Las frases en cursiva son pensamientos, las partes más extensas son recuerdos.

.

.

.

Mis palabras quedaron danzando en el aire como motas de polvo, la mocosa no podía hablar ni moverse para nada a causa del estupor que la dejó helada. El mundo que la sostenía pareció dejar de girar para posteriormente desaparecer mientras su mente sólo se concentraba a procesar la información. Yo por mi parte, me quedé impávido observándola con el color abandonando mi cara a medida que un frío se expandía por todo mi cuerpo; mi corazón latía desbocado, mis brazos estaban tiesos a sus costados y mis manos sujetaban la superficie de mármol con más fuerza de la necesaria.

Su rotundo silencio comenzaba a ponerme nervioso. Era la primera vez que decía algo como aquello, ¡maldición, era la primera vez que siquiera lo pensaba!… Y ella no hacía amago alguno de reaccionar.

Mikasa…

Las palabras quedaron atoradas en mi garganta cuando se abalanzó hacia mí tan repentinamente que me hizo trastabillar y rodearla con firmeza por la cintura para evitar caer bajo su peso. Sus brazos se enroscaron en mi cuello y sus cálidos labios apretujaron los míos una y otra vez sin parar, yo me dejé hacer recibiendo gustoso los pequeños besos que luego esparció por toda mi cara.

Te quiero —susurró una vez que se detuvo para mirarme. Subí mis manos hasta su rostro para acunarlo entre mis palmas, sus mejillas se coloraron aún más y sus carnosos labios formaron una auténtica sonrisa. Yo imité el gesto sintiéndome indescriptiblemente feliz—. Muchísimo, Levi.

También te quiero, mocosa idiota —murmuré de vuelta, y una leve risa escapó de su boca—. ¿Lo entiendes ahora? No vuelvas a dudar de mí, ni de lo que siento por ti.

Está bien, está bien.

La ridícula sonrisa que tenía plasmada en mi cara se ensanchó, y no pude contener ni un segundo más las ganas de volver a estamparla contra la suya.

Contrario a como pudo haber sido en otras circunstancias, esta vez no hubo lascivia de por medio, ni estuvo controlando mis acciones ese deseo irrefrenable de querer poseerla. La besé con la más pura intención de asegurarle a través de esa pequeña unión que hablaba con toda la honestidad del mundo, que no había más que una rotunda verdad implícita en ese conjunto de palabras.

Nos separamos brevemente al hallarnos faltos de aire, y luego de dirigirnos un rápido vistazo pleno de una contrariada mezcla de bochorno y gozo en partes iguales, nos dispusimos a desayunar.

¿Cómo sigue tu malestar? —cuestioné antes de darle un mordisco a una de mis tostadas. A diferencia de las suyas, a las mías les unté margarina.

Aún duele una barbaridad. Pero ya me tomé un analgésico, debería mejorar pronto.

Hn —vagué brevemente por mis pensamientos, esos que permanecían apiñándose en mi cabeza sin importar cuánto tratase de ignorarlos—. Respecto a todo lo ocurrido… Ya no tendrás que preocuparte por Petra. Hablé con ella y le dejé las cosas claras, me aseguró no volver a causar problemas.

Y tú… le crees —esa no fue una pregunta, sino una afirmación. Yo asentí despacio pero decidido.

Las personas se cansan, la paciencia se agota. Siendo honesto, siempre fui un patán con ella, un desgraciado sin corazón. Tengo la certeza de que finalmente se rindió, cualquiera lo haría después de luchar tanto sin obtener resultado alguno de algo que nunca va a cambiar.

Bueno…

Me cuesta mucho creer que aún sabiendo la verdad, optaste por darle larga a la distancia y a la indiferencia —solté de golpe, dolido—. Me hiciste atravesar un verdadero infierno, Mikasa.

Jugó con sus dedos hundiéndose un poco en su asiento al captar el grácil sentimiento de derrota inmiscuido en mi voz. No había enojo ni rabia ni furia, sólo cansancio. Me sentía tan agotado y harto de la situación que quedaba en evidencia con mucha facilidad.

Lo supe apenas el miércoles…

¿Cómo?

Erwin y Hanji. Ellos vinieron a verme ese día en la noche para conversar al respecto.

Alcé una ceja y la miré perplejo, me parecía completamente absurdo visualizar a esos dos haciendo el papel de Cupido. Fruncí el ceño con sólo imaginarlo, y masajeé mis sienes dejando salir un diminuto suspiro cansino; una vez más todo encajó tan de pronto y con tanta fuerza que me sentí abrumado. El regaño y los consejos de Erwin, las palabras persuasivas de Hanji… Ellos tejieron todo un plan para volver a juntarnos.

¿Qué fue lo que te dijeron? —exigí con simulada docilidad, no queriendo aparentar un enojo que no tenía lugar en mí. Ella apretó los labios, indecisa. Daba por hecho que ese par de idiotas le pidieron no revelarme su ya no tan secreta participación en todo esto.

