Disclaimer: Soul Eater es propiedad intelectual de Atsushi Ōkubo. Los temas de cada uno de Los retos, pertenecen a la Comunidad de 30Vicios en Livejournal.
Reto #27 de la Tabla Básica de 30Vicios.
Resumen: No, esto... esto tenía qué ser una terrible pesadilla.
Vermillion and Viridian
por Onmyuji
La pérdida.
Cayó. Estaba cayendo realmente. El vacío que le trajo el vértigo, luego de una caída larga, se asentó contra su estómago en una terrible sensación. Se sintió preocupada. Sin embargo no dejó de caer.
En un segundo, su cuerpo chocó contra un enorme cuerpo de agua y se hundió; cada segundo que pasaba se hundía todavía más. Sus ojos abiertos observan a través del agua clara, transparente, que se empieza a oscurecer. Los halos de luz se fueron apagando con el advenimiento de algo nuevo, distinto, viscoso. Su brazo está extendido en dirección a la superficie, rogando que alguien la salve de aquellas ataduras invisibles que la llevan al averno, a su propio temor. Las puntas de sus dedos comienzan a llenarse de aquel barniz oscuro y pegajoso que empieza a brotar de la superficie del agua, misma que se ciñe a su cuerpo, constante.
Sangre negra.
La densidad de la misma comienza a oscurecerle cualquier clase de visión que le permita percibir la ayuda cercana. Sabe que no tiene por qué temer: todo estará bien. Sin embargo, no puede evitar sentir esa angustia oprimiéndose a su pecho.
Esta es una pesadilla.
Sin embargo, no la llena nada más que esa angustia pesimista que se asienta contra sus sienes en forma de una jaqueca. Quiere estirarse, quiere moverse y recuperar el control de su sueño. Es usual en sí tener ese dominio de sí misma, pero no esta vez. Y eso comienza a preocuparla.
De pronto, aquella caída es sostenida de forma suave por una mano que se ajusta a la suya de una forma casi prodigiosa, como si estuvieran unidas por alguna clase de suerte que proviene de más allá del inicio de los tiempos. El agarre había sido tan lento como si sufriera del peso de una cámara lenta.
Sus ojos trataron de enfocarse en la persona que la sostenía, pero no pudo reconocer nada en ella. Cabello platinado, como blanco. Ojos como el granate, oscuros, profundos, asustados y deprimidos, en los que la vida iba extinguiéndose.
No le reconoció.
Resbaló. Sus dedos se escurrieron entre los de aquella persona que le soportaba. Quiso aferrarse al agarre, pero le pareció como si una fuerza ajena a su realidad actual la estuviese llevando lejos de ser salvada. La oscuridad se asentó contra su cuerpo exangüe sobre el que se derramó el vital líquido de la vida. El aire que sus pulmones sostenían con dificultad se fue y sus pulmones ardieron antes la escasez del vital oxígeno.
Sus ojos se cerraron sin remedio con el recuerdo de aquellos ojos de granadina que habían tratado de salvarla, los mismos que comenzaban a morir por algún motivo desconocido... y los que se le quedaron grabados en la mente con culpa. Un recuerdo vívido que de alguna forma la hizo sentirse mal...
Se hundió. Se ahogó.
Y nadie la pudo detener.
«Soul.»
—Esto... no conozco a nadie que se llame así. —Cuando sus ojos volvieron a abrirse, se encontró irremediablemente en la clase de la Luna Creciente, con los ojos confundidos y nerviosos de Crona fijos en ella, retorciéndose constantemente en diferentes direcciones, como solían hacerlo.
«Yo sé que no es mentira. Yo sé que existe. Y es mi compañero. Mi compañero.»
De alguna forma, no supo cómo, Maka supo que aquello que pensaba, esa persona en quién pensaba en ese momento, existía. No era una alucinación. Pero cuando forzó la puerta de hierro bajo la que se ocultaba todo rastro de esa persona, cada vez que trataba de evocar su nombre, su figura, su voz; algo se apretaba contra ella, obligándola a regresar al punto de inicio—. Maka... tú eres una de esas técnicas que no necesita arma. Tú eres tu propia arma. Death Scythe-sama siempre ha estado orgulloso de ti por eso. —Crona reafirmó, de forma que sus pensamientos terminaron por ser un tirón confuso.
Pero existía. Ella lo sabía.
Sus ojos comenzaron a arder inexplicablemente. El escozor de estos la obligó a cerrarlos, sin darle tiempo para tallarlos. Porque antes de que pudiera hacerlo, escuchó el sonido de un jadeo sórdido que aturdió sus oídos. Impotencia, eso era lo que sentía la ojiverde en esos momentos.
—¿Estarás bien? ¿No necesitas nada más? —Ella reconoció esa voz al instante. Era rasposa, paciente, comprensiva, tan de él. Su cabeza dio un vuelco al tratar de forzar el nombre entre sus labios. Eso ya lo había vivido—. No habrá próxima vez. Te lo prometo. No importa que tu alma esté blindada contra la sangre negra, Maka. Si cruzamos el límite, el efecto de la sangre negra será irreversible. —¿Por qué aquellas palabras se le antojaban de mal agüero? ¿Por qué él se estaba despidiendo? ¡Era eso lo que hacía!
