Dislciamer. Propiedad de M. Kishimoto
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Los granos de arena caían segundo tras segundo, marcados por la indiferencia. Estaban sentados al lado del manantial, reflejadas en sus aguas refulgian las llamas que los calentaban. Sumidos en un mutismo lo suficientemente solido como para frenar una bandada de flechas. De lo alto de la escalera solo sé oía un leve pitido procedente de una maquina que marcaba sabe dios que, enlazado con un amargo y acido olor.
—Chicos, necesito algo de ayuda aquí arriba, con uno que suba llega — la voz de Sakura sono opaca desde detrás de la mascarilla.
Neji se levantó y subió los escalones. No hablaba y su mirada se mantenía tan serena como siempre. Se había limpiado la suciedad de las mejillas y se había retirado la bandana. Bajo el tatuaje restrictivo, su expresión madura lo hacía equiparable a los nobles de más alta cuna. Temari, sentada al lado de la escalera, ligeramente alejada del grupo permanecía en silencio, con las rodillas pegadas al pecho, notando como sudaban unas manos en su cuerpo ajenas a ella misma.
Pasaron las horas en completo silencio, intentando captar la inexistente conversación entre los dos ninjas que trabajaban.
—Temari... ¿Por qué no te acercas un poco al fuego? Te va a coger el frío si sigues ahí...
—No, gracias. Estoy acostumbrada a pasar frío.
—¿Frío? Sí vives en el desierto...
—Las temperatura caen en picado en invierno . Además, por las noches hace mucho frío.
La conversación murió, resurgiendo de nuevo el tenso silencio y el ensordecedor mutismo. Poco a poco, fueron cayendo en un estado de sopor, entregandose a ensoñaciones comunes en las que se quejaban de la rutina diaria.
—Neji, acercarme esas vendas y vete aplicandole ese emplasto de hierbas del mortero que está al fuego, en las piernas. Muy poca cantidad, cubriendo solo la herida. Para retirarle los clavos de los muslos, si puedes hacerlo mediante chackra mejor, si no, en el segundo cajón hay unas tenazas y unos alicates.
—Será mejor que ulize la herramienta, si lo hago con chakra me es practicamente imposible sacarlao rectamente, le dolería demasiado.
—Neji... — río Sakura por lo bajo con amargor mientras se esforzaba por mantener una burbuja constante de chakra a la altura de su garganta —, le va a doler de ambas maneras. Hazlo de la manera más rápida.
Con un asentimiento y procurando eludir el rostro cetrino y calavérico de su amigo retiró la manta que cubría el cuerpo semidesnudo del adolescente. En sus delgadas piernas, se revelaban cortes y magulladuras, heridas cerradas rudimentariamente y, dos veces en cada pierna, se veían enterrados en carne, dos clavos viejos y oxidados. Alrededor de las heridas se distinguia una masa de color rojizo. Neji la observó fijamente, sin saber lo que era.
—En una mezcla de vinagre, pimienta y sal — comentó Sakura adivinando su pensamiento —. Se utiliza para irritar las heridas, impiden la cicatrización, y producen... bastante dolor. Además, suele producir infecciones...
Entre el pitido constante que producían las maquinas que marcaban sus constantes vitales, y el color aseptico de los medicamentos, el ninja se quedó paralizado observando anonadado las diferentes heridas.
—Neji. Si no puedes hacerlo, marchate. Pero no pierdas el tiempo. Esos clavos pueden haber estado impregnados en algún tipo de veneno además de la mezcla. Hay que retirarlos y aplicar el ünguento ya —. El ojiblanco volvió a asentir mientras retiraba poco a poco el metal, sintiendo como los musculos inertes se tensaban, contratedose los musculos del rostro en una mueca de dolor.
Las operaciones que realizaban eran tensas y estáticas. Los movimientos se efectuaban con veloz lentitud. Las heridas se cubrían con las pomadas y los unguentos, cubriendo la maltrecha marioneta de olores asepticos y antinaturales.
Poco a poco, fueron cubriendo las heridas con vendas y gasas, escayolando las roturas y curando cortes y heridas superficiales. Y, al final, tras dos horas de angustioso trabajo, pudieron descansar. Cubrieron el cuerpo con un edredon de plumas.
—Ya está. Acabamos por ahora.
—Sakura, ¿cómo...?
—Vamos fuera —. Sin esperar, la muchacha se levantó y se dirigió a la puerta manteniendola abierta para cederle el paso al ninja.