¿Acaso importa?

Tch, ya hasta repites las frases que a Hanji le encanta usar. No sabía que eran tan buenas amigas.

Sus ojos se abrieron desmesuradamente, y de inmediato agachó la cabeza con el fin de ocultar su impresión. Llevó un pedazo de pan a su boca y aparentó estar bastante concentrada en esa simple tarea.

Tú… ¿La viste? ¿Conmigo? —musitó muy por lo bajo, avergonzada, pasados unos cuantos minutos.

¿No recuerdas nada?

No… Bueno sí, pero hasta cierto punto. Recuerdo haber estado en casa de Sasha con Christa e Ymir, Hanji llegó un par de horas más tarde. Ya en ese entonces estaba algo pasada de copas… —lo meditó un momento antes de continuar—. Lo que sucedió poco después de eso es muy confuso e inconsistente. No puedo evocarlo con claridad.

Tenía dos horas esperándote cuando ella llegó contigo a rastras, literal. Estabas muy borracha, no podías ni caminar. Por eso me quedé contigo; te ayudé a asearte y luego caíste como un plomo en la cama —expuse con parsimonia, ella apretó los labios y por entre los mechones de su flequillo vi cómo hasta su nariz se enrojeció—. ¿Esa también fue otra "noche de chicas"?

Pues sí —contestó abochornada—. Aunque la de ayer fue un poco más… alocada.

¿Alocada, dices?

Sí, con mucho alcohol de por medio… Es la primera vez que me embriago así, lamento que hayas tenido que lidiar con eso. Supongo que a Hanji también le debo una disculpa.

No lo lamentes, esas cosas pasan —le resté importancia haciendo un leve ademán—. Sólo te pido que seas precavida la próxima vez. No tienes buena tolerancia a las bebidas etílicas, y eso podría ser un problema cuando no estés rodeada de las personas adecuadas.

Sí, lo sé… Tendré cuidado. Aunque realmente dudo que vuelva a ocurrir.

Bien.

Acerca de tu pregunta anterior… Sí, Hanji y yo somos bastante cercanas.

No tenía ni idea.

Terminamos de comer rodeados de un ameno silencio, para nada similar a esos atiborrados de incomodidad que muy a mi pesar fueron bastante frecuentes. Sin duda alguna ambos nos mostrábamos muchísimo más relajados y tranquilos, como si finalmente hubiésemos conseguido darle un poco de paz a nuestras atormentadas almas.

Tenía una gratificante sensación de sosiego y alivio recorriéndome entero, como quien supera una dura penitencia. Ese peso que llevaba sobre mis hombros me fue arrebatado de súbito, y la angustia que tanto me inquietó se disipó como lo harían las nubes después de una tempestad.

Mikasa —hablé apenas la vi hacer amago de levantarse—. Todo esto es algo totalmente nuevo para mí. Nunca había vivido una experiencia como esta, en ningún sentido… —suspiré y ocupé un breve instante para organizar mis ideas. Tragué duro y tomé aire, luchando contra esa manía mía de nunca exteriorizar mis pensamientos—. Voy a acatar todas tus reglas, voy a dejar que me guíes. Aceptaré las medidas que tú creas conveniente para sacar adelante la relación, lo haré porque de verdad quiero que esto funcione.

La expresión de asombro que figuró en su rostro rápidamente cambió a una que desbordaba felicidad. Una amplia sonrisa adornó sus labios y sus ojos parecieron brillar de alegría, sus manos se enredaron con las mías y un tenue rubor completó el precioso panorama.

No es que yo tenga demasiada experiencia, pero… está bien —fijó sus orbes grisáceos en nuestra unión, y yo no pude evitar ceder al impulso de subirla para depositar suaves besos en el dorso de sus manos— . Daré lo mejor de mí para que así sea. Y supongo que tú también, ¿no?

Sí —alcé la vista y de inmediato encontré la suya, ambas coincidieron y se fundieron con intensidad—. Me corresponde advertirte que necesitarás tenerme mucha paciencia. He sido irracional y he actuado con torpeza en más de una ocasión, no te aseguro que no vuelva a repetirse.

Tú también la necesitarás —comentó con simpleza levantándose al fin—, pues soportar a una esposa malcriada —acentuó la última palabra, cínica y divertida—, no debe ser nada fácil.

Me mantuve quieto e impasible hasta que percibí de su parte un grácil movimiento, que me hizo reaccionar para asirla por un brazo y tirar de ella en mi dirección. Fue tan rápido que no tuvo tiempo de esquivarme, y desconcertada por mi arrebato trastabilló un poco hasta caer de plano sobre mis piernas.

Llevé una mano hasta su nuca y la atraje hacia mí. Con la punta de mi nariz acaricié sus cachetes, su quijada y luego su cuello, donde me quedé aspirando cómodamente su dulce fragancia.

