– ¿Vienes?
La voz de Nalya me sacó de mis cavilaciones. Aquello realmente no debería estar allí, era como una distorsión en lo real, como una aparición. Pestañeé y cuando volví a mirar hacia la pared, ya no estaba allí, como si quisiera retar mis sentidos yendo y viniendo.
– Sí... – reaccioné. – Voy. ¿No has visto nada?
– ¿Ver qué? – preguntó confundida.
– Nada... – resoplé. – Seguro que ha sido cosa de la luz.
– ¿Qué has visto?
– No, tranquila, no pasa nada – repliqué.– Sería la luz.
– Entonces... ¿te acabas de quedar pasmado y con cara de miedo porque creías haber visto algo pero era la luz? – dijo con una sonrisa radiante mientras posaba su mano suavemente sobre mi frente. – No, parece que no tienes fiebre.
– Bah – contesté. – Déjalo.
Completamos el camino hasta la habitación pero cuando nos disponíamos a entrar, algo nos detuvo. Una mariposa infernal se posó sobre el dedo de Nalya y susurró su mensaje. Era raro que a esas horas de la noche llegara un mensaje desde la capitanía general así que esperé expectante escuchar el contenido.
– Se te ha convocado para una reunión urgente con el Capitán General Ailios.
– ¿Decía algo más?
– No...
– ¿Qué querrá a estas horas el Capitán General?
– No tengo ni idea.
– ¿Me acompañas?
– No creo que le guste la idea... – replicó. – Además estoy cansada.
– Está bien – asentí. – ¿Me esperas despierta?
– Lo intentaré.
– Volveré lo antes posible.
Me despedí de ella con un suave beso en los labios y emprendí el camino hacia el cuartel de la Primera División. Una vez allí, me dirigí a la Sala de Reuniones frente a cuya puerta me esperaba ya el Teniente para recibirme y anunciarme ante su superior
– Capitán Ailios, el Capitán Akano ha llegado.
– Ah, Rido, buenas noches. Por favor, pasa.
– Buenas noches, Capitán Ailios.
– Teniente, puede usted retirarse – le indicó a su subordinado antes de comunicar. – Y por favor, que no nos molesten.
– Sí, Capitán.
El shinigami se retiró rápidamente de la sala y cerró la puerta tras de sí. Mientras tanto, en silencio, recorrí con la mirada toda la estancia. Allí había acudido a numerosas reuniones de los Capitanes del los 13 escuadrones, pero en aquel momento, apenas iluminada, me parecía inmensa y aterradora.
– ¿Sabe por qué está aquí, Capitán? – me preguntó una vez el teniente se hubo ido.
– No – contesté secamente.– Pero algo me dice que no son precisamente buenas noticias lo que motiva esta reunión.
Tras escuchar las informaciones del Capitán General me apresuré de vuelta al cuartel. Era él, pero esta vez no le dejaríamos escapar. Llevábamos detrás de él desde la muerte de nuestros compañeros y había llegado el momento de ponerle fin a lo que había hecho. Henkara, Arturo, Pandora, Artemisa... Sus rostros pasaban rápidamente por mi mente y sólo conseguían que mi enfado aumentara.
Y es que llevaba ya tanto tiempo allí que no podía evitar pensar en ellos como muertos en acción durante la misión en Tanzania. Aquella en la que en mi mundo había estado a punto de morir mi mejor amigo, en este nuevo mundo, que era tan mío como el otro, aquella funesta misión se había llevado la vida de muchos de mis compañeros.
Convoqué a todos mis oficiales en la Sala de Situación del cuartel y recordé como si la estuviera viviendo la mañana anterior a aquella misión: las palabras de ánimo de Henkara, las instrucciones, la controversia sobre la supuesta traición de Eliaz. Recordé, sobre todo, lo impotente que me había sentido durante todo aquel suceso y aquel recuerdo me puso todavía con más ganas de solucionar todo aquello con la captura del maldito traidor y terrorista.
