DISCLAIMER: Todos los personajes y bla bla pertenecen a J.K. Rowling.


Bajo el vientre de la bestia negra

El firmamento que rodeaba el solemne castillo nunca había sido más lóbrego. Los truenos rugían dentro de la boca de lobo que se abría para engullir la resplandeciente tormenta eléctrica que se había desencadenado y exhalar un fiero viento que corría indómito arrastrando todo a su paso, anunciando un probable fin del mundo.

Sin embargo, nada de eso importaba. Porque lo que tenía ante sus ojos era completa, total y horriblemente surrealista. Algo sacado de un tenebroso libro de Artes Oscuras o de las entrañas de lo más recóndito del Bosque Prohibido. Sirius no sabía por cuál de estas opciones decantarse. Únicamente sabía que algo dentro de él se había aclarado de la manera más asombrosa y terrible que jamás podría haber imaginado.

Había sido tan sólo un mísero segundo el que los había visto, pero tenía la total y absoluta certeza que esa imagen estaría grabada en su mente con fuego por la eternidad. Lucius había tenido jalado de la corbata a Severus presionándolo contra sus labios mientras que éste mantenía las manos en el pecho del mayor como si hubiera querido detenerlo. Ninguno de los dos se había cuenta de la presencia de la muchedumbre hasta que fue demasiado tarde. Entonces se habían separado.

Ni un ruido podía escucharse. Nada de risas nerviosas o algún comentario burlón o murmullos. Parecía que nadie sabía qué hacer. En especial Sirius que permanecía en un estado cataléptico. No temblaba ni respiraba, simplemente todas sus funciones motoras y sensaciones habían quedado suspendidas dejando su cuerpo rígido y paralizado. Por eso no sintió que Remus, ya recuperado del susto, le apretaba el hombro derecho queriendo atraer su atención.

Severus no estaba en mejores condiciones. Su piel había adquirido un tono fantasmagórico y su rostro estaba contorsionado en una espeluznante mueca de espanto. El diablo se le había parecido ahí mismo bajo el nombre de James Potter. Aterrorizado, miró a Lily. La chica tenía ambas manos en la boca y su cara estaba tan escarlata que parecía que iba a estallar. Pero sus ojos… Severus sintió que podría morirse ahí mismo. Los bellísimos ojos de esmeralda de Lily Evans no mostraban otra cosa más que una profunda lástima.

—Vaya, Snivellus, —dijo James en voz lo suficientemente alta para que lo pudieran escuchar— parece que después de todo no eres más que la putita de Malfoy.

Fue veneno puro digno de la boca de una serpiente. El comentario hizo a todos volver a la vida. Por ahí y por allá se empezaron a escuchar risitas que poco a poco comenzaron a subir de volumen.

Remus fue el único que lo percibió. Una oleada de magia agresiva por mucho tiempo encerrada que escalaba de intensidad, arañando el aire, creciendo y asfixiándolo todo como tentáculos. Estaba llena de ira, de rencor y un vivo y febril odio. Sabía que de un momento a otro las cosas se saldrían de control y miró a Severus.

Todo sucedió a una vertiginosa velocidad. En el instante en que sus ojos se posaron en el Slytherin, éste sacó su varita como un rayo y gritó:

¡Sectusempra!

El maleficio fue bloqueado por James. Sabía que era casi seguro que el otro lo agrediera y había ido con la varita lista. El corredor se llenó de maldiciones en cuestión de nada y todos salieron desbandados colocándose a una distancia segura para poder observar la pelea.

El licántropo tuvo todas las intenciones de detenerlos ahí mismo al igual que Lily, no obstante, la tarea probó ser mucho para los dos prefectos al ser grandiosamente ignorados. Remus supo que lo mejor era ir por los profesores y así se lo hizo saber a la muchacha quien de inmediato estuvo de acuerdo y echó a correr por la galería. Remus intentó apartarse del duelo, pero se detuvo al ver que Sirius se había quedado inmóvil. Lo sacudió queriendo despertarlo, le gritó e incluso le cruzó la cara un par de veces.

