Adiós, Nueva York
Hundido, Draco se dejó caer en el sofá. Pensó en registrar la casa pero no se sentía con ánimos, sobre todo porque sabía que sería un esfuerzo inútil. No era porque ya no estuvieran las fotos sobre la repisa. No. A aquella casa le faltaba algo más que un puñado de retratos, le faltaba el alma… porque Granger ya no volvería a poner un pie allí, jamás. A estas alturas estaría ya muy lejos y, conociendo sus antecedentes, se habría ido a perder en cualquier lugar lo más alejado posible y en el que no pudiese ser encontrada a menos que ella así lo desease.
Se llevó las manos a la cabeza, intentando asimilar que la única mujer que de verdad le había importado acababa de abandonarle y que por más que se estrujara las neuronas sería incapaz de descifrar el motivo. Ella siempre había sido inaccesible, implacablemente distante, sin embargo Draco se lo había jugado todo esa noche a una sola carta, entregándose a ella, confesándole sus miedos, mostrándose vulnerable precisamente para que ella no temiese hacer lo mismo. Y juraría que había funcionado, hasta el mismo instante en que llegó a esa casa habría puesto la mano en el fuego para asegurar su éxito y que por fin había logrado resquebrajar la coraza de Hermione y acceder a su corazón.
¿Por qué entonces desaparecía justo ahora? No podía entenderlo ¿Se había asustado? ¿Tanto miedo le daba abrirse a otra persona? No lo parecía cuando se despidió esa mañana. Quería hablar con él, con lo que eso significaba viniendo de ella, y ni siquiera dio la impresión de haberse enfadado cuando la tuvo que despedir a toda prisa para evitar que Claire los pillase in fraganti. Se puso en pie y comenzó a dar vueltas frenéticas por toda la habitación. ¿Qué había sido? ¿La marca tenebrosa? Imposible, ya sabía que la llevaba y no se echó atrás al verla. Incluso pareció enternecerse cuando explicó lo que significaba para él. Pero entonces ¿qué? ¿Qué?
Sabía que no encontraría una respuesta pero no podía dejar de pensar en ello. Necesitaba escuchar otra voz aparte de la que le hablaba desde su cerebro o acabaría volviéndose loco, por eso salió al pasillo y sin pensarlo mucho hizo lo primero que se le ocurrió. Se acercó a la puerta de Silvia y la golpeó con los nudillos, rogando que fuese la empleada quien se encargase de atender la floristería en el turno de mañana. Silvia le abrió enseguida, vestía un pantalón de pijama largo y una camiseta vieja y estirada, tenía el pelo recogido en una coleta y llevaba guantes de fregar.
—Buenos días, Draco —le saludó algo sorprendida pero sin perder su tono jovial.
Al verla sintió un profundo alivio porque al fin tendría alguien con quien hablar, pero a la vez se le hizo un nudo en la garganta al intentar comunicarle la noticia. Tardó unos segundos en encontrar su voz, lo que hizo que el brillo de los ojos de Silvia comenzara a apagarse gradualmente.
—Hermione se ha ido —consiguió articular al fin.
— ¿Adónde se ha ido? —preguntó Silvia sacándose los guantes.
Draco negó con la cabeza al ver que ella no le había comprendido.
—No lo sé. Muy lejos, supongo.
— ¿Qué quieres decir?
—Que se ha ido para siempre.
Silvia no le creyó, intentó sonreír ante una idea tan descabellada pero la expresión y las palabras de Draco habían conseguido preocuparla lo suficiente como para que no pudiese hacerlo.
—Eso es imposible —aseguró—. Estuve con ella ayer mismo, y tú también. Sabes que no puede ser cierto.
Draco estiró la mano y le tendió la nota que Hermione le había dejado.
—La recibí esta mañana.
Silvia tomó la nota y al leerla el calor de sus ojos se apagó repentinamente.
— ¿Qué le has hecho? —preguntó de forma acusadora.
— ¡No le hice nada! Estábamos bien cuando nos despedimos…
— ¡Oh, vamos! No me tomes por idiota. Está claro que no quiere volver a verte, algo le habrás hecho.
—Nada, lo juro.
—Mira, no sé qué habrá pasado entre vosotros —dijo Silvia en un tono duro que no admitía réplica— pero antes de dejarla contigo Hermione estaba perfectamente. Puede que hayáis discutido, puede incluso que haya renunciado a su empleo, pero te aseguro que sigue en su casa y que no va a dejar la ciudad por tu causa ¿No se te ha ocurrido que no quiere verte y por eso no abre la puerta?
—No es eso. La conozco bien y sé que se ha ido.
Silvia no hizo ningún esfuerzo por disimular que estaba furiosa. Entornó la puerta lo justo para tomar una de las llaves que colgaban en la pared y se dirigió al apartamento de Hermione sin ni siquiera mirarle cuando pasó por su lado. Apretaba la llave con fuerza en su puño cerrado pero antes de usarla llamó al timbre y esperó un tiempo prudencial. Al ver que la puerta no se abría la golpeó suavemente con los nudillos.
—Hermione… ¿estás ahí? —no hubo respuesta y ambos cruzaron una mirada rápida y preocupada. Draco no dijo nada. No podía explicar que ya había estado en el apartamento ni como consiguió entrar en él, y de todas formas estaba claro que Silvia no se lo creería hasta que lo hubiera comprobado por sí misma. Golpeó con los nudillos una segunda vez— Hermione, cielo, si quieres estar sola lo comprenderé pero necesito que me abras un momento. No me iré sin comprobar que estás bien… —nuevo silencio, esta vez no quiso mirar de nuevo a Draco, suspiró y abrió el puño en el que encerraba la llave que había esperado no tener que usar—. Está bien— avisó elevando un tanto la voz— voy a entrar.
Deliberadamente despacio hizo girar la llave en la cerradura, con la esperanza de que fuese la propia Hermione quien abriese la puerta sin tener que hacerlo ella. Entró sin prisas, todavía pensando que la vería aparecer por el pasillo dispuesta a desalojar de su casa a los intrusos no deseados.
— ¿Hermione? ¿Estás en casa?
Nadie respondió y ella avanzó con cautela hasta la sala, seguida por Draco. Al llegar soltó un suspiro de alivio.
— ¿Lo ves? —preguntó señalando a su alrededor—. Todas sus cosas están aquí, los cuadros, los libros… habrá salido, eso es todo. Vámonos antes de que nos pille fisgando.
Silvia todavía no había hecho amago de querer abandonar el apartamento pero Draco se situó bloqueándole la puerta.
