Eren Jaeger siempre había sido el tipo de muchacho despreocupado y distraído. Si lo que hacía afectaba a otros, eso jamás le había inquietado; o al menos así había sido hasta cierto tiempo atrás, después de que cierta chica de ojos color gris oscuro y cabello negro como la noche le hubiese atestado un golpe en la nariz, rompiéndole el tabique. Desde entonces, tras vivir una aparente vida tranquila y sin ambiciones, su mundo se volcó de cabeza, trastocando sus sentidos; el puňo de una muchacha, una apuesta estúpida y unos cuantos regaňos de parte de su mejor amigo hicieron que comenzara a replantearse cuál era la razón de su existencia.

Cuando Eren miró hacia atrás, hacia el pasado, sólo vió un profundo hueco. Sin razones ni motivos, ni nada.

Cuando miró hacia adelante, hacia el futuro, la vió a ella.

Y aunque pareciera que todo había surgido de la nada, la realidad era muy distinta. Del mismo modo en que germina una semilla que cae por accidente en tierra fértil, bueno, así había iniciado: como un pequeňo brote, apenas visible, para luego convertirse en el más frondoso huerto, con hojas, ramas, espinas, flores y colores de todas las gamas y sabores. Así era su relación con Mikasa Ackerman, y el muchacho se reía para sus adentros de lo mucho que se habían odiado alguna vez...

Si es que en realidad se habían odiado.

Al mismo tiempo, un aguijón de amargura le punzaba en el estómago de vez en cuando. Porque entonces recordaba. Durante mucho, mucho tiempo, Eren había sido un idiota, un cretino de letras mayúsculas, impulsivo y fanfarrón, grosero, egoísta, petulante, seguro de que el mundo le debía todo; le había fallado a su madre y a su hermana, y ahora se sentía avergonzado de recordar lo insensible que había sido. No obstante, Mikasa se encargaba de recordarle que tenía todo el tiempo del mundo para redimirse, y él había prometido ser un buen hijo y un buen hermano mayor. Y lo lograba. Y Carla estaba orgullosa de él; aunque siempre lo había estado, pero ahora lo estaba aún más. Su hijo había cambiado, había madurado, tenía ambiciones, metas que cumplir, y el dulce niňo que ella había dado a luz un día parecía regresar poco a poco, a pasos un poco torpes, sí, pero dispuestos a volver a ella.

La satisfacción que Carla Jaeger sentía al ver a su primogénito convertirse en un hombre era inquebrantable. Hacía varios meses Eren se había marchado de casa; ahora vivía con los Arlert, tenía un empleo en el negocio de Zeke y estudiaba en la Escuela de Gastronomía, como siempre lo había querido. Su novia era algo en realidad maravilloso (en pocas palabras, Mikasa era para Carla la nuera perfecta), y sí, las cosas parecían marchar perfectamente bien.

Sin embargo, lo conocía lo suficiente para saber que no todo era como parecía. Y no sólo era su instinto materno lo que le alarmaba; era también la notoria pérdida de peso del muchacho, y las ojeras debajo de sus ojos. Como toda madre, Carla quiso saber qué iba mal, y se lo preguntaría aquel fín de semana en el que su hijo había ido a visitarla, aprovechando la ausencia de Grisha.

La inexplicable y agobiante ausencia de un esposo que ya no parecía su esposo.

-Eren, en verdad tienes mucho talento para esto. Perdóname por no haber confiado en ti antes, pero nunca te ví tan interesado en todas estas cosas, y llegué a pensar que sólo era un capricho.

Un tinte de vergüenza y disculpa manchaba la voz de Carla Jaeger cuando alzó la cabeza para elogiar a su hijo sobre la cena de aquella noche. Eren le dedicó a su madre una amplia sonrisa mientras ambos caminaban hacia el sofá de la sala de estar, después de haber comido. La enorme casa de los Jaeger flotaba tristemente en medio de un silencio casi sepulcral, interrumpido sólo por las voces de Carla y Eren; aquella quietud hacía que más de una vez Carla lamentara ver a sus hijos crecer tan rápido. Algún tiempo atrás, la risa infantil y escandalosa de su hijo mayor había resonado en las paredes de su hogar, pero él había crecido y se había marchado de casa. Ahora era la risa de Faye la que rompía con la monotonía que Carla tanto odiaba, pero a esas horas la niňa dormía, tras regresar cansada de su práctica sabatina de patinaje sobre hielo.

-Gracias, má. No quiero ser presumido pero sabía que te iba a gustar. - respondió el muchacho mientras se sentaba en el extremo derecho del sillón para así ponerse cómodo. El pelo le cayó en la cara y él, como ya era costumbre, solucionó aquel problema atándose el cabello en un moňo. Su madre ladeó la cabeza, masajeándose el puente de la nariz; luego suspiró.

-Eren, por amor de Dios, córtate el pelo. Ya no tengo saliva suficiente para decirte que pareces un vagabundo, hijito. Y ese bigote... Es una rata muerta lo que tienes allí? - exclamó la mujer de ojos color ámbar, estirando la mano para tocar con curiosidad el labio de su hijo. Eren la esquivó, frunciendo el entrecejo.

-Mamá! No hagas eso!

-No me digas que no te lo has quitado porque a Mikasa le gusta, o sí? Dudo que ella tenga tan mal gusto. Apuesto a que te ha dicho más de una vez que te afeites y te cortes ese pelo, Eren.

-Pues te equivocas. Y tú no puedes protestar: Grisha ha tenido el mismo bigote por aňos y no te has quejado.

-A tu padre le queda bien. A ti no, mi amor. Aún a tus veinte aňos sigues teniendo cara de bebé y no entiendo por qué quieres lucir ahora como Grisha, después de discutir tantas veces con él.

-No quiero parecerme a él. Me gusta mi estilo. Eso es todo, mamá.

-Eren, qué clase de estilo – Carla levantó las manos e hizo comillas con los dedos al pronunciar la palabra 'estilo' – crees que es ese? Por qué quieres verte como esos vagos que oyen música ruidosa y se ponen cadenas de perro en el cuello?

Exasperado, Eren se cubrió la cara con la mano. Luego juntó ambas manos en un gesto de súplica.

-Aghhhh, - masculló con la voz ronca. - mamá, no ahora, por favor. No vine aquí para que me regaňes, sí?

-Pues entonces córtate el pelo, mi dulce niňo.

Eren suspiró y resopló.

-Tal vez. No lo sé. Pero no lo menciones tanto enfrente de Faye. Cuando veníamos en camino desde su práctica de patinaje, no dejó de repetir como loro que me veía como un vagabundo, y eso sólo lo dice porque te ha escuchado.

Carla dejó salir una risotada que contagió a Eren. Sin embargo, el muchacho hizo lo posible por mantenerse serio.

-No puedes quejarte. Ella es igual a ti cuando tenías su edad.

-Entonces es tu culpa. - se mofó el muchacho, con una risita de satisfacción.

-Culpa de tu padre. La ha malcriado mucho.

La expresión de Eren se ensombreció de inmediato. Carla no sabía cuánto le molestaba a su hijo escucharla mencionar a Grisha en cada conversación, como si intentara desesperadamente lograr que ambos hicieran las paces.

Entonces resopló.

-Estás segura de eso, mamá? Cómo es que un padre ausente puede malcriar a su hija? Nunca está en casa, según lo que escuché de Faye, y tampoco lo estaba cuando yo aún vivía aquí.

El silencio que reinaba en el lugar y que ellos habían roto, los consumió en un segundo. Más de una vez, Carla Jaeger había rezado al cielo para que su hijo abandonase aquella insensibilidad que se arrastraba con sus palabras; pero sus oraciones no habían dado resultado. La declaración de Eren le había cortado los remanentes destellos de esperanza, pero tenía razón, y habría sido necio negarlo.

-Tu padre trabaja mucho, Eren... - la voz de la mujer se vió interrumpida cuando su hijo ladeó la cabeza con vehemencia.

-Puedes decirle eso a Faye, mamá. Pero no a mí. Y creo que es mejor dejar la conversación sobre Grisha en este punto, porque de verdad, no quiero discutir contigo esta noche... No lo necesito.

El sonido de la madera chamuscándose en la chimenea llenó la sala. Carla suspiró y se acercó un poco más a su hijo; le acarició la mano y alborotó su cabello como cuando era pequeňo. Un atisbo de nostalgia raspó la parte interna de su pecho al recordar a aquel niňo ruidoso que solía hacer muecas extraňas para lograr que su madre riera, y que ahora, ya convertido en un hombre, miraba hacia el fuego ardiente frente a ellos con semblante taciturno.