La tendré, siempre y cuando no vuelvas a dejarme sin tus besos ni tu calidez —rumoreé quedito en su oído, causándole escalofríos—. De lo contrario, me volvería loco. No podría sobrellevarlo.

La mocosa se irguió dejando espacio suficiente para analizar mi expresión, quizá buscándole credibilidad a mi confesión. Sonrió altiva una vez que comprobó que hablaba muy en serio; gozosa y orgullosa de la influencia y el poder que tenía sobre mí. Ella ya debía intuirlo; empero, había una diferencia abismal entre eso y saberlo con total certeza al escucharlo de mi propia boca.

Entonces, ¿es un trato?

Supongo —contesté antes de apoderarme de esos labios que aún tenían sabor a frambuesa.

Habían pasado casi dos meses desde aquello.

Tiempo que usamos como bálsamo para sanar heridas y de paso hacer encajar nuestras diferencias lo mejor posible. Y, en caso de que no consiguiéramos acoplarlas favorablemente, intentábamos aceptarlas y comprender que, al ser una parte inamovible de la personalidad de cada uno, así debíamos querernos y tolerarnos.

Mentiría si dijera que fue una tarea sencilla. Para nada, ni por asomo. No obstante, con empeño, dedicación y en especial mucha paciencia, ambos fuimos madurando, dejando atrás el daño que sin querer nos ocasionamos, y mejorando ciertos aspectos que representaban una traba que impedía el avance de la relación. Lo categorizo como una "mejora" porque eran detalles que no se podían cambiar o borrar del todo por ser tan propios.

Por supuesto que mi costumbre de reservarme todo estaba incluida en esa lista.

Admito que al principio fue bastante complicado el hecho de ser más comunicativo sin que lo considerase una obligación, sin sentirme presionado o incluso fastidiado. Sin embargo, ese comportamiento empezó a ser espontáneo y más natural cuando vi el efecto que tenía en ella. Estaba tan fascinado por hacerla feliz con algo tan simple que sin siquiera darme cuenta estuve dispuesto a dar explicaciones y a exponer mis ideas sin la necesidad de que ella me lo pidiese. Y aunque lo hacía a mi manera, siendo preciso y conciso, para Mikasa era más que suficiente.

Por su parte, Mikasa se dedicó a manejar ese feroz temperamento que mostraba cada vez que se enojaba. Su hábito de alejarse había desaparecido según atestigüé luego de una pequeña riña que tuvimos hace un par de semanas. En vez de ignorarme y echarme a un lado, optó por conversarlo para solucionar las cosas. Nuestra testarudez seguía sin dar tregua; no obstante, siempre tratábamos de llevarlo con calma haciendo uso de la gran reserva de paciencia que tanto ella como yo logramos reunir.

Y como lo establecimos ese día, yo me apegué a sus reglas confiando plenamente en ella como se lo había asegurado; creyendo ciegamente en las decisiones que tomase respecto a lo que debíamos o no hacer.

A regañadientes acepté y respeté su decisión de continuar viviendo separados. Empero, no resultaba tan terrible porque pasábamos juntos casi todo nuestro tiempo libre; haciendo cualquier cosa, yendo a cualquier lado… todo, excepto compartir la cama. Y no precisamente porque así lo deseáramos, sino porque la mocosa lo consideró "apropiado".

Sí, la abstinencia también formaba parte de las dichosas "reglas a seguir".

Nos enfocamos principalmente en descubrirnos el uno al otro, en conocernos, en explorar nuestras peculiaridades… Limitándonos físicamente a los besos, abrazos, caricias y uno que otro roce travieso por aquí o por allá.

Creía que no sería posible contener las atroces ganas de comérmela, pero al final siempre conseguía apaciguarlas repitiéndome como un mantra que la espera valdría la pena, que cuando llegase el momento obtendría mi recompensa… como si fuese un niño al cual apremian por superar la prueba con un comportamiento excepcional.

De más está decir que estos pequeños cambios que hicimos sobre la marcha nos sentaban de maravilla.

Fue un nuevo comienzo. Apartamos del camino todos los deslices anteriores para darnos otra oportunidad, ahora teniendo muy en cuenta los errores que no debíamos volver a cometer.

Con todo esto, no quiero decir que todo iba perfecto. Pero sí que iba jodidamente bien.

—¿Levi?

El sonido de su voz me sacó de golpe de mis cavilaciones, y prontamente enfoqué la vista en su figura, que me observaba curiosa a unos pocos metros de distancia.

Teníamos un muy buen rato afuera, estaba sentado en un pequeño mueble ubicado en su porche mientras ella atendía a las plantas de sus jardineras. Quise ayudarla a trasladarlas a unas bonitas macetas artesanales que yo mismo tuve la iniciativa de obsequiarle apenas me comentó que debía protegerlas del despiadado invierno que estaba a punto de comenzar, pero ella prefirió hacerlo sola alegando que yo podía dañar sus raíces si no lo hacía adecuadamente.