Entonces Sirius respiró y Remus se dio cuenta de la formidable equivocación que había cometido. Aquella magia tan perturbadora no le pertenecía a Snape sino al mismo Sirius. La energía, libre al fin de tantas restricciones, mentiras y engaños, detonó en forma de una onda de choque que empujó con fuerza a todos aquellos dentro de un radio de unos quince metros. Las paredes se resquebrajaron, el suelo se hundió y una columna se vino abajo casi aplastando al prefecto.

¡Incendio!

El conjuro salió de la varita de Sirius como una potente detonación de fuego que se dirigió directo a Lucius. El Slytherin, apenas levantándose del suelo, pudo notar el ataque y aunque alcanzó a desviarlo, el poderoso impacto lo tiró de nuevo.

Mientras tanto, James y Severus se pusieron de pie al mismo tiempo y reanudaron su tenaz combate sin importarles qué había sido aquello que los había hecho salir volando.

Aprovechando que Malfoy se estaba recuperando, Sirius levantó una pequeña estatua y la agrandó desproporcionadamente para arrojarla encima del rubio; no obstante, cuando la estatua cayó, ésta se hizo pedazos antes de poder tocar al chico debajo de él. Sirius se volvió fúrico para ver quién había intervenido.

Remus estaba de pie detrás de él con la varita extendida y respirando entrecortadamente.

—¡No te metas! —le advirtió mientras preparaba otro hechizo; sin embargo, esta vez Lucius se le adelantó y lo atacó con un maleficio que le dio de lleno en el brazo y le produjo una dolorosa quemadura.

Haciendo caso omiso del dolor, Sirius volvió de nuevo a la carga desoyendo los gritos de Remus. No pasó mucho tiempo antes de que notara que algo estaba mal. Estaba tan alterado y rabioso que sus maldiciones eran erráticas y salían con nula o demasiada intensidad. Lucius lo derribó dos veces y Remus salió en su defensa. El hombre lobo atacó oportunamente y su perfecto stupefy envió al rubio contra una pared rompiéndole su perfecta y respingada nariz. No contento con escucharlo aullar de dolor, el animago hizo estallar un pedazo de muro y los escombros salieron disparados en todas direcciones hiriendo sin distinción a amigos y enemigos.

James y Severus iban bastante parejos hasta que la explosión los alcanzó. Ambos muchachos rodaron por el suelo, pero mientras que James quedó aturdido, el Slytherin se incorporó en un santiamén y atacó al prefecto con la creencia de que él había sido el culpable.

Todavía más furioso que antes, Sirius asaltó sin tregua al pálido chico. Severus se defendió magníficamente y dándose cuenta de los débiles hechizos, tomó su oportunidad para contraatacar. La serie de maleficios era desviada con mucho apuro, Sirius empezaba a sentirse cansado y la varita estaba dejando de responderle.

Por última vez, Severus volvió a invocar el sectusempra y Sirius un protego. El encantamiento, empero, no soportó el poder de la magia oscura y se quebró dejando que el hechizo penetrara amortiguado y le diera a Sirius. Al instante, sintió como si miles de cuchillos al rojo vivo le abrían la piel en múltiples lugares. El Gryffindor profirió un alarido y se protegió con los brazos viendo cómo Severus caminaba hacia él y blandía la varita como si de una espada se tratase. El sectusempra lo hirió una y otra vez sacándole sangre a borbotones en sus brazos, torso y muslos. Cada laceración era una agonía, fuego que se enterraba dentro de él. Sobreponiéndose a sus nervios abrasados que gritaban, se lanzó contra Severus y lo derribó. El muchacho se vio tomado por sorpresa por el acto de su compañero y cayó hacia atrás sin poder evitarlo.