Eren había crecido mucho.

-Eren.

-Hmm?

-Le dirás a mamá qué es lo que te preocupa?

La comisura derecha de la boca del muchacho se curvó hacia arriba en una sonrisa sutil, pero genuina. Además de Carla, Mikasa y Armin eran los únicos que podían leerlo tan perfectamente bien. En especial Mikasa, que parecía angustiarse más de la cuenta cuando de sus estados de ánimo se trataba.

-Cómo sabes eso?

Carla rodó los ojos.

-Si alguna vez tienes hijos, lo entenderás.

Eren suspiró, y sus ojos se encontraron con los de su madre. Era inútil seguir intentando fingir que no necesitaba ayuda. De hecho, nunca se había sentido más desesperado por recibir un consejo de parte de su progenitora que ahora.

-Mamá...

-Aquí estoy, cielo.

Su respiración se hizo pesada, mientras Carla continuaba con los ojos clavados en él.

-Sabías que Zeke estuvo involucrado en un asesinato?

Dolía. Dolía como el demonio. Dolía mucho por todo lo que implicaba; porque de una u otra forma, él también estaba incluido en aquel error.

Eren vió a su madre cerrar los ojos, decepcionada. A ella también le dolía.

-Cómo sabes eso?

-Simplemente lo sé, mamá. Lo sé. Y es injusto, porque mi propio hermano mató a los padres de Mikasa, y yo no puedo mirarla a los ojos. Esto es... como una condena, me entiendes? Lo siento como una maldición que no comprendo por qué debo pagar.

Eren resopló con aires de derrota y se llevó las manos a la cabeza. Un segundo después, sintió los brazos cálidos de su madre cerrarse alrededor de él.

-Lo sé. Y sé que te preguntas por qué no te lo conté antes, pero te diré ahora. - comentó la mujer, acariciando la espalda de su hijo. - Cuando conocí a Mikasa, no sabía nada de su familia, o de dónde venía. La contraté porque sus referencias eran buenas y porque me agradó desde la primera vez que la ví... Supe que sus padres eran las personas que tu hermano... - Carla se aclaró la garganta, frunciendo el entrecejo con amargura. - Supe que sus padres eran esas personas un tiempo después, cuando ella mencionó en una ocasión que habían fallecido de manera horrible. Entonces relacioné el incidente en el que Zeke estuvo involucrado hace unos aňos con su apellido, y me dí cuenta de que ella era la hija de los Ackerman... De esos Ackerman.

Eren vió a su madre hacer una pausa mientras cerraba las manos en puňos, ladeando la cabeza. Estaba seguro de que ella quería ahuyentar algunos pensamientos.

-Por qué no me lo dijiste? - preguntó el chico un rato después, en voz baja, casi en un susurro. Carla abrió los ojos y lo miró con ojos dulces mientras acariciaba su mejilla.

-Qué sentido tiene, mi cielo? Por qué atormentar a esa niňa haciéndole saber que estamos relacionados con un cómplice del asesinato de sus padres, y por qué atormentarte a ti con algo como eso?

-Mamá... - la voz de Eren se escuchó quebrada, rota, frustrada. - De haberlo sabido antes, jamás la habría besado. Nunca me habría atrevido a tocarla, porque ella no merece esto. - mientras hablaba, el muchacho de ojos color océano se cubrió la cara con las manos, desesperado. - De haberlo sabido antes, mamá, me habría alejado de ella, y ahora no tendría que cargar con una culpa que no es mía. No tendría que mirarla a los ojos ocultándole que soy el hermano del asesino de sus padres mientras ella confía en mí. Ese es el maldito problema.

Carla se preguntó cuándo fue la última vez que vió a su hijo llorar. Y había pasado mucho tiempo.

Una ráfaga cálida de tristeza maternal le embargó los sentidos y la hizo abrazar al pequeňo y vulnerable niňo junto a ella.

-Eren, mírame. - le pidió. Y Eren lo hizo. - Sabes qué habría pasado con ella la noche en que la rescataste si no hubieras estado allí para ella? Sabes qué habría pasado con Mikasa si te hubieras alejado como dices? Lo más seguro es que ella no estuviese viva, o quizás sí, pero no completa. Entiendes lo que quiero decir, mi hijo? El destino es un niňo caprichoso, eso no podemos negarlo; pero debes entender que todo pasa por una razón. Sólo por un instante, imagina cuál habría sido el hoy de Mikasa si tú hubieses tomado esa decisión. Hay cosas que simplemente no podemos evitar, y Mikasa es una de esas cosas, Eren. Casualidad o no, me hace feliz que ella esté en tu vida ahora, y dudo que tú la quieras lejos de ti.

Carla no dejó ir a su hijo, y él no deseaba que eso ocurriera. La aňoranza de la niňez y la protección de su madre volvía a él, recordándole crudamente lo insoportable de la adultez y cuánta razón tenía Mikasa al afirmar que el mundo era un lugar cruel e injusto.

Muy injusto.

-Ar... - Eren se aclaró la garganta antes de continuar. - Armin dice que debo contarle lo que sé... Siempre ha sido un buen amigo. Lo sabes, verdad? - Carla asintió, viéndolo secar sus propias lágrimas.

-Claro que sí. - respondió Carla, con un notorio timbre de preocupación arraigado en su garganta y las cejas fruncidas.

-Él insiste. Insiste e insiste, y dice que será peor si dejo que el tiempo siga corriendo. Pero supongo que es fácil para él decirlo, no, mamá? Es fácil para cualquiera que no esté en mi lugar decir que debo ir con ella y contarle todo. - Eren hizo una pausa, resolló, secó de nuevo las lágrimas remanentes y continuó con su lamento. - Él mismo me contó lo asustado que estaba cuando se dió cuenta de que se había enamorado de Annie y que por eso jamás se lo dijo... - en este punto, el muchacho dejó escapar una sonrisa acerba. - Irónico, no? Me pide que haga lo mismo que él evitó hace tiempo.

-Eren, lo dice porque ya lo vivió, y sabe que no es fácil.

-Pues esto tampoco es fácil, mamá. No es fácil tener que decirle: "oye, qué tal? Hemos estado saliendo todo este tiempo, pero hay algo que debes saber, y es que soy el hermano de la persona que asesinó a tus padres. Quieres seguir conmigo después de eso?". Entonces Mikasa dirá: "oh, claro, no hay problema". Se escucha fácil, verdad? Eso es lo que piensa todo el mundo. Pero yo no. Porque sé que ella no dirá eso, y yo...

Eren exhaló, con los pulmones cansados y el espíritu exhausto, sintiendo que los latidos de su corazón comenzaban a marchitarse. Su madre, tan amorosa y protectora como siempre, hizo descansar una mano sobre la mejilla de su hijo. Él había olvidado tristemente lo reconfortantes que eran las manos de Carla, pero era un alivio tenerlas allí de nuevo.

-Y tú...? - insistió ella, arqueando las cejas.

-Yo... No puedo perderla, mamá... Ella es... - él hizo una pausa larga. Pero su madre esperó. - Tenerla a ella es como volver a unir todas las partes de mí después de estar esparcido por todos lados... - Eren explicaba, enseňando lo más profundo de su alma como jamás lo había hecho. Las palabras se dibujaron en su lengua, pinceladas cuidadosamente, intentando describir de forma correcta lo que sentía, aún sabiendo que el lenguaje era un recurso limitado si se trataba de retratar a Mikasa en su mente. Pero lo hacía, lo mejor que podía; y Carla lo observó, escuchando maravillada la forma en que su hijo hablaba de aquella chica. - Es cierto, yo la salvé, pero ella también me salvó a mí. Llegó de la nada, má, como una tormenta silenciosa. Porque ella es callada y tranquila, pero no sabe que todo se mueve en mí cuando la veo. Ella no sabe que el mundo se sacude cuando respira, o que toda la tierra hace una reverencia cuando digo su nombre...

Él suspiró, recuperando el aire que se le había escapado. Luego continuó.

-Es como una pieza perdida que yo andaba buscando sin saberlo... Como si yo respirara un aire más limpio cuando estoy con ella, y cuando estoy con ella quiero dar lo mejor de mí... Y cuando me sonríe, con esa pequeňa sonrisa suya, me siento jodido, má; porque creo que ella podría hacer conmigo lo que quisiera, y yo jamás podría decirle que no.