Neji la siguió, observandola fijamente, consciente de que ella lo evitaba. Se acercó a la escalera, asomandose por la puerta. La mayoría dormían, unos apoyados en otros. La hoguera convertída en simples escombros.
—Eh... ¿chicos? — el simple susurro de su voz llegó para despertarles de aquel stado de sopor en el que se habían sumido.
—¿Eh? ¿Qué...? ¿Sakura—chan?
—Sí. Subid, ya hemos acabado.
Se encaminaron al piso superior y, al pasar por delante, todos dirigieron nerviosas miradas a la puerta.
—¿Y bien? ¿Cómo está? — preguntó Chouji, poniendo de manifiesto en la tensión de su voz el nerviosismo de todos.
—Vivo, al menos. Las heridas más graves están bajo control y, todos los venenos neutralizados. Sin embargo, la hipotermia que ha estado sufriendo o un shock sufrido, le ha causado un estado... comatoso —. Un silencio incomodo se extendió entre las presentes. Ninguno era capaz de entender lo que la pelirrosa pronunciaba —. Le he administrado 100mg de tiamina, para que el suero glucosado que le estoy administrando para contrarrestrar la malnutrición...
Continuó enumerando todos los pasos realizados, repasandolos mentalmente, intentando recordar si se había equivocado en alguno. Nadie la escuchaba. Ninguno entendía que estaba pasando.
—Deberiamos irnos cuanto antes. Orochimaru posiblemente nos este buscando... Estamos muy cerca de él y si nos encuentra... — la voz de Naruto había sonado rota, pero decidida a evitar el silencio que se avecinaba.
—Todavía no podemos irnos. No podemos trasladarlo.
—Pero si nos quedamos aquí... Si nos encuentran, estaremos en problemas.
—¡Es demasiado arriesgado trasladarlo en este estado, Naruto! Caundo despierte puede sufrir estado de confusión, amnesia, paralisis parcial o total, bloqueamiento de la función logistica o asociativa, perdida temporal o total de la capacidad visual así como del habla. Eso entre otros ciento diez sindromes que pueden surgir, sin contar los trastornos psicologicos que pueden surgir como los ataques de ansiedad o histeria. ¡Es muy peligroso! Si despierta en mitad del camino y sufre un ataque tendremos un grave problema.
—Si nos vamos tenemos un problema, y si nos quedamos tambien. Entonces, ¿qué hacemos?
—Normalmente, se debería esperar al menos una semana, pero en este caso... Necesito un mínimo de tres días.
—¿Tres días? Eso es demasiado tiempo.
—No podemos trasladarlo antes. Ya corremos demasiado peligro trasladandolo antes de una semana — recalcó Sakura.
—Está bien, Sakura. Si hay que esperar, esperaremos.
Nervioso, miró a su alrededor. Todos se mantenían alejados de él, eludiendolo como si tuviera un aura negra a su alrededor. Fijo su vista en ella. Sus mejillas continuaban coloradas y, su voz se había vuelto a suavizar. Inconscientemente, recorrió su vista por todo su cuerpo. Recordando como, bajo el yukata negro que vestía, su silueta se desdibuja en delicadas y pronunciadas curvas. Volvió a subir, escrutandola fijamente, hasta que su vista se poso en sus labios afrutados. Ojalalos dioses le permitiesen averiguar su sabor. Aunque tuviera que realizar los pecados capitales setenta veces siete, aunque tuviera que cumplir el castigo otras tantas veces.
—Kiba... — una voz lo llamó, con rabia contenida.
Lentamente y sintiendo un sudor frío por todo el cuerpo, alzó los ojos hasta encontrarse con unos encolerizados orbes blancos enmarcados en un rostro profuntamente sonrojado. Sintió algo romperse en su interior mientras daba gracias por no tener el tatuaje del Bouke gravado a fuego en su frente, porque si no, le estallaría la cabeza en mil pedazos. Apartó la vista nervioso. Le era imposible sostener un segundo más aquella furiosa y, en el fondo, dolorida mirada. Pero el panorama era negro cuando su vista se poso sobre sus compañeros. Ino lo miraba con los ojos entre cerrados, TenTen sonreía tensamente, deseando que llegara el momento de saltar sobre él. Lee no le dirigía la mirada, profundamente ofendido en su honor de caballero. Una vez era pasable, dos, era el colmo. En cuanto a Shino... simplemente se contenía para no maltratarlo demasiado delante de Hinata.
—Kiba... sal, por favor...
Temari abrió con cuidado la puerta, procurando que esta no graznara el mas infimo chirrido. Había pasado un día y la cosa no mostraba visos de cambiar pronto. No se oía ni un solo sonido ajeno. O los daban por muertos o es que habían obtenido lo que querían de él y ya no les importaba.
