Minerva en Jaque

25. Queen

Squall sentía que ya estaba bien de hacerle vivir su peor recuerdo una y otra vez. Rinoa, inerte y pálida, en una cápsula con tubos insuflándole vete a saber qué. Seguramente lo mismo que había convertido a Quistis en un monstruo de pesadilla.

Se abalanzaron sobre los técnicos de la sala como perros rabiosos, buscando una salida a tanta impotencia. Quistis seguramente estaría muerta y Rinoa podía despertar siendo otra cosa en cualquier momento.

- No hay nada como el original. Fue un error tratar de usar una copia.

Squall limpió con parsimonia las manchas de sangre de su sable pistola. Anbus LeBlanc, en persona, le observaba impávido desde una ventajosa posición superior. El SeeD requirió de toda su sangre fría para no descerrajarle un tiro en la frente. Sus sentidos le avisaban de que varios tiradores estaban apostados en la sombra, esperando a que hiciera un solo movimiento.

Los demás también parecieron notarlo, porque tensaron los músculos poco a poco, dispuestos al salto que los llevaría a cubierto. Solo estaban esperando su señal.

- Intentar usar a las brujas es una mala y trilladísima idea, LeBlanc.

- No si se hace con la preparación adecuada. Al revés que Odine, yo creo en rodearme de especialistas antes de hacer las cosas.

- Odine estaba loco. No dice mucho de su plan que intente hacer algo parecido.

Ni siquiera se molestaba en imprimir fuerza a sus palabras. Squall no creía que estas fueran a cambiar la opinión de alguien como LeBlanc. En su lugar, observaba su alrededor, estudiando la posición del enemigo.

- El genio mal llevado desemboca en la locura. Este sólo es otro plan más de dudosa moral, Leonhart. Usar una amenaza para llevar a la población a dónde se quiere. ¿Cuántas veces hemos visto ya esto?

- Sin duda demasiadas… - murmuró Squall por lo bajo, hirviendo de rabia.

Estaba tan harto de ser siempre los títeres de esta clase de megalómanos psicópatas. Que Rinoa o sus amigos fueran las herramientas de esta gente, una y otra vez. No se lo pensó ni un momento más en dar la señal, no quería oír ni una maldita palabra extra sobre el malévolo plan para dominar el mundo.

Con un salto se lanzaron a cubierto en una entrenada maniobra que dejó todas las balas del enemigo sin objetivo, rebotando por las paredes de metal y leds.

Squall fue directo a lo que le interesaba, la cápsula. La última vez había bastado con romper un par de cables, pero entonces no había tenido que lidiar con hombres de negro saliendo de cada esquina.

Notó el filo acerado de una espada pasándole cerca y utilizó el impulso de su oponente para lanzarlo lejos. Había intentado lanzarlo a uno de los tubos exteriores de la cápsula, a ver si había suerte y lo rompía sin querer.

Zell y Squall tomaron posiciones para una de sus tácticas de ataque más viejas y efectivas. El combate cuerpo a cuerpo de Zell dejaba un amplio abanico de acción al sable pistola. Un puñetazo, una retirada y Squall aparecía de la nada cortando y disparando.

El sonido atronador del arma de LeBlanc ensordecía el ambiente con disparos que los obligaban a dispersarse y tener que retomar la estrategia desde otro ángulo. Eran balas con efecto, mucho más molestas y engorrosas que las habituales; estas lanzaban fuego, gas lacrimógeno o veneno.

- ¡Tenemos que quitárnoslo de encima! – gruñó Zell mientras se apretaba un rasguño para que dejara de sangrar.

Dicho y hecho. Una bala, certera y sin efecto, atravesó el hombro del mafioso por la espalda. Hubo un gruñido y Squall vio con asombro como Irvine se había colocado de manera que tuviera tiro directo. Comprobó que Selphie le había estado cubriendo con magia y nunchakus todo ese tiempo.

- Por la espalda. – Anbus soltó un resuello al notar la sangre corriendo por el hombro. - Digno de mi hijo.

Hasta los hombres de negro se petrificaron ante esa declaración. De repente ya no tenían tan claro si debían atacar a los amigos de un hijo de su jefe.

"¿Su qué…?"Selphie y los demás se quedaron helados, y solo la silenciosa tensión en el cuerpo de Irvine respondió a la pregunta que todos se hacían.

