Algunos de los personajes pertenecen a Stephanie Meyer.
Este capítulo se lo dedico a mi amiga Carolina, por ayudarme y apoyarme desde el principio con esta historia :D
CAPÍTULO 22: "NUEVA YORK"
Las despedidas jamás fueron mi fuerte. Me ponían demasiado triste y acababa llorando a lágrima viva, pero esta vez no podría escaparme como otras veces, tendría que hacer frente y despedirme de mis amigos y familia por unos meses.
El camión de la mudanza llegó muy temprano, yo ya tenía todo mi equipaje preparado y mis cosas metidas en cajas de cartón. Primero el camión pasó por mi casa, y cargué las cosas con ayuda del conducto de la empresa, un tipo bastante amable. Cuando terminamos de cargar todo en el camión, comenzó la despedida.
Charlie, no cocines sin supervisión de Simon o Mar, por favor,- le exigí preocupada, realmente a mi padre se le daba muy mal la cocina.
"¿Supervisión? ¿Y desde cuándo he necesitado yo supervisión de mis propios hijos?"- preguntó haciendo un mohín. "Anda ven aquí"- dijo extendiendo sus brazos para darme uno de esos abrazos que estrujan más que dar cariño, terminé llorando, y le hice llorar a él también.
"Bueno, papá, te veré en un mes y poco, tendré que conocer a mi sobrina en persona, no es para tanto, además hemos estado mucho más tiempo separados."- le dije quitándole hierro al asunto.
De pronto miré a mi hermana Mar, estaba con la mirada perdida y fija en el camión de la mudanza, justo a mi espalda. Me dieron unas terribles ganas de soltar las maletas y quedarme allí con ellos, pero eso no podía ser.
"Mar, ven aquí, dame una abrazo fuerte."- la dije mientras la amarraba con fuerza.
"¿Qué voy a hacer yo sin ti?"- me contestó ella entre lágrimas.
"Tienes a Kristen, y a Alice por unos meses. Además podrás venirme a ver a Nueva York siempre que quieras, tendrás cuarto propio."- no sé si la convenció mi teoría pero pareció calmarse. "Cuida mucho de Charlie, eres la más sensata de la familia, evitarás que hagan tonterías en mi ausencia.- la dije soltándola poco a poco y guiñándola un ojo.
De pronto mi hermano mayor me tomó en sus brazos por sorpresa, y me elevó tan alto que por un momento pensé que me iba a caer.
Hermanita, te voy a echar mucho de menos. Más le vale a Edward cuidarte hasta que Alice y yo estemos en Nueva York. Seremos vecinos, a sólo dos manzanas de vuestro apartamento. – eso me reconfortó.
Nunca me había separado de mi gemelo por más de un fin de semana, y aunque iba a ser bastante duro por lo unidos que estábamos, al menos tenía la buena suerte de saber que viviría muy cerca de mí en unos meses.
"Cacahuete."- su cara reflejaba completa tristeza, verla poner esa carita me hizo temblar. "No pongas esa carita mi pequeña, ¿sabes que en Nueva York hay un zoo enorme? Y por supuesto también hay feria, podrás venir conmigo ¿verdad?- su cara cambió el gesto a una leve sonrisa."
"¿Me lo prometes?"- me preguntó.
"Por supuesto que sí ranita. ¿Cuándo he incumplido yo mis promesas?"- la pregunté mientras la subía en volandas.
"Nunca"- dijo ella satisfecha.
En cuanto me subí al camión sentí que una mitad de mi vida se quedaba allí con ellos. Quise bajarme en marcha y correr hacia ellos.
"! Os quiero!"- les grité mirando por última vez sus caras. Sé que les vería muy pronto y vendría a visitarles pero en el fondo significaba una nueva etapa de mi vida en el que mi familia estaría algo más distante.
Cuando llegamos a casa de los Cullen, nuestros amigos y mi nueva familia estaban esperándonos allí.
"Lo siento, odio las despedidas."- dije mientras que Edward me ayudaba a bajar del alto camión.
Cuando Edward por fin terminó de subir sus cosas, el camionero se ofreció a esperar y llevarnos al aeropuerto de Seattle, ya que él al fin y al cabo, la empresa de mudanzas estaba muy cerca de allí. Se me hacía raro que mis cosas llegasen más tarde que nosotros mismos a nuestro nuevo hogar.
Nos despedimos de nuestros amigos, y de mi nueva familia. Edward parecía triste pero no derramó ni una sola lágrima. Supongo que porque la idea de que vivir juntos abarcaba toda su emoción, así que, para contener mi emoción me puse en su lugar, pensando en el feliz futuro que nos esperaba juntos.
"Llamar, sobre todo si decidís casaros, locuelos."- les dije a Jacob y a Kristen entre risas.
"! Nos fugaremos a las Vegas y no te invitaremos a la boda, boba!"- me contestó ella.- mientras me abrazaba fuerte. "Te quiero, cuidaros mucho y llámame siempre que puedas."
