No puedo creer que después de tanto por fin estoy publicando el último capítulo de Retales. Les agradezco mucho a todos los que empezaron conmigo y terminan conmigo.
Es el último capítulo pero aún tengo otras historias sin terminar por ahí que de seguro publicaré sueltas como oneshots más adelante.
Y pues no tengo nada más que decir que de verdad gracias por quedarse a leer la historia entera y por los reviews que todavía me llegan.
Los amo.
Disfruten la lectura.
Supers AU.2
Categoría: HTTYD
Genero: AU, Drama, Romance.
Clasificación: K
Palabras: 2,728
Paring: Hiccstrid
Two-shot
Era temprano cuando lo vio. Y casi no lo ve en el ajetreeo de la mañana. Estaba sentado en la mesa de la esquina con los ojos fijos en una computadora portátil que de seguro podía lograr más de lo que le darías crédito a la primera mirada.
—¿Astrid? —preguntó Ruffnut a su lado, ojeando la taza que su compañera aún no quitaba de debajo del chorro de la cafetera—. Si lo que quieres es quemarte, conozco formas más dignas de hacerlo. Puedo prestarte explosivos, dejan mejores cicatrices.
La aludida volvió a la realidad con el tiempo justo para evitar la tragedia. Sin embargo, no respondió a la provocación de Ruffnut como usualmente hubiera hecho, si no que se limitó a poner la taza en la bandeja y sin quitarle los ojos de encima al aludido, preguntó:
—¿Quién tiene la mesa doce?
Ruffnut siguió la dirección de su mirada y notó a Hiccup. Arqueó una ceja con extrañeza para después devolver la mirada a su amiga.
—Un nerd que no tiene la más remota idea de que éste no es realmente un restaurante familiar, al parecer.
Astrid le disparó una mirada. Ruffnut sonrió y decidió picarla un poco. Si lograba exasperarla lo suficiente, de seguro que le decía quien era el extraño.
—Bueno, no debajo de la fachada, —continuó con voz guasona—. Diablos, Astrid, creí que lo sabías después de tantos años trabajando aquí. Nadie pensaría que la ladr…
—Quién la atiende, Ruffnut —interrumpió antes de que pudiera decir algo más.
—Oh —fingió demencia—. Te referías a eso. ¿Porqué? ¿Conoces al perdido?
Astrid no tuvo tiempo de responderle porque Heather salió de la cocina con una bandeja llena, interrumpiéndolas.
—Ruff, la orden de tu mesa ya salió— y le puso la bandeja en las manos. Ruffnut frunció el ceño. Decidió que ya lo averiguaría de todas formas. Hizo ademán de irse pero Astrid la detuvo por el codo, esperando su respuesta.
—El idiota de mi hermano —concedió a regañadientes antes de alejarse.
Astrid no perdió tiempo y le dio a Heather la bandeja que ella misma había estado llenando con tazas de café.
—Para la siete —dijo como explicación y se alejó. Heather sonrió y decidió que Astrid le debía un favor antes de ir a atender la mesa.
—¿Es eso para la doce? —preguntó Astrid interceptando a Tuffnut que llenaba un vaso con jugo.
—¿Eres bruja? —preguntó de vuelta dirigiéndole una mirada sospechosa—. No, espera. Las brujas no saben el futuro. Las adivinas sí. ¡Eres adivina! ¿En qué estoy pensando en estos momentos? ¿Puedes predecir mi futuro? A no ser que involucre alitas de pollo, porque si es así entonces no quiero saber.
Astrid le quitó la bebida.
—Veo en tu futuro barras de prisión si no me dejas atender esa mesa.
—Okay, okay. Pero si preguntan por dónde estaba el jueves de la semana pasada… —murmuró en tono confidencial.
—En mi casa junto con Ruffnut.
—Tú sí sabes, hermana.
Tuffnut se alejó silbando con dirección a la cocina y Astrid caminó con paso decidido directamente hasta la mesa que tanto trabajo le había costado conseguir. Puso el jugo en la mesa y él debió ser consciente de que le habían traído su bebida porque le agradeció sin levantar la vista, perdido en su computadora.
—¿Está listo para ordenar?—preguntó ella mordaz.
Hiccup podría haber reconocido esa voz donde fuera, así que por fin levantó los ojos con un respingo. Abrió la boca y pareció que iba a decir algo, pero no dijo nada. Sólo la abrió. Y la dejó abierta.
