CAPÍTULO 24 CHOQUE DE TITANES

Eres Edward, ¿cierto? Esme me dijo que vendrías hoy...

Edward tuvo que mirar hacia abajo para encontrar a la dueña de la voz; se trataba de una chiquilla morena que llevaba una coleta tan alta y estirada que debía de resultarle hasta incómodo. La sudadera de Minnie Mouse le quedaba amplia pero graciosa. Quizás el conjunto era un poco infantil...Él sabía quién era y la edad que tenía ya que Carlisle, el salvador que lo había sacado de ese lugar horrible, se lo había explicado por el camino.

Se llamaba Alice, tenía doce años recién cumplidos y se iba a convertir en una especie de hermana adoptiva.

La chiquilla lo miraba con curiosidad, esperando su respuesta. Edward miró a ambos lados buscando una vía de escape, algo...lo que fuera. Lo que menos le apetecía en esos momentos era entablar una conversación con una niña desconocida y curiosa.

Eres muy mayor, ¿cuántos años tienes? –Edward suspiró.

Dieciseis.

Vaaaaya...eres casi un adulto –dijo con adoración –Ya puedes conducir.

Edward sólo quería desaparecer de allí; esta chica le estaba mirando con esos ojos azules enormes con un ligero toque de admiración. Él no era nadie, no era digno de admirar. Sólo era un chico del montón, nada del otro mundo...Sólo quería conocer su habitación e instalarse para acostumbrarse lo antes posible a este nuevo hogar. O al menos a intentarlo. Pero al parecer los Cullen tenían otrs asuntos más inmediatos que atender en la cocina.

De momento no tenía escapatoria.

¿Me esnseñarás a conducir? —Edward volvió a mirar hacia abajo –Ya no me queda tanto para poder hacerlo...sólo cuatro años...

No sé conducir –la chica hizo una especie de puchero.

¿De dónde vienes? ¿Por qué estás aquí? —Edward frunció el ceño.

¿Y tú? ¿De dónde sacas tantas preguntas? —Alice se tiró de la sudadera avergonzada —¿Por qué estás aquí? —Edward se arrepintió de hacer la pregunta en cuanto vio la cara de la chiquilla; su ánimo decayó como unos quince grados. Por primera vez en mucho tiempo se maldijo por abrir esa bocaza y vomitar su odio.

Estoy aquí porque me pegaban...

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—¿Edward?

Se había quedado mirando por la pequeña ventanilla redonda con la mrada perdida, sumido en sus pensamientos. Hacía más de dos horas que nos habíamos subido en el jet privado de Edward para volar hastta Seattle. Desde ayer, cuando Edward recibió la dura y cruel llamada de Alice apenas habíamos cruzado unas cuantas palabras.

— ¿Edward? —a la tercera llamada consegui que me hiciera caso –No deberías de haber dejado sola a tu hermana.

—Ya hemos pospuesto el viaje unas horas, Isabella…No quería retrasarlo más. Además, tú querías venir –asentí lentamente.

—No me hubiera importado viajar más tarde...

—Ella uqería estar sola, Isabella...Quiere enterrar a su madre sola. Y la entiendo.

—Pero su historia...—fruncí el ceño – Tiene que sentirse fatal...

—Se sentía fatal era cuando un hijo de puta consumado le pateaba la cabeza mientras su madre observaba en silencio la escena...Era en esos momentos cuando realmente se sentía fatal –dijo con dureza.

—No debió de ser una situación fácil...

—No, fue demasiado fácil para esa mujer que se hacía llamar madre...Lo dificil habría sido coger a su hija de nueve años y plantarle cara a ese cabrón. Eso hubiera sido lo realmente dificil, no limitarse a mirar mientras un jodido desgraciado maltrata a tu única hija –gruñó –No me apetece seguir hablando de este tema, Isabella. No me trae buenos recuerdos precisamente.

Decidí hacer caso a la parte racional de mi cabeza y no volver a abrir la boca para mencionar este tema.

Malos recuerdos...

Muchos malos recuerdos. Yo sabía lo que era perder a una madre. Era perder una parte fundamental de tí y de tu alma...vacío. Sóla, vacía. Perdida en el mundo...Así fue cómo me sentí cuando dije adiós a mi madre...pero al contrario que la de Alice, la mía había sido amorosa, cariñosa, paciente...Lo dio todo por mí, se enfrentó a mi padre por mí...Sí, lo mejor que podíamos hacer era dejar estos temas aparte...

Estaba segura de que esta tristeza súbita que me había envuelto por completo se evaporaría en cuant viera a Matt. No le había dicho nada sobre mi viaje y dudaba mucho que mi padre se molestara en hablar con él, así que mi llegada a casa iba a ser una total sorpresa para él. Sólo esperaba ver de nuevo su carita, abrazarlo...ver la ilusión en sus ojos...