—Faltan las fotos —dijo señalando hacia la repisa.
Silvia, que no había reparado en ese detalle, frunció el ceño siguiendo la dirección que Draco le indicaba.
—De todas formas todas las demás cosas están aquí.
—Se ha ido— insistió Draco.
A punto de perder la paciencia Silvia se perdió por pasillo refunfuñando.
—Odio husmear en sus cosas sin que ella esté aquí pero empiezo a entender a qué se refería cuando decía que eras duro de mollera.
En silencio la siguió hasta el dormitorio. La habitación de Granger, su santuario… Draco nunca había estado allí. Un lugar que debería haber conocido en circunstancias muy diferentes. Silvia cruzó el cuarto a grandes zancadas, en cambio él se quedó parado en la puerta, reverente como si estuviera a punto de penetrar en un lugar sagrado. Fijó la vista en la cama, cubierta por una colcha en la que no se apreciaba ni una sola arruga, bajo la cual estarían las sábanas en las que ella había dormido. Probablemente todavía conservasen su aroma. El estómago le pareció pesado como si se hubiera tragado una piedra. Ese cuarto debería estar cargado promesas, nada que ver con la amargura que le estaba provocando.
Con decisión Silvia se acercó al guardarropa y lo abrió de par en par.
—Su ropa está aquí ¿Lo ves…? —pero ella misma se detuvo al comprobar que lo que acaba de afirmar solo era cierto en parte. El armario estaba medio vacío, quedaba mucha ropa pero otra tanta había desaparecido.
—Te lo dije —le advirtió Draco.
—No. Aquí todavía hay muchas prendas que ella usa. Se habrá ido de viaje.
—Mira en los cajones. Te aseguro que no encontrarás nada personal. Joyas, fotos… o cartas.
Perdiendo sus escrúpulos Silvia empezó a registrar los cajones de la mesita de noche. Todos vacíos.
—Pero no es posible. Aunque solo se hubiera llevado los objetos más personales Hermione ha pasado aquí los últimos diez años y toda una vida no cabe en una sola maleta… —Draco no la contradijo. Evidentemente esa chica nunca había visto a Granger hacer uno de sus famosos encantamientos de extensión indetectable—… además no entiendo porqué habría hecho algo así.
—Porque quiere protegerse. En el plano sentimental es tan esquiva como un animal herido.
—Le cuesta confiar en la gente, es cierto. Pero tiene que haber algo más, esta no es una reacción normal…
—No siempre ha sido así —la interrumpió Draco en voz baja, casi para sí mismo.
Entonces rescató a la Hermione Granger de sus recuerdos. Aquella chica a que entonces odiaba pero incluso así podía darse cuenta que era dulce, atenta y cariñosa con todos —Longbottom no habría superado ni el primer curso de no ser por su ayuda— y cuyos sentimientos eran tan fáciles de leer como un libro abierto. Por aquel entonces todo el castillo sabía que estaba colada por Weasley, solo un incompetente emocional de su talla podía tener problemas para interpretar las inequívocas señales que ella le enviaba.
Pero esa chica había desaparecido. En algún momento de la guerra ella había cambiado, encerrándose en su caparazón. Aparentemente seguía siendo la misma pero lo que guardaba bajo la superficie se había convertido en un misterio.
—… de todas formas —continuó Silvia, pensativa y sin escucharle—…no se habría ido sin despedirse.
—Si tú lo dices —rumió entre dientes.
Pero Silvia no le hizo ni caso. Parecía habérsele ocurrido algo importante y antes de que él acabara de darse cuenta se había ido zumbando.
—Espérame aquí —gritó desde la puerta de entrada.
Él arrastró los pies con desgana hasta el salón. No quería permanecer en esa habitación ni un minuto más. El cuarto de Granger, pero sin Granger, el lugar donde debería haberse cumplido un montón de fantasías que ya nunca se harían realidad. Pensarlo le hacía sentir enfermo. Silvia tardó solo un par de minutos en volver. Cuando lo hizo traía el teléfono móvil pegado a la oreja.
— ¡Mierda! "Apagado o fuera de cobertura", la verdad, no es que me sorprenda. Pero tenía un mensaje suyo en el buzón de voz. Escucha —dijo pasándole el aparato.
Para oír el mensaje se giró y apoyó una las manos en el estante donde habían estado las fotos. Lo hizo a propósito, para no tener que darle la cara a Silvia mientras escuchaba la voz de Hermione, quizás por última vez. El mensaje era corto y bastante directo, le decía que se quedase con cualquier cosa que quisiera del apartamento, incluida la ropa, y que el casero podía deshacerse del resto. Se disculpaba por marcharse así y le pedía que se despidiese de Warren y los demás en su nombre. Terminaba diciendo que se pondría en contacto cuando hubiera aclarado un poco sus ideas.
Draco miró la pantalla del aparato, el mensaje duraba algo más de un minuto, sin duda más de lo que había tardado en garabatear aquella insultante nota en la que le despachaba con seis frías palabras. Se sintió ofendido por el agravio comparativo y notó como la ira lo invadía. A Silvia le dejaba un mensaje mucho más cálido y en el que además se acordaba de todo el mundo excepto de él. Le devolvió el teléfono con absoluta frialdad al tiempo que se llevaba la otra mano al bolsillo y sacaba una tarjeta.
—Dice que se pondrá en contacto contigo. Lo dudo, pero escribe tu número en el reverso de la tarjeta por si acaso. Te llamaré de vez en cuando para saber si tienes noticias de ella.
Silvia recogió su teléfono pero no hizo el menor amago de tomar la tarjeta y dejó que la mano de Draco se quedara colgando en el aire.
—Puedes guardarla. No voy a darte mi número.
— ¿Puedo saber el motivo? —preguntó con frialdad, bajando la mano tendida.
—Aunque me diga adonde ha ido, no pienso contarte nada.
Él se le acercó con un brillo acerado iluminando sus ojos y los labios curvados en una tensa sonrisa nada tranquilizadora.
— ¿Estás segura? Porque debes saber que soy un hombre de recursos. Conozco más de un método efectivo para extraerte la información y cuando hubiera terminado ni siquiera lo recordarías.
Silvia le miró de arriba abajo, detenidamente. Hermione no le había contado mucho pero sí lo suficiente para saber que no se fiaba de él, por lo menos al principio. Y ella siempre había sido muy sensata, si huía de Malfoy debía tener una buena causa para hacerlo. Lo que acaba de decir podía pasar por una simple fanfarronada sin embargo algo en su actitud la empujaba a creer que, por poco que le gustase, cada palabra era cierta.
