Antes que nada, quiero aclarar que la serie Inuyasha y ninguno de sus personajes (lamentablemente ¡_¡) U_U me pertenecen, esta historia es totalmente producto de mi imaginación y cualquier semejanza a alguna historia, fic, película, vida real, ETC… es total y completa "casualidad". Aclarado este punto quiero señalar que esta es una historia "paranormal" y desde ya aviso, no es apto para todo público, espero les guste esto es un Kagome/Sesshoumaru y a aquellos que no les guste esta pareja les aconsejo que simplemente escoja otro fic n_n
Agradecimientos especiales a mi querida betta Brujita luna gracias niña n_n
Atentamente:
La Autora
(Makimashi Misao Futura de S. S. L. A.)
"El ciclo de la vida continua sin fin, morir para vivir, vivir para morir, lo he visto tantas veces y lo seguiré viendo hasta que llegue mi hora, mientras tanto observo desde lejos el espejismo de un pasado que será mi futuro, en la joven pareja que de la mano caminan bajo los cerezos en flor. El hombre alto y gallardo, guapo y orgulloso en su andar, tomando la delicada mano de la menuda y frágil mujer a su lado, henchida con la semilla de su primera hija, a la que guarda con celo; y acaricia la mujer con tierno amor deslizando su mano libre por la plenitud de su vientre fecundo del amor de madre y esa visión sana un poco el dolor de mis antiguas heridas de guerra. Donde quiera que estés… no te olvido…"
Kagome 1996 (diario personal)
Cap. 25: El fin y el inicio. La vida sigue.
Durante los cuatro días que Kagome había estado en el palacio, no había escuchado ni un solo rumor de los que ahora corrían como pólvora a nivel youkai en todo el territorio nipón. Pues se decía y con buena base, que la legitima compañera del lord del Oeste era una mujer renuente y que incluso podía negar el vinculo, si hubiera sido otra hembra, los youkai ciertamente habían reído de buena gana, si hubiera sido otro macho con mucha mas razón habrían tomado la cuestión a burla, pero siendo ellos quienes eran, el poder que ambos tenían, lo que ambos significaban en su mundo la seriedad del aquella proclama era tal, que los mismos sirvientes se mantenían en estricto silencio cerca de la mujer, pues no querían hacer nada que la pusiera sobre aviso hasta que estuviera efectivamente y de buena gana entre las garras de su señor.
— Vamos Kagome, el hombre espera — Dijo Sesshomaru impaciente ayudándola a levantarse del lugar donde había estado meditando, aquella noche vestía un furisode de dos capas blanco y con flores de sakura rosadas, desperdigadas por el cuerpo del kimono y el símbolo del Oeste bordado pulcramente con finos hilos dorados en el obi azul rey, con peces de tenues colores estampados, el obiage de un suave azul pálido, el obijime dos hilos de nacaradas perlas perfectas y el obidome un nudo de plata que sostenía el obijime, vestía también un par de pulcros tabi blancos, puesto que sus zori estaban en manos de Haruna que esperaba para colocárselos, el largo cabello suelto y libre de ataduras al estilo youkai.
— Vamos pues. Es tu culpa por no decirme que habías enviado un mensaje a Miroku — Dijo ella lazándole una mirada que habría levantando ampollas a cualquier otro hombre, mientras Haruna le colocaba a su pesar los zori.
Sin embargo aquella mirada a él solo lo encendía de la forma más básica, si ella lo hubiera sabido tal vez le habría volcado el primer florero a mano en la cabeza.
Sus Inus que habían estado descansando en un enredado montón, trotaron tras ellos y cuando él deslizo una mano por la cintura bajo su obi, Kagome sintió aquella incomoda tensión que se había instalado en ella, desde la noche que la había acorralado en su habitación, su vientre ondulo un par de veces y la piel de su cadera latió y ardió como si hubieran aplicado una moneda de vidrio caliente y acabado de sacar del horno, pero por mas que ella había buscado alguna herida o alguna alergia no había encontrado más que sus marcas y su traslucido casi-inexistente lunar.
—Tenías que haber imaginado que si querías hablar con él, este Sesshomaru se encargaría de hacerlo posible — Dijo él tomando aire con ella seguidos de los Inus, aun no confiaba lo suficiente en aquel monje para llevarlo si quiera al borde de sus tierras, así que lo había hecho guiar en dirección opuesta sin llegar a acercarse a ninguna de las otras ciudadelas.
— Yo misma pude haberme encargado de eso — Dijo ella a su vez con un deje de irritación. Aquel hombre estaba poniéndola de los nervios, necesitaba el escape que solo le daban sus hornos encendidos y rugiendo como si la furia de los dioses hubiera caído sobre los mortales, el peso de la caña en su mano y la burbuja girando y trasformándose lentamente a su voluntad. Necesitaba su refugio lejos de toda aquella testosterona y etiqueta.
— ¿Cómo miko? se supone que estas muerta — Dijo él forzando las palabras a abandonar sus labios, aun la sola idea de su muerte aun lo ofuscaba a pesar de que habían pasado casi cinco días desde que había enviado a sus hombres a cumplir con todos los preparativos para dar aquella apariencia.
— No se, envuelta en una capa, viajando de noche, disfrazada de hombre, yo que se — Dijo ella sin querer admitir que él tenía razón.
— Estas buscando pelea sin razón alguna, Kagome. Hablaras con el monje, tal vez veas a la taijiya, deja ya de pelear con este Sesshomaru — Dijo él con ganas de zarandearla y besarla al mismo tiempo.
— Ok — Dijo ella simplemente, apoyándose en él, mientras sus Inus enviaban una imagen de si misma dándole un sonoro y nada amistoso beso al youkai en los labios haciéndola sudar frió, les lanzo una mirada afilada a ambos, casi pudo escucharlos reír en su mente.
Sesshomaru por otra parte estaba sorprendido por la forma en que estos Inus habían unido su mente a la de ella, para enviar aquella interesante imagen. Sus mentes habían encajado de tal forma que si no estuviera prestando atención, como fue el caso de Kagome no se habría dado cuenta de la unión, pero él si lo había notado y disfrutado junto a su bestia de la fuerte conexión. La ligera ojeada le mostró lo interesante y complicada que era su mente.
Después de una hora de vuelo hacia Edo, Kagome pudo sentir las energías familiares de Miroku, Sango, Kirara y el eco de dos más, completamente desconocidas. Cerró los ojos tomando fuerzas del hombre que la sostenía, y cuando sus pies tocaron tierra se permitió apoyarse en él unos segundos más de lo debido, antes de que de las sombras aparecieran dos youkai vistiendo de negro y con armaduras del Oeste y ambos colocaran una rodilla en el suelo saludando a su señor y según la información que incluso allí había llegado, su nueva señora, aprovecharon para verla disimuladamente.