– Está bien, lo harémos así – comencé. – El objetivo se encuentra en algún lugar de esta aldea, lo más probablemente en este núcleo de edificios de aquí. Tranquilos, no os resultará difícil dar con él.
Yonas, tú comandarás el primer grupo y os encargaréis de asegurar la zona y de que no escape. Nalya, tú comandarás el segundo grupo. Iréis directamente a por él. Localización y captura.
– De acuerdo – contestaron todos los oficiales al unísono.
– Suerte muchachos, lo conseguiremos.
– Sí, lo conseguiremos – anunció Blod.
– Una cosa – salté cuando ya se iban. – Sé que le tenéis muchas ganas a ese cabrón. Tenéis vía libre para hacer con él lo que veáis oportuno, pero extraoficialmente. Eso sí, traédmelo vivo... Que sufra, pero traédmelo vivo.
– Sí, Capitán.
– Nalya, espera un momento. Los demás podéis ir saliendo.
Uno tras otro, los oficiales fueron marchándose, dejándonos a mi esposa y teniente y a mí en la sala a solas. Ambos sabíamos que no era una misión normal y que algo podía salir mal. Al fin y al cabo, ya había acabado con la vida de la mitad de los oficiales de la división anteriormente.
– ¿Por qué no vienes?
– Ten cuidado.
– No evadas mis preguntas.
– Sabes que querría ir contigo y asegurarme de que no te pase nada.
– No me haces falta – dijo con su habitual tono autosuficiente.
Como siempre, Nalya trataba de hacer ver que ella sola se valía. No le gustaba que se preocuparan por ella, le hacía sentirse débil. Pero también sabía que, por mucho que fingiese, a mí no me iba a conseguir hacer cambiar de opinión con esa actitud. Nos conocíamos desde hacía demasiado tiempo para saber perfectamente lo que pensaba el otro en momentos así.
– Lo sé, pero me quedaría más tranquilo.
– Tú eres el que manda.
– En este caso no, Ailios me pidió que le informara personalmente de los progresos. Atraparle no sólo es importante para nosotros... Ese cabrón pulgoso se ha burlado de toda la Sociedad de Almas.
– Está bien – resopló.
– Ten mucho cuidado... No sé que haría sin ti.
– Eso es muy cierto, andarías como un elefante en una cacharrería – bromeó tratando de quitarle hierro al asunto. – No te preocupes. Volveré.
– Estaré aquí esperándote.
Nos fundimos en un largo abrazo en la intimidad de la solitaria habitación. Habría permanecido así por siglos y siglos. Todo lo que me restara de vida hubiera permanecido en ese abrazo. Aún hoy, recordándolo, me estremezco. En él se reflejaron nuestros miedos, nuestras debilidades, nuestras dudas... pero también nuestras esperanzas, nuestras ilusiones, nuestros sueños. En aquel momento fuimos verdaderamente uno y sabíamos que así nada podía ir mal.
– Todo dispuesto, Capitán – informó su voz a través de la radio.
– ¡Oh, vamos! – se quejó Yonas. – ¡Podéis deciros cosas bonitas!
– ¡Cállate, imbécil!¡Cotilla! – le gritó ella.
– Aburridos... – se volvió a quejar mi "hermano".
– Calmaos. Venga. ¿Preparados?
– ¡Listos!
– En posición, "cariño". ¿Ves? No era tan difícil.
– Yonas, deja de jugar – intervine antes de que lo hiciera Nalya. A por él.
Seguí los progresos de la misión a través del sistema de comunicaciones. Aquello me ponía demasiado nervioso pero tenía que aguantar. Cada uno tenía su misión, como piezas de un gran puzzle. Y mi labor en ese momento era coordinar todo desde aquel sitio. Si mi pieza fallaba, todo podía fallar.
– Zona asegurada – anunció Yonas al cabo de un rato.
– De acuerdo – respondí. – Nalya, ¿cómo váis?
