Recomendación musical: Busted — Sleeping with the light on.


Capítulo 24: Nostalgia.

Un suspiro cansado se escapó de los labios de April cuando, a última hora de aquella calurosa tarde, abrió la puerta del dormitorio que le habían asignado en el inmenso palacio real de la familia Aston. Dejó el montón de paquetes que llevaba bajo el brazo sobre la antigua mesa de alas abatibles, que decoraba el rincón adyacente a la entrada, y cerró la puerta tras ella, echando el pestillo.

Sus ojos vagaron durante unos segundos por la habitación, suavemente iluminada por la luz de la luna fantasma que se filtraba por los grandes ventanales que daban al exterior y por las suaves velas que adornaban las lámparas que pendían del techo y las paredes. Y mientras se quitaba a tirones sus nuevos zapatos, un diseño exclusivo traído directamente desde Egzardia, las frías baldosas de mármol que decoraban el suelo de la estancia la ayudaron a aliviar el dolor que sentía en los pies después de haberse pasado todo el día subida a aquellos zapatos infernales.

¡Cómo echaba de menos la comodidad de sus botas!

Pero toda su ropa había quedado relegada a un rincón oscuro del inmenso vestidor que decoraba su dormitorio durante la primera mañana que pasó en Palas. Millerna había escudriñado una a una todas sus prendas con un gesto tan severo que la hizo sentir cohibida. Probablemente estaba urdiendo ya sus planes de cambio de imagen porque, a continuación, la princesa de Asturia le había dejado muy claro que no podía pasearse por la ciudad vistiendo como lo haría un mendigo. Así, April se había pasado los últimos once días entrando y saliendo de tiendas de ropa y calzado, sastrerías y casas de modas.

Y eso que lo único que ella quería era hacer un poco de turismo y perderse por las callejuelas de la ciudad, pues Palas era una ciudad hermosa y romántica, con angostas calles y sinuosos canales que April estaba deseando recorrer. El diseño de la capital de Asturia estaba dominado por un ancho canal principal, que nacía en el corazón del palacio real y desembocaba en el mar, flanqueado a ambos lados por majestuosos e imponentes palacios, residencias de ilustres mercaderes y palacetes que pertenecían a los miembros más distinguidos de la corte del rey Aston. Otros canales menores, y aun otros muchos más estrechos, desembocan en el canal principal, formando una intrigada red de canales que conectaba toda la ciudad.

Eran tantas las edificaciones preciosas que, cuando April callejeaba por la ciudad en compañía de Merle, Millerna y Allen y su perpetuo séquito de escoltas (la pelirroja empezaba a pensar que el Caballero Caeli había recibido órdenes estrictas de no dejarla sola ni un solo minuto del día), le daba miedo pestañear por temor a perderse algún detalle en ese breve instante. April deseó en numerosas ocasiones haber traído consigo una buena cámara fotográfica para inmortalizar el espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos. Sin embargo, tuvo que conformarse con contemplar abrumada la belleza de la ciudad, tratando de grabar para siempre aquel recuerdo en su memoria, y con algunas instantáneas sacadas con su teléfono móvil.

De pronto, April hizo una pausa en el curso de sus pensamientos para echarse a reír en la soledad de su dormitorio. No podía evitar sonreír al recordar las miradas de reproche que le lanzaba Millerna cada vez que prefería recorrer la ciudad a visitar una tienda de ropa, casi como si considerara aquello poco menos que un sacrilegio. Pero, aunque la actitud indiferente de April hacia la moda era una espina constante en el costado de la mujer de ojos violetas, su falta de entusiasmo no había conseguido desalentar a Millerna que, cada día, añadía una nueva prenda a su ya sobrecargado armario. April estaba segura de que si la dejara, Millerna era perfectamente capaz de vestirla a diario, puede que hasta varias veces al día, como si fuera una muñeca de tamaño gigante.

¡Al menos todavía tenía permiso para llevar pantalones! Aunque éstos tuvieran que ser sofisticados, elegantes y extremadamente caros, a diferencia de sus habituales vaqueros desgastados. Pensar en la obsesión que Millerna sentía por la ropa, le arranco a April una nueva sonrisa mientras cruzaba la habitación y dejaba caer los zapatos de cualquier manera junto a la cama.

Descalza, se encaminó hasta el vestidor para cambiarse de ropa. Rebuscó entre los percheros y las prendas cuidadosamente apiladas, pasando de largo los conjuntos sofisticados que Millerna había elegido para ella sin dedicarles ni una sola mirada y, finalmente, se decidió por un camisón verde esmeralda que parecía cómodo, sencillo y, sobre todo, mirarse al espejo con él puesto no la mataría de vergüenza.

Salió del vestidor admirando la sedosidad y la exquisitez de la prenda, luego dejó la bata que acompañaba al camisón sobre la cama, se despojó de las prendas que había llevado todo el día con rapidez, quedándose únicamente con la parte inferior de su ropa interior, y se colocó el camisón dejando que la suave seda se deslizara lentamente por su piel.

Cuando terminó de cambiarse de ropa, se dirigió hacia los enormes ventanales que decoraban su habitación y se detuvo a admirar el paisaje nocturno a través de los cristales. La Luna Fantasma brillaba en todo su esplendor sobre el cielo infinito y su brillo hacía titilar a las demás estrellas, como diamantes esparcidos en la inmensidad del espacio. Deseando aliviar el caldeado ambiente de la recámara, April abrió la puerta corrediza de cristal que daba al balcón y dejó que el aire perfumado entrara en la habitación, refrescándola.

Ante la mirada de sus ojos verdes, Palas se extendía en todas direcciones como un enorme y magnífico laberinto de callejuelas y canales, con las luces titilando en las ventanas de las casas y tabernas y la brisa moviéndose perezosa entre el gentío que abarrotaba las calles mientras la noche caía sobre la capital. Y allí abajo, donde la ciudad y el mar se encontraban, las olas golpeaban suavemente contra la costa.

Fascinada por el paisaje, April dejó que la luz de las dos lunas se derramara sobre su rostro y la brisa que traía el mar inundara sus sentidos. Aquel había sido el día más caluroso desde que llegó a Palas y, para ella, era todo un alivio poder disfrutar del modo en que la brisa del mar acariciaba su piel. Por eso, se tomó un par de minutos para disfrutar de la paz que sentía y, cuando la noche terminó de extender su oscuro manto sobre la ciudad, regresó al interior de la recámara, dejando la puerta abierta para enfriar el caldeado ambiente de la estancia. Luego, se sentó sobre la cama contemplando las luces de la ciudad a través de los cristales.

