Disclaimer:
Ni Naruto ni sus personajes me pertenecen. Son obra de Masashi Kishimoto.
Sin embargo, ésta historia es de mi autoría por lo que queda prohibido el plagio o distribución sin mi consentimiento.
Advertencia:
Este capítulo contiene SPOILERSde Naruto: The Seventh Hokage and the Scarlet Spring (actualmente animado por Studio Pierrot para el anime Boruto: Naruto Next Generations).
XXV
Ausencia
La semana luego de la partida de Sasuke no había sido tan difícil, al menos no para Sarada, quien, de cierto modo, se había acostumbrado a las esporádicas ausencias de su padre. No obstante, era Sakura quien sufría por las noches al palpar el vacío en el colchón y la falta de calor, a sabiendas de las implicaciones de la misión que él estaba realizando en aquel momento.
Poco a poco el olor del Uchiha se había ido disipando hasta convertirse en un simple recuerdo al que intentaba aferrarse con vehemencia. En su mente aún podía distinguir claramente la fragancia que solía despedir el cuerpo de su marido, sobre todo luego de cálidas noches a su lado, mas aquello era un mero producto de su imaginación, puesto que ya nada en la casa conservaba tal aroma.
Así pues, Sakura encontró muy difícil el conciliar el sueño, preguntándose en cada momento sobre el estado y el paradero de su esposo. Estaba intranquila y era común que las pesadillas comenzaran a asomarse entre sueños, por lo que en ocasiones se atrevía a tomar a Sarada entre sus brazos para que le hiciese compañía y así poder dormir en las solitarias y frías noches. Se prometió, no obstante, adaptarse tan pronto como fuese posible a la nueva rutina que regiría su vida, por el bien de su hija y guardando aún la esperanza de que Sasuke pudiese volver en algunos meses, acortando así el dolor que su ausencia producía.
Sin embargo, no podía sólo desear que él regresara a la brevedad. Ahora, ésta era su realidad y tenía que afrontarla, no negarla, sobre todo si quería que aquella experiencia fuere lo menos desagradable posible y lo más llevadera para su hija. En definitiva, tenía que poner de su parte, tenía que ser fuerte.
Al cabo de una semana, cuando no aguantó el mar de sentimientos que le habían atacado, escribió la primera carta. Estaba decidida a explayarse y hacerle saber cuánto lo extrañaba y necesitaba. Así pues, había tomado asiento en el comedor, con un par de hojas sobre la mesa y el bolígrafo siendo firmemente sostenido. Pronto se dio cuenta que tal vez no sería la mejor idea hacerle saber cómo se sentía, puesto que aquello podría presentar un peso extra sobre los hombros de Sasuke. Entonces, ¿qué podía escribir ahí?, se preguntó levantando la vista para observar a su hija jugar con un muñeco de felpa. Lo necesitaba. Quería hablar sin razón alguna, escucharlo, verlo, tocarlo…
Las lágrimas no tardaron en acumularse en sus ojos.
–No debes llorar, tonta –se reprendió a sí misma. Suspiró y apretó más el bolígrafo, dispuesta a comenzar a escribir.
–Querido Sasuke –leía en su mente conforme la pluma danzaba sobre el papel. Al instante detuvo el movimiento, aún sin estar segura sobre qué quería comunicarle.
A decir verdad, se sentía tonta. Apenas llevaba una semana fuera y le extrañaba horrores. Se había acostumbrado a su presencia en los meses anteriores y el no tenerlo ahora le parecía una aberración.
–Será mejor ser honesta en la medida de lo posible –se dijo con melancolía, reanudando la escritura.
Al final decidió contarle trivialidades, aún firme ante la idea de callar los más profundos y tristes de sus pensamientos, considerándolo, en verdad, innecesario.
Intentó sonar alegre y preguntó sobre su paradero, esperando que aquello alentara alguna respuesta de su parte, aunque sabía de antemano que tal cosa no sucedería, sin importar cuan profundo fuesen los sentimientos que él guardaba por ellas.
Así pues, envió la carta con un poco de añoranza, aun albergando la esperanza de que sus pensamientos le alcanzaran y le sirviesen de aliciente. Tal vez, con un poco de suerte, todo se tornaría en su favor.
Habían acordado antes de la partida del moreno que limitarían la comunicación a asuntos estrictamente necesarios, con el fin de prevenir que algún enemigo interceptase tales mensajes y pudiese tomarlo en contra de la familia Uchiha, razón por la cual Sakura no podía brindar tantos detalles ni fotografías como le gustaría. Aún tenía en mente cierta culpa al atreverse a usar el halcón de su marido para hacerle llegar un texto tan trivial.
Al cabo de un minuto, llevó nuevamente la vista hacia Sarada, para luego ir a su lado y disponerse a jugar con ella.
Los días continuaron pasando, y Sakura volvió a ser capaz de dormir sola en su propia alcoba, separada de su pequeña. Cuando los días comenzaron a convertirse en semanas, fue cuando Sarada se percató de que algo andaba mal, llorando por las noches para pedir la atención de su padre y recibiendo en su lugar, la visita de su querida madre.