- ¿Es eso cierto? – preguntó Selphie. Su voz se oyó clara y temblorosa en medio del pesado silencio que se había asentado en la sala. - ¿Irvine?

- ¿Lo has llevado en secreto? – y LeBlanc rió, deleitado por ese giro de los acontecimientos. Había esperado que todos estuvieran preparados para esa eventualidad, como la supuesta máquina bien engrasada que los SeeDs eran.

- Maldita sea, Irvine… - masculló Squall, parando un golpe. No era el momento de vacilar, ni de pensar en lo que nunca tuvieron o en las repercusiones de sus actos más allá de la misión. No en medio de la misión.

Irvine era incapaz de controlar sus emociones en esos casos. Todos lo sabían y era doloroso verlo aguantar el tipo, sabiendo que no sería capaz de mantener la compostura. ¿Un huérfano disparando al padre que nunca conoció?

- Maldita, maldita sea… - maldijo de nuevo, mientras blandía su sable pistola.

.-.-.-.-.

Gilbert LeBlanc siempre se había considerado un chico afortunado. Buena familia, poder, dinero, mujeres. Puede que las actividades en las que se volcaba no fueran del todo decentes, pero sabía equilibrar la balanza con un comportamiento ejemplar en todos los ámbitos.

A su entender, una emboscada a un hombre solo y herido no era muy caballeroso, pero él le debía a su familia. Y como buen hijo pródigo haría lo que fuera para protegerlos.

También le había tenido ganas a la rubia y a su gilipollas andante desde que cruzaron espadas en Deling.

- Hostia, ¿te tenías que presentar AHORA?

- No se puede salvar a la damisela y al mundo a la vez. – se encogió de hombros, pistolas en mano. – Otra difícil decisión más en esta vida, Almasy.

El rubio sintió que si se permitía tragar saliva, el amargo sabor de la derrota estaría allí. Así que escupió al suelo y trató de recolocarse el peso muerto de Quistis sobre su espalda.

No había sorpresas esta vez, y Gilbert le tenía ganas. No dejó que el mumba se acercara ni un paso más con una bala certera al suelo mientras que preparaba una especial con la otra pistola. Rodar con Quistis a cuestas estaba descartado.

La bala golpeó su brazo, enroscándosele en la carne y perforando hasta quedarse incrustada en el músculo. Estaba diseñada para mutilar más que para matar, y Seifer podía notar cómo su brazo se negaba a responder a cualquier acción.

"Decidido, entonces, este brazo sostiene a Quistis y no hace nada más"

No podía hacer movimientos rápidos, pero a lo mejor eso era una ventaja. Gilbert había esperado que esquivara el impacto moviéndose rápidamente hacia uno de los coches y había calculado el movimiento y la velocidad. Si hubiera saltado por su vida, esa bala se habría abierto paso en su pecho.

Tamba pareció entender la rara oportunidad que tenían y aprovechó el lapsus de Gilbert para acometerlo directamente. Que una mascota estuviera teniendo tal visión para la batalla, Seifer no se lo habría imaginado nunca. ¿O tal vez era la desesperación de saber que su vida peligraba?

Tan concentrado estaba en abatir a aquel nervioso animal que parecía ser capaz de esquivar todas sus balas, que a duras penas evitó el puño a su estómago. Seifer intentaba anular el efecto letal de sus proyectiles con el combate cuerpo a cuerpo. Sin tiempo a preparar los efectos, la munición era sólo plomo.

Pero Seifer era un soldado cansado con un brazo inutilizado. El siguiente puñetazo fue predecible, aunque Gilbert notó la potencia del gesto. Si conseguía cazarlo, el golpe sería devastador.

- Esto ralla lo patético, SeeD. – Cada vez que trataba de alejarse, el mumba le mordía los talones.

Seifer pareció sorprendido cuando Gilbert arriesgó preparar una bala con efecto y, aún más, cuando se percató de que ésta iba dirigida a Tamba y no a él. ¿De verdad consideraba al mumba como una amenaza real y a él no?

- ¡KYU!

La respuesta vino en forma de humo verdoso que se propagó en el pequeño espacio que ocupaban los tres cuerpos. El mumba lloriqueó cuando su sensible nariz se vio atacada de lleno por el gas lacrimógeno. Seifer sentía que se ahogaba.

