Hola, hola, hola!!!!

Bueno, habiendo pasado la prueba de fuego del capítulo anterior, aquí estoy de vuelta, escribiendo para mis queridos lectores. Van a decir que soy una cobarde, pero la vez anterior no puse ningún mensaje personal en el capítulo porque temía que me fueran a reclamar, así que por eso nada más les puse el capítulo, para ir tentando terreno, y si alguien me escribía, entonces yo continuaba, y si no, pues no. Pero como sí me escribieron, pues aquí estoy!!!

MUCHAS GRACIAS A USTEDES MIS LECTORES POR ESCRIBIRME A PESAR DE QUE NO ME LO MEREZCO!!! Porque ésa es la verdad, si yo fuera ustedes probablemente no me escribiría, y es por eso que yo estoy en deuda con ustedes. Gracias por no ser como yo, y escribirme aunque no me lo merezco, después de mi tardanza y mi volubilidad.

Les aviso que aún no he terminado la historia (¡qué sorpresa!), pero ya me faltan tres capítulos, si no es que luego tengo que cortar alguno porque me queda demasiado largo, y entonces se hacen más; pero si eso no ocurre, pronto estarán leyendo el final de ésta, su historia. Ya fije los días de mi publicación, y en la medida de lo posible, me comprometo a no cambiarlos. Los días son dómingos y miércoles (así es, dos veces por semana, esperemos que el tiempo no me gane).

Gracias a SARA MORGAN BLACK, a MARKO VINICIO y a ROCHY TRUE por haberme escrito. UN MILLÓN DE GRACIAS!!!

Este capítulo va para todos aquellos que sí leyeron el cáp.24 y que no me mandaron su opinión, pero sobre todo, va para ustedes: Sara, Marko y Rochy, porque no puedo pagarles con nada la lealtad que me han mostrado; sólo dedicándoles mis capítulos, que me costaron tanto escribir, y que siempre tienen una parte de mí muy en su interior. PARA USTEDES Y POR USTEDES!!!!

Escrito por aego y por leyno.


Capítulo 25.

Peleando entre callejones

Guardaron silencio en el corro que habían formado en torno a la esfera, contemplando sorprendidos el pequeño recuerdo.

–Yo traigo guantes de piel de dragón –anunció el señor Longbottom mientras hurgaba en el interior de su túnica.

Una vez que se hubo puesto los guantes, tomó la esfera y tiró de ella, pues ésta parecía reacia a salir de su agujero. Cuando la tuvo en su mano, la apuntó con su varita, y una fina estela de polvo emanó de la punta, cubriendo en su totalidad al recuerdo. Acto seguido, el polvo comenzó a volverse rojo, a tal grado que un ligero vapor brotó de la esfera, y después, el polvo rojo comenzó a disminuir su intensidad, hasta que desapareció por completo, dando paso a una delgada capa de cristal, dentro de la cual se hallaba contenido el recuerdo.

–Creo que tú deberías conservarlo, Harry –concluyó el señor Longbottom tendiéndole la esfera de cristal–. Eres el más cercano a Liza; no se negará a verte a ti.

Harry aceptó la esfera en silencio, sin atreverse a decir que él no estaba tan seguro de aquella aseveración, pues aún no se había disculpado con Liza, y temía que después de todo lo que había pasado, la relación entre ambos ya no tendría remedio.

–Es mejor que regresemos a Hogwarts –dijo la señora Longbottom–, puede que hoy mismo nos enteremos de lo que hay en ese recuerdo, sólo tienes que dárselo a Liza.

Todos se mostraron de acuerdo, pues ya no veían el menor caso en permanecer en ese lugar. Ya habían encontrado una pista de los pasos de Rina, no había nada más ahí para ellos. Cerraron la casa y la dejaron como había estado antes de que ellos llegaran, y sin hacerse esperar, desaparecieron y reaparecieron en las afueras de Hogwarts. Después de cruzar los enormes jardines, los padres de Neville se separaron del grupo, pues tenían obligaciones que cumplir.