–¡Papá! –repetía con los ojos desbordantes de lágrimas.
–Papá no está, cariño –solía decir la pelirrosa con ternura y aflicción–, pero papá piensa en ti –añadía tomando a la niña en brazos, frotando su espalda, mientras avanzaba hacia su propia habitación.
–¿Dónde está papá? –preguntaba viendo a Sakura a los ojos.
La pelirrosa suspiraba y la acostaba del lado que su marido solía ocupar, arropándola con ternura, para luego acuclillarse a su lado, acariciándole el cabello con dulzura.
–Papá está trabajando –contestaba con una forzada sonrisa–, pero te aseguro que él te quiere tanto como tú a él –añadía llevando sus manos hacia las regordetas mejillas de su hija, limpiando las lágrimas frescas sobre su piel.
–Papá –volvía a repetir Sarada más calmada, hasta quedarse dormida de nueva cuenta, sintiéndose protegida por la presencia de su madre, a quien aquello siempre le estrujaba el corazón.
Suficiente, pensó Sakura una de aquellas noches, antes de dormir. ¿Acaso no se había prometido ser fuerte y dejar de llorar?, sí, lo había hecho, y en repetidas ocasiones. Ahora tenía una razón de gran peso para hacer bien las cosas y dejar el drama de lado.
Con tal convicción, a la mañana siguiente telefoneó a Shizune, solicitándole de la manera más amable que le cedieran algunos meses del trabajo para poder poner orden en su vida y definir el plan de acción a seguir. El permiso le fue concedido sin mayores dificultades y, satisfecha, Sakura agradeció y prometió estar disponible ante cualquier emergencia.
–Sarada –llamó desde la cocina una vez colgó, escuchando pronto la risita de la niña. Sonrió y salió en su búsqueda.
Jugó con ella durante toda la mañana y luego del almuerzo la llevó consigo a dar una caminata por la aldea, deteniéndose en los lugares que mayor significado habían tenido para ella hasta ese momento.
Se habían detenido en un campo, Sarada tomaba la mano de Sakura con recelo mientras observaba a su alrededor con extrema atención.
–¿Dónde estamos, mamá? –preguntó entre curiosa y temerosa.
–Es un campo de entrenamiento –contestó viendo tres troncos a unos metros de distancia. Sonrió, y soltó la mano de su hija para luego agacharse y quedar a su altura–. Aquí fue la primera tarea en equipo que tuvimos tu papá, tío Naruto y yo –le dijo con una sonrisa cómplice. El rostro de Sarada pronto se iluminó ante la mención de su padre.
–¿Siempre han estado juntos? –preguntó interesada. Sakura negó con la cabeza.
–Hubo un tiempo que tu papá viajó mucho, fuera de Konoha. Pasó mucho tiempo antes de que regresara –confesó mientras acomodaba el cabello de su pequeña tras su oreja.
–¿Siempre lo has querido? –Sakura asintió–, ¿y él a ti? –esta vez su madre calló y, en cambio, sonrió. Sarada le miró confundida.
–Los sentimientos son diferentes en cada persona, hija –explicó–. Cuando seas más grande entenderás –y dicho esto, se puso de pie para comenzar a caminar y abandonar el lugar.
A medio camino, el par de Uchihas había sido interceptado por Kakashi.
–Sakura, Sarada –saludó revolviendo el cabello de la pequeña–. En este momento me dirigía a tu casa –le dijo a la mayor con semblante tranquilo que, irónicamente, le había parecido sospechoso a la pelirrosa.
–¿Sucede algo? –preguntó ella con cautela. Kakashi le vio por un largo rato, aún sin emitir palabra alguna, esperando que su silencio dijese más de lo evidente– Andando –dijo Sakura al fin, aferrando el agarre de su hija.
La pelinegra había notado un ambiente algo serio entre su madre y su, según tenía entendido, padrino. Los veía atenta y escuchaba su conversación, girando en torno a tío Naruto y su crecida familia, por lo que entendía, Boruto ahora tenía una hermana, aunque no estaba muy segura de qué significaba eso, pero sabía que ahora había un nuevo bebé en la casa de su amigo.
Una vez llegaron a la residencia Uchiha, Sakura mandó a la pequeña a jugar mientras ella tomaba té con su invitado. Sarada tomó su muñeco de felpa preferido y se sentó en la sala, comenzando a conversar con aquella figura.
–¿Cómo han estado? –inquirió el peligris una vez tuvo la taza de té entre sus manos.
–Estamos bien –dijo Sakura con mirada melancólica–. Tan bien como se puede –añadió con una lastimera sonrisa.
–¿Sasuke ha estado en contacto contigo? –preguntó al fin. La pelirrosa no pudo evitar la sorpresa ante la pregunta y al instante comenzó a exaltarse.