Pero había entendido enseguida la táctica de distracción de Gilbert y gas o no, Seifer se pegó a Gibert como una lapa, obligándolo a llevarlo con él fuera del humo.

El puñetazo fue una obra maestra. Golpeó desde abajo en el plexo solar y rotó levemente para clavar los nudillos con más fuerza. Gilbert salió despedido.

- Ya no soy SeeD, gilipollas. – jadeó Seifer, viéndolo todo borroso.

Le quemaba la garganta y reprimió las ganas de vomitar con esfuerzo. No recordaba sentirse así de enfermo desde que arrastró a Rinoa hasta Adel. Prefería no pensar en aquello, no ahora, cuando necesitaba de toda su voluntad para seguir vivo.

Quistis pesaba, pero Seifer no se atrevía a dejarla en el suelo. No sólo por el tiempo precioso que perdería: la simple idea de apartarla, de no sentir su tibieza residual, lo llenaban de angustia. El peso a su espalda era lo único que le hacía seguir adelante cuando todo estaba en su contra.

"Si no me doliera tanto todo, me pegaría de lo moñas que me he vuelto."Pero ya no se fustigaba con violencia ante la ternura que profesaba. Aceptaba que había sido idiota por no perdonarse antes la debilidad con Quistis. Ahora morirían los dos y apenas había tenido tiempo de disfrutarla.

Corrió, o más bien, trotó de manera poco elegante, hasta la pistola que Gilbert había soltado en su caída. Recogió el arma con la punta del zapato justo antes de que el mafioso tuviera la oportunidad de recuperarla y se dio impulso para lanzarla a lo lejos. Aprovechó la velocidad del retroceso para propinarle un puntapié a su enemigo.

Gimió de dolor cuando el movimiento de la patada hizo que la bala se retorciera en su hombro.

- Eso no es nada. – Gilbert soltó una risita antes de esforzarse en escupir el diente que había perdido. – Muévete un poco más y sabrás lo que es la agonía.

Con rapidez de serpiente, Seifer se encontró el cañón de la pistola en su cara. El lagrimeo de sus ojos le estaba restando aún más habilidades y apenas tuvo tiempo de apartarse cuando el enemigo disparó. Se inclinó y usó todo el cuerpo en un golpe de hombro.

Gilbert no se apartó; había decidido que si Seifer quería usar el cuerpo a cuerpo contra él, aguantaría y le devolvería los golpes. Se aferró a su hombro para evitar separarse con el golpe e hincó el pulgar en la herida del SeeD, hurgando en la carne viva con un gesto sádico.

Un sabor metálico, diferente al de la sangre, se agolpó al fondo de su garganta. ¿Era el miedo? Apenas poseía fuerzas para tenerse en pie y por el rabillo del ojo veía a Gilbert preparar la pistola. Sería el último tiro.

Gruñendo al dolor, empujó de nuevo para apartarlo y dejar espacio para un puñetazo. Tenía que darle de pleno y desmayarlo, o podían darse por muertos. Pero la manera en que el cuerpo que tenía a su espalda se revolvió, lo dejó clavado en el sitio.

El sabor metálico no había sido sangre sino magia. Quistis se apoyaba con todas fuerzas en el hombro de Seifer porque su otro brazo pesaba de la cantidad de Electro y Hielo que se concentraba en él, envuelto en una miríada de monstruosas venas azules y verdes.

Gilbert aún trastabillaba del empujón del rubio cuando una mano helada se engarfió en su frente, clavándolo en el sitio. Con horror, vio unos ojos negros como la noche asomar por encima del hombro de su enemigo.

- No habrá balas que te salven de esto, bastardo. – declaró Quistis en voz sepulcral antes de dar rienda suelta a la ira.

Fue horrible, hasta para Seifer. La manera como Electro freía el rostro de Gilbert mientras el Hielo se encargaba de que ni un relámpago escapara por boca, nariz u orejas. Seifer no podía entender como las dos magias podían entrelazarse y salir así a la vez. Trabajando juntas en una destrucción total.

En menos de un minuto, el cuerpo de Gilbert se desplomó con los últimos espasmos de la electricidad sacudiéndole. El desafortunado pistolero no tuvo ni tiempo de gritar.

Por tanto, el gemido agónico que había oído provenía de Quistis. Seifer trató de girar el brazo, pero el dolor fue tal que cayó de rodillas y tuvo que apoyar el hombro en el suelo para poder dejar a la SeeD.

