Disclaimer: Twilight no es mío. La historia y Jasper, sí.
The Bad Guy
por MrsValensi
Parte III, Capítulo V.
«This far, or further, I need to know».
Lunes, 23 de febrero de 2010.
A lo largo de mi vida, alguna que otra vez había dicho lo que se conocía como mentira piadosa. Todas las grandes mentiras comienzan con una de esas. Una evasiva inocente, una pequeña tapadera para evitar cargar con la culpa de algo sin importancia, un condimento mínimo para magnificar los hechos de una historia, una expresión de deseo aplicada a la realidad… Habían existido algunas de ellas en mi vida, quizás incluso usándolas desde la inconsciencia. Todo el mundo podía decirse culpable de haber creado alguna de esas pequeñas mentiras blancas. Sin embargo, a pesar de no haber sido nunca una gran asidua del engaño, sabía que la mayoría de las veces no terminaban bien. Inevitablemente una pequeña invención, incluso alguna mínima exageración, conllevaba siempre a otra mentira, que a su vez se desplegaba en otra nueva ronda. En aquellas oportunidades, cuando la quimera comenzaba a instaurarse como una historia con principio y fin, sabía que uno terminaba metido en ellas hasta la cabeza, comenzando a difuminarse la línea entre la mentira y la verdad.
Miré a Edward, aún en blanco.
¿Dónde terminaba su realidad y comenzaba la ficción de su padecimiento?
—No creo que sea algo para hablar… a la ligera —comentó él, leyendo mis expresiones.
—Esa frase nunca ha terminado bien para mí —musité, mirando el piso.
Me sorprendí al sentir su dedo en mi barbilla, obligándome a mirarlo. Sus intensos ojos almendrados parecían del color más fascinante que había visto después de todos esos días sin él. No podía decir a ciencia cierta qué era, pero la cercanía me confirmó que había algo diferente en su expresión. No sabía si era humanidad, calidez o un poco menos de ese tormento usual en su mirada, pero Edward... no parecía igual. Y no podía decidir si aquello era un alivio, o otra preocupación para sumar al gran peso que cargaba sobre mi espalda.
—¿Por qué no te das una ducha y salimos de aquí?
Parpadeé, confundida y algo atontada por la cercanía. Entre todo aquel embrollo de pensamientos, besarlo parecía la opción más simple y fácil de ejecutar.
—¿Volveremos a Concrete?
Él negó seriamente, su expresión endureciéndose un poco.
—No es seguro —murmuró—. Lo mejor que puedes hacer es quedarte aquí… por un tiempo.
—¿Un tiempo? —fruncí el ceño, mi mirada deteniéndose distraídamente en sus labios, fruncidos con fuerza—. ¿Cuánto es un tiempo?
No respondió inmediatamente. Nuestra conversación no era más que un bloque de oraciones cortas y vacilantes. No era difícil decir que los dos nos sentíamos sobre terreno resbaladizo, y habíamos estado jugueteando demasiado tiempo en los bordes del abismo.
—No lo sé. Unos días, quizás.
Lo observé en silencio, mis cejas casi tocándose cuando musité:
—Pero yo debo regresar al hospital, Edward…
Su mano abandonó mi mejilla, con abatimiento, pero sus ojos seguían firmes.
—No puedo dejarte ir —sentenció, con ese tono de voz que jamás había permitido una réplica—. Esta vez es mi turno de protegerte, Isabella. Y no sólo de mi mismo.
Simplemente volví a congelarme ante el poder de sus ojos, que no se despegaron ni un segundo de los míos al decir aquellas palabras. Aunque no podía terminar de comprender a qué se refería cuando decía que quería protegerme, la intensidad de sus sentimientos me parecía abrumadora. Edward realmente sentía lo que decía. Él realmente… parecía querer mantenerme a salvo, tanto como yo había deseado hacerlo con él.
—Llamaré a Maya —comentó él, poniéndose de pie—. Dúchate. Yo te esperaré afuera.