–No, ¿sucedió algo? –preguntó alterada.
–Tranquila –dijo Kakashi levantando las manos, pidiendo con un ademán que se calmase–. Tampoco hemos sabido nada de él, sólo…
–¿Pensaron que él se habría puesto en contacto conmigo? –intentó adivinar ella con pesar. La tristeza se instaló en su pecho sin dilación y negó con la cabeza–. No he recibido noticia alguna de su parte –dijo al fin, para que no quedara duda.
Kakashi notó al instante cuán desolada lucía su antigua alumna. No muy seguro de qué decir, desvió su atención hacia la pequeña en la sala.
–Lo estás haciendo bien, Sakura –dijo al fin.
La aludida tuvo que levantar el rostro para saber a qué se refería el Hokage. Al cabo de un momento su rostro logró recobrar un poco de alegría.
–Es la mejor niña –dijo la pelirrosa con el pecho inflado.
–Tiene a la mejor madre –contestó con simpleza.
Halagada, Sakura asintió, aceptando el cumplido y leyendo claramente lo dicho entre líneas. No pudo evitar pensar sobre Sasuke, el padre que estaba perdiendo momentos valiosos al lado de su hija.
–Ella lo entenderá –escucho a Kakashi decir.
–¿Acaso lees la mente? –preguntó ella con cierto bochorno. El shinobi se encogió de hombros.
–Siempre has sido muy transparente –dijo con simpleza–. Bien, es momento de retirarme –anunció poniéndose de pie.
–Sarada, despídete de tu padrino –pidió Sakura a la niña, quien de inmediato hizo mal gesto.
–¡Pero si no ha jugado conmigo! –se quejó.
–Sarada
El tono de su madre bastó para saber que estaba siendo injusta con el adulto.
–Lo lamento –dijo agachando la mirada, para luego correr hacia el Hokage–. ¡Espero puedas visitarnos pronto! –le dijo con una sonrisa y una reverencia. Kakashi asintió y en seguida salió de la vivienda. A pesar del gusto que le causaba ver a aquel trío, la situación se había tornado un tanto delicada en lo que concernía a los Uchiha, pero no había más que hacer, pensó con pesar.
Aquel mismo día y luego de cenar, Sakura arropó a su pequeña, quien ya había dejado la cuna recientemente, y ahora contaba con su propia cama.
–Mamá –llamó Sarada mientras veía a la adulta acomodando las cobijas sobre ella. La aludida levantó la vista, indicándole a la niña que contaba con su atención–, ¿puedes contarme historias sobre papá? –pidió con genuino interés. Sakura, conmovida ante la expresión de su hija, accedió sin dudarlo.
Se sentó a los pies de la cama, y comenzó a contarle sobre sus tiempos de niños, el cómo ella le veía de lejos, atenta a cuán talentoso era desde tan temprana edad, motivándola a sí misma en aspirar a dar lo mejor. Sin dudarlo, le aseguró a su pequeña que ella misma sería una ninja hábil, pues, después de todo, era una Uchiha.
Sarada escuchaba atenta, sorprendiéndose ante cada logro narrado con lujo de detalles por su progenitora. Aquel día la pequeña pelinegra soñó con un Sasuke joven, como el de la foto que su madre conservaba sobre un mueble en la sala.
Algunos días después, Sakura regresó al hospital. Sarada ya contaba con tres años, y pronto comenzaría a acudir a la academia ninja, mas no podía postergar más el retomar sus actividades en el nosocomio, ya que aún había gastos que necesitaban cubrirse y no podía contar sólo con una parte de las ganancias de Sasuke.
–Adelante –había dicho Sakura desde el otro lado de la puerta de su propia oficina luego de escuchar un par de golpes sobre la madera.
–Hola, frentona –dijo Ino apenas puso un pie dentro del lugar. Sakura sonrió.
–¿Frentona? –preguntó Sarada desde un sofá.
–¡Sarada! –chilló Ino asustada, entendiendo que los insultos era algo que quedaba prohibido en frente de los niños– Yo, no… es que… ¡Sakura! –dijo Ino atropelladamente y terriblemente apenada. La pelirrosa soltó una carcajada.
–Tranquila, cerda –dijo Sakura desafiante.
–Mamá, ¿por qué llamas cerda a tía Ino? –preguntó Sarada sin entender.
–No pasa nada, cariño, es un juego entre amigas –le dijo poniéndose de pie, para luego acercarse a su hija y agacharse a su lado–. Tía Ino y yo no estamos ofendidas porque sabemos que es un juego, pero sólo lo hacemos porque somos amigas. Nunca digas eso con afán de hacer sentir mal a alguien, ¿entendido? –Sarada asintió no muy segura. Ya luego hablaría con ella con más calma–. ¿Qué sucede, Ino? –preguntó Sakura regresando a su escritorio, para tomar una carpeta con algunos papeles– ¿Ino? –llamó de nueva cuenta al no haber recibido respuesta alguna. Levantó la vista y vio una mirada orgullosa en la rubia. Extrañada, alzó una ceja.