Pero puedes enseñarme, ¿no? Así te ayudo y terminas más rápido, con suerte antes de que el frío empeore —insistí.

Luego, en primavera —contestó regalándome una pequeña sonrisa como consuelo—. Cuando no estén tan débiles y propensos a marchitarse fácilmente.

Yo asentí resignado, dedicándome a observarla hacer su trabajo con envidiable destreza.

—Estás aburrido, ¿cierto?

A pesar de que estaba sucia y llena de tierra, con una descuidada coleta medio sujetando su corto cabello, un par de botas rústicas y una braga de jean que podría considerarse "anticuada" con una camisa manga corta debajo, además de un par de guantes de algodón que protegían sus manos…, yo la miraba embelesado por lo preciosa que la percibía.

—No, no lo estoy —me apresuré a decir—. ¿Cómo vas?

—Hmm… Bien, ya me falta poco —contestó retomando lo que hacía—. Te quedaste algo ausente… ¿En qué pensabas?

Ah, ¿ya mencioné que se volvió una preguntona empedernida?

Últimamente le encantaba cuestionar cada cosa, sacándole hasta el más mísero provecho a mi recién adquirida habilidad comunicativa.

—Estaba pensando… que me gustaría invitarte a cenar.

No, no era una mentirilla blanca. Sí tuve esa idea en mente, aunque un par de horas antes.

—¿Está usted cortejando a su subordinada, capitán?

—Tch, no. Simplemente estoy convidando a salir a mi esposa —enfaticé.

Las comisuras de sus labios se curvearon ligeramente hacia arriba sin interrumpir su labor ni para dedicarme un rápido vistazo.

—¿Debo interpretar tu silencio como un rechazo, mocosa? —hablé algo ansioso cuando consideré que ya había pasado tiempo suficiente como para recibir una respuesta de su parte.

—No seas tonto. Por supuesto que quiero, Levi —expuso divertida—. Ven aquí, ayúdame a llevarlas adentro.

Así lo hice, las fui cargando al interior de la casa hasta reunirlas todas en la mesa del comedor. Eran quince macetas en total, de tamaño mediano, con coloridas pero sencillas formas abstractas adornándolas.

—¿Te gusta ese? —quiso saber la mocosa al percatarse de que me había quedado detallando detenidamente una flor en particular.

—Sí. Es muy bonito —dije con toda honestidad.

Era más o menos grande; tenía un intenso color púrpura que resaltaba en el centro e iba degradándose hacia afuera hasta volverse de un tono rosa pálido. Sus abundantes pétalos ovalados estaban acomodados a la perfección uno detrás de otro, haciéndolo lucir tupido, excéntrico y delicado a la vez.

—Se llaman Crisantemos, varían muchísimo en tamaños y colores. Aquellos, por ejemplo —señaló a unos que eran un poco más pequeños, con su centro de un color amarillento que se aclaraba hasta volverse blanco—, no crecen tanto como los morados, y además pueden usarse para hacer té. Son efectivos para contrarrestar los resfriados.

—No sabía que te gustaba tanto la jardinería, mocosa —no logré medir el asombro que se coló en mi voz, estaba demasiado maravillado con ese nuevo descubrimiento como para hacerlo. Ella sonrió sin despegar la vista del que aún sostenía en una de sus manos, mientras con la otra quitaba meticulosamente la tierra excedente que sin querer fue a dar a los pétalos.

—Es una pasión que heredé de mi madre. En nuestra casa teníamos un amplio jardín, ella y yo siempre estábamos allí cuidando las flores o cosechando frutas.

—Es técnicamente imposible tener uno de esos en la cuidad —medité en voz alta, imaginando a una preciosa niña azabache de regordetes cachetes ayudando a mamá en sus tareas. Sonreí internamente una vez que la imagen se materializó en mi cabeza, conmovido por tan adorable escena.

—Vivíamos a las afueras de Shiganshina, en un modesto pueblito de inmensos campos y gente humilde —dijo con parsimonia. Abrí los ojos desmesuradamente y me giré de pronto hacia ella al caer en cuenta de que nunca me había hablado al respecto—. Algún día te llevaré para que lo conozcas.

—Claro —acepté gustoso—. Los Crisantemos… ¿Te gustan más que los girasoles?

—En realidad no, los girasoles siempre han sido mis preferidos. Sin embargo, estos eran los favoritos de mi madre, en especial los morados... Por esa razón siempre procuro cultivarlos, siento que es una manera de aún tenerla conmigo.

Su voz se hizo pequeñita a medida que hablaba, y una tenue tristeza osciló en su expresión amenazando con menguar el aura risueña que irradió todo ese día. Sin mucho esfuerzo deduje que no era fácil para ella abordar ese tema en particular, así que opté por no preguntar nada más a pesar de que moría por saberlo todo.

Quería alejarla del tortuoso rumbo que tomaron sus pensamientos. No soportaba pensar que ella sufriera de ninguna manera posible.

