*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****
**Antes de leer todo lo que esta en cursiva sera entradas del diario que Jacob esta contando a Bella y Edward**
Capitulo 24
Jacob
Encontré la cueva en enero. Curiosamente, en los ocho meses que había estado en la isla nunca la había visto. Casualmente miré hacia abajo cuando pasé por ahí, y el montón de ramas y hojas podridas que habían volado contra de la apertura llamó mi atención.
Las quité y cautelosamente metí la mano, tratando de sentir qué había alrededor. Volví a la playa y regresé con una linterna, luego me arrastré lo suficiente para meter la cabeza del todo. Olía a humedad y me di cuenta de lo pequeño que era el espacio. Tuve que colocar la linterna bajo mi brazo y escabullirme sobre mi estómago. La zona no era mucho más grande que mi tienda de campaña para dos personas. No había nada interesante en el interior, sólo más hojas. Algo se escurrió lentamente por el suelo, pero cuando señalé con mi linterna, se alejó corriendo. Llevé la luz al techo de la cueva, esperando no ver a cientos de murciélagos colgados cabeza abajo. Afortunadamente, no había nada por encima de mí aparte de algunas de esas arañas marrones gigantes a las que todavía no me había acostumbrado. Tuve suerte de que no hubiera ningún murciélago, ya que si la cueva era su lugar para colgarse, probablemente me habría arrastrado directo a una gran pila de su mierda.
Salí y me puse de pie, respiré profundamente para eliminar el olor a humedad de mi nariz. No hay razón para volver allí, pensé.
Ninguna en absoluto.
Durante los siguientes cuatro meses me centré en terminar la casa. Nunca me llamaría a mí mismo un gran carpintero, pero cuando ésta tomó forma me sentí como si hubiera hecho un trabajo bastante bueno, teniendo en cuenta mi falta de formación. La casa tenía dos habitaciones, con una puerta entre ellas. El piso de madera se sentía demasiado duro para caminar con los pies descalzos, así que me pasé horas lijando a mano, desgasté hoja tras hoja de papel de lija. Tuve que cubrir el techo con paja porque quería reservar mi suministro de madera para las paredes y el piso, pero tuve suficiente para construir un marco de vigas de madera, que luego cubrí con intersecciones de capas de hojas de palma. Trasladé todas mis pertenencias al interior de la casa, y traté de dormir en ella por unos días, pero preferí mi carpa en la playa y el sonido de las olas rompiendo. Los sonidos eran muy diferentes en la noche cuando dormía en la casa. Había un constante zumbido de los insectos y un sonido corriendo de las ratas. Montones y montones de ratas. No era horrible, pero aun así me gustaba cómo sonaba el océano.
Era época seca y el tiempo había sido leve, así que no sabía cuán bien resistiría una tormenta la casa. Debido a que no llovía tanto, dependía del agua de los meses anteriores. Y cada treinta días, más o menos cuando escuchaba los motores del hidroavión, sonreía porque significaba que tendría compañía para la cena.
Cuando no estaba trabajando en la casa estaba en el agua, nadando. No cabía duda de que estaba en el mejor estado físico de mi vida. Podía nadar durante mucho tiempo sin perder el aliento y me sentía más fuerte de lo que había sido. Sabía que había ganado peso, y que era puro músculo.
Cuando no estaba nadando estaba dando vueltas buceando. Por fin llegué a sentirme cómodo en el mar abierto. Había tanto para ver que, a veces, cuando me aventuraba a las profundidades más ondas del océano, en donde el agua de color azul claro se oscurecía, me olvidaba de lo baja que era la cadena alimenticia. Fue en uno de esos días en que experimenté un encuentro realmente increíble, aunque la primera vez que alcancé a ver por el rabillo del ojo quedé helado de terror, seguro que me gustaría ser tragado entero por esta enorme criatura.
Me di cuenta de repente de que era un tiburón ballena, terriblemente grande, pero no estaba interesado en la comida que no fuera el plancton. Debió medir entre doce y quince metros de largo, y yo nadé a su lado, con una mano sobre su costado. Se deslizó por el agua, con la boca abierta, hasta que se volvió y se alejó nadando. Lo vi pasar, pensando que seguro acababa de ver algo que mucha gente no vería jamás.
En mayo, justo antes de que la temporada de lluvias comenzara de nuevo, decidí que quería visitar el continente. Realmente necesitaba un corte de cabello, no me importaba llevarlo largo, pero había llegado al punto en el que estaba constantemente en mis ojos y hacia que la parte de atrás de mi cuello se llenara de sudor. Además de que había estado deseando una hamburguesa con queso y una cerveza, y me sentaría bien tomar una ducha real y dormir en una cama.