— Mi lord, mi lady. El monje y su esposa están en el claro, el monje ha levantado una barrera después de que habláramos, parece que no es tan confiado de nosotros, como nosotros de ellos — Informo el más cercano a ellos, viendo como los labios de la mujer se curvo en una ligera sonrisa y se ilumino como si ella misma fuera una de las estrellas del firmamento, encandilando a los tres machos con aquella acción.
— Voy a llamarlo, así que retengan su youki, no estoy atacándoles — Advirtió ella dejando fluir uno, dos pulsos de su reiki alejándose deliberadamente de Sesshomaru que la dejo ir a su pesar, sabiendo en su fuero interno, que más que rechazo, era miedo de hacerle algún daño. — Ahora solo queda esperar —Dijo ella con calma acariciando a la Inu hembra, que se restregó contra su cadera izquierda que latía y ardía.
— ¿No llama así la atención de los que la buscan, mi lady? — Pregunto el otro observando con atención a la mujer. Era obvio que ella no sabía lo que su amo y señor esperaba de ella, y que se movía con infinita normalidad y humildad. Nada que ver con las hembras engalanadas de la corte, siempre posando y sacando provecho de sus cuerpos en un intento deliberado de llamar la atención de su señor.
— No... ¿No lo han notado verdad?, vaya que soy buena — Dijo entonces dedicándoles una mirada con intención señalando con un leve ademán hacia el cielo, donde finalmente los tres pudieron ver la burbuja azul traslucida bajo la que estaban. Ella había colocado una kekkai gigante sin que ninguno de ellos lo notara, hasta que ella misma lo había señalado; menos mal que era aliada, como enemiga los habría aniquilado sin ellos enterarse hasta el fatídico final. — Esto nos ocultara hasta que me quede sin energía y caiga — Dijo ella con calma sin ver las expresiones de pasmo de los dos espías, pues estaba demasiado distraída viendo al monje acercase a ella a pasos lentos casi dudosos. — Monje Miroku, puede que este vestida de seda y con una pequeña fortuna en bordados y joyas, pero sigo siendo yo — Dijo Kagome con genuina humildad, sobresaltando a los hombres y haciéndolos sentir humillados con su declaración.
— Mi lady, Kagome, es usted después de mi Sango la mujer más hermosa que estos ojos han tenido la dicha de ver — Dijo el monje haciéndole una profunda reverencia a la mujer. Era cierto que por un momento no la había reconocido, el porte regio con el que vestía aquel kimono, no se parecía en nada a la postura desenfadada que usaba con su ropa extraña. Vio a los youkai que habían hablado con él dos días atrás, y al lord de las tierras del Oeste acercarse hasta quedar justo detrás de Kagome, en una forma que según como hombre pudo ver bastante posesiva. El monje le sonrió conocedor antes de hacerle una reverencia como correspondía. — Lord Sesshomaru.
— Así debe de ser siempre. Tu esposa debe ser para ti la más hermosa de todas Miroku y si te atreves a pedirle a una sola mujer más que te de hijos, yo misma voy a levantarme de mi tumba y a asegurarme de que nunca los tengas. ¿Recuerdas que te hable de eso una vez?, se llama castrar amigo mío — Dijo ella con una sonrisa serena mientras los hombres presentes la miraban horrorizados. Vieron no sin razón al monje tragar varias veces. — ¡Bien!, ¿Como esta ella? — Pregunto sin molestarse en ocultar su deseo de saber sobre su antigua amiga.
— Sango esta bien, mi lady. Algunos dolores de cabeza los primeros días pero ya está como nueva — Dijo Miroku dedicándole una sonrisa abochornada.
— Tenemos que idear algo Miroku, el mundo tiene que conocer que tanto yo como mi grupo, murió días después de la batalla contra Naraku, de lo contrario ninguno de nosotros tendrá paz — Dijo Kagome entonces enseriándose de golpe. En sus ojos no había rastro alguno de risa mostrándole sin pena ni gloria a Miroku hasta que punto había cambiado tras lo que había vivido.
— Queríamos regresar a Edo, pero escuchamos lo que hicieron allí, así que pensamos que lo mejor sería irnos hacia Izumo antes de hablar con usted, pero no sabía como contactarla hasta que ellos vinieron — Dijo él señalando a los espías.
— Lo de Edo esta muy mal Miroku. Nunca me imaginé que mi conexión con el lugar, les daría tantos dolores de cabeza; esta bien que se alejen de todo esto. Escucha bien amigo mío, voy a ayudarlos a vivir y necesito que tu entre tus viajes riegues la noticia de nuestras muertes. En el Fuji hay una tumba para mi, asegúrate de idear una historia para ustedes — Explico ella, Miroku la vio con calma.
— Siempre supe que usted haría lo que pudiera para ayudar a los youkai — Dijo él con genuina alegría, después de todo ella estaba allí en algún sitio.
— ¿Por qué ayudarlos?, son youkai… destruyen todo a su paso, acaban con vidas humanas sin importarles nuestro dolor — Dijo entonces Sango saliendo de la oscuridad mirando con desconfianza a la mujer frente a su esposo y a los youkai que la acompañaban.
Sesshomaru y sus hombres se tensaron. Habían sentido a la mujer observarlo desde la oscuridad, habían sentido su animosidad y habían calmado sus instintos, sabiendo que seria imposible evitar aquel mal trago a la mujer que tanto había sacrificado por la misma Taijiya que los miraba con aversión.
— Mi lady, taijiya. Los Kami crearon a los youkai antes que a nosotros, por una razón, ¿entonces por que juzgar la creación de los Kami tachándolos de buenos o malos?, ¿no podemos nosotros los humanos causar grandes males también, no matamos y destruimos también, sea por poder, por dinero o por la razón que sea?, al final como ellos, nosotros tenemos libre albedrío, podemos decidir ser buenos o malos!, ¿entonces, debemos ser aniquilados también?, por que al igual que ellos somos capaces de grandes maldades — Dijo Kagome entonces mirando a la querida mujer junto al monje mirarla como si fuera una completa extraña y con el velo de desconfianza brillando en sus ojos marrones. La herida en su corazón se abrió y sangró profundamente, a sus pies Kirara siempre fiel, maulló en un felino saludo a Kagome que sonrió levemente a ella.