Y mientras soltaba el pasador que recogía su pelo a la altura de la nuca, su mirada se topó con el libro que descansaba sobre la mesita de noche. Gastada por el uso y por la cantidad de veces que, primero su padre y luego ella, se habían perdido entre aquellas páginas, su vieja edición de la Ilíada y la Odisea de Homero tenía algo que la hacía especial y es que era el primer libro que su padre había comprado durante su juventud. Aquella mezcla de mitología, aventuras, romance y heroísmo siempre había conseguido fascinarla y desde que su padre se la había regalado en el instituto, siempre la llevaba consigo.

Además de los muchos recuerdos que atesoraba, aquel viejo y desgastado ejemplar guardaba ahora un nuevo tesoro entre sus páginas centrales. April se estiró para alcanzar el tomo y pasó las hojas con reverencia hasta llegar al mismo corazón del libro. Allí descansaban la pluma blanca y la rosa roja que Van le había regalado tantos días atrás. Ella había decidido meter aquellos regalos dentro de las páginas para conservarlos de manera natural, evitando así que se marchitaran.

Ahora, casi perfectamente secos, aguardaban entre las páginas escritas en griego a que April los visitara como hacía cada día al ponerse el sol. Y es que, no importaba cuantas noches se tumbara sobre la cama bajo el influjo de la pausada brisa marina, incapaz de dormir, intentando convencerse a sí misma de que, en realidad, no le echaba tanto de menos.

Aquello era una mentira de proporciones épicas.

A pesar de que había disfrutado de cada minuto de su visita a Palas y de la compañía de los amigos de su madre, se había descubierto pensando en Van con frecuencia, con demasiada frecuencia. Y lo peor era que, a pesar de saber que él no iba a estar presente, aún albergaba esperanzas. La esperanza de que apareciera de la nada como siempre hacía, su perpetuo salvador.

¡Por Dios cómo le echaba de menos!

Cada mañana experimentaba una oleada de entusiasmo al pensar que, tal vez ese día, él regresaría al fin. Entusiasmo que se desvanecía con el paso de las horas, sustituido por el desencanto de saber que tendría que seguir esperando. A estas alturas, April era incapaz de contener la melancolía que la abrumaba al comprender que no sabía cuánto tiempo tendría que esperar antes de volverlo a ver.

Un día más. Una noche más. Y ya iban once.

Cerró el libro con suavidad y lo dejó cuidadosamente sobre la mesita de noche mientras sus pensamientos volaban de forma inconsciente de nuevo hacia Fanelia. Inevitablemente, April volvió a preguntarse qué estaría haciendo Van en ese momento. Tal vez estaría terminando de cenar a solas en el comedor de palacio o se habría retirado ya a sus aposentos después de un largo día de trabajo. Aunque, conociéndole como lo conocía, April estaba segura de que Harold y Erik tendrían que obligarle a salir del despacho cada noche.

Los labios de April, siguiendo sus propios deseos, se curvaron en una lenta sonrisa al pensar en el rey de Fanelia. Podía imaginárselo mientras trabajaba, absorto sobre una inmensa montaña de papeles atrasados, podía sentir su frustración al verse atrapado en interminables reuniones del consejo, teniendo que lidiar con Aro un día sí y otro también. Casi podía verlo suspirando cansado mientras se pasaba las manos por el pelo en señal de frustración. Si hubiera estado allí, April estaba segura de que no habría podido evitar echarse a reír.

De pronto, unos golpes en la puerta dieron al traste con sus ensoñaciones, sobresaltándola y trayéndola de vuelta a la realidad.

"¿Quién podrá ser a estas horas?", se preguntó April mientras se levantaba lentamente de la cama, colocándose la bata por encima del camisón para ocultar su cuerpo, y se dirigía hacia la puerta.

Van, de pie delante de las cristaleras que decoraban el puente de mando de su nave, contemplaba cómo los rayos del sol se colaban lentamente entre el profundo manto de blancas nubes que, en ese momento, se teñían de un bello color escarlata. Estaba atardeciendo y por fin, después de un viaje extremadamente largo, habían llegado a Palas. Estaba aliviado de estar en movimiento después de tantos días sumergido en actividades de despacho y, aunque su fachada, aparentemente impasible, permanecía intacta, la impaciencia le quemaba la garganta al pensar que cada milla que recorría le acercaba un poco más a April.

Habían pasado once largos e interminables días desde la última vez que habían estado juntos y cada minuto lejos de ella le había parecido una eternidad.

Lo cierto era que ansiaba verla de nuevo. Con todas sus fuerzas.

No podía negarlo y tampoco quería seguir haciéndolo. Había dejado de fustigarse a sí mismo por aquellos sentimientos que April despertaba en él y había decidido hacer algo al respecto. Tenía un plan y pensaba ponerlo en marcha en cuanto aterrizaran en Palas. Pero, a pesar de las esperanzas que había depositado en dicho plan, no podía evitar que su corazón latiera tan desbocado como la primera vez que pilotó a Escaflowne.

Nunca antes se había encontrado en una situación parecida y tenía miedo de que, en realidad, April no sintiera absolutamente nada por él. Era cierto que ella le había respondido cada vez que se había atrevido a tocarla pero eso no significaba que estuviera románticamente interesada en él. Y todos sus planes se vendrían abajo si ella no sentía lo mismo.

Los funestos pensamientos del rey de Fanelia se vieron interrumpidos en cuanto dejaron atrás las montañas Chatal y la ciudad de los canales apareció ante ellos como una visión etérea y gloriosa. Había pasado mucho tiempo desde la última visita de cortesía de Van a la capital de Asturia pero, a pesar de las decenas de veces que había completado aquel trayecto con anterioridad, las vistas aún conseguían sorprenderle.

Con una lentitud que al ryujin le pareció exasperante, la nave faneliana aterrizó en uno de los hangares del Puerto de Rampant, en pleno corazón de las montañas Chatal, y él se apresuró a descender, dejando que la tripulación se encargara de la nave. Un carruaje le esperaba en la entrada del hangar, preparado para trasladarle hasta el palacio real. Van agradeció internamente las atenciones que le brindaban sus amigos cada vez que visitaba Palas y subió rápidamente al carruaje, seguido de cerca por Harold, que esta vez había decidido viajar con la delegación de Fanelia. El lacayo cerró la puerta con presteza y azotó las riendas, rasgando el aire. El carruaje comenzó a moverse y la guardia real, con Erik a la cabeza, se apresuró a rodearlo para custodiar la marcha del rey de Fanelia.

