos— ¿Te has arreglado ya? Venga, quiero ver lo que te has puesto.

April lo esperaba en el pasillo. En cuanto salió lo miró de arriba abajo y soltó una exclamación de sorpresa.

—¡Pero qué apuesto estás! A partir de ahora te quiero así vestido en todos mis cumpleaños. Vaya regalo a la vista .—Le guiñó el ojo en tono cómplice—.Lo único que te ha faltado es arreglarte el cuello de la camisa .—Pese a decírselo, lo hizo ella misma. Sonrió satisfecha y le palmeó el hombro—. Muchísimo mejor.

—Tú también estás muy guapa.

Justo después se azoró. La cercanía y el cumplido lo habían pillado con la guardia baja, y acabó pensando en voz alta. Llevaba aquel vestido azul que tanto le gustaba. Su diseño versátil servía tanto para vestir de casual como una velada más elegante. Resaltaba para bien su cintura y su cabello suelto reposaba levemente sobre sus hombros pecosos.

¿Cómo podía callarse ante semejante belleza?

—L-l-lo siento, he sido inadecuado .—Se disculpó a duras penas. Siempre que se ponía nervioso elevaba demasiado su tono de voz—. No quería incomodarte, de verdad. S-sólo lo decía por...—Se detuvo cuando notó la mano de April estrecharse con la suya. Lentamente volvió a establecer contacto visual. La chica sonreía con ternura.

—Tranquilo, Donnie. No has dicho nada malo .—De alguna manera la mirada de la joven se intensificó. En contra de lo que esperaba, sus pulsaciones comenzaron a refrenarse. Una vez comprobó que había dejado de temblar, lo soltó—. Además, tú no cuentas porque me quieres mucho y siempre me ves con buenos ojos. Admítelo, que nos conocemos .—terminó en broma.

«No, no me conoces».

—¿Has vuelto sola? —Lo mejor era evadir el tema antes de que dijera o hiciera algo de lo que pudiera arrepentirse.

—Papá tiene que ir un momento al Hospital. Un recado de última hora, al parecer. Me ha dicho que cuando estemos listos lo llamemos y nos recoge.

Asintió. Su amiga se acarició el cabello con expresión incómoda.

—Voy a retocarme el pelo. Si quieres espérame en el salón, que no tardaré mucho .—Se dirigió a su cuarto, y antes de cerrar la puerta añadió—. Por cierto…. le he sugerido a Casey de estudiar aquí algún día. Dice que se lo va a pensar, aunque de todas formas te pongo sobre aviso.

Todo el buen humor que podía tener se desvaneció al acto.

Casi olvidaba por qué April no había estado con él en el entrenamiento. «En serio quiero entrenar contigo. Pero queda poco para el examen de Matemáticas y a Casey le queda mucho por estudiar. Como tutora debo echarle una mano».

Casey Jones. «Tenorio de pacotilla» para los amigos.

Desde que lo conoció parecía que estaba en todos lados, al menos cuando venía al Instituto. Siempre lo veía por los pasillos, a cada rato con una chica distinta. Sus técnicas de «cortejo» eran tan simples como cumplidos sin venir a cuento o insinuaciones incómodas. Cuando no se dedicaba a comer terreno, procedía a relatar sus conocimientos de hockey, como si pretendiera mostrar lo guay que era. Incluso cuando se veía claramente que la estaba incordiando, Don Tenorio no cesaba en su empeño. Poco tardó en ganarse su merecida fama.

En clase, por el contrario, se pasaba las horas callado en última fila. No era raro verlo con los pies sobre la mesa, mirando al techo o escribiendo, dibujando, a-saber-qué en el único cuaderno que traía consigo. Respondía con indiferencia a las llamadas de atención de Campbell. Un día lo mandó al despacho de director, y Casey ya estaba en el pasillo antes de que pudiera terminar la frase. Si Donatello fuera él, se le estaría cayendo la cara de vergüenza.

Desconsiderado, estúpido y simple. Jones pasaba del mundo, y el mundo pasaba de él.

—No es así .—April era la única persona en la clase que aún le dirigía la palabra—. De todas las veces que hemos quedado para estudiar no ha fallado ni una. Le falta base, pero le pone empeño. Y no, no es un perro baboso conmigo como con las otras chicas.

—Si tan amigos sois ya seguro que me puedes contar por qué se porta de esa manera en cuánto hay alguien más delante.

La chica apretó los labios. Su cara se fue poniendo roja como un tomate.

—No lo sabes, ¿verdad?

—¡No, no lo sé! —Casi gritó—. Pero tengo la corazonada de que debe haber una razón por la que se empeña en mostrar al mundo que no merece la pena.

«Es que no merece la pena», quiso decirle. Sin embargo, sabía bien que continuar la conversación habría sido bastante dañino para él. No quería que April siguiera restregándole por la cara lo que intentaba esconder detrás de sus palabras. Ya lo veía claro en cómo elevaba su tono de voz cada vez que Casey andaba cerca, o en cómo la pillaba dirigiéndole miradas furtivas entre clase y clase.

—Maldita sea… —Cabizbajo, se sentó en el sofá del salón.

A April le gustaba Casey. Negarlo no lo hacía menos evidente. Y lo peor de todo es que la chica parecía no haberse dado cuenta.

«¿Qué demonios ve en él?». El joven no tenía nada que pudiera atraer a April. ¿Tan intensa podía ser la química?

Odiaba saber que sí.