Como una idiota, sólo atiné a ponerme de pie también y cogerlo de la manga de la sudadera. Él se volvió, mostrando un pequeño destello de confusión en sus facciones, antes que éstas se relajaran por completo. Absorbí con inquietud la profundidad de su mirada mientras, con pasos lentos, volvía a acercarse a mí. Sus manos sostuvieron suavemente mis mejillas y me aventuré a alcanzar sus labios antes que él llegara a estirarse para tocar los míos. Ambos nos encontramos en un beso suave, ansioso pero medido, intentando acallar la incertidumbre. No podía dejar de repetirme a mí misma cuánto lo había extrañado.
¿Cómo una persona podía haberse vuelto tan indispensable para mí en un período de tiempo tan pequeño, y en condiciones tan absurdas?
Su boca se movió gentilmente sobre la mía, mientras aquellas familiares manos bajaban por mi cuello y se deslizaban por mis costados hasta aprisionar mi cintura. Escaseando el aire en mis pulmones por la prolongación de un contacto lento pero anhelante, él capturó mi labio inferior por unos segundos antes de dejarme ir. Disfruté de su cercanía cuanto pude, antes que él se apartara con lentitud. Enseguida extrañé sus manos sobre mi cintura y su cuerpo pegado al mío.
—Estaré esperándote.
Cuando Edward se dispuso a salir, lo dejé irse, sin la fuerza o los argumentos suficientes para protestar. Una ducha podía sentarme bien, más después de aquel beso y de las quejas de un corazón con latidos irregulares. Además, tenía la impresión que yo no era la única que necesitaba ordenar su cabeza antes de esa charla. Sin saber exactamente cómo funcionaba, no podía dejar de notar que las cosas entre nosotros dos siempre sucedían demasiado rápido. En cuestión de semanas, habíamos vivido tantas cosas, que era difícil analizar los acontecimientos sobre la marcha.
Suspiré mientras Maya entraba a la casa con una sonrisa. Realmente necesitaba calmar los latidos de mi corazón.
Después de enseñarme las habitaciones restantes de la casa, que no eran más que otras dos habitaciones y un baño, Maya me dio un par de toallas y una muda de ropa limpia que le pertenecía. No estaba muy segura si estaba haciendo lo correcto al respetar las palabras de Edward, pero él era tan… serio acerca de ello. La intensidad con la que me había abordado me resultaba algo difícil de ignorar, incluso cuando mi trabajo se encontraba en medio. Ambas cosas estaba conectadas, después de todo. O intentaba convencerme a mí misma con ello, como en todo lo que relacionaba a Edward conmigo fuera de mi profesión.
El agua caliente de la ducha se deslizó por mi cuerpo, aunque no fui demasiado consciente de lo que hacía allí adentro. Cogiendo las botellas de productos para el cabello al azar y pasando el jabón por mi cuerpo distraídamente, sentí que el vapor me quitaba el aire en más de una ocasión, cuando mis pensamientos se arremolinaban con torpeza hacia la charla que seguiría a aquel baño. Realmente no deseaba pensar en lo que quería y necesitaba saber, porque aquello sólo me haría ser más consciente de lo que en verdad significaba esa conversación. Simplemente iría allí y… actuaría por instinto. El discurso previamente planeado jamás había funcionado con Edward Cullen.
Después de ponerme la playera, los texanos y la sudadera que Maya me había prestado, me calcé mis botas y salí del baño. Un agradable aroma a salsa llegó hasta mí, haciendo que mi estómago gruñera suavemente. Maya se encontraba en la cocina y Wade estaba sentado en un rincón, leyendo un libro y echando furtivas miradas al ordenador sobre la mesilla. Eché un rápido vistazo a la habitación. Sin embargo, antes que pudiera preguntar algo, el joven moreno comentó:
—Edward está afuera.
Con una rápida cabeceada hacia la puerta principal, me marcó el camino. Yo sólo agradecí en un murmullo, cogiendo mi abrigo y correspondiendo fugazmente a la sonrisa de Maya antes de salir.
La tarde se había ceñido gentilmente sobre Rockport, las nubes cubriendo copiosamente las casas, divididas por distancias considerables. Estaba segura que no existían tal cosa como «los vecinos», a menos que uno estuviese dispuesto a caminar una buena cantidad de metros. La tranquilidad era interrumpida por el viento, una brisa intensa que sonaba como un silbido ahogado. Edward me dio una mirada tendida mientras me acercaba, entretenida con la observación de los alrededores para evitar su rostro, que aún tenía marcas y tierra de la última expedición. Debido a aquella esquiva actitud, fue absurdamente grande la sorpresa cuando sentí su mano tomando firmemente la mía. Cuando me volví para mirarlo, su rostro ya se encontraba en dirección al frente, él dándome la espalda.