A Van le pareció que el trayecto entre el Puerto de Rampant y la ciudad de Palas se extendía mucho más de lo habitual, aunque tal vez fuera su impaciencia que le traicionaba. Lo cierto era que se sentía incapaz de permanecer sentado tranquilamente en su asiento.

Su mirada se cruzó entonces con los ojos de su fiel consejero, acomodado frente a él. Harold debía saber cómo se sentía exactamente porque le sonrió para infundirle ánimo.

— No debéis preocuparos majestad— dijo Harold desde la comodidad de su asiento y sin dejar de sonreír—. Estoy seguro de que la señorita April se alegrará de veros.

Van deseó que aquellas palabras fueran ciertas pero se sintió incapaz de expresar en voz alta sus pensamientos pues, cada minuto que pasaba, incrementaba dentro de él la urgencia y la necesidad de verla. Había mantenido durante aquellos once largos días una fachada impasible y, sin embargo en aquel instante, se removía incómodo en su asiento. Le llevó un par de minutos ser consciente de que, en realidad, estaba tremendamente nervioso. Aunque aquello era ridículo. Tratando de serenarse, Van se concentró en el paisaje que se extendía al otro lado de la ventana del carruaje. La noche había caído ya sobre Palas y la Luna Fantasma brillaba en el cielo despejado, reflejándose en la inmensidad del oscuro mar que bañaba la Bahía de Palas. En la parte alta de la ciudad, las luces titilaban en las ventanas del imponente palacio real.

Poco a poco, se alejaron de las montañas y se internaron en las calles de la ciudad, dejando atrás palacetes y mansiones, tabernas y viandantes. El carruaje traqueteaba mientras avanzaba por las amplias avenidas y, de pronto, los blancos muros del palacio real aparecieron sobre la colina, agrandándose lentamente y reflejando la luz de las dos lunas.

Mientras atravesaban lentamente el arco principal de la colosal muralla y se adentraban en la fortaleza blanca, los guardias que la custodiaban presentaban sus armas para mostrar sus respetos al rey de Fanelia. Finalmente, la comitiva alcanzó el patio central del palacio y el carruaje se detuvo con una ligera sacudida.

Van esperó, ansioso, a que el paje abriera la puerta y anunciara su llegada con toda la ceremonia y solemnidad que exigía el protocolo, antes de apearse del carruaje.

— Su majestad, el rey Van Fanel de Fanelia.

En la nívea e imponente escalinata de entrada esperaban sonrientes Merle, Millerna y Dryden, la primera apenas conteniendo su deseo de abalanzarse sobre el ryujin, acompañados de media docena de sirvientes y de los caballeros Caeli encabezados por Allen Schezar. Todos ellos se inclinaron cuando Van descendió del carruaje, seguido de Harold y de la guardia real de Fanelia que ocupó posiciones tras su rey.

— Bienvenido a Palas, viejo amigo— anunció Dryden, descendiendo lentamente los blancos e inmaculados escalones, y estrechando al joven rey de Fanelia en un apretado abrazo.

Van correspondió el saludo y, después, se acercó hasta la princesa Millerna para presentarle sus respetos. Luego recibió un abrazo estrangulador cortesía de Merle y un apretón de manos afectuoso de parte de Allen. Pero, por primera vez, casi no prestó atención a sus amigos pues sus ojos buscaban incansablemente a otra persona entre aquella comitiva de bienvenida. Y se sintió tremendamente decepcionado cuando comprobó que April no estaba allí para recibirle. Secretamente, había deseado que ella estuviera esperándole, ansiosa por verle de nuevo. Pero la realidad desvaneció aquella estúpida esperanza de un modo que le resultó doloroso.

Tal vez ella no le extrañaba lo más mínimo. Tal vez ella no estaba ni siquiera remotamente interesada en él. Tal vez no le importaba. Tal vez…

— April no está aquí— murmuró Millerna, adivinando los pensamientos del ryujin e interrumpiendo el dramático descenso a la miseria que Van estaba protagonizando—. Hemos preferido ocultarle que llegabas hoy para que fuera una sorpresa.

La esperanza resurgió en el corazón del rey de Fanelia como una llama, haciéndole sonreír. "Ella no sabe que has vuelto", se dijo, mucho más animado. Y quiso creer que, tal vez, April le extrañaba también.

— Será mejor que te des prisa— le aconsejó Dryden con una sonrisa de autosuficiencia—. Ella se retiró nada más acabar la cena… no querrás despertarla.

Millerna y Dryden le dedicaron una mirada cargada de intenciones y Van supo que estaban al tanto de, al menos, parte de sus sentimientos por April. Pero en ese instante no le importaba lo más mínimo.

Había llegado el momento de poner en marcha su plan.

Van recorrió, a solas y en silencio, los interminables pasillos de palacio enfocado únicamente en su destino: April. No podía esperar más para encontrar consuelo entre sus brazos. Ella era la única persona en el mundo que conseguía que la pesada carga que sostenía sobre sus hombros desapareciera. A su lado, Van se sentía un hombre como cualquier otro. Ni el rey de Fanelia ni el piloto del Guymelef de Hispano. Sólo un hombre.

Quería verla. Necesitaba verla.

Motivado por aquel deseo que ardía en su interior, aceleró el paso en la escalinata de mármol que decoraba la planta baja del palacio. Luego, atravesó velozmente el pasillo que llevaba al ala este y ascendió en segundos la escalera que llevaba al cuarto piso donde, según le había indicado Millerna, estaba la habitación de April.

Entonces, el corredor de la cuarta planta se abrió ante él, amplio y silencioso.

Van se detuvo en seco al llegar al final del largo pasillo, frente a la última puerta de robusta madera labrada. Respiró profundamente un par de veces para tranquilizarse y, rezando para que April aún estuviera despierta, golpeó con fuerza la pesada puerta haciendo uso de los nudillos. El sonido pareció reverberar en el corredor y contribuyó a acelerarle el corazón bajo las costillas.

Jamás había estado tan nervioso en toda su vida. Y eso que se había enfrentado a unas cuantas situaciones complicadas a lo largo de los años.