Nos pusimos en camino al aeropuerto, tardamos mucho menos de lo que habíamos calculado tomando un taxi, gracias a aquel amable camionero que nos libró de lo difícil que sería que un taxi llegase a Forks.
Me sentí emocionada, no veía el momento de llegar a nuestro apartamento, y empezar nuestra vida juntos.
"Mis padres nos han querido hacer un regalo de graduación atrasado."- me dijo mirándome de reojo.
"Me mimáis demasiado, ¿Y bien? ¿dónde está?"- pregunté intrigada mientras apoyaba mi cabeza en su hombro.
En Nueva York, en nuestro apartamento, bueno no exactamente dentro de él claro.- dijo él con una gran sonrisa triunfante.
Me encogí de hombros, sabía que por mucho que insistiera Edward no me iba a decir ni una palabra hasta que yo misma descubriese la sorpresa. Como de grande era aquel regalo que ni si quiera cabía en nuestro apartamento.
Cuando llevábamos apenas veinte minutos de viaje, Edward se quedó profundamente dormido, yo acurruqué su cabeza en mi hombro, y le acaricié suavemente la mejilla. Debía de estar muy cansado para quedarse dormido. Se había estado encargando él sólo de los preparativos de Nueva York, para que todo estuviese perfecto cuando llegásemos, y de encargar los anillos de la boda de Alice y Simon.
Le miré su tierna y perfecta cara mientras dormía, tenía una expresión feliz, sus labios perfectos que incitan a besarle, sus largas pestañas, sus perfectas facciones y su pelo rubio cobrizo despeinado. Más que un humano, parecía un ángel, y verdaderamente lo era, mi ángel de la guarda, el que siempre está cuando más le necesito.
Una voz suave y susurrante desvió mi atención. Se trataba de una anciana que viajaba sentada a nuestro lado.
"¡Qué buena pareja hacéis hija mía! Disculpa si me entrometo, pero son muchas horas de vuelo, y estoy muy aburrida."- me dijo la buena mujer sonriéndome.
"No se preocupe, y gracias. ¿Viaja usted a Nueva York, o es sólo una escala?"- la pregunté con ánimo de comenzar una conversación.
"Sí hija mía, voy a Nueva York a visitar a mis nietos, mi nieta pequeña está en la vive allí con su futuro marido. Ellos me recuerdan mucho a vosotros. Tan jóvenes, tan enamorados, y tan guapos. Perdí a mi marido hace un año, pero nosotros estábamos tan enamorados como vosotros ahora.- contestó la anciana entre susurros."
Oh, lo siento muchísimo.- la dije apenada.
"No te preocupes cielo, me dio una vida completa y feliz a su lado."- dijo la mujer expresando una tierna sonrisa. "Y dime, vosotros viajáis a Nueva York también?- me preguntó interesada.
"Sí, nos acabamos de graduar, y el año que viene comenzamos en la Universidad de Nueva York. Hemos alquilado un apartamento en el Upper East Side, cerca a Central Park."
"Debéis de quereros mucho a juzgar por cómo os mirabais él uno al otro."- afirmó amablemente.
"Sí, él bueno… lo es todo para mí."- dije sonrojándome.
Charlamos durante una hora de vuelo, pero en cuanto hubo un silencio, fui yo la que se quedó dormida esta vez. Cuando abrí mis ojos, era Edward el que hablaba con aquella anciana. Se percató de que tenía los ojos abiertos y se acercó a mi cara, frotando su nariz contra la mía.
"Hola mi amor."- dijo sonriente. "¿Preparada para la Gran Manzana? Estamos aterrizando.
"¡Estupendo, y preparadísima!"- le contesté con alegría.
Nuestras maletas fueron de las últimas en salir. Ayudamos a la anciana a cargar con las suyas, Edward las cogió además de llevar la mía, era muy educado siempre. Decidimos compartir taxi con Rose, así se llamaba nuestra compañera de viaje. Cuando el taxi llegó a un lugar ajardinado, paró y nos despedimos de Rose.
Al salir, no pude evitar mirar hacia arriba. Aquellos majestuosos rascacielos que nos rodeaban hacían sentirme más bajita de lo que yo era. Ya sabía que era bajita, ya que mi novio me sacaba más de una cabeza, aunque más bien estoy segura de que él es el alto en la relación, pero aquello era demasiado, me sentía una pequeña hormiga en un mundo de gigantes.
Edward dejó las maletas en un elegante portal, y se encaminó a saludar al portero, el cual le dio un par de juego de llaves.
Tomamos el ascensor, Edward tecleo el numero veinte. Guau, pensé, estaremos bastante altos.
Atravesamos un largo pasillo, estrecho y con una luz muy cálida hasta llegar a la puerta situada al fondo de éste. Una puerta de madera blindada, que relucía por los pequeños focos de luz del pasillo.
Edward abrió la puerta con impaciencia, y agarró las maletas para meterlas en el apartamento. Luego me dio la señal de pasar el umbral de la puerta, y al cruzarlo me sentí en casa.
