Disclaimer: La trama le pertenece a G. Showalter y, los personajes, como todos sabemos, son exclusivamente de Meyer.

Me lo pensé mucho antes de publicar y es que sabía que me había retrasado muchísimo en actualizar pero recién caigo en cuenta que ya van seis meses. Pero de lo que si estoy segura es que no voy a abandonar esta historia, realmente lo siento por la larguísima espera.

Aquí les dejo el capítulo, espero que lo disfruten y el próximo lo publicaré en tres días. Un beso a todos y muchas gracias a todas las personas que siguen leyendo y comentando.


CAPÍTULO VEINTICUATRO

Su Deidad estaba disgustado con él. Nuevamente, pensó Jasper. Por una vez, sin embargo, sabía el porqué más allá de toda duda, sin que se lo dijeran. Había asumido la responsabilidad de Isabella, y ella había matado a un humano, poseído por un demonio o no.

No es que Jasper la culpara por sus acciones. Prefería sufrir el descontento de la Deidad a perderla a ella, y la habría perdido si no hubiera reaccionado y protegido a sí misma. La culpa le recaía sobre los hombros, y sólo los suyos. La había entrenado un poco en el arte de la lucha contra demonios, pero no la había preparado para una situación como ésta.

—La policía quiere hablar contigo —le dijo a su hermano—. Diles lo que hemos discutido, y te encontrarás encerrado como lo estuvo Isabella.

Un millar de emociones cruzaron el rostro del muchacho. Y él era un niño, sin importar cuanto mayor fuera que Isabella. Le faltaba la valentía, y el fuego de ella.

—¿Me dejas? Pero, los monstruos...

—¿Le estamos dejando? —hizo eco Isabella.

—Sí. Tú eres la atracción, no él, lo que significa que estás en constante peligro. Y eso significa que pondrás a tu hermano en peligro si te quedas con él. Una vez que lo dejes, debería estar bien.

—¿Debería estar? —exigió, él sabía que eso no era lo suficientemente bueno para ella —. Voy a asegurarme de ello.

—Lo estará —rectificó. Enviaría a uno de sus soldados para vigilar en secreto a Riley.

Los hermanos se miraron el uno al otro en silencio, sin estar seguros de qué hacer o decir. Riley ciertamente no merecía una hermana como Isabella, pero Jasper todavía sentía envidia de él y de este momento. Hubiera dado cualquier cosa por ver a Edward de nuevo.

—Bien, entonces —Isabella se aclaró la garganta—. Cuídate, Riley.

—Tú, también. Y, uh, ¿Isabella?

Una cálida brisa de repente flotó en la mente de Jasper, el primer signo de la pronta convocatoria de la Deidad. Se tensó, perdiendo la pista de los hermanos y su forzado adiós.

«Jasper, mi soldado». Una voz que era a la vez relajante y autoritaria le hizo eco en la cabeza. «Necesito de tus servicios. Reunirás a tu ejército y detendrás a los demonios que tratan de infiltrarse en mi templo. Como esta batalla se llevará a cabo en los cielos, no tendré que preocuparme por el daño colateral».

No era una pregunta. Definitivamente una pulla sobre su actuación anterior. También una orden de su Deidad, así como su próxima misión.

Durante el tiempo que se le necesitara, no buscaría a los torturadores de María, no estaría protegiendo a Isabella, sino luchando contra demonios. Había temido tal momento, y ahora el miedo lo devoraba con dientes afilados.

¿Pero no era ese siempre el camino? Todo lo que un hombre temía, era lo que recibía. Una ley espiritual tan vinculante como todas las demás.

—¿Jasper?

Salió del ensimismamiento. Tanto Isabella como su hermano lo miraban, parpadeando con confusión.

—Ven —dijo él—. Tenemos que irnos.

—Uh ¿Jasper? ¿Qué ha pasado? Brillabas intermitentemente, como si estuvieras aquí, pero no aquí.

—Eso es porque estaba aquí, pero no aquí. Una parte de mí estaba con mi Deidad en su templo en los cielos. Ese templo está siendo atacado, y se me ha encargado protegerlo.