Los segundos se escurrieron sin que ningún sonido saliera de la habitación. ¿Estaría dormida? Pero antes de que tuviera tiempo de plantearse si volver a llamar o marcharse, la puerta se abrió con un crujido que resonó en el silencioso corredor. April apareció en el umbral, descalza, con los mechones de su largo cabello pelirrojo cayendo libremente por su espalda y una bata de seda verde esmeralda atada firmemente a la cintura. El rey de Fanelia la contempló largamente, absorbiendo con avidez cada minúsculo detalle de aquella mujer. Recreándose en su imagen y reviviendo cada instante que habían pasado juntos. Y, de repente, Van sintió que se habían extinguido todos los sonidos a su alrededor, excepto el furioso latido de su corazón que retumbaba en su pecho y reverberaba en sus oídos con fuerza.

Los ojos verdes de April se abrieron, sorprendidos, cuando contempló a la persona que estaba al otro lado de la puerta.

¡No podía ser! Era él y estaba allí. Por fin.

El corazón le dio un vuelco, al tiempo que se le erizaba el vello de la nuca cuando notó el modo en el que los oscuros ojos del rey de Fanelia se deslizaban hambrientos por su cuerpo.

Se miraron el uno al otro en silencio durante lo que pareció una eternidad, en un momento cargado de algo que ninguno de los alcanzaba a comprender o nombrar.

— Hola— le dijo Van con esa voz suya, profunda y seductora—. Siento llegar tan tarde.

Los labios femeninos dibujaron lentamente una sonrisa. Pura, sincera, perfecta. Y, antes de que Van supiera lo que ella se disponía a hacer, April se abalanzó sobre él. El ryujin la recibió con los brazos abiertos y se concentró en estrecharla firmemente contra su propio cuerpo, sintiendo como la fragancia de mujer que ella desprendía inundaba sus sentidos. La mantuvo así durante unos segundos interminables mientras su corazón le gritaba incrédulo que, al parecer, no era el único que había esperado ansioso aquel rencuentro.

Cuando se separaron, en el interior de April bullían un millar de emociones: incredulidad, sorpresa, felicidad y, sobre todo, alegría por verlo de nuevo.

No podía creer que Van hubiera regresado después de tantos días.

— ¿Qué estás haciendo aquí?— le preguntó mientras se hacía un lado para permitirle pasar al interior de su dormitorio y cerraba la puerta—. ¿Cuándo has llegado?

— Hace sólo unos minutos— susurró él, adentrándose lentamente en el amplio dormitorio—. Los demás me estaban esperando en la entrada de palacio y me han dicho que podía encontrarte aquí.

April le lanzó una mirada confundida mientras tomaba asiento sobre las blancas sábanas de su cama e invitaba con un gesto a Van a acompañarla.

— Y ¿por qué nadie me ha avisado de tu llegada?

Van se sentó junto a ella, sin dejar de mirarla en ningún momento.

— Al parecer…— empezó él con una sonrisa bailando en la comisura de sus labios—… han pensado que sería mejor que fuera una sorpresa.

— Ah.

La palabra parecía inadecuada pero a April no se le ocurría una respuesta mejor, ocupada como estaba estudiando las facciones del rostro masculino a la tenue luz que inundaba la habitación y esperando a que su corazón recuperara un ritmo normal de latido. Pero Van nunca se lo ponía fácil.

El ryujin, por su parte, lidiaba con otro tipo de demonios. Apartó la vista del rostro de April por primera vez, intentando encontrar las palabras adecuadas y el valor para hacer lo que había venido a hacer. Entonces, sus ojos se detuvieron en los elegantes zapatos que descansaban en el suelo, junto a la cama. Desconcertado, esbozó una sonrisa traviesa mientras se inclinaba para recoger uno de ellos y se los mostraba a su dueña.

— No sabía que ahora usabas esta clase de zapatos— murmuró burlonamente, enarcando una ceja y riendo entre dientes.

El rubor cubrió las mejillas femeninas pero April no apartó la mirada de los ojos oscuros del rey de Fanelia.

— Es cosa de Millerna— contestó ella, componiendo una graciosa mueca de frustración.

— Debería haberlo imaginado.

Van dejó caer descuidadamente el zapato junto a la cama, riendo aún disimuladamente, y se giró para observarla, fija e intensamente. Aún descalza, con el pelo suelto y vestida con aquella bata era tan hermosa… Pero, entonces, ella desvió la mirada para presenciar el espectáculo que formaban las luces de la ciudad a través de los cristales, impidiendo así que Van pudiera contemplar su rostro a placer.

Y el rey de Fanelia no pensaba permitir tal cosa. No, después de haber esperado once días para volverla a ver. Por eso se deslizó sobre las suaves sábanas de la cama para acercarse a ella y, luego, la sujetó delicadamente de la barbilla para obligarla a sostenerle la mirada.

Aquellas profundidades verdes estaban llenas de preguntas y Van se vio reflejado en ellas. Tuvo que recurrir a sus años de autocontrol para evitar la tentación de perderse de nuevo en sus labios. Pero no podía continuar comportándose como un imbécil, debía hacer las cosas bien. Tenía que ceñirse a su plan. La próxima vez que la besara se habría ganado el derecho a hacerlo y no sería un beso robado como todos los anteriores.

Afortunadamente April eligió ese instante para intervenir, consiguiendo distraerle.

— Así que… ¿has venido sólo para saludarme?— quiso saber ella y Van sonrió de nuevo al contemplar cómo la curiosidad hacía relucir sus ojos.

— En realidad he venido aquí por un asunto diferente, pero me he desviado del tema— contestó él y, de pronto, pareció que el humor y el aplomo de los que había hecho gala en los últimos minutos se desvanecían—. Sé que te debo un paseo desde Fuerte Castelo y me preguntaba…— April esperó en silencio mientras se mordía con suavidad el labio inferior. Ese pequeño gesto consiguió distraer a Van durante un segundo, viéndose obligado a parpadear para concentrarse—. Es decir, si no estás muy cansada… ¿querías acompañarme a una pequeña salida?

Pronunció aquellas palabras con una entereza que no sentía pero, en cuanto lo hizo, comenzó a ponerle nervioso el lacerante silencio que April mantenía. Y mientras los segundos bombeaban en su cabeza, Van comenzó a temer su rechazo.

¿Qué iba a hacer si ella le decía que no?

Hasta April pudo percibir incertidumbre e inseguridad en su voz profunda. Entonces comprendió que Van le estaba dando a elegir y era como si una parte de él esperara que ella rechazara su oferta. Lo cual era absurdo. April podía jurar que nunca había tenido tantas ganas de estar con alguien.

— ¿Te importaría esperar unos minutos para que pueda cambiarme de ropa? — preguntó ella, intentando mantener bajo control su rebosante alegría.