Bienvenida a casa Bella.
El recibidor tenía una luz brillante blanca. Di unos pasos hacía el amplio salón comedor, del cual me llamó la atención la gran cristalera que abarcaba una pared completa, terminada en un gran banco adornado con numerosos cojines para sentarse y disfrutar de las vistas. Desde aquella cristalera había unas increíbles vistas de la ciudad, y de Central Park. En el centro del salón, un gran sofá de cuero negro y una mesa de comedor situada estratégicamente frente al gran ventanal.
La cocina estaba separada del salón comedor por un pequeño muro con un arco en el centro. Se parecía a la moderna cocina de Esme y Carlisle, sólo que sin cristalera en su parte central.
Seguimos por el pasillo hasta una pequeña habitación de tono verde oliva. Supuse que sería la habitación de invitados porque estaba casi vacía. Solo disponía de un pequeño escritorio, una lámpara de pie y una mesilla de noche pegada a la gran cama de matrimonio en medio.
A mano izquierda, se encontraba el baño, con azulejos blancos y negros de ajedrez en el suelo, y las paredes de color hueso o marfil. Una gran bañera abarcaba la mayor parte del espacio y aun así había sitio para un plato de ducha y para el resto de los saneamientos.
Varios armarios empotrados poblaban las paredes del resto del pasillo, hasta llegar a la habitación principal. Era inmensa y sus pareces pintadas de gris plata a juego con la decoración de las mantas y cojines de la cama, de color rojo, negro y gris, estaba situada en el centro, era una cama de matrimonio normal. La habitación tenía otros muchos muebles, un pequeño tresillo rojo, un gran televisor de pantalla plana colgando de la pared, era incluso más grande que el del salón. En el lado izquierdo del cuarto se encontraba la entrada a nuestro propio baño, provisto de un gran jacuzzi, una bañera enorme, y decorado con azulejos anaranjados muy vivos y alegres. Era incluso más grande que el baño principal.
Pero lo que me pareció más bonito y singular de aquella estancia era una terraza en la que acababa la habitación. Era muy grande y amueblada para pasar las tardes de verano sentadas allí. Sus vistas eran las mismas que las del salón pero por otro ángulo. Era de noche así qué un millón de majestuosas luces se reflejaban por los cristales de mi nueva casa.
"Dios mío Edward, es perfecta. Los muebles, la decoración, todo."- dije sentándome en el borde de mi nueva cama.
"Perfecta, como la vida que de ahora en adelante nos espera"- dijo sentándose a mi lado y sujetándome el pelo para besarme suavemente en la nuca.
"Estaría muy mal por nuestra parte no comprobar que esta cama es cómoda."- le dije mientras amarré fuerte sus mejillas y atraje su dulce boca a la mía.
"Sí, tienes razón. Deberíamos echarnos un rato. Estarás cansada."- dijo para chincharme como de costumbre.
"No me refería a eso niño bobo."- le dije rolando los ojos. Ya tendremos tiempo de dormir después.- le insinué y en seguida cazó la indirecta. Comenzó a quitarme la camisa con delicadeza, y me tumbó debajo de él.
Debimos de quedarnos dormidos muy pronto, pero de madrugada, me desperté sobresaltada, empapada en sudor y con el corazón acelerado. Supuse que sería una pesadilla. Miré al lado izquierdo de la cama, y me encontré con el perfecto cuerpo desnudo de Edward en la cama. Le besé la mejilla y decidí tomar un baño caliente para despejarme. Con mucho cuidado de no despertar a Edward me enrosqué una toalla cuando terminé el baño y me senté en el banco al pie del gran ventanal de mi nuevo salón. Era increíble contemplar Nueva York de noche. Todo iluminado a pesar de ser más de las 3.30 de la madrugada.
"¿Qué haces aquí mi niña? Deberías estar durmiendo conmigo."- me sobresaltó su dulce voz.
"Lo sé, no puedo dormir, he tenido algo parecido a una pesadilla, aunque la verdad es que no me acuerdo de qué es lo que soñé."- repuse ofreciéndole mi mano para que se sentase junto a mí.
Edward se acurrucó a mi lado. Los dos contemplando la ciudad, los coches, todas aquellas mágicas luces. La inmensidad de Central Park frente a nuestros pies.
A Michelle le encantará Central Park Edward, es precioso.- le dije mientras le sonreía pensando en la cara que iba a poner mi hermana cuando viese aquel majestuoso parque.
Hmm.- asintió él, mientras enterraba su cara en mi pelo mojado. "Por cierto, casi se me olvida algo importante"- dijo mientras se levantaba y me extendía unas llaves en la mano. "Esme y Carlisle, nos han comprado este Porche para poder movernos por Nueva York, está aparcado en "
Esta vez mis queridos suegros se han pasado de la raya.- le dije mientras miraba cómo sonreía y volvía a acurrucarse a mi lado.
Y allí nos quedamos los dos, contemplando la belleza de nuestra nueva ciudad. La Gran Manzana.
