25- Un monstruo
—¡Deprisa!
Con fría lucidez, Sherlock se adelantó, se despojó de su abrigo y lo echó sobre la cabeza de John, obligándole a agacharse y a mantenerse pegado a la pared en sombras.
Poco podía hacer contra la luz, que invadía la estancia velozmente. Sherlock volvió el rostro hacia la enorme luna, brillando en todo su esplendor. Sus rayos sin duda habían alcanzado a John, y se maldijo por su distracción. Transcurrieron unos instantes, pero no se atrevió a hablar. Temía que algo babeante y mortal hubiera ocupado el lugar de John bajo su abrigo.
Una vocecita rompió el silencio, amortiguada por la tela:
—¿Sherlock?
Sherlock no respondió, pero al menos pudo respirar. Mantuvo la vista en el cielo.
—¿Qué está pasando? —preguntó John con timidez.
Sherlock seguía rodeando con sus brazos al doctor, escudándole con su propio cuerpo. Se quedó mirando al frente con expresión ausente durante un momento y, cuando respondió, su voz expresaba más bien la curiosidad que sentía que la posesión de una respuesta que explicara aquella situación un tanto incierta:
—Nada.
Podía oír la respiración de John. Profunda, baja, tranquila, acompasada. Un milagro de serenidad.
—Exactamente, nada. No he... cambiado.
En efecto: John se había visto expuesto a la luz de la luna y seguía siendo él mismo.
Pese al enorme desconcierto que reflejaba su rostro, Sherlock no abandonó su actitud protectora. Un hombre lobo cambia a causa de la fuerza gravitacional de la luna cuando ésta está llena, cualidad que hace posible la mutación. Es esa actividad la que estimula al lobo. Aunque su alivio era inexpresable, no entendía por qué John no había cambiado.
—Todavía.
El susurro había surgido a sus espaldas y apenas tuvieron tiempo de reaccionar. Sintieron una viva sacudida cuando Starling (ahora dotado de una nueva rapidez, ligereza y agilidad de movimientos) se abalanzó sobre Sherlock a una velocidad asombrosa, lo agarró y lo apartó de John. La inercia hizo que John cayera hacia delante. Apartó el abrigo, descubriendo su tenso y magullado rostro, y vio cómo en cuestión de segundos Starling había arrastrado a Sherlock hacia el centro de la estancia. Hacia la zona más iluminada.
Las facciones de John se endurecieron mientras se ponía lentamente en pie.
—¡Tienes que darle tiempo, Watson! —dijo Starling, recurriendo al viejo método de sujetar a Sherlock por el pelo mientras éste se debatía—. La conversión sigue una pauta que no he podido suprimir, lo siento. Considéralo un... desafortunado efecto secundario. Mírame a mí, por ejemplo. Sigo siendo el mismo atractivo bastardo de hace cinco minutos.
Cinco minutos.
—¿Por qué no vienes aquí con nosotros, doctor? La luna está preciosa esta noche.
—¡No, John! ¡Acelerarás la mutación! ¡No te acerques a la luz! —gritó Sherlock, con el rostro contraído de dolor mientras Starling le tiraba del pelo. Lanzó un grito ahogado cuando el sargento le echó la cabeza hacia atrás.
—Doctor, te juro que si no vienes aquí a la de tres, le arranco la cabeza.
—¡No, John!
—Una... Dos...
Sosteniendo una dura lucha interior, John salió de la estrecha franja de sombras y echó a andar hacia ellos como un sonámbulo. Polvo al polvo... Con esa idea, se detuvo a unos pasos de Starling y su rehén, alzó el rostro hacia el pálido disco de la luna y finalmente clavó una mirada de infinito rencor en su antiguo compañero de armas.
Starling sonrió satisfecho.
—¿Ya estás mareado?
—Suéltalo.
—Supongo que sería lo más benévolo, considerando lo que está a punto de presenciar. Dale un poco de ventaja, ¿eh?
—Suéltalo —repitió John—. Ahora.
Los cambios, sin embargo, y a pesar de su sutileza, ya habían empezado a evidenciarse. En los ojos de Starling comenzaba a brillar un resplandor dorado, y su rostro parecía cada vez más macilento. No tenía la más mínima intención de soltar a Sherlock. Ya no.
Sherlock, mientras tanto, esforzándose por sosegar tanto su mente como su respiración, empezó a identificar el área y a calcular sus posibilidades. El terror limitaba su formidable capacidad de análisis, pero no su instinto de supervivencia. Aprovechando la momentánea distracción que la presencia de John suponía para Starling, Sherlock levantó un pie y descargó el talón contra la rodilla de su captor con todas sus fuerzas.
Con un gruñido de dolor, el sargento arrojó bruscamente a Sherlock al suelo y se inclinó para aferrarse la rodilla. Sherlock se incorporó de inmediato y echó a correr, arrastrando a John consigo.
Dejaron atrás la amplia estancia y, sin dejar de correr como locos, tomaron un pasillo, atravesaron unos barracones e irrumpieron en un comedor regiamente decorado. Sherlock soltó la muñeca del doctor y corrió hacia la puerta más próxima. John se quedó atrás, inmóvil, observando con expresión ausente cómo Sherlock la abría y se asomaba con cautela. Apretó los labios mientras sentía, con el corazón desbocado, cómo sus pupilas se dilataban y se contraían lentamente en la oscuridad, al tiempo que la amenazadora presencia se agitaba en su interior. Bajó los ojos, presa de una tristeza tan negra que por un momento acalló incluso al lobo.
—Tenemos que llegar a la armería.
—Sherlock, mátame.
Sherlock se volvió bruscamente hacia él.
—¿Qué?
—Por favor.
Aquello tuvo el efecto de un mazazo. Sherlock corrió hacia John y lo cogió por los hombros, meneando la cabeza.
—Eh, eso no será necesario...
—¡Sí que lo es!
John se apartó violentamente de él. Cada fibra de su ser reflejaba desesperación, y en su expresión había algo a un tiempo trágico y heroico. Sherlock advirtió en sus ojos el brillo de una lágrima.
—Voy a convertirme en un monstruo. ¡Un monstruo, Sherlock! No sé cuándo, pero… ya falta poco. No puedo permitir que nadie más muera por mi culpa, no... —Parpadeó y la lágrima cayó—. No puedo.
Se miraron largamente, en silencio.
Y entonces, un aullido distante los sobresaltó.
