DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación
Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.
24 - Dolor
Amanecía en el exterior del castillo, la luz del nuevo día se colaba por las ventanas de la habitación, lo suficiente como para ver con relativa nitidez. No oía el menor ruido, tan solo la respiración de Rennesme, que le hacía cosquillas en el cuello. Era tan pequeña, tan dulce, daría cualquier cosa por sacarla de allí en aquel preciso momento.
Durante la noche se había levantado de la cama y había observado por la ventana el amplio patio del castillo en silencio. Había podido distinguir el resplandor del ascua del tabaco en varios vigilantes sobre el muro. Pudo contar al menos tres, aunque desconocía si había más, así como un par de ellos que recorrieron el patio controlando la entrada principal.
Alec Vulturi protegía con uñas y dientes su propiedad.
La mujer que las había regañado el día anterior entró en la habitación como una tromba, despertando a las niñas con una retahíla con la que parecía estar amonestándolas de nuevo, haciéndoles señales de que se levantasen y la siguiesen, y después se situó en la puerta a esperar que la obedeciesen.
—Vamos, Nessie, ayer esa bruja nos dijo que teníamos que trabajar para comer y supongo que es lo que quiere, y yo estoy muerta de hambre.
Tomó su mano y entró con ella en el baño, al cruzar frente a la entrada de la habitación vio a Demetri fuera, esperando junto a la puerta y observándolas con su característico rictus inexpresivo.
Se peinó frente al espejo y peinó a Rennesme.
Mientras la pequeña hacía pis, alguien llamó a la puerta.
—C'est Bree —escucharon, y Bella le abrió—. Ma sœur…
Salió a comprobar qué le sucedía a Kate y vio que la joven no se había movido de la cama, permanecía inmóvil envuelta en las sábanas.
La señora comenzó a hacer aspavientos a la muchacha que parecía no tener intención de hacerle caso. Bella se detuvo a su lado en la cama e intentó mirarla a la cara, apartando las sábanas con las que se ocultaba. Pero la joven se revolvió y volvió a cubrir su rostro. Alzó la mirada y halló los ojos oscuros de Demetri fijos en ella. Intentó comunicarse con Kate para que se obligase a levantarse de aquella cama, pero entre su negativa y la incapacidad de hablarle con fluidez, fue imposible. Las pequeñas salieron del baño y fueron a su lado.
La mujer entró en la habitación exasperada por su tardanza y agarró a Kate por la muñeca, tirando de ella, tratando de sacarla del lecho. La joven se resistió con la cabeza hundida entre las almohadas y Bella se interpuso entre ambas, forzando a la mujer a que la soltase.
— ¡Está enferma! —le gritó mirándola a los ojos.
Entonces aquella mujer bajita y desgarbada la abofeteó.
Sintió la fuerza de la mano helada impactar en su rostro, pero contuvo las ganas de saltar sobre ella y arrancarle el pañuelo que llevaba enroscado en la cabeza junto con una buena parte de su cabellera.
Las niñas le dieron la mano, ambas.
—Vamos, si queréis comer tendréis que obedecer a Sulpicia —dijo Demetri desde la puerta, había contemplado la escena impasible.
Bree miró hacia atrás antes de abandonar la habitación, Kate continuaba envuelta entre las sábanas.
Siguieron a Demetri y a la tal Sulpicia hasta un salón situado en la planta inferior en el que había una larga mesa rectangular para una veintena de comensales. De las paredes de madera tallada colgaban cuadros con escenas de caza, así como varias cabezas de animales disecadas, incluida la de un inmenso hipopótamo. Limpiando una de las sillas estaba la misma chica joven, menuda y rubia que había visto el día anterior.
La joven las observó con curiosidad cuando se adentraron en la habitación.
Demetri se sentó en una esquina, en uno de los sillones acolchados, junto a la gran chimenea apagada.
Sulpicia entregó a cada una de ellas un trapo y un pequeño cubo de plástico con agua para que imitasen a la joven y se pusiesen a limpiar. Así lo hicieron. Acto seguido, la mujer se marchó, dejándolas bajo la vigilancia del miembro de los Vulturis.