Una emoción sin nombre recorrió el cuerpo del rey de Fanelia cuando su cerebro fue capaz de procesar que April acababa de decirle que sí. Otra vez. Asintió, incapaz de pronunciar palabra y ella le sonrió, levantándose elegantemente de la cama y encaminándose hacia el vestidor.

— Volveré enseguida.

Una vez dentro del amplio vestidor, April tuvo que hacer frente a un dilema que nunca antes se le había presentado: decidir qué ponerse. Y no le resultó sencillo. Paseó la mano derecha por los innumerables percheros preguntándose si existiría alguna regla de etiqueta para acompañar a un rey en una salida nocturna. Si era así nadie le había comentado nada al respecto.

Esta era la primera vez que Van le pedía que la acompañara para estar juntos, y solos, de manera voluntaria. Aquello era lo más parecido a una cita que April había tenido en siglos y no estaba preparada para afrontar esa experiencia vestida como una cortesana de Asturia.

Definitivamente no.

Así que ignoró todos y cada uno de los atuendos que Millerna había elegido para ella y acabó escogiendo sus vaqueros favoritos y una blusa azul. Se calzó sus cómodas botas con un suspiro de placer y corrió hasta el espejo del vestidor para observar el resultado. Un rápido vistazo le bastó para convencerse de que había escogido bien.

Si iba a salir con Van mejor hacerlo siendo ella misma.

Cuando estuvo presentable, se apresuró a abandonar el vestidor no sin antes respirar hondo un par de veces para mantener a raya los nervios.

Van la esperaba sentado aún sobre la cama pero se incorporó rápidamente en cuánto escuchó el sonido que la puerta del vestidor produjo al abrirse.

— Estoy lista— le dijo ella con una pequeña sonrisa.

— En ese caso vamos— repuso él, divertido por la expresión del rostro femenino. Luego, cogiéndola desprevenida, extendió la mano para que ella la tomara y con seguridad le dijo—. Te voy a mostrar mi lugar favorito de Palas.

La noche era sumamente agradable, casi perfecta, cuando Van y April salieron de la fortaleza blanca riendo silenciosamente. La suave brisa del mar les acariciaba el rostro y traía consigo un eco de voces y música que fluía hacia ellos desde las tabernas de la ciudad.

Mientras caminaban sin prisas atravesando las callejuelas y disfrutando del ambiente que destilaba Palas, hablaron de las cosas que habían hecho durante aquellos once días. Cuando April relató las numerosas excursiones a tiendas de ropa a las que Millerna la había arrastrado en ese tiempo, Van rompió a reír con fuerza como no lo había hecho en mucho tiempo. Luego, él le contó la ingente cantidad de reuniones a las que se había visto obligado a asistir y ella le sonrió como muestra de solidaridad.

Poco a poco, dejaron atrás la ciudad y se internaron en el paseo marítimo que se abría a la bahía de Palas como un abanico en la inmensidad de la noche.

— Bienvenida a mi lugar favorito de toda Palas— le dijo Van, deteniéndose junto a la inmensa escalinata de piedra que descendía desde el paseo marítimo hasta hundirse suavemente en la arena.

April se quedó sin aliento por un instante pues allí, ante sus ojos, refulgía la media luna de una preciosa playa bajo la pálida luz de la noche. En el cielo que se extendía sobre ellos, la luna Fantasma brillaba imponente en todo su esplendor, haciendo resplandecer la arena con un color muy claro bajo su luz. Y más allá, débiles olas lamían la orilla mientras la marea subía.

— Oh, Van… es un lugar precioso— reconoció April con una nota de admiración tiñendo su voz.

El ryujin sonrió suavemente en respuesta. Luego, descendió un par de escalones, hasta colocarse a la altura de April y giró sobre sí mismo para inclinarse reverencialmente ante ella que se echó a reír por sus pobres intentos de parecer serio y formal.

— ¿Me acompañas a dar un paseo por la arena?— preguntó Van, extendiendo galantemente el brazo derecho hacia ella.

April no contestó la pregunta, se limitó a tomar la mano que él le ofrecía. El rey de Fanelia interpretó aquello como otro sí y tiró de ella suavemente para comenzar a descender los escalones de piedra hasta llegar a la mullida arena. Caminaron lentamente, cogidos de la mano, durante unos minutos hasta que casi alcanzaron la orilla. Entonces, April se quitó las botas, dejándolas caer de cualquier modo, deseosa de poder tocar la arena con sus pies descalzos. Luego, se subió de un tirón los pantalones hasta las rodillas y corrió hacia la orilla, donde la arena era más fresca y el agua le mojaba sólo los pies. Van la contempló fascinado por el modo en el que se reía cuando las olas la acariciaban al romper contra la costa.

Parecía una niña que disfruta de la experiencia por primera vez.

Feliz. Plena. Por él. Y sólo para él.

Van echó un vistazo alrededor de la playa y el oscuro mar, cuyas olas se elevaban, no demasiado lejos de él, y se dio cuenta de cuánto tiempo había pasado desde que había visto realmente la belleza que existía en el mundo. Tantos años en la sombras, aislado de todo cuanto le rodeaba.

En ese instante fue consciente de que no había vivido de verdad hasta que la conoció.

April le pidió que se acercará y él se apresuró a complacerla, deshaciéndose de sus botas y remangándose los pantalones tal y como ella había hecho minutos antes. Cuando estuvo listo, se acercó hasta ella sin dejar de mirarla. Tan distraído estaba por su presencia que no fue consciente de cómo April se inclinaba sobre la orilla, al tiempo que una nueva ola rompía, y aprovechaba el momento para lanzarle un poco de agua a la cara. El olor de la sal inundó sus sentidos mientras parpadeaba confuso y usaba las manos para apartar las pequeñas gotas de agua que bañaban su rostro.

Ella rió suavemente y el sonido de su risa llegó hasta él como una caricia. Van le sonrió con malicia sin despegar los labios. El deseo y el humor conferían un tinte cálido y alegre a sus ojos oscuros que consiguió dejar a April sin aliento. De pronto, el rey de Fanelia echó a correr queriendo sorprenderla y tener la oportunidad de devolverle el gesto. Pero ella fue más rápida, pues se escurrió entre sus dedos, escapando de él mientras reía.

Van comenzó a perseguirla por la orilla pero no consiguió darle alcance hasta que ella se detuvo con la intención de lanzarle agua otra vez. El ryujin aprovechó el momento para acorralarla, sujetándola firmemente de la cintura e inmovilizándole las manos detrás de la espalda. April se removió entonces entre sus brazos, tratando de escapar, pero él se esforzó por retenerla. Aquel forcejeo ocasionó que tropezaran y acabaran rodando sobre la arena.

