Aclaración:

Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación

La historia es una adaptación al Naruhina, le pertenece a Teresa Medeiros

Advertencias:

CATEGORIA "T"

AU – OOC(out of character) – LEMON


Capitulo 24: Verdad

Querido Naruto,

No hay ningún lugar donde prefiera estar que no sean sus brazos...

.

.

.

Hinata estaba mirando por la ventanilla del carruaje los prados y los setos que pasaban, consciente de que cada vuelta que daban las ruedas del vehículo la alejaban más de Londres. Y de Naruto.

Teniendo en cuenta que el último viaje a Middlesex lo había hecho en un coche público con un niño escupiéndole leche y un corpulento herrero pisándole el pie, debería haber agradecido los lujos extravagantes del carruaje de los Haruno. Pero le importaban tan poco los cojines de terciopelo y los accesorios de bronce como la expresión preocupada de su amiga.

La exuberancia natural de Sakura contrastaba con el velo de tristeza que la rodeaba. Mientras el carruaje pasaba por un puente de piedra parecía que las nubes bajas iban a comenzar a echar los primeros copos de nieve de la temporada.

-Sigo sin poder creer que te atrevieras a proponerle matrimonio -dijo Sakura mirándola con admiración.

-No se lo propuse. Estaba aceptando su proposición, pero desgraciadamente se había retractado.

-¿Y si hubiera accedido a fugarse a Gretna Green? ¿Cuándo pensabas decirle que eras su añorada Hinata Hyuga?

-No lo sé. Pero estoy segura de que algún día habría surgido el momento oportuno. Tras el nacimiento de nuestro tercer hijo, quizá, o al celebrar nuestro quincuagésimo aniversario como marido y mujer. -Hinata cerró los ojos un instante, atormentada por las risas infantiles que nunca oiría y los días felices en brazos de su marido que nunca llegarían.

Sakura movió la cabeza de un lado a otro.

-No puedo creer que vuelva al mar.

-¿Por qué es tan difícil de creer? -preguntó Hinata amargamente-. Quiere ser un héroe para su querida Hinata Hyuga. La última vez que embarcó estuvo a punto de costarle la vista. Me pregunto qué le costará esta vez. ¿Un ojo? ¿Un brazo? ¿La vida?

Apoyó la cara en la ventanilla mientras luchaba contra la desesperación. Había animado a Naruto a ser un héroe cuando ella era una auténtica cobarde. Al principio había huido de su amor por miedo a confiar en la firmeza de su corazón. Luego huyó del hospital porque no podía hacer frente a las consecuencias de su cobardía. Había huido de sus brazos en Fairchild Park y ahora estaba huyendo de nuevo.

Sólo que esta vez tendría que seguir huyendo el resto de su vida, aunque eso significara no llegar nunca a ninguna parte.

-Ya basta -susurró.

-¿Disculpa?

Hinata se sentó en el borde de su asiento.

-Tenemos que dar la vuelta.

-¿Cómo? -preguntó Sakura intentando seguirla.

-¡Dile al cochero que dé la vuelta! ¡Ahora mismo! -Demasiado impaciente para esperar a que su amiga reaccionara, Hinata cogió la vara de la esquina y empezó a golpear el panel forrado de seda en la parte delantera del coche.

El vehículo se detuvo balanceándose. Cuando se abrió el panel apareció la cara desconcertada del cochero con la nariz roja de frío.

-¿Qué ocurre, señorita?

-Tengo que regresar a Londres. ¡Dé la vuelta inmediatamente!

El cochero lanzó a Sakura una mirada cautelosa, como si le preguntara si debería llevar a su amiga derecha a un manicomio.

-Haga lo que dice -ordenó Sakura con los ojos brillantes de emoción-. Diga lo que diga.

Él se dirigió a Hinata de mala gana.

-¿A dónde, señorita?

-A los muelles de Greenwich. ¡Y dese prisa! ¡La vida de un hombre puede depender de ello!

Cuando el carruaje se puso en marcha Hinata se cayó hacia atrás en el asiento. Necesitando desesperadamente un hilo de esperanza para agarrarse, estrechó la mano de Sakura con una trémula sonrisa en sus labios.

-Y también la vida de una mujer.

.

.

.

El teniente Naruto Uzumaki estaba delante del espejo en el estudio de su casa de Londres con su uniforme. Mientras se ajustaba el lazo azul oscuro en el cuello el corte de su cicatriz inclinó hacia abajo la esquina de su boca, una boca que parecía que no había sonreído nunca.