Lo siguiente que pasó, Sirius lo recordaría como entre brumas. Sus puños cayeron inclementes sobre el frágil cuerpo una y otra vez. Estaba enloquecido, fuera de sí. No se detuvo a pesar de que varias manos lo sujetaron tratando de quitarlo de encima del Slytherin, ni cuando escuchó el sonido de los huesos que se rompían o al ver el rostro contraído de intenso dolor de Severus. Tan sólo se detuvo cuando unas cuerdas se enredaron alrededor suyo y lo tiraron al piso.

Forcejeando y chillando como trastornado, no se había dado cuenta de que el profesor Flitwick había acudido llamado por varios alumnos. Slughorn y McGonagall llegaron en ese preciso instante y contemplaron boquiabiertos el escenario que se ofrecía ante ellos.

Remus se incorporó con mucho trabajo y compartió la misma expresión horrorizada de sus profesores y el resto de sus compañeros. James yacía boca abajo con varias heridas en la frente, Lucius era ayudado por varios estudiantes de su casa y Severus gemía quedamente con el brazo doblado en una posición extraña en un charco de su propia sangre. Parecía que había pasado un tornado de destrucción por el corredor. Un tornado de destrucción llamada Sirius Black.


El cielo de Hogwarts seguía teñido de un tortuoso negro a pesar de que la tormenta eléctrica había retrocedido y los truenos se habían esfumado para dar paso a una recia lluvia que se precipitaba con furia sobre el iluminado castillo. Eran apenas las nueve de la mañana.

Filius Flitwick caminaba irritado con las manos a la espalda y hablando con impaciencia al adolescente sentado en el suelo del pasillo. No era su deber regañarlo, lo sabía, pero no podía evitar decirle un par de cosas que bien merecidas tenía. Continuó por varios minutos hasta que se percató que el chico no lo estaba escuchando, sino que tenía la mirada perdida en la abundante agua que caía. Se ajustó su diminuta túnica y lo llamó con firmeza:

—Sr. Black…

Sirius tenía la cabeza recargada hacia un lado contra la pared y apenas y si oyó la voz del pequeño profesor. Tan sólo observaba la nada con sus grises ojos empañados mientras frotaba distraídamente la marca de la mordida con su pulgar y una única pregunta flotaba en su mente: ¿cómo pasó?

El efecto del sectusempra había terminado hacía una media hora y ahora sólo le quedaban un montón de dolorosas heridas secas bajo el uniforme lleno de polvo de piedra. Tuvieron que hechizarlo para que se tranquilizara. Remus, Severus y Lucius habían sido llevados a la enfermería. Él se había negado rotundamente a ser atendido y ahora aguardaba —vigilado por su profesor de Encantamientos— fuera de la oficina de McGonagall a que terminara con James.

Se sentía emocionalmente exhausto. Ni siquiera tenía la suficiente energía para reflexionar en lo que había hecho. Las imágenes se sucedían una tras otra sin que él pudiera sentir algo al respecto. El dique se había roto dejando escapar su contenido y ahora era como si estuviera… vacío.

Una serie de pasos a la lejanía pertenecientes a una apresurada figura hicieron eco en el amplio corredor, pero no le interesó averiguar de quién se trataba.

—¡Sr. Lupin! ¿Qué hace acá? ¿Cómo lo dejaron salir de la enfermería?

—Ya estoy bien, profesor, sólo fue algo superficial.

La tranquila voz de su amigo lo logró sacar de su ensimismamiento. Ahogando un quejido, se puso lentamente de pie.

—Remus…

—Profesor, ¿cree que podría hablar un momento a solas con Sirius? —solicitó sin mirar a su amigo.

—No es posible, el Sr. Black debe estar bajo vigilancia.

—Por favor, —imploró suavemente— no iremos a ningún lado. Sólo será un minuto.

Flitwick dudó al ver el desesperado gesto de su estudiante.

—Bien —accedió sin dejar de lado cierta severidad. —Un minuto.

—Gracias.

El profesor les echó un último vistazo y se alejó a una considerable distancia.

—Remus… —repitió.

—No puedo creerlo.

Con gran asombro, Sirius advirtió que el usual rostro gentil de Remus había adoptado una expresión iracunda.