–No pasa nada, sólo venía a preguntarte si tienes algún inconveniente con que Inojin juegue con Sarada –dijo encogiéndose de hombros.
–¿Qué dices, hija? –preguntó la Uchiha, a sabiendas de que su pequeña estaría atenta a las conversaciones. La aludida asintió sonriente– Ahí tienes tu respuesta –dijo Sakura imitando el gesto de su hija.
–¡Perfecto! –chilló la Yamanaka– Mañana traeré a mi hombrecito, así Sai puede descansar un poco, hoy vuelve de una misión y... –de pronto Ino calló.
–No pasa nada –dijo Sakura sin borrar la sonrisa, comprendiendo tan repentino silencio–. No tienes que restringirte, Ino –le alentó.
La rubia asintió y prosiguió con el parloteo. La Uchiha no demostró envidia o tristeza ante las anécdotas y quejas de su amiga, aunque en el fondo existía un deje de aquello.
Un nuevo golpe en la puerta interrumpió al par de kunoichis.
Luego de que la pelirrosa concediera el permiso para ingresar, una enfermera se asomó e informó la llegada del paciente de la una y media. La médico solicitó que dejasen pasar al recién llegado.
–Creo que será mejor que me vaya, vendré en cuanto estés libre –dijo Ino poniéndose de pie, siendo imitada por su amiga.
–Adelante, señor Ishida –escucharon decir a la enfermera.
Menos de un segundo después, un joven alto y de cabello castaño claro, un tanto corto para su gusto, ingresó en la habitación. Las mejillas de Ino se tornaron rojas ante el apuesto rostro del paciente casi al instante.
–Volveré tan pronto te desocupes –repitió la rubia con una sonrisa pícara, abandonando, al fin, el consultorio.
–Tome asiento, por favor –pidió Sakura mientras tomaba el expediente médico del hombre–. Bien… sólo es una revisión de rutina antes de que parta en la siguiente misión, ¿es correcto? –inquirió levantando la vista, encontrándose con un serio shinobi. Sólo asintió.
La Uchiha torció los labios pensando que aquella actitud le parecía terriblemente familiar, viendo a su propio marido reflejado en esos pequeños desplantes.
–Pase a la camilla, por favor –pidió Sakura poniéndose de pie y tomando el estetoscopio para comenzar la inspección–. Sarada, cariño, ¿por qué no vas con Shizune? –pidió la pelirrosa con gesto dulce. La aludida abandonó el lugar un momento después, bajo la atenta mirada del paciente–. Retírese la playera, por favor –solicitó la médico con actitud profesional.
–Es muy hermosa –dijo el hombre mientras levantaba su playera, dejando ver una serie de vendajes. La Uchiha no demostró la sorpresa que aquel comentario había causado, mas no pudo evitar que un tenue rubor subiese a sus mejillas.
–Esto puede calarle –advirtió sin emitir palabra alguna ante aquel atrevido comentario. Pronto comenzó a auscultarlo.
Le indicó realizar algunas respiraciones, para corroborar el estado de sus órganos, repitiendo los pasos tantas veces necesitó hasta asegurarse de que todo se encontraba en orden. En todo momento pudo sentir con claridad la mirada de él clavada sobre su cuerpo, causándole con ello un estremecimiento.
–¿Me escuchó? –preguntó él un tanto hastiado–, he dicho que usted es…
–Lo escuché la primera vez –le cortó ella tajante–. Le agradezco el cumplido –dijo con simpleza, mas su rostro no lucía alegre.
–¿La he ofendido? –el entrecejo en el varonil rostro ya lucía fruncido. Sakura suspiró.
–Lo siento –dijo al fin–. Pero usted es un paciente, agradezco su halago, pero es inapropiado –aclaró, siendo consciente de las intenciones resguardadas por el shinobi.
–No me retractaré –dijo él orgulloso.
–No le he pedido tal cosa –aclaró–. Sólo no quiero ningún malentendido.
–Salga conmigo –pidió con fervor reflejado en sus ojos. De nueva cuenta un suspiro salió de entre los labios de la médico.
–¿Vio a la niña que salió? –preguntó ella y no prosiguió hasta que él asintió– Es mi hija. Mi hija –recalcó–. Ella es lo más preciado para mí y no tengo tiempo para salir con gente, menos aun estando casada –su decisión ya había sido tomada, notó Ishida.
El shinobi se encogió de hombros, restándole importancia a lo último dicho por ella. Ya tendría tiempo para averiguar aquella información.
–Puede volver a vestirse. Todo luce en orden –le informó volviendo al tono profesional y distante–, dele esto a su superior antes de salir a su nueva misión –añadió extendiéndole el reporte médico.
–Debe ser un hombre afortunado –comentó él tomando el papel. Sakura le vio por un largo rato antes de asentir–. ¿Puedo volver si me siento mal? –preguntó con seriedad.