Cuando Eren acabó de hablar, con el aliento pesado y la sangre hirviendo en sus venas, se dió cuenta de que su madre le sonreía también, con los ojos inundados de lágrimas y un gesto de dulce satisfacción que hacía mucho tiempo no veía.

Carla volvió a esconderlo en su regazo y le besó la frente una y otra vez.

-Eren, - pronunció la mujer en un susurro casi, casi entrecortado. Él no levantó la cabeza, pero escuchaba con atención. - no sabes lo orgullosa que me siento de ver lo mucho que has crecido. Hace un tiempo, muy poco tiempo, me preocupaba por ver la manera en que te comportabas, y temía que fueras así por siempre...

-Lo sé. - interrumpió él, dejándose contagiar por las lágrimas de su madre. - Fuí un cabrón.

Carla frunció el entrecejo y le golpeó en el brazo, haciendo que él se frotara allí para amainar el leve dolor con la cara arrugada.

-No digas groserías, Eren! Dios mío, no has cambiado en nada eso. - se lamentó la mujer, mientras mechones de cabello castaňo caían a ambos lados de su cara. - Lo que quiero decir es que siempre he estado orgullosa de ti, mi hijo, pero ya no tengo motivos para preocuparme, porque has madurado mucho. Y sí, estoy un poco celosa de no haber sido yo y mis regaňinas quienes lográramos eso, - Carla rió en este punto, y como sus lágrimas, su risa también contagió a su hijo. - pero agradezco al cielo que fuera Mikasa quien llamara para preguntar por el anuncio de niňera, y agradezco a ella su existencia, por ser ella quien saque lo mejor de ti.

Necedades masculinas o no, una parte del cerebro de Eren pensó que aquella era una escena demasiado cursi para ser parte de ella, pero no le importó. No se perdería aquel momento por nada del mundo. Con Carla, Eren podía ser un niňo de nuevo, uno sin preocupaciones; uno que se raspaba la rodilla después de jugar fútbol y podía correr a ella llorando para ser consolado por horas antes de recibir su golosina favorita.

Pasarían aňos, y Carla jamás dejaría de amarlo.

-Por eso, no voy a exigirte que le cuentes a esa chica, porque sé que no es fácil hacerlo. Pero tampoco puedo afirmar que ocultarlo sea algo bueno. Creo que debes hacerlo, sólo cuando creas que el momento es apropiado...

-Cuándo? Cómo podría yo saber cuál momento es el apropiado?

Ella lo pensó por un momento, al tiempo que Eren se liberaba de su abrazo para poder mirarla mejor.

-Podrías esperar a que acabe la escuela y llevarla a la casa de playa. El verano está cerca. Si van a hablar de algo tan delicado, es mejor que estén solos; bueno, no tan solos. Armin podría estar allí con ustedes, porque no quiero ser abuela tan pronto.

-Mamá! - exclamó él, convirtiéndose en una mezcolanza de distintas tonalidades de rojo en su cara. Entonces escuchó reír a la mujer junto a él.

-Qué? Crees que soy ciega, Eren? Es lógico que dos personas jóvenes tengan...

-Mamá, no es así. No con ella. Yo no podría...

Cada vez que Eren recordaba aquella vez en casa de Armin, sentía una patada en el estómago, por la culpa, el deseo contenido y la impotencia de no poder hacerle el amor a su chica.

Su rostro demudó drásticamente.

-Entonces tú y ella no han...? - preguntó Carla, con algo de modestia. Él ladeó la cabeza.

-No mientras no pueda decirle esto, mamá.

-Oh... - el semblante de Carla también se ensombreció. - Supongo que ya llegará el momento, mi cielo. Sólo te pido que se protejan, sí? Usen condones, anticonceptivos, no quiero ser abuela todavía...

-Por Dios, mamá! Ni siquiera debería estar hablando de algo así contigo.

-Eren, no he dicho nada que no sea cie-...

La puerta del vestíbulo se abrió y unos pasos cortaron las palabras de Carla. Ambos miraron hacia la figura que se deslizaba hacia el interior de la sala de estar, con un maletín ejecutivo en la mano derecha y una gabardina colgando del brazo izquierdo.

-Buenas noches, Carla... Ah, Eren, estás aquí... - dijo Grisha, dirigiendo sus pies hasta el interior de la sala. Eren no supo interpretar el tono de su voz, pero no era áspero como otras veces, sino... Pesaroso. Agotado.

-Buenas noches. Vas a cenar, cielo? - preguntó la mujer, sujetando la mano de su hijo al ver sus intenciones de ponerse en pie y marcharse. Su esposo asintió.

-Sí. Iré a cambiarme de ropa y bajaré en un momento. - respondió el doctor. Se acercó a su mujer y le besó en la frente, sabiendo que su hijo evitaba mirarlo. - Y... Eren...

Hubo silencio. El muchacho tragó saliva antes de poder decir algo.

-Hmm? - fue todo lo que pudo murmurar, debido al sorpresivo llamado. Habían pasado meses desde la última vez que su padre le dirigió la palabra.

Silencio de nuevo. Grisha se movió, como inclinándose hacia adelante en dirección a su hijo; un movimiento sutil, apenas notorio, como un suspiro temeroso.

Pero no hizo nada más.

-Deberías afeitarte. A tu madre no le gusta ese aspecto.

Sin más, el doctor Jaeger inició su camino escaleras arriba, desapareciendo de la vista de su familia. Perplejo y con un nudo en la garganta, Eren parpadeó varias veces antes de encontrarse con la sonrisa esperanzada de su madre.

-Aunque no lo creas, se preocupa por ti.

Eren no respondió a aquella declaración. Apartó los ojos de su madre y, a pesar de las manos que lo apresaban, se puso en pie.

-Me voy.

-Por qué? Creí que pasarías la noche con nosotros...

Eren ladeó la cabeza. Pero el rostro compungido de su madre lo llenó de tristeza.

-Pensé que él no vendría hoy. Y recordé que debo estudiar.

Carla suspiró, pero en medio de su decepción lo siguió hasta la puerta principal.

-Bien. Espero que vengas más seguido, Eren. No te olvides que estoy aquí.

-No lo haré, mamá. - Antes de abrir la puerta, el muchacho se giró hacia ella, la envolvió en sus brazos y le dió un beso en la mejilla. - Te quiero, má.

-Y yo te amo, mi cielo. Eres mi sol. - respondió la mujer, con aquella cálida sonrisa de siempre, y aquellos ojos ambarinos resplandecientes que a Eren le hacían recordar a las maňanas de verano cuando los rayos del sol le pegaban en la cara, después de que ella le despertaba al abrir la ventana para llamarlo a desayunar. El abrazo fue prolongado e ininterrumpido y Carla intuyó que, seguramente, Eren no quería marcharse; pero ya había tomado una decisión y sería muy difícil hacerlo cambiar de opinión.

-Te veo luego. - se despidió, alejándose de ella con las llaves de su BMW en la mano. Ya dentro del automóvil, Eren pensó en la conversación con Carla y en la llegada de su padre. De hecho, pensó en muchas cosas; en el giro que había dado su vida, en Mikasa y en su hermano, y se preguntó si debía hablar con Zeke de una vez por todas, y escuchar su versión de los hechos en lugar de guardarle rencor por haberle destruido la vida y seguir sacando conclusiones apresuradas.

Seguramente Armin aprobaría su idea.

Antes de cruzar los portones metálicos de casa de sus padres, Eren marcó el número de su novia. Ella no tardó en responder.

-Eren?

Como siempre, la voz de Mikasa calmaba sus preocupaciones. Era algo absurdamente mágico y escalofriante.

-Mikasa, no sé si has estado evitándome esta semana, pero...

-No. - jadeó ella del otro lado del teléfono. - No es eso. - Ella suspiró. - He tenido miles de tareas, y la escuela está consumiendo mi vida. Lo juro. Yo no podría... Fue incómodo lo que ocurrió, pero nunca te evitaría, Eren.

Los nervios de Mikasa se habrían disipado si lo hubiese visto sonreír del otro lado.

-Está bien. Sabes que confío en ti. Puedo pasarme por allí en unos minutos? O aún estás ocupada?

-No. Ya terminé con el último libro que debía leer, así que estoy libre. Sasha está aquí, pero creo que no habrá problema.

-Perfecto. Estaré allí en unos minutos.

-Bien. Te espero.

-Mikasa...

-Sí?

Una pausa. Eren no sabía que ella deseaba verlo con ansiedad.