Lo que desconocía (y le atormentaba descubrirlo) era a lo que podía evolucionar con el tiempo. ¿Quedaría como un encaprichamiento pasajero? ¿Llegarían a intimar? ¿En realidad no sería…

amor?

—Donnie…

Se levantó al acto. April estaba en la entrada del salón. Se había retocado, como había dicho. Sin embargo, no le gustaba nada cómo había hablado. Tenía los ojos entrecerrados, con el hombro apoyado en el marco de la puerta…

La pudo alcanzar antes de derrumbarse por el suelo. Su respiración era rápida y superficial.

—De repente…estaba bien hace nada…

Le puso la mano en la frente. Estaba ardiendo. Sus piernas temblaron una última vez y todo el peso de su cuerpo cayó en él. Sin dudar un instante la tumbó delicadamente en el sofá del salón y fue a la cocina a por un cubito de hielo. Cuando volvió tenía escalofríos.

—No va bien…algo no va bien… —murmuraba a duras penas. Donatello intentaba por todos los medios no sucumbir al pánico. Fue corriendo a por una sábana y se la puso encima.

—Voy a llamar a papá. Te llevaré yo mismo a Urgencias si es necesario.

Sacó su móvil y tecleó el teléfono de Kirby. Después de ocho pitidos la línea seguía sin respuesta. Probó suerte con el de Tyler.

¿Donatello?

—April se ha puesto muy enferma, y Kirby no responde. Debemos llevarla al hospital.

¿Hola? ¿Estás ahí?

Donatello miró el móvil extrañado.

—Tyler, soy yo.

Debe haber algún problema en la línea. No t…

De repente, el móvil se había quedado sin cobertura. Antes de preguntarse qué podía haber pasado se cortó la luz.

—¿Qué…?

La chica seguía vocalizando cosas ininteligibles. Al parecer no sólo se había cortado la luz en su piso. Fuera, en la calle, también reinaba la oscuridad absoluta. Una extraña sensación de amenaza hizo que su corazón latiera más rápido. «Sólo se ha cortado la luz. Y algo le habrá pasado al móvil…».

April soltó un grito ahogado.

—¡Van a venir! —Tenía los ojos totalmente abiertos mientras se encogía como un ovillo. Donatello se arrodilló frente a ella. No enfocaba la mirada— ¡Van a venir! ¡Van a venir!

—¿Quiénes, April? ¿Quiénes? —El quelonio estaba asustado. La situación comenzaba a sobrepasarlo y nunca había visto a su amiga tan desesperada.

No respondió. Comenzó a sollozar como una niña pequeña mientras cubría la cara con sus brazos.

Su móvil vibró de nuevo. Encendió la pantalla, esperanzado de que hubiera recuperado la cobertura.

Seguía sin tenerla; pero de alguna forma había recibido un nuevo mensaje.

Lo abrió. No era ni de Kirby, ni de Tyler, ni de nadie conocido. El número estaba oculto.

La única palabra que había escrita se encontraba en mayúsculas, sin lugar a malinterpretaciones.

CORRE.

Alguien tocó a la puerta.


Yo! = En inglés americano es una manera de saludar muy informal.

Nota del autor: ¡Feliz Año Nuevo, tortuguitas! ¿Cómo os han ido las vacaciones? En primer lugar, siento mucho el retraso. En serio planeaba publicar el capítulo en Navidades, pero entre el estudio *ejem* videojuegos *ejem* Undertale *ejem*, se me ha ido el tiempo. Esta semana me puse las pilas, y finalmente he podido venir con el siguiente capítulo. Ya estamos a nada de acercarnos al clímax del arco argumental. Muy pronto sabréis por qué se titula «Como una supernova» ;). También he encontrado un hueco para incluir a Martin Milton. Aprovechando lo poco que apareció en la serie he rellenado algunos huecos sobre su personaje. Me estoy fijando en que a los que estoy dando mayor desarrollo en el fic son precisamente los "nuevos" de esta versión: Xever, Steranko, Martin...ha sido una coincidencia que no pensé en su momento. Pero tranquilos, ya irán apareciendo los que faltan...

Paso a los Agradecimientos. Empiezo mencionando a Valengraitt por sus comentarios, así como las correcciones que ella ha visto pertinentes. Aunque ya te lo dije en privado, de nuevo muchas gracias.

marita76: Me alegra que este capítulo sea de tus favoritos. Muchas personas me han dicho que las historias intimistas son mi punto fuerte. Como siempre, saludos desde España a México.

I Love Kittens Too: Perdona por haber tardado más de un mes en actualizar. En serio, normalmente soy muy profesional con las fechas que pongo. Espero que no vuelva a ocurrir más.

Aprovecho para recordar a los lectores anónimos que igualmente agradezco la lectura. Vuestras visitas se registan, y esa también es una prueba de que estáis ahí. No niego que me gustaría saber quiénes sois, y espero que algún día os animéis a comentar. Me haría muy feliz.

Con esto dicho, sólo me queda decir que no actualizaré hasta mediados de Marzo. Los exámenes están a la vuelta de la esquina y debo centrarme en ellos como bien merecen. Espero aprobarlos y así tener un buen verano libre. Que, por cierto, van a ser mis últimas vacaciones de verano como tales. El año que viene estaré estudiando el MIR, y al siguiente seré Residente. Estos precisamente tienen más trabajo en verano, así que más me vale apretar ahora para aprovechar el tiempo que me queda como es debido.

Leeré vuestros comentarios con mucha ilusión. Me darán fuerzas para esta dura época que se aproxima.

¡Cuidaos bien!

Con muchísimo cariño.

Jomagaher.