NO, NO HE MUERTO, PERRAS… o tal vez sí… TAL VEZ, quien está escribiendo aquí no es más que una copia, o una máquina inventada por mí…
Nah, imposible… una copia actualizaría mucho más rápido de lo que lo hago yo xD
¿Explicaciones? ¡No!... A ver… Estoy en una especie de viaje. ¡Me he reencontrado! ¡Renaceré como el ave fénix! (? Bueno, no, no tan así… Pero algo similar. Lo cierto es que no ando bien, demasiado qué hacer, demasiado en qué pensar y esas presiones propias de cada uno, metas y exigencias… No doy abasto y para colmo, el pinche internet no ando…
Que ¿Cómo estoy publicando?... ¡Magia, muchachos, magia!
Y ahora, estoy ciertamente confundida en este momento… No sé quién soy, no sé qué quiero ni a qué aspiro, no sé nada y al mismo tiempo, lo sé todo, porque si de algo estoy segura, es de una sola cosa: Los unicornios son engañosos Jajajajaja
No apuestes lo que no tienes… Puedes perder incluso eso.
Tigresa se quedó callada ante tal promesa. No, ¿Qué decía promesa? Se lo estaba jurando.
Se sintió… ofendida, dolida, indignada… y finalmente, querida. Sintió, por un segundo, que a Po le importaba y que por eso quería que ella volviera con él, sintió en su mente todas aquellas caricias y palabras tiernas, todos los besos y las noches juntos. Sintió, por un momento, todo aquel cariño que alguna vez creyó real. Pero rápido volvió a la realidad. Po no la quería, solo quería herirla. Era lo que él quería que ella pensara; que le importaba. Buscaba hacerla caer de vuelta, lastimarla aún más. Él se sentía herido, su orgullo dolía, y quería que ella sintiera lo mismo.
Arruga el entrecejo y se endereza en el borde de la cama, hombros cuadrados y espalda recta, un gruñido meramente instintivo vibrando en lo profundo de su pecho. No necesita pensar demasiado para formular la respuesta indicada.
—No volveré —Dice, sin pensarlo— No volveré al Palacio de Jade, nunca.
—¿Segura?
—¿Quieres apostar?
Po ríe… y aquella risa, fría y sarcástica, duele más que cualquier golpe.
—No… —Dice— Eso te daría falsas esperanzas.
Estira una mano y roza con la yema de los dedos, muy apenas, la mejilla de ella.
Tigresa se deja, incapaz de apartar el rostro, sintiendo sus ojos más húmedos y llenos que nunca. Po… Aquel no puede ser el Po que conoció. No pudo haberse equivocado tanto.
—¿Quién eres? —Susurra.
—¿Eh?
—¡¿Quién mierda eres?! —Vuelve a gritar— ¿Quieres que te odie, Po? ¿Eso buscas?... ¿Qué te aborrezca, como a un macho cualquiera? ¡¿Por qué no me dices qué mierda quieres y te dejas de juegos estúpidos?!
Po se endereza en la silla, aparta su mano. Su semblante imperturbable, severo.
—Yo no te he hecho nada… —Dice— Fuiste tú, que como una niña chiquita, saliste corriendo porque las cosas no fueron como querías.
—Me engañaste.
—Siempre te fui sincero.
—Dijiste que lo intentarías… —Y está llorando— Dijiste que me querías, que intentarías quererme, que iríamos poco a poco… Dijiste que yo era especial.
—Pero nunca dije que te amara.
—Entonces, ¿Eso es todo?... ¿Solo jugaste conmigo y ya?
Po guarda silencio unos segundos. Tigresa tiembla, pero se mantiene serena… Lo más que puede. Finalmente, él exhala el aire contenido y se inclina unos centímetros, acercando el rostro al de ella.
—Dime, Tigresa, ¿Cuántas veces me reprochaste no ser lo suficientemente maduro para ser el Guerrero Dragón? ¿Cuántas veces me dijiste que era un adulto comportándose como un niño? —Pregunta. Ella calla— Muchas, eh… Bueno, la única niña aquí, eres tú.