No era una cara que a un enemigo le gustaría ver al otro lado de un fusil, una espada o un cañón. Era la cara de un hombre nacido para la guerra, no para el amor. Nadie habría imaginado que esos labios severos, esas manos poderosas, habían pasado la noche anterior haciendo que una mujer se estremeciera una y otra vez.

-¿Señor?

Al oír unas ruedas de hierro rodando por la alfombra Naruto se dio la vuelta. Nadie habría reconocido al hombre que estaba sentado en la silla de ruedas como el mendigo demacrado que había encontrado bajo la lluvia hacía casi un mes y medio. Sus labios habían perdido su tono azulado, y su pecho y sus mejillas habían engordado. Con una caligrafía excelente y cabeza para los números, Guy Maito había resultado ser el mejor secretario que Naruto había tenido nunca. Confiaba plenamente en el antiguo guardia marina para que administrase su casa mientras él estaba en el mar.

Naruto se apresuró a rechazar la efusiva gratitud de Maito . Si no hubiera sido por un capricho del destino podía haber sido él quien estuviese allí sentado con la mitad de sus piernas, condenado a pasar el resto de su vida en una silla de ruedas.

Apartándose un brillante mechón de pelo de los ojos, Guy dijo:

-Aquí hay alguien que quiere verle, señor. -Antes de que a Naruto le diera un vuelco el corazón añadió-: El señor Jiraya y la señora Senju.

Naruto frunció el ceño, incapaz de imaginar qué recado urgente podría haber sacado a los fieles criados de Fairchild Park. Después de recorrer los barrios bajos de la ciudad con Naruto para buscar a Hinata, Jiraya juró que no volvería a pisar Londres.

-Gracias, Guy. Hágales pasar.

Un criado sacó a Guy mientras Jiraya y la señora Senju entraban corriendo en el estudio. Después de saludarle afectuosamente se sentaron en un sofá con brocados, haciendo un gran esfuerzo para mantener una distancia respetable entre ellos. Naruto se quedó delante de la chimenea.

La señora Senju se quitó los guantes.

-No sabíamos si debíamos molestarle por este asunto...

-... pero usted nos dijo que le mantuviéramos informado si encontrábamos algo raro en la habitación de la señorita Hyuga -concluyó Jiraya.

La señorita Hyuga.

Ese nombre se clavó como una aguja en el corazón de Naruto. Juntó las manos detrás de su espalda sintiendo cómo se le tensaba la mandíbula.

-Iba a decirles que podían quemar sus cosas. Es evidente que no tiene ninguna intención de volver a buscarlas.

Jiraya y la señora Senju intercambiaron una mirada consternada.

-Si eso es lo que desea, señor -dijo Jiraya con tono vacilante-, pero creo que antes debería echar un vistazo a esto. -Sacó un papel doblado del bolsillo de su chaleco-. Lo encontraron Matsuri y Tenten cuando estaban dando la vuelta al colchón en la habitación de la señorita Hyuga.

Naruto intentó no recordar la noche que había compartido ese colchón tan estrecho con ella, que les había obligado a plegar sus cálidos cuerpos como dos cucharas en un cajón.

Miró el papel que tenía Jiraya en la mano sin ganas de examinarlo.

-No creo que me dejara otra nota. La primera era bastante elocuente. No necesitaba ningún adorno.

Jiraya movió la cabeza de un lado a otro.

-Por eso nos pareció tan raro, señor. No es una carta para usted. Es una carta suya.

Frunciendo más el ceño, Naruto aceptó la carta doblada de manos de Jiraya. En el papel de color marfil había aún trocitos de cera antigua. Estaba más desgastada aún que las cartas que él había llevado junto a su corazón. Parecía que había sido acariciada a menudo y con cariño por unos dedos suaves.

Naruto la desdobló y reconoció sobresaltado su propia letra, sus atrevidas palabras.

Querida Hannah,

Ésta será la última misiva que recibirá durante mucho tiempo. Aunque no pueda enviarlas, debe saber que le escribiré palabras de amor en mi corazón todas las noches que estemos separados para poder leérselas cuando volvamos a reunimos.

Ahora que he seguido su consejo y he puesto mi vana e inútil vida al servicio de Su Majestad, espero que no se ría y me acuse de embarcarme sólo para demostrar a mi sastre lo elegante que puedo estar con uniforme.