— ¿Me estás amenazando? —preguntó cruzándose de brazos.
—Te estoy pidiendo tu colaboración.
Silvia se preguntó qué era lo que sabía de aquel hombre. Solo que pertenecía a una familia muy rica e influyente, con un pasado turbio en el que su padre había tenido problemas con la ley. La posibilidad le cruzó por el cerebro antes de que pudiera frenarla ¿La mafia? En realidad no quería averiguarlo y en silencio se recriminó por haber alentado a Hermione a una relación con él, claro que entonces no daba la impresión de ser un tipo peligroso. Sentía que todo aquello le venía grande y lo único que deseaba era verle salir por la puerta y no volver a cruzarse con él nunca más, pero Hermione era su amiga y no podía permitir que un individuo así se saliera con la suya.
— No voy a traicionar su amistad y está claro que no quiere saber nada de ti —afirmó alzando orgullosamente la barbilla.
—Eso deberá ser ella quien lo decida.
Lo afirmó haciendo énfasis en cada una de las palabras mientras se acercaba a ella un poco más. Aquella chica testaruda le estaba sacando de quicio, en su época de mortífago su simple tono de voz habría bastando para resultar intimidante pero, salvo porque retrocedió un paso para seguir manteniendo las distancias, Silvia no pareció impresionada.
Al retroceder, pisó los bajos de su pantalón demasiado largo y casi perdió el equilibrio. Para contrarrestar el desliz, tiró de su orgullo y se elevó en toda su estatura, convencida de que —además de carecer del poder intimidatorio del que él hacía gala— el hecho de ir vestida con una camiseta vieja y un pantalón de pijama, mientras él llevaba un elegante traje de impecable manufactura, no ayudaba a equilibrar la situación.
—Creo que ya lo hizo ¿No te lo ha dejado bastante claro?
—Esto no significa nada. ¿Crees que es la primera vez que desaparece sin más? —en su rostro apareció una fugaz sonrisa irónica—. En ella es casi una costumbre ¿No se te ha ocurrido que así fue como llegó a Nueva York? Dices que no quieres traicionar su amistad, pues deja que te informe de algo— su tono se volvió todavía más duro, casi cruel— todo este tiempo te ha estado engañando y esa amistad que intentas defender no existe, es un espejismo. No eres nadie para ella. Para venir aquí no le importó dejar atrás a personas cuya importancia en su vida no puedes ni soñar con igualar: su familia, sus amigos más cercanos...
—Ahora vas a decirme que te encontrabas en ese grupo de personas —le interrumpió Silvia en un tono acusatorio cargado de ironía.
—No —admitió— pero sé cosas sobre ella que ni siquiera podrías llegar a imaginar y te aseguro que a sus antiguos amigos la unían unos lazos con los que no puedes competir.
Por un momento sus ojos se abrieron desmesuradamente y Draco creyó que había dado en el clavo, desarmándola por completo, aunque pronto descubrió que su asombro no se debía a lo que él había supuesto.
— ¿Quién te ha dicho que pretendiese hacerlo? No intento exigir de las personas más de lo que pueden darme ¿Por qué no pruebas a hacer lo mismo? ¡Déjala en paz, bastante ha sufrido ya!
— ¡Maldita sea! Puede que a Weasley no le importase quedarse de brazos cruzados cuando huyó de él hace diez años pero a mí no me hará lo mismo. ¡No estoy dispuesto a permitírselo! La encontraré aunque tenga que levantar hasta el último guijarro del planeta. Lo único que necesito para dar con ella son dos cosas, tiempo y dinero, y dispongo de ambas en cantidad.
—Entonces no me necesitas para nada.
A Draco no le quedó más remedio que darle la razón, al fin y al cabo era muy probable que Granger jamás volviese a ponerse en contacto con sus amigos muggles, con sus falsos amigos muggles, a los que había engañado tanto como a él. Y si lo hacía, posiblemente solo les contase un montón de mentiras. Si quería encontrarla tendría que recurrir a fuentes más fiables. Se guardó la tarjeta en el bolsillo y salió para no volver.
La discusión con la muggle le puso de mal humor pero también le hizo reflexionar. Debía mantener la cabeza más fría, Granger tenía que haber dejado algún rastro que para él fuese fácil de seguir. Volvió directo a la embajada y nada más llegar se encerró en su despacho y templó los nervios con un generoso vaso de wiskey de fuego. Después hizo llamar a Terence. Hablar con ese cretino era lo que menos le apetecía pero tenía que descartar todas las opciones, cuando entró soltó sus preguntas directamente y sin preámbulos.
— ¿Ha tomado Hermione Granger alguno de los trasladores que han salido hoy?
El rostro de Terence no ocultó la sorpresa que le causaba la pregunta pero por una vez decidió no ejercer de cotilla y su respuesta fue sorprendentemente escueta.
—No.
— ¿No has preparado algún traslador especial para ella?—increpó el rubio atravesándole con la mirada
—No señor, ninguno. Ni siquiera la he visto hoy. —balbuceó Terrence.
—Está bien, puedes irte. Al salir dile a mi ayudante que necesito hablar con nuestro contacto en la administración muggle —comentó apartando la mirada.
Por su parte Draco había dado la conversación por zanjada y comenzó a buscar entre sus cosas una pluma y rollo de pergamino de buena calidad. Sin embargo Terence no se movió del sitio. Libre del peso de su mirada sintió crecer su valor, sabía que se estaba fraguando algo fuera de lo común y no pudo dejar pasar la oportunidad de intentar averiguar lo máximo posible.
— ¿Ocurre algo? —preguntó con expresión suspicaz.
—Nada que sea de tu incumbencia. Cierra la puerta al salir y no olvides comentar a mi asistente lo que te he dicho.
En cuanto se quedó solo garabateó a toda prisa una carta, desahogando contra el pergamino toda su frustración. Aunque a priori parecía imposible, la breve charla con Terence le había puesto todavía de peor humor. No podría ocultar para siempre que Granger se había marchado y en cuando en la embajada lo supieran los rumores se extenderían con la furia de una onda expansiva. Sabía que no podría evitarlo por mucho tiempo pero había algo insultante en el hecho de revelárselo precisamente a Terence.