El color desapareció de las mejillas de ella.

—No te preocupes. Me iré en el momento en que el templo esté seguro, y volveremos a la tierra —no sólo por el trato con Isabella, sino porque él estaría desesperado por llevarla a un lugar

seguro.

—Yo...—abrió y cerró la boca, sin saber que decir—. Gracias.

—De nada. Ahora vamos.

Con un último saludo a su hermano, se acercó a Jasper y le envolvió el cuello con los brazos. Él diluyó los cuerpos y voló directo al cielo de la tarde.

Riley grito:

—¡Cuídate, Bella! —siguiéndolos, y Isabella tuvo que alejar parpadeando una repentina lágrima.

El sol se ocultaba detrás de oscuras nubes de tormenta, los cielos de un manto de terciopelo oscuro. Subieron más y más alto, hasta que los únicos puntos de color provenían de los ángeles, los guerreros fuera de servicio lanzándose en una dirección, los portadores de alegría en otra, todos decididos a completar una tarea.

—Tantos —jadeó Isabella.

Él maniobró a través de las masas, girando, virando y finalmente llegaron a una extensión de aire vacía.

—¡Nube! —gritó—. Vuelve a mí.

Cinco segundos pasaron... diez... veinte, y su hogar finalmente apareció en torno a él. Sin embargo, las neblinosas paredes ya no eran de un suave azul de bebé, eran negras, tan espesas como el petróleo, como si estuvieran despidiendo la esencia del mal. El estómago se le retorció. No esperaba esto, no sabía que era posible. Una nube nunca había cambiado tan drástica y rápidamente.

—¿Qué pasó? —dijo Isabella.

—No lo sé. Está muriendo, tal vez —los demonios que atacaron debieron de haberla envenenado de alguna manera—. Mi dormitorio. Muéstrame.

La cama apareció, al igual que la mesita de noche. Metió la mano en la bolsa de aire y la retiró; el alivio casi le hizo doblar las rodillas. La urna estaba a salvo.

—Sígueme al templo, y permanece dentro de mi vista —ordenó a la nube—. Vigílala, dale todo lo que pida, y cuando regrese, pondré fin a tu sufrimiento —sintió una punzada en el pecho. ¿De remordimiento? Esta casa había sido su único amigo... durante muchísimo tiempo.

Isabella le aferró la túnica.

—Déjame ayudarte.

Endureció el corazón contra ella; tenía que hacerlo.

—No tienes alas, y llevarte sólo me retrasaría.

—Pero sin duda puedo...

—Me estás ayudando al quedarte aquí y proteger mi mayor tesoro.

—¿Los muebles del dormitorio? —preguntó secamente.

—Dentro de esa urna está lo único que me queda de mi hermano —antes de que pudiera hacerle preguntas que no estaba preparado para responder, pegó los labios a los de ella, recorrió con la lengua las profundidades de su cálida y húmeda boca, robándole su sabor antes de la batalla que se avecinaba.

Para cuando levantó la cabeza, sólo quería quedarse con ella. Pero desde el principio había sabido que la tentación de más era peligroso para ella. Le acarició el pómulo con la punta del dedo, y le susurró:

—Tal vez la urna no es mi mayor tesoro —y la dejó.

El primer pensamiento de Isabella fue:

¿Acaba de dar a entender lo que yo creo que acaba de dar a entender?

El segundo:

La pequeña mujer se queda en casa, mientras que el gran tipo duro y fuerte va a la guerra.

¿Su relación siempre funcionaría de esta manera?

Estudió la urna que iba a proteger. Un líquido transparente se arremolinaba en el interior, más denso que el Agua de la Vida, con motas brillantes de color violeta por todas partes. ¿Las cenizas de un ángel?

Fuera lo que fuese, iba a proteger la cosa, como le había sido encomendado, y esperaba que así la deuda con Jasper estuviera saldada. La había reunido con su hermano, convenciendo a Riley de la verdad, y aunque la relación era cualquier cosa menos suave, ya no estaba llena de odio, tampoco. La posibilidad de más, para bien, estaba allí.