– ¡Joder! – protestó. – Aquí tampoco está. ¿Estás seguro de que no ha...
Interferencias en la línea hicieron que se perdiera la comunicación con el equipo durante unos minutos. Aquellos instantes se me hicieron eternos, como si nunca se fuera a terminar. Acabé por perder los nervios y pagándolo con el shinigami que se encargaba de controlar el sistema.
– ¡Mierda!¡¿No te enseñaron nada en la Academia?!¡¿Y tú eres un oficial de comunicaciones?! – le increpaba viendo que éramos incapaces de recuperar la comunicación.
– ¡Pero, Señor!
– ¡Nada de excusas!
– No es culpa vuestra – sonó desde detrás la voz de un viejo conocido.
– ¡Bikutoru! – exclamé mientras me daba la vuelta.
– Hemos detectado unas lecturas muy raras – dijo mostrándome un atajo de papeles plagados de números. – La cantidad de espiritrones de este área ha sufrido fluctuaciones bruscas en los últimos minutos. Esto podría haber pasado debido a la aparición de un hollow, pero no se ha detectado ninguno, también podría ser debida a la presencia de...
– Resume...
– Sea lo que sea lo que ha causado esas interferencias... Es bastante grande y se encuentra en este edificio – informó mientras señalaba la pantalla.
– ¡Mierda!
– ¿Qué?
– ¡Allí es donde estaba Nalya!
– ¿Qué piensas hacer?
– Voy a ir a por ella – resolví.
– Pero, capitán...
– No hay tiempo. Iré yo – insistí mientras me dirigía rápidamente a la puerta. – Dile a Db y a Gaby que preparen equipos de apoyo.
– ¿A quién?
– A los capitanes de la Décima y la Undécima División – le tradujo mi antiguo compañero de Academia cuando yo ya cruzaba el umbral.
Abrí el Senkaimon y lo atravesé a toda prisa. Avancé por las calles desiertas de aquella aldea hasta el punto donde se había perdido la comunicación con Nalya hacía escasos minutos. A lo lejos divisé el punto donde estaba situado Yonas tratando de reestablecer la comunicación con la Sociedad de Almas.
– ¿Qué ha pasado?
– Una luz cegadora... Algo... Insólito.
– No tanto – dije, recordando lo que había pasado en la "otra Tanzania". – ¡Rápido! ¿Dónde está Nalya?
– Allí, jefe – contestó Blod señalando. – La ví entrar sola en ese edificio.
– ¡¿Sola?!
– Llévele usted la contraria si quiere.
Sin responder al comentario de Yonas, me dirigí a toda prisa hacia el edificio que me había señalado Blod. No había pensado todavía lo que haría cuando llegara al lugar, ni cómo reaccionaría. No sabía lo que me esperaba... y aquello me ponía más nervioso.
Entré, pero allí no había nadie, estaba desierto. El grupo que se suponía que tenía que acompañar llegó en ese momento. Estaban tan desorientados como yo, y a su desconcierto se unía la sorpresa de verme en aquel lugar. Nalya, al parecer, se había adelantado sin avisar y la habían perdido de vista.
– Está bien, id al puesto de emergencia y ayudad a Yonas con las comunicaciones. Irah, déjame tu comunicador – ordené. – En cuanto se reestablezca la línea quiero que os pongáis en contacto con Db y Gaby... con las divisiones 10 y 11. Van a venir a apoyarnos. ¡Ahora marchaos!
– Sí, señor – asintió el pelirrojo escocés.
Avanzaba apresurado por los pasillos vacíos tratando desesperadamente de encontrar el más mínimo rastro de Nalya o de aquel traidor. Pero allí no había nadie. Era como si alguien hubiera borrado cualquier indicio de vida y hubiera convertido aquellas estancias en un mundo vacío, frío y deprimente.
– ¡Nalya! – llamé a gritos
– Oh, pero si el Capitán Akano en persona ha venido a hacerme una visita – sonó una voz a mi espalda.