—¿Te das cuenta de lo que hiciste?

Quiso responderle, pero el sonido simplemente no pudo salir de su garganta.

—Te pregunté, Sirius, te pregunté una y otra vez qué era lo que te ocurría, —le apuntó con dedo acusador— pero te empecinaste en guardarte todo y jugar un peligroso y estúpido juego que sólo resultó en desgracia. ¿Estás contento ahora? ¿Te sientes mejor? Le rompiste el brazo y el hombro a Severus, espero que estés satisfecho contigo mismo. Ya lograste lo que querías: desquitarte.

Guardó silencio hundido en una profunda vergüenza. No, no era eso lo que quería. Su ira se había salido de control. Lo único que deseaba era matar a Malfoy, no a Snape.

—No me… —murmuró— No quise…

—¿Así cumples tus promesas? —dijo con sarcasmo. —Aunque la culpa también es mía, fui un verdadero imbécil por creerte —al ver la actitud evasiva del otro, continuó: —Lo que hizo James estuvo mal, pero lo que tú hiciste fue mucho peor. Te ensañaste con alguien cuya única culpa fue ser el blanco de tus sentimientos reprimidos que no tienes el valor de reconocer.

—¿Qué? —parpadeó varias veces.

—El osado, el valiente Gryffindor Sirius Black no tiene las malditas agallas de admitir que estaba celoso. ¿En dónde está ahora esa valentía de la que tanto te jactas, Sirius?

—¿De qué estás hablando? —replicó comenzando a sentirse molesto.

—¿Eres tan imbécil y obstinado que ni siquiera ahora lo puedes admitir? —soltó con frustración. —Hablo de los celos que sentiste cuando viste a Lucius y a Severus besándose.

Sintió un profundo escalofrío. Sí, recordaba el beso y la avalancha de sentimientos que prácticamente había vomitado.

—Yo no sentí celos —siseó. —Estaba molesto porque esos dos andaban haciendo ese tipo de cosas inmorales en pleno pasillo-

—¡Dios mío! —gritó sin poder contenerse. —¡Estás absolutamente desquiciado!

Flitwick los miró con cierta aprensión, sin embargo, siguió en el mismo lugar.

—Te la voy a poner fácil, Sirius —gruñó— ya que llevas tanto tiempo mintiendo que hasta tú mismo te crees tus propias sandeces. Toda esta rabia que sientes, todas las tonterías que te inventas para justificar tus acciones son porque estás celoso, no enojado. No te molesta el hecho de que Lucius y Severus sean homosexuales, te molesta verlos juntos porque a ti… a ti te gusta Severus.

La declaración fue arrojada llanamente como una bomba y tuvo todos los efectos devastadores de su mortal detonación en Sirius. Las piezas empezaban a caer en su lugar.

—Esta es la peor idiotez que has dicho —dijo echando lumbre por los ojos. —Por tu bien, te recomiendo que no vuelvas a insinuar-

—¿Insinuar? ¿Quién demonios está insinuando algo? ¡Te lo estoy diciendo de frente, estúpido cretino! ¿En serio tienes la cabeza tan llena de mierda que ni escuchándolo lo puedes aceptar?

Esta vez, el profesor les lanzó una rigurosa mirada de advertencia y Remus volvió a bajar la voz.

—Todo este tiempo persiguiéndolo y acosándolo es porque sientes algo por él. Y es obvio que dentro de tu mente enferma, no lo puedes tolerar.

—Te equivocas —dijo con los dientes apretados.

—Adelante, sigue ahogándote en tus mentiras —rió amargamente. —¿Qué importa ya? Después de esto, ten la seguridad de que Severus te odiará más que nunca.

Sirius se agarró la cabeza como intentando retener la cordura ya perdida e intentó serenarse. No es verdad, no es verdad, no es verdad, se repetía maquinalmente… Aaahh, pero tú sabes que sí, Sirius, ya no te quedan más mentiras en las cuales ocultarte… La vocecita habló tan malévola y terminante que le dolió con un alucinante ímpetu, incluso dolió más que un sectusempra. El aire le empezó a faltar. Su cabeza le dio vueltas y un rebelde temblor apareció en su cuerpo. El pasillo se hacía tan pequeño y la lluvia sonaba tan ensordecedora que tenía que salir de ahí pronto o acabaría gritando.

