CAPÍTULO 23
Con el paso de los días el enfado de Candy se fue aplacando. Aún recordaba la noche en que le contó la verdad a Albert Andrew, el y su tono de sarcasmo; creyó que estaba borracha y loca. La marcha a la casa de Fiona estaba programada para la semana siguiente, al menos eso le alegraba. Alejarse de aquel castillo, y especialmente del duque, era lo que más deseaba. No soportaba su gesto huraño y engreído cada vez que se cruzaba con ella.
—Vamos a ver, Paris Hilton —susurró Candy en la orilla de un pequeño lago mientras lavaba por partes su andrajosa ropa—¿Mañana iremos al mercado de Perth?
—Sí, amiga . Archie me lo ha prometido.
—Lo que daría yo por una Coca-Cola fresquita en este instante—murmuró Paty, restregando su camisa con agua y jabón.
—Pues yo preferiría una lavadora —se sinceró Candy— Nunca pensé que lavar a mano fuera un trabajo tan costoso. Tengo las manos destrozadas por esta agua congelada y, mirad, ¡no me queda ni una uña!
—Sí. La verdad es que un poquito de crema con aloe no nos vendría mal —asintió Paty mirándose las palmas.
—Joder… me estoy cargando el único tanga que tengo de tanto restregar.
—Pues, Angelina, cuídalo; que todavía nos quedan días por estar aquí y nunca se sabe quién te lo puede ver —repuso Annie, feliz.
—¡Será descarada! —se escandalizó Paty al escucharla.
En ese momento llegaron hasta ellas Dorothy y Agnes con unos enormes cestos de ropa.
—¡Buenos días por la mañana, lindas! —les saludó Annie, con su particular sentido del humor.
Las muchachas, divertidas, se acercaron hasta ellas y dejaron los grandes cestos en el suelo.
—Penelope, la señora Fiona te busca. Dice que desea que la acompañes a visitar a lady Camila para ver sus flores —indicó Dorothy a Paty.
—Anda, es cierto. Se me había olvidado —y levantándose, se despidió de sus amigas mientras se alejaba con las dos criadas—Me voy chicas. Más tarde volveré. Hasta luego.
Candy se fijó en los dos grandes cestos de ropa sucia que las sirvientas habían dejado junto a ellas.
—¡Eh, olvidáis esto!
—No, Ange, eso es para que lo lavéis. Ya sabes, nosotras cocinamos, vosotras limpiáis —respondió Agnes, dándose la vuelta.
—La madre que las parió —gruñó Candy.
—Serán del siglo XVII, pero de tontas no tienen un pelo —apostilló Annie.
Se miraron incrédulas. ¿Cómo iban a lavar toda aquella ropa ellas solas? Pero después de protestar y maldecir durante un buen rato, se pusieron a ello. Al cabo de unas horas, tenían las manos congeladas.
—Odio hacer esto —se quejó Candy mientras cogía el tapete en tonos dorados que utilizaban en la mesa del salón y que Fiona había comentado en una ocasión que era de su abuela— Pero si se me está cortando hasta la circulación.
—¿Sabes con lo que soñé anoche?
—A ver… sorpréndeme.
—Con un rico café en el Starbucks, acompañado por un masaje de chocolaterapia.
—Oh, Dios… lo que daría yo por un buen masaje descontracturante —murmuró Candy mientras restregaba el paño con el tosco jabón para quitarle las manchas— Con todo lo que estoy pasando aquí, estoy segura de que toda yo debo de estar plagadita de nudos en mi espalda.
—Sí, no estaría mal —sonrió Annie— ¿Pero sabes qué?
—¿Qué?
—Que no disfruté del sueño porque allí no estaba Archie.
—Venga ya, mujer, ¿me tengo que creer que ese castaño te gusta tanto?
—Sí.
—¿En serio?
—Te lo juro —asintió con un gesto que atrajo la atención de su amiga— Nunca nadie me había tratado con la delicadeza y el encanto de él. ¿Pero sabes…? Me gustaría que se lanzara y…
—Vaya, vaya… Alguien está más calentita que un horno ¿no? —se mofó Candy.
—Sí. Lo admito. Pero es que nunca me había pretendido un tío como Archie. ¿Cómo no pensar en algo más que un simple paseo?
Sorprendida por aquello, Candy no pudo evitar una carcajada; pero al hacerlo, soltó el tapete y éste comenzó a alejarse en el lago, arrastrado por la corriente.
—¡Mecachis en la mar! ¿Y ahora, qué?
—Habrá que meterse a por él. ¿O vas a dejarlo ahí? —rió Annie.
El paño se alejaba ondulando, cada vez más lejos.
—¡Pero si hace un frío que pela! —se quejó Candy.
—Tú verás, pero ese tapete, o lo que sea, es una reliquia de la familia de Fiona.
Malhumorada, Candy finalmente se metió a por el paño, nadó hasta él y dos segundos después estaba de nuevo junto a su amiga, tiritando de frío.
—Regresa al castillo y cámbiate de ropa.
—¿Pero qué me pongo, si no tengo nada? —se quejó Candy.
—Pídele a Dorothy que te deje algo. Estoy segura que lo hará encantada. Venga, ve, que yo termino esto. Si sigues aquí vas a pillar una pulmonía.
Consciente de que su amiga tenía razón, Candy cogió el cesto de ropa que ya habían lavado y se marchó hacia el castillo. Al entrar en la cocina Agnes la vio y gritó.
—¿Pero qué ha pasado?
—Me caí al lago —respondió sin querer dar más explicaciones—Necesitaría algo de ropa seca ¿Está por aquí Dorothy, para que me deje algo?
—Voy a avisarla —respondió con rapidez— Ponte al lado del fuego y entrarás en calor. No es bueno caer a las aguas en este tiempo.
Dicho esto, la muchacha salió de la cocina dejándola sola, empapada y tiritando. Sin pensarlo dos veces se desabrochó la falda, que pesaba una barbaridad, y ésta cayó al suelo. Cogió el primer paño limpio que vio y se lo anudó alrededor de la cintura.
«Vaya, qué minifalda más mona que me he agenciado», pensó divertida.
Minutos después llegaron las dos criadas que, al verla de aquella fachas, se quedaron anonadadas.
—Ange, por el amor de Dios, ¿qué haces en paños menores?—murmuró Agnes.
—¿Paños menores? A esto, en mi pueblo se le llama minifalda.
—¡¿Miniqué?! —susurraron las dos; pero en ese momento entró Annie con el otro cesto y se quedó mirando a su amiga, divertida.
—¡Pero qué minifalda más ideal! ¿De dónde has sacado la tela?
Candy fue a contestar, pero en vez de ello estornudó.
Dorothy, sin decir nada, le entregó un montón de ropa doblada.
—Ve a cambiarte o enfermarás.
Candy se dio la vuelta para marcharse, pero se dio de bruces con Albert, que en esos momentos bajaba a las cocinas. Al ver cómo el duque le miraba las piernas y subía hacia arriba, se sonrojó y, sin mediar palabra, se escabulló a su cuarto para cambiarse.
Continuara...