Con el corazón en un puño, escuché su ronco susurro:
—Ven.
Aunque mi cuerpo se encontraba agotado después de los largos kilómetros de caminata del día, me dejé arrastrar por Edward a lo largo de los caminos sinuosos, rodeados de naturaleza. No me sorprendió perder pronto la dirección de nuestros pasos. No conocía aquella parte del pueblo, y estaba segura que los primeros giros aquí y allá me habían desconcertado. Sólo era consciente que nos adentrábamos en un bosque, y que la mano de aquel muchacho aún se encontraba alrededor de la mía, gentil pero segura.
Cuando los árboles comenzaron a ceder hacia el borde del bosque, la carretera apareció frente a nosotros. Un pequeño puente dejaba a la vista un río que corría bajo el camino. Me quedé observando el agua y las montañas que llegaban a divisarse a lo lejos, mientras Edward seguía un temerario recorrido por el borde de la carretera, hasta que conseguimos situarnos en medio del puentecillo. El tráfico era escaso, pero no dejaba de ser peligroso.
—Este es el límite —explicó, señalando el río distraídamente—. No puedes pasarte de aquí.
—¿Qué?
—Hasta aquí llega la protección —explicó—. Si vas más allá de aquí, hasta Concrete, estás en peligro. Hoy pude atraparte justo a tiempo.
—Edward, no… Yo no te entiendo —confesé. Estaba sintiéndome verdaderamente sobrepasada por la situación.
Él suspiró, afirmando el agarre sobre mi mano.
—Lo que viste hoy era un vampiro. —Su tono era críptico. Su expresión, oscura.
Me tomó unos instantes reaccionar, tan sólo para articular con pánico:
—¿C-cómo?
—Ven conmigo.
Volvimos a recorrer el borde del pequeño puente en la carretera, hasta llegar al extremo derecho del mismo por donde habíamos subido. Con destreza, Edward saltó por unas piedras hasta conseguir bajar por la pronunciada pendiente que erguía la carretera, ayudándome luego con su agarre a seguirlo. Su intención parecía bordear el río, ya que pronto comenzamos a andar por la rivera con cuidado. El sitio era tranquilo, aún más que el resto del pueblo, y el sonido del viento agitando el follaje era aún más claro. La mano de Edward parecía ser un refugio seguro, por lo que me aferré a ella con fuerza, ganándome una pequeña mirada de soslayo. Aquellos ojos verdes se detuvieron en mí por unos segundos, ligeramente curiosos, antes de volver a enfocarse en el frente. Mientras lo veía andar a mi lado, no podía dejar de reparar que parecía ligeramente cansado por el trayecto. Aunque aquella era la parte que me correspondía a mí —y Dios sabía que la estaba cumpliendo respetuosamente, con mis piernas adoloridas y mis respiraciones fuertes—, él parecía casi tan agotado como yo.
Nos detuvimos finalmente cuando las plantas no nos empujaban hacia el río y nos permitían sentarnos en el margen. Mis ojos se perdieron un momento en las extrañas formas que se reflejaban en el agua. Edward, cuando se hubo asegurado que me encontraba ya sentada y segura, soltó mi mano y se acomodó a mi lado en silencio. El sonido del viento se volvió increíblemente nítido mientras los ojos de ambos se perdían en el paisaje.
—El límite de protección ha sido dibujado hace siglos —explicó.
Absorbí sus palabras con cuidado, procesándolas lentamente.
—¿Cómo que ha sido… dibujado?
—Fue hecho por un hechicero —explicó, como si fuese lo más normal del mundo—. Uno de los pocos que quedaban en aquella época.
—¿Y cómo… qué…?
