Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 25
Se veían unos a otros con intriga. Si bien comprendían parte del plan que significaría el fin definitivo de su odiosa adversaria, aún no estaba completamente claro cómo se llevaría a cabo aquella vil hazaña que extinguiría tenuemente a la justicia. Y precisamente, en medio de los curiosos, el peón que pasaría a ser rey, se preguntaba cómo sería su jugada en el tablero.
Por otro lado, los líderes de la escoria criminal de Ciudad Satán, murmuraban entre sí buscando algún argumento que les hiciera rechazar la audaz y ambiciosa propuesta que su inesperado aliado les proponía. Sin embargo, al estar deseosos de ver a la heroína de ojos azules en el más allá, no fueron capaces de hallar ni una sola razón para no caminar por el sendero que él les mostraba.
Y aunque en el fondo no les gustaba obedecer sus instrucciones, accedieron a hacerlo.
– ¿Y exactamente, cómo me convertiré en ese importantísimo mafioso del que hablas? –Hibiki le cuestionó.
– A eso mismo me dirigía, escucha…escuchen todos…–les habló el creador de ese complot, terminando de dar las pinceladas finales a su macabra obra–para que esto funcione hay que ser lo más realistas posible, Videl no es ninguna tonta, ella notará de inmediato si algo anda mal, es necesario actuar con naturalidad.
– ¿Y cómo la engañaremos? –Van Zant le preguntó.
– Me encargaré de correr el rumor que nuestro, afortunado amigo aquí presente, se ha apoderado de los territorios de todas las pandillas de Ciudad Satán, convirtiéndose en el nuevo amo del crimen–les narró–cuando el chisme cobre fuerza y hasta la estúpida prensa se lo crea, me pondré en contacto con Videl para que ella haga lo que mejor sabe hacer…
– ¿Estás seguro que Videl te creerá? –cuestionándole, le dijo Rock.
– Tranquilo, ella confiará en mi palabra, te lo puedo asegurar…
– ¿Y luego qué, cómo se supone que la eliminaré? –Hibiki se unió a las interrogantes.
– Antes de hablar del cómo debemos pensar en el dónde, no quiero, mejor dicho, no queremos que nadie se interponga en nuestros planes, por eso, deberemos buscar un sitio que sea discreto… ¿así que, caballeros, alguno conoce de algún lugar que sea acorde a nuestras intenciones?
– Sí, yo conozco un sitio–Hibiki les afirmó, ganándose la atención de la muchedumbre–a unas cuadras de aquí hay un hotel abandonado, el edificio es una verdadera pocilga pero creo que será de utilidad…
– ¡Lo ven señores, es o no el elegido para esta misión! –Frunciendo el ceño, Hibiki sintió esa exclamación como una burla–vamos, no me mires así, piénsalo, tú harás lo que ningún delincuente en esta ciudad ha podido lograr.
– Que no se te olvide nuestro acuerdo–Rock se puso de pie, señalándolo–cuando la maldita mocosa entrometida esté muerta, queremos el control absoluto del distrito Akuma, que ni un sólo estúpido policía se atreva a poner ni un pie en nuestro territorio, a cambio, haremos lo que nos pediste…
– No te preocupes, respetaré los términos de nuestro acuerdo, esto será lo mejor para ambos bandos…
– ¡Oigan, oigan, no se olviden de mí! –Hibiki alzó la voz–les agradezco haberme sacado de prisión, en serio, gracias, pero ni crean que haré esto de gratis, yo también quiero salir con las manos llenas.
– Cálmate, cálmate, todos disfrutaremos de una deliciosa rebanada del pastel, te prometo que al terminar con esto serás un hombre nuevo, el dinero no te cabrá en los bolsillos…
Dinero:
Tendría tanto dinero que no sabría en qué gastarlo.
Dinero:
El último aliento de una jovencita valiente valía muchísimo dinero.
Dinero:
El dinero alimentaba el ego, provocando que los mezquinos con poder ansiaran más poder.
Tal como el arquitecto de tan impía conspiración lo alegó, los rumores de una nueva cara criminal resonaron tanto en los noticieros como en los diarios. No obstante, nadie conocía el nombre de tan peligroso delincuente, aún así, esa historia sembró la duda en los ciudadanos honestos quienes depositaron sus esperanzas no en la policía, si no, en sus dos paladines del orden.
– ¿Qué estás esperando? –repentinamente, y por un segundo, al sostener aquel sillín entre sus dedos la contempló, vio como varias finas y delgadas lágrimas se deslizaban por sus mejillas de color púrpura al tratar de respirar, y tal visión creó en él un sentimiento imprevisto: compasión.
¿Compasión?
¿Cómo tenerle piedad a una chiquilla que lo ha derrotado y escupido centenares de veces?
¡Ella merecía miles de cosas excepto una: misericordia!
– ¡Anda, hazlo!
Y al endurecer sus facciones, pateó fuertemente la silla que la sostenía. Sin ese soporte la gravedad la haló, haciendo que su cuerpo se meciera en un interminable bamboleo. Con el final de esa vida, una prometedora se asomaba para él. Después de haberlo logrado, deseó afanosamente su recompensa, pero ésta no apareció para llenar su vacía y hambrienta billetera.