—No…
—Madura, Tigresa… Eres adulta, ¿No? —No lo dice con malicia, ni con ningún sentimiento en especial— ¿Tienes idea la cantidad de mujeres que se enamoran y no son correspondidas? ¿O que no pueden estar con esa persona?... ¡Pero ellas no salen corriendo! No se andan besando con cualquiera para provocar a quien les ha dejado tiradas. Porque ellas, a diferencia tuya, no son unas niña…
El ardor se expande por su mejilla izquierda, palpitante, y ladea el rostro por la fuerza del golpe. Las palabras mueren en sus labios, tan tensos que no son más que una línea pálida. Una cachetada, a mano abierta, que realmente no duele, porque Tigresa no sabe golpear a mano abierta, pero que sí le deja la piel ardiendo.
Se le dan mejor los puños, piensa, con cierta gracia.
Tigresa se levanta y camina hacia la puerta, abriendo y cerrando luego de salir con un fuerte azote. La cabeza le da vueltas, la presión en su pecho le lastima y el nudo en su garganta se vuelve insoportable. Camina, corre, zancadas largas y fuertes, mientras que las lágrimas corren libremente por sus mejillas. La insulta, la menos precia, se burla, la compara con otras mujeres… ¡¿Qué mierda quieres, Po?! El sollozo mana fuerte de entre sus labios, audible, y entonces decide que no quiere volver al patio. Ni al patio, ni a la casa de Shuo, que es donde primero irán a buscarla.
Gira al segundo pasillo a su izquierda y sigue, casi corriendo, para luego hacer un giro a su derecha. Es el pasillo de las habitaciones de los alumnos, aparentemente vacío. No busca demasiado, ya sabe cuál es la puerta. Sin siquiera mirar primero, la toma, abre y definitivamente, sabe que algo se ha roto dentro suyo cuando es recibida por los fuertes brazos de Yuan.
El leopardo, en silencio, la abraza contra su pecho, protector y posesivo, acariciando su espalda en un intento por calmar sus sollozos. Tigresa se siente miserable. Llorando por alguien en los brazos de otro, llorando delante de alguien y punto. Se siente mierda. Sus pies se despegan del suelo, un brazo pasa por debajo de su rodilla y el otro por detrás de su espalda, la puerta se cierra, ella se acurruca contra el pecho de Yuan y se deja llevar a la cama.
El aroma del leopardo se encuentra impregnado en las sábanas, en la almohada, en ella misma. Toda su ropa, su pelaje, huele a él… y le gusta, le reconforta. Duele, un dolor dulce y caliente en lo profundo de su vientre, y un quejido mana de entre sus labios.
—¿Qué te dijo?
Yuan se echa a su lado, acunándola entre sus brazos. Tigresa entierra el rostro en su pecho, desesperada, inhala aquel aroma hasta sentirse mareada de él.
—Cosas… —Responde, reacia.
—¿Qué cosas? —Masculla Yuan, tenso.
Con manos firmes, le toma el rostro y la obliga a verlo. Está serio y Tigresa reconoce que está enojado, pero no es un enfado hacia ella, sino hacia alguien más… Hacia Po.
—No importa.
—Sí que importa. Si un idiota hace llorar a mi chica, a mí me importa.
Tigresa se queda en silencio durante unos largos segundos.
¿Por qué no puede sentir lo mismo por Yuan? Él quiere cuidarla, se interesa por ella. Po es buena persona, pero la lastima, la hiere con cada palabra que le dirige. Yuan tal vez no sea tan bueno, tal vez no sea el mejor pretendiente, pero la cuida y se preocupa, hace el intento por ser bueno con ella. Solo con ella, pero bien dice él; los demás importan un cuerno.
—¿Me das un beso? —Pregunta de repente— Solo uno pequeño.
Su voz tiembla.
Él no responde, solo cumple con el pedido.
Tigresa se deja. Le cede el control y deja que el cuerpo del leopardo, más grande que el de ella, la aprisione contra la cama. Un brazo, el cual ella usa de almohada, sostiene el peso del leopardo para que no la aplaste, pero ella lo quiere cerca, lo necesita, y termina tirándolo encima sin ningún cuidado alguno. Le siente sonreír sobre sus labios, mientras que la mano libre se desliza hacia sus caderas… Y ella gime al sentir la lengua, húmeda y caliente, invadir su boca sin permiso previo.