— Tú no eres humana — Acuso Sango secamente entonces, la nekomata gruño a sus pies y en el claro se hizo un silencio mortal, solo roto por los gruñidos de los Inus y la nekomata e incluso los youkai gruñían levemente a la mujer pues había dicho aquellas palabras con la clara intención de insultar y herir a la señora de Oeste.
— Tu no la recuerdas por tu accidente, pero ella, mi querida Sango es la Shikon no miko — Dijo entonces Miroku rompiendo el tenso silencio. Viendo por un segundo el lacerante dolor brillar en los ojos azules de Kagome. Las palabras de Sango la habían herido profundamente y saberlo y callarlo era un peso en su corazón, pero lo llevaría a la tumba con él. Lo había decidido cuando comprendió las implicaciones del odio que Sango había desarrollado tras el cautiverio de Inuyasha y Kikyo. — Las marcas en su rostro, son marcas de elevación espiritual, ella ha cumplido con duras pruebas puestas ante ella por los mismos Kami — Explico él. Entonces la mujer la miró de nuevo con un temor reverente brillando en sus ojos marrones.
— Yo… lo siento, mi lady — Dijo entonces avergonzada por sus dudas y los celos que la familiaridad entre ella y su esposo mostraba, haciéndole una respetuosa inclinación, que a Kagome le dolió más que si hubiera clavado su tanto en medio de su pecho, con los ojos llenos de lagrimas, ella asintió e incapaz de pronunciar palabra le hizo un ademán para que se levantara, pues no soportaba verla así humillada ante ella.
Sesshomaru y sus hombres por otro lado opinaban que así era como debía ser, más sabían lo que le dolía a la mujer aquella situación; Sesshomaru observaba a Kagome con el corazón pesado por ella, sabía del afecto que ella le profesaba a la cazadora, y sellar sus recuerdos enterrándose a si misma en la memoria de la mujer que amaba como una hermana, era una de las cosas mas dolorosas había tenido que hacer, y sabía viviría para recordarlo reprocharlo y llorarlo por el resto de sus días.
— No se preocupe, no hay daño — Dijo ella.
La mentira sonó amarga en sus labios, y los youkai aprendieron de primera mano que odiaba mentir y que se le daba fatal, sus Inus se arremolinaron alrededor de ella, consolándola silenciosamente.
— Aun no entiendo, mi lady, ¿Porque usted especialmente querría ayudarlos, por que los Kami los querrían a ellos? — Dijo ella insistiendo nuevamente sin poder comprender realmente las razones de la sagrada mujer.
— Por la misma razón que los dioses nos aman y nos han querido a pesar de nuestros defectos a nosotros los humanos; somos sus hijos, mi lady Sango, no nos merecemos su amor pero es nuestro, de igual forma nos aman a pesar de los miles de errores que cometemos, y solo ellos tienen el derecho de juzgarnos, ¿te sentirías mejor si te dijera, que los dioses quieren salvarlos como a nosotros? — Contesto Kagome con dolorosa calma, cada latido en su pecho acompañado de una puntada de dolor.
— Entonces los Kami aprueban lo que esta haciendo — Dijo Sango más para ella que para los presentes, entonces como si hubiera tomado una decisión consigo misma ella miro a la mujer. — No confió totalmente en ellos, pero confiare en las decisiones de mi esposo por lo tanto en usted mi lady, en lo que pueda servirle le serviré, pero no me pida que confié plenamente en ellos — Dijo Sango entonces.
— Confías plenamente en Kirara, y ella jamás te ha dejado caer —Señalo Kagome entonces.
— Kirara ha estado conmigo y mi clan desde siempre, si hubiera querido hacerme daño ya lo habría hecho hace tiempo. Ella es diferente — Contesto Sango con calma.
— De la misma forma en que tu cofias en Kirara deberías pensar en el resto de los youkai. Si ellos quisieran dominar este mundo lo habrían hecho siglos atrás y nos habrían destruido entonces efectivamente — Señalo Kagome sobresaltando a los youkai presentes con sus secas palabras.
— Usted esta atada a ellos — Señalo Sango con calma. Algo en la mujer hacia que su corazón golpeara en su pecho dolorosamente pero no sabía que era.
— Estoy atada a la vida, donde hay vida hay luz y esperanza y donde hay luz allí estaré yo — Declaro Kagome. — No busco una guerra, lady Sango, busco evitar una. Tenemos derecho a vivir en paz, más después de nuestra travesía contra Naraku. Kami sabe lo que hemos sufrido, lo que hemos perdido; el shogun no nos dejara en paz. Así que es primordial que todos nosotros desaparezcamos del mapa, ustedes podrán tener a sus hijos en paz formar una familia, un hogar sin las exigencias y la malicia del shogun que si mal no recuerdas es humano y es malvado hasta la medula — Dijo ella entonces llevando nuevamente la conversación hacia donde quería. Los hombres observaban a las mujeres discutir en silencio maravillados de cómo ambas parecían desmenuzar las cosas de una forma mas compleja pero efectiva entre ellas.
— Tiene razón, quiero una vida de paz, no quiero más guerras ni para mí, ni para Miroku — Reconoció finalmente Sango, aceptando las palabras de la mujer que eran dolorosamente ciertas en su corazón. Kami sabia las atrocidades que el shogun había hecho y que seguiría haciendo para obtener lo que quería, y había entendido que los quería a ellos, pero en especial a la mujer frente a ellos y que Miroku le había explicado, que en manos del shogun ella moriría pues no se prestaría jamás para hacer daño ni a los humanos ni a los youkai. — Solo le pido su palabra — Dijo entonces haciendo gruñir al lord de las tierras del Oeste enviando un rayo de tensión a su espalda. — Deme su palabra de que jamás se prestara para dañar a los humanos.
— ¿Cómo te atreves? — Rugió Sesshomaru iracundo. Kagome solo cerró su mano alrededor de su muñeca impidiéndole decir más. Miroku miraba alarmado y avergonzado a Sango.
— No tengo que darte mi palabra, esa promesa la hice el día en que llegue a este mundo y será lo único que obtendrás de mi, pues diga lo que diga tu estas decidida a dudar de mi — Dijo Kagome con gelidez. La fría mascara inexpresiva colocada en su sitio, sintiendo las heridas en su corazón abrirse aun más y sangrar profundamente.
Sango se tenso y por un momento mostró lo avergonzada que estaba, Miroku la miro desolado, comprendiendo que las palabras de Sango habían alejado efectivamente a Kagome. El haber puesto en duda su moralidad en cuanto a los humanos, la había herido profundamente.
— Entonces morimos — Dijo Miroku desesperado por romper la tensión que había caído entre las mujeres y que dejaba una herida abierta en su costado.