Dejándome llevar por mis instintos, le arrebaté la maceta de las manos y luego de colocarla junto a las demás, la pegué a mi cuerpo envuelta en un protector abrazo. Ella jadeó de sorpresa al no anticipar mis rápidos movimientos, y se quedó pasmada sin saber exactamente qué hacer.

—Pero, ¿qué haces? ¡Levi, vas a ensuciarte!

—Tch, no chilles —gruñí.

—¡No quiero escucharte chillar a ti señor maniático con la limpieza, cuando te veas todo lleno de tierra!

—Cállate y abrázame, mocosa —murmuré calmado. La sentí vacilar previo a obedecerme, sus cálidos brazos se acomodaron armoniosamente alrededor de mi torso—. Me prestarás un suéter de esos que son como diez tallas más grandes que la tuya, y asunto resuelto. Tienes un montón, lo sé.

—Tengo uno rosado que te quedaría perfecto, ¿sabes?

—No me jodas —siseé entre dientes acariciando lentamente su espalda, deteniéndome al arribar las agraciadas curvas de sus caderas—. Mejor uno de color negro, ¿sí?

—Vale, vale.

Rió bajito y repartió unos cuantos besos en mi cuello, haciéndome estremecer y obligándome a cerrar los párpados con ímpetu para alejar todo pensamiento impuro que cruzara por mi mente. Dejé salir el aire que inconscientemente había contenido una vez que me soltó, completamente ajena al corrientazo que me recorrió producto de su proximidad.

—Me daré una ducha. No tardaré, ¿de acuerdo?

Asentí mecánicamente viéndola caminar con dirección a su habitación, batallando en mis adentros contra el vehemente deseo de seguirla y mandar a la mierda esa parte del reglamento que me prohibía hacer lo que mi cuerpo pedía a gritos en ese momento.


En invierno la ciudad se llenaba de una energía rebosante de buenas vibras. Las tiendas celebraban haciéndole total alusión a la esperada víspera navideña, y las personas transitaban alegres por las calles apreciando las brillantes luces blancas que adornaban y le daban vida a los troncos y ramas desnudas de los ahora árboles secos. Los villancicos sonaban y todos lucían entusiasmados en demasía, siempre era así en esta época del año.

Fuimos a cenar como lo planeé. Ese sábado por la noche quise llevarla a mi restaurante preferido, que a mi criterio servía la mejor comida japonesa que había probado en toda mi vida. Una gratificante sensación de satisfacción me llenó cuando me dijo que también le encantaba frecuentar aquel lugar, además de concordar conmigo alegando que su calidad y nivel de exquisitez no tenían comparación. Dicho sentir sólo fue en auge al descubrir que en eso teníamos los mismos gustos, el sushi también era su comida favorita.

Éramos tan distintos y a la vez tan iguales.

—¿Qué te gustaría hacer ahora?

Ella me miró y sonrió enternecida, hacía eso siempre que me mostraba atento y receptivo. Era un comportamiento que únicamente ella sacaba a relucir cada vez con más espontaneidad, sorprendiéndome a mí mismo cuando era consciente de lo dócil que solía actuar en esos casos. Creo que está de más decir que para el resto, mi tosquedad y amargura seguían siendo el pan de cada día.

—Me gustaría… ir a la plaza central. ¿Podemos?

—Por supuesto.

Anduvimos unas cuadras hasta llegar. En la plaza ubicada en el corazón de la ciudad, las familias iban y venían con sus pequeños tomados de la mano, encantados por lo que veían a su alrededor. Allí la decoración era aún más representativa; todos los deshojados árboles del sitio también estaban iluminados, y en uno de sus costados colocaron esculturas a tamaño real de Santa acompañado de sus renos y de sus supuestos duendecillos trabajadores, además del trineo y el saco lleno de regalos.

Sin embargo, lo más sorprendente no era eso, sino el imponente pino erguido justo en el medio, forrado de arriba abajo con una cantidad absurda de luces blanquecinas que hacían resplandecer las figurillas en forma de copos de nieve que guindaban de algunas de sus puntas. Era impresionante incluso para mí, que no le tenía ni un poco de empatía a esa festividad en particular.

Seguí a Mikasa hasta que sus pasos cesaron justo frente a aquel gigantesco emblema navideño, desde donde lo miró con absoluta fascinación.

—Este año es más grande que el anterior, ¿no?

—Sí, y más bonito también —afirmó aún embelesada—. La decoración en general lo es.

No sé cuánto tiempo estuvimos parados ahí, hasta que ella salió de su ensoñación y paseó la vista a lo largo de nuestro animado entorno. Se detuvo cuando divisó a lo lejos varios stands de dulces típicos bastante concurridos, y a mí no me costó ni un segundo adivinar lo que pasaba por su cabeza. Cierta confusión atravesó su expresión cuando sujeté su mano para encaminarnos en esa dirección.

—¿A dónde vamos?