–Claro, el hospital siempre está abierto –contestó dejando en claro que no cedería ante semejantes insinuaciones.
Luego de decir aquello, Sakura se dirigió a la puerta y la abrió, invitando al paciente a abandonar el consultorio.
Cuando Ishida puso un pie fuera, notó a la misma niña pelinegra de unos momentos atrás, la hija de Sakura, sentada en una silla, al lado de la puerta. La niña le veía con atención, como si evaluara al hombre.
–¿Mamá? –llamó Sarada.
La aludida pronto salió del consultorio y se acuclilló frente a su hija. El shinobi pudo notar un cambio en el semblante de la mujer, intrigándolo aún más. No pudo evitar que la atracción hacia la médico incrementase.
No pasó más de una hora cuando Ino cumplió su promesa y apareció de nueva cuenta en el consultorio de Sakura, hablando sin parar, mas fue un tema en particular el que había captado la atención de la pequeña Uchiha.
–¡En verdad te digo que se parecía a Sasuke! –chilló la rubia.
–Y yo en verdad te digo que no. Ni en cuanto al físico ni en cuanto a la personalidad –replicó la kunoichi, claramente cabreada–. ¿Viste su cabello? –añadió con una mueca–, además es muy directo y…
–¿Cómo que directo? –interrumpió la Yamanaka–, ¿qué te dijo? –preguntó cada vez más interesada en el cotilleo. Los colores subieron al rostro de Sakura.
–Sólo tonterías –contestó girando el rostro.
–Deberías de divertirte un poco, frente –dijo Ino con picardía. Pronto el ceño de la pelirrosa se arrugó.
–¿Qué insinúas? –inquirió claramente ofendida.
La rubia no tardó en comprender sus propias palabras, deseando en el instante no haber dicho aquello.
–Yo… lo siento –dijo sin bajar la cabeza.
Sakura cerró los ojos y contó lo necesario hasta que se hubo calmado.
–Ino, agradezco tu preocupación, pero estamos bien –le informó–. Además, yo sé que Sasuke se preocupa por nosotras. Sé cuánto nos quiere y sé que esto tampoco ha sido fácil para él –añadió tranquila y con convicción. La rubia no pudo objetarle.
Una vez el par de Uchihas se encontraron de regreso en casa, Sarada se quedó parada, viendo la foto del antiguo equipo siete.
–¿Mamá? –llamó alzando un poco la voz.
–¿Sí? –preguntó Sakura desde la cocina, entretenida mientras preparaba la merienda para ambas.
–¿Papá se parece al señor de la tarde? –preguntó ella con inocencia.
Extrañada, la pelirrosa se cercioró de que todo estaba en orden antes de apagar la estufa e ir en dirección hacia su pequeña.
–¿Por qué lo preguntas? –la pelinegra se encogió de hombros.
–¿Cómo es papá? –preguntó en cambio. Las lágrimas comenzaban a asomarse en sus ojos.
–Él es muy apuesto –fue lo primero que se le vino a la mente, antes de añadir–. De hecho, te pareces mucho a él –dijo con una sonrisa, notando cómo la alegría se reflejaba en el rostro de su hija.
–¿En verdad? –quiso asegurarse con ilusión. Sakura asintió.
–Tienes sus ojos –añadió con una expresión enternecedora.
Luego de cenar, Sarada se dispuso a jugar y Sakura dejó todo como estaba para ir directo a su habitación, ya luego se encargaría de limpiar, por el momento, tenía algo más importante qué hacer. Del clóset, algo oculto entre algunas cobijas, sacó un pequeño cofre. Se sentó en su cama y se dispuso a ver entre los papeles guardados ahí, hasta dar con una foto de Sasuke, sin embargo, en aquella imagen él estaba acompañado del resto de Taka, notó con pesar. No era que se avergonzara de ellos, después de todo cada uno de los miembros del equipo demostró ser un shinobi excepcional. La imagen de Karin evocó los recuerdos de su viaje y el nacimiento de Sarada, mas pronto se dio cuenta de que no podía dejarlos a la vista… su hija era demasiado observadora y sin demora comenzaría a preguntar y a querer saber más sobre ellos y, debía aceptar, ella no contaba con suficiente información, y lo que sabía no eran historias que un niño debiese conocer, menos aun si se trataba de su propio padre y su vida como criminal. No obstante, era la única y la más reciente imagen que tenía de su marido.
De repente, recordó sobre un marco viejo que tenía en casa. Sonrió cuando una idea atravesó su mente y, decidida, apartó la fotografía y fue inmediatamente a buscar algunas más. Una vez encontró lo necesario, recortó y acomodó las imágenes en el marco, sin haberse atrevido a cortar la foto de Sasuke, pero asegurándose de que quedase bien oculto tras el resto de las imágenes y la madera. Satisfecha, acomodó el objeto sobre su tocador.
–Hija, quisiera mostrarte algo –dijo Sakura aquella misma noche, estando sentada en la cama de su pequeña, luego de haberla arropado. Apenas dijo aquello, notó como la curiosidad de la niña había sido despertada.