Astrid casi se ríe, así que apretó el ceño y frunció los labios, para evitar dejar caer su fachada. Había ido queriendo averiguar si la había seguido ahí. Si realmente no sabía que el restaurante era sólo una tapadera para una sede de ladrones donde lavaban millones en dinero robado.
A juzgar por su expresión, no parecía el caso. El muy ingenuo realmente había ido ahí pensando que era un restaurante normal. Astrid se permitió suavizar la expresión.
—¿Si viniste a comer, no? ¿O sólo me estabas acosando?
Eso lo trajo de nuevo a la realidad.
—¡No! ¡Yo…!
Astrid le puso un dedo en los labios.
—No grites, de por sí ya te estaban mirando.
—¿Huh? Uh… lo siento.
Intentó entonces mirar a su alrededor pero Astrid uso el mismo dedo para guiarle la barbilla y que la volviera a mirar.
—No hagas eso. Sólo mírame a mí, ¿okay?
Él asintió, todavía confundido.
—No sabía que trabajabas aquí, lo prometo.
Ella torció una sonrisa.
—Puedo verlo—. Se enderezó. Luego hizo todo el ademán de sacar una libretita de su delantal—. ¿Qué vas a ordenar?
—Uh… realmente sólo había venido por un café —señaló el vaso que ella había dejado en la mesa con un gesto vago de la mano—. O jugo.
—Te traeré un desayuno continental —declaró.
—Pero…
—Necesitarás hacer tiempo antes de salir.
Luego se inclinó sobre él y bajó la voz.
—Guarda la computadora, come lo que te traigo y déjala olvidada en la mesa, ¿de acuerdo?
—¿Qué? Pero…
—Hazme caso, te la llevaré en la noche.
Astrid se dio cuenta que quería protestar, o hacer preguntas. De verdad no sabía dónde se había metido, por eso no entendía nada.
—¿Confías en mí? —le preguntó para convencerlo. Él suspiró y asintió, rindiéndose. Astrid sonrió.
Hiccup la miró alejarse, tratando de no delinearla entera con los ojos, en vano. Nunca la había visto en otra cosa que no fuera su traje oscuro. Nunca la había visto en un vestido de falda corta. Nunca la había visto en celeste. O en tenis. O con el cabello en una media coleta, fuera de la trenza que siempre usaba.
Minutos después, volvió con su comida. Él ya había desayunado hacía unas horas y aún no tenía hambre, pero decidió hacerle caso a Astrid y se acabó casi todo el platillo.
Era casi patético todo el control que tenía sobre él. Una mirada, una sonrisa, un apretón en la mano y lo tenía haciendo lo que le dijera.
—Cuando salgas—, le dijo al retirar el plato,— llama al cuartel y diles dónde estás. Sólo por si alguien te está siguiendo.
Hiccup, que ya se había dado cuenta que algo estaba pasando, arqueó una ceja. Astrid le sonrió.
—Yo también te he investigado. Claro que sé dónde trabajas —le guiñó un ojo y luego añadió—: Y en caso que alguien te pregunte si conocías este restaurante, diles que me estabas acosando.
Él no sabía si se lo estaba diciendo en serio pero antes de que pudiera preguntarle, se había alejado de vuelta a la cocina.
Cuando le llevó la cuenta, se limitó a poner un billete lo suficientemente grande como para cubrir la nota y la propina. Se levantó para irse, habiendo dejado el maletín debajo de la mesa, pero ella lo detuvo con una mano en el hombro.
Lo miró como si estuviera analizando opciones que él no alcanzaba a comprender, luego se levantó en la punta de los pies y le dio un beso.
—Para evitar que te sigan, de todos modos.
Astrid recibió muchas miradas inquisidoras esa tarde, y también muchas preguntas de Heather, Ruffnut y Snotlout. Especialmente de Snotlout, que había estado molestándola desde hacía demasiado para que le hiciera caso, sin resultados.
Astrid les respondió con evasivas y terminó su turno temprano, escabulléndose antes de que pudieran buscarla para seguir preguntando quién era Hiccup.
Cuando cayó finalmente la noche, se volvió a colar en la mansión de Hiccup, pero en lugar de ir a buscarlo a su estudio, se permitió merodear por los pasillos. Después de todo, el dueño aún no había llegado a casa.