–Deberías ir a ver a Liza ahora, Harry –dijo Ginny cuando estuvieron en el vestíbulo–. Para estos momentos ya debe de estar más calmada.

–¿Tú crees? –inquirió Harry inseguro.

–Sí, puede que incluso ya haya salido del despacho.

–Además, si le dices que es un recuerdo de su mamá, querrá verlo enseguida –comentó Neville, y parecía que eso era realmente lo que pensaba.

–Vamos amigo, te acompañamos –resolvió Ron al instante.

–No, es mejor que Harry vaya solo –indicó Hermione–, nuestra presencia podría incomodar a Liza, y Harry tiene más probabilidades de que lo reciba a él porque es su primo.

Ron no parecía muy convencido, pero no objetó la lógica de Hermione, así que, acordando verse en el Gran Comedor, Harry se alejó de sus amigos, yendo rumbo al despacho del director. Primero, tenía que comprobar si Liza seguía ahí. Después de decirle la contraseña a la gárgola, subió la escalera de caracol con sigilo, y una vez frente a la puerta, llamó tres veces.

–¿Liza? –preguntó elevando la voz–. ¿Liza¿Sigues ahí?

No hubo respuesta. Al parecer, su prima ya no se encontraba en el despacho. Eso, o no quería abrirle a nadie. Volvió a llamar a la puerta, pero el resultado fue el mismo. Para cerciorarse de que su prima no le contestara porque no estaba ahí, buscó entre sus ropas y sacó el mapa del merodeador. Después de hacer el juramento, sus ojos se desplazaron rápidamente por la superficie de aquel viejo pergamino, y se detuvieron en el despacho del director de Hogwarts. Una mota de tinta con el rótulo de "Elizabeth Dumbledore" se encontraba estática dentro del despacho. Entonces Liza sí estaba ahí, y lo que pasaba era que no se le daba la gana abrir.

–¡Liza! –Harry volvió a llamarla, pero esta vez aporreando la puerta–. ¡Sé que estás ahí¡Ábreme!

Pero la muchacha no abrió. Decidido a entrar, sacó su varita y apuntó a la puerta.

¡Alohomora! –dijo con voz firme, pero el hechizo rebotó en la puerta. Liza la había impasibilizado y contra eso, Harry sabía que no había nada qué hacer. Tendría que esperar hasta que Liza se decidiera a salir.

Derrotado, regresó sobre sus pasos, dirigiéndose al Gran Comedor. Ginny, Ron y Hermione ya lo esperaban. Luna había tenido que dejar el castillo junto con su padre, pues tenían que cubrir un reportaje sobre una criatura inexistente, de ésas que tanto le gustaban a Luna (al menos, eso era lo que la muchacha había dicho); y Neville se había ido a ayudar a su abuela con los enfermos crónicos.

–¿Y? –urgió Hermione en cuanto Harry entró al Gran Comedor–¿qué pasó¿Qué había en el recuerdo?

–Liza no me abrió –contestó Harry apesadumbrado–. Creo que nos quedaremos con la duda de qué hay en el recuerdo, al menos por ahora.

–¡Qué lástima! –exclamó Ron.

–Aunque tal vez no es tan importante –sugirió Ginny–, quiero decir, no es tan importante en estos momentos, pues ya encontramos todos los "Horcruxes". Tal vez lo que hay en el recuerdo ya no nos sirve de nada.

–Puede ser –coincidió Harry–. Aunque el recuerdo bien podría ser de otra cosa¿no creen? Además, si Rina lo dejó, por algo lo ha de haber hecho.

–Pero eso no lo vamos a saber hasta que veamos el recuerdo –concluyó Hermione–, y para eso necesitamos a Liza. Si el recuerdo hubiera estado dentro de un frasco, en este momento estaríamos viéndolo en un pensadero, pero sólo Liza puede hacer uso de un recuerdo en forma esférica. No hay nada que podamos hacer.