Sin levantarse, la pelirrosa giró medio torso y tomó el marco entre sus manos y lo extendió hacia Sarada.
–Él es tu padre –dijo al fin.
La sorpresa pronto se mostró en el rostro de la pequeña Uchiha. Llevó la mano hacia el cristal, aún sin creer lo que estaba viendo. Levantó su cara hacia la de Sakura, con una enorme sonrisa en ésta.
–¿En verdad? –preguntó con emoción. Sakura asintió, conmovida por la reacción de su hija.
–Aunque es una foto algo vieja, de hace tal vez diez años –comentó apenada–. Lo lamento, hija, es la imagen más reciente que pude encontrar –dijo con pesar. Sarada negó con la cabeza.
–¡Gracias, mamá! –gritó abrazándola con fervor–. Así que éste es papá –dijo más para sí misma.
Aquel día, Sarada soñó con un Sasuke de mayor edad.
Antes de dormir, Sakura cayó en la cuenta de que no había escrito a Sasuke recientemente, por lo que se dispuso a redactar una nueva carta para contarle sobre lo que había hecho con la foto. Desde luego, Sarada era muy pequeña para recordar a su propio padre, pero se preguntaba si algo similar estaría ocurriendo con él, si… tal vez él sería capaz de olvidarlas, de inmediato descartó tal pensamiento, aferrándose a la idea de que eso jamás ocurriría.
Se sintió tentada en contarle sobre Ishida, pero aquello hubiese sido mero morbo de su parte, reconoció, ante la duda de si Sasuke sería capaz de sentir celos o alguna otra emoción porque hubiese alguien cortejándola. A punto estuvo de escribir al respecto, pero desechó la idea de último minuto.
Un par de años más habían transcurrido, y con ello las preguntas de Sarada sobre Sasuke disminuían, mas Sakura sabía que aquello no significaba que su hija le olvidase o ya no tuviese interés en él, sino que, preocupantemente, la Uchiha había comenzado a guardarse sentimientos para sí misma.
Diversos cambios habían ocurrido, recordaba Sakura con nostalgia. El más preocupante fue cuando Sarada enfermó.
Al rememorar aquello, lograba sentir la misma preocupación de aquel momento, al pensar que algo malo pudiese haberle sucedido a su pequeña. En definitiva, jamás se lo habría perdonado.
La pelinegra había durado casi una semana con una terrible fiebre y Sakura se había vuelto incapaz de abandonar su lado y sólo lo hizo cuando su niña al fin había sido capaz de permanecer lúcida por algunas horas, aún débil, pero consciente. Nunca antes había sentido tanto alivio.
Para el final de aquella semana, luego de asegurarse de que Sarada se encontrase bien y durmiendo sin complicaciones, había bajado a servirse un vaso de agua, mas desvió su camino hacia la entrada, cuando escucho cómo el timbre había resonado por toda la casa.
Grande fue su sorpresa al abrir la puerta y encontrar el rostro serio de Ishida. Aquel paciente había continuado acudiendo a consulta con ella, aprovechando cualquier momento para colmarla de halagos, obteniendo siempre el mismo resultado. Sakura no podía negar que tal atención le hacía sentir joven y querida, mas pronto la imagen de Sasuke aparecía, eclipsando cualquier otro pensamiento y acelerando su corazón como si él aún estuviese a su lado. En definitiva, Ishida debía darse cuenta de aquello, o de lo contrario podría salir más herido.
–¿Sucede algo? –preguntó Sakura sin ocultar su sorpresa. Sintió los ojos de aquel hombre inspeccionarla.
Ella sabía que no estaba del todo presentable, aun vistiendo sólo una playera holgada y unos pantalones para dormir, también holgados.
–Luces fatal –dijo él con el ceño fruncido. La pelirrosa le imitó y pasó por alto la confianza con la que se dirigía a ella.
–¿Puedo ayudarle en algo? –preguntó nuevamente. Ishida cayó en cuenta de su falta de tacto y negó.
–Me había preocupado al no verte en el hospital en la semana –dijo sin regresar al tono formal–, así que indagué tu dirección y vine a cerciorarme que todo estuviera en orden– añadió, el tono de alivio fue evidente.
–Estoy bien, gracias –expresó Sakura, ligeramente conmovida por aquello, deseando que fuese Sasuke quien estuviese ahí y no aquel desconocido.
–¿Estás segura? –preguntó el notando el cambio de ánimo de la médico. Finalmente, Sakura suspiró y se hizo a un lado.
–¿Te gustaría tomar una taza de té? –ofreció, dispuesta a aclarar de una vez por todas aquella terrible situación. El shinobi aceptó gustoso.
Apenas entró, el castaño notó la foto que posaba sobre un mueble. Sakura lucía hermosa en el marco, y la bebé debía ser Sarada, mientras que el hombre en medio seguramente era el padre, el famoso Sasuke Uchiha del que toda la aldea hablaba. Desde luego que él sabía de quién se trataba, todo ninja que se respete conoce a Naruto, Sasuke y Sakura, aunque a ésta última en menor medida.
