Capítulo 25. El reencuentro

-Querida, es prácticamente imposible que encuentres a esa niña.

Martha estaba seria. La pareja había comentado sus planes de volver a Londres a sacar más información sobre el paradero de Lanie a la esclava que la había cuidado desde que nació. Kate no había podido hablar nada más con Victoria, debido al parto prematuro. Pero no había olvidado a su hermanita perdida. Iría a por ella, aunque le costase años de búsqueda.

Richard en el fondo estaba de acuerdo con Martha, pero no quería compartir sus pensamientos con Kate. No importaba lo que él pensara, si ella deseaba hacer ese viaje, lo harían. Si todo resultaba ser una pérdida de tiempo siempre podrían quedarse en Francia y trabajar como cirujano y curandera mientras criaban a sus hijas. No pudo evitar que su atención se centrara en su debilidad, la pequeña Alexis, que arrugaba el gesto señalando a su hermana. Kate se levantó, tomando al bebé maloliente y buscó un trapo limpio, sin dejar de hablar con Martha.

-Debo hacerlo, Martha, soy lo único que le queda.

-¿Qué fue de su padre?

-No lo sé –respondió -. Pero era un esclavo, si quiero que Lanie sea libre no puede volver con él. Ni tampoco con su criadora.

-¿Y si nunca la encuentras? –insistió -. ¿Condenarás a tu familia a una búsqueda interminable?

-¿Dejarías abandonada a una niña cuyo único pecado es haber nacido del adulterio? –La miró fijamente, con frialdad -. Dejé a mis hermanos a su suerte, pero ellos al menos están unidos y son libres. Lanie sin mí no tiene ninguna oportunidad.

-¿Y si no llegas a Francia? No son pocos los barcos que acaban en el mar debido a las tormentas.

-Martha, ya basta –Richard intervino. La anciana la miró, sorprendida -. Kate cree que merece la pena y yo la apoyo. No hay más que hablar.

-Tú simplemente no tienes valor para decirle que ha perdido el juicio –replicó -. ¿Y las niñas?

-Vendrán con nosotros –dijo con firmeza Kate. Jamás las separaré de mí. Martha suspiró.

-Muy bien, en ese caso tengo cosas que hacer.

Salió de la casa, directa a la capilla donde Kate y Richard se habían casado. Si están dispuestos a cometer tal locura tendré que hacer todo lo que pueda para mantenerlos a salvo. Se hizo un pequeño corte en la mano y con su sangre manchó levemente el altar, incluido el crucifijo. Miró el rostro del cristo y murmuró: Tú los uniste, pero mi sangre los cuidará.

-¿Lo tienes todo?

-Eso creo –respondió. Desde que viajaran con un bebé, ahora dos, los trastos en el carromato se habían multiplicado. Dos cestas para las niñas, trapos para cambiarlas, ropas infantiles frescas para el verano y abrigadas para el invierno y algunos juguetes. Martha les había regalado una muñeca de trapo con cabello de paja y un cordón con una piedra. Un amuleto. Richard había fruncido el ceño pero no había dicho nada. Kate, conocedora del poder de la bruja, se había sentido realmente agradecida. A todo aquello se unían los ungüentos, hierbas y utensilios de medicina de Kate que se habían sumado a los ya habituales de Richard.

-Tendremos que dejar muchas cosas en Londres –comentó él -. No podemos cargar con todo esto en el barco.

-Lo sé –observó ella -. Cuando lleguemos a casa haré una lista de lo que necesitamos y lo que podemos dejar.

-Al final fue práctico enseñarte a escribir –se rio él. Ella entornó los ojos, pero no lo contradijo. Tenía mucha razón.

-Enseñaremos a nuestras hijas cuando crezcan –sentenció -. Y a mi hermana.

-Y a los que vengan –añadió Richard, mirándola con intención. Kate soltó una risita y se negó.

-No te acerques Richard, no puedo quedarme preñada ahora que vamos a subir en un barco.

-Pero… -La miró, incrédulo -. Podrías tomar unas hierbas –le sugirió.

-Prefiero no malgastarlas en mí, me gustaría tener reservas para cuando trate a las mujeres en Francia. No sé de qué dispondré allí.

-¿Entonces no podré tocarte hasta que desembarquemos? –Richard parecía horrorizado. Ella se encogió de hombros.

-Puedes hacerme eso que haces con tu boca tan bien.

-¡Y qué sacaría yo de ello! –replicó, indignado.

-Un pago justo –respondió, guiñándole el ojo. Lo dejó ahí parado y volvió a la casa, con las pequeñas. Se mordió el labio, diciéndose a sí misma que tenía que ser fuerte, aunque se sintiera tentada de arrancarle las ropas y echarlo sobre su lecho. Miró a las niñas y acarició la cabecita de Alexis, tierna -. Tendréis mil hermanitos –les aseguró -. Pero ahora no es momento de hacerlos.