—Oh, mierda –murmuré –No puedo creer que se me haya olvidado...- Edward levantó la mirada de sus eternos documentos.

—¿Te has dejado algo en el apartamento?

—En realidad no...Lo que se me ha olvidado es comprarle una cosa a Matt, aslgo que le prometí.

—No importa. En cuanto lleguemos podrás comprarle lo que quieras y listo.

El resto del camino lo hicimos en silencio. Me concentré en mirar a Edward mientras trabajaba. Sus dedos rápidos tecleando en el ordenador, sus ojos moviendose de un papel a otro, su ceño fruncido...Se metía tanto en sus asuntos que no era consciente de mi mirada fija sobre él...

Faltaba poco para llegar y no sabía si eso era bueno o malo.

Era absolutamente bueno porque iba a ver a Matt; iba a volver a oler su pelo, iba a sentir esa sueve piel, infantil e inocente...Quizás era el único rastro de inocencia que quedaba en mi vida...

Por otro lado volver a Seattle tenía su punto negativo. Iba a ver de nuevo a mi padre. Podría parecer cruel, pero no tenía para nada ganas de verlo. De hecho, no le había echado de menos ni un poquito. No había extrañado su voz, ni su presencia...Para nada.

¿Eso me convertía en una mala persona? Sinceramenye, me daba completamente igual. Había descubierto que estaba mucho mejor lejos de mi padre. Ni gritos, ni amenazas, ni órdenes...Bueno, órdenes sí. Poero las órdenes que me imponía Edward no me resultaban demasiado complejas de acatar.

Y evidentemente estaba nerviosa.

Mi padre y Edward no eran buena combinación. No eran el ideal para juntar en una cena de acción de gracias serena y pacífica, precisamente. Más bien eran una combinación explosiva, violenta e irritante. Incdendiaria. De ese temible encuentro podía pasar cualquier cosa...lo inimaginable.

Mis nervios aumentaron cuando Edward comenzó a recoger todos los documentos que tenía esparcidos por la mesa. Desde la ventanilla y en diminuto ya se podía distinguir el aeropuerto de Tacoma.

De vuelta a casa por un par de días.

Cuando el avión tocó tierra en la pista de aterrizaje, Sam, que por algún motivo en especial y desconocido para mí, vino a este viaje, fue por el coche acompañado de Seth. El coche era el mismo Audi azul oscuro y con cristales tintados de la otra vez. Cuando me quise dare cuenta estábamos rumbo hacia el centro de la ciudad.

Esperaba que Edward tuviera piedad de mi e hiciéramos al menos una pequeña parada en el hotel o donde quiera que nos fuéramos a alojar; conociendo a Edward no me extrañaría nada que tuviera una residencia aquí en Seattle.

Pero no.

Seth cogió la noventa y nueve hasta la calle ciento cincuenta y cuatro. Paró el gran Audi frente a las puertas del centro comercial Southcenter Boulevard.

—Vamos. Tienes que comprarle ese regalo a tu hermano.

Abrí los ojos un tanto sorprendida cuando ví que Edward abría la puerta y me acompañaba hacia la entrada.

—Me estás mirando un poco raro —murmuró.

—Es que no me imaginaba jamás verte paseando por un centro comercial —alzó una ceja.

—Soy un mortal más, Isabella. Ir al centro comercial es algo común que suelen hacer las personas. Que sepas que voy de compras…a veces. De todos modos es más fácil hacer una llamada y que me traigan lo que quiero donde quiero —negué con la cabeza.

—No puedes hacer eso con un regalo. Para mí un regalo no se mide por el dinero que ha costado que te lo traigan a casa….se mide por la dedicación que has puesto en elegir y escoger lo adecuado, Edward —suspiró.

—Quizás tengas razón.

Involuntariamente me acordé de la estatua que descansaba sobre el mueble de mi habitación. Esa vez Edward pagó una fortuna por sacar esa pieza de la colección de la galería antes de tiempo. Simplemente porque sabía que me había gustado, porque sabía que me iba a hacer ilusión…

Bella, deja esos pensamientos. Lo único que puedes hacer es empezar a babear sobre Edward…y eso estaría mal delante de tanta gente.

Me sentía un poco extraña por dos motivos. El primero, estar andando como si tal cosa por un centro comercial acompañada de Edward. Y dos, ser el centro de todas las puñeteras miradas. Eso era lo peor más que nada porque todas pertenecían a mujeres deseosas por Edward.

Ojos lascivos, ugh.

Caminamos con espectadores hasta la sección infantil y empecé a buscar el juguete de Matt.

—¿Qué es lo que le has prometido?

—Un Bob Esponja que canta y baila —la cara de Edward no pudo ser más cómica.