—Tch, ¿no es obvio? —ironicé rodando los ojos—. Te mueres por un dulce de aquellos. Vamos, te compraré uno.

Se dejó llevar sin volver a mencionar palabra alguna, teniendo la certeza de que ignoraría cualquier queja o protesta de su parte. A esas alturas todavía le avergonzaba que siempre me empeñara en complacerla en ese tipo de cosas, pero aun así yo lo hacía. Todo con tal de hacerla feliz.

Una amplia diversidad de postres abarcaba cada mínimo espacio de las mesas, todos y cada uno de ellos propios de esa época. Pasteles, panettones, tartas, arreglos frutales, galletas de vainilla y chocolate en forma de bastones y de ridículos muñequitos sonrientes… Al final ella eligió este último, luego de enfrentarse a una titánica y compleja decisión.

Nos sentamos en una banca apartada de la multitud, anhelando tener un momento a solas. La azabache se concentró en la tarea de devorar sus galletas, y yo permanecí estático con la vista fija en su rostro, apreciando lo cremosa y pálida que lucía su piel gracias a la luz blancuzca que se reflejaba en ella. La bonita curva de su nariz respingada enrojecida por el frío, sus labios ligeramente curveados formando una media luna y salpicados de azúcar, el gris de sus orbes brillando como lo haría la plata al ser expuesta a los rayos del sol…

Eres tan jodidamente perfecta, mocosa.

Delicada y bella como una muñeca de porcelana.

Debía parecer un idiota contemplándola, lo sabía. Estaba plenamente consciente de ello, pero en ese momento poco me importaba… Para mí sólo éramos ella y yo, nada más.

—¿Quieres?

Su voz, suave como un murmullo, rompió esa burbuja de enajenamiento en el que arbitrariamente nos encerré, y yo por un instante me cuestioné si había sido obra de mi imaginación. Su mirada inquisitiva me confirmó que no lo fue.

—No, mocosa.

—¿Seguro? Pruébalas, están muy ricas.

—Tch, segurísimo.

Terminó de comerlas un rato después, de soslayo la vi expulsar vaho y tiritar de frío antes de apegarse a mí para engancharse de mi brazo y apoyar la cabeza de mi hombro. Ladeé el rostro para depositar un breve beso sobre el gorrito que cubría su espesa cabellera.

—Podemos irnos si gustas.

—No, aún no —musitó hallando mi mano y entrelazando nuestros dedos—. ¿Qué sueles hacer en navidad, Levi?

—Hn, trabajar.

—¿Y en Nochebuena?

—Lo mismo.

—¿Qué? Pero si esos días los tenemos libres —dijo incrédula, espabilando.

—No tengo otra cosa interesante qué hacer —expuse con simpleza, restándole relevancia—. ¿Por qué lo preguntas?

Sonrió tímidamente y miró al frente, rehuyendo de mi característica e implacable impavidez. Meditó unos instantes antes de volver a hablar.

—Falta poco menos de una semana para eso. Los Jaeger tienen como tradición reunirse esos días, y me encantaría que vinieras… Eres parte de la familia ahora —mordió su labio inferior y vaciló un poco— Sé que no es de tu agrado celebrar esas fechas, pero…

—Mocosa —la llamé asiéndola del mentón para tornarlo hacia mí con suavidad—, iré contigo. No te preocupes.

—Gracias —susurró notablemente aliviada. Apretó mi mano y la llevó hasta sus labios para dejar un tenue beso en esta—. ¿Sabes? Estaba pensando… en lo bonito que se vería un árbol de navidad en casa.

Arrugué el entrecejo desconcertado por el drástico cambio de tema. Carajos, pero ¿qué estaba diciendo? Si ya había armado uno con esmero hacía un par de días, ¿para qué querría otro? Podía comprender que le tuviese un aprecio enorme a esa festividad, pero realmente consideraba que eso ya sobrepasaba el límite de lo lógico y racional. Estuve a punto de cuestionar su nivel de cordura, cuando una efímera idea esclareció la línea de confusos pensamientos.

—En la sala junto a las escaleras quedaría espléndido.

Ah, pero por supuesto que no se refiere precisamente a la suya. Su sala ni siquiera tiene escaleras.

—¿Qué caso tiene de todos modos, mocosa? Si ni siquiera vives conmigo —solté duramente luego de dejar salir un sonoro resoplido. Ella no le dio ni una pizca de importancia a la expresión enfurruñada que adopté ante su nuevo capricho, al que yo no le encontraba sentido alguno. Mis músculos se tensaron cuando enroscó ambos brazos en mi cuello con un rápido movimiento, tragué duro al sentir cerca de mi oreja la tibieza de su aliento.

—No seas tan gruñón —ronroneó—. Sería un poco triste recibir navidad y año nuevo sin un bonito árbol representativo en casa.

Mis párpados se abrieron desmesuradamente y un halo de esperanza hizo que mi corazón se acelerase.