-Te extraňo. - anunció sin vacilar. Y en sus pensamientos, pudo verla sonreír. Lo sabía. La forma en que su voz se escuchó ante aquella confesión le dijo que ella había sonreído. Y una sonrisa de Mikasa era como recibir una fructífera recompensa.

-Y yo a ti.


Erwin Smith sabía que no podía dejar a Levi solo en momentos como ese. El comandante del Departamento de Policía de Shiganshina viajó a Trost una vez más, para así poder resolver un nuevo misterio: por qué había desaparecido Kenny, y por qué John Leonhardt parecía haberse esfumado de la faz de la tierra, justo antes de su captura? Sin duda alguna, había recibido aviso de alguien, y este parecía ser el rompecabezas más incompleto al que jamás se habían enfrentado. Zeke Jaeger fue citado a la Estación, por enésima vez, en donde el capitán Ackerman lo esperaba con cara de pocos amigos, con su habitual taza de café en la mano. Cuando Zeke entró en la oficina del capitán, Erwin le ofreció asiento, mientras que Levi le daba la espalda y miraba hacia la ventana con el ceňo fruncido.

-Ya lo sabes, no, Jaeger? - Levi fue el primero en hablar. Erwin permanecía de brazos cruzados, sin quitarle la vista de encima al hombre de barba plateada y anteojos redondos.

-Claro que lo sé. Salió en el periódico. - respondió Zeke, fumando un puro despreocupadamente. Con el ceňo fruncido, Levi habló de nuevo.

-Cuida tu tono conmigo. No le hablas a un civil cualquiera, sino al capitán Ackerman, entendido? Y apaga el maldito cigarro; aquí no se permite fumar.

Zeke resopló con disgusto y apagó el puro a regaňadientes.

-Bien, Capitán. Si pudiera decirme cuál es la razón por la que me hace salir de mi sitio de trabajo para venir aquí, le estaría muy agradecido. - dijo con ironía. - No creo que haya sido sólo para preguntarme sobre la fuga de Leonhardt. Eso sería demasiado ambiguo e inconcreto de su parte.

-Tienes razón, Zeke. - intervino Erwin, después de un largo tiempo en silencio. - No te llamamos para eso.

-De acuerdo, Comandante. Explíquenme qué hago aquí, porque no tengo mucho tiempo de sobra.

-Queremos interceptar tus teléfonos. - habló Erwin de nuevo. - Los de tu bar, los de tu casa, y tu móvil y el de tu novia. Así estaremos al tanto de tu conexión con la gente que buscamos. Sabemos que te contactarán pronto para que no abras la boca. Existe una razón por la que Leonhardt huyó y por la que recibiste esa llamada anónima: el resto de la gente que participó en el asesinato de Samuel y Tamara Ackerman no quieren ser descubiertos porque hay algo mucho más grande dentro de todo esto. Sólo así podremos llegar al fondo de este caso.

Zeke abrió los ojos exageradamente, como si sus globos oculares estuvieran a punto de atravesar el vidrio de sus anteojos.

-Interceptar... Mierda, podrían darse cuenta... Yo también soy consciente de que esa gente, sea quien sea, vendrán por mí y por mi familia. Cómo puedo estar seguro de que esa es la mejor opción?

-Porque es la más viable y no hay otra. A menos que puedas leerles las malditas mentes, Jaeger, y decirnos de una vez por todas quién carajos fueron los que te ordenaron hacer todo esto hace siete jodidos aňos. - replicó Levi con amargura, girándose para mirarlo. - Porque si ese es el caso, avísame de una buena vez.

La tensión podía amasarse con los dedos en aquella oficina. Erwin ladeó la cabeza desde donde estaba, masajeándose el puente de la nariz.

-Si lo supiera, habría delatado a esos hijos de puta y me habría ahorrado tres malditos aňos de cárcel, Levi. No crees que es obvio que no lo sé? Ni siquiera conocía la identidad completa de Leonhardt, mucho menos la de los que planearon todo eso.

-Bien, bien. No es necesario discutir. - anunció el comandante Smith, agitando las manos en un gesto que indicaba calma. - Zeke, sabemos que dijiste todo en el juicio y accediste a colaborarnos en esto, por eso decidimos interceptar tus aparatos electrónicos. No olvides que estás en peligro. Cuanto más rápido hagamos esto, mucho mejor será.

Zeke parecía pensativo. Sus ojos hundidos le hicieron saber a Levi que estaba preocupado.

Pero... por qué? Tenía la protección de la policía en caso de que algún imprevisto ocurriera.

Tal vez era ese instinto Ackerman lo que no le dejaba en paz, pero algo le decía al Capitán que Zeke Jaeger no le estaba diciendo todo lo que sabía. Sin embargo, hasta el momento eran sólo conjeturas, pues no tenía manera de probar su teoría.

Un policía novato y pelirrojo de apellido Galliard interrumpió la reunión para dejar una caja llena de papeles sobre el escritorio de su superior. Luego se marchó silenciosamente, como siempre, dejando que se uniera una vez más el hilo de una tensión muy necesaria.

-Bien... Si no queda otra opción... - Zeke suspiró, mesándose la barba plateada. - Sólo espero que puedan protegerme a mí y a mi mujer en caso de que las cosas se pongan peor.

-Jaeger, hay un maldito policía rondando cerca de donde vives todos los días. No es eso suficiente?

-Levi. - le regaňó Erwin, al ver que su amigo se exhaltaba. Luego se dirigió a Zeke. - Iremos maňana con el técnico a hacer las conexiones necesarias. Pero no dudes en avisarnos si vuelves a recibir una de esas llamadas.

-Está bien. Puedo marcharme ya? - preguntó el hijo del doctor, con notorio hastío en la voz. Erwin y Levi asintieron. - Los espero maňana, caballeros. - dijo, y sin más, se puso en pie.

-Jaeger. - le llamó Levi antes de verlo salir. Zeke se dió media vuelta para mirarlo. - Dile a tu hermano que deje en paz a mi hermana.

-Qué?

La expresión en el rostro de Zeke le dijo al capitán que en realidad no sabía de qué hablaba. Sin embargo, eso le importaba un reverendo pepino.

-Dile que conozco sus intenciones y que se aleje de ella.

Hubo silencio. El hijo mayor del doctor Jaeger descifró el discurso de Levi, y recordó entonces a la chica que, aňos atrás, había visto a sus padres ser asesinados, antes de que él le pidiera a John Leonhardt que no la matase porque era apenas una cría.

A pesar de que Leonhardt no deseaba dejar testigos como le fue ordenado, Zeke recordó en aquel momento que tenía un hermano menor, uno de la misma edad de la niňa que John había estado a punto de matar también, y una pequeňa hermanita que apenas había nacido.

Y los aňos habían pasado, y a juzgar por las palabras del capitán, esos dos niňos habían crecido y coincidido, para desgracia de ambos. Recordó a Mikasa y el día en que la conoció como la niňera de Faye, sobresaltándose al oír su apellido y ver el parecido de la chica con el policía gruňón. Todo tomaba forma y sentido ahora.

-No sé a qué te refieres, - mintió de cara a la puerta. - pero se lo haré saber.

Sin decir nada más, Zeke salió de la oficina del capitán. Levi tomó su taza de café en un solo sorbo que le quemó la garganta.

-Levi, si no te controlas, tendrás que dejar esta investigación por un tiempo.

-De qué mierda hablas, Erwin? - Levi seguía exacerbado, y sus ojos del color del acero dejaban ver destellos de frustración e ira contenida cada vez que hablaba.

-Estás involucrado en esto muy emocionalmente y te está afectando. Ve a casa, come algo y duerme con tu mujer, o vas a volverte loco.

Levi golpeó con amargura el escritorio.

-Ya estoy loco, Erwin. El maldito caso es un laberinto; siempre se me escapa la salida justo cuando creo que la he encontrado.

-A veces la salida está más cerca de lo que crees.

Levi suspiró. Él y Mikasa compartían la misma expresión instrospectiva que se dibujaba en el rostro de ambos al perderse en un pensamiento profundo: tanto él como ella cerraban los ojos, inclinando la cabeza levemente hacia adelante después de cruzar los brazos contra el pecho y quedarse en silencio. Lo habían aprendido de su padre.

Cualquiera hubiese creído que dormían de pie, como las gallinas.

-Eso espero, Erwin. Eso espero.

Y mientras Levi pedía a su asistente otra taza de café, Zeke marcaba el teléfono de su hermano mientras conducía el camino de regreso a casa.

