Algún día

Recuerdo que, en mis tiempos de colonia, el hecho de que Inglaterra viniese a visitarme me resultaba un alivio.Sí, un alivio.

Recuerdo los breves momentos en los que jugaba con él, en el sentido de diversión y no de manipulación, como el que más tarde sentiría.

Más allá de mis desilusiones por las acciones del país inglés, sabía con total certeza que había algo extraño en él. Y no fue hasta mucho tiempo después que comprendí plenamente su comportamiento.

No sé exactamente cuándo fue, pero, aquellas acciones tomadas por el gobierno inglés, allá por 1974 me impresionaron bastante (sabiendo perfectamente que por sus venas corría la sangre sucia y egoísta de los piratas).

Fue hasta que vi los ojos brillosos de Arthur, como pocas veces los había visto, concebí el regocijo que sentía y en mi pecho experimenté un sentimiento cálido, como hacía tiempo que no experimentaba.

Nos dirigimos la mirada, nuestros ojos irradiaban el brillo inocente y alegre de la niñez; la oportunidad de comenzar de nuevo, como una nueva familia.

Inglaterra, Argentina y Malvinas.

Luego de hermosas confesiones por su parte, y demás hechos que no narraré para evitar quebrarme, me colocó el anillo.

Unimos nuestras manos, mientras la noche caía, las estrellas, la luna, nuestros anillos, pero, sobre todo, nuestros ojos, brillaban como nunca.

Luego, los anillos se perdieron, la familia y el brillo en mis ojos también.


Arthur contemplaba la caja con los anillos en su interior. Aquellos anillos que Martín había dado por perdidos (según él), sin embargo, el inglés los había recuperado, y su mente se inundaba de los recuerdos melancólicos y amargos, preguntándose si era buena idea el volver a utilizar esos anillos o, por el contrario, comprar unos nuevos.

Contempló a Argentina, quien se encontraba apoyado en el marco de la ventana, con la mirada perdida en el paisaje, probablemente, a causa de sus propios pensamientos.

Inglaterra suspiró y pensó en la situación actual sobre Malvinas, no podía culpar a nadie, sabía que los jefes de Martín conformaban parte de un circo; eran payasos, hacían el "hazme reir" para el público de afuera, y para los que conviven con ellos, hacían de titiriteros, ni siquiera de público.

A veces se preguntaba por qué las cosas no podía ser de otra manera, y de quién estaba en manos de que eso fuera así.

Así, sin heridas.

Suspiró nuevamente.

Cerró la cajita y la guardó. Se dirigió al lado de su pareja, que no se percató de su presencia hasta que el inglés posó su mano sobre la de él, causándole un pequeño sobresalto.

Kirkland le dijo que se calmara, que a pesar de estar vestido de verde, no era ningún dólar. Martín largó una carcajada, sí, el chiste horriblemente malo le causó gracia.

O se reía para no llorar, una de dos.

Arthur se sonrojó y esquivo la mirada, mientras apretaba la mano del argentino. Cuando volvió a mirarle, éste último había vuelto a su estado anterior.

Otra vez el dolor en su mirada, y Arthur sentía que se ahogaba.

Después de contemplarlo por un breve momento, se dispuso a observar el paisaje, mientras que no podía evitar pensar que los anillos fueran acompañados con una vestimenta de casamiento.

Quizás, algún día.