— Morimos. No quedara nadie que él pueda usar, para bien o para mal — Explico Kagome despegando la gélida mirada de la mujer que una vez la había amado como una hermana, y fijándola en el monje que se veía triste y avergonzado.
— Mentiremos como los bárbaros — Dijo Miroku dedicándole entonces una sonrisa maliciosa.
— Kami y buda nos perdonaran algún día — Contesto Kagome con un leve encogimiento de hombros sin notar que no había soltado a Sesshomaru. — Pero o es eso, o es vivir huyendo y con temor a ser descubiertos por ellos. Yo personalmente no quisiera vérmelas con el filo de una guillotina contra mi cuello — Añadió secamente.
— Ni yo. Entonces, que le parece esto, nosotros morimos primero, nadie sabe donde están nuestros restos, y usted fue atendida por un monje errante y su dama y tras morir fue llevada por ellos al fuji donde descansa en paz velando por todos nosotros para siempre —Dijo Miroku arrancándole una sonrisa genuina a Kagome que humillo a los presentes y trajo lágrimas a los ojos de Sango.
— Así que fuiste tu él de la historia. Me dejaste en la historia como sufrida heroína — Dijo ella comprendiendo que había sido el monje él que había inventado aquello de la eterna guardiana de nipón.
— Usted vive, mi lady, pero Kami sabe lo que ha sufrido y ha renunciado por todos nosotros — Dijo Miroku con seriedad. Tomando la mano de Sango en silencioso ejemplo.
— Y solo ellos saben a lo que renunciare en el futuro, monje. Espero que tengan una larga y feliz vida, nuestro puente, si no les importa será mejor que sea Kirara-chan, encontrarnos los pone en alto riesgo así que tal vez, esta sea la ultima vez que nos veamos en persona — Dijo Kagome entonces sorprendiéndolos a todos.
— Mis hombres también de vez en cuando estarán cerca, monje. Si alguna vez necesitan ayuda del tipo que sea, puedes enviar tu palabra con ellos a este Sesshomaru — Añadió el Daiyoukai, pues se negaba a dejar aquellos dos libres sin vigilancia. El monje entendió claramente la intención del youkai y opto por no sentirse ofendido, después de todo, su amada esposa había dejado abierta la posibilidad de duda frente a los youkai y la misma Kagome había decidido alejarse de ellos por la misma razón. El monje suspiro pesadamente.
— No te entristezcas, Miroku. El día de tu muerte te prometo estar allí para despedirme, si aún vivo. Incluso vendré a verla, lady Sango, si así usted lo quiere, lo sentiré y estaré aquí — Dijo con una triste sonrisa. — Sango, hubo una vez que fuimos más que amigas, hermanas. Entonces jamás habrías dudado de mi; no importa ya que no lo recuerdes, yo si recuerdo esa época y mi amor por ti no cambia aunque el tuyo por mi haya muerto. Que Kami los bendiga con muchos hijos — Dijo entonces haciéndole una leve venía a la pareja y a la nekomata antes de soltar la muñeca de Sesshomaru que había estado apretando con todas sus fuerzas, y se volvió ligeramente apoyando a su vez sus manos sobre el musculoso antebrazo del lord, indicando que estaba lista para irse.
Miroku la veía con pesar y Sango estaba pasmada con sus palabras y humillada hasta las lágrimas. Kirara ronroneaba a los pies de la pareja, advirtiéndoles a los youkai la clase de venganza que caería de su parte sobre ellos, si algún daño caía sobre aquella mujer.
— Mis hombres los guiaran hacia Izumo, allí se encargaran de que ambos tengan tierras y una morada donde criar a sus hijos. Esto lo hago por ella, Taijiya — Dijo Sesshomaru dedicándole una seca mirada a la mujer que tuvo la decencia de mostrarse avergonzada.
— Nunca olvidare su ayuda mi lord — Agradeció Miroku, sabiendo que aquello era mucho más de lo que él habría esperado recibir jamás del lord, sabiendo perfectamente que lo estaba haciendo por ella, por el amor que ella les profesaba a pesar de todo. — Que Kami la bendiga, mi lady — Se despidió él monje mirando por ultima vez a la joven que había llegado del futuro y los había convertido a ellos, un grupo de extraños, unidos por la tragedia personal que cada uno arrastraba consigo, en amigos y luego en familia.
La vio dedicarles una ultima triste mirada antes de dejarse llevar por el Lord youkai que en su corazón sabía que la protegería hasta de si misma, seguida de aquellos hermosos Inumata y los soldados que se camuflaron en la oscuridad y sabía que estarían allí a la mañana siguiente para llevarlos sanos y salvos hasta su nueva vida en Izumo.
— ¿Es cierto? — Pregunto finalmente Sango mientras Miroku la abrazaba con fuerza contra si. — ¿La amé? — Aclaro ella mirando a los ojos de su amado esposo, que se llenaron de calidez de inmediato el brillo de una sonrisa llena de afecto en todo su rostro.
— Profundamente, mi amada — Contesto el hombre dándole un casto beso en la frente, y guiándola de nuevo hasta donde la hoguera ardía donde pasarían la noche hasta reemprender el viaje a la mañana siguiente.
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Ninguno dijo una sola palabra, mientras se alejaban de la pareja. Sentían la tensión rodearlos, los oprimía con saña y veían a la mujer caminar con la fluida gracia de los suyos, pero con un deje de tensión obvio. Entonces la sal fue lo primero que detectaron y luego el amargo olor del sufrimiento. Cuando su señor la atrajo hacia su pecho cubierto por su armadura con extrema delicadeza y vieron con pasmo los ríos de lagrimas en las mejillas de su señora, desearon volver al lugar y hacerle daño aquella mujer que había hecho a su señora derramar lagrimas de sufrimiento pero sabían, habían visto con sus ojos el amor brillar en los ojos azules de su señora, el intenso amor que profesaba a aquella pareja. Además se negaban rotundamente a darle la razón a la mujer, comportándose como las bestias sin mente que ella parecía opinar que los youkai eran.
— Siempre será así de duro verla, por eso es mejor no verla más. Además su desconfianza me hiere, su sospecha es amarga; sin hablar del riesgo real, que supone para ellos y para mi contactarlos — Dijo entre hipidos. Sesshomaru se limito a sostenerla. — ¿Lo hice bien, Sesshomaru, dejarlos ir, alejarlos de mi, lo hice bien? — Pregunto ella mirándolo entonces por primera vez como una niña desvalida, cosa que lo hirió profundamente.