- Maldita seas, podía yo solo. – recogió su cabeza para que no descansara sobre la dura tierra. – Esto va a matarte, Quistis.

No en sentido figurado, claro, Quistis no tenía fuerzas siquiera para respirar con normalidad. El negro que había envuelto sus ojos volvía a ceder para ofrecerle esa mirada de ojos azules que tanto conocía: tranquila, levemente disgustada. Preocupada por él. Sonrió levemente antes de cerrarlos y quedarse mortalmente quieta.

- Estás flipando. – jadeó mientras se inclinaba, abrumado por todo el dolor físico y emocional que estaba sufriendo. Quistis no se movía, no reaccionaba ante las oleadas de sufrimiento que los temblorosos hombros de Seifer hacían rielar en el ambiente.

Quistis ya no sentía nada.

.-.-.-.-.

- ¡Selphie, te necesito conmigo! – el tono imperioso que usó Squall habría hecho temblar a cualquiera.

Pero la SeeD era incapaz de separarse de Irvine. A pesar de la rigurosa profesionalidad de sus movimientos, podía ver la confusión y el terror arremolinándose en sus ojos. En cualquier momento, Irvine se bloquearía y Selphie no podía obligarse a dejarlo solo en un momento como ese.

"Que te zurzan, comandante."Era consciente de que no era el momento de ser mujer. Había sido entrenada para ello y estaba obviando la situación en que se encontraban. La misión era salvar a Rinoa, y los conocimientos de ordenadores de Selphie podrían hacer mucho para ello. Pero confiaba que Squall le perdonara no personarse a la orden.

Squall era listo, se las apañaría. Mientras que si a Irvine le dominaba el pánico…

- Oh mierda, esto me queda grande. - "Bingo". Observo con frustración como bajaba el rifle y empezaba a temblar. Era el momento. Desvió la primera bala que vino hacia ellos y se levantó con su mejor pose de pelea. – ¿Y si es verdad que es mi padre?

- ¿Y si no? – contestó Selphie mientras invocaba a Eolo para detener el avance de todas las balas que vinieron a su encuentro en cuanto la vieron aparecer tan a tiro. No fijó trayectoria cuando el G.F. las devolvió, aunque esperó que dejara a varios fuera de combate.

- ¡Esa no es una pregunta que pueda contestar!

- ¡Estarías haciendo el tonto y lo sabes! Sufriendo así por alguien que no es tu familia.

- ¡¿Pero y si lo es?

- ¡Nunca lo fue! – Selphie había dejado bien claras sus posibilidades con Eolo ante un ataque masivo. Los francotiradores de LeBlanc preferían ahora buscar su punto ciego cada vez que se giraba para detener una bala.

Irvine se mesó el pelo. A Selphie ese gesto siempre le había parecido adorable. Incluso ahora, cuando maldecía su capacidad para bloquearse así en batalla, quería abrazarlo hasta quitarle todos los miedos.

- Todos nosotros somos huérfanos, Irvine, por muerte o abandono. Cada persona que nos encontramos es potencialmente familia nuestra.

El rugido de las balas y gritos de guerra los ensordeció por un momento. Squall estaba intentando la peligrosa maniobra de ponerse demasiado a la vista para darle a Zell más movimiento. Selphie envió una barrera de fuego para protegerle la espalda.

- ¡Te preocupas por tecnicismos! – gritó Selphie por encima del alboroto. – Sólo te centras en lo que os parecéis y no en lo que os diferencia. Cualquier pistolero con un poco de habilidad puede desarrollar un límite como Duelo. Igual que un mago puede aprender Ruleta. Hasta Quistis la usaba con las suyas.

- ¿Quistis?

- Le expliqué como liberar las conexiones que transportan una magia u otra. Y ella hizo el resto.

- P-pero eso…

- ¿No se debe hacer? Quistis es mi hermana, no voy a tener secretos con mi hermana si eso puede salvarla del peligro. Ella es tu familia también, no ese tío.

Irvine la miraba con asombro y un poco de temor reverencial. Un guerrero no iba enseñando sus límites así como así. Eran la clave que te diferenciaba de un profesional de élite de un vulgar mercenario.