Impaciente por naturaleza, Hibiki buscó a los hombres que le debían su felicidad, recurrentemente se presentó en aquel sucio casino ansioso de finalmente probar su rebanada del pastel. Pero siempre se topaba con la misma negativa, con dicha respuesta, se sintió humillado, fue rey en una mentira que se esparció de boca en boca, pese a eso, nunca dejó de ser un simple peón.
Un golpe de realidad que destruyó su fantasía de cristal.
– Necesito hablar con Van Zant.
Aquella fría noche, dispuesto a no irse sin su paga, visitó nuevamente esa casa de juegos de azar, sin imaginar, que esa sería su última visita. De ninguna manera hubiera podido vaticinar el horror que sentiría horas más tarde, para luego, en la más absoluta desesperación, hacerle frente él solo al superhéroe convertido en villano.
– En este momento está ocupado, vete y búscalo en otra oportunidad–le respondió uno de los muchos partidarios de ese bandido.
– ¡No, ni lo sueñes! –Hibiki replicó– ¡ya no permitiré que se burlen de mí, vine por lo que me pertenece, así que ve y dile a Van Zant que quiero hablar con él en este mismo instante!
– Eres un imprudente, sólo estás buscando que te maten, pero está bien, veré qué puedo hacer.
– De aquí no me moveré.
– Cómo quieras…
Permaneció allí sin moverse, entretanto esperaba, una extraña sensación comenzó a crecer en él. Era como si estuviera siendo observado, no podía explicárselo, pero esa impresión era inquietantemente familiar. Giró su cabeza en todas direcciones, a primera vista no vio nada fuera de lo común, aunque tal presentimiento se negaba a irse, por el contrario, se fortalecía.
– ¿Otra vez? –masculló–no, esto no es un sueño, no estoy soñando, pero…
– Parece que es tu día de suerte–interrumpiendo su corto monólogo, aquel sujeto regresó–Van Zant accedió a recibirte aunque deberás esperarlo, está cerrando un negocio y no quiere ser molestado…
– ¿Cuándo podrá verme? –ávido, indagó veloz.
– En una hora.
– ¿Qué se supone que haré mientras lo espero?
– Eso, es problema tuyo…
Sin perder esa noción de que alguien lo miraba, caminó por el casino paseándose entre las mesas repletas de apostadores. Queriendo distraerse, miró sin el más mínimo decoro a las mujeres que se pavoneaban de un lado a otro exhibiendo sus curvilíneas anatomías. Sonriéndole a una, Hibiki maldijo internamente, no tenía ni un mísero centavo con el cual seducirla.
– Disculpa, cariño.
Volteándose, Hibiki se halló cara a cara ante una bella y reluciente dama.
– ¿Me hablas a mí, preciosa?
– Sí, verás, un amigo mío te vio andar por allí sin nada qué hacer y él me pidió que te diera esto–lentamente le entregó un pequeño bolso–ve a divertirte, la noche aún es joven.
– ¿Un amigo, quién? –Le cuestionó al recibir el regalo– ¡oye, quién te dijo que me dieras esto!
– Lo siento primor, no te lo puedo decir–y guiñándole un ojo se marchó.
– ¿Qué diablos está pasando aquí?
Abrió la bolsa con curiosidad, encontrando una cuantiosa cantidad de fichas en su interior que lo llenaron de una banal placidez. Poco o nada le importó el por qué y el quién de tan inadvertido obsequio. Dibujando una confiada sonrisa en sus labios, Hibiki se aproximó a uno de los juegos pensando firmemente que su suerte estaba por cambiar.
Y efectivamente así era, su suerte había cambiado por completo, quedando esto demostrado, cuando otro jugador se unió a él. Hibiki a la izquierda, Gohan a la derecha, y en el centro, una baraja de cartas los recibió con los brazos abiertos. Espadas, corazones, tréboles y diamantes. Mezclándose unos sobre otros, los naipes los harían verse las caras más allá de una mera apuesta.
Delante de ellos, y demostrando una tremenda habilidad con sus manos, el tallador los observó a los ojos sonriéndoles.
– Bien, caballeros–habiendo cortado las cartas, el crupier les habló– ¿quién quiere apostar primero?
Fin Capítulo Veinticinco
Hola, cómo están. Bueno, de a poco nos vamos introduciendo en la parte final de la historia, aún quedan algunos cabos sueltos que debo atar pero ya los iré atando conforme vayan saliendo los capítulos. Además, intentaré por todos los medios actualizar cada dos semanas, espero poder lograrlo, quiero recuperar el impulso que traía al comienzo, ojalá pueda conseguirlo.
Antes de retirarme, les doy mi gratitud a Videl Tateishi, Naye 345, Mtzrael, Mar-chan, Lector Shenlong, Getsukei y a Luis Carlos por sus comentarios en el episodio pasado.
Gracias por leer y hasta la próxima.