La siguiente ola que rompió contra la orilla los empapó completamente, pero a ninguno pareció importarle demasiado. Sus risas se elevaron en el aire como la bruma.

— ¡Mira cómo nos hemos puesto por tu culpa!— le reprochó April, sin dejar de reírse. Por su parte Van, que no podía recordar un día en el que se hubiera divertido tanto, compuso una mueca de fingida indignación.

— ¿Por mi culpa?— repuso, riendo también—. ¡Eres tú la que me ha golpeado primero!

Para él, era todo un alivio estar ahí. Ser capaz de verla de nuevo. Poder contemplar cómo se reflejaban en sus ojos las estrellas o cómo el aire cargado de salitre acariciaba su pelo, rojo como el fuego, que refulgía como una llamarada bajo la luz de las dos lunas.

Era la mujer más hermosa que había visto jamás. Y nada estaba bien cuando estaba lejos de ella.

— Sólo era un poco de agua— se defendió April—. Y además, se supone que tú eres muy diplomático.

Antes de que él pudiera contestar, una nueva tanda de olas cayó sobre ellos. Y mientras reían a carcajadas, Van rodó con ella sobre la arena hasta quedar encima de April y la aprisionó haciendo uso de su propio cuerpo.

Por un momento, Van creyó que ella le apartaría pero no fue así. Por el contrario, April alzó la mano y le acarició el rostro con la yema de los dedos. Él cerró los ojos de forma inconsciente, pues nada en el mundo se sentía mejor que el modo en que ella lo tocaba. Los dedos femeninos hacían magia sobre su piel, provocándole una placentera sensación que descendía por su columna hasta alojarse temblando en su estómago.

El ryujin, decidido a corresponder aquella caricia, abrió los ojos y le pasó la mano por el pelo, dejando que los húmedos mechones se escurrieran sobre su palma. Durante un brevísimo instante, deseó poder quedarse así eternamente, simplemente inspirando el delicioso aire cargado con su esencia.

Y lentamente, sin dejar de sostenerle la mirada, Van se inclinó sobre ella y le susurró:

— ¿Quieres venir al baile de primavera conmigo?

Lo había dicho. No había vuelta atrás. Su plan estaba en marcha y tan sólo le quedaba esperar pacientemente una respuesta.

April se quedó paralizada sobre la húmeda arena de la orilla. Quiso decirle muchas cosas. Quiso decirle que no, que los bailes no estaban hechos para ella, que odiaba tener que ponerse un vestido y caminar con zapatos de tacón, que detestaba invertir horas intentando transformarse en la muñeca de porcelana que sabía que no era y hacer el ridículo bailando delante de otras personas… pero ninguna de las razones que la habían llevado a huir de los bailes como de la peste hasta ese día salieron de sus labios.

En lugar de ello, se sorprendió a sí misma murmurando, de forma firme y segura:

— Sí.

El rostro del rey de Fanelia resplandeció con una sonrisa al saberse victorioso y al contemplarle, los labios femeninos se amotinaron contra su dueña y dibujaron una temblorosa sonrisa en contra de su voluntad. Porque en aquel momento, el miedo que tenía a presentarse en aquel baile y protagonizar el mayor ridículo de la historia reciente de Gaia empañaba cualquier otro sentimiento.

Sin embargo, cuando Van se incorporó, tirando de ella hasta quedar sentados sobre la arena, y pasó un brazo alrededor de sus hombros, estrechándola con fuerza, April se olvidó de sus miedos y sus dudas.

Y así, apoyados el uno en el otro permanecieron durante lo que bien pudieron ser horas, cubiertos de agua y arena, contemplando el mar y las luces de los barcos que habían salido a faenar con la caída de la noche.

Abrazados. Disfrutando del paisaje, del silencio y de la mutua compañía.

Van abrió la puerta de su habitación en el área de invitados del palacio real sin poder contener la estúpida sonrisa que le adornaba la cara. Minutos antes había acompañado a April hasta su dormitorio y ella se había despedido de él con un tierno beso en la mejilla que, por cierto, aún le ardía febril por culpa de aquel contacto.

De repente, el siempre imperturbable rey de Fanelia se echó a reír con ganas al imaginar lo que dirían sus consejeros si le vieran con la ropa empapada y cubierta de arena. Seguramente pondrían el grito en el cielo pero él nunca se había sentido mejor. Acababa de vivir una de las mejores noches de su vida y todo lo demás le daba exactamente igual.

Cuando cerró la pesada puerta de la recámara a sus espaldas, se encaminó directamente hacia el baño y minutos después se sumergió en agua, todavía pensando en ella.

¡Le había dicho que sí! Iba a asistir con April al baile de primavera. Aún no podía creérselo. Como tampoco podía creerse lo maravillosas que habían sido las últimas horas con ella. Su intención al invitarla a pasear por la playa de noche había sido la de mostrarle uno de los rincones mágicos de la capital y aprovechar el encanto del paisaje para pedirle que le acompañara al baile.

Pero nada salía como esperaba con April. Ella hacía de cada momento algo memorable. Y estaba seguro de que, por mucho que viviera, jamás podría olvidar aquella noche. De hecho, era incapaz de recordar la última vez que se había sentido de ese modo. Y tampoco recordaba haber experimentado antes esa absurda necesidad de mantener a su lado a una mujer a cualquier precio.

Van salió del baño minutos después, con una toalla alrededor de sus caderas. Estaba tan cansado que se limitó a colocarse unos sencillos pantalones de dormir antes de dejarse caer sobre las sábanas.

Lo siguiente de lo que fue consciente fue que había empezado a soñar.

Soñó que estaba en el bosque de los dioses, en su Fanelia natal, delante de los monumentos mortuorios erigidas en honor a los reyes del pasado y sus familias. Allí descansaban desde hacía generaciones los Fanel. Aquella era la última morada de sus padres y su hermano Folken.

Van estaba de pie ante sus tumbas mientras caía sobre él la luz del sol que se colaba entre el dosel de ramas que formaban los ancianos árboles del sagrado bosque. Por raro que pareciera sentía en el corazón la presencia de su familia, tal y como le sucedía cada vez que visitaba aquel lugar. Sin embargo, aquella vez era diferente.

La brisa de las montañas le acarició el rostro y le susurró con voz de mujer:

Deja que te enseñe tu destino, hijo de Atlantis.