—¿Un Bob Esponja que canta y baila? –rodé los ojos.

—Sí, ya sabes…Ese muñeco amarillo y de ojos grandes que vive en una piña debajo del mar…ese que tiene un caracol por mascota y….

—Sé perfectamente quien es el jodido Bob Esponja —murmuró mientras yo repasaba las estanterías.

—Oh, ahí está.

Fui hasta donde estaba el muñeco y le apreté la mano. La canción de introducción de los dibujos empezó a sonar mientras el muñeco bailaba.

—¡Mira! ¡Es este! —dije emocionada. Por su parte, Edward seguía alucinando.

—Por el amor de Dios…no sé qué demonios pueden ver los niños a este muñeco…¡es horrible! —le miré de reojo mientras caminábamos hacia las cajas.

—No es feo, es tierno.

—No me jodas, Isabella…Es feo…Y mira —cogió la caja —¿Una esponja que lleva cinturón, corbata y calcetines de rayas? Eso por no hablar del bicho rosa que va con él…El creador de esto tenía que estar bajo el efecto de alguna sustancia psicotrópica de la hostia…—no pude evitar la sonrisa que me provocó su último comentario.

Lo que me faltaba por oir. Edward hablando sobre Bob Esponja y las alucinaciones de su señor creador.

Cuando al fin llegamos a las cajas, la cajera miró a Edward, luego a mi…luego volvió a mirar a Edward y ya no despegó los ojos de su cara ni de su cuerpo.

Descarada de mierda.

—¿Quieren que se lo envuelva para regalo? —dijo la morena sonriendo como una imbécil.

—Por favor —respondió Edward mientras sacaba una tarjeta de crédito negra para pagar el regalo.

Mantuve el ceño fruncido mientras la chica envolvía el regalo. Se tomó su tiempo, no escatimó en minutos…Lo bueno que iba a sacar de todo esto era que Bob Esponja iba a estar perfectamente envuelto en su caja. La tía se estaba esmerando de lo lindo.

—Aquí tienen su compra…Espero que vuelvan pronto —la chica le entregó la bolsa a Edward.

Eché mano de toda mi fuerza de voluntad para mantenerme como una señorita y no sacarle mi dedo medio a esa zorrona.

Aquí sólo hay una zorra para Edward y esa soy yo.

—Deja de fruncir el ceño, Isabella…conseguirás que te salgan arrugas antes de los treinta.

—¿Esto es siempre así?

—¿El qué?

—Las mujeres…¿Siempre te miran con cara de carnero a medio morir? —Edward sonrió de lado.

—Me faltarían dedos para contar las veces que tú me has mirado de esa forma —oh, perfecto.

Edward me abrió la puerta del coche. Una vez sentada me agarré a la bolsa como si fuera un puñetero salvavidas más que nada para mantener las manos ocupadas.

—Vamos…cambia esa cara, princesa.

Edward era cruel.

Sentí un extraño latigazo de placer en cierta parte recóndita de mi cuerpo cuando me llamó de esa manera. Sólo me llamaba princesa cuando estábamos en la cama. Bueno, y en la cocina, y en la bañera y en la ducha….Apreté ligeramente las piernas para aliviar un poco la ansiedad que sentía en mi intimidad. Automáticamente vinieron a mi mente las imágenes de lo que le había hecho a Edward en su despacho la tarde anterior. La manera en la que lo había disfrutado Edward…con mi boca y con mi lengua…

—No sé lo que estás pensando, pero me gusta mucho más tu cara así…

Miré a Edward e intenté cerrar la boca. ¿Así? ¿Así cómo? ¿Con cara de pervertida chupapollas?

Dejé a un lado el paquete para Matt mientras Seth al volante del audi se abría paso a través del tráfico.

—Tu cara ha vuelto a cambiar —murmuró Edward.

—Es que me siento un poco mal de que tu hayas pagado el regalo. Se supone que se lo tendría que haber comprado yo….

—¿Tienes dinero? —agaché la cabeza un poco avergonzada.

—Mi padre…él se encargaba de mi economía, si es que se le podía llamar así. No tengo dinero —Edward asintió mientras rebuscaba algo en su cartera.

—Toma —me tendió una de sus muchas tarjetas —Con esto puedes pagar donde quieras. Estás autorizada –negué con la cabeza sin llegar a coger la tarjeta.

—No, no quiero tu dinero. Además, no voy a ningún sitio sin ti —Edward no retiró la tarjeta de mis narices.

—Eres una mujer adulta, Isabella. Necesitas tener dinero…Además, me apuesto lo que quieras a que tu nueva mejor amiga Norah te va a arrastrar antes o después a alguna sesión de compras.

—Pero a mi no me gusta ir de compras y mucho menos gastarme un dinero que no es mío —Edward resopló.