—Tú… ¿estás tratando de decirme que volverás a mudarte conmigo? ¿Es eso?

—Tal vez.

Rió por lo bajo, se levantó y miró el pequeño reloj de muñeca escondido bajo su chaqueta.

—Mikasa…

—¿Me dejarías poner uno? ¿Por favor? —se apresuró a interrumpirme, con un deje de súplica implícito en su voz—. Estamos a tiempo, las tiendas aún no cierran. Podemos comprar todo ahora para que nos hagan la entrega mañana temprano.

—Tch.

Suspiré resignado, plenamente consciente de la sutil forma en la que evadió el tema. Sus manos frías se acomodaron en la silueta de mi quijada y alzaron ligeramente mi rostro, se inclinó y acopló sus labios en los míos con una dulzura que hizo desaparecer todo vestigio de renuencia que tuve apenas segundos antes.

Sin pensar en nada más correspondí a su acción, cerrando los párpados y olvidando por completo que seguíamos estando expuestos a la vista de cualquiera que por allí transitara. Sin embargo, Mikasa no pareció disgustarse por este hecho y yo no hice ni el más mínimo amago de alejarla.

—¿Nos vamos? —inquirió con un entusiasmo al que no pude negarme.

Asentí expulsando aire pesadamente y me puse de pie para ir tras sus pasos, con una contradictoria sensación de amor-odio hacia esa habilidad de convencimiento y manipulación que tenía sobre mí. Era increíble y a la vez tan frustrante.

Recorrimos las calles, visitamos tiendas y elegimos lo que compraríamos. Hice el esfuerzo de no demostrar demasiado descontento con la idea, e intervine voluntariamente en el proceso cada vez que su indecisión le dificultaba el trabajo de escoger entre diferentes opciones. Una agradable calidez se abría paso en mi pecho cuando a ella me regalaba una radiante y alegre sonrisa a cambio, y sólo con eso todo aquello no parecía ser tan terrible.

Todo sea por su felicidad.

Un par de horas después, nos hallábamos de vuelta en el porche de su casa, contemplándonos quedamente el uno al otro. Ya pasaban de las diez de la noche, y aunque la vocecita de mi consciencia me advertía que ya era tarde y que debía dejarla descansar, una parte de mí no quería marcharse. Con cierto egoísmo deseaba quedarme con ella todo el tiempo del mundo, atesorarla y tenerla sólo para mí cada mísero segundo de su existencia.

Rocé sus mejillas con las yemas de mis dedos, en ese momento estaban tan rojas como su nariz a causa de las bajas temperaturas. Me sonrió y se lanzó a mis brazos, envolviéndome en un fuerte abrazo que yo torpemente correspondí.

—Entra ya, mocosa.

Me zafé de su agarre justo cuando un mohín de protesta figuró en su cara, yo rodé los ojos conteniendo las estúpidas ganas que me embargaron de apretarle los cachetes sin piedad. Giré sobre mis talones y bajé de dos en dos los peldaños que conducían a la acera.

—Mañana a las diez, ¿de acuerdo?

—Sí, sí —gruñí—. Ve a dormir.

—Buenas noches, Levi.


Mis dedos jugueteaban con su cabello y mi otro brazo descansaba en su espalda, su mejilla reposaba sobre mi pecho y una de sus piernas estaba cómodamente situada sobre las mías. Ambos estábamos tan quietos y rodeados de tanta paz que el único sonido que se apreciaba era el acompasado ritmo de nuestras respiraciones, y en ocasiones uno que otro ruido proveniente del exterior.

Junto a la escalera, justo frente al sofá donde estábamos acostados, centellaban cientos de luces amarillentas que envolvían el abeto natural y de tamaño mediano que encargamos la noche anterior, dándole vida junto a algunas bolas doradas que pendían de sus respingadas ramitas.

Tal como habíamos acordado, ocupamos nuestro domingo libre en esa tarea que al final no resultó ser tan tediosa.

¿Te gusta cómo se ve? —preguntó animadamente una vez que hubimos terminado. Torné mi atención hacia aquel objeto que ahuyentaba la oscuridad arraigada por la caída de la noche gracias a que en él resplandecían incontables puntos amarillos tan brillantes como luceros. Suspiré y dejé caer los hombros en derrota, incapaz seguir luchando contra ello—. ¿No?

Sí me gusta —hablé despacio, más para mí que para ella.

Algo dentro de mí vibró, y no estuve seguro si fue mi orgullo desangrándose o mi obstinación aferrándose a la jodida negación. Quizás ambas.

Hundí la nariz en sus espesas hebras negruzcas y me concentré únicamente en disfrutar de la preciada sensación de plenitud que sólo ella me brindaba, comprobando así que realmente no me falta nada más si la tengo a ella a mi lado.

Era como si al fin hubiese encontrado algo que busqué por todos lados incansablemente.

Algo que por mucho tiempo esperé, esperé y esperé con una paciencia que no sabía que tenía.