Tener ambición era una cualidad que Draco sabía valorar, siempre y cuando estuviera bien gestionada, pero Terence no era más que un tipo mediocre con demasiadas aspiraciones y un concepto demasiado bueno de sí mismo. Tendía a sobrevalorarse aunque, curiosamente, a la hora de intentar destacar nunca mencionaba sus propios méritos y lo único que se le ocurriría era infravalorar con saña a los demás. Una conducta completamente estúpida, porque cualquiera con dos dedos de frente se daría cuenta de que señalar los errores de sus compañeros no lo convertía automáticamente en un empleado competente.
Tal vez por eso despertaba en Draco tanta aversión, porque en cierta forma le recordaba que él había sido así una vez.
Ni siquiera era un buen estratega, su envidia y afán de notoriedad resultaban tan evidentes que producían el efecto contrario. En cuanto supiera que Granger se había marchado se lanzaría a por su puesto como un lobo hambriento y una parte de Draco deseaba quedarse solo para poder darse el placer de negárselo.
Pero era una parte muy pequeña, porque sabía lo esquiva que Hermione podía llegar a ser y que cuantos más días pasaran, más difícil sería seguirle la pista. Por eso no se lo pensó dos veces antes de redactar su carta de renuncia y enviársela urgentemente al ministro. No le interesaba seguir siendo embajador. Sin ella no tenía ningún motivo para quedarse, ni el trabajo ni la ciudad le suponían ya un incentivo.
La respuesta del ministro tardó tres días en llegar y para entonces Draco ya había hecho algunas averiguaciones.
Tal como le confirmó su contacto en el gobierno muggle, Granger había abandonado el país el mismo día en que desapareció, tomando un vuelo sin escalas con destino a Praga. Draco albergaba serias dudas de que su intención fuese quedarse en le República Checa, lo más probable es que se hubiera subido al primer avión en el que quedaban plazas libres, sin embargo el azar quiso que en esa ocasión la casualidad no se pusiera a su favor. Si viajaba como muggle seguirla sería, sin punto de comparación, mucho difícil que hacerlo como bruja. Descubrió que la República Checa formaba parte de lo que los muggles llamaban Unión Europea, un grupo de casi treinta países por los que sus habitantes podían moverse libremente sin dejar ningún tipo de constancia. Para localizarla tendría que contactar con las autoridades locales mágicas, sobornarlas, y luego esperar que a su vez estas hicieran lo propio con las muggles. Todo multiplicado por veintisiete.
Demasiado lento y engorroso, de modo que prefirió sentarse en su oficina y esperar la carta en la que el ministro nombraría a su sucesor y de paso, como favor personal, le informaría del nuevo destino de Granger. Definitivamente eso era mucho más sencillo.
Pero una vez más, el destino jugó en su contra.
En lugar de mostrarse solícito como de costumbre, el ministro enviaba una carta bastante seca y contundente que le hizo sentir como un niño que acaba de recibir una reprimenda. Para empezar se negaba a enviarle un sustituto en aquel momento. Toda Europa había sido asolada por la malentropía, y aunque ya habían descubierto la cura y la enfermedad comenzaba a estar bajo control, la población de criaturas mágicas había quedado diezmada y eso suponía más problemas de los que, en opinión del ministro, "podría usted siquiera llegar a imaginar". En consecuencia, no podía permitirse el lujo de renunciar a ninguno de sus empleados en momentos tan duros y complicados y, mucho menos, perder su tiempo en una tarea tan baladí como la de buscarle un sustituto. Continuaba en tono agrio quejándose de haber recibido una lechuza portando la renuncia incondicional de Hermione Granger, con lo cual no podía informarle de su nuevo destino dado que ya ni siquiera era empleada del ministerio. En este punto sus críticas se volvían más ácidas todavía, lamentando perder a sus empleados más competentes en el momento en que precisamente el país más necesitaba de ellos, y culpándole, aunque veladamente, por la pérdida de Granger.
No siguió leyendo, y no solo porque el ministro le estaba sacando de quicio. La noticia de que Hermione hubiese renunciado, no solo a su puesto en Nueva York, si no también a seguir trabajando para el ministerio, le había dejado atónito. Hasta donde sabía ella tenía una indudable vocación de empleada ministerial. No se la imaginaba haciendo ninguna otra cosa ni tampoco se le ocurría ninguna razón sólida por la que no deseara seguir haciendo aquello que había hecho siempre. Por otro lado, si decidía vivir como muggle su búsqueda podía complicarse mucho, sobre todo teniendo en cuenta que si su propio ministro —con quien tan provechosa relación había mantenido siempre— se negaba a ayudarle, no podía esperar un trato mejor por parte de los demás gobiernos europeos. Todo el mundo estaría demasiado ocupado resolviendo sus propios asuntos como para preocuparse de buscar a alguien que además no quería ser encontrada.
Draco se llevó la mano a la cara y se frotó cansado los ojos. No podía creer lo que estaba pasando. No podía creer que el ministro se negase en redondo a nombrar un nuevo embajador, obligándole a quedarse en Nueva York indefinidamente.
Por supuesto podía renunciar de todas formas y hacer lo que le viniese en gana, pero no sin comprometer seriamente su privilegiada relación con el ministro, bastante claro se lo había dicho en la parte en la que se quejaba porque hubiese dejado marchar a Granger. Sin ella en la embajada y sin un sustituto a la vista no quedaba nadie para manejar el barco, si él también se marchaba el ministro montaría en cólera y necesitaba mantener sus influencias si quería conservar la esperanza de localizar a Granger algún día.
De modo que no le quedó más remedio que prolongar su estancia en Nueva York y seguir ocupándose de llevar el timón en la embajada, además de coordinar el baile de puestos que la renuncia de Hermione había provocado. Los días pasaban con una lentitud exasperante pero a pesar de todo se fueron convirtiendo en semanas, y en las semanas en meses, y así pasó lo que le pareció el verano más largo y tedioso de su vida. Un período de tiempo totalmente infructuoso que no le dejó más satisfacciones que observar la desesperación de Terence, mientras todo el mundo ascendía excepto él, y el poder apadrinar el ingreso de Claire en la embajada para ocupar un puesto de baja responsabilidad.
Al principio aprovechó el tiempo para intentar obtener noticias de Granger interrogando a todo aquel con quien ella hubiera mantenido contacto: su puñado de amigos muggles, el matrimonio de ancianos que se habían mudado a Florida poco después de que él llegara a la ciudad, los empleados de otras embajadas… incluido aquel nórdico casi albino con el que había bailado la noche que el turco la atacó por primera vez y que contestó a sus preguntas sin intentar disimular que Draco le producía una sincera antipatía, sentimiento que en todo caso Malfoy podía asegurar era correspondido del mismo modo y en igual medida.