Un sentimiento general de frustración los invadió. Justo en esos momentos, cuando más necesitaban a Liza, ella había decidido recluirse en sus habitaciones. Aquello no sólo era absurdo, sino que rayaba en la ironía.

–Entonces es mejor que vayamos a ayudar a los enfermos –dijo Ginny con resignación–. Mejor eso que no hacer nada.

Y no teniendo más remedio, se encaminaron a las múltiples aulas que habían sido asignadas para alojar a los enfermos de San Mungo.


–Harry¿qué es exactamente lo que pretendes? –preguntó Hermione por enésima vez.

Luego de haberse pasado todo el día anterior ayudando un poco con los enfermos, aquella mañana de triste aspecto Harry había tenido un súbito pensamiento, y al decírselo a sus amigos, éstos habían decidido acompañarlo en su campaña. Justo en aquellos momentos, se encontraban dentro de la Sala de los Menesteres, recorriendo los múltiples callejones de la "Ciudad de los Objetos Escondidos" con sumo cuidado, aunque solamente Harry sabía qué era lo que buscaban. Después de todo, él era el que se había paseado tres veces frente al panel vacío, pensando con fuerza en un lugar para ocultar las cosas.

–Debe de estar en alguna parte –musitó, más que para los demás, para él mismo.

–¿No crees que sería más fácil si nos dijeras qué es lo que estamos buscando? –cuestionó Ginny mirando a Harry y cruzándose de brazos.

–El armario evanescente –respondió al fin–. Quiero saber si aún sigue aquí o si ya lo destruyeron.

–Entonces es mejor que cada quien tome una calleja –sugirió Hermione–. Abarcaremos más espacio así.

Y todos estuvieron de acuerdo. Harry se aseguró de tomar el callejón más alejado de aquél en donde sabía aún estaba el viejo libro de Pociones que había usado en el curso anterior; el libro perteneciente a Severus Snape.

Pasaron aproximadamente una hora buscando en todo el lugar, incluso recorrieron de nueva cuenta las callejas, pero no encontraron ni rastro del armario.

–Pues parece que no está –dijo Harry, reuniéndose con Ginny y Hermione. Ron todavía no volvía de su segunda revisión.

–Realmente no me sorprende –comentó Hermione–. Ya imaginaba que no estaría.

–Seguramente los profesores se encargaron de destruirlo en cuanto les fue posible –especuló Ginny–, quizá antes del funeral de Dumbledore.

Harry asintió lentamente.

–Tienen razón –concordó al instante.

La verdad era que él tampoco esperaba encontrar el dichoso armario evanescente, pero ahora que tenía la certeza de que el mueble no estaba, se sentía más tranquilo.

–Entonces hay que buscar a Ron e irnos –dijo Harry, pero justo en ese momento, la voz de Ron los llamó desde un pasillo lejano.

–¡Eh, muchachos¡Vengan a ver esto!

Y sin siquiera ponerse de acuerdo, los tres amigos corrieron hacia el callejón de donde había venido la voz de Ron. Cuando llegaron, vieron al pelirrojo de pie frente a un espejo de cuerpo completo, alto hasta el techo, con el marco dorado y una inscripción en la parte superior.

–Mira Harry –llamó su amigo–¿no te resulta conocido?

Harry fijó su mirada en el espejo, y después de enfocar bien la vista, no pudo menos que abrir los ojos como platos. Por supuesto que aquel espejo le resultaba conocido, era el espejo de Oesed; el mismo que le había mostrado a sus padres y al resto de su familia a su lado, el que después lo había ayudado a obtener la Piedra Filosofal; el mismo que Dumbledore había asegurado que abandonaría Hogwarts. Entonces¿qué estaba haciendo ahí¿Por qué Dumbledore lo había guardado¿Acaso ese espejo tenía otra misión que cumplir, o simplemente lo había puesto ahí para que ya nunca más volviera a ser usado?