La puerta del despacho de McGonagall se abrió y James salió con cara de pocos amigos. Sin notar el frágil estado mental de Sirius, se dirigió furioso hacia él.

—Qué idiota eres, de veras, ¿cómo se te ocurre agarrar a golpes al imbécil de Snape enfrente de tantos testigos? ¡McGonagall está hablando de expulsarte!

—Ahora no, James —lo previno.

—¿Y cuándo? ¿Cuándo se te pegue la gana? Ya me harté de tus estupideces. Haces las cosas sin pensar-

—¡Dije que ahora no, James!

—¡Me vale madres! —rugió sujetándolo de las solapas del uniforme. —¡Me vas a explicar por qué estallaste de esa manera y te dedicaste a tratar de asesinar a Malfoy! ¡Nos pusiste en riesgo a todos!

—¿Qué quieres que te diga? ¡Tú tuviste la culpa en primer lugar! —explotó. —¡Llevando a toda la puta escuela para exhibirlos como si se tratara de un espectáculo!

—¡Lo hice porque se lo merecía! —exclamó estrellándolo en la pared sin importarle el doloroso quejido de su compañero.

—¡James! —intervino el hombre lobo tirando sin éxito del chico de gafas.

—¡Lo hiciste para ganarte otra vez a Evans!

—¿Y qué? ¡Después de tu pendejada en el lago tenía que ver la manera de vengarme! ¡Ya que ahora no te dignas a contarme nada tuve que hacer mis propios planes yo solo así como tú! ¡Me dejaste de lado!

—¿Yo te dejé de lado? ¡No me hagas reír! —vociferó y lo empujó con fuerza deshaciéndose del agarre. — ¡Andas tan enculado con Evans que eres incapaz de ver a otra persona! ¿Y yo qué, James? ¿Me tengo que sentar a esperarte hasta que te de la puta gana de hacerme caso? ¡Vete a la mierda! ¡Si tanto te cagas por estar con Evans lárgate con ella!

Ahí estaba, lo había dicho al fin. James se quedó de una pieza y Sirius supo que no había vuelta atrás. Remus los contemplaba presa de la impotencia. El muchacho de ojos acerados se giró para irse justo en el momento en que la profesora salía atraída por los gritos y Flitwick llegaba presuroso.

—¿Qué es todo este escándalo? —los reprendió el diminuto brujo.

—¡Sr. Black! ¿A dónde cree que va?

—¡A donde me plazca! —exclamó sin voltearse.

—¡Regrese en este mismo instante o-!

—¡¿O qué? ¡¿Me va a hacer limpiar todo el asqueroso castillo, me va a hacer ayudarle a Filch hasta que me sangren las manos, me va a poner en detención hasta que acabe el colegio? ¡No me importa!

—¡Sirius, por Merlín, cállate! —bramó Remus.

Minerva McGonagall estaba atónita por el atrevimiento; sin embargo, acostumbrada a lidiar con adolescentes de ánimos impredecibles, recuperó su autoridad y lo amenazó:

—¡Vuelva ahora mismo o quedará expulsado!

—¡Pues sería lo mejor! —gritó virándose para enfrentarla. —¡Porque ya no aguanto otro minuto en este maldito lugar de mierda!

—¡Sirius Black!

El muchacho cerró los ojos y tragó saliva al reconocer la voz. Muy despacio, se dio la vuelta y se encontró con la imponente figura de Albus Dumbledore. El anciano mago lo miraba con gravedad a través de sus gafas de media luna.

—Ven conmigo.

Sin siquiera soñar en discutir la orden, Sirius siguió al director dejando atrás a sus enojados amigos.