Pero Selphie confiaba ciegamente en Quistis. En que aún cuando la vida las volviera en contra, Quistis seguiría siendo familia. Irvine nunca había tenido el valor de confiar así. Quería a sus amigos como la familia que Selphie decía, pero no podía imaginar…

- La próxima vez, enséñaselo a Squall. Le vendría bien hacerle comer plomo a ese Anbus ahora mismo. – rió, con cierta locura, mientras devolvía chispazos de Electro por cada bala.

Y tenía razón. Las balas de LeBlanc eran pura dinamita contra Squall y Zell, que estaban espalda contra espalda. Apenas podían acercarse a la consola de mandos con los hombres de negro cercándoles y las balas mermando sus capacidades con malas jugadas, como el gas lacrimógeno.

Desde donde estaban encaramados, Irvine y Selphie podían hacer buen trabajo de retaguardia, pero Selphie podría haber sido más útil allá abajo. Y él sabía perfectamente por qué se había quedado. Miró sus manos temblorosas y tuvo ganas de llorar de la frustración.

- Lo entiendo, creo. – murmuró mientras se esforzaba en recuperar la compostura. Selphie sonrió, orgullosa. – Tendré que demostrarle a LeBlanc como debe usarse Duelo, ¿no?

- Deja que te ayude. – chasqueó los dedos y los posicionó en la boca del cañón del rifle, de manera que entre ellos quedaran los orificios. – Tu velocidad y un poco de fuego harán maravillas.

Tuvo un momento de aprensión ante la confianza ciega que Selphie demostraba, una vez más. Podía dejarla mutilada de por vida pero ella ni lo había pensado. La seguridad de que Irvine no fallaría casi lo dejó petrificado de nuevo.

- ¡Dispara! – pero Selphie no iba a dejar que se bloqueara de nuevo. El sobresalto que se llevó lo obligó a disparar.

Sólo la velocidad para lanzar tantas balas con tanta rapidez pudo conseguir agujerear el suelo alrededor de Anbus LeBlanc. La barrera de fuego que se alzó al tocar el metal de la plataforma, gracias a la magia de Selphie, evitó que la víctima pudiera apartarse a tiempo. El peso del hombre hizo ceder la redonda de metal y Anbus LeBlanc se precipitó al vacío de cables con un grito.

Los hombres de negro nunca habían sido el súmmum de la profesionalidad, pero el pánico que se desató con la caída del líder fue de vergüenza ajena. Zell y Selphie se divirtieron de la lindo persiguiendo a aquellos que trataban de rescatar a su jefe mientras Squall cumplía el mejor papel que el destino le había otorgado jamás: recoger con caballerosidad a Rinoa cuando esta se deslizó por la capsula hasta el suelo.

- Misión cumplida, comandante. – gorjeó Selphie al llegar a su lado. No le sorprendió la fría mirada que se ganó.

- Si vuelves a desobedecer mis órdenes de esta manera…

- Squall, si ella no hubiera estado allí, yo no habría podido actuar. – empezó Irvine pero tuvo que soportar también la dura mirada de su superior. No le gustaba nada cuando Squall se ponía así. – Si vas a decirme…

- ¿Podemos hablar luego de todo esto? – Zell era el único que se había quedado en posición defensiva, alerta a cualquier ruido. – No tardarán en recuperarse del shock. Y no me hace gracia que LeBlanc pueda aparecer detrás de ese amasijo de cables en cualquier momento.

Era cierto, no sabían qué había sido de LeBlanc en su caída, y Gilbert seguía estando al mando de las tropas. Seguramente estaría planeando un contraataque en esos momentos y con Rinoa y Quistis en estado incierto no era momento de retrasarse con lecciones de autoridad.

Como un extraño bucle temporal, un SeeD cargando a la chica que quería corría por los pasillos blancos de nuevo. Parecían estar solos, el sonido de las botas repicando sobre el metal el único acompañamiento.

- ¿Crees que Seifer habrá logrado sacar a Quistis de allí? – Selphie pronunció el temor que todos tenían al fondo de su mente.

- Más le vale o le daré la paliza de su vida. – gruñó Zell.

- Podría estar muerto él también. – murmuró Squall, el eterno optimista.

Y así lo parecía cuando llegaron al hangar de tierra y fluorescentes. Estaba encogido al lado del cuerpo inerte de Quistis. El mumba se lamentaba, al lado de los dos, en un aullar descorazonador. Había sangre y un horrible olor a magia reconcentrada.

Zell se tuvo que tapar la boca para no vomitar, pues entre los olores se sentía la misma muerte, intensa y terrorífica.