Durante los largos meses en los que estaremos separados intentaré convertirme en un hombre digno de sus afectos. Nunca he ocultado mi afición al juego. Ahora estoy jugando para ganar el premio más preciado de todos: su corazón y su mano en matrimonio. Le ruego que me espere y sepa que volveré en cuanto pueda. Llevo sus cartas y todas mis esperanzas para nuestro futuro junto a mi corazón.

Siempre suyo

Naruto

Naruto bajó despacio la carta, sorprendido al descubrir que le temblaban las manos.

-¿De dónde han sacado esto? ¿Lo han encontrado en algún lugar de esta casa?

Ambos parpadearon como si hubiera perdido el juicio.

-No, señor -dijo la señora Senju lanzando a Jiraya una mirada preocupada
-Lo encontramos exactamente donde le hemos dicho. Debajo del colchón de la señorita Hyuga.

-Pero ¿cómo es posible que estuviera en su poder? No comprendo...

Pero de repente lo comprendió.

Todo.

Cerrando los ojos para contener una oleada de emociones, susurró:

-No hay mayor ciego que el que no quiere ver.

Cuando los abrió todo en su vida estaba claro de repente.

Metiendo la carta dentro de su chaqueta, junto a su corazón, miró a Jiraya furiosamente.

-Dime, Jiraya, ¿cuándo vas a convertir a la señora Senju en una mujer honesta?

Aunque les daba miedo mirarse, los dos criados comenzaron a ruborizarse y tartamudear.

Jiraya sacó un pañuelo del bolsillo de su chaleco y se secó la frente.

-¿Lo sabe?

-¿Desde cuándo? -preguntó la señora Senju haciendo una bola con sus guantes.

Naruto puso los ojos en blanco.

-Desde que tenía unos doce años y les vi besándose entre los manzanos. Estuve a punto de caerme del árbol y romperme el cuello.

-¿Podemos mantener nuestros puestos? -preguntó Jiraya atreviéndose a coger la mano temblorosa de la señora Senju.

Naruto sopesó un momento la pregunta.

-Sólo si se casan inmediatamente. No puedo tenerles viviendo en pecado bajo mi techo corrompiendo la moral de mis hijos.

-Pero señor... usted no tiene hijos -señaló la señora Senju.

-Si me disculpan, voy a remediar eso. -Naruto fue hacia la puerta decidido a no perder ni un minuto más.

-¿Adónde va? -dijo Jiraya detrás de él más desconcertado que de costumbre.

Naruto se dio la vuelta sonriéndoles.

-Tengo que coger un barco.

Hinata estaba fuera de coche incluso antes de que dejara de moverse.

-¡Corre, Hina! ¡Corre como el viento! -gritó Sakura mientras se levantaba la falda y bajaba por la estrecha calle que conducía a los muelles. Estaba nevando con más fuerza, pero ella apenas sentía las punzadas de los copos. Había dejado la capa en el carruaje pensando que podría moverse mejor sin sus pliegues.

Mientras sus pies volaban sobre las tablas del muelle vio los mástiles de los barcos que estaban esperando para zarpar y rezó para que el Defiance estuviera entre ellos.

Pasó corriendo por delante de un grupo de hombres que estaban descargando la mercancía de un carguero. Al rodear un montón de cajas se chocó contra un marinero con un pecho enorme.

-¡Ten cuidado, muchacha! -vociferó cogiéndole el codo para sujetarla. Sus ojos azules no eran desagradables.

Hinata se agarró a su brazo casi a punto de llorar.

-¡El Defiance, por favor! ¿Puede decirme dónde puedo encontrarlo?

-Naturalmente. -Al sonreír mostró una boca llena de dientes dorados y negros-. Ahí está, llevando a la batalla los colores de Su Majestad.

Con el corazón acelerado ya, Hinata se volvió despacio para mirar hacía donde estaba señalando. Un barco a toda vela se deslizaba hacia el horizonte con sus majestuosos mástiles casi ocultos por las ráfagas de nieve.

-Gracias, señor -murmuró mientras el marinero se quitaba la gorra en un gesto de cortesía, se echaba una caja grande al hombro y se iba.

Ella se desplomó en un barril con los pies y el corazón entumecidos mientras veía cómo el Defiance -y todas sus esperanzas para su futuro- desaparecían en el horizonte.

-¿Busca a alguien, señorita Yamanaka?

Al darse la vuelta Hinata vio a Naruto en el muelle unos pasos detrás de ella con el pelo suelto movido por el viento. Su corazón dio un salto de alegría. Era lo único que podía hacer para no correr a sus brazos.

Él arqueó una ceja.

-¿O prefiere que la llame señorita Hyuga?

.

.

Continuara...