Cabreado por la imagen, puso el marco hacia abajo, para no ver ese rostro tan pétreo que le hervía la sangre. No entendía a los Uchiha, pensó y, honestamente, no le agradaban. Pero la médico no lo era, al menos no de sangre.
Sakura, ajena a los pensamientos de su invitado, preparó el té, recordando cómo había realizado aquello tantas veces para Sasuke. Chasqueó la lengua por la divagación y terminó la tarea, invitando al castaño a tomar asiento.
–Sakura, gracias por…
–Lo siento –interrumpió ella. Ishida frunció el ceño, sin entender el porqué de aquello.
–No me has dejado hablar –se quejó.
–No necesito escucharlo –replicó–. No soy tonta, y tus intenciones han sido claras desde el inicio. Lo siento, en verdad, pero lo cierto es que no te conozco ni tú a mí. Estoy segura de que sabes que estoy casada…
–Con un sujeto que no ha estado aquí en los últimos, ¿qué serán, dos o tres años? –dijo mordaz.
–Estoy casada –repitió ella–. Y, aunque te cueste creerlo, amo a mi esposo con todo mi corazón…
–¡Pero…!
–Y estoy segura de que él siente lo mismo –añadió, haciendo caso omiso a lo que el shinobi tuviese que decir–. Agradezco tus cumplidos, pero me parece justo hacerte saber que no tienes ninguna oportunidad. He amado a Sasuke desde niños, y ahora que estamos juntos, te aseguro que ese sentimiento no ha disminuido. No quisiera que desperdiciaras tu tiempo en algo que jamás va a suceder –añadió con una tenue sonrisa. Jamás perdió el tono tranquilo de su voz, frustrando aún más al castaño.
–No te entiendo –dijo él, al fin, con frustración.
–Y no te pido que lo hagas –refutó en seguida–, sólo te pido que nos respetes, a mí y a mi hija –aclaró–. Gracias por todo, pero si tus intenciones van más allá de una amistad sincera, no hay nada aquí para ti –finalizó decidida.
Ishida le vio por un largo rato, aun librando una lucha interna por externar todo lo que quería decir. Finalmente, optó por hablar.
–Sakura, en verdad no te entiendo, ¿cómo puedes ser…?
–Ya he dicho lo que tenía que decir –cortó ella.
–Sí, y ahora te pido que me dejes hablar y seas tú quien escuche –pidió con poca paciencia. A regañadientes, Sakura aceptó–. No entiendo cómo puedes seguir aferrada a un tipo como él, que parece que se ha desentendido de su familia, ¿acaso eres masoquista?
–Jamás lo entenderías –fue la escueta respuesta que recibió–. Hemos pasado por muchas cosas para poder formar esta familia, y no seré yo quien lo arruine. Sasuke podrá no ser lo que se espera convencionalmente de un padre o de un esposo, pero no por eso dudaré de sus sentimientos ni de su compromiso hacia nosotras. Agradezco tu preocupación, pero te aseguro que es innecesaria –dijo al fin.
El semblante y la seguridad con que lo dijo hizo, de algún modo, que el castaño comprendiese que en realidad no había nada qué pelear ahí, a pesar de que aquello iba más allá de su entendimiento. No obstante, no podía evitar la furia interna que sentía.
–Lamento las molestias –dijo con las manos hechas puños antes de dirigirse a la salida a toda prisa bajo la atenta mirada de Sakura. Una vez tuvo la mano sobre el picaporte, se detuvo–. No volveré a incordiarte, a menos que así lo quieras –y dicho esto, abandonó el lugar sin molestarse en cerrar la puerta tras de sí.
La Uchiha se levantó de su lugar lentamente, acercándose hacia el pórtico para cerrar la puerta. Lamentaba haberle causado sufrimiento a Ishida, mas aquello era lo correcto a hacer. Avanzó hacia el mueble de madera y levantó el marco que el shinobi había bajado, para luego llevar las puntas de sus dedos hacia el inexpresivo rostro. Susurró el nombre del shinobi en un suspiro, antes de dirigirse de nueva cuenta a la habitación de Sarada.
Algunos días después, Sakura comenzó a notar un extraño comportamiento en Sarada, por lo que comenzó a prestarle más atención a sus movimientos. Una idea ya cobraba forma en su mente.
–Hija, ¿dónde está el pajarillo? –preguntó una mañana, mientras ambas estaban sentadas en la engawa. Desde luego, la pelirrosa sabía con antelación la ubicación del ave, era algo muy obvio, pero necesitaba corroborar sus sospechas.
Vio a Sarada fruncir el ceño en reiteradas ocasiones y, al cabo de un minuto, dubitativa levantó un dedo, señalando el árbol.
–¿Ahí? –más que una aseveración, aquello fue una pregunta.