—Coge la puta tarjeta de una vez, joder —espetó —Quiero dártelo y punto. Me quedo más tranquilo si llevas esto encima.

Cogí la tarjeta de entre sus dedos y me la guardé sin rechistar. No quería enfadarle por esta tontería. Además, no tenía pensado gastarme ni un mísero centavo de su dinero. No, gracias.

—¿Te fías de mí? ¿Cómo sabes que no me voy a gastar todo el dinero de esta cuenta? —Edward me miró de lado y suspiró.

—Por alguna extraña razón que no logro comprender empiezo a fiarme de ti. Sé que no vas a hacer nada indebido con ese dinero. A no ser de que quieras comprarte otro Bob Esponja para ti…eso sí sería algo indebido —le miré sorprendida.

—¿Estás bromeando?

—No. Si veo un bicho de esos en mi casa lo tiraré por la ventana sin ningún remordimiento…—sonreí —Y no te acostumbres a mis bromas…no se me da bien.

¿Quién era este Edward? Empezaba a fiarse de mi, bromeaba conmigo…Cada segundo que pasaba me sorprendía más…

Tras un breve y silencioso viaje el coche se paró en el hotel Four Seasons. Edward caminó a mi lado por el hall del hotel con su amno en mi espalda baja y me escoltó hasta los ascensores. Con toda la naturalidad del mundo sacó una tarjeta de seguridad y caminó hasta la puerta mil novecientos veinte. Pasó el trozo de plástico por la ranura y automáticamente la puerta se abrió.

La habitación parecía un pequeño apartamento; las paredes estaban decoradas con papel azul cielo. Los muebles del pequeño salón eran de madera oscura y las preciosas vistan daban al puerto de Seattle. La habitación principal era casi tan grande como el salón.

Y la cama de matrimonio parecía muy cómoda.

Los muebles también eran de madera incluida la cama y, a diferencia del salón, las paredes eran de un color amarillo claro….Todo era perfecto…y lo iba a compartir con Edward….

—¿Es de tu agrado? —me sobresalté cuando le oí a mis espaldas. Me giré para encararle.

—Es perfecto…muy acogedor….Pero sólo hay una cama —murmuré.

—Sí…—lo miré de forma significativa, esperando que me aclarara si dormiría o no conmigo.

—Quiero hablar con tu padre hoy mismo, Isabella…se está haciendo tarde. Deja tus cosas por aquí y vámonos de una santa vez…

Más bipolar que nunca, ¿verdad, Edward?

Volvimos al coche más rápido de lo que deseaba. De hecho, no quería para nada hacer este viaje. No me apetecía volver a pisar el territorio de mi padre. No. Prefería estar mil veces encerrada y enclaustrada en el territorio de la Bestia.

Mi mirada se perdió en el atardecer de Seattle a través de la ventanilla mientras bordeábamos las calles. El hotel estaba muy cerca de nuestro destino, así que no tardamos mucho en ver la imponente Washington Mutual Tower, el dominio de mi padre. Al menos de momento.

—¿Mi padre está preparado para tu visita? —le pregunté mientras me ayudaba a bajar del coche.

—Si no está preparado que se joda. Sabe perfectamente que iba a venir…Le dejé bien claro a Black mis intenciones —el vigilante de la puerta nos saludó con la cabeza al pasar.

—¿Jake ya está aquí? ¿Cuándo regresó?

—Regresó cuando noté que lo único que podía hacer era molestar —fruncí el ceño —no me hacía gracia tenerlo pululando por la empresa estando tú en el mismo piso.

Sam tosió ligeramente al escuchar las palabras de Edward. Gracias a los cielos en el ascensor sólo subimos nosotros tres.

Dieciseis.

Diecisiete.

Dieciocho.

El ascensor se paró en ese piso. Edward y yo salimos con Sam a nuestras espaldas. Según avanzábamos la gente que veíamos a nuestro paso tardaban segundo y medio en levantar las cabezas y mirarnos. Al nerviosismo que sentía le teníamos que añadir el sentirme observada como un animal enjaulado en un zoo. Edward me miró.

—¿Ocurre algo?

—No…aún no —murmuré.

—Verás a Matt lo antes posible, si eso es lo que te preocupa.

No, no me preocupaba eso. Confiaba plenamente en la palabra de Edward; podría ser cualquier cosa. Un malhablado, un gruñón, una jodida bestia…pero no era un mentiroso. Sabía que se iba a encargar de que yo estuviera con Matt de cualquier manera.

Cuando llegamos a la mesa de la señora Smith casi me dieron ganas de reir. La cara de la pobre mujer no podía ser de más sorpresa y no me extrañaba. Yo misma estaba en tensión ante el inminente encuentro.