Entonces el sueño cambió abruptamente…

Van sintió que caía a un foso de profunda oscuridad y, cuando intentó incorporarse para amortiguar la caída, sintió bajo él una superficie mullida que le resultaba familiar. La sorpresa le obligó a abrir los ojos y descubrió que estaba tumbado en una gran cama de sábanas blancas, en su habitación del palacio real de Fanelia.

Pero casi inmediatamente notó que algo era distinto, pues no estaba solo. Había una mujer tumbada junto a él, dándole la espalda, completamente desnuda. Sin embargo, el detalle más sorprendente era el hecho de que el ryujin había entrelazando su propio cuerpo con el de ella. Él la abrazaba desde atrás mientras uno de sus muslos descansaba enterrado entre las piernas femeninas. En esa posición podía sentir el calor de su cuerpo, el perfume que desprendía su pelo, la calidez de su piel…

Aquello era completamente ridículo, él jamás había compartido la cama con nadie.

¿Qué significaba esto?

Decidido a resolver el misterio, Van le dio la vuelta a la mujer que descansaba junto a él hasta dejarla tumbada de espaldas. Fue entonces cuando la reconoció.

¿Cómo no hacerlo si aquellos ojos verdes eran inconfundibles?

Durante una breve fracción de segundo fue incapaz de reaccionar, perdido en el mar de sensaciones que le asolaba. Luego, sorprendiéndose a sí mismo, se inclinó y se apoderó de sus labios. Ella gimió ante el contacto y le respondió con la misma pasión que él le estaba regalando.

Van la saboreó como jamás había saboreado nada en toda su vida. Pero es que nunca había experimentado algo tan maravilloso como el roce de aquel cuerpo tibio que se movía de forma sinuosa contra él. Ella lo tentaba como nada antes lo había hecho. Y Van ya no podía contenerse por más tiempo.

El deseo le ganó la batalla a la conciencia, acrecentándose en su interior como una lengua de fuego que arrasó con su cordura. Y mientras sus lenguas danzaban, supo la verdad: nunca había deseado a una mujer como la deseaba a ella en esos momentos.

Con todo su ser.

Aquella revelación dio alas a las manos del rey de Fanelia que, como si hubieran cobrado vida propia, se deslizaron anhelantes por aquella piel suave y tentadora, disfrutando de cada curva y cada hueco que encontraban a su paso. Mientras tanto, los labios del ryujin abandonaron esa boca irresistible, deseosos de explorar otros territorios de aquel cuerpo. Traviesos, serpentearon hasta alcanzar la curva del cuello femenino que Van decidió morder con suavidad, provocándole un estremecimiento a su compañera. Ella gimió sensualmente contra su oído y él creyó que se volvería loco de placer.

Todo su cuerpo empezó a estremecerse y a palpitar de deseo y necesidad cuando ella acarició lentamente su espalda, trazando una senda de fuego por su piel que parecía estallar en llamas allí donde le tocaba. Y cuando creía que no podría soportarlo más, ella le rodeó seductoramente las caderas con las piernas y la fricción entre sus cuerpos fue tan malditamente placentera que Van no pudo reprimir el gemido que se escapó de su garganta.

¡Por todos los dioses!, la deseaba con desesperación y ansiaba hundirse en ella hasta desvanecer todo rastro de cordura. Desesperado, Van encerró su rostro entre las manos y buscó sus labios de nuevo para regalarle un beso profundo y ardiente.

Cuando se separaron, ambos jadeaban en busca de aliento.

— Quédate conmigo, April— suplicó él antes de adentrarse lentamente en el centro del cuerpo femenino. Echó la cabeza hacia atrás y gruñó cuando su cuerpo le dio la bienvenida, envolviéndolo con su calidez.

— Siempre— juró ella.

Van despertó repentinamente para verse cubierto por la oscuridad que reinaba en su habitación. El dormitorio estaba sumido en las sombras que sólo los débiles rayos de luz de la Luna Fantasma que se colaban entre las gruesas cortinas lograban atravesar y él estaba bañado en un sudor frío que se le pegaba a la piel.

Pero lo peor de todo era la dolorosa erección que pulsaba dentro de sus pantalones, reclamando su atención.

¿Qué demonios acababa de suceder?

Como si quisiera responder a aquella pregunta, su mente se vio invadida por las imágenes del sueño y el dolor del deseo insatisfecho se acrecentó. Joder, no recordaba la última vez que había tenido un sueño tan real.

Casi podía jurar que el aroma de April estaba impregnado en su almohada.

En su piel.

Saltó de la cama como si las sábanas le quemaran y salió descalzo al balcón de su dormitorio para intentar que la brisa fresca aliviara el calor que sentía en todo el cuerpo y rebajara el frenético latido de su corazón.

"Sólo ha sido un sueño", se repitió una y otra vez a fin de calmarse. No lo consiguió. Todo lo que podía ver si cerraba los ojos era a ella, yaciendo sobre las blancas sabanas de seda, desprovista de ropa. Con la espalda desnuda a disposición de su mirada ansiosa y el pelo desplegado desordenadamente alrededor de la cabeza, esperando que él se acostara tras ella, la acercara a su cuerpo y terminara lo que había comenzado en el sueño…

— ¡Basta!— se espetó a sí mismo, en un débil intento por contener el torrente de imágenes que inundaba su cerebro.

¿Qué demonios le estaba pasando? Él era un adulto responsable de sus actos no un adolescente incapaz de controlarse. Durante un instante se sintió avergonzado por tener esa clase de sueños con April. Pero, ¿cómo podía alguien controlar lo que soñaba mientras dormía?

Confundido, se pasó una mano por el pelo en señal de frustración. ¿Qué iba a hacer ahora? Lo cierto es no sabía cómo afrontar esta situación. Jamás le había sucedido con anterioridad. Todo aquello era completamente nuevo para él, no tenía nada en lo que basarse ni comparaciones que hacer.

Un suspiro de exasperación se escapó de sus labios. Debió haber imaginado que la atracción y el inmenso deseo que sentía por April se convertirían en algún momento en un problema. Y debía solucionarlo cuanto antes pues ya se sentía demasiado atraído por ella y de la peor manera imaginable.

De pronto, un incómodo pensamiento se abrió paso en su mente eclipsando cualquier otro.

¿Estaría April interesada en él de ese modo?

Tan pronto como aquella pregunta tomó forma en su mente, Van sacudió la cabeza para alejarla de sí mismo. No. Esa pregunta era incorrecta y ni siquiera debería planteársela. Porque, en realidad, la respuesta no importaba. Tenía que empezar a pensar racionalmente. Él no era esa clase de hombre y no debía fantasear con ella de esa forma.