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(3 meses después.)

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El eterno rumor del oleaje era soporífero. El mar, en batalla constante con los postes metálicos de los grandes campos de paneles solares, era un fuerte contraste con los tenues sonidos de la actividad en Fisherman's Horizon.

Seifer, recostado en su hamaca, apenas si oía nada. Hacía un día fantástico, un sol calentaba la plataforma donde se había puesto a pescar y la brisa del mar traía con ella los lejanos chillidos de las gaviotas.

Movió el brazo para alentar a los peces, muchísimos metros más abajo, a picar el anzuelo. Pero no estaba mucho por la labor. Rememoraba un instante especialmente feliz en el que Quistis le había mordido la mandíbula de una manera indescriptible justo antes de llegar al orgasmo.

Seguramente no era apropiado que estuviera pensando en guarradas, pero cuando se ponía melancólico prefería concentrarse en esas cosas. Siempre recordaría el olor y el sabor de la sangre mezclada con magia o cómo temblaba un cuerpo al que le despojaban de ambas cosas. Si tenía que recordar prefería que fueran cosas que a veces olvidaba, como la fuerza de los muslos de Quistis o una broma especialmente mordaz que lo hubiera dejado sin palabras.

Pero alguien no estaba dispuesto a que siguiera en el mundo feliz al que la somnolencia le había permitido llegar. De una patada, la hamaca de Seifer perdió las patas y él cayó de espaldas de forma bastante dolorosa. Ese alguien iba a pagarlo muy caro.

- Vagueando, como me esperaba. Eres muy predecible cuando te hacen daño, Seifer.

A lo mejor se había quedado dormido y estaba soñando. Pero le dolían todavía los moretones de la pelea en Esthar y eso no había estado pasando en sus distintas rememoraciones.

- Los sueños no duelen tanto. – murmuró, intentando incorporarse.

Quistis lo tomó del brazo y lo ayudó a levantarse. Seifer no podía dejar de mirarla mientras se alzaba y notaba el calor de su cuerpo a su lado.

- Podrías haber esperado a que me recuperara antes de lanzarte a tu habitual viaje de dolor y soledad. – Cuando ella se separó, estuvo a punto de ponerse a llorar. – Cuando se tiene que actuar como un hombre destrozado por el mundo hay que esperar a que la chica se muera antes.

Quistis ladeó la cabeza, los mechones rubios brillando al sol del mediodía. Parecía divertida ante la asombrada y silenciosa reacción de Seifer. Pero su expresión pronto se volvió apesadumbrada.

- Si fuera un sueño, esto no existiría. – se quitó el largo guante izquierdo con lentitud, como si le escociera.

El brazo de piel blanca estaba ahora cruzado por cicatrices donde las venas se habían hinchado y canalizado toneladas de magia. Era una visión terrible ver las suaves manos de Quistis mutiladas de esa manera.

- Y eso no es lo peor, sabes? – siguió ella, en voz baja. Se apoyaba en la baranda, al lado de Seifer, con expresión pensativa. – La emisión fue demasiado fuerte. Sobrecargué mis canales de energía y los achicharré como si fueran brotes en un incendio forestal. No podré usar la magia nunca más.

El hecho de que Seifer, que había sido un inútil en todo ese episodio, se encontrara a su lado sin más rasguño que moratones y una herida casi cicatrizada, era desgarrador. Contrajo la cara en una mueca de dolor, como si pudiera sentir el de Quistis.

- Pero no sé para qué te lo cuento, si ya debes haberlo imaginado al verme. – y su mirada fue peor que cualquier golpe. – Supongo que es más duro que verme muerta, no?

No podía soportarlo más. Le dio la espalda, tratando de tranquilizar su respiración acelerada. Ver a Quistis era shock suficiente, pero sentir su tristeza era lacerante. Y Seifer no llevaba bien ese tipo de dolor.

- No podía verte.

- Y decidiste huir. Muy caballeroso, sin duda. – el tono fue tan mordaz que despertó en Seifer parte de la ira que había olvidado. Se giró para encararla.

- ¿Qué pretendías al despertar? ¿Un novio que no puede salvarte la vida y expulsado del Jardín? No iba a humillarnos así. Los dos sabemos que esto…

No es que no se lo mereciera, pero después del vapuleo en Esthar, el puñetazo de Quistis le dolió terriblemente. La fuerza no había cambiado, a pesar de los brazos heridos, y tumbó a Seifer como hacía siempre.

