Me desperté con los primeros rayos de sol, ¿estaba amaneciendo? ¿No me había quedado dormida al mediodía acaso? ¿Cómo diantres dormí todo el día y toda la noche? Los juegos y las heridas al parecer habían sido muy agotadores. Cuando abrí los ojos me encontré sola en mi cama, con las sábanas manchadas de la sangre ahora seca de Gaetan. ¿Dónde estaba? ¿Habría sucedido algo? La presión de la angustia oprimió mi pecho y no pude evitar llorar. Entonces me levanté a buscarlo.

Bajé las escaleras sin parar de llorar y oí ruidos que venían desde la cocina. Me alerté porque no tenía ningún arma, no importa, si era necesario pelearía con garras y dientes. Pero pronto me relajé, sólo era Gaetan calentando una tetera en el fuego. Me sentí un poco estúpida por haber tenido tanto miedo y alerta sólo porque se hubiera despertado antes que yo a hacer el desayuno. Quizá los juegos me hubieran arruinado.

Me observó entrar llorando a la cocina y vino a abrazarme, y esa contención me hizo llorar aun con más fuerza. No se cuánto tiempo necesité para dejar de llorar, pero fueron sin duda sus brazos los que me sacaron de la pesadilla en la que estaba. Entonces me acompañó a lavarme la cara y habló por primera vez en el día, invitándome a desayunar. Había traído lo mejor de la panadería del distrito. Era el primer día de la segunda parte de mi vida, esto había sido un antes y un después. Él no podía evitar mostrar la tristeza de su rostro, mientras yo también estaba triste.

-Quiero que me cuentes Sophie –comenzó mientras bebía el té que me había preparado- quisiera que me cuentes todo lo que te hace mal, que te saques ese peso de tu corazón, yo puedo ayudarte a levantarlo.

-No sé si alguien pueda ayudarme –al admitirlo mi amargura se hacía más honda- pero hay dos cosas importantes que quiero decirte. La primera es que realmente lo siento. Si hubiera sabido que te lastimarían de esta manera, hubiera seguido las reglas. Jamás pensé que las estupideces que yo hacía le significaran tanto a nadie, fue mi culpa que te hirieran así.

-No son estupideces, y para mí sí significan. Pero no es tu culpa, ¿cómo podría serlo si me salvaste la vida?

-Espera, ya te explicaré mejor. Lo segundo es que quiero que sepas que no soy una asesina. Sé lo que se vio, pero tienes que creerme. No maté a nadie.

-Está bien si lo hiciste, no voy a juzgarte ahora. Soy feliz porque volviste.

-Pero necesito que me creas en esto, ¿puedes hacerlo?

-Cuéntame más, no entiendo muy bien.

Entonces tuve que explicarle de mis decisiones en la arena, el entrenamiento individual, de Sarah y Chris. Le conté que el muchacho había acabado con su vida por motivos distintos que las reglas del juego, le conté que había muerto en mis brazos –Gaetan hizo una mueca de ¿celos acaso?- y luego sobre mi conversación con Plutarch, quien sabía de la medicina y de nuestros padres, y de la rebelión y el castigo. No dejaba de mirarme con asombro.

-¿Crees que ya terminó todo? –le pregunté al final.

-No estoy seguro, ¿por qué no me mataron entonces?

-Basta, no digas eso, sólo quiero vivir en paz.

-¿No quisieras volver a ver a tu padre? ¿Ser parte de la rebelión contra el Capitolio que tanto te quitó?

-Mi padre –hice silencio un momento- sí, pero necesito un tiempo. La rebelión, no sabemos cuando ocurrirá, y no quiero estar nunca más en un campo de batalla. –No supe si él estaba de acuerdo con esto último. Y no lo culpaba, el Capitolio había ejecutado a sus padres y quizá con una rebelión tuviera la oportunidad de continuar con su misión, o hasta vengar su muerte. Pero comprendió que necesitaba un tiempo de paz para curar mi corazón. –Oye, quisiera que tú también me contaras, ¿qué sucedió mientras no estaba?