No aguantaba más allá encerrada. Sentía que las paredes, el techo y el suelo se aproximaban a cada hora y, que llegaría un momento en que todo se fundiría en un minusculo punto negro en el universo.
Nunca había sufrido un ataque de claustrofobia, posiblemente se debiera de la tensión del evento. Se había criado en el desierto. Estaba acostumbrada a soportar tanto temperaturas extremas, como a estar encerrada en una habitaciónsin apenas ventilación durante las largas jornadas de lluvias torrenciales o de tormentas de arena.
Sin embargo, no podía más. Esta vez no aguantaría el cautiverio.
Suspiró resignada. Por mucho que pensara y le diera vueltas a la cabeza, no iba a salir de allí antes. Lo observó allí tumbado.
Se sentó a su lado y agarró su mano derecha. Sintió en ella el tacto áspero y húmedo de las vendas. La manta que lo cubría se terminaba al llegar a su pecho. Todo su cuerpo estaba cubierto por vendas, a excepción de su rostro llendo de magulladuras y golpes.
Su respiración, siendo mantenida por una maquina, sonaba regular y suave. Bastaba este simple sonido para calmar el ambiente.
Sin embargo, pese a lo que pudiera parecer, en su rostro se reflejaba una calma infinita. Estaba sereno, más sereno incluso que años atrás.
Pese a todo, el ambiente era estático. El aroma mentolado de las medicinas había congelado el aire. Apretó su mano, deseando inconscientemente que ese leve gesto bastará para despertarle. Pero nada cambió.
Suspiró con resignación y se inclinó para recoger la cubeta donde Sakura había dejado las compresas. El agua estaba caliente, pero todavía desprendía el olor a hierbas. La fiebre provocada por la reacción alergica había desaparecido.
Obedeciendo a una fuerza superior, sus ojos se dirigian a su rostro, recorrían sus vendas. El cabello suelto rodeaba su rostro, apartandose de su rostro en el lado izquierdo, recogiendose detrás de la oreja. Fijó la vista en sus labios, extrañamente brillantes. Se paralizó, temblandole el pulso. Algo del agua cayó al suelo. Nerviosa, se humedeció los labios.
Se oían ruidos desde abajo. Uno más fuerte la despertó. Sacudió la cabeza con fuerza, alejando cualqueira de esas idas. No estaba en momento para pensar en ello. El pelo se solto cayendo de manera que le cubría el rostro, sus mejillas se pusieron coloradas mientras, enfadada consigo misma se dio la vuelta y se marchó.
Media hora más tarde, entró de nuevo en la habitación. Evitaba por todos lo medios mirarle. Coloco la bayenta en una de las mesas y con movimientos expertos se recogió el kimono y se arrodillo en el suelo. Cogió la bayeta y empezó a secar el charco. Frotaba con fuerza, dirigiendo contra el suelo toda su frustración, toda su furia. Cada pasada era más y más rápida. Sin darse cuenta, enganchó la uña en una de las juntas de las baldosas y con el movimiento del brazo hacia delante, sintió una corriente electrica subir desde el dedo.
—¡Auch! ¡Oh, joder! — retiró la mano y se llevó instintivamente el dedo a la boca, chupando avidamente la sangre.
Se sento sobre sus tobillos como la habían enseñado de pequeña cuando aún creían que una kunoichi debía ser una señorita. Todavía chupando el dedo, recorrió con la vista la habitación e, inconscientemente, sus ojos repararón en él. Y otra vez la misma sensación. Tan cerca como estaba no pudó resistir la tentación.
Posó su mano izquierda sobre la suya, agarrandola suavemente. Con la mano herida se sujetó el cabello, manteniendolo ligeramente apartado y se inclinó sobre él, guiada por unsentimiento animal que comunmente reprimimos, avergonzandonos de ello.
Sus labios se apoyaron sobre los de él, con inocencia y timided. Un beso infantil. Dulce y delicado pero suficiente para que un sabor meloso se expandiera por su cuerpo.
Se separó no más que unos centimetros, lo suficiente para regresar a la tierra. Sintió un leve, casi imperceptible movimiento. Se incorporó de golpe, asustada. Lo había sentido. Se había movido. Estaba segura. Su mano se había movido. Quiza había sido solo un dedo. Pero había reaccionado.
Cambió la dirección de la vista y lo observó atentamente. Se echó hacia atrás ahogando un grito.
—¿Shikamaru?