-Me sorprende que no haya salido uno de la noche de bodas.

Martha se acercó a ella, burlona. Kate negó -. Estoy sangrando. Tendrás que esperar para tener otro nieto.

-Dudo mucho que pueda conocerlo – murmuró, triste.

-Martha… entiendes porque debo hacer esto, ¿verdad?

-Lo entiendo –respondió -. Pero temo por vosotros, algo me dice que cuando salgáis de esta ciudad nada volverá a ser lo mismo.

-Todo irá bien –aseguró -. Las niñas cuentan con tu protección –dijo, tomando una de las muñequitas.

-Quiero que sepas que te quiero, Katherine. Eres como una hija para mí y rezaré para que encuentres lo que andas buscando.

-Yo rezaré por tu salud y porque volvamos a vernos.

Se abrazaron durante un largo tiempo, hasta que Richard carraspeó, sintiéndose culpable por romperles el momento -. Debemos partir ya.

Martha la besó en la frente e hizo lo mismo con las niñas, acercándose después a Richard, al que abrazó con fuerza. Antes de alejarse le susurró: -Recuerda lo que te dije. –Él se tensó pero asintió.

-Gracias por todo, Martha, volveremos algún día.

-Eso espero.

La joven familia marchó una vez más, dejando atrás una anciana que velaría por ellos hasta el día de su muerte. Nunca regresarían y ella no volvería a verlos, pero Kate jamás olvidaría a aquella mujer que había sido a la vez su madre, amiga y maestra.

-o-

-¿Crees que Leila se encontrará mejor?

Kate miraba a su pequeña que se había quedado dormida prendada a su pecho. Alexis también dormía, pero en el regado de su padre. Richard la miró un momento y se encogió de hombros.

-He conocido a muchas mujeres que han perdido a sus hijos y siempre se recuperan. Pero ahora veo a nuestras hijas y…

-No sé qué sería de mí si las perdiera.

-Lo sé –respondió -. Yo siento lo mismo. Supongo que un hijo nunca deja de doler.

-Leila no lo tiene fácil. Ni siquiera puede decir libremente que Javier es su esposo, debe ser horrible vivir una vida así.

-Le he oído decir muchas veces a Javier que alguna vez volverán a su hogar –comentó él -. Pero me cuesta creerlo. Es un viaje demasiado largo.

-Las distancias son cortas si el destino merece la pena.

-o-

-¡Richard, buen amigo! ¡Y Katherine! No esperaba volver a verte.

Javier la abrazó, olvidando el decoro. Cuando Richard había partido de Londres llevando a una mujer ardiendo de fiebre y con los muslos aún manchados de sangre se había dicho a sí mismo que nunca volvería a ver a aquella joven. Pero el cirujano había obrado un milagro. Kate le respondió con una sonrisa:

-No iba a dejar a las pobres criaturas solas con él.

-¡Eh! –Richard la miró ofendido, antes de darle una palmada en la espalda a su amigo. Javier se echó a reír y los hizo entrar en el hogar, donde sus esposas tejían en silencio. Los niños más pequeños dormían mientras los mayores hacían sombras en la pared, tratando de adivinar.

-¿Un gato? –adivinó Kate. Todos se volvieron ante la voz. Zoraida, asombrada y Leila, con lágrimas en los ojos, se levantaron a la vez y corrieron a abrazarla. La más joven se apartó un momento al ver al bebé. Tragando saliva, musitó: -¿Puedo cogerla?

-Por supuesto –respondió suavemente. Leila tomó a la niña y le acarició la carita con miedo, como si fuera a desaparecer de sus brazos como una vez se marchara su hija. Javier apartó la vista, dirigiéndose al cirujano. -¿Vino?

-Por favor. Y te agradecería un poco de agua para ellas.

-Enseguida –respondió Zoraida por él, dejando a su compañera lavar sus heridas de madre. Kate se sentó a la mesa, cogiendo a Alexis en brazos.

-Es tan hermosa –susurró Leila -. Y está llena de vida.

-Leila… -Kate no supo que decirle. Ella negó.

-Tranquila, Kate –le sonrió como pudo -. Tengo cuatro hijos por los que debo seguir. Sólo deja que la acune un momento más –le rogó.

-Todo lo que desees.

Mientras los hombres bebían y Kate y Leila daban de mamar a sus hijos, Zoraida cocinó una suculenta cena de cordero.

Richard sentó a Alexis en su regazo y partió la carne en trozos muy pequeños antes de llevarlo a su boca. La niña se relamió. Javier escuchaba atento, entre sorprendido y pensativo, la historia de Lanie.

-Así que esclava –dijo, mirando a su joven esposa. Leila palideció y se volvió hacia ella, antes de que nadie más pudiera decir algo.