–El espejo de Oesed –dijo después de un rato de contemplación–. No había pensado en este espejo desde hace mucho.

–¿Es realmente el espejo de Oesed? –preguntó Hermione maravillada–. He leído mucho sobre este espejo. Dicen que es capaz de mostrar lo que el corazón más desea.

–Pues es verdad –confirmó Harry–, y es por eso que Dumbledore creía que no era bueno mirarlo por mucho tiempo. Decía que no era bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir.

–¿Entonces por qué está aquí? –cuestionó Ginny–; cualquiera podría encontrarlo y hacer uso de él.

–Pero para que eso pasara, alguien tendría que pasearse tres veces frente al panel de afuera pensando en este lugar¿no? –inquirió Ron con un leve tono de inseguridad.

–Sí –afirmó Harry–, no hay otra manera.

–Supongo que por eso Dumbledore lo puso aquí –dedujo Hermione.

–¿Creen que debamos decirle a la Orden? –preguntó Ron.

–Lo más probable es que ya lo sepan –comentó Ginny.

–Aunque no estaría de más –terció Harry.

Y fue en ese momento, precisamente cuando nadie lo esperaba, que un alboroto lejano llegó a sus oídos. El sonido se colaba por debajo de la entrada de la enorme aula, lo que quería decir que algo había sucedido en el castillo. Sin tiempo que perder, los cuatro amigos echaron a correr por la interminable calleja, rumbo a la puerta. Conforme se iban acercando a su meta, el sonido crecía en intensidad y en claridad; había un gran revuelo.

Cuando salieron de la Sala de los Menesteres y la puerta desapareció detrás de ellos, pudieron ver a varios miembros de la Orden correr en dirección al Gran Comedor. Sin preguntar nada, los siguieron, pues no se les ocurrió nada mejor que hacer; además, si el castillo estaba siendo atacado por segunda vez, más valía no perder tiempo con preguntas obvias. Sin embargo, a lo largo de su carrera, no vieron ni un solo signo de pelea. Tal vez, después de todo, la pelea no era ahí.

Llegaron al Gran Comedor barriéndose, y una vez ahí, preguntaron al primero que tuvieron en frente.

–¿Qué pasó? –La voz de Harry se oía afectada por la carrera.

–Han atacado el callejón Diagon –respondió una angustiada Tonks.

–¿Qué? –inquirieron al unísono.

–Lo que oyeron.

–Pero¿en plena luz del día? –cuestionó Ginny.

–Pues eso parece; y creo que los mortífagos aún están ahí.

–¡Ya está hecho! –anunció la profesora McGonagall precipitándose en el aula–. ¡He quitado temporalmente el hechizo anti-aparición!

Y sin esperar mayor indicación, tanto magos como brujas comenzaron a desaparecer con sonoros estallidos. Harry, Ron, Ginny y Hermione también se disponían a desaparecer, cuando McGonagall los detuvo.

–Ustedes no van –dijo con severidad.

–¿Qué? –inquirió Harry indignado–. ¿Por qué?

–No hay razón para que ustedes se arriesguen –aseguró la profesora–. Con nosotros basta. Si así lo quieren, ustedes pueden ser los refuerzos.

–¿Refuerzos? –repitió Ginny–. Profesora, mis hermanos están allí –informó la pelirroja, que se encontraba tan pálida como Ron.

–Lo sé, ellos nos dieron el aviso.

–No puede pedirnos que nos quedemos aquí –refutó Ron–. Nosotros vamos.

La bruja guardó silencio, y después, con un prolongado suspiro, añadió:

–De acuerdo, pero si las cosas no marchan bien, ustedes regresarán aquí sin pensarlo dos veces¿de acuerdo?

