Arthur había estado evitando las repetidas llamadas de su analista, sabía que se debían a la cita a la que no había concurrido el día anterior. Ocupaban su mente asuntos que requerían ser atendidos con urgencia: debía llevar a cabo de una vez por todas su pequeña treta contra Bonnefoy, traía escondida en su bolsillo una navaja de filo suficientemente grueso que sabía cómo utilizar, pero era preciso aguardar hasta el descanso. Fue entonces cuando dejó su puesto en la oficina y se encaminó hacia el estacionamiento, procuró ir rápidamente para evitar el desafortunado caso de encontrarse con alguien indeseado. El plan era sencillo y de suma efectividad. Conocía muy bien el auto azulado de Francis, así como sabía que se volvería loco al encontrarse con sus cuatro ruedas rajadas y desinfladas, completamente inutilizables. Sólo era cuestión de evitar las cámaras de seguridad, pues ese hombre podía llegar al punto de consultarlas para descubrir al culpable de semejante infortunio. Se apegó a su plan sin perder tiempo y sin complicación alguna llegó hasta su objetivo. De rodillas junto a una de las ruedas, estaba dispuesto a poner manos a la obra y rasgar la firme superficie de la primera rueda, pero todas sus expectativas murieron cuando la abrió la navaja. En lugar de elevarse el filo en absoluta gloria destructiva, cayó al suelo y repiqueteó tres veces antes de yacer inmóvil entre las rodillas de Arthur. Observó con incredulidad, sintiendo ligero el revestimiento de la navaja. Una impotencia insoportable le hizo apretar el labio inferior entre ambas filas de dientes. Era inaudito, hasta sus propias posesiones le fallaban, no había nada que pudiera hacer, sabía que si tomaba el filo con las manos se terminaría cortando, y el objetivo no era lastimarse a sí mismo. Su plan estaba completa, absoluta y catastróficamente arruinado a causa de un inesperado giro de los acontecimientos, algo fuera de su poder, porque Arthur sabía que esa misma mañana la navaja se encontraba en perfecto estado. ¿Qué podría haber causado que un metal de tal grosor y espesura se quebrara como si de plástico se tratase? No tenía respuesta para ello. Sencillamente el mundo parecía estar en su contra.
Sin mucho más qué hacer en el estacionamiento, Arthur se encaminó de vuelta a las oficinas. No se molestó en guardar la navaja, prefirió botarla en uno de los cestos de basura. En el camino lo saludó Yong Soo con su habitual sonrisa y, a pesar de que le simpatizaba el hombre, Arthur no pudo evitar sentirse disgustado al notar en su mano un muy esponjoso muffin casero. Todo en ese bizcocho era tan típicamente Francis Bonnefoy que daba asco, desde el glaseado color púrpura hasta la delicada envoltura que cubría la mitad inferior. El dulzor de su embriagante aroma le hizo querer destruirlo. Deseó no ver ningún otro de esos pasteles diminutos en el resto de su trayecto, por lo que se despidió de su compañero con apuro y siguió de largo. Como de costumbre, su piso estaba medio vacío debido al horario del almuerzo. Aun así Kiku, siempre tan cohibido y decente, deambulaba por los pasillos que creaban los cubículos. Él formaba parte del círculo de las pocas personas que Arthur de verdad podía decir que le agradaban. Su súbita presencia fue como un presagio anunciando la mejora de su día laboral. Entonces fue cuando todo se derrumbó, como la navaja que había sostenido momentos antes en el estacionamiento, incluso pudo llegar a oír el metal golpear el suelo cuando ante sus ojos se presentó, sostenido por las trabajadoras manos de su compañero, uno de los tantos dulces infernales que había horneado Francis. Kiku sonrió con vergüenza, como si todo fuera su culpa. Con su mano derecha extendida le ofreció el muffin de chocolate, el que el francés había obsequiado específicamente a él y no a Arthur. Para entonces estaba acostumbrado a no recibir uno directamente de las manos de su creador, un muffin extra le era entregado a Kiku para que él mismo decidiera llevárselo a su amigo. Sus buenos modales no conocían límites, siempre llevaba el bocadillo a Arthur, a excepción de esta vez ya que Francis le había dado uno solo.