— Lo hiciste bien, Kagome. Ellos tienen tu bendición, tu tienes la lealtad del monje, pero la mujer duda y eso no es bueno — Dijo él comprendiendo que ella necesitaba aquellas palabras.
— Me estoy quedando sin amigos, Sesshomaru, pronto te acaparare a ti. Entonces, cuando tu dechado aparezca, posiblemente nos pelaremos por ti — Dijo ella con un deje de agotamiento cerrando los ojos cuando el dolor de cabeza estallo frente a sus ojos, así que no pudo ver la masculina satisfacción brillar en los dorados ojos de Sesshomaru con sus palabras, ni las leves sonrisas en los espías.
— Vigílenlos toda la noche. Asegúrense de que lleguen sanos y a salvo hasta Izumo, y que nadie los vea con ellos — Ordeno a los espías gruñendo por lo bajo en el típico lenguaje Inu, que vigilaran con cuidado a la mujer, ambos espías les dieron una venía a sus señores antes de fundirse en la noche como si jamás hubieran estado allí. — Supongo que me permitirán ver la pelea — Dijo él de pasada, bajando la voz hasta convertirla en un ronco susurro. Kagome lo miro con los ojos abiertos como platos.
— No por Kami. Las miserias de las mujeres jamás deben ventilase frente a los hombres. Así que si nos peleamos, espero que ella sea lo suficientemente práctica y sabia como para hacerlo en privado — Dijo ella espantada dedicándole una pequeña sonrisa que murió de inmediato. — Llévame a tu casa, Sesshomaru. Esta noche llorare y maldeciré. Mañana estaré de vuelta en mi refugio, y tu volverás a tus deberes, mientras armamos nuestro complot.
— No entiendo por que no puedes quedarte más tiempo — Dijo él secamente deslizando con toda la intención su mano por su cintura con lentitud haciéndola tensarse nuevamente y a sus Inu reír caninamente con sus acciones deliberadas.
— Por la seguridad de tu gente, porque necesito mi refugio, me he vuelto una ermitaña. Este protocolo que Inu kimi-sama logró hacerme adoptar está volviéndome loca. No soy una dama y hacen falta más de los siglos que tu madre trabajó sobre mí, para hacerme creer que soy en efecto una noble dama — Explico ella con un deje de irritación que a él le pareció simplemente delicioso. — ¿Además, no tienes tu que ir con tu madre unos días? — Señalo ella.
— Puedes venir conmigo pero te negaste — Contesto él secamente.
— Quiero volver a mis hornos, Sesshomaru. Necesito mi espacio, es importante para mí. Además mientras estoy sola pensando bien toda esta situación, puede que de con alguna respuesta, ya vez la cantidad de información que nos dejaron los otros custodios, Jaken y tu escriba, han hecho las delicias de un investigador con los pergaminos que guardan en tu castillo, después de leer todo eso, lo que me llevara días, tal vez semanas, puede que tenga alguna idea de lo que necesitaremos para crear un mundo para ustedes, incluso puede que Shippo consiga alguna respuesta para hacerlos pasar desapercibidos. Esto esta avanzando, Sesshomaru, puede que ahora se vea lento e inseguro, pero dará resultado a la larga — Explico ella entonces con un deje de calidez. Aferrándose a su armadura con familiaridad, mientras cruzaban la noche hacia el Oeste con sus Inus revoloteando alrededor de ellos.
— Lo has estado pensando — Señalo Sesshomaru sin sorprenderse. Parecía ser la forma en que ella hacia las cosas. Él analizaba antes de actuar se había pasado demasiado tiempo dando ordenes que eran cumplidas a cabalidad y sin discusiones. Ella era más metódica, y una vez que analizaba todo y pensaba en varias posibilidades buenas y malas, tenía que meditar todo de nuevo antes de dar un paso. Esa meditación se había duplicado tras la traición que había vivido y no había visto venir. Ahora él debía adaptarse a ella, y con el tiempo traerla a su terreno auque dudaba que ella aceptara una orden de nadie sin chistar y analizar a fondo tanto pros como contras. — Mañana te llevare a tu refugio, Miko —Dijo él con calma.
— Y cuando regreses de la casa de tu madre, te pondrás en tus deberes, y entre ellos esta: Buscar a tu dechado de virtudes — Señalo ella con un golpe de dolor en el pecho que aplasto a manotazos, sin ver los iris rojos del hombre que la apretó en castigo contra él. — Hey, esas son mis costillas y aun las necesito — Dijo ella irritada, golpeando ligeramente el hombro a lord youkai antes de romper a reír alborotando sus sentidos. — ¿Quién diría que seriamos amigos, Sesshomaru. Al punto de que te he golpeado y ¿aún vivo para contarlo? — Dijo ella con una risita que se convirtió en una carcajada cristalina que resonó sobre la ciudadela conforme pasaban contagiando a los youkai que la escuchaban obligándolos a sonreír con su señora.
Al llegar a las puertas, el anuncio de la llegada fue aun más bullicioso de lo normal, más Kagome no se entero que a ella también estaban dándole la bienvenida y atribuyó la algarabía al regreso de Sesshomaru, preguntándose mentalmente del por que de tanta fanfarrea, si habían estado apenas unas horas fuera. Sin detenerse a analizar más aquella exagerada reacción de parte de los sirvientes de Sesshomaru; fiel a su palabra Kagome regreso a sus habitaciones guiada por Haruna y tras cambiarse el furisode por una yukata, Kagome se lanzo a caminar por el pequeño jardín privado que estaba frente a sus habitaciones hasta que Sesshomaru salio de la oscuridad a su encuentro, en silencio se limito a abrazarla contra él mientras ella derramaba las lagrimas que había anunciado tras el encuentro con el monje y la Taijiya que habían sido en una época sus amigos.
El castillo sintió la tristeza de su señora y en silencio penaron con ella.
Aquella noche durmió un sueño intranquilo en brazos de Sesshomaru, que velo sus sueños junto a Haruna quien se mantuvo a una distancia prudente, observando con aprobación al hijo de su antigua y amada señora proteger a la mujer incluso de si mismo, pues era obvio para ella que lo había visto nacer, lo mucho que la deseaba, pero también había visto que la mujer desconocía su propia importancia en la vida de su señor y a diferencia de las hembras codiciosas que habían llamado su interés antes. Esta no era una mujer permisiva con sus favores y permanecía intacta como el día en que había nacido, por esa razón su señor insistía en que ella permaneciera siempre entre ellos, pero ella era mucho mayor que ambos y sabía que llegaría el día, en que ambos olvidarían que ella estaba allí, por que había visto también, que ella en su inocencia también se sentía atraída por su señor, que al igual que su padre, era un macho atractivo como él que mas.