Y por primera vez en un año empecé a pensar que tal vez había llegado el momento de averiguar lo que quería hacer.
Después de registrarme en la habitación de hotel me corté el cabello y luego me detuve en la ferretería para abastecerme de clavos y tornillos en caso que los necesitara para hacer reparaciones a la casa. Estuve dando vueltas por las calles de Malé por un tiempo, sólo observando a la gente. Podía diferenciar a los locales de los turistas, y los turistas de los expatriados, con facilidad para ese entonces, sólo por lo que llevaban puesto. Los locales eran parciales a las camisetas con logotipos de empresa, mientras que los turistas llevaban ropa de surf brillante o ropa con el logotipo de su recurso. Los expatriados parecían estar siempre vestidos con ropa usada y desvanecida, y me puse a conversar con algunos que generalmente habían viajado por toda Asia.
Hice mi camino de regreso al hotel, así podía dejar mis cosas antes de dirigirme al bar en la planta principal. Me senté en el interior en vez de en mi mesa de siempre en la cubierta, ya que estaba lloviendo. El tiempo se adecuaba a mi estado de ánimo, indiferente y un poco deprimido. Me obligué a pensar en otra cosa.
—Hola, Jacob. —La camarera, una mujer local que parecía tener la edad de mi madre, puso un menú y una botella de cerveza en la mesa delante de mí.
Le sonreí. —Hola, Donna.
—No te he visto en mucho tiempo —dijo—. Casi no te reconozco con ese cabello corto. ¿Dónde te has estado escondiendo?
—Oh, ya sabes. Paso el rato en la isla. —Nunca decía qué isla, y Donna nunca lo pidió.
—¿Hamburguesa y papas fritas? —preguntó.
—Sabes que sí —dije—. Gracias.
Cogió el menú y dijo—: En seguida.
Después de haber terminado de comer, empujé mi plato. Cuando Donna lo tomó me trasladé a un taburete vacío en el bar, esperando que un par de copas más me pusieran en un mejor estado de ánimo. El lugar estaba lleno esa noche, y había tenido suerte de enganchar un asiento. Uno de los pilotos de hidroaviones que había conocido unos meses atrás caminó hacia mí.
—¿Listo para un juego de billar? —preguntó.
—Tal vez en un rato —dije. No tenía ganas de jugar; no tenía ganas de hacer nada en absoluto. Tal vez ahora que la casa estaba hecha lo que necesitaba era un nuevo objetivo, algo para trabajar más adelante, para ocupar mi tiempo y mi mente. No estaba seguro de si la isla podría disponer de más. Igualmente frustrante era el hecho de que no estaba seguro exactamente de lo que estaba buscando. Pero cualquier cosa que decidiera, tendría que resolverlo pronto.
Tomé un sorbo de mi cerveza y miré alrededor. Una chica sentada en el extremo de la barra llamó mi atención. No podía oír lo que decía, pero se estaba riendo y gesticulando con sus manos, sacudiendo su cabeza hacia adelante y atrás como si estuviera contando una historia a las personas que se sentaban a ambos lados de ella. No podía recordar la última vez que me encontré con alguien que parecía tan genuinamente feliz.
¿Cuándo fue la última vez que yo había sido así de feliz?
La miré por el rabillo del ojo y me di cuenta de la forma en que prestaba especial atención al rubio a su derecha. Cómo apoyaba la mano en su hombro y lo empujaba. Debían estar bromeando, sin embargo, porque ella le sonrió y él le devolvió el gesto. Miré a mi bebida. Por un momento me sentí solo y era el tipo de soledad que no tenía nada que ver con pasar mis días y noches en una isla por mi cuenta.
Dos cervezas más tarde, estaba algo mareado y me sentía un poco mejor. Pero ya era tarde y pensé que sería mejor detenerme mientras pudiera. Obtener una buena noche de sueño y sacudir el resto de este miedo. Esperaba que el sol brillase cuando me despertara. Estaba a punto de cerrar mi cuenta cuando la chica desde el extremo de la barra se deslizó en el asiento recién desocupado junto a mí.
—Hola —dijo—. ¿Hay alguien sentado aquí? Está un poco concurrido donde estoy. Al parecer no puedo conseguir un barman.
Tenía acento inglés, que me tomó por sorpresa, y parecía estar cerca de mi edad, tal vez un poco más joven. Era difícil darse cuenta con las chicas, a veces. Sus mejillas estaban ligeramente quemadas por el sol, sus ojos eran verdes y su cabello rubio estaba recogido en una coleta.