—Bue..buenas tardes, señor Cullen —balbuceó la mujer —Señorita Swan, un gusto verla de nuevo.

—Venimos a ver al señor Swan —murmuró mirando a ambos lados del pasillo —¿Puede avisarle de que ya estamos aquí?

—Claro —la mujer cogió el teléfono y habló entre susurros. Apenas pude distinguir nada de la breve conversación —Está terminando unos documentos, me ha dicho que en cinco minutos puede pasar.

—Me parece perfecto, porque antes quiero ver al señor Black —la señora Smith puso cara de poker.

—¿Quiere ver a Jacob Black?

—Sí, necesito los últimos informes actualizados de la empresa —dijo con media sonrisa en los labios.

—Oh, está bien…—la señora Smith se levantó de su silla sin apartar la mirada de Edward. Otra mujer eclipsada por sus encantos, Dios —Acompáñeme por aquí, por favor.

Edward me lanzó una mirada significativa cuando di un paso adelante para acompañarle a ver a Jacob.

—Es mejor que te quedes, Isabella. Sam se quedará contigo.

Miré a Edward y a la señora Smith mientras se alejaban por el pasillo. No quería quedarme sola aquí. Sí, estaba acompañada del enorme Sam…pero no era lo mismo. Edward, a su manera, me ofrecía una protección que ningún armario de cuatro puertas hecho hombre me podría ofrecer.

Y menos cuando oí la puerta del despacho de mi padre.

—¿Isabella? ¿Dónde demonios está Edward?

Bonita forma de saludar a tu hija, papá. Miré a Sam.

—¿Quiere que vaya con usted? —negué lentamente.

Cuando entré en el despacho mi padre ya estaba sentado tras su escritorio. Ni un saludo cariñoso, ni una palabra de aliento, ni un "cómo estás, hija". Nada. Parecía mentira que llevara fuera de casa semanas y que me recibiera así. De todos modos, ¿qué podía esperar?

—¿Vienes sola? —mi ceño se frunció aún más. Al final Edward iba a tener razón con lo de las arrugas.

—Hola, papá —murmuré —¿Cómo estás?

—¿Cómo voy a estar? —gruñó —Estoy esperando al jodido Edward Cullen y no aparece. Quiero saber qué demonios quiere. Aún no ha venido y ya tengo ganas de que se largue de una puta vez.

Esto iba a ser mucho peor de lo que me esperaba. Mi padre tiró el archivador encima de la mesa haciendo que un sonido sordo y seco llenara el despacho. Me miró y se rascó la barbilla.

—Veo que no te va nada mal a su lado…¿Cómo es la vida al lado de Cullen? —alcé las cejas.

—No tan mala como me esperaba, sinceramente —asintió.

—Ya veo…¿no echas de menos a Matt? —mi corazón saltó nervioso.

—Claro que sí, por supuesto —dije rápidamente —Hablo casi todos los días con él….Pero quiero verlo. En cuanto salgamos de aquí ire a….—negó con la cabeza.

—Ah, ah, ah….Primero tenemos que hablar tu y yo. Serás buena y me responderás. Sólo entonces….quizás…sólo quizás puede que veas a Matt —apreté la mandíbula casi hasta el punto de hacerme daño.

—¿Qué quieres? —gruñí.

—Quiero que me cuentes qué planes tiene Edward —negué rápidamente.

—No sé a qué te refieres.

—Quiero que me digas qué demonios ha hablado con Jacob Black, quiero saber cómo realiza su trabajo, quiero saber qué está tramando. Quiero saber quién demonios lo protege y quien le informa. Quiero saber quienes son sus contactos. Quiero saber incluso cuantos jodidos cuadros tiene su casa —volví a negar.

—No sé nada de eso, papá. No sé con quien se relaciona…no sé nada de sus empresas —mentí.

—Vives con él…te acuestas con él —susurró —. Algo tienes que saber —la rabia se apoderaba de mí con cada palabra que salía de la boca de mi padre.

—No se nada.

Se levantó y caminó hasta mi lado.

No se había levantado para abrazarme, ni para saludarme, ni para darme un beso después de tantos días de ausencia. Mi padre me agarró de la muñeca con fuerza. Me estaba haciendo daño, mucho daño….Seguramente me dejaría marca.

—Te he preguntado algo y quiero que me respondas…Quiero que me cuentes qué demonios está tramando Edward —le miré a los ojos llenos de furia.

—Te he dicho que no sé nada…suéltame de una vez —apretó su agarre…—Suéltame —. susurré con rabia.

—Isabella ha dicho que la sueltes, Charlie —el gruñido de Edward que oí a mis espaldas era altamente peligroso.