Bella observó con curiosidad a la muchacha sin detener su quehacer. A pesar de lo tapada que iba, con aquel vestido de manga al codo y cuello camisero, distinguió una cicatriz que reconoció enseguida, pues había visto varias heridas idénticas en la piel de Kate. Un mordisco. A saber cuántos más ocultaba bajo la tela. Era muy bonita; tenía los ojos grandes y verdes, y una piel pálida hasta el extremo.
—Es la favorita de Alec, por eso sigue con vida —dijo Demetri de pie a su lado, de improviso, no le había visto acercarse.
—No te he preguntado nada.
—Pero sé que querías saberlo.
— ¿Te sacaste el título de adivino a la vez que el de matón sin escrúpulos? — La expresión de Demetri cambió de inmediato, la sonrisa se esfumó de su rostro y su mueca se endureció.
Bella se arrepintió en el acto de sus palabras, pero ya era demasiado tarde. Rennesme, muy atenta a ambos tomó su mano, alejándola de él, sin decir una sola palabra.
Trabajaron durante horas bajo su atenta vigilancia, pero no volvió a dirigirse a ella. Limpiaron el polvo de cada rincón, de cada candelabro y cada busto de animal. La joven no cruzó una mirada siquiera con ellas, se movía sin hacer apenas ruido y no levantaba la vista del paño que tenía entre las manos más que para enjuagarlo en el cubo. Sulpicia regresó cuando la habitación ya estaba limpia. Dijo algo en su idioma y después las aguardó en la puerta.
—Ha dicho que la sigamos, que ahora podremos comer —susurró Rennesme a su oído e iniciaron el paso; el estómago les dolía de inanición.
—Tú no —la detuvo Demetri en la puerta—. Ellas irán, comerán y después regresarán a la habitación, pero tú no.
— ¿Por qué no? —Se rebeló, buscando en el fondo de sus ojos negros—. Es por lo que te he dicho antes, ¿verdad?
—No. Son órdenes de Jane. No comerás hasta que ella te dé permiso.
— ¿Qué? Pero he limpiado igual que todas.
—No acostumbro a repetir las cosas —dijo agarrándola del brazo, tirando de ella hacia el pasillo que conducía a las dependencias interiores del castillo.
— ¡Bella, vamos a comer! —Rennesme la agarró de la otra mano.
Bree y la otra joven las observaron en silencio.
—Ella se viene conmigo.
— ¡No! Si Bella no come, yo tampoco —le desafió.
—Está bien —dijo dispuesto a marcharse con ambas.
—No. Espera un momento —le pidió Bella acuclillándose para mirar a la pequeña a los ojos—. Rennesme, escúchame, tienes que comer. Come por las dos, no sabemos si después podré comer yo y quizá tú no.
—No.
—Por favor, tienes que comer algo, hazme caso. Te lo pido por favor.
La pequeña miró a Demetri con un mohín de enfado en los labios. Sulpicia les recriminó algo en su idioma dando a entender su desagrado por el retraso. Aunque no parecía del todo convencida, Rennesme caminó hacia ellas y las siguió hasta la cocina. Bella en cambio se alejó en dirección al pasillo que comunicaba con el hall principal, en el que había dos hombres armados como si esperasen una invasión del ejército.
Ambos la miraron caminar tras su custodio, al que saludaron con una leve inclinación de cabeza.
—Piensa matarme de hambre, ¿es eso? —susurró cuando se hallaron a solas en el corredor que conducía a la habitación en la que permanecían encerradas. Pero él no respondió, se limitó a caminar en silencio hacia su destino—. Si alguno no acaba conmigo antes.
—Tranquila, no permitiré que nadie te toque —dijo muy serio, Bella buscó sus ojos desconcertada—. Hasta que ella llegue, claro. —Sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal al oír aquellas palabras, pero fingió una entereza que en absoluto poseía.
— ¿Eres mi guardián o algo así?
—Soy el perro que cuida la presa de su ama.
Aquellas palabras la sobrecogieron por lo real de la comparación, sí, ella era una presa vigilada por un guardián, pero a la vez, mientras Jane no regresase, podía sentirse a salvo. Demetri se encargaría de ello. Y después quizá se encargaría de eliminarla siguiendo las órdenes de su ama.
Debían salir de allí, cuanto antes, pero, ¿cómo?
Alcanzaban el final del pasillo, la puerta de la habitación se hallaba frente a ambos, cuando comenzó a oír un lamento, un llanto y gritos que provenían de dentro. Sin dudarlo, echó a correr para abrirla.