-Debes ir a por ella.

-Leila… -Javier la miró, intentando ser cuidadoso -. Es muy difícil que encuentren a…

-Esa niña calentará la cama de su amo si no vas a por ella –añadió, ignorándolo -. Si hay una sola posibilidad de que la encuentres, debes intentarlo.

Nadie dijo nada. Kate sólo asintió, completamente convencida de que aquello era lo que debía hacer. Leila miró a su esposo:

-Tú me diste la vida. Alguien debe devolvérsela a ella.

Javier se limitó a tomarle la mano y besársela. Leila había perdido mucho durante su vida, pero había algo que ya nadie volvería a quitarle. Su libertad.

-¿Sigues pensando que estoy loca? –le preguntó Kate a su esposo mientras las niñas dormían. Acababan de hacer el amor y él le acariciaba la espalda, en silencio. Se incorporó un poco y negó.

-Creo que esa niña no tiene a nadie más que a ti. Si no quisieras ir tras ella… supongo que entonces no serías la mujer de la que me he enamorado.

-No sé si podría hacer esto si no estuvieras tú –murmuró, cerrando los ojos, apoyada en su pecho -. Contigo me siento más fuerte.

-Yo no te doy fuerza, Kate, tú eres así. Siempre has sido así.

-o-

-¡Abrid!

Richard y Kate despertaron al amanecer con unos golpes en la puerta. Las niñas, ante el ruido, rompieron a llorar a la vez, convirtiendo la plácida mañana en una algarabía de llantos, blasfemias por parte del cirujano, susurros calmantes de Kate y golpes cada vez más fuertes en el exterior. Richard, indignado se subió las calzas y abrió sin molestarse en ponerse la camisa, para encontrarse frente a frente a un joven de mirada familiar.

-¿Quién eres? –le preguntó de malos modos.

-Busco a Katherine Beckett, dicen que vive aquí.

-¿De qué conoces a mi muj…

-¿Jamie?

Kate dejó caer el botijo con el que daba de beber a su hija mayor. La cerámica cayó, rompiéndose en mil pedazos. La joven se acercó a él lentamente, como si estuviera viendo a un fantasma. Richard se apartó, sin comprender.

-Kate –murmuró el recién llegado -. Hermana.

-¿Qué?

Richard los miró a ambos, confuso. Miró al joven alto y comprendió porque aquel rostro le había resultado familiar. El muchacho tenía los mismos ojos que su mujer. Trató de recordar, preguntándose si aquel chico era el mismo al que había curado de una herida años atrás. No, pensó. Debía ser el otro, el hermano menor.

-Jamie –repitió ella, sin apenas poder hablar. Entonces lo sorprendió arrojándose a los brazos de Jamie, quien tembló, aguantando como pudo el llanto. –Dios mío, estás tan alto, mírate. Ya no eres un niño –le sonrió, con alegría.

-Y tú hablas –dijo él, sorprendido.

-Es una larga historia –le quitó importancia -. Me alegro tanto de verte, pasa por favor, no te quedes ahí.

Prácticamente lo arrastró hacia el interior de la casa y lo hizo sentarse. Jamie esbozó una débil sonrisa y miró a las dos niñas, que permanecían en sus cestas. –¿Son tuyos?

-Mías –lo corrigió.

-Yo me comprometí el verano pasado –comentó él –Nos casaremos pronto.

-Cuanto me alegro, Jamie.

-James, Kate, ahora soy James –respondió. Richard se sentó, observando a su cuñado, serio. El joven enfrentó la mirada al cirujano, notando su rechazo. Kate no debió percatarse de ello y si lo hizo, no comentó nada.

-Llevo semanas buscándote –suspiró -. Me dijeron que escapaste de un convento, que te detuvieron en Canterbury… que acabaste aquí. Si hubiera sabido que ahora vivías aquí… igual que nosotros

-Ya me has encontrado, herman… espera, ¿vivís en Londres?

-Nos mudamos el año pasado, Padre recibió una oferta de trabajo aquí. –le sonrió.

Ante la mención del padre, Kate sintió un desagradable escalofrío, pero se contuvo. Su familia, aquella familia que estaba segura de haber perdido para siempre, estaban en Londres. Tan cerca de ella…

-Quisiera ver a nuestros hermanos.

-Kate… -intervino Richard.

-Bien, porque debemos partir cuanto antes –dijo Jamie, levantándose.

-¿Qué ha sucedido? –preguntó Kate, alarmada.

-Las niñas están enfermas –dijo, sin mirarla, volviéndose hacia el cirujano -. Vos curasteis a mi hermano. Podéis ayudarlas.

-Kate, no deberías ir…

Katherine lo miró, sorprendida. -¿Acaso no has oído? Mis hermanas están enfermas.

-Deja que vaya yo –insistió.