El camino hacia la oficina transcurrió en el más absoluto silencio. Algunos alumnos los siguieron interesados con la vista dado que el chisme de lo sucedido se había esparcido como reguero de pólvora. Todos tenían una inmensa curiosidad por saber el destino de Sirius Black, ese abusivo Gryffindor que le había puesto una salvaje golpiza a Severus Snape. Si bien muchos odiaban a los Slytherins, estaban de acuerdo en que la pelea había sido totalmente injusta, que Black había enloquecido y que debería ser enviado a San Mungo para una minuciosa evaluación psiquiátrica.

El joven aristócrata prestó oídos sordos a los rumores que despertaba a su paso y avanzó con la cabeza erguida aún cuando por dentro sentía que estaba a punto de derrumbarse. Después de un tortuoso recorrido que le pareció innecesariamente largo, llegaron a la entrada de la oficina.

—Chupetín de pistache.

La gárgola se movió, ambos subieron por las escaleras giratorias en espiral y pasaron por la pesada puerta de madera hacia la amplia estancia. Dumbledore se colocó detrás de su escritorio y le hizo una cordial invitación al chico para que tomara asiento.

—¿Te apetece algo de tomar? —preguntó benévolamente.

Sirius tenía partidos y resecos los labios y la lengua como una lija, no obstante, hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Si no te importa, yo tomaré un poco de té.

El director sirvió un poco del humeante líquido en una hermosa taza de plata. En su percha, Fawkes graznó ligeramente con melodiosa voz y Sirius se abstrajo observando el majestuoso plumaje ígneo. Luego de dar un pequeño sorbo, el hombre se aclaró la garganta recuperando la atención del muchacho.

—Ahora, si fueras tan amable de contarme qué fue lo que pasó…

—¿No lo ha escuchado ya?

—Claro; sin embargo, considero útil escuchar todas las versiones posibles de la misma historia. En especial me interesa la tuya.

—No sé cómo podría ayudarle mi versión, señor —musitó cansado. —Lo que le han dicho los demás es verdad. Todo.

—¿No te interesa defenderte, Sirius? ¿Darme las razones por las cuales hiciste semejante cosa?

—¿Con qué objetivo? No veo cómo puedo justificar el hecho de haber atacado a Malfoy y golpeado a Snape hasta romperle los huesos —bajó la vista.

—Para empezar, podrías decirme por qué sentiste la necesidad de agredirlos de esa forma.

Porque estaba celoso, canturreó la voz provocándole el impulso de saltar por la ventana.

—Bueno, ¿por qué no comenzamos por el principio entonces? —sugirió al ver su inquietud.

—… Bien —se relamió los labios. —Hoy en la mañana-

—No, un poco más atrás.

—…Uhm… Ayer por la tarde-

—¿Qué tal si probamos todavía más antes?

Sirius se frotó las palmas y rememoró el inicio de todo esto. ¿La noche que había ido a parar a los calabozos? No, ese detalle estaba fuera de discusión.

—Ahm… ¿La noche del banquete de Halloween? —aventuró inseguro.

Al recibir la aprobación de Dumbledore se dedicó a relatarle cómo se le había ocurrido adquirir la apariencia femenina como un juego de Noche de Brujas, que Severus lo había descubierto —sin especificarle cómo— y que se había metido en una extorsión de parte de Snape que había desembocado en el acontecimiento del lago y el consiguiente desastre en el pasillo. Evidentemente omitió los pormenores que los perjudicaban en demasía, como el encuentro nocturno y el del bosque.

—Así que James les pidió que lo acompañaran porque quería que vieran a Lucius y a Severus besándose…

No tenía caso negar eso, había demasiados testigos que desmentirían haber ido a parar al corredor por pura coincidencia.

—¿Qué es lo que pasó después de eso?

—Ah… no estoy muy seguro… No sé quién atacó primero… Creo que yo… Le lancé un incendio a Malfoy y luego él me quemó el brazo… Remus intervino, pero luego me equivoqué al arrojar un expulso y sin querer yo… herí a James —terminó con un hilo de voz hundiéndose en la butaca.