Me giré hacia él aún con la mano de mi padre anclada con fuerza en mi muñeca. No me soltaba, al revés. No hacía más que apretar, apretar más fuerte…Edward avanzó hacia nosotros con una mueca rabiosa en la cara y con unos papeles entre las manos.

—Suéltala —repitió.

—Estoy en mi despacho con mi hija, Edward. Estamos hablando de asuntos personales así que no te metas —espetó mi padre.

—Isabella ahora es mía. Suéltala si no quieres que te arranque la puta mano, Charlie —susurró Edward mirando a los ojos de mi padre. Mi corazón no latía, mi corazón me golpeaba desde mi interior.

—¿Tuya? Claro que es tuya…tu nueva muñequita, ¿no? —dijo mientras me soltaba la mano.

—No vuelvas a hacer un comentario ofensivo sobre tu hija delante de mi, Charlie. Puedo llegar a ser muy peligroso si me lo propongo. Tú más que nadie sabes que la vida me ha hecho ser como soy…Ahora vamos a lo que nos interesa —mi padre me miró.

—Fuera de aquí —espetó.

—Ella no se va a ningún sitio —Edward me sacó la silla y con la cabeza me ordenó que me sentara. Disimuladamente me miré la mano; estaba roja.

—¿A qué jodida cosa has venido, Edward? —el mal humor de mi padre iba en aumento.

—He venido a que me expliques esto —Edward tiró encima del escritorio unos papeles —Estás haciendo movimientos más que sospechosos con el dinero de la empresa. Movimientos que yo debería de saber.

—Esas operaciones serán buenas para la compañía. Recuperaré poco a poco el dinero perdido —Edward negó.

—Estás incumpliendo el contrato que firmamos en este mismo despacho, Charlie. Eso me cabrea, me cabrea de veras…Una vez más me demuestras que juegas sucio —mi padre se apoyó en la mesa.

—No juego sucio, juego para buscar mi beneficio, Edward. Tengo muchas ganas de perderte de vista y recuperar lo que es mío —Edward se rió sin ganas.

—¿Eso incluye a tu hija? —miré de reojo a mi padre.

—Está muy bien contigo, ¿no? —¿por qué la conversación había derivado en mi?

—Te limitarás a hacer lo que dice en el contrato, Charlie —gracias a Dios Edward volvió a la conversación original —Si no lo haces te joderé vivo y me quedaré con todo lo que tienes. Nada de movimientos sin mi permiso, Charlie. Y como despidas a alguno de tus trabajadores te verás la cara conmigo.

Edward se levantó de su asiento y me obligó a mí a hacer lo mismo. Me cogió de la cintura para marcharnos del despacho y dar así por terminada esta reunión, pero me aparté de él y miré a mi padre.

—Quiero ver a Matt.

—No —apreté los puños.

—Quiero….quiero ver a Matt —repetí.

—Ahora no —gruñó.

—Isabella verá a Matt, Charlie —murmuró Edward —Sí o sí. No nos iremos de Seattle sin ver al niño.

—Veo que mi hija te ha comido otra cosa a parte del cerebro.

Después de la explosiva frase de mi padre pasaron muchas cosas a la vez; Edward me apartó de su lado para agarrar a mi padre por la solapa de la chaqueta. Ambos retándose, ambos a punto de explotar…Edward pegó su frente a la de mi padre…Dios, por favor…no….

—Edward…no.

—Vuelve a decir una grosería sobre tu hija y te parto la boca —me pasé las manos por la cara nerviosa —Vuelve a hacerlo y me darás otro motivo para aplastar tu jodida cabeza, Charlie.

—Edward, por favor —le cogí de la cintura e intenté apartarle. Apenas lo conseguí —Por favor…por favor…

—¿Me estás amenazando? —Edward sonrió fríamente.

—Sí, por supuesto que sí.

Edward soltó la ropa de mi padre haciendo que este volviera a respirar. Estaba atónita y asustada. Me esperaba cualquier cosa menos lo que acababa de pasar en este despacho. Mi padre se acomodó la chaqueta y la camisa mientras Edward volvía a mi lado. Me volvió a sorprender agarrándome de la mano, gesto que no pasó desapercibido para mi padre.

—Hoy no. Mañana podrás ver a Matt —espetó —Es tarde, ya estará acostado. No querrás alterar sus dulces sueños, ¿cierto? —preguntó con sorna.

—Mañana —repitió Edward —Y recuerda mis palabras, Charlie.

Edward no dio ninguna opción a réplica; salió de ese despacho con rabia, tirando de mi mano. Sam nos acompañó en silencio en el ascensor observando las manos que nos unían.

Ese simple gesto me había dado fuerzas para no desvanecer.

Sentí un gran vacío y frío cuando Edward me soltó la mano en el coche. ¿Qué demonios había pasado ahí arriba? Me tapé la boca con la mano. Respira, respira….