Todo en vano. Nadie había tenido noticias de Hermione y Draco estaba seguro de que aunque supieran algo, tampoco se lo dirían. Todos le miraban con abierta hostilidad, como si él fuese de culpable de haberla puesto en fuga, mientras que en realidad él era sin duda quien más lamentaba la situación y estaba tan perdido como todos ellos sobre los motivos que habría tenido para desaparecer esta vez.
Los sentimientos de rabia y de impotencia no dejaban de crecer más y más en su interior, hasta que llegó un punto en que ya no estaba seguro de querer encontrarla para arreglar las cosas y que si la seguía buscando era solo por una cuestión de orgullo, porque nadie podía dejarle plantado de esa forma y sin ninguna explicación.
El ministro tardó algo más de tres meses en anunciar que aceptaba su renuncia y cuando por fin su relevo apareció resultó no ser otro que uno de los numerosos hermanos Weasley. Esa familia era una plaga, adonde quiera que fuese siempre se topaba con alguno de sus miembros, como si no hubiera más gente en el mundo mágico… Draco lo recibió en la embajada el mismo día de su llegada, ansioso por completar cuanto antes el traspaso de poderes y poder largarse de allí de una vez.
El elegido era un empleado ministerial de carrera, un relamido presuntuoso un par de años mayor que él, que parecía haber nacido para lidiar con la burocracia. En su fuero interno se alegró por ello. Así todo sería más fácil. Ambos habían coincidido en Hogwarts y aunque no podía recordar su nombre no había olvidado los insufribles aires de prefecto de Gryffindor que se gastaba por aquel entonces. A primera vista no se podía decir que hubiera cambiado mucho con el paso del tiempo pero, aunque se le notaba orgulloso del empujón a su carrera que suponía ser nombrado embajador, no se comportó tan estirado como cabría suponer.
—Malfoy—le saludó tendiendo la mano en un gesto un tanto acartonado.
—Weasley.
Tras el apretón de manos Weasley se volvió y señaló a su acompañante, una chica espigada de cabellos marrones y rostro dulce que se había mantenido en un discreto segundo plano.
—Te presento a mi prometida, Audrey. Ella también trabaja para el ministerio, supongo que podremos encontrarle un hueco por aquí. Hasta ahora se encargaba de los trasladores, es toda una experta en su campo.
Los labios de Draco se tensaron algo más de lo que habría sido habitual en una simple sonrisa de cortesía.
—Es un placer, Audrey. Si te parece pediré que te enseñen cuanto antes la sección de trasladores y que te presenten al personal. A nuestro encargado le vendrá bien un poco de ayuda y estará encantado de conocerte y trabajar contigo— añadió regodeándose al imaginar el disgusto de Terence por tener que colaborar con una mujer, probablemente más competente que él y que para colmo era la prometida del nuevo jefe. Acto seguido pidió a su asistente que se acercara y le dio unas instrucciones, cuando las mujeres se alejaron y se quedaron solos se volvió de nuevo hacia Weasley—. Es muy oportuno que llegues con personal de refuerzo, tras la renuncia de Hermione Granger me vi obligado a hacer algunos ajustes en la plantilla, era muy competente y no resultó sencillo encontrarle reemplazo—. Explicó mientras lo conducía a lo que de ahora en adelante sería su nuevo despacho.
Sabía que no tenía muchas probabilidades de éxito, pero ya que el destino había cruzado de nuevo a un Weasley en su camino no perdería la oportunidad de indagar un poco, intentando averiguar lo que pudiese sobre el paradero de Hermione. Para su gusto el pelirrojo asintió con la cabeza y le dio pie a seguir con la conversación.
—Desde luego, siempre fue una bruja brillante. Podría haber hecho una gran carrera en el ministerio, lástima que no pareciera tener demasiado empeño en progresar, y ahora se marcha de repente, en el peor momento. Escuché al ministro en persona lamentarse de haberla perdido —anunció con pomposidad, como si no le pudiera ocurrir un halago mayor que aquel.
—Créeme Weasley, nadie lo lamentó más que yo.
Sonó más agrio de lo que hubiera querido, pero Weasley pareció no notarlo. Entró tras él en el despacho y comenzó a deambular por el cuarto del que muy pronto tomaría posesión.
—Lo comprendo, seguro que hacía un gran trabajo. Ella puede triunfar en lo que se proponga.
Draco sacó una botella del mueble y la mostró a Weasley, que en ese momento observaba su diana con el ceño fruncido, seguramente pensando que aquella no era una decoración lo bastante institucional. En un par de horas la diana habría desaparecido y en su lugar colgaría un cuadro del ministro, Draco podía afirmarlo con tanta seguridad como si ya hubiera pasado.
— ¿Un poco de hidromiel para celebrar tu nombramiento?— el otro asintió y Malfoy llenó dos copas y le tendió una—. No lo dudo —le dio la razón de forma despreocupada—, aunque probablemente no la conozco tan bien como tú, al fin y al cabo ella ha sido una amiga de tu familia de toda vida, porque supongo que todavía mantenéis el contacto.
Draco le hizo una seña para que tomara asiento y Weasley se dejó caer en el sofá de cuero, muy estirado y extendiendo el brazo sobre el respaldo como para marcar territorio. Draco se apoyó de forma informal sobre el escritorio, esperando a que el pelirrojo diera un trago a su copa antes de responder.
—No te creas. Supongo que sigue en contacto con Ronald, quizás también con Ginny, aunque ella y su marido nunca se quedan mucho tiempo en el mismo sitio y no siempre es fácil localizarlos en la zona en que se encuentran ahora mismo, pero yo personalmente nunca tuve una relación tan estrecha con ella. Desde la boda de Ginny, hace más de medio año, no he vuelto a verla. Su renuncia me tomó por sorpresa, no sé que planes tendrá ahora que ya no trabaja para el ministerio.
Contrariado, Draco apuró de un sorbo su hidromiel. Aunque se tragase su orgullo y decidiese recurrir a Ron Weasley, sabía que él ni en sueños contestaría a sus preguntas. Decidió terminar con aquello lo antes posible.
—Me voy del país, vuelvo a Inglaterra. Me quedaré en la ciudad solo un par de días, si necesitas algo mientras tanto puedes ponerte en contacto conmigo.
Weasley le miró como si le estuviera gastando una broma.