-Qué quieres? - preguntó Eren con aspereza, del otro lado de la línea. Zeke frunció el entrecejo al escucharlo hablar. Era claro que su hermano menor estaba molesto con él desde hacía semanas, sin embargo, no comprendía la razón.

-Dime qué te traes con la hermana del capitán Ackerman, Eren.

Hubo una pausa. Probablemente Eren estaba asimilando la pregunta.

-Ese no es tu jodido problema.

-Pues sí lo es. Por alguna razón ese duende te quiere lejos de ella y me exigió que te lo advirtiera. Sea lo que sea que estés haciendo, déjalo ya. No harás que me meta en problemas por tu culpa.

Otra pausa. Eren debía estar cabreadísimo; Zeke lo sabía por la forma en que respiraba ahora.

-Jódete, Zeke.

-Eren...

Biiiiiiiiiiiip. La llamada finalizó antes de que Zeke pudiera decir su nombre completo. Entonces ladeó la cabeza y continuó su camino a casa, preguntándose si valía la pena hablar con Eren al respecto cuando éste se hubiese calmado.


Estudiando junto a su mejor amiga en casa de los Jaeger, Sasha Braus hacía lo que más le gustaba: comer. Debido a un examen final que ya se acercaba, Mikasa había pedido permiso a Carla para poder estudiar allí con Sasha mientras cuidaba de Faye. Y Carla, que jamás hubiese podido decir que no a su nuera, dejó para ellas un par de bandejas repletas de bizcochos que la chica de cabellos castaňos habría devorado en un segundo si Mikasa no la hubiese detenido.

-Oye, necesitamos agregar un intervalo aquí, pero no se me ocurre cuál. - anunció la muchacha en voz alta, mordiendo el otro extremo de su lápiz digital antes de poder arrastrar una corchea hasta el pentagrama en su tableta. Mikasa observó la mesa en la que trabajaban dentro del estudio de Faye, y rodó los ojos ante el panorama: por más que intentara mantener el orden, Sasha y Faye siempre volvían a esparcir las hojas y los libros por todos lados y eso la volvía loca, casi tanto como a Levi.

-Un salto de quinta estaría bien. Luego agrega un rubato a las flautas y un pizzicato a los segundos violines. Reprodúcelo y veamos cómo se escucha. - respondió la chica de cabello color cuervo, sin apartar la vista del libro que tenía frente a sus ojos. Faye parecía ensimismada también en su tarea, tan ensimismada que no había pronunciado palabra desde que volvió de la escuela. El verano estaba cerca. Los tibios rayos de sol de la primavera comenzaban a aumentar su temperatura a medida que pasaban los días, y el aire se volvía más cálido alrededor.

-Me pawefe ben. - respondió su amiga al morder un trozo de galleta. Sus mejillas se veían inflamadas a causa de los bocados que se guardaban en ellas.

-Sasha, no hables con la boca llena. Dios! Por qué tienes que hacer eso? Sabes cuánto odio ese sonido.

-Sí, sí, lo siento, Levi 2. - dijo Sasha con una risita. Entonces tragó sonoramente, haciendo que Mikasa arrugara la cara con desagrado. Un suspiro entrecortado de Faye interrumpió la charla semiacadémica e hizo que su niňera girara la cabeza hacia ella con desconcierto.

-Faye?

La niňa no pronunció palabra y su carita estaba oculta detrás de un cuaderno. Mikasa no esperó respuesta alguna, y apartó el libro de sus manos para encontrar un par de enormes ojos inundados de lágrimas. Aquella visión fue sobrecogedora para la niňera, pues era la primera vez que veía llorar a la pequeňa frente a ella de esa manera. Las mejillas de Faye se encendieron como brasas intentando ocultar sus sollozos, pero Mikasa no se detendría hasta saber qué le ocurría.

-Oye, por qué lloras? No vas a contarme lo que pasa?

Inesperadamente, Faye echó los brazos alrededor del cuello de la muchacha, como si se escondiera en su regazo. Mikasa la abrazó, mirando hacia Sasha con ojos llenos de consternación. Su amiga dejó de comer y prestó atención a la niňa. Ver llorar a una chiquilla tan alegre como Faye Jaeger era simplemente desgarrador.

-Gabi... Me dijo cosas feas en la escuela. - murmuró ella contra el cuello de su niňera. Un suspiro de Mikasa acompaňó al sollozo de Faye, quien parecía no querer salir de su escondite. De alguna manera, a Mikasa no le extraňaba aquella confesión. La relación de la niňa Braun con Faye siempre le había recordado a un aspecto en particular de su pasado.

-Hmm... Qué te dijo? Quieres contarme?

Lentamente, Faye se irguió para mirarla a los ojos. Con una servilleta, Mikasa limpió las lágrimas y los mocos de la pequeňa mientras la veía hipar entre cada sollozo.

-Ella... - resolló. Sus hombros se estremecían al respirar. - Me dijo que yo era tonta y que papá nunca está en casa porque no me quiere.

-Qué? Por qué te dijo eso?

-P-Porque... No lo sé. - otro suspiro entrecortado. La niňera continuó limpiando su cara mientras Sasha las observaba con atención.

-Qué pasó antes de eso? Crees que se haya molestado por algo?

Faye se encogió de hombros y se frotó los ojos mientras intentaba resumir los hechos del día para no ser interrumpida por el molesto llanto que no la dejaba hablar.

-Ella empujó a Falco y él se golpeó la cabeza. Yo le dije que no lo hiciera y me quedé con él. Lo llevé a la enfermería y le conté a la maestra... Antes de subir al autobús, Falco me agradeció y me besó en la mejilla. Ella le gritó y luego me gritó a mí... - otro sollozo. - Dijo que yo siempre tenía lo mejor y que ahora quería hacer que Falco se enamorara de mí... Eso es mentira. Yo no quiero eso. Dijo que yo era una niňa mimada y que tenía todo lo que ella quería pero que no iba a quedarme con Falco... No entiendo... Por qué dijo esas cosas? Ella es mi amiga...

-Oh... - exclamó Sasha con el ceňo fruncido. - Eso me suena familiar...

Con serenidad, Mikasa esperó a que la niňa dejase de sollozar. Cuando Faye se calmó, secó completamente sus lágrimas y la sentó al borde de la mesa, frente a ella, tomándola de las manos. Unos aňos atrás su madre había hecho lo mismo con ella, después de que le sucediera algo muy parecido.

-Bien... Si hizo eso, creo que deberías dejarla sola por un tiempo, Faye. Tal vez así pueda comprender que se equivocó y que Falco sólo quería agradecerte... - Mikasa torció los labios, pensativa, antes de continuar hablando. - O quizá quieras hablar con ella y preguntarle por qué dijo eso.

Sollozando, Faye ladeó la cabeza.

-No. Ella está muy enojada, conmigo y con Falco, y nos hizo sentir tristes.

-Hmm. Entiendo. - respondió la niňera con un movimiento de cabeza. - Yo creo que... está celosa. Eso es todo.

-Celosa? Por qué? Yo no le hice nada... - Faye se frotaba los ojos. Entonces bostezó al concluir la frase, y cuando Mikasa miró su reloj de pulso, supo que era hora de su siesta.

-Porque tal vez le agrada Falco y piensa que él pasa más tiempo contigo que con ella. Pero ya se le pasará. Ahora, por qué no te vas a dormir? Cuando despiertes te sentirás mejor, y entonces podremos planear qué hacer con ella, de acuerdo?

La niňa asintió en respuesta y bajó de la mesa, cubriéndose los ojos del resplandor que entraba a la habitación. Mikasa la vió perderse en su dormitorio y luego volvió a su libro, sin percatarse de que Sasha la miraba detenidamente desde hacía unos cuantos segundos.

-Qué? - preguntó, pillando los ojos de su mejor amiga sobre ella.

-Mikasa, recuerdas la vez en que te ocurrió lo mismo con Annie?

Mikasa suspiró. Y su exhalo fue confirmación suficiente para Sasha.

-Qué con eso?

-Pues... me parece curioso que a Faye le haya pasado algo como eso. Al igual que a ti.

-No es lo mismo, Sasha. Annie y yo no éramos amigas. Pero se supone que Gabi es amiga de Faye. - Mikasa mantenía el ceňo fruncido, y a pesar de que intentaba concentrarse en las líneas del libro en sus manos, eso no parecía ser posible.

-Quizás fue porque... Nunca le dimos la oportunidad.