- ¡JODER!

- Lo que yo sé, Seifer, es que cuando me despierto de un encontronazo con la muerte espero ver a mi compañero a mi lado, pase lo que pase. Y que si el tal compañero le produce repugnancia mi aspecto o mi inutilidad me lo diga a la cara antes de abandonarme.

Seifer se la quedó mirando con los ojos como platos. Era evidente que Quistis no se veía a sí misma, imponente contra el sol y brillando con toda esa fuerza contenida que acababa de demostrar con un golpe. Tenía la carne de gallina sólo del alivio y la felicidad que le producía verla allí, tan viva.

"De aquí a mojar los pantalones va un paso, chaval. Domínate."

- Repugnancia… crees que tú me produces repugnancia. - ¿Pero cómo se llegaba a eso? Se levantó y trató de acercarse, pero ella lo detuvo con un gesto. - ¿Cómo puedes pensar…?

Era evidente que Quistis estaba furiosa, porque solía ser de las que hablaban con sólo un gesto. Un segundo puñetazo era demasiado para ella. Seifer lo bloqueó con una mano.

- Llevo tres meses encerrada en una enfermería, esperando a que se regenerara mi cuello y mis venas. Sola. – una leve vibración quebraba la templada voz de la SeeD. – Tres meses Seifer, y sólo sé que te largas para vivir la vida en F.H.

El rubio relajó la palma que había capturado su puño y observó el dorso magullado. Quistis empezó a tironear, angustiada, cuando se lo llevó a los labios y lo besó. Era evidente que veía esas marcas como mujer y no como soldado.

- Llamas vida a vivir de lo que pesco y repugnancia a que saliera corriendo. – del dorso pasó a la palma, ante la mirada horrorizada de la rubia. – Te follaría en esta plataforma delante de los ojos de todo el pueblo. Pero tú sigue jugando.

Cuando ella se sonrojó, con algo parecido a la rabia más que a la vergüenza, Seifer supo que estaba condenado. Todo su orgullo no estaba siendo suficiente para la intensa debilidad que sentía ante las reacciones de Quistis. Era un adicto y ahora sufría de síndrome de abstinencia.

- Lo siento. - "¿Quién coño eres tú?"le espetó su consciencia. – Esto ha sido duro para ti y yo sólo pienso en mí mismo.

- Eso lo sabía cuando me enzarcé en esto. – no lo miraba, casi tan sorprendida como esa vocecita que tenía en su cabeza. – Me salvaste la vida en esa habitación Seifer. Pero desapareciste cuando desperté. ¿Crees de verdad que me importa que Squall te echara de Balamb?

- ¿Y a mí que tengas esto en los brazos?

- ¿Y qué voy a pensar? ¿Estabas allí para sacarme de mi error?

Seifer no contestó, soportando la pulla con estoicismo. No había disculpa a su huida, pero no había tenido elección. Verla había sido tan insoportable en ese momento…

- ¿Para qué estás aquí, Quistis? Sabes que soy un mierda. – su voz estaba cargada de desprecio hacia sí mismo.

- Para hacerte prometer que no me abandonaras nunca.

Seifer arqueó una ceja ante eso, como si no pudiera creerse que alguien tan serio como Quistis pudiera hablar de finales felices y cuentos de hadas.

- Estás flipando.

- El que flipas eres tú si crees que voy a dejarte huir cada vez que las cosas se tuercen o tu autocompasión decide salir a pasear. Tengo demasiado en qué pensar como para preocuparme por encontrarme la espalda descubierta.

- Oye, te dejé en tu casa rodeada de tus amigos, no es como si…

- Eso es lo que ha hecho que vuelva, Seifer. – le interrumpió ella. Aprovechó el desconcierto de él para liberar su brazo. – Salvaste mi vida y me protegiste de los malos. Vengo a rescatar a mi héroe.

Y por primera vez en mucho tiempo, Seifer se sonrojó. Sus mejillas se encendieron ante un cumplido que el niño de quince años aspirante a SeeD que un día fue había estado esperando desde hacía mucho, muchísimo tiempo.

La observó reclinarse en la barandilla, inspirando la brisa salada con alivio. Parecía como si una carga hubiera abandonado sus hombros.