La sonrisa de Kiku parecía hacerle saber que estaba enterado de que la relación con Francis estaba algo tensa. Sintió su cabeza daba vueltas, un hormigueo recorrió sus manos y de repente sus pies habían sido reemplazados por ladrillos dentro de sus zapatos. Aceptó el obsequio casi maquinalmente, sin pensarlo. Sus labios estaban muertos, sólo fue capaz de darle las gracias sin muchas energías antes de caminar en la dirección opuesta, a pesar de que Kiku había hecho un comentario respecto a la palidez de su rostro. Mantuvo la vista fija en el pequeño pastel y se dirigió al baño. Con el alimento apoyado en el lavamanos, Arthur pensó en todas las veces que Francis había cocinado otros como ese y en todos lo que no le había entregado uno por sí mismo. Lo odió profundamente y también a sí mismo por nunca hablar del tema, por jamás habérselo reprochado gracias a su orgullo. Era consciente de que se lo había buscado, la falta de un muffin era lo que se merecía y ese prospecto no le gustaba nada. Sin meditarlo antes, dejó que sus manos se movieran y se apoderó de él. Lo apretó entre sus dedos con más fuerza de la necesaria, el bizcocho comenzó a desarmarse y la pasta dulce que lo cubría se destrozó. Luego, con violentos movimientos le quitó el papel que lo rodeaba. No le importó la suciedad cuando comenzó a devorarlo, llevándoselo a la boca de a grandes bocados, permitió que su rostro se manchara y las migas cayeran por su camisa planchada. Restregó las manos contra sus labios y barbilla, tragaba sin hambre y sin saborear la delicia que había en su boca. Para cuando finalizó había restos de muffin bajo sus uñas y tenía glaseado en los dientes. Se observó en el espejo con la respiración agitada, pero no tuvo tiempo de estudiar su reflejo porque en ese mismo instante sonó su teléfono.
Poco se preocupó al ensuciar el pantalón y la pantalla cuando contestó. Del otro lado de la línea recibió el saludo de Alfred.
—Ahora no es buen momento —le explicó sin siquiera molestarse por ocultar el fastidio en su voz.
—Esto te va a interesar —afirmó—. Querías que espiara a Francis y eso hice, ahora tienes los resultados. Se lo veía algo molesto, salvo cuando estaba con gente, en solitario no andaba nada feliz. Creo que es serio..., tal vez sería mejor dejar la broma para otro momento.
—Si, si. Olvida la broma —dijo sin poder creer como todavía seguía pensando en ello.
—No me gusta meterme, pero todo esto del espionaje me dejó pensando. Sabes, deberías hacer las cosas por ti mismo si quieres cambiar algo. No sé qué te traes pero no deberías permitir que cosas de menor importancia te impidan ir tras lo que quieres —dijo Alfred—. Hace mucho escuché una canción que de verdad me inspiró. Te conté que mi sueño es un artista de verdad, un actor de teatro, estar en Broadway.
Arthur realmente no recordaba nada por el estilo y tampoco le importaban sus consejos, pero prefirió seguirle la corriente al joven en lugar de decirle que rara vez le prestaba atención cuando se ponía a hablar de esas cosas.
—Pues, esta canción que escuché me llegó de verdad, la melodía, la letra, todo era lo que yo sentía. Hablaba de lograrlo. Lograrlo de verdad a eso que tanto deseas. Y yo pensaba en seguir mis sueños sin importar lo que dijeran a mi alrededor, ni aunque las circunstancias lo hicieran parecer imposible, porque eso mismo era lo que decía la canción, sentía que hablaba de personas como yo que van y hacen lo que se proponen, que derriban los obstáculos. Cuando estas lleno de esa pasión todo lo que parece interponerse se vuelve pequeño en comparación, tan insignificante que puedes hacerlo aunque tengas que sacrificar ciertas cosas. Lo que en verdad deseas te llena de algo mayor que supera todo lo negativo.
En ese momento yo no había visto la obra ni la película en la que salía la canción. Y a esto es a lo que voy, al verla realmente me sorprendí, la canción no trataba acerca de lo que yo creía. En cierto sentido sí, pero no tal cual lo había imaginado. Claro, la protagonista quería ser artista como yo, pero para el momento de la película en que cantaba la canción, ella ya lo había conseguido.