—¿Estás bien? —miré a Edward.

—Por…por un momento he pensado que le pegarías…He tenido miedo.

—¿Has pasado miedo por tu padre? —negué.

—No, he tenido miedo por ti...habría sido un error terrible pegar a Charlie Swan en su propio despacho…

—Lo hubiera hecho —reconoció —No debería de hablarte así. Eres su hija —agaché la mirada. Mi mano seguía marcada —¿Te duele?

—Un poco —Edward chasqueó la lengua.

—Dime que esto lo ha hecho otras veces. Dímelo e iré de nuevo a su oficina a romperle la cara —susurró.

Recordé el bofetón que me dio mi padre en el despacho de mi casa precisamente la noche que conocí a Edward. Me hizo sangre, me golpeó…Miré los ojos verdes de Edward; estaban peligrosos y alerta. Como un cazador esperando por su presa.

—No…es la primera vez que pasa —Edward examinó mi cara. Y por su gesto estaba claro que no se lo había tragado —Edward, por favor…—susurré.

—Está bien, tranquila…Sabía que tu padre era un hijo de puta pero no sabía hasta dónde podía llegar contigo —espetó —Y te aseguro por lo más sagrado que mañana verás a Matt. Eso tenlo por seguro.

Yo sí sabía hasta dónde podía llegar mi padre. Y era terrible. Sabía perfectamente que mi padre no era una buena persona. Estaba segura que la historia que Edward guardaba en común con mi madre también era horrible. Todo lo que rodeaba a mi padre era terrible. A veces me preguntaba qué demonios hizo mi madre a su lado…

Cuando llegamos al hotel ya era de noche.

—¿Tienes hambre? —me preguntó Edward cuando llegamos a los ascensores —Puedo pedir algo al servicio de habitaciones.

—No mucha.

—Yo sí —me apartó el pelo de la cara —Tengo hambre de ti, Isabella. Quiero comerte.

No sabía qué tenían las palabras de Edward, pero hacían que todos mis males se disolvieran poco a poco. Quería comerme. Quería comerme porque tenía hambre de mí.

El viaje hasta el piso diecinueve se hizo más que largo y tenso. Todos los músculos de mi intimidad estaban tensos, preparados. Mis nervios, mis miedos, mi acongoja se habían evaporado cuando Edward había dicho las palabras mágicas.

Abrió la puerta y me dejó pasar a mi primero. Oí como la puerta se cerraba y sentí como sus manos me agarraban de la cintura por detrás.

—No me ha gustado nada verte así, Isabella. Quiero borrar esa cara de sufrimiento que he visto en ese despacho —me susurró en el oído.

—A mi tampoco me ha gustado verte así, Edward —murmuré. Sus manos subieron a mis pechos y los tocó por encima de la tela.

—Tu y yo tenemos que habñar sobre lo que te ha dicho, pero hoy no. Olvidemos a tu padre de una puta vez, princesa. Ayer te dije que de hoy no pasaba. Te prometí que te follaría con ganas y eso es lo que voy hacer. ¿Sigues con la regla?

—No —susurré.

—Me hubiera dado lo mismo, ¿sabes? —se quitó la chaqueta y la tiró sobre el sofá del salón de la suite.

Me giró y me agarró del cuello. Sabía que me iba a besar de esa manera desgarradora que hacía que mis btragas se mojaran de manera orremediable.

—Voy a hacer que olvides todo lo que has visto y oído…Todo.

Su lengua lasciva se encontró con la mía. Estaba segura de que él estaba sintiendo el pulso acelerado en mi cuello bajo sus dedos. Vamos, Edward…hazme olvidar. Hazme sentir.

Hazme el amor.

Fóllame.

Deslicé la corbata gris que llevaba lentamente para después tirarla al suelo sin ningún tipo de miramiento. Obligué a mis temblorosos dedos a desabrochar con rapidez la camisa blanca que llevaba; estaba ansiosa por acariciar de nuevo la piel de su pecho. Ansiosa y deseosa como una posesa.

Cuando lancé su camisa al suelo Edward me cogió por las caderas y, sin separar nuestras lenguas, me empotró contra la pared dejándome sentir la dureza de todo su cuerpo.

—Tu también estás ansiosa por esto —susurró contra mi cuello mientras me quitaba la blusa que llevaba.

No le contesté porque era una obviedad.

Me limité a volver a besar a este nuevo Edward. Este Edward que me defendía, que se preocupaba por mí…a este nuevo Edward que incluso me acompañaba a la sección infantil de unos grandes almacenes a comprar un regalo para Matt.

Este nuevo Edward me había tocado la fibra sensible. Hoy, esta tarde….algo había cambiado. En ese momento no me iba a parar a divagar sobre ello, pero era cierto. Lo sentía….