Lo necesita. Quiere sentirlo, quiere quererlo como él pide, quiere olvidarse de Po… Quiere que Po deje de doler, que el recuerdo deje de ser amargo, que sus palabras ya no tengan significado alguno dentro de su mente. Quiere olvidar todo y sabe que, para ello, debe amar a Yuan. Sí, enamorarse de él.
Desliza sus manos por los hombros de Yuan, sube por su cuello y las entrelaza tras su nuca. Se siente torpe e insegura. La zarpa del leopardo la toma del muslo y le hace flexionar la pierna, entonces, de repente, están mucho más cerca de lo que jamás han estado… y a ella le gusta. Él entre sus piernas, separados únicamente por la ropa, en una posición que, al pensarla, hace que las mejillas de Tigresa se tiñan de un fuerte color escarlata.
Su espalda se arquea por mero instinto y un ronroneo le acaricia la garganta, mientras los suaves labios del chico se deslizan con dedicación por su pecho y… aquello choca en su intimidad, creando una fricción frustrante y agradable a la vez.
—Yuan… —Susurra.
—Lo siento. Lo siento, yo… —Se detiene, más no se aparta— Tigresa, estás en celo… Y te aseguro que no soy el único que se ha dado cuenta. Te necesito.
—Lo sé.
Yuan se queda sobre ella, con el rostro enterrado en su cuello, respirando lentamente el aroma suave y dulce de la hembra. Su erección aún presiona contra el muslo de la chica, pero ambos lo ignoran.
—Lo sé… —Susurra ella de vuelta— Pero no ahora, no así…
—No, ¿Cómo?
—Vengo del cuarto de Po, de llorar como estúpida delante de él… No quiero eso —Admite. Es sincera— Quiero que esto sea más que un simple instinto. Quiero desearlo de verdad.
Yuan besa el cuello de ella. Desliza los labios hasta posarse sobre su garganta… La siente tragar grueso y escucha su respiración entrecortarse. Eso le gusta.
—Yo también —Admite— Tigresa, no voy a ser un remplazo, ni un capricho.
—¿De qué hablas?
Apoyando los codos a cada lado del cuerpo de ella, Yuan se endereza para observarla.
—¿Por qué me besaste? —Inquiere— En el patio, ¿Por qué lo hiciste?
—Yo…
—Porque Po veía, y no me digas que no es cierto —No hay furia, ni resentimiento. No hay emoción alguna— No quiero ser el objeto con el que te desquitas de lo que sea que te haya hecho él.
—Te quiero…
—Lo sé —Sonríe Yuan— Pero a él lo amas.
IIIII
Tigresa se queda en silencio, con la mirada fija en el techo y sus manos sobre la espalda de Yuan. Su chaleco se encuentra en el suelo, junto a las vendas, y ella desnuda de cintura para arriba. Pero no le importa. No le importó cuando Yuan desabrochó el primer botón, ni tampoco cuando le preguntó si podía quitarle las vendas. No es la primera vez que la ve desnuda, pero él hace como si lo fuera. La besa, la mima y pregunta si puede avanzar, hasta que ella dice basta, porque ninguno quiere llegar a más en ese momento.
Su pecho sube y lentamente baja cuando exhala el aire en un suspiro largo y perezoso, las caricias del leopardo poco a poco la relajan y la dejan adormilada. Pero es temprano. Ni siquiera es hora de la cena aún, ni siquiera se ha puesto el sol, y sabe que en cualquier momento deberán levantar y salir, porque no pueden pasarse todo el día en el cuarto.
Baja la mirada; Yuan tiene la cabeza apoyada en el hombro de ella y sus dedos trazan líneas imaginarias sobre el blanco pelaje de su pecho. La sensación le hace suspirar.
Tal vez solo está demasiado aburrida, tal vez ya es hora de que se levante y su mente comienza a darle ideas raras para ello, pero por vez primera, se fija en lo pequeños que se ven sus pechos junto a la zarpa del felino. Diminutos, se dice, casi planos. Pero es que ella nunca fue de grandes atributos, aunque no es como si eso le hubiera supuesto una preocupación alguna vez.
¿Por qué una mujer necesita tener tantas curvas? ¿Por qué senos grandes, si estos son pesados e incómodos? ¿Por qué un gran trasero, si igualmente dolerá cuando caiga de culo?... Sí, definitivamente, está demasiado aburrida como para dedicar sus pensamientos a ello.