—Alfred, ¿me dirías de una vez a donde vas con todo esto? —Arthur interrumpió con exasperación, recargando su espalda contra la pared del baño.
—¡Es que si me salteo todo esto lo que voy a decir pierde sentido! Cómo te contaba, ella ya había logrado ser famosa, ya tenía su espectáculo y estaba de gira. Pero había algo que valoraba incluso más: a su hombre, pero debían separarse por trabajo. Ahí es cuando toma un decisión y va tras él, lo hace todo por amor. Lo deja todo de lado, su show, sus compañeros, la gira. Después sigue siendo famosa, pero en ese momento no piensa en nada más, va tras él. Aunque sus compañeras la intentan disuadir, le recuerdan el espectáculo y le dicen que probablemente él la rechazará, ella dice que hará que la quiera y que no le digan lo que debe hacer. Finalmente se deshace de ellos y empieza la corrida, vas tras él en coche, en tren y en barco hasta alcanzarlo. Eso es lo que ella en realidad quería conseguir, y lo hace.
Alfred se quedó en silencio, esperando lograr un efecto dramático. Arthur tampoco dijo palabra, por muy patético que le pareciera lo dicho por el joven lo había hecho pensar. ¿Sería él capaz de hacer algo así por amor? ¿Podría él dejar de lado su testarudez, sus prejuicios, su orgullo y sus miedos para ir tras Francis? El concepto era perturbador, si dejaba todo entonces nada le daba la seguridad de que después podría volver a hacer que su vida fuera como antes. Lo que Alfred le decía era que el momento requería que tomara un riesgo si en verdad quería a Francis.
—¿Qué canción era? —preguntó, aunque lo más probable era que al final del día olvidara el nombre.
—Don't rain on my parade.
—Bien —contestó para darle a entender que lo había escuchado y a la vez como modo de despedida.
Algo en todo esa palabrería había desatado en su mente un recuerdo increíblemente vívido y poderoso de su infancia. Tomaba lugar después de la separación de sus padres, justo cuando su papá había dejado la casa. En ese entonces la madre de Arthur lo había observado todo, cómo él tomaba sus cosas y hacía la maleta, cómo se marchaba por el jardín y encendía el auto para luego desaparecer por la carretera. En el rostro de ella se notaba que había hecho lo mejor por permanecer impasible, pero su labio inferior la había traicionado al temblar a último momento. El instante en que su padre se alejó, por lo que sería un año entero antes de dar señales de vida a sus hijos, su madre había dejado ambas manos apoyadas en la mesa de la cocina por unos cinco minutos y luego había llenado el pecho de aire, de espaldas a Arthur. Recién era de mañana y había todo un día por delante, quedaba mucho para enfrentar y llevar una familia que incluso con un miembro menos seguía siendo numerosa. Al final, cuando ella había levantado la cabeza y sacudido los pelos fuera su rostro, se volteó a su hijo y habló con firmeza: "Bien. Vamos a seguir", le había dicho.
En ese instante Arthur se encontró admitiendo sus propios deseos y fue liberador, sintió el alivio de no tener que seguir mintiéndose a sí mismo. Por supuesto que eso no calificaba como un riesgo, aunque sí un progreso. Bien podía mantenerse callado y dejar que todo siguiera su curso sin intervenir en ello. Pero Arthur era una persona orgullosa y si ya había admitido para sí lo que sentía debía hacer algo al respecto. Lo indispensable era planear qué haría a continuación, aunque ya estaba seguro de que no iba a dejar que la oportunidad se le escapara mientras él pudiera hacer algo al respecto.
Se enderezó y volvió su rostro hacia el espejo. Tenía la cara hecha un desastre y la boca en estado lamentable. Un suspiro dejó sus labios, pero enseguida recuperó el aire perdido tomando aliento. De una manotazo abrió la canilla del lavabo y se llenó la manos con agua, se la echó en la cara y pronto se puso a fregar la piel hasta limpiarla, después juntó el papel de manos necesario y se secó completamente. Para terminar de arreglar su aspecto se sacudió la camisa y corbata, arrojó todas las migajas y el papel a la basura. Se dedicó una última mirada en el espejo. Se dijo a sí mismo que quería a Francis, pero lo había echado todo a perder. A partir de ahora haría las cosas correctamente.