—No —dije—. Adelante. —Su vaso estaba casi vacío—. ¿Puedo invitarte una copa?
—Por supuesto. Probablemente debería detenerme después de ésta —dijo, riendo—. Estoy media borracha.
Hice una seña al barman para que nos trajera otra ronda. —Soy Jacob.
—Leah. —Se acercó y me estrechó la mano.
—Encantado de conocerte —dije—. ¿De dónde eres?
—Surrey —dijo—. Una pequeña ciudad llamada Farnham. He estado aquí de vacaciones por dos semanas visitando a un amigo que trabaja en una de las estaciones. Un tiempo fabuloso. ¿Qué hay de ti?
—California.
—¿Acabas de llegar o regresas a casa?
Negué con la cabeza. —Ninguna. Me estoy quedando en una de las islas. Volví a la parte continental para conseguir algunos suministros.
Me miró con extrañeza. —¿Por qué necesitas los suministros? El complejo debería tener todo lo que necesitas.
—No estoy alojando en un complejo turístico. Mi isla está un poco menos… habitada.
Sus ojos se abrieron como platos. —¿Está completamente deshabitada? He oído que puedes visitar esas islas. Te hacen un almuerzo de día de campo para ti y todo.
Me eché a reír. —Bueno, el mío ha sido un poco más largo que un viaje de un día.
—¿Qué tan largo?
—Alrededor de un año.
—¿Has estado viviendo en una de esas islas por un año? ¿Solo? ¿Voluntariamente?
Genial. Cuando decía eso lo hacía sonar como si fuera una especie de loco. —Sí —dije—. Sentía que debía tomar un descanso, alejarme de todo. —Me encogí de hombros.
—Vaya —dijo ella.
No sabía si entendería que había algo acerca de esa ubicación remota. Que tenía mis razones para la soledad. Y de repente era consciente del hecho de que no quería que esta chica pensara que era raro. —Quería desafiarme a mí mismo. Ver si lo podía hacer.
Me miró y sonrió. —Bueno, creo que es increíble.
—¿En serio? —pregunté. Mi estado de ánimo mejoraba a cada segundo.
—Sí. —Se inclinó y bajó su voz a un susurro de complicidad—. ¿Es por eso que visitas el bar mientras estás aquí? ¿Para llevarte a una chica junto con los suministros?
Parecía genuinamente curiosa, y tan seria, que negué con la cabeza y reí.
—No —dije—. Por lo general no soy lo suficientemente afortunado para encontrar una chica aquí. —Especialmente una tan linda—. Así que gracias por darme algo más que a esos otros hombres.
Podía oler su perfume, y estar sentados tan cerca entre la multitud del bar, con nuestros brazos casi tocándose, despertó todo tipo de cosas en mí. Podía haber rechazado a la gente en general, pero recientemente he estado pensando mucho en cómo extraño a las mujeres en particular.
—De nada —dijo. Sonrió, y no estaba seguro pero me pareció notar un ligero rubor en sus mejillas—. Sé que no es tan audaz como vivir en una isla solo, pero me voy a mudar a Kenia en otoño.
—¿Por qué África? —pregunté.
—Voy a unirme como voluntaria a una misión. Quiero experimentar cosas nuevas, pero también quiero ayudar a las personas. Acabo de graduarme de la universidad, pero no quiero estar atrapada detrás de algún escritorio, quiero decir, ¿cuál es el punto? —Cuanto más hablaba, más apasionada se volvía. Su voz se hizo un poco más fuerte, un poco más determinada. Me miró a los ojos y dijo—: ¿Sabías que más de un millón de niños han quedado huérfanos a causa del SIDA en Kenia?
—No —dije—. No lo sabía.
—Es cierto. Y a menudo niños como de diez años tienen que abandonar la escuela para encontrar un trabajo para poder mantener a sus hermanos menores. —Sacudió la cabeza—. Es trágico. Hay tantas personas que necesitan ayuda. Si puedo hacer la diferencia en sólo la vida de una persona, valdrá la pena. Especialmente si esa persona es un niño.
Admiré su ferviente deseo de ayudar a las personas, a diferencia de mí y mi deseo de esconderme de ellas. —Creo que lo que estás planeando hacer es muy admirable —dije—. ¿Dónde vivirás?
—Me uní con otro voluntario. Nos quedaremos en una zona común en el pueblo.
—¿Es eso seguro?
—Los coordinadores de voluntarios nos han asegurado que lo es —dijo—. Estaré bien.
—¿Y cuándo irás a casa?