- Además, tus temores de no poder volver a Balamb no importan ya. Yo tampoco puedo ser SeeD del Jardín.

"¡¿QUÉ?"

- ¡¿QUÉ? – Eso no tenía sentido posible. A pesar de no tener magia de ningún tipo, Quistis seguía siendo una valiosa fuente de información y experiencia. Por no decir que pegaba hostias como panes. - ¡¿Pero qué clase de subnormal se ha atrevido a echarte? ¡Oh Hyne, Squall es aún más lerdo de lo que me pensaba!

- Para tu información, Squall está muy disgustado con mi decisión. Seguramente en los próximos días me buscará para poder hablar del tema. – Y rodó los ojos, como si ya hubiera sufrido esas charlas demasiadas veces.

- Tu decisión… Madre mía, tanta magia te ha vuelto loca. Primero preocupándote por cosas tan estúpidas como cicatrices y ahora esto. – Obvió la mirada de advertencia que Quistis le lanzó. - Dime que no quieres ser ama de casa o algo parecido.

Ella no pudo evitar reírse ante el tono de angustia del rubio. Se paseó por la plataforma, dejando que masticara bien lo que acababa de decir y ver si se daba cuenta de las tonterías que decía. Pero al girarse y mirarlo, se dio cuenta de que tenía que masticar por él.

- En realidad, creo que me he dado cuenta de que ser subcomandante en el Jardín era algo que estaba por debajo de mis posibilidades.

- Oh vaya, ahorate das cuenta.

- Tal vez, comandante es un título que me corresponda más.

- Oh Hyne, ¿Golpe de estado a Squall? Te amo profundamente, con todo mi corazón. - y en su voz había tanta ilusión que Quistis tuvo ganas de golpearle. Iba a ser esa una enemistad que nunca cedería con el tiempo.

- En realidad, pensaba empezar mi plan de dominación mundial con algún otro Jardín, más necesitado de liderazgo.

Fue en ese momento que Seifer se dio cuenta de que Quistis no sólo venía a rescatarle de su autocompasión, sino que también había planeado un sitio para él en ese futuro brillante que alguien como ella siempre había merecido.

Squall, a pesar de prohibirle trabajar para Balamb, no le había quitado el título de SeeD. Eso permitía a Seifer ganarse la vida trabajando para cualquiera de los dos que quedaban. Pero todo el mundo sabía que nadie aceptaría a Seifer Almasy, el traidor, en sus filas. A menos que viniera de la mano de la SeeD más condecorada de todos los tiempos. SeeD que además tomaría las riendas de un Jardín antes de que nadie se diera cuenta.

Quistis no tenía por qué hacer todo eso. Balamb la quería y la necesitaba. Pero ella prefería arriesgarse a algo nuevo por hacerle un hueco en su vida. Ella lo quería con él, a pesar de su cobardía y su arrogancia.

- ¿Trabia o Galbadia? – Quistis sonrió mientras sacaba una moneda del bolsillo.

La lanzó al aire, pero no pudo ver si caía, dónde caía o cómo caía. Seifer se abalanzó sobre ella para besarla con desesperación. Con tanto amor como se había negado a ofrecerle hasta ahora. Y era bastante más del que él nunca admitiría en su vida.

FIN


Notas: Espero que nadie creyera realmente que dejaría morir a Quistis. Me va el drama por el drama pero nunca os dejaría sin final feliz! (Ya que la vida no los da, soy muy fan de ellos en la ficción!)
Es curiosa la evolución hacia el angst que ha habido aquí, especialmente si la comparamos con la gansada que eran los primeros capítulos. Hasta yo estoy sorprendida de esta afición por la oscuridad y el sufrimiento que parezco haber desarrollado XD

¡Y hasta aquí nuestra historia! Si has llegado a este capítulo, el 25, significa que has vencido a todos los enemigos que se han puesto delante de ti: unos primeros capítulos horribles, unas actualizaciones draconianas y una escritura de novata. Tu recompensa es un fic acabado, lector, y una autora contenta de que hayas llegado hasta el final del camino con ella.

A todos los que me habéis acompañado en las aventuras de Quistis y Seifer un enorme gracias y mucho confeti (¿O debería decir strip Triple Triad?) . Espero que hayáis disfrutado tanto al leer Minerva en Jaque como yo al escribirlo.

*Hace reverencia. Se apagan las luces. Se cierra el telón*

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