Sirius quiso frotarse la cara, pero no pudo. Apenas sus dedos entraron en contacto con las heridas, sintió un agudo dolor que le hizo retirar las manos.

—Y acabaste siendo víctima de la maldición de Severus.

Dumbledore se puso de pie y caminó hacia él.

—Permíteme ver, por favor.

El adolescente se incorporó. A excepción por las manchas de sangre y cal, su ropa estaba totalmente intacta, no así su piel y el anciano lo vio cuando Sirius se despojó de la túnica y se alzó la camisa para revelar cortes de diferente tamaño y profundidad marcando su pecho y estómago. El director se ajustó las gafas y lo inspeccionó con ojo crítico.

—Mmh… ¿Recuerdas el nombre de la maldición?

Sectusempra.

—¿Es la primera vez que Severus te ataca con ella?

—Sí, jamás la había usado antes.

El brujo sacó su varita y empezó a realizar varios pases a la vez que lo interrogaba:

—Si no estoy equivocado, el impacto no te dio de lleno.

—No, —dijo estremeciéndose ante el doloroso fuego que se extendía rápidamente por cada una de las heridas— logré… conjurar un protego… que se desvaneció…

—Y aún así, tuviste mucha suerte.

¿Suerte? ¿Le llamaba suerte a que lo hubieran usado de alfiletero?

—Esta es magia oscura, muchacho, pudo haber sido muchísimo peor —aclaró. —No había escuchado esta maldición en particular, de manera que desconozco el contrahechizo, pero haré lo posible para que no te queden cicatrices.

Sirius soportó lo mejor que pudo el martirio que era ser sanado. El dolor que producía el Skelegrow era un paseo en el parque comparado con lo que estaba sintiendo. Eran miles de agujas que se clavaban en su reacia piel para jalarla violentamente y unirla de nuevo. Pasaron unos minutos que bien pudieron ser una eternidad. Sudoroso, sin color y temblando, se desplomó en la silla. La piel le había quedado tan enrojecida e hipersensible al tacto que la tela del uniforme se sentía al equivalente de un rallador de queso.

—Necesito que vayas con Madame Pomfrey después. Ella terminará de curarte —le pidió ahora atendiendo la abrasada extremidad de su estudiante.

El animago quiso asentir, pero no supo si logró mover su cabeza.

—Toma esto, muchacho, te hará sentir un poco mejor.

Con los ojos entrecerrados, distinguió una tacita plateada que le era ofrecida. El aroma dulzón lo hizo salivar casi al instante y tomó ansioso el tibio líquido que se deslizó mojando su sedienta garganta.

—Gracias.

Se sintió extrañamente reconfortado y con mucho sueño. Nada más quería cerrar los ojos y dormir un poquito sin pensar en cómo había llegado al punto de arruinar su vida por un Slytherin.

—Sirius…

Con evidente esfuerzo, abrió los párpados. Dumbledore había regresado detrás de su escritorio.

—Sé que te sientes muy cansado, pero me temo que hay ciertas cosas que debemos discutir.

El estómago le dio un vuelco al oírlo. Ya se preguntaba que tanto tardaría en decirle que no le quedaba otro remedio que expulsarlo.

—Me imagino que ya te has dado cuenta que tu magia ha entrado en una etapa de peligrosa inestabilidad —sus brillantes ojos azules parecieron perforarlo— y quiero saber, muchacho, si hay algo en específico que haya causado ese problema.

Sirius, acostumbrado a hacer las cosas sin pensar, no había querido prestar atención a ese detalle; sin embargo, un veloz repaso a los últimos acontecimientos le hizo darse cuenta de que la oscilación de su magia correspondía a sus incesantes cambios de humor provocados por sus sentimientos hacia Severus.

—He estado… bajo mucha presión… la escuela, ya sabe —dijo evadiendo la mirada.

—Estos casos sólo se dan por una gran conmoción emocional, Sirius, del tipo que tuviste en el pasillo e hizo que tus conjuros fallaran.