Era la primera vez que Astrid se adentraba a explorar los corredores de la mansión. Sabía que Hiccup vivía solo y también se había aprendido la estructura de las instalaciones. Las había memorizado desde la primera vez que lo había visitado, pues nunca dejaba nada al azar. Jamás entraba en un edificio sin conocer todas las rutas de escape primero.
Lo que no sabía era cuál era su habitación, por lo que se dedicó a buscarla recorriendo pasillos y abriendo puertas, encontrando sólo armarios, baños y habitaciones de huéspedes.
Supo que por fin había dado con el cuarto correcto cuando entró a una recámara iluminada con la lámpara de una mesita de noche y un gato negro durmiendo sobre la cama.
Ella se detuvo en seco cuando el animal levantó la vista y la miró con unos ojos verdes que brillaban en la semi-oscuridad. Analizó si le haría algo si se acercaba, pero lejos de mostrarse hostil, el gato le dio una olisqueada y luego se restregó en la mano que le ofrecía, buscando atención.
Astrid dejó el maletín que había prometido devolver en el escritorio y se puso a husmear la recámara. Era un cuarto amplio con una cama King-size en el centro, un escritorio en la esquina, un sillón de dos plazas y una televisión que ocupaba gran parte de la pared. El closet estaba dentro del baño y juntos ocupaban más espacio que una habitación normal. Astrid se dio cuenta que era una habitación doble, pero alejó cualquier pensamiento tentador que el dato pudiera traer a su mente antes de que pudiera formarse.
Regresó al cuarto y se sentó en la cama dispuesta a entretenerse jugando en el gato. Así fue como Hiccup los encontró alrededor de media hora después, cuando llegó a su casa pero sintió que había entrado a otra dimensión.
Una que involucraba a Astrid con el cabello revuelto, acostada en su cama y jugando con su gato. Este día no podía ponerse más raro.
—Ah, por fin llegas.
Hiccup los miró parpadeando. El gato saltó de la cama y corrió a restregarse entre sus piernas. Hiccup lo cargó por inercia.
—Huh. ¿Ya se conocían? —preguntó al verlos tan amistosos.
—Nope. Es la primera vez que veo que tienes un gato.
—Ah, bueno entonces Astrid, Toothless. Toothless, Astrid.
El gato maulló desde los brazos de su dueño y Astrid sonrió, acomodándose mejor en la cama. Luego le hizo un gesto señalando el maletín que había dejado en el escritorio.
—Como lo prometí. Sano y salvo.
Hiccup soltó al gato para quitarse la chaqueta y éste salió por la puerta abierta, sin duda para ir a buscar la cena que Hiccup le había dejado en la cocina.
—Investigué el restaurante —dijo, entrando al closet a colgar la prenda que acababa de quitarse.
Astrid rodó los ojos.
—Claro que lo hiciste.
—Ya sé porqué era probable que me siguieran.
—Eres un genio —se burló ella, pero no había malicia en su voz. Estaba sonriendo.
—Lo que no entiendo es porqué me hiciste dejar la computadora, eso me complicó las cosas en la oficina —se quejó desde el interior del armario.
—Te la hubieran quitado nada más salir. Eso hacen algunos para evitar que los perdidos como tú vuelvan.
—¿Perdidos? —preguntó asomando la cabeza.
—Los que entran sin saber a dónde están entrando.
Hiccup bufó y volvió a entrar al baño. Cuando salió, se había cambiado la camisa de botones por una más cómoda que se notaba que usaba para dormir.
—Bueno, de todos modos nadie me siguió.
—Nadie que notaras —corrigió ella, aprovechando que parecía distraído sacando la computadora portátil del maletín para apreciarlo en su nuevo atuendo. Había una implícita confianza y familiaridad que traía al ambiente que ella no podía evitar disfrutar.
—Soy agente del FBI, Astrid. Creo que sé cuando me siguen.
Hubo una pausa.
—Lo que me recuerda, ¿desde cuándo sabes a qué me dedico?
Ella se rió.
—Desde el inicio.
Hiccup se giró para verla sorprendido.
—¿Y aún así te colaste en mi casa a media noche para ofrecerme trabajar juntos?
Astrid se encogió de hombros, con aire despreocupado y entretenido.
—En un principio iba a ser cosa de una vez. No creí volvería por más —dijo, y le guiñó un ojo.
Hiccup se ruborizó y desvió la vista, entreteniéndose en encender la computadora. Astrid amaba ponerlo nervioso.