Mientras Kagome dormía. En el ojo de su mente, en sus sueños pudo ver el camino de tierra, donde se acercaban a lo lejos y con extrema lentitud una pequeña caravana de seis carretas traqueteando por el camino flanqueadas por dos lámparas de aceite y arrastradas por un par de caballos de tiro negros como la noche cada una, en el sueño se vio a si misma, traslucida e informe, ligera como el mismo humo acercándose a la caravana que parecía que había decidido parar por aquella noche.
Los caballos piafaron sacudiendo sus cabezas con fuerza y relincharon sintiendo la presencia sobrenatural de la mujer. Kagome estiro sus manos traslucidas y acaricio el cuello del primer caballo hablándole en susurros incomprensibles calmándolo de inmediato, y repitió el proceso con su compañero, de inmediato la partida de caballos se relajo, entonces fijo su atención en el hombre que sostenía las riendas dobles, era un hombre alto de huesos finos y porte principesco, cabellos negros y ojos marrones claro casi miel, de rasgos dolorosamente familiares. Kagome vio con extrema sorpresa el tan amado rostro que jamás pensó volvería a ver en su vida, a su vez el hombre la miro fijamente y poco a poco las personas que estaban en las otras carretas se acercaron a ver la presencia que los había detenido y se quedaron mirándola con fija devoción.
— No eres una youkai — Dijo el hombre que le había hecho ver nuevamente a su amado padre, mirándola con reverencia.
— No, no soy un youkai — Contesto ella a su vez, su voz suave y clara para ellos.
— ¿Qué eres entonces, mi lady, que buscas con nosotros? — Pregunto entonces una anciana mujer entre los que se habían bajado de las otras carretas; antes de que pudiera contestar, una niña pequeña se coló entre los adultos y sin que nadie pudiera detenerla corrió hasta quedar justo frente a Kagome. Los ojos marrón claro tan familiares la miraron llenos de inocencia, los rasgos que ella misma había tenido a esa edad la saludaron, los adultos alrededor de ellas contuvieron una exclamación, Kagome sonrió a la joven niña de aproximadamente seis años y coloco su manos brillante sobre la cabeza de la joven, que le devolvió la sonrisa a su vez antes de volver con su madre.
— Yo fui la Shikon no miko — Dijo ella Kagome sobresaltándolos con su declaración — ¿Quiénes son ustedes, de donde vienen? — Pregunto ella a su vez con la sospecha rondándole la cabeza.
— Mi lady miko, es un honor para nosotros — Dijo el hombre humillado bajando del pescante y haciéndole una profunda reverencia postrado en el suelo a varios pasos de ella. — Somos el noble clan Higurashi. Venimos del profundo Este y vamos rumbo a Edo buscando un árbol antiguo bajo el que Misato, mi hija menor vio un templo levantarse en su honor mi lady. Un templo llevado por nosotros los Higurashi — Contesto el hombre con sinceridad, estirando la mano hacia el carromato donde se asomaban un par de ojos miel clarísimos como habían sido los suyo antes de trasformarse en aquella mujer etérea, ahora frente a sus antepasados.
— Acércate, lady Misato, permíteme verte bien! — Pidió Kagome estirando su traslucida mano hacia la joven de aproximadamente doce años, la joven obedeció de inmediato y se acerco a ella con reverente temor. — Que Kami los bendiga siempre — Dijo ella sonriéndoles con genuino afecto. Ellos vieron aquella sonrisa y no pudieron evitar reír con ella también.
— La he visto en sueños, en un mundo extraño, lleno de cosas que jamás había visto antes y vi también el mismo árbol de este mundo, el mismo en ese mundo extraño — Dijo la joven con timidez.
— El árbol que buscan se llama Goshinboku es el árbol de las edades, y ese mundo que has visto es el futuro, mi lady. El lugar de donde vengo, pues yo soy sangre de tu sangre mi legado es el de los Higurashi — Dijo ella entonces haciéndolos tambalearse sobre sus pies ante las implicaciones.
— ¿Del futuro, usted viene del futuro? — Dijo el hombre mirándola con sorpresa escrita en su rostro.
— Tienes el mismo rostro que mi amado y difunto padre, mis ojos una vez fueron del mismo tono de tu hija, mas las pruebas que los dioses pusieron a mis pies me convirtieron en lo que ven… si, vengo del futuro, fue en el atardecer que llegue a este mundo, pero eso no es lo que hablaremos esta noche — Dijo ella con intenso amor dedicándoles una sonrisa y elevando una mano brillante de poder azulado colocando una kekkai gigante sobre todos los carromatos.
— Es una de los nuestros — Dijo con sorpresa la anciana que había hablado antes, cacareando de alegría como una gallina, Kagome sonrió a la mujer.
— Antes que nada, ustedes deben de saber, que es la voluntad de los dioses que los youkai vivan — Dijo ella alarmándolos un poco, pues así bien ellos no hacían la guerra a los youkai habían combatido a muchos y perdido miembros a manos de otros.
— ¿Por qué, mi lady? — Pregunto un anciano que había permanecido en silencio apoyándose en su cayado, sus ojos habían visto a la mujer y reconocido en su corazón como su sangre, pero también había visto la muerte y el sufrimiento de manos de los youkai al igual que de su propia gente.
— Por la misma razón por la que han dejado que nosotros vivamos, aun cuando hemos y somos capaces de hacer tantas maldades, mi querido señor. Los dioses nos aman, pero a ellos también, después de todo, ellos fueron también creaciones de los dioses — Dijo ella con calma.
— Nuestro clan será elegido por el mismo lord de las tierras del Oeste como custodios, guardianes de leyendas; cuando mi tiempo de nacer llegue, en mi mundo no se conocerá la realidad que nosotros sabemos de los youkai, para mi serán cuentos encerrados en los libros, y así deberá ser hasta que tenga que venir al pasado a cumplir mi tarea con la Shikon no Tama. Si algo cambiara entonces todo se perderá y la joya regresara a destruir y puede que no tenga entonces el poder para acabar con ella, así debe ser yo debo llegar aquí sin saber absolutamente nada! — Explico ella dejándolos pasmados con las noticias.
— Dicen que el lord del Oeste es frío y brutal — Dijo un hombre entre le grupo recibiendo gestos de asentimiento de los otros.
— El lord del Oeste en persona me ha ayudado mucho. El mismo ha dejado de lado sus tierras y sus deberes para ayudarme a cumplir cada prueba puesta ante mi por los dioses, y el mismo ha destruido con sus propias garras a Naraku, yo he combatido al hanyou, pero el fue quien dio el golpe de gracia — Dijo Kagome dejándolos a todos en pensativo silencio.