Yendo hacia la urna, dijo:

—Necesito un cambio de ropa y una nueva y genial arma. Además, alas no estarían mal —lo último lo dijo con un suspiro melancólico—. Tu hermano ha hecho un maravilloso trabajo protegiéndome y proporcionándome lo que necesito, pero sabes, también me encantaría mostrarle que puedo protegerme y proveerme de cualquier cosa.

—Muy bien —dijo una misteriosa voz, riendo, una voz que no venía de la urna. Un segundo más tarde, la nube se sacudió tan violentamente, que tuvo que agarrarse a un poste de la cama para mantenerse de pie.

—¿Qué está pasando? ¿Quién está ahí? —nadie había aparecido, todavía estaba sola.

En el momento en que el temblor se detuvo, miró a su alrededor para evaluar los daños. Todo parecía igual, hasta que bajó la mirada hacia sí misma. La camiseta y el vaquero habían sido sustituidos por... ¿Qué diablos? ¿Un traje de demonio sexy?

Ahora llevaba un vestido rojo corto, con parches de material cortados en la cintura, al igual que el de Gianna, el dobladillo acababa justo debajo de la curva del trasero. Una cola bífida acolchada estirada a los pies. Calzaba unos tacones de aguja de doce centímetros. Medias de red rojas se estiraban hasta la mitad del muslo, sujetas con ligas a juego que se conectaban con... bragas rojas. Grandioso. Además, los cuchillos ya no estaban.

—¿Se supone que esto es divertido? —exigió—. Será mejor que me digas quién eres y dónde estás. Ahora.

Más risas, más sacudidas, y luego una horqueta oxidada con fragmentos de vidrio enganchados a cada una de las puntas apareció en la parte superior de la cama.

—No pude olvidar el resto de lo que querías.

Su arma, se dio cuenta, la que ella había pedido. Espera. ¿La nube era capaz de hablar ahora?

—¿Qué se supone que debo hacer con...?

Otra ronda de risa la interrumpió. El temblor comenzó de nuevo, más intenso que antes. La mente le giraba con las posibilidades. Le había pedido un cambio de ropa y obtenido esto. Había pedido una nueva arma y conseguido esta. El temor se convirtió en una soga alrededor del cuello. Había pedido alas y obtendría... ¿qué?

Cuando la risa se calmó por fin, y el temblor se tranquilizó, un dolor agudo le atravesó la espalda. Pero eso fue todo. Dolor que apareció y se fue, y durante un largo tiempo, no pasó nada más. Comenzó a relajarse.

—Nube —dijo—. He cambiado de opinión sobre la ropa, el arma y las alas. ¿Vale?

—Lo siento, niña traviesa, pero no soy la nube; y no puedes retirar lo que has pedido. Sólo dale un momento. Es posible que te guste.

Como si fuera el momento justo, el calor floreció entre los omóplatos. Al principio, en realidad era reconfortante. Pero el calor aumentó y aumentó... hasta que fue abrasador, sin duda con llamas reales crepitando.

—Detenlo —exigió—. Lo que sea que estás haciendo, para.

Más y más caliente... la piel se le cubrió de sudor, la respiración superficial y rápida. Pero estaba bien. Podía manejar esta situación. Podía... la carne entre los omóplatos se desgarró y la sangre brotó por la espalda, algo afilado cortó a través del músculo. Las rodillas le cedieron, y se desplomó.

—¡Para! Por favor.

—¿Por qué parar ahora? He estado esperándote, sabía que volverías.

La voz llegó desde el otro lado de la habitación esta vez, y se las arregló para levantar la cabeza lo suficiente para ver a un demonio sonriente salir de la pared negra. No era la nube, después de todo.

Mantente calmada. No dejes que se alimente de tus emociones.

Luchando contra el dolor, mareada, se puso pesadamente sobre los pies y agarró la horqueta.

—¿Cómo te ... escondiste de... Jasper?