-De qué hablas?

Sasha se irguió en su asiento e hizo la tablet a un lado de la mesa, al igual que la bandeja de comida. Estaba a punto de iniciar una conversación seria, su amiga lo sabía; sólo de esa manera Sasha Braus podía apartar de su vista y alcance lo que más amaba.

-No lo sé, Mika... A veces... - la chica de cabellos castaňos carraspeó. - Cuando recuerdo lo que pasaba en la escuela, pienso que tal vez las cosas no eran como las imaginábamos... Es lo mismo que veo en esa niňa, Gabi, la prima del gorila. Le dijo a Faye casi exactamente lo que Annie te dijo a ti: que su vida es perfecta.

-Permíteme discrepar, Sasha: la vida de Faye dista mucho de ser perfecta. Esa niňa cree que su papá no la ama y Gabi sólo lo empeoró. Leonhardt no me conocía y creo que estaba muy equivocada.

-Annie siempre fue solitaria, y nunca preguntamos por qué... Pero ese día simplemente explotó, como si tú le hubieses causado algún daňo, y nunca supimos por qué hizo eso.

El gris oscuro de los ojos de Mikasa se condensó, como cada vez que se perdía en sus pensamientos, hilvanándolos.

-Supongo que sentía... - ella se aclaró la garganta también. En realidad no quería decir la palabra y sonar presumida. - Ehm... Envidia, de alguna forma. O al menos... esa fue la impresión que siempre tuve.

-Tal vez. Pero ahora que lo pienso, qué tal si la juzgamos mal? Perdona, Mika, sabes que te quiero, pero... Annie tenía un poco de razón...

Sasha entornó los ojos con un gesto de culpa, encogiendo los hombros y los brazos en espera de una mirada fulminante de su mejor amiga.

Pero lo que recibió a cambio fue un suspiro pesado de parte de ella, mientras la veía apoyar el mentón en la palma de su mano con pesadumbre.

-Razón en qué? - jadeó Mikasa, algo decepcionada de escuchar aquella revelación.

-Pues... tu vida sí era perfecta. Lo tenías todo hasta que...

Sasha quedó en silencio y la atmósfera pareció oscurecerse. Habían ciertas cosas que a Mikasa no le gustaba mencionar, pero que para su desgracia eran inevitables.

-No lo sé, Sasha. Mi vida era normal...

-Pero qué tal si la suya no? - interrumpió Sasha, estirándose un poco hacia ella. - Recuerdas que en la escuela habían rumores de que su madre estaba enferma y que su padre era alcohólico? Qué tal si su vida no era tan normal como la nuestra, y por eso era tan solitaria?

Mikasa cerró los ojos, cavilosa. Le costaba un poco de trabajo asimilar lo que Sasha decía, pero pese a su orgullo no podía negar que su teoría tenía sentido.

-Quizás eso es lo que le ocurre a Gabi...

-Por supuesto! Pero Faye es una niňa. Cómo podría saberlo? No te culpo. Nosotras también éramos niňas, no sabíamos nada, y todo lo que hicimos fue... Ignorarla. Todas nosotras lo hicimos. Pero ahora somos adultas y pensamos distinto. No podemos arreglar lo que pasó con Annie, pero tal vez tú puedas hacer que las cosas con Gabi y Faye sean diferentes...

La chica de cabellos oscuros suspiró otra vez. Un hilo de arrepentimiento le cosía las entraňas mientras recordaba su época escolar y las cosas que habían ocurrido con Annie Leonhardt. Sí, tal vez la había juzgado mal; tal vez estaba tan absorta en su propio mundo feliz que jamás se interesó por echarle una mano a aquella niňa malhumorada que solía sentarse en un rincón del salón de clases en completo silencio, mientras ella reía y conversaba al otro lado, como si vivieran en planetas distintos. Tal vez Mikasa había visto ya la crueldad del mundo al escuchar los rumores sobre la vida familiar de Annie, pero había decidido inconscientemente hacerse la de la vista gorda para no manchar el velo de comodidad que ofrecía una infancia libre de preocupaciones. Entonces la vida le dio una lección exagerada e injusta, obligándola a abrir los ojos frente a lo que jamás había querido ver.

Cómo remediarlo? No era acaso demasiado tarde ahora?

Sus ojos grises se deslizaron hasta el lugar donde Faye descansaba, ya dormida, y pensó que tal vez podría hacer algo por Gabi.

Después de todo, sólo eran eso: niňos. Qué podía saber un niňo de crueldad si no la vivía en carne propia? Qué podían saber la Mikasa de 10 aňos y la Faye de 8 sobre compasión si nunca habían tenido que mostrarla? Qué podían saber la Annie de 11 aňos y la Gabi de 8 sobre generosidad si nunca nadie les había tendido la mano?

Sasha le había hecho caer en la cuenta de que era más egoísta de lo que alguna vez había imaginado. Sí. Se escuchaba bastante rudo decirlo así, era incluso grosero y ofensivo pensar así de ella misma.

Pero era la verdad.

Mikasa deseó entonces poder arreglar todo eso de alguna forma, si es que alguna vez podía. Todo lo que le ocurría a Faye y todo lo que le había pasado a ella, todo, todo, absolutamente todo era parte de crecer. Injusto o justo, agradable o desagradable. Porque todos debemos hacerlo alguna vez, no es así? Atravesar la cruda metamorfosis como la futura mariposa en su crisálida. Incluso con heridas abiertas, tal vez madurar sea el mejor remedio para cerrarlas.

Crac-crac, hizo de nuevo el escudo invisible a su alrededor, mientras terminaba de romperse. El sonido era a veces molesto y chirriante. Sin embargo, comenzaba a acostumbrarse a él.

-Hablaré con ella. - anunció a su amiga, antes de volver a fijar la atención en sus libros y partituras. Los exámenes de fín de semestre iban a ser un poco más complicados de lo que ellas esperaban.


Por la forma en que aquel hombre de barba fina, patas de gallo y ojos pequeňos sujetaba los hombros de la chica rubia frente a él mientras caminaban, cualquiera habría podido decir que eran padre e hija. Sin embargo, la realidad era muy distinta de aquella extraňa e incómoda escena parental. Annie Leonhardt caminaba tensa, con la advertencia del amigo de su padre sobre sus hombros y una tarea por hacer que no deseaba cumplir en absoluto.

-Bien, jovencita. Espero no hayas olvidado el plan: llegas, le entregas nuestro mensaje y regresas conmigo sana y salva. Yo, como buen padre que soy, te devolveré sana y salva a casa, está bien?

Todo lo que salía de boca de Kenny Ackerman se escuchaba falso, y aquellas palabras no eran la excepción. Con una sonrisa chocante y torcida, el viejo Ackerman apretó sus manos sobre la muchacha, haciéndola arrugar la cara de dolor; pero Annie lo soportaba, esperando el momento justo para poder zafarse.

-No tienes que fingir. Sé que me dejarás a mi suerte en cuanto haya hecho esto.

-Ah. Eres una chica lista. -se mofó el anciano. - Pero no temas, te dejaré algo de efectivo para que puedas regresar a casa. - respondió Kenny, con aquel tono socarrón que su sobrina tanto odiaba. Su sonrisa macabra y falsa se amplió como un rictus aprendido cuando una mujer se cruzó frente a ellos para pasar al otro lado de la calle. El más viejo de los Ackerman sabía exactamente cómo, cuándo y dónde moverse en las amplias calles del norte de Trost, así que los transeúntes no serían un problema para él.

-Creí que ibas a adoptarme. - suspiró Annie con una pesadumbre fingida y un tinte de cansancio en la voz. Kenny soltó una carcajada chirriante.

-Qué conmovedor. Pero no existe manera posible de hacer algo así, hijita mía.

-Oh... Es una lástima, papi.

El instante en que Annie se giró para lanzar una patada contra la cara de Kenny fue algo que el anciano no pudo prever en absoluto. Gracias a su estatura, la hija de John Leonhardt era bastante ágil, lo que le permitió liberarse de las garras del anciano y golpearlo contra el muro más cercano, propiciando su propio escape. El ataque súbito había sido el as bajo la manga, así que cuando Kenny pudo reaccionar, la chica se encontraba a varios metros de él. Pero no la dejaría ir tan fácilmente...

.

Corre, Annie. Corre.

Ella había visto aquellas calles antes. Las conocía. Un aňo atrás, cuando las cosas eran un poco más simples, Annie solía pasear por ellas junto a los que una vez habían sido sus amigos: Reiner, Bertholdt, Eren y Armin.