—En realidad, volaré mañana.
—Oh —dije, asintiendo. Por supuesto. ¿Por qué otro motivo estaría en el bar del hotel del aeropuerto?—. Debes estar lista para volver a casa.
Se encogió de hombros. —Tengo todo el verano por delante. No estoy segura de qué haré con todo el tiempo, en realidad. Podría conseguir un trabajo, pero tendría que ser temporal dado que me voy en tres meses.
Me di cuenta, mientras hablaba, de que en cierto modo bajando la mirada podía ver la parte delantera de su vestido. No mucho, pero lo suficiente para recordarme cuánto tiempo había pasado desde que había dormido con una chica. Esa había sido la última cosa en mi mente cuando dejé California, pero parecía ser la primera cada día cuando me levantaba. Y muchas veces a lo largo del día. Y otra vez en la noche.
Tal vez es por eso que dije—: Ven conmigo.
—¿A tu isla?
—Sí, ¿por qué no?
No perdió un segundo. —Tal vez lo haga.
Supuse que estaba bromeando, y probablemente le daba esa sonrisa asesina a un montón de chicos. —Seguro —dije, riendo—. Lo creeré cuando lo vea. —Ella no se veía persistente. De hecho, era un poco pequeña. Casi delicada. Francamente, no podía imaginarla en la isla o en África o en cualquier lugar siquiera remotamente primitivo.
Rió y dijo—: No deberías hacer suposiciones. Mi vida está temporalmente carente de aventuras.
—Así que, ¿son aventuras lo que estás buscando? —pregunté.
—Entre otras cosas —dijo.
¿Qué se suponía que significaba eso? Jesús, realmente estaba fuera de práctica. ¿Qué si había perdido completamente la habilidad de determinar si una chica estaba interesada en mí? Me sentiría estúpido si la tomaba en serio y ella sólo estaba bromeando. Decidí llamar a su engaño y ver si confesaba que no había manera de que planearía unirse a mí en alguna isla remota. —Sabes que no hay baños, ¿cierto?
Su frente se arrugó con preocupación, pero sólo por un segundo. —¿Sin baños, dices?
—No, así que no digas que no te lo advertí. Tengo una ducha solar, que realmente no es mala, pero no hay agua corriente. Sin electricidad. No hay comodidades de ningún tipo.
—Si estuviera preocupada por esas cosas no iría a África, ¿verdad?
—Buen punto. Bien, entonces. Considérate oficialmente invitada. Ve a una visita y permanece tanto tiempo como te guste. Tengo un teléfono satelital y un piloto de guardia que puede traerte de vuelta a Malé en cualquier momento. Encuéntrame en el muelle del hidroavión mañana a las nueve de la mañana.
—Voy a estar allí, Jacob.
—Bien, de cualquier manera, fue un placer conocerte.
Pagué mi cuenta y me dirigí a la habitación. Antes de acostarme, tomé el teléfono. Cuando el correo de voz sonó, dije—: Invité a esta chica a ir a la isla conmigo. Probablemente no se presentará. Quiero decir, eso sería loco, ¿verdad? Pero sólo en caso de que lo haga, me estaba preguntando si podrías llevar algunos suministros adicionales. —Hice una pausa, dándome cuenta de cuán estúpido sonaba. Él probablemente me miraría con lástima mañana cuando me viera parado solo en el muelle como un gran perdedor—. Pensándolo bien, no importa. Ella no se presentará, así que no te preocupes por los suministros. Bueno, tal vez tendrías. No, no importa. Bueno, adiós. —Colgué el teléfono.
No había manera de que esta chica fuera a encontrarme mañana en el muelle. Pero me costó tratar de dormir porque no podía parar de pensar en lo genial que sería si lo hiciera.
A la mañana siguiente, me duché y recogí mis cosas. Estaba esperando en el muelle unos pocos minutos antes de las nueve, y por primera vez en muchos años no me sentía emocionado por abordar el hidroavión. Sentí una oleada de soledad, y de repente mi tiempo en la isla parecía no tener sentido.
La vi cuando me di vuelta para agarrar el bolso de lona. Me puse de pie con la espalda recta y la vi caminar hacia mí, tirando de una maleta de tamaño medio con ruedas con una mano y sujetando el mango de un estuche de guitarra negro con la otra. Llevaba un par de pantalones cortos y una camiseta de color rosa, y su cabello estaba suelto.
No puede ser.
Cuando me alcanzó, sonreí y dije—: Bueno, estaba equivocado. Eres mucho más aventurera de lo que pensaba.
Me sonrió. —Te dije que no hicieras suposiciones.