–Sí, está bien –acordó Harry exasperado. ¿Por qué siempre les decían lo mismo¿Acaso aún no confiaban en su capacidad para luchar?

Pero ya no había tiempo para pensar en la respuesta a ese planteamiento. Al instante todos desaparecieron, y al segundo siguiente, aparecieron en un largo callejón saturado de tiendas mágicas.

Harry miró con apremio a su alrededor. El callejón Diagon, antes infestado de magos y brujas que se manejaban con mucha rapidez a lo largo de la estrecha callejuela, ahora no sólo se encontraba vacío (justo como había estado la última vez que Harry había estado ahí), sino que se encontraba destrozado. Los escaparates estaban hechos añicos, metros de tela de diversos colores de "Madame Malkin, túnicas para todas las ocasiones" estaban desperdigados aquí y allá; libros de Flourish y Blotts estaban deshechos en el suelo; y múltiples ingredientes de pociones se encontraban esparcidos a lo largo de todo el callejón. No se veía rastro de mortífago alguno.

–Vayan en grupos pequeños –ordenó Kingsley Shacklebolt–, y sean cautelosos.

Se hizo como el auror dijo. Harry, Ron, Ginny y Hermione se mantuvieron juntos, y comenzaron a inspeccionar los locales más cercanos a ellos. Salvo por el tremendo desorden que imperaba en todos lados, todas las tiendas se veían bastante tranquilas, excepto por la tienda de varitas mágicas Ollivander, de la cual sólo había quedado una montaña de escombros. No había señales de vida de ningún tipo, ni de mortífagos ni de víctimas. Era bastante extraño, puesto que Tonks había dicho que los mortífagos aún estaban ahí.

–Esto no me da buena espina –dijo Hermione incómoda cuando se acercaron a los vestigios de Ollivander–¿dónde están las víctimas?

–Tal vez no hubo –se aventuró Ron–, tal vez lograron escapar.

–Es posible –concedió Harry, aunque no estaba muy convencido. Después añadió–: Y es mejor así, pues no nos conviene que Hogwarts se sature.

Pasaron de largo los escombros, y continuaron revisando en silencio, hasta que finalmente Ginny dijo:

–Vamos a buscar a Fred y George. Necesito saber que están bien.

–Sí, vamos –accedió Ron al instante, quien a pesar de no decirlo, su preocupación por sus hermanos era más que obvia.

Con cautela, tal y como lo había pedido Shacklebolt, salieron de Artículos de Calidad para el Juego de Quidditch, rumbo a la tienda de bromas de los gemelos. El panorama no cambió en el camino, todo el callejón Diagon presentaba el mismo aspecto, y el hedor de destrucción y desolación les saturaba los senos nasales. Ginny y Ron emitieron suspiros de alivio cuando, al llegar a los Sortilegios Weasley, vieron a Fred y a George hablando con Bill y Fleur. Los gemelos tenían unas cuantas heridas, pero ninguna de gravedad, y fuera de eso estaban de una pieza.

–¡Fred¡George! –chilló Ginny, corriendo a abrazar a sus hermanos–. ¿Están bien¿Qué fue lo que pasó?

–Justo eso era lo que les estábamos explicando a Bill y a Fleur –informó Fred.

–En realidad nos tomaron por sorpresa –explicó George–. Ni siquiera habíamos abierto la tienda, sólo estábamos de paso recogiendo unas cuantas cosas, cuando explosiones seguidas de gritos se escucharon por todo el callejón.

–Obviamente salimos al instante a investigar –continuó Fred– y fue cuando los vimos: mortífagos a diestra y siniestra.

–Lo primero que hicimos fue defender a todo el que pudimos y dar un poco de batalla a esos infelices, y aunque algunos de los magos que hacían sus compras se nos unieron, no fue suficiente¿verdad Fred?

–Sí, y fue entonces cuando se nos ocurrió que, si no podíamos derrotarlos, al menos podríamos distraerlos lo suficiente como para que los demás pudieran escapar.