-¿Qué te ocurre? ¡Claro que voy a ir!

-Podrías contagiarte –dijo, desesperado -. Y las niñas…

-No es contagioso –intervino Jamie, enojado con el cirujano -. Sólo las niñas están enfermas, Padre, John y yo estamos sanos.

-Déjalo, Jamie –dijo Kate, cogiendo a las niñas -. Las dejaré con los vecinos e iremos ahora mismo.

-Kate, te lo ruego…

-Richard, basta –le advirtió. Él miró al suelo, impotente. Si pudiera decirle que…

-Debes conseguir que los olvide –Richard quiso preguntar a la anciana qué quería decir con eso, pero Martha negó -. Sólo hazla feliz, Richard. Que nunca necesite a su vieja familia porque entonces lo perderéis todo. Y ella será infeliz.

Kate ni siquiera lo esperó. Entregó a las pequeñas a una adormilada Zoraida y corrió junto a su hermano. Richard se apresuró a seguirlos, con el corazón latiéndole con fuerza. Algo horrible iba a ocurrir.

Las calles de Londres estaban llenas de gente, no importaba la hora. Richard, Kate y Jamie sorteaban personas y tropezaban con otras, ignorando los gritos enojados y sin pararse a pedir disculpas. Kate estaba preocupada y a la vez ansiosa. Volvería a ver a las pequeñas. Las niñas a las que abandoné pensaba con amargura. Se dijo a sí misma que las curaría. Ese sería su consuelo a cambio de tantos meses de abandono. Así les demostraría que las seguía queriendo. Apenas pensabas en ella.

-¿Kate? ¡Kate, vamos! –Jamie tiró de ella. Kate asintió, alejando los reproches de su mente. Ninguna culpa tenían sus hermanas de aquello y no era el momento para odiarse. Debía ayudarlas. –Es aquí –señaló su hermano, golpeando una puerta. Kate suspiró, aquella casa apenas estaba a veinte minutos andando de la suya. Alguien abrió, sin mostrarse. Richard la frenó, rogándole:

-Por favor, Kate, no.

Ella frunció el ceño y se soltó. No tenía tiempo para preguntarle qué le ocurría. Entró en la casa, siguiendo a Jamie. Richard murmuró una oración y fue tras ella, apretando la daga que había llevado sujeta a su pierna.

La casa olía a enfermedad y a suciedad, como la vieja casucha en la que Kate había vivido su infancia. Estaba oscura, mal ventilada debido a la única ventana que apenas dejaba entrar la luz y el aire. Kate lagrimeó pero aguantó, buscando en la casa a las niñas. Jamie señaló una esquina.

-Están allí…

-¿Katherine?

Jim Beckett miraba a su hija con los ojos llenos de asombro. Ella por su parte sólo tenía para él una mirada llena de odio, pero no la mantuvo mucho tiempo. No había ido allí a ver a su padre, sino a cuidar de sus hermanas. Tomó aire, conteniendo las palabras que quería decirle a aquel monstruo y se acercó al camastro donde las dos pequeñas dormían, pálidas y empapadas en sudor.

-Tienen mucha fiebre –murmuró, mirando a su alrededor -. Tenemos que llevarlas a casa, allí estarán mejor –miró a Richard, quien no respondió. El cirujano sólo podía mirar al hombre que le había vendido a Katherine y que aún miraba a su hija como si fuera un espíritu maligno.

-¿Kate? –Otro joven se acercó, cojeando -. Hermana, estás aquí. Jamie, ¿cómo la has…

-Estaba aquí en Londres –se rio -. ¿No es estúpido? Llevo buscándola tanto tiempo… y resulta que estaba aquí, cerca.

-¡Fuera! –intervino Jim Beckett, sobresaltándolos a ambos -. Fuera de aquí, furcia. No eres bienvenida en esta casa.

-Padre… -Jamie lo enfrentó, indignado -. Kate y el cirujano pueden curar a…

-¡Fuera! ¡Fuera de aquí! ¡Salid de mi casa! –Se volvió hacia el cirujano, furioso -. Saca a tu puta de mi casa.

-No os consiento que…

-Richard coge a la mayor –intervino Kate -. Nos iremos ahora mismo, pero con las niñas.

-No te acerques a ellas.

-¡Sois vos quien no debería acercarse! –le gritó -. ¡Asesino!

Entonces se hizo el silencio.


No os perdáis el último capítulo de Lo que esconden tus labios. ¡Por fin la verdad saldrá a la luz!

-No puede ser –musitó.

Kate miró a su esposo y tomó en brazos a la niña menor. No pensaba quedar allí ni un minuto más. No ahora que conocía toda la verdad -. Por favor, debo salir de aquí.

-No irás a ningún lado –susurró Padre, peligrosamente -. No dejaré que destruyas mi familia.