—Tal vez debería haberte escuchado. —No podía creer lo feliz que me sentía. Por mucho que me gustaba estar solo, todavía había una parte de mí que anhelaba compañía, especialmente de alguien como ella. No sabía nada de mí, pero aun así estaba interesada. Eso no había sucedido en mucho tiempo.
Sin embargo, dejé de sonreír, cuando me di cuenta del tipo rubio que había estado sentado junto a ella en el bar la noche anterior caminando hacia nosotros con una mochila grande y una bolsa de lona en el hombro.
¿Qué diablos?
Ella notó que miraba por encima de su hombro y se volteó. —Oh, ese es Seth —dijo—. Estaba preocupado de que pudieras ser un asesino en serie y dijo que no tenía intención de dejarme ir a alguna isla desierta sola. No importa si se une a nosotros, ¿verdad?
Bueno, sí. Un poco. Pero entendía. Si yo hubiera sido uno de sus compañeros de viaje, no la habría dejado irse con un desconocido, tampoco. —No, está bien —dije. Traté de no dejar mostrar mi decepción—. No me importa.
Ella sonrió y me alegré de que no se diera cuenta de cómo me sentía realmente.
—Sin embargo, no soy un asesino en serie.
—Es bueno saberlo —dijo alegremente—. Me aseguraré de mencionárselo a Seth.
El rubio llegó hasta nosotros. Dejó la bolsa y tendió su mano. —Seth Clearwater. Encantado de conocerte. He oído que vamos a pasar un poco de apuros. No hay problema. Soy muy adaptable. Y tienes suerte. Mi hermana es la chica rara que no se preocupa mucho por los lujos.
¿Su hermana?
Y sólo así mi buen humor volvió. Me acordé de su interacción en el bar. Cómo se rió y sonrió cuando ella se burló de él. Me equivoqué al pensar que coqueteaban, ahora comprendía que no eran más que dos hermanos que en realidad se caían. Por supuesto que él no la dejaría venir sola.
—También es un placer conocerte —dije, estrechándole la mano un poco demasiado entusiasta. Seth parecía ser unos años más joven que Leah, pero era casi tan alto como yo, y construido sólidamente—. Estoy muy contento de que ambos decidieran venir —dije, ahora que sabía que estaban relacionados—. Será bueno tener un poco de compañía.
—¿Nos vamos pronto? —preguntó Seth.
—Sí —dije. Señalé con mi dedo—. ¿Ves a ese hombre? ¿El que camina hacia nosotros comiendo una rosquilla? Es el capitán Forrester. Él es nuestro piloto. Les agradará.
—Menos mal que no hice caso de tu correo de voz incoherente —dijo el capitán Forrester cuando llegó a nosotros—. Pensé que me dijiste que sólo sería uno.
—Cambio de planes —dije—. Esta es Leah y su hermano, Seth.
—Su hermano, ¿eh? —Me miró fijamente y me dio la espalda, con la esperanza de que Leah no se haya dado cuenta—. Encantado de conocerlos —dijo, sacudiendo sus manos.
Todavía se reía quedamente entre dientes cuando le seguí hasta la puerta de la cabina.
—Oh, por el amor de Dios. Basta ya —dije.
—No puedo evitarlo —dijo—. Nunca he conocido a nadie que necesitara un poco de compañía tanto como tú lo haces, hijo. Estoy encantado por ti. En serio. —Él abrió la puerta, se dio la vuelta, y suspiró, sacudiendo la cabeza—.
Lástima que es tan malditamente fea.
Esta vez, fui yo el que se echó a reír.
No me senté en la parte delantera. Seth y Leah se sentaron juntos y yo cruzando el pasillo. Era difícil oír por encima del ruido de los motores, por lo que en su mayoría vi como de vez en cuando miraban por la ventana, señalándose cosas el uno al otro. Esto me hizo pensar en mi hermana, y cómo solíamos llevarnos así bien cuando éramos más jóvenes.
Cuando aterrizamos, Seth ayudó a llevar todo a la orilla. Me alegré de que hubiera hecho la llamada acerca de los suministros adicionales. Todavía tenía un poco de alimento no perecedero, pero definitivamente iba a necesitar el agua y otros artículos de primera necesidad, que siempre necesitan ser repuestos, como combustibles para cocina y productos de papel.
—Deberías tener lo suficiente para sobrevivir durante treinta días. Cuando haga la siguiente tanda de suministros, voy a traer un poco más de todo.
—Está bien —dije. Le estreché la mano—. Nos vemos en treinta días.