Armin.

Annie Leonhardt nunca deseó con tanto fervor encontrárselo antes como lo deseaba ahora. Y corrió. Corrió todo cuanto pudo sin detenerse a tomar aire y sin saber a dónde iba. La brisa de finales de primavera le golpeaba la cara, haciendo que su cabello rubio y alborotado por su desesperada maratón se metiera en su boca. Aquel día se había decidido a abandonar todo, incluso a su padre; alzar el vuelo lejos de allí y de todas sus sombras y comenzar de nuevo en otro lugar, donde el crimen de su progenitor no la persiguiera injustamente. Corre, se decía a sí misma. Huye de aquí y olvídate de todo. Eso debía ser antídoto suficiente.

Y Annie tropezó contra un cuerpo. Contra uno que no habría imaginado en sus cortos veintiún aňos.

Las bolsas de papel que la muchacha de cabellos oscuros llevaba en brazos cayeron al suelo después del impacto, esparciendo todo el contenido por la vereda.

-Ackerman!

-Leonhardt...

Fue entonces cuando se percató de que había corrido demasiado, y que quizás, sólo quizás, había pasado el peligro.

Algo desconcertada, Mikasa se puso en cuclillas para recoger sus compras. El rostro demudado de Annie se había grabado en su mente, mientras recordaba una y otra vez su conversación con Sasha de hacía unos días.

-Lo siento... - dijo la chica rubia, sorprendida de sí misma al haberse arrodillado para ayudarla a recoger lo que se había caído, en un acto inesperado.

-Está bien. - dijo Mikasa con serenidad. Era extraňo, pero no incómodo, cruzar palabra con aquella muchacha sin la misma hostilidad de aňos atrás.

Era, de alguna manera, liberador.

-Creo... que debes tomar algo.

-Eh? - preguntó Annie, alzando el rostro hacia ella, antes de meter los últimos víveres en la bolsa.

-Te ves algo pálida...

-Ah. Supongo que es porque venía corriendo.

Ambas se levantaron al mismo tiempo, y las bolsas fueron a dar de nuevo a manos de Mikasa. Un silencio algo embarazoso se metió entre las dos como un niňo malcriado, pero ella no iba a permitir que se quedase.

Agh, le costaba, le costaba mucho. Pero debía hacerlo.

-Oye, Annie... - le llamó. Annie giró la cabeza hacia ella. - Te importa si te robo un minuto?

-Hmm... No hay problema. - respondió por inercia, mirando hacia todos lados con las pupilas titilantes de nerviosismo y esperando haber desaparecido completamente de la vista de Kenny.

-Hay un lugar donde podríamos... - Mikasa se aclaró la garganta. - Donde podríamos tomar algo. Yo invito.

Annie asintió. Tan silenciosas como eran ambas, fue silencio lo que acompaňó el camino que iniciaron hacia la cafetería más cercana. No eran amigas y no era su intención convertirse en tal cosa, pero Mikasa deseaba reparar el daňo, o al menos intentarlo.

En el fondo, muy en el fondo, Annie también deseaba lo mismo. Porque en su madurez, comprendió que algunos capítulos debían ser cerrados antes de comenzar de nuevo.

-Ackerman, yo...

En un parpadeo, Annie y su voz se habían esfumado en la esquina de un callejón por el que cruzaron. Los ojos de Mikasa se abrieron como platos, intentando descifrar qué había pasado con ella. Entonces escuchó un forcejeo del otro lado del muro que aguzó sus sentidos y la hizo buscar la fuente del sonido; el sombrero inconfundible de Kenny fue lo primero que sus ojos vieron al doblar en la esquina hacia el callejón sin salida, descubriendo la figura menuda y pequeňa de Annie Leonhardt entre las garras de su tío.

-Ah! Sobrina querida, pero si tú también estás aquí. - se burló el anciano con una carcajada discreta, pero grotesca. - Quieres unirte a la fiesta con tu amiguita? Sabes que tu tío puede abrazarlas a ambas.

-Suéltala. - fue lo primero que salió de Mikasa, con voz ronca y amenazadora. Las bolsas habían caído al suelo, y Kenny sólo se reía; siempre lo hacía. Para el hermano mayor de su padre, todo era un maldito chiste macabro, y ella lo odiaba.

-Hazte un favor, mocosa: vete de aquí y no te metas en lo que no te importa, está claro? Ahórrame el esfuerzo de tener que deshacerme de ti y luego tener que hacerlo con el enano cuando venga a mí por venganza...

Por momentos, Kenny olvidaba que Mikasa también era una Ackerman, y que la vieja leyenda urbana que por generaciones había marcado su apellido sobre poseer habilidades un poco más desarrolladas que las de el resto de los seres humanos tal vez podía ser cierta.

Bueno, quizás era sólo una leyenda, pero era innegable que la chica era diestra en defensa personal. Su abyecto tío había olvidado eso también, y por eso no pudo pronosticar el golpe que lo hizo lanzar a Annie contra el muro antes de caer al suelo. Una cabeza rubia rebotó contra el contenedor de basura al final del callejón, mientras Kenny Ackerman iniciaba una pérfida y deshonrosa lucha cuerpo a cuerpo con la hija de su hermano. Mikasa era ágil como un gato y poseía una increíble derecha, pero era joven e inexperta, mientras que su tío dominaba el arte de las luchas callejeras con gran orgullo y renombre, además de ser alto y escurridizo.

-Ja! Te mueves igual que Levi. - se mofó el viejo Ackerman, sujetando a su sobrina de las muňecas para inmovilizarla. - No te esfuerces, mocosa. Podríamos hacer esto todo el día y yo adivinaría cada uno de tus movimientos...

-Pero no puedes adivinar este! - exclamó ella, propinándole una patada en las gónadas que lo dejó sin aliento. Parecía demasiado simple, sí; tal vez hubiese podido hacerlo desde un principio si hubiese tenido la oportunidad. Pero pelear con su tío no era algo fácil, y él no pensaba soltarla.

De hecho, no lo hizo. Mikasa intentó huir, creyendo que el dolor de sus testículos suavizaría su agarre y ella podría escapar con la desmayada Annie, pero no fue así. Kenny tomó aire para obviar el dolor calcinante y recuperar las fuerzas; sus dedos se estiraron hasta el cabello de la muchacha y tiraron de las hebras dolorosamente. Las venas se abultaban en las manos del viejo, torvas, y los puňos se cerraban con saňa en el pelo negro hasta que el brazo libre se cerraba sobre el cuello de Mikasa. La escena era agonizante, violenta e incluso sádica. Kenny sonreía con perversidad, disfrutando despiadadamente del color escarlata que adquiría el rostro de su sobrina cuando el aire escapaba de sus pulmones.

-Te pareces mucho a tu mami, mocosa. - le susurró al oído, con las uňas de la chica clavándose en la piel de su brazo en un intento fallido de liberación. - Es una lástima que muriera, porque siempre, siempre quise follármela, pero se hacía la digna. Ella podía fingir que era una buena esposa para mi hermano, pero supe que era una puta escondida desde el primer momento en que la ví.

Kenny Ackerman tenía dos defectos a la hora de cazar a sus enemigos.

El primero: hablaba demasiado.

El segundo: subestimaba a sus oponentes. Podía ser maňoso, pero la confianza en sí mismo era su propia perdición. Y Mikasa, que en ocasiones podía controlar sus emociones, aprovechó la inoportuna elocuencia y fanfarronería de su tío para liberarse, aplicando una de las maniobras que aprendió de Levi, muy a pesar de la rabia que burbujeaba en sus venas y del oxígeno que le faltaba. Y aunque parecía que su libertad daría paso a otro forcejeo encarnizado, no fue así, porque ella supo exactamente cómo acorralarlo e inmovilizarlo, a pesar de su peso y tamaňo. Ahora, entre la pared y su sobrina, Kenny cayó al suelo boca abajo, mientras ella se valía de su fuerza y pericia para mantenerlo quieto. Annie despertó en aquel instante, tocándose el punto en donde su cabeza sufrió el impacto. Todo era borroso para ella y aún así se las arregló para levantarse y descubrir el escenario ante sus ojos.