–Y así lo hicimos –concluyó George–, y cuando vimos que todo aquél que no peleaba contra los mortífagos ya había escapado, mandamos el aviso a Hogwarts.

–¿Y los mortífagos? –cuestionó Harry.

–La mayoría desapareció –contestó Fred–, y los pocos que se quedaron tienen que estar por aquí.

–Entonces¿creen que están ocultos en algún lado? –inquirió Hermione.

–Sí –respondieron los gemelos a coro.

–Pero ya hemos revisado las tiendas y no encontramos nada –comunicó Bill.

–Sólo un gan desogden –complementó Fleur muy seria–, pego nada más.

–Eso no puede ser –contradijo George–, nosotros vimos que los mortífagos que no desaparecieron corrían calle arriba. ¿Ya revisaron ahí?

–Sí –contestó Bill–, y no encontramos na…

–Un momento –lo interrumpió Hermione sin poder contenerse–¿calle arriba¿los mortífagos corrían calle arriba?

Los gemelos asintieron.

–Al menos eso nos pareció –aclaró Fred sin entender adónde quería llegar Hermione haciendo esas preguntas.

–¿Se dan cuenta? –dijo Hermione mirando a sus amigos–, los mortífagos iban hacia arriba, hacia…

–… el callejón Knockturn –concluyó Harry con los ojos muy abiertos–. ¡Pero claro!

–¿Ya revisaron el callejón Knockturn? –cuestionó Ginny, mirando a Bill y a Fleur.

–La verdad, no –respondió Bill–, se nos dijo que el ataque sólo había sido en el callejón Diagon, y no sabíamos que los mortífagos habían huido calle arriba.

–Y entonces¿qué esperamos? –inquirió Ron, comenzando a avanzar por la larga callejuela–, vamos a investigar.

Los demás lo siguieron, siempre con las varitas en alto, sólo por si algún ataque sorpresa se presentaba. Pero nada pasó, y cuando doblaron a la izquierda para entrar en el callejón Knockturn, se toparon con que éste estaba tan muerto como el callejón Diagon, y la única diferencia era que éste no estaba destruido, simplemente desolado.

–Tengan cuidado –advirtió Bill en un susurro.

Casi conteniendo la respiración, se adentraron en la tétrica callejuela, preparados para atacar al más mínimo indicio de mortífago. En completo silencio, se pasearon frente a los escaparates, tratando de distinguir alguna silueta sospechosa de entre todos los artículos puestos en venta, pero todo parecía normal, o por lo menos, normal dentro de los parámetros de aquel callejón.

–Honestamente, no cgeo que sigan aquí –dijo Fleur con desdén, sobresaltándolos a todos–. Cgeo que lo más pgobable es que ya hayan desapagecido.

–Tal vez tengas razón –admitió Ginny con desgana–. No son tan tontos como para quedarse aquí a que los atrapemos.

Harry no tenía eso tan claro. Él ya había visto a varios mortífagos actuar de una forma estúpida; quedarse escondidos en el callejón no sería su primera idiotez, pero dado que todo estaba muy tranquilo, no tuvo más remedio que concordar con Fleur y Ginny.

–Bueno –dijo Bill con un tono de voz bastante peculiar, parecía que estuviera decepcionado–, es mejor que regresemos.

El pequeño grupo asintió, cuando de pronto, un haz de luz los iluminó a todos y los arrojó un par de metros hacia atrás.

–¡Idiotas! –exclamó una voz masculina proveniente de los diez encapuchados que acababan de salir de diversos locales–. ¡Nunca debieron bajar la guardia!

¡Expelliarmus! –gritó Harry apenas se puso en pie, pero su encantamiento fue repelido casi tan rápido como había sido lanzado.

–No creíste que eso realmente funcionaría¿o sí, Potter? –se mofó otro mortífago.