La primera cosa que hice fue mostrarle a Leah y a Seth la casa. Seth parecía fascinado, pasando sus manos por las paredes y abriendo y cerrando la puerta que comunicaba las dos habitaciones. —¿Construiste todo esto? —preguntó—. ¿Cuánto tiempo tardaste?
—Como nueve meses, más o menos.
—¿Duermes aquí?
—Algunas veces. Construí la casa para tener dónde refugiarme de las tormentas durante la temporada de lluvias. Pero ustedes dos pueden usar la tienda, es mucho más fresco y más agradable dormir cerca de la playa. No me importa dormir en la casa.
—Buen trabajo, colega.
—Gracias.
Caminamos de regreso a la playa. Seth se veía cansado, pero Leah estaba tranquila y me preocupaba que tal vez se arrepintiera de venir a la isla. —Sé que es un poco primitivo —dije—. Pero hay mucho que hacer. Podremos bucear y nadar. Tengo libros y revistas. Los delfines estarán aquí pronto. Te gustarán.
—Creo que es fantástico —dijo Leah, sorprendiéndome.
—¿En serio?
—Sí. No son los hoteles de cinco estrellas que hacen lugares así hermosos. Es cuando no los tocan que los hacen mejores. Seth y yo preferimos lugares que están fuera de lo común.
—¿Han viajado mucho? —pregunté.
—Un montón —dijo—. Elegimos un nuevo lugar para explorar todos los veranos cuando estaba en la universidad. Algo fuera de lo común. A Seth también le encanta. Fue su idea venir a las Maldivas. Ahora estamos listos para esta experiencia.
—Leah y yo tenemos un poco de pasión por los viajes corriendo por nuestras venas —dijo Seth.
—Siempre hemos sido un poco impsulsivos —agregó Leah.
—Mamá no sabía muy bien qué hacer con nosotros —comentó Seth.
—Mamá no sabía muy bien qué hacer contigo. —Leah se giró hacia mí como si fuera a explicarme—. Papá se mudó cuando éramos jóvenes. Dijo que iba a la taberna y nunca regresó. Bastardo. Seth se sintió como el hombre de la casa después de eso.
—Yo era el hombre de la casa.
—En teoría —dijo Leah suavemente—. Sólo tenías once. —Me miró—. Esa es probablemente la razón por la cual estamos tan abiertos a probar cosas nuevas. Mamá tenía dos trabajos para sostenernos y ella no estaba mucho en casa. Nos pusimos un poco salvajes.
—¿Qué piensa ella sobre ustedes aquí? —pregunté. Asumí que habían llamado a casa, para que alguien supiera de su cambio de planes—. Sus únicos hijos en una isla remota.
Ambos se miraron.
—Murió hace cuatro años —dijo Leah—. Ahora sólo somos Seth y yo.
—Y un tío, el hermano de mi mamá —añadió Seth—. Él era mi tutor legal hasta hace unos meses, cuando cumplí dieciocho años. Pero ya no está interesado en nosotros. En realidad, nunca lo ha estado.
—Lo siento —dije. Me pareció significativo que Leah se mudara a Kenia para cuidar a los huérfanos cuando técnicamente ella era una. Quizá su papá todavía estaba vivo, pero Leah y Seth no se habían beneficiado de su crianza en un largo tiempo.
—Está bien —dijo Leah—. Ambos somos adultos. Uno de nosotros apenas —bromeó, golpeando a Seth en la pierna—. Tuvimos suerte. Había suficiente del seguro de vida para pagar nuestra educación y para viajar un poco. Nos estableceremos algún día.
—Mi hermana va a salvar el mundo primero —dijo Seth, su tono entre burla y adoración.
Lo miré sonriendo y dije—: No hay nada de malo en ello.
Pasamos la mayor parte de ese primer día en el agua. Guardé la maleta y la guitarra de Leah en la casa, y luego me alejé para que ella se cambiara de ropa. Esperé afuera y traté de no mirar cuando abrió la puerta y salió vistiendo un pequeño bikini negro. Era bastante alta, quizás un metro setenta y tres o seis centímetros, y sus piernas medían kilómetros.
Me siguió por el bosque hasta la playa. Miré el agua, en busca de aletas. Los delfines llegarían pronto, y quería ver la cara de Leah cuando se reuniera con ellos por primera vez. Todavía me sorprendían, incluso después de un año.
Seth señaló la máscara y las aletas que había dejado en la arena. —¿Te importa si las tomo prestadas? —preguntó.
—No, en absoluto. Te sorprenderás de lo que verás. —Señalé al arrecife—. Vi un tiburón ballena por ahí un día. Nadé con él hasta que quedé demasiado cansado para continuar. Fue absolutamente increíble.