Y todo eso, sin siquiera darme cuenta.

—Quédate conmigo esta noche —pensé en voz alta—. Por favor.

Levantó la cabeza y me miró directo a los ojos con una expresión inescrutable predominando en sus facciones, a la que yo le devolví una cargada de estoicidad.

—No me mires así, mocosa —me defendí temiendo que estuviese malinterpretando mis intenciones—. No pretendo hacerte nada. Yo sólo… sólo quiero dormir contigo, al menos por hoy.

—Hm… —lo sopesó un instante—. De acuerdo.

Se estiró un poco para dejar un casto beso sobre mis labios previo a volver a su posición inicial. Fijé la vista en el techo con cierta inquietud arremolinándose en mi tórax, la misma que aumentaba y se fortalecía con el paso de los largos minutos. Apreté la quijada enojado con mis incesantes inseguridades, que tenían la maldita mala costumbre de aparecer en los momentos más inoportunos.

Un buen rato después me convencí de que no podía guardármelo, y de que muy a mi pesar, no debía permitirme reservar eso que repentinamente comenzó a atosigarme.

—Mikasa.

—¿Si?

—¿Sientes que te estoy presionando?

Percibí con claridad cómo sus músculos se tensaron sobre mi cuerpo justo antes de reincorporarse de golpe, completamente descolocada. Yo también me senté, observándola con una seriedad que hacía unos segundos no tenía.

—¿Por qué lo estarías haciendo? ¿Por qué piensas eso? —frunció el ceño y negó suavemente con la cabeza—. Yo… no entiendo.

—¿Lo sientes o no? —insistí.

—¡Por supuesto que no!

Con movimientos presurosos y certeros se subió a ahorcajadas sobre mi regazo, acomodándose cerquita de mí y acunando mi rostro entre sus palmas para obligarme a reparar en esos irises grises que desprendían cierta preocupación.

—Tú no me estás presionando ni obligando a nada, Levi —susurró sobre mis labios con parsimonia, con una ternura que consiguió calmarme y calar hasta en mis huesos—. ¿Podrías decirme por qué sales de pronto con eso?

—Por nada, no tiene importancia.

—Preciso saberlo… —persistió, implorando tanto con su tono de voz como en su expresión— por favor.

Suspiré lo más hondo que pude, peleando internamente contra el feroz impulso de tajar el tema y fingir que no había dicho ni una sola palabra que me dejase irremediablemente expuesto. Sin embargo, de ese lío no podría escaparme ni porque se abriese la tierra y me tragase en el proceso.

—Anoche te mencioné algo sobre regresar a vivir conmigo, y hoy te estoy pidiendo que te quedes aquí… —me aventuré a decir, sin saber muy bien cómo proseguir. Afortunadamente, ella lo notó enseguida.

—Es estúpido que creas eso, Levi —elevé las cejas, sorprendido por lo que supuse, fue un regaño. Relajó sus rasgos y sonrió enternecida apoyando su frente de la mía—. Yo adoro estar contigo, es inconcebible que aún dudes de ello, ¿sabes? —musitó—. Me encanta tanto, que a veces temo que te aburras de mí por siempre querer estar a tu lado.

—Tonta —gruñí cerrando los párpados y rodeándola por la cintura con ambos brazos, pegándola aún más a mí, deleitándome con su calor y con el rubor que se adueñó de sus mejillas.

Era simplemente increíble cómo podía hacerme sentir tan bien, tan tranquilo… tan jodidamente feliz.

—Volveré a mudarme contigo.

—Hazlo cuando estés lista, mocosa. Yo esperaré por ti… esperaría toda una vida de ser necesario.

.

.

.

¡Holaaaa todos mis amados lectores! ¿Qué tal están? ¡Yo espero que bien!

Les confesaré algo. Apenas terminé la corrección del capítulo, lo primero que pensé fue "¡pero qué gran transformación, Levi!". Si yo lo siento así, no me imagino cómo será para ustedes xD jajaja. Espero de verdad no estar alterando demasiado su esencia, creo que eso me rompería el corazón. u.u

Como ven, quise plasmar la evolución de su relación, y admito que en este punto realmente adoro su manera de sobrellevar las cosas a pesar del atropellado comienzo que tuvieron. Por otro lado, sé que deben sentir curiosidad por el pasado de ambos, pero no se preocupen, esos detalles se irán revelando sobre la marcha.

Aprovecho de agradecerle muchísimo a todos los que esperan pacientemente a que actualice, así como también de pedirles disculpas por la tardanza. Puede que ahora me tome un poco más de tiempo, pero tengan por seguro de que al final obtendrán la ansiada continuación.

En fin, ¿les gustó el cap? ¿Sí? ¿No?

¡No olviden votar y comentar! Me encantaría saber sus opiniones al respecto. :3

Una vez más, muchísimas gracias por leer.

Hasta pronto, ¡cuídense, los quiero!