Sakura le observó con cierto pesar y señaló un poco más a la izquierda de dónde su hija había indicado. Sarada le vio por largo rato.
–¿Tengo algo malo, mamá? –preguntó con cierto temor. La pelirrosa de inmediato negó.
Le explicó en palabras sencillas el problema que estaba presentando, y que aquello no era grave, sino que, con el uso diario de gafas podría solucionar sus problemas.
Así pues, aquella misma tarde Sakura llevó a su pequeña al hospital para que le pudieran recetar un par de anteojos a la medida y, una semana después, la Uchiha ya se encontraba usándolos.
–¿Ves mejor? –preguntó su madre a la expectativa. Sarada asintió con fervor.
–¡Es tan diferente! –dijo mientras se quitaba y ponía las gafas, asombrada por las diferencias entre ambas imágenes. La kunoichi rió.
–Hija, para –pidió Sakura con ternura–. Podrías lastimar tus ojos –añadió. Sarada asintió alegre sin intención de objetar.
Algo emocionada, la pelirrosa tomó algunas fotografías, y no dudó en compartirla con Karin a través de su teléfono móvil. Pronto recibió una respuesta eufórica ante la idea de que Sarada luciría mejor con las gafas adecuadas, así que, sin pensarlo dos veces, la pelirroja había enviado un par de marcos para gafas, idénticos a los suyos, salvo por el tamaño, con la esperanza de que la Uchiha los usase con gusto. A Sarada había parecido encantarle, así que aquellos se volvieron sus anteojos de uso cotidiano.
Karin, complacida por la aceptación de la niña, prometió enviarle un par nuevo cada vez que aquello fuese necesario.
Un año más transcurrió, y la Uchiha alcanzó la edad para ingresar a la academia ninja. Sakura le había hablado maravillas sobre aquella profesión, contándole cuán estupendo era trabajar en beneficio de la aldea, así como saber defenderse. En confidencia le contó también que fue ahí donde había conocido a su padre.
Su padre.
A decir verdad, no había día en que Sarada no pensara en él y ella misma había notado cómo el mencionarlo ocasionaba cierta tensión en su madre, prometiéndose a sí misma que no sacaría el tema más. No obstante, había días en los que simplemente no aguantaba la situación y, sintiéndose sobrepasada por las emociones, emitía reclamos a diestra y siniestra, descargándose sobre la pelirrosa, sin entender cómo era posible que su padre nunca estuviera en casa.
Inevitablemente veía día a día cómo el resto de sus compañeros eran acompañados por sus padres a la academia o a jugar al parque, causándole dolor e incluso envidia pues no sabía qué era convivir con un padre. El mero hecho de pronunciar esa palabra le resultaba insípido, sin sentido, puesto que nunca antes había atestiguado tal cosa. La furia y la tristeza pronto le habían invadido, ¿por qué papá no estaba ahí? Tal vez había dejado de quererlas, tal vez prefería estar lejos de casa, tal vez sentía aberración hacia ella. Simplemente no entendía, mas su madre le aseguraba en cada oportunidad que era precisamente la ausencia de su padre la prueba inequívoca de su amor, ya que no existía nada tan difícil cómo alejarse de los seres queridos, y aquello sólo se hace bajo razones que en verdad lo ameritasen.
Algún día entendería, le había dicho su madre, y en verdad esperaba que ese día llegase y que hiciese de lado el vacío que crecía aceleradamente en su pecho.
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NA: ¡Buenas! Tres semanas de ausencia no fue mucho, ¿verdad? El capítulo tal vez no es tan largo como esperaban, pero aún así espero que les haya gustado :-) Digamos que ésta es la "verdadera versión" de Sakura, porque una cosa es lo que se dice, y otra es la realidad.
Puse una nota en el capítulo anterior sobre mi decisión por no publicar hasta que terminase el gaiden o al menos los flashbacks, cosa que ya pasó, aunque desde luego, fue a mi conveniencia, ya que tuve un par de semanas por demás estresantes a la universidad. De hecho, apenas el viernes en la tarde fue que sentí que me quitaba un gran peso de encima y de pronto tuve muchas ganas de escribir, así que aproveché.
Recuerden, recta final, y sostengo lo dicho previamente: no pasará del capítulo 30 (aunque aún no escribo lo último, pero mi corazonada dice que así será)
Muchas gracias por dejarme sus reviews (así como sugerencias para mejorar la redacción, en verdad lo aprecio), sus follows y sus favourites :) ¡Son lo máximo! Espero tengan una semana increíble :D
Respuesta a Guests: (Por cierto, contesté los reviews la semana pasada y a decir verdad no estoy segura si los había contestado antes o no, ya que me perdí por completo en el estrés :-/)
Aura117: ¡hola!, no estoy segura si habías leído el capítulo anterior o no ya que tu review me apareció en el capítulo 23, por si las dudas, sólo para comentarte que dejé en el capítulo 24 la respuesta a ese review :-).
-Jazmadi