Entonces recordó un cruel regaño de su padre en medio de la habitación de la enfermería, cortante; reclamándole a aquel personaje por haber puesto en riesgo la vida de su amada hija, gritando que quería que dejara de lastimarla, de ponerla en peligro. Que reconociera que no era capaz de protegerla.
¡Pero ella...! ¡Ella quería que se quedara! ¡Que se quedara para siempre!
«Estaré bien. Voy a estar bien». ¿Por qué el malestar de sus ojos seguía ahí?
—Gracias. Eres la mejor compañera que alguien podría tener. —Pudo escuchar aquella voz, entrecortada, como si se tratase de un chico que recién entra en la adolescencia y le está cambiando la voz. Y entonces la nitidez de la escena se concretó en sus ojos. Y recordó todo. Observó al peliblanco, sentado en el borde de su cama, sobre las sábanas rosadas; donde la sostenía con inseguridad entre sus brazos, dándole un cálido abrazo de buenas noches. Y ella estaba ahí, devolviendo el abrazo con una sonrisa, con la seguridad de que las cosas estarían bien y que se repondrían a la grosera forma de su padre al tratarlo; con la certeza de que la próxima vez no estaría tan cerca de la locura.
Sin embargo, mientras Maka Albarn recordaba sus últimos instantes en el mundo real antes de sumirse en aquél sueño, las lágrimas comenzaron a fluir de sus ojos a borbotones. Y el sentimiento de confianza que tuvo antes de dormir se fue a la basura para ser reemplazado por la funesta sensación de pérdida que sentía en ese momento.
No había mayor dolor que el que sentía justo ahora. Nada podría comparársele. Por eso, sin pensar dos veces, forzó contra su cuerpo el nombre que pugnaba por salir de sus labios.
Soul. Soul. ¡Soul! ¡Soul...!
—¡SOUL! —Maka despertó de sus sueños, perturbada y angustiada en la oscuridad de su habitación. En su frente se había asentado un copioso sudor helado, presagio del mismo pesar que la había hecho sufrir en sueños—. ¿Soul? —Llamó ella con la esperanza de ser atendida por el aludido, con esa creciente y terrible necesidad de levantarse y asegurarse de que él estaba ahí.
Ella lo necesitaba. Ella era su amiga, su compañera. Ella... ¡Ella lo amaba! ¡Él no podía irse!
Sin pensarlo dos veces, la rubia se levantó de su cama y caminó a traspiés directo hacia la habitación de su compañero guadaña. Sus pies se movieron con inseguridad, con ese pensamiento de que una vez que saliera del cuarto todo se tornaría oscuro para ella y así fue. En el momento en que sus pies se posaron frente a la puerta de madera estándar que daba a la habitación de Soul Eater Evans, los malos pensamientos se asentaron contra el cuerpo de Maka.
Pero eso no la detuvo, sólo la impulsó a tomar mayor seguridad para levantar su mano, colocarla en el picaporte y girarlo. Y la puerta se abrió, dejándola ingresar a la habitación. Pero no tuvo qué hacerlo para confirmar sus sospechas.
Soul no estaba. Su habitación parecía tan limpia como todas las mañanas; sin indicios de que el susodicho se hubiese pasado por ahí a dormir. Un miedo enfermo se apegó a su sana tez, que se puso blanca como el marfil. Y entonces no importó nada más. El llanto llegó a su cuerpo en el mismo instante que sus ojos se clavaron en la habitación vacía.
Sabía que sería inútil albergar esperanzas de encontrarlo en la casa. Porque Soul no estaba. Soul se había ido. Soul la había abandonado.
—¡SOUL!— Gritó Maka con una desesperación naciente en sus labios, en su rostro y en su cuerpo mismo. Corrió por el pasillo y luego salió al corredor principal del edificio. Bajó las escaleras, cayendo constantes veces, sin importarle cualquier clase de accidente que pudiese sufrir ahí. Porque sólo quería encontrarlo. Y cuando llegó a la planta baja y encontró que no estaba la motocicleta de su compañero, todos sus miedos cayeron contra su espalda en un golpe frío.
Pero eso no la detuvo.
Salió a la calle, justo así, en pijamas, descalza, con el rostro desfigurado de dolor; completamente dispuesta a encontrarlo, aunque tuviese que ir al fin del mundo para encontrarlo.
Porque Soul se había ido. ¿Por qué Soul se había ido? ¿Qué importaba el idiota de su padre reclamándole por culpa de la sangre negra? ¿Qué importaba realmente, si no sería feliz lejos de él? ¿Por qué Soul se había ido? ¿Por qué no se quedó con ella? ¿Acaso no significaba nada para él? ¿Por qué no le había llevado con él...?
—¡S O U L! —Gritó ella mientras corría tan rápido como sus pies descalzos y entumidos se lo permitían; mientras se perdía entre las calles húmedas de Death City, indispuesta a rendirse hasta encontrarlo, a pesar de que tenía muy presente en su mente la idea de que era una batalla perdida contra alguien que no iba a regresar jamás.
Fin del Reto.