Tragó fuerte, ¿qué podía decirle a Dumbledore? ¿Qué al parecer todo su maldito inconveniente era que se había sentido celoso porque le gustaba Snape? Ni aunque le arrojaran diez crucios y lo atiborraran de veritaserum.

—No sé…

—Lastimaste seriamente a Severus por no poder controlarte a tiempo. Quiero ayudarte, muchacho, pero no puedo si tú no quieres.

Sirius se encogió en su asiento y se embelesó contemplando una pluma encendida que caía de la acicalada cola del fénix. El anciano esperó pacientemente a que el muchacho decidiera hablar; sin embargo, el largo silencio que se instaló le hizo percatarse que el Gryffindor no diría nada.

—Bien, ya que no deseas cooperar, me temo que-

—¿Va a expulsarme? —lo interrumpió con ojos ausentes.

El director observó con cuidado al chico frente a él.

—No, Sirius, no voy a expulsarte; —entrelazó sus largos dedos— sin embargo, dado que representas un riesgo para tus compañeros y la gravedad de tus acciones, debo suspenderte una semana de clases, revocarte el permiso para ir a Hogsmeade por el resto del año…

Si el adolescente no había reaccionado a estas sanciones, lo hizo con las que siguieron a continuación.

—… y del equipo de quidditch, además, debo restarle cincuenta puntos a Gryffindor por tu agresión a…

Las entrañas se le retorcieron. Si James no lo odiaba ya, sólo tenía que esperar a que se enterara que había sido suspendido del equipo. Para hacerlo más interesante, ahora también sus compañeros se le irían encima por esa pérdida de puntos.

—En cuanto a los castigos, servirás con el Sr. Filch después de clase como te había indicado la profesora McGonagall y después irás a limpiar la lechucería. Por supuesto, tu detención en la biblioteca queda nulificada, así que a menos que sea absolutamente necesario que acudas ahí, debo pedirte que te mantengas alejado.

De todo, esto fue lo que más le dolió. Con esas restricciones, sería prácticamente imposible ver a Snape. Aturdido, abandonó la comodidad del cálido sillón.

—¿Es todo, profesor?

—También quiero que le pidas una disculpa a la profesora McGonagall.

Sirius asintió pesadamente. Quiso retirarse, pero la compasiva voz de Dumbledore lo detuvo.

—Sirius… Tengo la absoluta certeza de que no eres una mala persona…

Si la intención del mago era levantarle los ánimos, tuvo el efecto contrario, pues lo único que logró fue que la sensación de infamia se acrecentara.

—Y quisiera que tú también lo creyeras…

Clavó los ojos en suelo alfombrado sintiéndose cada vez más miserable, incapaz de sostener la luminosa mirada azul. Con un suspiro, el hombre se reclinó hacia adelante.

—Sólo una cosa más…

Y entonces, Dumbledore soltó la estocada final:

—He llamado a tus padres. Estarán aquí en unas horas.


N. de A. He de decir que esa cagotiza que le pone Remus a Sirius y la posterior pelea con James es una de las primeras escenas que imaginé y es de mis favoritas X3

Lo que pasa entre Severus y Lucius antes de que los atrapen en el beso, se aclara en el capítulo que sigue.

De acuerdo a mis fuentes, el sectusempra fue creado por Snape durante su sexto año. ¿Qué mejor que estrenarlo con Sirius?

¡REVIEWS! Les agradeceré de todo corazón que me dejen saber si fue de su agrado o no este capítulo :D

Herla-king: Gracias! :D

Serpiente negra: Pues ahí está, Remus ya sabía desde mucho antes como podrás ver XD Y pues ya le cayó el veinte al baboso de Sirius.

Yo 3 no mames soy yo: *Echando aire para que respires* No, desafortunadamente no fue un hechizo y pues sí fue un poquito catastrófico D: Pero bueno, sirvió para que Sirius ya le parara a sus constantes locuras, después de esa última, claro.
Asesinada? XD Nah, es que ese día estuve bastante ocupada y hasta tarde pude actualizar XP