—Tu ángel no es todopoderoso, y no puede ver todas las cosas. Seguí a la nube después de nuestro ataque, y la asedie —la criatura era alta, aunque delgada, con escamas tan lisas y brillantes como hielo negro. Sus ojos eran de color rojo, no el bonito rubí de tantos de sus hermanos, pero ribeteados de óxido—. La nube ahora es mía. Mía para controlarla... para pervertir como yo quiera.

—Una nube... no puede darle a un humano... alas.

—Bueno, tú eres más que humana, ¿No es así, niña traviesa? Tú perteneces a un demonio.

Calma...

—Me pertenezco a mí misma. —Utilizando todas las fuerzas, le atacó con la punta de la horqueta.

Encorvó su cuerpo y giró fuera del camino, haciendo que el ataque fuera ineficaz. Mostrando sus también afilados dientes, dijo:

—No hay necesidad de jugar rudo. No voy a hacerte daño... no mucho.

Una vez más lanzó la horqueta contra él. Esta vez él no fue lo suficientemente rápido. Hizo contacto. Las puntas se hundieron profundamente en el hueso del muslo, el mango vibró por la fuerza. Sólo que él no estaba gritando ni cayendo de rodillas mientras la agonía lo abrumaba. Ella lo estaba. Los músculos de la pierna... fueron destrozados, sin duda.

Su risa rebotó en las paredes.

—¿De verdad crees que soy tan estúpido como para darte un arma con la que puedas hacerme daño?

—Sí —exclamó ella—. Realmente lo creo.

No lo tomó como un insulto.

—La belleza de la horqueta es que la persona que la maneja siente las heridas que provoca. Dime si esto duele —él quitó las puntas de su muslo.

Otro grito la dejó, una niebla negra empañándole la vista. No a causa del muslo, aunque sí, eso era más allá de lo horrible, sino a causa del pecho. Cada vez que recibía una herida en otro lugar, maquinas de afeitar parecían raspar la quemadura de ahí, como si Jasper le hubiese vertido hace muy poco su agua por la garganta.

—¿Y bien? —preguntó el demonio.

—He soportado... cosas peores.

—Si no tuviera prohibido probarte —cerró la distancia entre ellos y se agachó frente a ella, su vil olor le abrumaba los sentidos—. Mi maestro tiene a la otra mujer de Jasper, ¿sabías eso? —abrió la palma de la mano, dejando al descubierto un mechón rizado de pelo oscuro—. La ángel bonita.

—Tiene lo que queda de su cuerpo, quieres decir.

—No. Ella vive.

—Mientes.

—¿Lo hago? ¿Realmente puedes desestimar la posibilidad?

No, no podía. Era consciente que necesitaba mantener la urgencia fuera del tono, y mantenerse quieta.

—¿Y quién es tu maestro, eh, que puede hacer lo que incluso Jasper no puede, y traer a alguien de entre los muertos?

—No te lo diré. Voy a llevarte con él. Y si se lo pides amablemente, apuesto que liberará a la mujer. O no. Mayormente no. Pero eso no significa que no puedas intentarlo.

Su amo tenía que ser el Alto Señor que había apuñalado a sus padres, el demonio que la había marcado, manchado... arruinado. Cómo había soñado enfrentarlo.

Así que sí, se sintió tentada a ceder e ir. ¿Pero iba a permitir que esta criatura saliera de esta nube viva? No. Nunca. Podía no tener las dagas, y la horqueta podía ser inútil, pero tenía los puños y sabía cómo usarlos.

La rojiza mirada del demonio se centró en la mesita de noche.

—Nos llevaremos al hermano de Jasper con nosotros, por supuesto. — Aplaudió, feliz con la forma en que las cosas habían terminado—. No estoy seguro de qué le dolerá más. La muerte de su mujer o la pérdida de todo lo que queda de su querido hermano. —Se enderezó y alargó la mano hacia la urna—. Vamos a averiguarlo.

A pesar de que se sentía como si estuviera a punto de reventar, Isabella golpeó.