Se paró entonces de la cama y como él se había sentado al escritorio pero ella seguía queriendo toda su atención, optó por sentarse en su regazo. Hiccup se congeló cuando le movió los dedos del teclado, sin saber dónde poner las manos.
—Voy a necesitar una cosa más —dijo ella, distrayéndolo momentáneamente de su predicamento—. Necesito que mantengas esa pecosa y bonita nariz —la tocó con el dedo —fuera de ese restaurante, ¿sí?
—¿Huh? No puedo hacer eso sabes que…
—Estoy dispuesta a hacer otro trato —lo interrumpió volviendo a silenciarlo con el dedo en los labios—. Puedes pedirme lo que quieras a cambio de algunos meses sin interferir. Si después alguno de tus amigos del cuartel encuentra el restaurante… bueno, no me quejaré. ¿Qué te parece? ¿Razonable?
Hiccup pareció meditarlo un momento, pero sabía que en realidad no tenía oportunidad. Astrid siempre ganaba y solía hacerlo rápido si además se empeñaba en no dejarlo pensar con claridad.
—Lo digo también por ti, ¿sabes? Te vieron entrar y podrías quedar en la lista negra de muchos villanos. Tú prefieres trabajar desde las sombras, ¿no?
Hiccup suspiró. Tenía razón y lo sabía. Se había salido con la suya antes incluso de proponer el trato y lo sabía.
—¿Puedo pedir lo que sea?
Astrid sonrió, satisfecha. Luego le envolvió los brazos en el cuello.
—Lo que sea —aseguró. Estaba tan cerca que podía contar las diferentes tonalidades de azul de sus ojos.
—Entonces… ¿tu número?
Ella, que se estaba inclinando para robarle un beso, se detuvo y se alejó un poco para mirarlo.
—¿Mi número? ¿De verdad?
—Es que sólo te veo cuando te cuelas a mi casa —se defendió—. Ni siquiera puedo buscarte incluso si es por trabajo. Digo, si encuentro uno en el que podamos colaborar.
Astrid reparó en su expresión avergonzada y soltó una carcajada.
—Eres de verdad un encanto. De todas las cosas que podrías pedirme —negó con la cabeza—. Casi temía que fueras a pedirme que dejara mi profesión de villana y me uniera al lado de los súpers, y me sales con esto.
Hiccup alzó las cejas.
—¿Lo hubieras hecho?
Ella lo miró sin pestañear.
—Tal vez, cuando me miras con esos ojos de gatito tan parecidos al que tienes, me resulta imposible negarme a lo que me pides, ¿no te has dado cuenta?
Él estuvo seguro entonces de que le estaba tomando el pelo.
—Y yo que pensé que tenía más probabilidad de conseguir algo si lo que pedía era razonable.
Astrid lo sorprendió besándolo en la mejilla. Nunca antes lo había besado ahí. Se sintió casual, afectuoso… correcto.
—Te daré mi número —prometió—. Una promesa es una promesa.
—¿Podré llamarte entonces cuando se presente una oportunidad de colaboración a cualquier hora? ¿O sólo respondes durante la noche?
—Puedes llamarme cuando quieras, Hiccup. Para lo que quieras.
Su nombre en su voz era algo a lo que podía acostumbrarse. Astrid estaba jugando con la punta del cabello de la parte de atrás de su cuello y él se dio cuenta que sus manos habían decidido por sí solas que podían ir en sus caderas, pero ella no se había quejado.
—¿Responderás?
Un "tal vez" había bailado en su lengua como respuesta para molestarlo, pero él la miraba con esos ojos verdes tan brillantes y no se daba cuenta que le había dicho la verdad. No podía negarle nada cuando la miraba así.
—Sí.
Hiccup sonrió. Astrid por fin le robó el beso y casi no notaron cuando el amanecer los sorprendió horas después. Y los seguiría sorprendiendo en muchas ocasiones, hasta que finalmente decidieran que después de todo, la habitación era doble, y la mansión tenía mucho espacio.
En algún punto Astrid dejó de robar y comenzó solo a desmantelar planes malvados de villanos con sus habilidades de infiltración y escape. Pronto, la ladrona "Stormfly" dejó de ser villana para ser heroína, confundiendo a más de uno.
En la vida diaria se convirtió en entrenadora personal y Hiccup por fin le creyó que él también podía convencerla de casi cualquier cosa con una mirada.
Las piezas de sus vidas, secretas y normales, fueron encajando por sí solas como un rompecabezas, y no pudieron pedir un final más perfecto.