—Eso es salvaje —dijo, inclinándose para recogerlos—. Gracias.
—Ten cuidado —dije—. Los tiburones no te molestarán, pero no sabes qué más puedes encontrar. Presta atención, ¿de acuerdo?
—Está bien, colega. Lo haré.
Leah y yo lo vimos entrar en el agua. Pronto estaba nadando hacia el arrecife. Cubrí mis ojos del sol con mi mano. —No debería faltar mucho —dije.
—¿Para qué? —preguntó.
—Ya verás.
No tuvimos que esperar mucho tiempo antes de ver la primera aleta. También Leah la vio, porque inhaló bruscamente.
—¿Qué es eso, Jacob? —Presa del pánico, miró hacia el arrecife en donde Seth estaba buceando, lista para gritarle que saliera del agua.
—Está bien —dije—. Es un delfín. Habrá tres o cuatro más en cualquier momento.
—¡Mira! —dijo cuando el resto de ellos apareció en la laguna.
—Vamos —dije—. Comencé a caminar hacia la orilla.
Ella me siguió. —¿Se irán si nos metemos en el agua?
—No. Amarás esto.
Ella estaba fascinada, justo como sabía que lo haría, e incluso Seth se quitó las aletas y la máscara en el momento exacto para verlos. Les mostré como acariciar suavemente su estómago cuando se pusieron de espaldas, y pasear agarrándose de sus aletas. Leah se rió cuando le salpicaron. —¿Vienen todos los días? —preguntó.
—Usualmente dos veces. Una vez en el final de la mañana y otra por la tarde. Me siento mal cuando no estoy aquí, porque ellos nunca se pierden una visita —dije—. Son los animales más amables que he encontrado.
Cuando los delfines se fueron —tan abruptamente como habían llegado— Leah y yo nadamos en la laguna por un tiempo. Miré el cielo y supe que era la hora del almuerzo por la posición del sol. —¿Tienes hambre? —pregunté.
—Un poco —dijo.
—¿Te gusta el pescado?
—Seguro.
Se puso de pie a mi lado en el agua después de que saqué la caña de pescar de la casa. Mientras estábamos esperando que un pez mordiera, dije—: El nombre Leah. Es inusual.
Rodó los ojos. —Mi mamá lo eligió.
—Nunca lo he oído antes.
—Deriva del nombre griego medieval, Kaleas, que significa "buena o bella persona". (el nombre original de la protagonista es Calia y ese es el significado del nombre)
Dejé de ver mi línea de pesca el tiempo suficiente para mirarla. —Tu mamá eligió bien, es el nombre perfecto para ti.
Esta vez no había duda del rubor en sus mejillas. Me miró, sonrió y dijo—: Gracias, Jacob.
Seth disfrutó el encontrarse con los delfines, pero tan pronto como se fueron él volvió al arrecife. Tuve que gritarle que viniera cuando había atrapado suficientes peces para el almuerzo.
—¿Cuál es tu historia, Jacob? —preguntó Seth mientras estábamos comiendo—. Leah dijo que eres de California y que ya has estado aquí por un año.
—Ninguna historia. Sólo quería escapar —dije—. Vuelvo al continente a menudo, pero nunca estoy muy aburrido.
—Pero, ¿no tienes un trabajo? Entonces, ¿cómo pagas los suministros, colega? ¿Y el hidroavión?
—Seth —regañó Leah—. No seas entrometido.
—Está bien —dije. Me giré hacia Seth—. Ya lo planeé. Guardé algo de dinero. Puedo irme en cualquier momento.
—Así que, ¿dejaste todo atrás y viniste para acá?
—Más o menos.
Había estado pensando mucho acerca de lo que quería hacer a continuación. Consideré y descarté media docena de ideas. Nada parecía lo suficientemente interesante para convencerme de hacer planes. Pero ir a la casa de California ni siquiera estaba en la lista corta.
—Iré a nadar —anunció Leah—. Vengan conmigo, perezosos.
Me sentí un gran vago después de la cena, y al parecer también Seth. No estaba sorprendido, nunca había visto a alguien comer tanto de una vez. Algo me decía que todavía no había dejado de crecer.
—Me reuniré contigo en algunos minutos, tan pronto como mi estómago se calme —dijo.
—Lo mismo digo —hice eco. Se alejó, y no pude evitar apreciar la vista de la parte trasera de Leah en ese pequeño bikini.
Seth se tendió en la arena. —Sé que pensaste que sólo estabas invitando a Leah, así que gracias por no importarte mi llegada —dijo.