¿Había algún protocolo para hablar sobre vampiros, cazadores y hechiceros, o simplemente podía seguir tartamudeando y haciendo preguntas, pretendiendo que era lo más normal del mundo? No creía en la historia y, sin embargo, no podía dejar de hacer suposiciones y curiosear sobre ella. Constantemente quería saber dónde me encontraba, tan sólo para intentar comprender cuánto era realidad y cuánto se trataba sólo de una fantasía. Durante años me había dedicado a escuchar los desvaríos de gente que creía cosas que no eran, que no existían. Sin embargo, jamás me había visto sumida en una con un desarrollo tan minucioso e intrigante, que me arrastrara con tal intensidad. Desde su primer día en la clínica, había intuido que Edward Cullen no era como los demás pacientes. Los hechos no hacían más que confirmarme, minuto a minuto, que mi percepción no había fallado.
—No permite la entrada de los vampiros al territorio —explicó él, su tono impasible—. Se debilitan cuando están aquí.
Fruncí el ceño, aún intentando disipar mis dilemas morales.
—¿Y cómo es que tú… estás aquí?
Suspiró, como si hubiese esperado esa pregunta. El viento había comenzado a aumentar, sacudiendo sus cabellos y despeinando los míos, que aún estaban húmedos. Las nubes sobre nosotros seguían dándole al paisaje aquel tono monótono y grisáceo, anticipando una nueva ronda de lluvia para la región. Sin embargo, ni el frío helado ni la tormenta podían importarme en aquel momento. Incluso si había un terremoto o un huracán en la zona, quería estar segura de poder oír todo de aquella historia.
—Yo tengo sangre de cazador —explicó—. Me afecta un poco, pero aún soy… humano. No me debilita por completo.
Lo miré por unos segundos, intentando, en vano, disminuir mi ansiedad. Podía escuchar los latidos furiosos de mi corazón en mis oídos, dificultándome el pensar racionalmente. Había notado el aspecto cansado cuando lo había visto, pero había pensado que simplemente estaba relacionado con sus días de fuga. ¿Realmente todo aquello lo estaba debilitando? Edward seguía con los ojos fijos en el agua, por lo que decidí imitarlo. Parecía más fácil calmarme si no era tan consciente de su presencia.
—¿Cómo… llegaste hasta aquí? —pregunté con suavidad—. Maya me dijo que ellos te encontraron.
Edward no respondió enseguida.
—Ellos me encontraron y me trajeron aquí —explicó—. Como te he dicho, es seguro estar en esta parte de Rockport.
—¿Y… por qué el tatuaje es el símbolo… de los cazadores? —inquirí, con vacilación, aún con los pensamientos demasiado enmarañados como para ser cien por ciento coherente—. ¿Tú no me habías dicho que no recordabas cómo te habías hecho ese tatuaje?
—No lo recuerdo —coincidió él, lentamente—. Una noche me levanté y simplemente… lo tenía —suspiró y sentí como su cuerpo se movía. Lo miré de soslayo y nuestras miradas coincidieron unos segundos, antes que sus ojos volvieran a fijarse en el agua—. Hay muchas cosas sobre mi pasado que no puedo recordar, Isabella.
—¿Cómo que no recuerdas?
Otro suspiro se interpuso entre nosotros. No era difícil adivinar que aquella conversación era mucho más difícil para él que para mí. Y, teniendo en cuenta la forma en la que mi corazón seguía latiendo, realmente no podía imaginarme la magnitud de sus sentimientos.
—Los Cullen no eran mis padres biológicos —musitó él.
—Yo… lo sabía —susurré.
Me giré a tiempo para pillar sus ojos fijos sobre mí, con aquella mirada curiosa y enigmática. Tragué pesado, aún siendo presa de la dificultosa tarea de respirar normalmente. No quería entrar en detalles sobre mi exhaustiva investigación si no tenía que hacerlo. Incluso cuando ya sabía algunas cosas, prefería escuchar todo de labios de Edward. Quería saber si los cabos sueltos de la historia no eran más que mentiras dentro de su cabeza. Quería creer que habría algo que fallaría en aquella perfecta y perturbadora historia.
—Ellos eran amigos de mis padres y me adoptaron… por pedido de ellos. Pero yo jamás supe lo que sucedió. Jamás pude recordar una maldita cosa sobre ello. Hay asuntos de los que la sangre se ha ocupado por mí, sin que yo me diera cuenta. El tatuaje, regresar a Washington… sólo fueron algunas de ellas.