—Tengo doce años de experiencia en el ministerio, y más de la mitad los pasé al frente del departamento de relaciones internacionales. Gracias por el ofrecimiento, pero creo que seré capaz de arreglármelas.
—Perfecto.
Con una sonrisa ladeada, sacó su varita y apuntó a la caja de tarjetas de visita que tenía sobre el escritorio, con un movimiento borró su nombre y luego tomó la caja y se la lanzó a Weasley, que la atrapó al vuelo y sacó la varita a su vez. Cuando se levantó y las tarjetas volvieron de nuevo a su sitio estaban rotuladas con el nombre de "Percival Weasley", con lo que Draco dio por concluido el traspaso de poderes. Estaba listo para volver a casa.
Tres días después se encontraba de nuevo en Malfoy Manor, tras una ausencia de algo más de un año. En cuanto puso un pie en la mansión se dio cuenta de que no la había echado nada de menos. Los elfos le seguían de habitación en habitación, obsequiosos y encantados de tener de nuevo entre ellos a una persona a la que pudieran servir, desplazándose con una actitud que intentaba conciliar el entusiasmo por haber recuperado a su amo y una ceremonia propia de quien, en lugar de moverse por los pasillos de una casa, avanza a través de las naves de una catedral.
Nada de aquello contribuyó a hacerle el regreso más fácil. La ceremoniosa actitud de los elfos le recordaba que se encontraba en el "templo de los Malfoy", con todo lo que eso significaba. La casa seguía estando tal y como la recordaba de siempre. Después de la muerte de Narcisa, Draco no emprendió en el edificio ninguna reforma, ni siquiera se molestó en cambiar la decoración, nunca se preocupó de hacerla "suya" y por lo tanto la seguía percibiendo más como la casa de sus padres que como propia. Era un tema que no le había preocupado hasta el momento en que comprobó lo desmoralizante que resultaba no tener un hogar al que volver. De todas formas tampoco pensaba quedarse demasiado tiempo. Ya había pensado en cómo podría localizar a Granger, iría a ver a la única persona en el mundo, aparte de Weasley, con la que ella jamás perdería el contacto. En cuanto localizara su pista iría a buscarla a cualquier punto del planeta y luego…
En realidad prefería no pensar mucho en lo que pasaría luego.
Jean le reconoció en cuanto abrió la puerta, no recordaba haberlo visto nunca pero supo inmediatamente que solo podía ser él. Un rastro de comprensión brilló en su mirada mientras preguntaba al atractivo rubio desconocido qué quería, cómo si no supiera que aquel chico que acababa de llamar a su timbre solo podía querer una cosa.
— ¿La señora Granger? —indagó en lo que Jean sabía era una pregunta retórica, pues tras el escáner visual al que acababa de ser sometida no le quedaba ninguna duda de que el parecido que su única hija guardaba con ella ya habría delatado que, efectivamente, era la señora Granger.
—Sí, soy yo. ¿Qué desea?
—Verá, su hija y yo estudiamos juntos en Hogwarts.
—De modo que eres amigo de Hermione— afirmó al tiempo que se hacía a un lado para dejarle pasar—. Pero no te quedes en la puerta. Estaba a punto de tomarme un té, quizás quieras acompañarme.
—Gracias, es usted muy amable.
Draco entró un poco extrañado, cada vez que había intentado dirigirse a alguien del entorno de Hermione se había encontrado tanta hostilidad que no esperaba un recibimiento tan amable. Era agradable un poco de cortesía para variar. La mujer le guió hasta la sala de estar y le indicó que tomara asiento.
—Ponte cómodo, voy a ver si ya ha hervido el agua.
Junto al sofá había una pequeña mesa repleta de fotografías y Draco se fijó en la que tenía más cerca. Un hombre y una niña de no más de siete años construían un castillo de arena en la playa. Hermione llevaba el pelo tan alborotado como si fuese una maraña de alambre y sonreía a la cámara mostrando unos incisivos exageradamente grandes, pero a pesar de todo a él le pareció encantadora.
—A su padre le encantaba esa foto —dijo la mujer entrando en la sala con una enorme bandeja en las manos, él dejó la foto en su lugar y se levantó para ayudarla—. Es de antes de que supiéramos lo que ella era, supongo que ya me comprendes. Cuando Hermione recibió esa carta del colegio, se puso tan contenta… y nosotros también, claro. En cierto modo sabíamos cuanto le costaba encajar y nos alegramos de que hubiera encontrado a más gente como ella pero, a la vez… fue como si en parte la hubiésemos perdido.
Draco nunca se lo había planteado de ese modo. La separación entre el mundo mágico y el muggle era tan grande que debía resultar muy duro para unos padres renunciar de esa forma a sus hijos cuando aún eran tan pequeños.
—Ustedes hicieron un buen trabajo, de otro modo Hermione no se habría convertido en la gran mujer que ha llegado a ser.
No tenía porqué ser necesariamente cierto, sus padres le habían inculcado unos valores completamente opuestos a los que defendía hoy en día, y sin embargo lo creía sinceramente. No conocía a la mujer que tenía ante él, no podía saber cómo era, pero sí podía intuirlo. Y le parecía ver parte de ella en su hija: su integridad, su fortaleza…
—Muchas gracias, pero todavía no me has dicho tu nombre —dijo la mujer sentándose e invitando a Draco con un gesto a imitarla— no serás Neville, por casualidad…
—No —replicó él intentando asimilar que acababa de ser confundido con Longbottom—. Mi nombre es Draco Malfoy.
—Draco… —murmuró ella con expresión pensativa mientras servía el té en un par de tazas de porcelana— tienes que perdonarme pero no me suena haber escuchado tu nombre antes ¿Un poco de leche?
—No, gracias.
—Yo sí me serviré un poco —dijo ella sin mirarle, concentrada en su tarea—. De todas formas supongo que es lógico. Hermione apenas habla de su época en el colegio y, aparte de los Weasley, no conozco a ninguno de sus compañeros, ni creo que siga en contacto con ninguno.
—Ha pasado mucho tiempo.
—Sí, cierto. ¿Un poco de azúcar?
—Dos terrones, por favor.
Jean echó un par de terrones en cada taza.
—Y dime ¿hace mucho que no os veis? —preguntó entregándole su taza.
—En realidad llevaba años sin verla hasta que coincidimos en Nueva York. Trabajamos juntos allí hasta que ella se marchó de repente —explicó mientras removía el té para disolver el azúcar. Los ojos de Jean, castaños como los de su hija, brillaron momentáneamente y su mirada adquirió una mayor profundidad antes de bajar la vista hacia su tacita y soplar con delicadeza para enfriar su contenido. Agradeciendo que ella no le mirase, Draco se obligó a continuar—. Me gustaría saber cómo le ha ido estos últimos meses.