—No hay problema.
—No podría haberla dejado venir aquí sola.
A pesar de que sólo tenía dieciocho años, me sorprendió que Seth tomara su papel como protector de Leah muy en serio. —Por supuesto que no —dije.
—Y ella realmente quería venir.
—¿En serio? —pregunté. Traté de hacer que mi voz sonara aburrida, como si realmente no me importaba si ella venía o no. Pero algo dentro de mí se animó cuando él dijo eso.
—Seh. Dijo que sonaba como la experiencia de toda una vida. La única vez que la he oído más emocionada es cuando habla de África. Ella ama África.
Miré hacia el agua. Leah estaba haciendo volteretas y buceando. Noté que rara vez se quedaba quieta. Estuvo inquieta durante el almuerzo y siempre parecía moverse. Debe haberme notado mirándola porque ahuecó las manos alrededor de su boca y gritó—: ¡Apúrense!
Seth levantó lentamente la cabeza al oír su voz. Al darse cuenta que su hermana estaba esperando con impaciencia a que nos unamos a ella, dijo—: Tiene una gran fuerza. Ella es implacable.
—¿Siempre tiene esta energía? —pregunté.
Se rió y dijo—: Siempre.
5 de junio, 2001
Seth y Leah han estado aquí por una semana. Todavía no estoy completamente seguro de por qué Leah quiso venir. Convenció a su hermano para venir con ella, porque no había manera de que la dejara venir sola. Sería muy bueno si su razón por venir aquí fuera yo.
Ella ama los delfines. A Seth le encanta bucear. Estoy más feliz de lo que he estado en mucho tiempo.
7 de junio, 2001
Dejé a Leah y Seth tener la tienda, y yo estoy durmiendo en la casa. Les dije que eran bienvenidos a unirse, pero la tienda es mucho más cómoda y la casa no es tan atractiva, especialmente por la noche. Quizás pueda convencer a Leah de tener una fiesta de pijamas alguna noche. Probablemente estoy delirando.
8 de junio, 2001
Leah y yo fuimos a nadar hoy. No sólo a jugar un poco en el agua, como lo hacemos todo el tiempo, nadamos. Se contuvo mientras hacíamos una carrera en la laguna. Cuando finalmente nos detuvimos, ambos estábamos respirando fuerte. Noté que su pecho subía y bajaba con cada respiración y no podía dejar de mirar. Me pilló mirando, sé que lo hizo, pero no actuó como si le molestara.
Nunca he pasado tanto tiempo sin sexo, y nunca había estado tan caliente en toda mi vida, ni siquiera cuando me di cuenta de lo que trata el sexo por primera vez cuando era joven. Pero por respeto a Seth, no voy a hacer un movimiento con su hermana justo frente a él. No puedo imaginar estar juntos sin que se vuelva incómodo.
Pero estoy seguro como el infierno de que sacaré provecho si ella lo hace primero.
Edward
La mirada en el rostro de Jacob ahora, cuando nos dice sobre Leah y cómo se siente por ella, lo que esperaba que pasara entre ellos, me recuerda la manera en que me sentía por Bella. Mientras pasaba el tiempo esperé que algo pasara entre nosotros, tan ridículo como suena porque, ¿cómo podría ella verme alguna vez como algo más que un chico? ¿Cómo podría amarme?
Recuerdo mirarla mientras iba creciendo, buscando un cambio en la manera en que me miraba o en las palabras que decía. Cualquier cosa que me dejara saber si se sentía de la misma manera que yo por ella. Vivimos bajo la amenaza constante de que algo iba mal pero no podría borrar la alegría que sentí el día que descubrí que ella me quería. Cuando me dijo que no era una cosa de una sola vez. Como cada día después de ese llegó a ser más fácil porque ella era mía.
Sin embargo, todo parecía tan injusto. La amaba y ella me amaba pero nuestro tiempo juntos tan perfecto como era, se reducía poco a poco porque estábamos empezando a morir. Recuerdo a Bella en su bikini amarillo, tan delgada que se podía ver cada una de sus costillas. Recuerdo el olor de su cabello el día que quemé algunos centímetros. La mirada en sus ojos el día de Navidad, cuando me di cuenta de que había comenzado a darse por vencida. El pánico y el miedo que se extendieron a través de mí fue peor que el que sentí cuando el avión descendió porque no había ninguna manera de salvarnos esta vez.
No hay nada peor que darse cuenta de que estás a punto de ver a la chica de la cual estás enamorado morir.
Y de repente tengo un muy mal presentimiento de lo que Jacob va a decirnos.