El horror se materializó ante sus ojos tras aquella puerta.
El cuerpo de Laurent con los pantalones por las rodillas sostenía las manos de Kate que inútilmente trataba de revolverse bajo su cuerpo, en la cama que ambas hermanas compartían. La joven gritaba y trataba de resistirse con uñas y dientes, a pesar de su debilidad, del almohadón con el que le había tapado la cara y casi asfixiado, mientras el pelinegro intentaba ultrajarla por todos los medios.
Se abalanzó sobre él sin pensarlo un instante, se arrojó contra su cuerpo y le tiró del cabello con una fuerza desconocida, le metió los dedos en los ojos y le mordió en el cuello con toda su alma.
Laurent cegado por sus manos y sorprendido por el inesperado ataque, se apartó abandonado a la joven a la que había arrancado la ropa.
— ¡Hijo de puta, hijo de puta! ¡Te voy a matar, maldito hijo de puta! —gritó mientras intentaba hundirle los dedos en los ojos y clavarle las uñas en la cara.
Este logró sacársela de encima, tirándose al suelo de espaldas sobre su cuerpo, aplastándola con su peso. Se incorporó, se subió los pantalones ocultando su repugnante sexo y tumefacto, y se pasó una mano por el cuello. Al ver la sangre provocada por su mordida se giró dispuesto a matarla a patadas, pero entonces Demetri se interpuso en su camino.
—Jo!* —le dijo en su idioma.
—Y tanto que sí, voy a acabar con esta puta, voy a darle su merecido de una vez por todas —respondió en español mirando directamente a Bella para que esta conociera sus intenciones.
—No lo harás, no quiero que Jane coloque mi cabeza en una bandeja, acompañada de la tuya por supuesto —respondió Demetri en albanés mirando a ambos, dejando claros los motivos de su caballerosidad.
Al oír aquellas palabras el gesto de Laurent se constriñó. Sus puños en tensión parecían ansiar algo que destrozar, algo como el cuerpo de Bella que se alejaba arrastrándose por el suelo, dolorida por el impacto. Dio una patada a la puerta que a punto estuvo de desencajarla, y desapareció por el pasillo maldiciendo solo Dios sabía qué.
Se incorporó apoyándose contra la pared, buscando los ojos de Demetri, pero este se marchó desviando la mirada y dejándolas encerradas en la habitación. Entonces caminó hasta la cama, para comprobar el estado de Kate.
La joven permanecía inmóvil, con el cojín aún sobre la cara y con la ropa hecha girones. No se movía, pero respiraba agitada. Bella retiró la almohada y descubrió su rostro, apartando los mechones de la larga cabellera que lo cubrían. Sus grandes ojos oscuros parecían perdidos, como si el mundo hubiese dejado de existir a su alrededor. En su barbilla se materializaba un hematoma y un pequeño hilo de sangre recorría la comisura de sus labios. Tiró de una de las sábanas, la cubrió hasta el cuello, y se rompió.
Las lágrimas recorrieron sus mejillas encendiéndolas, abrasando la piel a su paso, encogiéndole el alma, ahogándola.
Lloró por ambas unas lágrimas que la propia Kate parecía incapaz de derramar.
Lloró sintiendo que le faltaba la respiración, que le fallaban las fuerzas para soportar la abominación que acababan de intentar cometer por segunda vez con un ser tan indefenso.
Lloró de rabia, de impotencia, de pena.
¿Cómo podía haber tratado de violarla conociendo su estado? ¿Cómo podían existir seres tan horribles en este mundo?
Entonces recordó las palabras de Edward cuando la había llamado ingenua. Tenía razón, odiaba haber tenido que vivir algo así para entenderle. Y también recordó las palabras de Demetri sobre las niñas: Hasta que Alec no las toque, están seguras. Se refería a aquello. Precisamente a aquello. Una vez que las hubiese tocado, una vez que hubiese abusado de ellas, si es que sobrevivían, nada ni nadie podría protegerlas del ataque de otros seres tan abominables como Laurent. O como el propio Demetri, quizá, porque él era uno más de ellos. Si no fuese así, no podría permanecer impasible ante semejantes actos. Y si en algún momento lo había dudado, debía dejar de hacerlo por su propia seguridad. Aunque una vez más este hubiese impedido que el pelinegro la atacase, solo lo había hecho por un motivo: Jane.