Su tono de voz me alteró ligeramente, mi corazón volviendo a repiquetear con fuerza contra mis oídos. Tragué con fuerza, siendo consciente de cada pequeño sonido de mi cuerpo, todos pareciendo absurdamente altos.
—¿Por pedido de tus padres? —repetí tontamente, queriendo hacer miles de preguntas y difícilmente decidiéndome por alguna de ellas como prioridad—. ¿Por qué?, ¿por qué no lo recordabas?
—Mi padre era el jefe de los cazadores —explicó, con aquel tono suave y cortante—. Él temía que yo estuviera en peligro si me quedaba aquí. No quería para mí la misma vida. No quería… ponerme en riesgo. No sé como lo olvidé, pero no tengo… recuerdos de ellos.
Edward me contó esa pequeña parte de la historia que yo sabía, aunque con aquellos detalles que Garret no había podido darme. Efectivamente, la madre de Edward y la señora Cullen eran amigas de la infancia, algo que él mismo no había sabido hasta hacía unos pocos días, cuando había llegado allí. Los Masen le habían confiado a Carlisle y su esposa a aquel pequeño de pocos años de edad, con deseos de protegerlo y alejarlo del ambiente bélico que flotaba por Rockport en aquel entonces. Realmente no podía comprender cuál había sido el riesgo exactamente, pero el semblante de Edward parecía decir algo que sus palabras estaban obviando.
—¿Qué hay sobre… los cazadores? —pregunté, sin poder alejar la vacilación de mi rostro, que había permanecido conmigo durante toda nuestra conversación—. ¿Por qué te separaron de ellos?
—Mi padre entregó su vida a esto, y… —explicó él, sus ojos entrecerrándose ligeramente ante el incansable susurro del viento— supongo que no querían lo mismo para mí.
Me quedé observándolo, cuando las palabras quedaron clavadas en su garganta.
—Como él, yo estaba destinado a morir.
Quería preguntar los motivos de aquella afirmación, pero sus sentidas palabras me habían robado el aliento. Me quedé en silencio, sabiendo perfectamente que nada de lo que dijera sería adecuado para un momento así. La situación por sí misma ya era atípica, por lo que sólo seguía actuando por instintos.
Mi mano se posó sobre la suya, que reposaba tensamente sobre la hierba. Los ojos pardos de Edward se detuvieron en los míos con intensidad, anulando por completo cualquier posibilidad de decir algo. Aún con deseos de continuar la conversación pero sin una mínima idea de cómo hacerlo, ambos prolongamos el silencio por unos cuantos minutos más.
—¿Y esta persona que te buscaba… sabía que eras tú? —pregunté suavemente.
—No lo sé a ciencia cierta —hizo una pausa.
—¿Y por qué te dejó en el Virginia? —reformulé la pregunta luego, dándome cuenta que no cubría totalmente lo que quería expresar—: ¿Qué era lo que esperaba de ti dejándote en el hospital?
—No sé por qué me ha dejado en ese hospital, ni tampoco en el Maudsley —respondió él, haciendo referencia a su estadía en Londres. Su tono conservaba aquel críptico ritmo que había adquirido al hablar de sus padres—. Sólo sé que sus planes han cambiado recientemente. Wade cree que hay algo más que aún no sabemos.
Fruncí el ceño, dándole una mirada confundida. Él volvió a apartar sus ojos de los míos antes de proseguir.
—Yo soy un cazador en esencia, pero he sido mordido por uno de los vampiros de la elite, lo que significa que… debería convertirme en vampiro.
Mi cabeza comenzaba a doler y estaba auténticamente mareada. No podía estar del todo segura si estaba asimilando bien la información o no, porque era demasiada cantidad y más cabos sueltos para atar de lo que había creído en un principio. Una fina llovizna caía sobre nosotros, pero apenas podía sentir que me tocara. Era como si me encontrara en un sitio apartado, observando todo desde la visión de un espectador omnisciente.
—¿Vampiros… de la elite?
—Son los únicos vampiros que pueden convertir a los humanos —explicó—. Los vampiros que han nacido vampiros, no los que han sido transformados. Cualquier otra mordida simplemente es… eso. Una mordida.
—¿Cómo es eso? —pregunté, inquiera, sintiendo mi propia voz fallar—. ¿T-tú… te convertiste?