—¿Yuan? —Llama.
—¿Hum?
Él levanta la mirada, sin levantar la cabeza.
—Esto… —Se muerde el labio, avergonzada— ¿Te gustan?
—¿Cómo? —Su voz suena divertida— ¿Qué cosa?
—Son pequeños… —Dice ella, aún con la mirada en el techo— Son… ¡Yuan!
El aliento se le atora en los pulmones al sentir los labios del leopardo sobre su pecho, besando demasiado cerca de su duro y sensible pezón. Sus manos se tensan sobre los hombros de él. La sensación le toma por sorpresa y se instala en su cuerpo, estremeciéndola. Sus mejillas arden y su intimidad se siente húmeda. Es incómodo, pero le gusta.
Él se detiene, apoyando la frente entre ambos senos y con una amplia sonrisa en sus labios. Nuevamente su cuerpo se encuentra sobre el de la chica y las manos de ella le acarician la espalda, mientras que él besa y mordisquea suavemente sus pequeños pechos.
—Me gustan —Admite— Toda tú me gusta.
—No hagas eso… —Susurra Tigresa, su voz baja y sumisa— Detente, Yuan.
—¿Por qué?
Tigresa se encoge sobre sí misma, cubriéndose los pechos. Empuja al leopardo y ambos giran en la cama, quedando ella arriba, sosteniéndose sobre él con los codos a cado lado de su cabeza. Las manos de Yuan se ciernen en sus caderas, sujetándola en una posición poco decorosa, y a pesar de que sus mejillas ya tienen un rubor constante, no puede evitar reír.
Ríe… porque cuando está con Yuan, todo parece irse de su mente. ¿Cómo no puede enamorarse de algo así? ¿Cómo es posible que eso no pueda ser amor? Solo tiene que olvidar el resto, aprender a superar el dolor y dejarlo en el pasado.
Se inclina y lo besa. Un beso lento, suave, que a ambos le eriza la piel. Tigresa se mueve sobre él casi sin ser consciente de ello, un vaivén suave de caderas, que la hace suspirar y arranca un bajo gruñido del pecho del felino. Es instintivo. Sus senos se rozan contra el torso de él. Toda ella tiembla, se estremece y suspira, deslizando sus labios por el filo de la mandíbula del chico.
—Demonios, Tigresa… —Gruñe Yuan— Sí… Sigue…
Los dedos de él se hunden en la carne de sus muslos, la sujetan con fuerza y la arrima aún más.
A Tigresa se le escapa un gritito ahogado, al sentir eso chocar en el punto justo, allí donde todo parece sensibilizarse el triple, donde las sensaciones nacen y mueren. Quiere reír. Es un juego. Solo están besándose, como hacen siempre, solo están juntos en la cama, como todas las noches. Pero Yuan va muy en serio y pronto descubre que, aunque quisiera, no podría detenerse. Es él quien le mueve, quien provoca aquella fricción, quien gruñe cerca de su oreja y le murmura de una manera que la deshace y reduce a un manojo de nervios demasiado sensible.
Se ve incapaz de decirle que se detenga, porque a ella también le gusta. Quiere parar, pero su cuerpo no se lo permite. Deja caer la cabeza sobre el hombro de Yuan, ocultando el rostro contra su cuello, e inhala hondamente de aquel aroma… En ese momento solo hay tres cosas en su mente; Ambos están sudados, casi como si llevara kilómetros corriendo; lo extraño que suena aquel sonidito emitido por el felino; y tercero, ¿Cuál es el fin?
Porque le gusta, lo disfruta, pero… No es sexo.
Sin embargo, a medida que el agarre de él se vuelve brusco y que el vaivén de sus caderas es dirigido únicamente por las manos de él, la respuesta se presenta sola sin si quiera haberla imaginado… Y de repente, ninguno se mueve. Ella lo intenta, pero él se lo impide, tal vez con demasiada fuerza.
—Mierda —Escucha a Yuan maldecir.
Está a punto de preguntar qué sucede, pero de un momento a otro, los pantalones del leopardo están húmedos… Un momento de silencio, en el que le escucha jadear, como si le costara un poco respirar, y de repente, se encuentra a si misma rebotando en el lado vacío de la cama. Yuan la ha empujado para quitársela de encima.