-Annie, toma mi teléfono y llama a mi hermano. - la voz de Mikasa era fuerte y exigente, y los músculos de Annie no tardaron en moverse. En el entretiempo, la chica de cabellos oscuros soltó la cinta que adornaba su camisa y ató las manos de su tío con tanta firmeza como pudo. Eso lo mantendría allí hasta que Levi llegara. Kenny continuaba riéndose a pesar de su desventaja, y de cómo su sobrina presionaba su cabeza contra el pavimento, cortándole cualquier posibilidad de movimiento. Resultaba toda una ironía que alguien más bajo que él y con menos experiencia lo hubiese bloqueado, pero a sus sesenta aňos, el viejo Ackerman no era igual que antes.

Quizás se reía de la escena satírica que atravesaba, o de alguna otra cosa. Ni él mismo lo sabía; sólo sabía que iría a la cárcel en cuanto su sobrino llegase, pero le aliviaba el hecho de que no importara cómo, volvería a estar fuera en breve tiempo. Tenía razones, aliados, y delitos no probados. Levi no podría hacer nada en contra de ello. Nada, hasta que el tiempo demostrara lo contrario.

Y vaya que lo haría.

Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. El momento en que la patrulla policíaca arribó al lugar; cuando el oficial Berner cerró las esposas sobre las muňecas de Kenny y lo hizo entrar en el vehículo. Preocupado, Levi revisó a su hermana menor hasta asegurarse de que estaba bien; luego declaró que Annie debía ir a la estación para interrogarla, y Mikasa fue con ellos, ignorante de la razón real por la que Annie sería sometida a un sin fín de preguntas durante media hora. Porque su hermano no quería agobiarla con el peso de un asesinato sin resolución; era lo que siempre se decía. Levi no diría nada hasta que las cosas estuviesen resueltas, y Annie tampoco le mencionaría una sola palabra acerca de la culpabilidad de su padre. Mikasa esperaría fuera y llamaría a su mejor amigo, mientras la chica rubia probaba su inocencia afirmando que no conocía el paradero de su progenitor.

Al salir, Mikasa la esperaba en la sala de la estación.

-Eh... Espero que mi hermano haya sido amable. - comentó la chica de cabello color cuervo, poniéndose en pie. Annie asintió.

-Lo fue.

-Bien. Me voy. Cuídate, Leonhardt. - dijo Mikasa, como si hubiese olvidado la invitación previa a Kenny. Impulsivamente, Annie la detuvo.

-Ackerman...

Mikasa giró hacia ella, y el color oscuro de unos ojos grisáceos se encontraron con el zafiro de unos melancólicos ojos azules que antes parecían haber estado fríos por mucho tiempo. Era absurdo, incluso chistoso, pero a ambas les pareció haber sido amigas de toda la vida por algunos instantes.

Después de todo, no eran tan distintas.

-Gracias por todo. - continuó, con el peso de sus palabras agolpándose en su lengua. Mikasa asintió y caminó hacia ella a una distancia prudente, temerosa de cruzar la línea invisible que ambas habían marcado.

Era ahora o nunca.

-Annie... Si alguna vez... - era difícil. Muy difícil. Mikasa suspiró. - Si alguna vez te lastimé cuando éramos niňas, lo siento. No lo sabía.

Silencio. Annie asimilaba la confesión inesperada. Los recuerdos tan dolorosos de la infancia que había dejado atrás le aguijonearon en la cabeza, pero ella los mantuvo a raya.

-Está bien, Mikasa. Somos adultas ahora.

-Lo sé. Pero quería hacerte saber que no fue mi intención. Los niňos pueden ser... estúpidos.

Annie sonrió. Mikasa también. Con sutileza, pero cualquiera habría notado el momento en que los labios de ambas se ensancharon levemente.

-Lo fuimos.

-Mucho.

Esta vez, la muchacha rubia extendió la mano hacia ella.

-Tregua?

Mikasa le estrechó la mano firmemente. Tiempo atrás, ambas habían compartido la misma estatura. Ahora Annie debía mirar ligeramente hacia arriba para poder encontrarse con los ojos color plata oscura.

-Tregua. - dijo la hermana del Capitán, poco antes de que una voz ajena a ellas pero no inoportuna llamase el nombre de una de ellas.

-Annie?

Annie soltó la mano de la chica frente a ella y miró hacia la fuente del sonido, con el corazón zumbando en un frenesí de sosiego insospechado.

-Armin?

Armin, Armin, Armin. Armin siempre había estado allí; nunca se había ido. Y él la abrazó, la envolvió contra su pecho tan cálidamente que ella quiso llorar y quedarse allí para siempre.

Pero algo le dijo, muy en lo profundo, que aquel no era el mismo de antes. Él había cambiado, y aunque la quería, no era el mismo tipo de amor que solía ser la primera vez que la besó aquella vez en el malecón. Ella no sabía cuánto podía doler hasta que volvió a verlo y sus labios se estamparon contra su frente pálida.

Todo había cambiado, y a pesar de ello, Annie Leonhardt no pudo sentirse más afortunada.

-Ackerman. - dijo una cuarta voz que hizo que los ojos de Mikasa se deslizaran hasta la entrada de la estación. Eren la esperaba allí afuera junto al automóvil de Armin, esperando no ser visto por el temido capitán de la policía de Trost. Annie y Armin se quedaron dentro, conversando en voz baja sobre lo que debía ser dicho. Eren le extendió la mano a su novia y la envolvió entre las suyas al tenerla cerca. Estaba calmado. Eso quería decir que Armin no le había dicho nada sobre Kenny.

Y así era mejor.

-No sabía que vendrías...

-Estaba con Armin cuando lo llamaste. Estás bien? - preguntó, viéndola asentir. Sus dedos rozaron su mejilla. - Y cómo está Annie?

-Mejor, ahora que Armin está con ella.

Los labios de Eren tocaron la frente de su chica y ella rodeó su torso en un abrazo.

-Creí que ustedes dos eran... enemigas. - comentó él, un poco desconcertado. Mikasa lo miró a los ojos y le dedicó una de sus medias sonrisas.

-Es una larga historia.

-Tengo todo el verano para oírla. Qué tal si vamos a la casa de playa este fín de semana? Tú, Armin y yo, y así me cuentas lo que pasó con ella.

-Hmm. Suena como un buen plan.

-Lo es. - respondió él, con una de sus sonrisas torcidas. Esas que a ella le agitaban las mariposas en el estómago. - Qué dices?

-Está bien.

Eren besó la mano de su novia y luego la besó a ella en los labios. Pero Mikasa se apartó. Aquél era territorio de Levi, y ella no estaba muy segura de querer enfrentarlo si él los pillaba.

El verano estaba a las puertas, y ése sería uno que ambos jamás olvidarían.


Si se preguntaban cómo era que Mikasa se desarrollaría como personaje, aquí lo tienen. La escena de la conversación con Sasha fue algo particularmente complicado para mí, pues no sabía cómo desarrollarla, pero debo dar miles de gracias a Adri y a Sarah, que siempre estan allí para sacarme el pie del fango cuando lo necesito. No se imaginan lo mucho que me ayudaron a la conclusión de esa escena, y a escribir el desarrollo y realización de Mikasa y la madurez de Sasha. Eren también ha crecido mucho desde el primer capítulo, pero el inicio de éste quise dedicarlo a él para dejar claro cómo fue su transición desde la primera vez que lo vimos hasta ahora. Hay capítulos que son especialmente difíciles de escribir, y este fue uno de ellos, aunque no lo parezca.

De nuevo, perdonen la tardanza. El tiempo es una cosa seria y a veces no es suficiente para escribir; hay muchas cosas por venir y ya quiero actualizar todas y llegar al final, pero sé que no es posible sin una resolución justa y coherente de las cosas. Me gustaría que prestaran particular atención a los personajes que parecen ausentes, así como a las escenas más cortas. Creo que nada puede pasar desapercibido por aquí.

Zeke, Zeke, Zeke. Levi, Levi, Levi. xD

Espero que también les haya gustado la aparición de Annie, quien jugó un papel clave en la auto introspección de Mikasa, debido al pasado que ambas compartieron. No será su última aparición en esta historia, pero no puede ser constante, porque como ven, Armin ya no siente lo mismo por ella, y todo va encaminado al descubrimiento de la banda de asesinos y el por qué del asesinato a partir del capítulo 27. Mi pobre Eren se llevará una sorpresa muy desagradable. Pero no se preocupen, el cap 26 será maravilloso para él y Mikasa ( ͡° ͜ʖ ͡°). Sé que todos lo están esperando.

Ahora me despido con mi nota de autor súper larga y tediosa, esperando que como siempre dejen sus lindos comentarios, y nos leemos en el próximo capítulo. Hasta la vista!