— ¡Hemos escuchado mucho de él, mi lady! — Dijo la anciana cortando el tenso silencio que había caído sobre el grupo.
— Y puede que lo que hayas escuchado sea en parte muy cierto, pero eso no le quita a Lord Sesshomaru, su honor y él es ciertamente un hombre de mucho honor — Dijo ella a su vez.
— Tu rostro se ilumina al nombrarlo, ¿Dime mi lady, amas a ese youkai? — Pregunto el hombre que tanto parecido guardaba con su padre.
— Con todo mi corazón — Confeso ella mandándolos a una algarabía de murmullos.
— ¡Silencio! — Ladro el anciano mirando a la mujer frente a ellos y acercándose con ayuda de un hombre más joven, mientras el resto obedecía hasta quedar frente a ella. Viendo a la mujer demasiado alta para ser la dama que era, mirarlo sin miedo ni cobardía y con la terca firmeza que caracterizaba a su clan, la respeto de inmediato. Aquella mujer no era una cobarde, había dicho lo que sentía y lo sostendría aun en las puertas de la muere, sintió sus arrugados labios curvarse en una socarrona sonrisa. La mujer era una Higurashi de los pies a la orgullosa cabeza. — Eres una Higurashi — Declaro.
— Si señor, lo soy — Contesto ella con orgullo, mirando al hombre más bajo que ella encorvado por la edad.
— Y dices amar a este youkai — Repitió con calma, ella se limito a asentir de nuevo sin dudar. — Y no hay nada que te haga cambiar de opinión.
— Soy una Higurashi — Contesto ella simplemente dedicándole una pequeña sonrisa mientras encogía los hombros con innata elegancia.
— ¡Eres una de los nuestros, si señor! — Declaro el hombre entonces dando una carcajada llena de alegría, extendiendo una arrugada mano hacia el frente en muda petición. Kagome extendió su mano a su vez y vio como la traslucida mano rozaba apenas la arrugada mano sin llegar a tocarla nunca. — ¡Entonces vamos a Edo familia, y bajo el Goshinboku levantaremos el templo, nos prepararemos para ser los guardianes de leyenda del lord del Oeste y en el futuro nacerá entre nosotros la Shikon no miko! — Declaro el anciano en tono de celebración.
— No olviden incluir en el templo el pozo — Señalo ella con calma. — Y por su seguridad, no deben develar esta información a nadie más fuera de nuestro clan, con el tiempo llegaran otros, seis clanes humanos serán elegidos con el tiempo, por ahora solo ustedes y el secreto debe guardarse siempre, el shogun desea usar mis poderes para mal — Agrego ella logrando que todos se enseriaran de golpe.
— No debes caer en sus manos — Dijo el anciano más como una orden que como un comentario. Kagome sonrió ante las maneras autoritarias del lord frente a ella, ya no podía negar su sangre noble allí en cada gesto de cada uno de ellos hablaba de su noble ascendencia.
— No se extrañen de escuchar, que estoy muerta, así debe de ser, no se si algún día los veré en persona, Kami es quien decidirá si nuestro encuentro trasciende para mi, mas allá de esta forma, por ahora es momento de retirarme — Dijo ella sintiéndose por primera vez drenada.
— ¡Espera, no nos has dicho!, ¿como te llamas? — Dijo la joven con urgencia.
— Mi nombre ya no importa, pues en este tiempo jamás se dijo, puedes llamarme como desees y así será — Dijo ella dedicándoles una sonrisa que calo en sus corazones profundamente llenadlos de calidez.
— ¡No puedes irte sin darnos tu bendición, muchacha! — Ladro el anciano, Kagome sonrió divertida.
— ¿Somos un poco mandones, no? — Comento haciéndolo enrojecer con su insolencia, más el anciano decidió que siendo ella quien era tenía derecho a ser insolente. — ¡Que Kami los bendiga y los hijos lleguen a montones para el clan Higurashi por siempre! — Dijo ella desapareciendo lentamente mirándolos con aquellos extraños ojos azules y las marcas de magia en su rostro brillando en la oscuridad hasta que no quedo nada mas de ella para sentirla como una ente real, hasta que vieron la enorme kekkai aun firme protegiéndolos.
— Bendita sea mi alma. Hemos visto a la sagrada mujer ante nosotros, ella será de nuestra sangre y carne… protegeremos este legado que nos ha dejado para siempre. ¡Lo que esta noche se ha hablado no saldrá de nuestro clan jamás! — Anuncio el anciano con lágrimas de emoción en los ojos miel, oscurecidos por la edad, aquella noche se estableció el camino a seguir del clan Higurashi como el anciano había ordenado.
Jamás se hablaría de aquel encuentro y del significado que encerraba, cuando semanas después llegaran a Edo y fueran directos hacia el árbol sagrado. Los habitantes de Edo recibieran con alegría la idea de una familia de monjes y sacerdotisas a tiro de piedra, y no objetarían ante las intenciones de este clan de levantar el templo en honor a la sagrada joven que había llegado de la nada y había destruido el mal que los había asechado, pues su sacrificio, opinarían no debía ser desdeñado ni olvidado.
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Por ahora en el Oeste la mujer despertaba sobresaltada con los ojos abiertos como platos mirando sin ver a la nada, su mente repitiendo cada palabra cada gesto cada imagen del sueño que había tenido, ignorando el echo que junto a ella tanto el Lord del Oeste como la fiel sirviente que habían guardado su sueño la miraban pasmados, mas el lord viendo la yukata abierta cayendo por su hombro mostrándole el delicioso nacimiento de sus pechos y la piel de su clavícula y cuello donde deseaba mas que nada dejar su marca sobre ella.
Como si hubiera sentido su lasciva mirada, Kagome lo miro de golpe consciente por primera vez de su presencia y se apresuro a colocarse bien la ropa lanzándole una mirada asesina mientras sus mejillas se calentaban con el salvaje rubor.
— ¡Eres muy, MUY malo! — Dijo ella azorada al recordar la mirada interesada que el hombre había estado dirigiendo a sus pechos casi expuestos. — ¡Los he visto, Sesshomaru, mi familia se dirige a Edo, mis antepasados están aquí! — Soltó ella emocionada olvidando el episodio de la yukata.
— ¿Cómo lo sabes? — Pregunto él creyendo sus palabras, ella no diría algo así sin estar segura.