—¿Yuan…?
—No, no… Quédate ahí.
Él se levanta, caminando por el cuarto, de espaldas a ella. Se ve nervioso, un poco tenso incluso. Le observa llevarse las manos al rostro y restregárselo, aun jadeando levemente.
—¿Te sientes bien? —Pregunta y se siente tonta, porque no sabe cuál es el problema.
Si, bien… Comprende o al menos, lo intenta. Él es un macho, ella una hembra. Pero no comprende por qué reacciona así, no fue nada, solo se detuvieron tarde y eso es todo.
Se levanta de la cama. A paso precavido, casi con cierto recelo, se acerca al felino y le abraza por detrás. Le siente tensarse, pero ella besa entre sus omóplatos y desliza sus manos por el pecho de él, trazando pequeñas figuras imaginarias con la yema de sus dedos. Un tacto demasiado suave como para ser rechazado.
Tigresa sonríe, con la frente apoyada en la espalda del leopardo, y se arrima aún más a él.
—No pasa nada —Dice— No fue nada, Yuan.
—No, si pasa —Replica él— Necesito una baño… Mejor ve con los demás, ¿Si?
Tigresa quiere decir que sí, porque sabe que está avergonzado y no quiere hacerle sentir peor, pero no puede evitarlo; la risilla, baja y traviesa, es tan espontanea que ni siquiera tiene tiempo a pensarlo.
—¿Un baño frio? —Inquiere.
—¿Ah, eres pícara?
Ella no tiene tiempo a contestar.
De un momento a otro, Yuan jala de su muñeca y ella se encuentra pegada a su pecho.
Se ve grande e imponente frente a ella, es una cabeza más alto y Tigresa tiene la necesidad de echar hacia atrás la cabeza para poder verle bien el rostro. Eso parece gustarle al chico, que sonríe, a la vez que una de sus manos se posa en la nuca de ella. Un gesto firme y dominante, que al contrario de lo que podría pensar, no resulta demasiado desagradable… sino incluso hasta excitante. Ronronea, encantada al sentir los dedos de él bajar lentamente por su columna, hasta posarse allí donde la espalda pierde su nombre.
Tigresa quiere maldecir, pero no un simple "mierda", sino maldecir como una vez, cuando pequeña, escuchó maldecir a un guardia de una prisión. Es como una necesidad, una que no puede evitar. Yuan la empuja más contra su cuerpo, eliminando cualquier espacio entre ambos, y ella suelta un muy sucio improperio.
—Responde… —Yuan exige, juguetón— ¿Eres pícara, Tigresa?
Lentamente, sus pies la guían de vuelta a la cama, al mismo tiempo que la mano en la nuca se desliza por su cuello y baja hacia su pecho, descendiendo lentamente. Tigresa siente la risa simplemente brotar de entre sus labios cuando aquella mano toma una de las de ella, que se mantiene precavidamente sobre el pecho de él, y sin aviso ni permiso, la lleva hasta la entrepierna del felino.
—¡Yuan! —Chilla, sorprendida.
La vergüenza y la diversión tiñen, dándoles un aspecto de falsa inocencia.
—Es lo que tú y tu jodido trasero provocan —Susurra él, con voz ronca— ¿Y quieres saber qué hago a la noche cuando me voy de tu cuarto, Tigresa?
Y sí, debajo de su mano, firmemente sujeta para que no la aparte, se encuentra una aun notoria erección… Tigresa bien sabe que la curiosidad mató al gato, pero no piensa en ello cuando asiente, risueña. Todo le resulta tan nuevo y divertido, como una niña ante un juego, hasta el más pequeño roce es tan excitante como emocionante.
Escucha lo que él susurra en su oído, con los ojos abiertos y curiosos, y está segura jamás haberse sonrojado tanto. ¡Oh, por todos los dioses! Ríe de pura pena, porque no sabe qué contestar, porque nunca nadie le ha dicho algo así y porque ni en sus más locas fantasías se pudo haber imaginado que alguien le hable de aquella manera al oído.
Y a todo eso… ¿Qué hace ella con la mano ahí?
Inmediatamente aparta la zarpa, ante la divertida mirada de Yuan… justo al mismo tiempo que alguien abre de par en par la puerta.
Continuará…