Ella se llevó la taza a la boca y probó la bebida, tomándose deliberadamente un tiempo antes de responder.
—Bien —contestó finalmente—. Ha estado muy ocupada, ya la conoces su cabeza es un hervidero pero parece que ha conseguido cierta… estabilidad. Ahora mismo está muy tranquila, centrada y con muchos planes de futuro.
Hablaba despacio, eligiendo cuidadosamente cada palabra, y le miraba sin parpadear, como si estuviera estudiando su reacción. Volvía a tener esa mirada, y sin saber muy bien cómo lo conseguía, despertó en Draco la sensación de que tras lo que aparentemente decía se escondía un mensaje oculto que por alguna razón él no lograba descifrar.
—Me alegra escucharlo —dijo sin mostrar ningún interés particular.
Jean se esforzaba por ocultar su decepción. Hay cosas que a una madre no se le escapan y desde que vio aparecer a Hermione en su puerta sin avisar, casi cuatro meses atrás, supo que su hija no estaba bien y que no debía presionarla. Cuando unos días después le confesó que estaba embarazada prefirió no hacer muchas preguntas y se conformó con la escueta respuesta que su hija le ofreció, tajante: "No hay ningún padre. A él no le interesa saber nada de este bebé, no lo quiere y por lo tanto tampoco lo merece".
Hermione, siempre tan racional y moderada, era la misma imagen del despecho y desde entonces se quedó con la duda de si el padre habría renunciado a su hijo conscientemente o si ella habría tomado la decisión forma unilateral, solo porque él le había hecho daño. No era un pensamiento agradable. Procuraba entender y apoyar a su hija, sabía que estaba dolida, pero de todas formas no tenía derecho a separar a un padre de su hijo sin darle la oportunidad de decidir por sí mismo.
Hasta entonces se había tragado sus dudas pero ahora él estaba sentado en su salita y era evidente que Hermione no le había dicho nada de su embarazo. Sabía que ella tendría sus motivos pero a pesar de todo no podía aprobar la conducta de su hija. Estudió al chico detenidamente. Era muy atractivo y le resultaba muy sencillo imaginar lo fácil que sería para cualquier mujer caer rendida a sus pies. Adoraba a su hija como solo una madre puede hacerlo y precisamente por eso le resultaba tan fácil meterse en la piel de ambos. Sintió lástima por Hermione, enamorada y con el corazón roto; pero también por él, con quien se estaba cometiendo una atroz injusticia.
—Pero tú no has venido hasta aquí para tomar un té conmigo.
—No —dijo él. Era un Slytherin inteligente y manipulador. Podía inventar cualquier artimaña para salirse con la suya pero a esas alturas ya había decidido que si era cierto que las mujeres al envejecer se parecen a sus madres, aquel era un motivo más para desear pasar el resto de su vida con Granger. Tal vez fue eso lo que lo que empujó a hablarle con la mayor sinceridad posible—. Se marchó de repente y sin dejar ninguna dirección. He pensado que quizá usted me ayudaría localizarla.
Ella posó la taza de té y le miró fijamente, dispuesta a jugársela.
—Lo haría, si pudiera tener la certeza de eso no perjudicaría a mi hija. Ha pasado una mala época, no sé si esto será lo que más le conviene.
—Solo quiero hablar con ella ¿Qué daño puede hacerle eso?
—Te hablaré claramente, Draco —dijo con en un tono bastante neutro pero inclinándose imperceptiblemente hacia él—. Hermione ha sufrido mucho. Después de esa guerra nunca volvió a ser la misma, pero ahora tiene un motivo para mirar hacia delante. Un importante motivo… —una vez más su expresiva mirada iba mucho más allá de lo que lo hacían sus palabras—. Tanto que está dispuesta a renunciar a la magia, romper con toda su vida anterior y empezar de cero. Supongo que imaginas lo difícil que debe haber sido para ella tomar esa decisión. Sin embargo, por raro que te parezca, le ha hecho bien, por fin ha encontrado cierta tranquilidad y no me gustaría que nada viniese a perturbarla precisamente ahora.
A Draco cada vez le gustaba más aquella mujer. Estaba demostrando valentía y confianza al poner las cartas sobre la mesa y le pareció mezquino no actuar con ella de la misma forma.
—Verá, ella y yo terminamos... Realmente no sé ni como terminamos, simplemente se esfumó sin ninguna explicación. Es importante para mí aclarar las cosas, por eso quiero verla. No tiene usted ni idea de lo que me ha costado llegar hasta aquí— admitió finalmente.
Y era cierto. Había creído que una vez en Inglaterra todo sería más fácil y, si bien no esperaba encontrar a Hermione de un día para otro, al menos no tendría problemas para localizar a su madre. Recordaba el pueblo en el que fue enterrado su padre y sabía que no necesitaría indagar mucho para averiguar donde vivía la señora Granger. Pero al llegar se encontró la casa cerrada a cal y canto y los vecinos solo supieron decirle que se había mudado repentinamente. Hablaban de alguna villa o pequeña ciudad relativamente cercana pero ninguno de ellos sabía su dirección exacta y en la mayoría de los casos ni siquiera eran capaces de ponerse de acuerdo en el nombre del pueblo. Buscó un contacto muggle que le consiguiera los listines telefónicos de todas las localidades en un radio de unos cincuenta kilómetros y se pasó días enteros colgado de ese aparato sin cables al que los muggle llaman teléfono pero aún así no consiguió localizarla, probablemente porque esa clase de información solo se actualizaba muy de vez en cuando.
Al final, aunque de mala gana, no le quedó más remedio que contratar a otras personas. Quería participar en el proceso y le desesperaba la idea de tener que quedarse en la mansión de brazos cruzados sin nada que hacer, pero era evidente que no podía hacerlo él solo y necesitaba la ayuda de alguien más profesional. Buscó a quien pudiera ponerle en contacto con un detective muggle que a su vez subcontrató a un hacker que pirateó la base datos de la seguridad social. En realidad él no entendía nada de toda esa jerga pero el resultado fue que en pocos días el detective muggle se presentó a la reunión con una dirección apuntada en un pedazo de papel, que al fin y al cabo es lo que importaba.
—Decidí mudarme tras la muerte de mi marido —explicó desviando la vista, comprendiendo por fin porqué Hermione había insistido tanto en que debía hacerlo.