Cuando fue capaz de dejar de llorar, se limpió la cara y pensó que lo mejor que podía hacer era ayudar a Kate a vestirse y limpiarse. Registró los armarios, pero estaban vacíos. Entonces la puerta se abrió de nuevo. Demetri dio un paso en el interior de la habitación y la cerró tras de sí.
Sus ojos oscuros se dirigieron a la chica, que yacía en la cama, y después hacia Bella, que permaneció de pie aguardando sus intenciones.
—He traído ropa, supuse que la necesitaría.
—No necesita ropa, necesita un médico. Y probablemente un tratamiento psicológico para toda la vida.
—Eso no va a pasar.
— ¿A eso os dedicáis? ¿A secuestrar niñas para destrozarlas? —le espetó mirándole con asco.
—A esas niñas nadie las ha secuestrado, su padre se las vendió a Alec porque le debe dinero.
— ¿Qué?
—Lo que oyes. Su padre las entregó para saldar su deuda de nieve y no creas que ignora las prácticas del shef.
—Eso es… —Aquellas palabras terminaron de bloquearla, sintió que algo se le quebraba por dentro, que el pecho se le partía en dos. ¿Merecía la pena vivir en un mundo semejante en el que un padre era capaz de cambiar a sus hijas por una deuda de drogas?—. Su padre, su propio padre…
—Pareces una chica lista, así que déjame darte un consejo: sé amable con Jane. Si lo eres, ella impedirá que pases por algo así.
— ¿Y las niñas? —Él descendió la mirada ante su pregunta, lo cual era muy mala señal—. A las niñas no las protegerá nadie, ¿verdad? —soltó con rabia.
Se marchó sin responder a su pregunta.
Bella tomó la ropa y se acercó a Kate. Si ella estaba hambrienta y exhausta, agotada física y psíquicamente, ¿cómo no se sentiría la muchacha? Pero debía convencerla de que se vistiese antes de que Rennesme y Bree regresasen a la habitación. Posó una de sus manos en su hombro con delicadeza y la joven reaccionó mirándola con horror, haciéndose un ovillo en la cama. Meciéndose sobre su propio cuerpo con las rodillas abrazadas contra el pecho y la cabeza hundida entre las piernas repitiendo: je veux mourir , je veux mourir*.
Sabía que Kate tenía todo el derecho del mundo a estar destrozada, a no pensar más que en sí misma, a llorar su dolor sin importarle nadie más. Pero sabía que las pequeñas volverían en cualquier momento y temía que la encontrasen en ese estado.
—Kate, les filles venir*—trató de decir mostrándole la ropa que había traído Demetri. La chica la miró de reojo, como si no la hubiese entendido, así que repitió la misma frase, rogando en su interior que la comprendiese. Kate no dijo nada, pero permaneció inmóvil mientras Bella la cubría con un chándal viejo y una camiseta enormes. Por un momento pensó que quizá pertenecían al propio Demetri, pero enseguida desestimó la idea. ¿Por qué le entregaría su propia ropa?
Cuando las pequeñas regresaron acompañadas de Sulpicia, Bree trató de acercarse a su hermana, pero esta la rechazó, no quería que la tocase. Rennesme corrió a los brazos de Bella con energía, apretándola contra su pequeño cuerpecito como si hubiese albergado el temor de no volver a verla.
—Kate, tu es malade?* —preguntó Bree sin recibir respuesta, permaneciendo de pie a su lado junto a la cama.
—Te he traído comida —advirtió Rennesme sacando un bollo redondo que guardaba bajo la axila.
—Muchísimas gracias, cariño.
Aquella pequeña no dejaba de sorprenderla, resultaba enternecedor que hubiese sido capaz de esconder algo de comer para ella. A pesar de que no era un bollo demasiado grande, lo partió por la mitad e intentó compartirlo con Kate, que se negó a mirarla siquiera.
Bella tomó a Bree de la mano y la llevó a la otra cama junto a ella y Rennesme, tratando de conceder a su hermana la intimidad que necesitaba para penar su dolor.
Jo! – No en albanes
je veux mourir , je veux mourir – Quiero morir, quiero morir
Kate, les filles venir – Kete, las niñas venir (Bella no habla correctamente el idioma)
Kate, tu es malade? – Kate, ¿estas enferma?