— Kaede me dijo en su nota, tu sangre se acerca, aparte de sus bendiciones y las noticias de su boda, no le preste atención a sus palabras por que estaba dándole vueltas a esto del shogun, pero esta noche los he visto, Sesshomaru. ¡He visto de nuevo a mi padre, el se parece tanto a el, que por un momento creí que estaba frente a mi padre de nuevo! — Dijo ella con lágrimas en los ojos aferrándole las manos arrodillada frente a él.
— Entonces los has visto — Dijo él con calma, comprendiendo que ella estaba realmente afectada con el encuentro.
— Creí que estaba soñando, pero creo que he tenido un sueño astral, me he proyectado a ellos y ellos están de camino a Edo. Van con miras de construir el templo en el que crecí bajo el Goshinboku y cerca del pozo. La niña Sesshomaru, había una niña igual a mi cuando tenía esa edad, ¡y la joven Misato fue quien los guío hasta el árbol sagrado! — Dijo ella emocionada.
— Supongo que es ahora mi turno de empezar a escribir los pergaminos — Declaro él, comprendiendo las palabras de la mujer frente a él. La historia estaba siguiendo su curso y los actores principales debían seguir el guión que el destino había escrito para ellos. Sesshomaru suspiró mentalmente y empezó a planear lo que debía y no debía poner en aquellos pergaminos, casi sonrió al recordarse, que no debía colocar el protocolo Inu de sumisión, pues recordaba perfectamente la sorpresa de la mujer cuando habían pasado por aquello fuera del cubil de Totosai. — Toma un té, miko —Ordeno Sesshomaru, lanzando una mirada a Haruna que se apresuro a calentar el agua que se había enfriado en la tetera para hacerles un te a sus señores, Kagome ni siquiera se molesto en preguntar por su presencia en su habitación.
— ¡Oh, eso es algo que tengo que reconocer, resulta que después de todo, si tengo sangre noble, que horror! — Dijo ella genuinamente espantada, arrancándole una sonrisa a la sirviente que colocaba la tetera de metal sobre la lumbre.
— Eso siempre lo sostuvimos, la madre de este Sesshomaru y este Sesshomaru, miko — Dijo él con calma reprimiendo la sonrisa ladina ante la mueca de horror de la mujer. Ella realmente detestaba su nobleza.
— ¡Ja, el anciano es tan malo como tu, ordena como el que mas, esperando ser obedecido sin chistar! — Dijo ella con un tono ofendido arrancadote la sonrisa que él había luchado por contener llena de pura satisfacción masculina, descolorándola por un momento dejándola extasiada al ver una sonrisa real en sus labios, poco importaba que fuera su pura satisfacción masculina. — Si claro ríete, pero recuerda que soy una Higurashi, soy voluntariosa, rebelde, y otro montón de cosas más — Dijo ella con orgullosa mofa, recibiendo la taza de te verde de Haruna y entregándosela a Sesshomaru y tomando la otra para si misma, — Haruna-san, toma una taza de té también — Dijo ella dejando a la mujer pasmada que dedico una leve mirada a su señor que asintió, antes de obedecer a la mujer.
— Eso se corregirá con el hombre y el entrenamiento correcto –Señalo él con toda la intención.
— Claro, como se entrena a un perro domestico para que no muerda, y haga trucos para distraer el aburrimiento — Dijo ella con acidez, tomando un sorbo de tibio té, viendo al hombre tensarse ante la alusión.
— Siempre se puede entrenar a un animal domestico, pero jamás a un youkai — Señalo él secamente.
— Siempre puedes entrenar a alguna dama de tu corte, deseosa de echarse a tus pies para que limpies con ella tus zapatos si así lo deseas, pero nunca esperes ver ese comportamiento en una mujer como yo; no espero de ti absolutamente nada, no espero ser una mantenida, ya sabes lo que opino de eso y definitivamente tengo suficiente amor propio para negarme a ser el tapete de nadie. Así que de entrenarme como una animal o una dama de la corte, pasara el mismo día en que pueda entrenar a un youkai como a un animal doméstico — Declaro ella entonces dedicándole una mirada llena de seriedad, que Sesshomaru sostuvo comprendiendo como había tomado ella aquellas palabras.
— No lo dije con esa intención — Dijo él.
— Lo se, si hubiera sido el caso yo habría hecho mi mejor esfuerzo en dejarte hecho una montaña humeante de cenizas machistas — Declaro ella mirándolo con una sonrisa en sus labios. Con todo y sus arcaicas maneras lo amaba, ya no valía la pena mentirse a si misma, pero eso no quería decir que se echaría a su pies. Ella era una mujer del futuro con suficiente amor propio para negarse a ello y aun cuando su corazón explotara en un errático ritmo en su presencia, ya moriría un poco el día que el dechado de virtudes hiciera su aparición triunfal, por ahora, con aquellas discusiones y aquellas puyas que se mandaban el uno al otro.
— Insolente — Dijo él entonces con los ojos brillando de alivio.
— Toda la vida, no lo olvides — Respondió ella con calma.
Haruna escuchaba a aquellos dos discutir no por primera vez, sin embargo seguía sorprendiéndola las respuestas de la mujer. Como había pensado aquella no era una noble dispuesta a complacer, su amo había encontrado finalmente la horma de su zapato y estaba complacida por ello, su señora obviamente aprobaba a la mujer, pues durante los días que había convivido con ella había escuchado sus palabras y había visto el genuino afecto con el que ella nombraba a su señora, cuando su compañero llegara de escoltar al monje y a su esposa, tendría mucho que contarle.
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Mientras los Higurashi acampaban y el monje y la Taijiya dormían custodiados por dos youkai del Oeste y Kagome tomaba el te junto a Sesshomaru y Haruna.
Los hombres del Shogun buscaban el rastros de la sagrada mujer hacia el Norte sin encontrar más que un sepulcral silencio, no sería hasta varias semanas después que el Shogun explotaría en enloquecida furia al conocer de la muerte de la sagrada mujer, y ordenaría a sus hombres profanar la tumba de la Shikon no miko, creyendo en su ambición, que en sus cenizas estaba la clave que lo ayudaría a controlar los poderes sagrados de la mujer, en su propio cuerpo mortal, enviando uno tras otro de sus guardias a su muerte al tratar de conseguir los sagrados restos de la mujer, que el volcán guardaría con celo, haciendo imposible acercase a ellos sin encontrar la piadosa muerte rápida o la lenta maldición, pues solo un clan saldría indemne para convertirse en los años venideros tras muchas pruebas en uno de los custodio de la Shikon no miko.
N.A: Agradecería mucho que se tomaran el tiempo en dejar un review con su opinión, pensando en el tiempo que me he tomado en tejer esta historia que comparto con ustedes.
Atte.
Yo.
Gracias.
Owari.