Él sabía que se encontraba a un solo paso del éxito. Al fin todo el tiempo, el dinero y el esfuerzo invertido en su búsqueda estaban a punto de dar sus frutos. Se acercó a Jean y tomó una de sus manos entre las suyas.
—Por favor…
Se le veía sinceramente afectado y Jean se sintió conmover ¿Y si aquella era la oportunidad de Hermione para arreglar su vida de una vez por todas? A aquel chico parecía importarle de verdad y de todas formas, independientemente de lo pudiera suceder entre ellos, al margen de su relación de pareja… ¿No tenía él derecho a saber que iba a ser padre? Jean no se sentía capaz de ocultárselo ahora que sabía que él la había estado buscando, sin embargo no le correspondía a ella darle la noticia. Se encontraba en una encrucijada, aunque realmente, en muy en el fondo, sabía que no tenía elección. Solo había una opción posible, puede que decirle donde encontrarla fuese contra los deseos de su hija, pero si no hablaba lo lamentaría para siempre.
Muy despacio ella levantó la vista de sus manos que seguían entrelazadas. Tenía los ojos arrasados en lágrimas y Draco supo que había vencido.
— ¿Dónde está? —preguntó intentando mantener su ansiedad bajo control.
—Ha abierto un pequeño negocio— contó Jean mientras se secaba una lágrima, deseando fervientemente estar haciendo lo correcto—. Una floristería, a solo dos calles de aquí.
Draco respiró hondo, hinchando su pecho de pura satisfacción sin acabar de creer que por una vez la suerte estuviera de su lado. No tendría que hacer de nuevo miles de kilómetros para ir tras ella, estaba tan cerca que apenas podía creerlo… a solo dos calles de distancia. Se levantó a toda prisa, dispuesto a ir a buscarla ya mismo. Pero antes de llegar a la puerta la voz de Jean le detuvo.
—Draco…
Se había puesto en pie y por una vez él supo interpretar lo que decían sus ojos.
—No se preocupe, no le haré daño.
Entonces no tenía modo de saber que no iba a ser capaz de cumplir su promesa.
-ooOOoo-
Y continuamos acercándonos al final. Todavía no es definitivo (al final las cosas siempre se alargan más de lo que tenía pensado) pero calculo que quedan dos capítulos, tres a lo sumo, dependiendo de la longitud que necesite para atar todos los cabos, pero creo que me las apañaré con dos XD.
Lo de Percy lo tenía planeado desde principio. Me porté un poco mal con él en otra historia y en cierta medida creía que era mi deber recompensarle con una gran carrera dentro del ministerio. Al principio había pensado que Claire se convertiría en su mano derecha pero mi beta me disuadió, es demasiado joven. Sin embargo Audrey también es una buena opción para hacerle la vida imposible a Terence, jeje, tenía una cuenta pendiente con él y no voy a permitir que las cosas le vayan bien ahora que se ha librado de Hermione. A ver si con suerte pide traslado y el ministro le destina a un sitio acogedor… como la Antártida, por ejemplo.
Me gusta mucho la madre de Hermione. Ella es la voz de la cordura en medio de tanta insensatez que se ocurre escribir.
Pues nada, os dejo con la incertidumbre de ver como será el "reencuentro" entre estos dos. Soy mala, lo sé, pero pronto terminaré la historia y dejaré de torturaros.
Antes de irme los rr, si me olvido de alguien me dais un zape virtual y por mi parte tan amigas.
Alex: Me estoy dando prisa, dentro de mis parámetros. Llevo años con esta historia y puedes creer que soy la primera en querer terminarla. El próximo capítulo ya está empezado así que espero no tardar mucho con la actualización. Gracias por leer, te espero en el próximo. Un abrazo.
Zelawyn: Oh, sí, soy mala, nunca lo he ocultado. Soy una seguidora del Caos y todos los días me esfuerzo para que mi amor virtual (un tal Tarod, Señor del Tiempo) y su hermano mayor se sientan orgullosos de mí. Teniendo en cuenta que el capítulo es bastante largo creo que no he tardado demasiado. Como le decía a Alex ya estoy trabajando en el próximo así que con suerte no tardará demasiado, eso sí, no me pidas que no os haga sufrir porque no va conmigo, jajajaja. En el fondo sé que me queréis así ;D Un beso.
Salesia: Bueno, creo que sueles leerme en Pf así que no sé si llegarás a ver esto. Creo que más o menos ya te había contestado allí a tus dos rr, este y el otro, pero de todas formas te escribiré algo. No sé a que dedicas en tu vida muggle, pero si algún día tienes problemas de liquidez siempre podrás comprarte una bola de cristal y ganarte la vida como adivina, tienes un don superior al de Trelawney, eso seguro. Besitos.
Jane Black: No, mujer, no digas que es el cuento de nunca acabar. No desesperes, soy consciente de que no lo parece (y ahí va un spoiler: en el próximo capítulo lo parecerá menos todavía), pero a pesar de eso es cierto que ya estamos muy cerca del final. Palabrita de niña buena (ahora imagíname con mi expresión más inocente). Un beso.
Tuky: Bueeeeno, ya sabes no soy mujer de actualizaciones rápidas. Sin embargo ahora estoy esforzándome mucho para poder cumplir el plazo de hacerlo una vez al mes. Solo quedan un par de capítulos así que espero que esta vez no me abandones y te quedes hasta el final. Siempre digo que esta historia nació de la voluntad de darle la vuelta al Dramione convencional y ponerlo del revés. Me divertí mucho haciendo un dramione diferente, ella traumatizada y él no, Hermione casi como una ninfómana y Draco quien se sienta como un objeto sexual. Para hacerlo sin caer mucho en el ooc tuve que darles una buena excusa. Me alegra que te guste la idea.
Darkhanoyou: Cuando llego al final de una historia siempre escribo más rápido, será que me consume la impaciencia por terminarla tanto como a los lectores jeje. Espero poder tener el final pronto. Me alegra mucho que te gustara el capítulo anterior, creí que todo el mundo querría matarme XD
MARYEL: Ah, ya me conoces, suspenso y desdicha, soy la reina del drama jajaja. ¿Final feliz? ya veremos. Te diré que personalmente me apasionan los finales no-felices ¿Tendré el valor de escribir uno? ¿? Pronto lo sabremos… No tienes que darme las gracias por contestar un rr, para mí es un enorme placer comunicarme con los lectores. Gracias a ti por dejarlos. Un besazo.