Aunque cada fibra de su ser la anhelaba con desesperación. Deseaba tanto poder tocarla. Sentir cómo toda ella se estremecía y palpitaba de placer al contacto con su cuerpo.

Pero lo que quería estaba fuera de su alcance.

Necesitaba despejarse y sólo conocía un modo de hacerlo.

Con una tranquilidad que estaba lejos de sentir, caminó hasta el final del balcón de su dormitorio y saltó al vacío sin pensárselo dos veces. Mientras caía y el aire se agitaba a su paso, extendió las alas blancas a su espalda y remontó el vuelo, ascendiendo hasta que el palacio real de la familia Aston se convirtió en una mancha blanca que empequeñecía en la distancia.

Sentir el azote del viento en la piel le ayudó a dejar atrás los rescoldos de su insatisfecho deseo. Pero, ni siquiera así, consiguió dejar de pensar en ella.

Antes de ser consciente de lo que estaba haciendo, se descubrió sobrevolando el balcón de la habitación de April. Sus pies se posaron con delicadeza y elegancia, casi sin hacer ruido, sobre el suelo y sus alas desaparecieron en el acto entre una nube de plumas blancas.

Lentamente, se acercó hasta la puerta corrediza que daba acceso a la recámara y descubrió que estaba abierta. Discutió consigo mismo durante unos segundos interminables, pero su lado menos noble acabó ganando la batalla y él se adentró en la habitación, agitando las suaves y delicadas cortinas a su paso.

Entonces la vió.

April dormía plácidamente con las sábanas enredadas en torno a su cuerpo. Llevaba puesto un camisón de tirantes verde esmeralda que habría hecho resplandecer sus ojos de haber estado despierta y que dejaba al descubierto la suave curva de su cuello, las pecas de sus hombros y, para desgracia de Van, el inicio del valle que se formaba entre sus pechos, donde descansaba el colgante atlante que él le había regalado.

Su rostro relajado, sus labios cerrados… aquella imagen le robó el aliento.

El sueño que lo había despertado hacía sólo unos minutos volvió a su mente. Aún podía sentirla entre sus brazos. Dispuesta para él. Un torrente de fuego comenzó a palpitar en sus venas y Van tuvo que luchar duramente contra el deseo que laceraba su interior. Pero le resultó difícil hacer frente a sus sentimientos porque, en ese preciso momento, lo único que quería era tumbarse a su lado y sentir sus caricias. Dejar que ella lo abrazara. Que le diera la bienvenida.

April suspiró y se movió suavemente sobre las sábanas.

En contra de su buen juicio, Van se arrodilló junto a la cama y la contempló en silencio. La respiración femenina, lenta y pausada, le hizo cosquillas al impactar contra su piel. En aquel instante no pudo evitar preguntarse si April habría pensado en él aunque sólo fuese una vez en los últimos once días. Si ella le habría extrañado aunque sólo fuera una mínima parte de lo él la había echado de menos.

La observó dormir hasta que el sol comenzó a alzarse en el este. Cuando las primeras luces grises del alba iluminaban ya la habitación y la brisa fría del amanecer se colaba por la ventaba abierta, Van se incorporó, dolorido por las horas que había pasado arrodillado junto a la cama y sin cambiar de posición. Entonces, se escabulló de vuelta a su dormitorio antes de que hubiera suficiente luz como para que alguien le descubriera o April se despertara. Extendió de nuevo las alas a su espalda y le dedicó una última mirada a la mujer que descansaba sobre la cama antes de echar a volar alejándose de allí, sabiendo que dejaba junto a ella cosas que no se atrevía a nombrar.


Hola de nuevo Escafans!

Aquí estoy otra vez, aún me queda un examen la semana que viene pero me he sentido con tiempo para subir este capítulo. Siento haber tardado tanto pero espero que lo que acabáis de leer sea capaz de compensar un poquito la espera.

Gracias por estar ahí, de corazón. Gracias por los comentarios, por los PM, por cada palabra de aliento no sólo para escribir sino también para mi dura época de exámenes. Os lo agradezco muchísimo, en especial a: MacrossLive, Annima90, Luin Fanel, Alice Cullen, 7 y Ghuest. Sois las mejores y os agradezco que siempre estéis ahí, capítulo tras capítulo. Vuestro apoyo es muy importante. Gracias de verdad.

Antes de despedirme me gustaría contestar los RR anónimos del pasado capítulo:

Alice Cullen: Muchas gracias por tus palabras guapa. Y no te preocupes porque para mí escribir no es una obligación sino más bien una forma de escapar del estrés y la rutina. Aunque sí que es cierto que en exámenes apenas tengo tiempo porque cada minuto del día que estoy despierta lo dedico a estudiar pero siempre viene bien evadirse un poco, ¿no crees? En cuanto al capítulo... precisamente por eso los separé. Como dicen en mi tierra, a veces es necesario alejarse de una persona para saber si la quieres de verdad o sólo es la costumbre. Y creo que Van se ha dado cuenta de sus sentimientos por fin. Me alegro de que te haya gustado y espero que el nuevo capítulo también te guste. Miles de besos.

7: No te preocupes por eso mujer, que yo sí que estoy ocupada y a pesar de todo aquí sigues tú. Tienes toda la razón, a veces nos damos cuenta de lo que sentimos cuando otra persona se interpone y nos entran los temidos celos. Algo así le ha pasado a Van pero en este caso, él ha decidido no quedarse más de brazos cruzados y luchar por ella. Veremos qué sucede en los siguientes capítulos. Miles de besos.

Ghuest: Como no me has dejado tu nombre no sé como debo llamarte... espero que la próxima vez que me dejes un review me digas tu nombre y así pueda dedicarte unas palabras apropiadamente :) no te disculpes por no escribir antes. No importa como sea, yo siempre quiero leer qué pensáis de lo que escribo, así que miles de gracias por esas palabras tan bonitas. Me alegra leer que mi historia te gusta tanto, es un alivio, a veces no sé si lo estoy haciendo bien :( Estoy de acuerdo contigo, muchas veces tenemos miedo de expresar nuestros sentimientos pero pienso que es mejor hablar que quedarse con la duda eternamente. Espero que este nuevo capítulo también te guste. Miles de besos.

En fin, eso es todo lo que quiero decir por ahora.

Para consejos, abrazos, comentarios, peticiones de ayuda, charlas amenas, tartazos o besos virtuales ya sabéis qué hacer.

Nos vemos en el siguiente, Ela.