Edward suspiró y negó con una imperceptible suavidad. Yo sabía perfectamente que estaba haciendo muchas preguntas, y a alguien que no era muy amigo de las charlas fluidas. Sin embargo, no podía evitarlo. No podía desperdiciar una oportunidad de despejar todas esas dudas que me habían perseguido por días, algunas incluso desde que nos habíamos conocido. ¿Qué pasaba en realidad con él?
—Hay una época de transición de los cazadores, que sucede en la adolescencia —explicó—. Hasta entonces, yo era un muchacho normal, pero se suponía que me transformaría cuando el… Concejo lo decidiera —musitó con desdén—. Claro, como yo no estaba aquí, ellos no tenían idea de lo que sucedía conmigo. Creían que había muerto, y mis padres decidieron aferrarse a esa teoría.
—¿Tú… lo sabías?
Volvió a negar.
—Hasta hace unos días, yo sabía tanto de esto como tú.
Confundida, me quedé mirándolo fijamente, incluso cuando sus ojos seguían esquivos. ¿Cómo podía ser que todo aquel torrente de información hubiese llegado en tan poco tiempo hasta mí? ¿Cómo era posible que él no supiese nada y aceptara todo aquello? No podía entender a Edward. Había una parte de aquel joven que seguía confundiéndome. Incluso cuando su tono de voz, sus gestos y su mirada me parecían siempre dolidos y honestos, no sabía cuáles debían ser mis expectativas con él y sus historias. ¿Cómo podía creer todo lo que él decía? ¿Cuándo había caído yo de cabeza en aquel universo extraño en el que me dejaba arrastrar por sus palabras?
—Yo fui mordido justo en etapa de transición, antes que terminara —explicó—, por lo que ninguna de las dos transformaciones llegó a completarse. O eso es lo que Wade y Maya creen.
—¿Es… eso posible?
Mis propias palabras me sorprendieron. Yo ya me encontraba cayendo por aquel abismo junto con él. No sabía cuándo había sido exactamente, pero había comenzado a creer cada palabra de Edward, incluso a pesar de la suspicacia. Sabía que era absurdo, sabía que estaba siendo metida a la fuerza en un universo repleto de imposibles, pero no había nada que pudiera hacer. Necesitaba creerle.
—Es la primera vez que sucede, por lo menos aquí en Rockport —respondió él ácidamente, con una pequeña pero irónica sonrisa—. No sabemos cómo puede terminar, ni cuándo terminará.
—¿La… primera vez?
Me sorprendí cuando un pitido llenó el aire, por no decir que realmente me asusté. Me tomó un buen momento darme cuenta que aquel era el sonido de una radio, así como también me costó recuperar el ritmo de mis latidos, mientras Edward sacaba el aparato de su bolsillo. Apretando el botoncillo del costado, de sus labios salió un escueto:
—¿Qué sucede?
—Edward —Era la voz de Maya, que parecía turbada—. La Unión… está aquí.
Playlist: Sorry or Please - Kings of Convenience.
Hola a todos. Primero que nada, perdón por el retraso, pero últimamente no tengo tiempo para escribir mucho. Me estoy dedicando a Magick, y no es algo que pueda controlar realmente. Me entran ganas de leer y ya.
Con respecto a esta historia, la terminaré aquí y luego la moveré a mi blog como original. Tengo la impresión que mi etapa en Fanfiction ha llegado a su fin. Más allá de que el sitio, definitivamente, ya no es lo que era, me siento mucho más cómoda escribiendo con mis propios personajes. Esta historia tendrá una continuación, pero sólo terminaré de subir aquí la primera parte, como había prometido. Si fuera por mí, la sacaría hoy mismo, pero no me parece justo para quienes vienen siguiéndola. Terminada, la quitaré de aquí y comenzaré a publicarla en el blog como original. Sé que muchas prefieren leer fanfics, pero... ya me resulta complicado escribir sobre Edward y Bella.
Espero que les haya gustado el capítulo. Intentaré subir la continuación pronto, aunque ya saben que no puedo prometer nada. Agradezco siempre la paciencia, los buenos ánimos y los comentarios con buenas intenciones :)
Saludos. ¡Nos estamos leyendo!
Que tengan una buena semana.
MrsV.