Pero la burla no fue muy larga para aquel mago, pues repentinamente, un rayo de luz roja le golpeó el pecho y lo hizo caer estrepitosamente.

–¡Tenemos que sacarlos de aquí! –indicó Bill elevando la voz–. ¡Al callejón Diagon!

Sin tiempo que perder, Fred, George, Bill, Fleur, Ron, Hermione, Ginny y Harry comenzaron a lanzar hechizos sin parar, al mismo tiempo que esquivaban los ataques del enemigo, y se concentraban en rodearlos para después obligarlos a salir al callejón Diagon, en donde recibirían ayuda de los miembros de la Orden del Fénix que ahí se encontraban. Uno de los mortífagos prorrumpió en una sonora carcajada. Al parecer, encontraba aquello bastante hilarante.

–¿De verdad piensan que pueden con nosotros? –cuestionó con cinismo.

–¡Nosotros los superamos en número! –exclamó otro mortífago.

–Sí –concordó Harry fríamente–, pero nosotros somos mejores.

Y firmes en su misión, el pequeño grupo continuó con su tarea, esforzándose por reducir a los mortífagos a tal punto que tuvieran que rendirse. Al encontrarse en un lugar tan reducido, los maleficios resultaban más difíciles de esquivarse, y por tanto, más certeros; y si bien era cierto que esta desventaja afectaba a ambos grupos, la verdad era que, poco a poco, los mortífagos comenzaban a juntarse en un pequeño círculo desde donde arrojaban embrujos a los integrantes de la Orden, quienes habían formado un círculo más grande.

En ese punto, lo que tenían que hacer era conducir a los mortífagos al callejón Diagon, donde no sólo los derrotarían, sino que los atraparían. Pero justo en ese momento, un jadeo espasmódico de un dolor intenso escapó de los labios de los mortífagos; algunos incluso dejaron de atacar; descuido que fue aprovechado por el grupo contrario.

–¡Ya basta! –exclamó uno de los mortífagos que no había bajado la guardia, pese a que sí había proferido un gemido de dolor intenso–. ¡Vámonos!

–¡No! –gritó George.

–¡No dejen que escapen! –exclamó Fred, corriendo hacia los mortífagos.

Pero ya era demasiado tarde, los mortífagos ya habían desaparecido.

–¿Qué demonios fue eso? –preguntó Ron, aún agitado por la batalla.

–Voldemort debe de haberlos llamado –declaró Harry–. Por eso se fueron pitando.

–¡Debimos ser más rápidos! –sentenció Bill–. ¡Teníamos que haber impedido que se fueran!

–No podíamos hacer nada –objetó Hermione, más calmada que nadie de los ahí presentes.

–Hermione tiene razón –concordó Ginny, aunque se le percibía muy frustrada–; ¿qué íbamos a hacer: pegarnos a ellos para después aparecer en su guarida y luego enfrentarnos, con una derrota asegurada, a un montón de mortífagos?

Mogig de esa manega no sigve de nada –dijo Fleur–. Hubiega sido una estupidez.

Todos se miraron entre sí, con la desolación escrita en la frente, y la impotencia dibujada en el rostro. Tanto Hermione como Ginny y Fleur tenían razón, y así lo sabía el pequeño grupo, pero a pesar de eso, no podían evitar sentir que hubieran podido hacer más.

–Volvamos con los demás –ordenó Bill luego de un rato–, deben de estar esperándonos.

Y tras otra mirada de infinita impotencia dirigida a la estrecha callejuela, se fueron de allí.

–De cualquier forma –dijo Hermione a Ron, Ginny y Harry, quienes se habían rezagado un poco con respecto a los demás–¿qué era lo que los mortífagos pretendían al atacar el callejón Diagon a plena luz del día¿No les parece extraño?

–Sí –contestó Harry al instante, pues lo mismo se había estado preguntando, y aún no había encontrado la respuesta–. La verdad es que es muy extraño.