Edward me hizo enrollar las piernas en sus caderas y caminó conmigo hasta la habitación principal de la suite. Nuestros torsos desnudos se rozaban, se acariciaban a cada paso que dábamos. Allí la enorme y solitaria cama de matrimonio nos estaba esperando. Y fue allí donde me tiró como un hombre de cromagnon en celo. Me apoyé sobre los codos y le miré mientras se quitaba los zapatos y los calcetines. Se acercó de manera peligrosa hasta el borde de la cama y me agarró de las piernas para atraerme más hacia él.

—¿Sabes lo que quiero? —me mordí el labio —Quiero que grites. Quiero que seas ruda, que me arañes. Quiero verte violenta de placer, princesa.

—Dios —gemí.

Me bajó la cremallera de la falda ante mi atenta mirada para después hacerla desaparecer. Las medias siguieron el mismo camino. El ligero roce de la seda al desprenderse de mi piel estaba haciendo que la poca cordura que me quedara se escondiera como una perra.

Edward se relamió los labios cuando enganchó sus dedos en mis braguitas.

—Ya te has cansado de romper las costuras de mi ropa interior, ¿no? —sonrió de lado.

—¿Prefieres que te rompa las bragas?

—Quitamelas, como quieras…pero quítamelas ya.

—Esa es mi zorra —dijo con una sonrisa tremendamente sexual en los labios.

Deslizó mis bragas tan lentamente como lo hizo con las medias. Me abrió las piernas hasta el límite de mi flexibilidad…y ya. No hizo nada más. Me observó con detenimiento mientras se bajaba los pantalones junto con su ropa interior. Cerré ligeramente las piernas.

—No, no, no…Las piernas abiertas. No las vas a cerrar en toda la jodida noche.

Fui a contestarle con una de mis frases, pero la visión de su miembro libre de tela e hinchado hasta lo imposible me desconcentró.

Mío. Mío.

Se acercó con ese imponente trozo de carne hacia mi y se metió entre mis piernas.

—Tenía ganas de verte así —se cogió el pene con la mano y lo acercó a mi intimidad, pero no me penetró. Me torturó restregándose contra mí, su punta roja contra mi clítoris de arriba abajo.

—Edward —jadeé.

—Quería verte así…Húmeda, jadeante…Esta noche vas a cabalgar, princesa.

Se abalanzó sobre mí y me volvió a besar mientras movía sus caderas contra las mías aún sin profundizar sus embestidas. Vamos, Edward…metete ya…

—Por favor —murmuré contra sus labios —Edward, por favor….

—¿Me estás rogando? —jadeó.

—Sí, ¡sí!

Nos giró con un rápido movimiento dejándome encima de él. Sus manos rápidas se pasearon por toda mi piel hasta llegar a la espalda. Desabrochó el cierre de mi sujetador y pellizcó mis pezones erectos. Mi cuerpo se arqueó por su toque ofreciéndome más a él, moviéndome en círculos sobre él para obtener ese pedacito de placer que buscaba.

—¿Quieres que lo haga ya? —susurró mientras su dedo índice se aseaba por mi torso —¿Quieres ya mi polla, princesa?

—Sí —su dedo llegó gasta mi ombligo —La quiero ya.

Con sus manos alzó mis caderas y posicionó su miembro contra mi para después empujar hacia abajo. Centímetro a centímetro. Poco a poco. Sí, ese roce, esa fricción. Esa unión. Si, sí…eso es.

—Vamos, muévete pequeña. Muevete…

Miré hacia el lugar por donde estábamos unidos. Parecía casi imposible que pudiera estar dentro de mí, pero lo estaba. Apoyé mis manos en ese pecho duro como el mármol y alcé las caderas. De arriba abajo. Edward cerró los ojos de placer y emitió un gemido bajo, oscuro, sensual.

—Más rápido, princesa…más…

El sudor no tardó en cubrir nuestra piel. Mi cuerpo se deslizaba por el suyo con una facilidad increíble debido a la excitación., debido a esa danza deliciosa. Un compás casi perfecto entre él y yo. Sí, perfecto.

—Edward…Dios…

—Eso es, Isabella…fóllame….fóllame duro…

Me apoyé en el colchón con las manos cuando mis fuerzas empezaban a flaquear. Lo estaba sintiendo. Estaba llegando y era inminente. Edward aprovechó la nueva posición de mi cuerpo para morder y chupar mis pezones.

Gritos y jadeos.

Líquido entre mis piernas.

Edward se agarró a mis caderas y, sin aflojar su mordisco de mi pezón, empezó a embestirme con fuerza. Rudo y violento. Sus caderas se chocaban contra las mías con furia y con ansiedad. Su hueso pélvico rozando la parte de mi cuerpo que más atención reclamaba.

Edward me besó justo en el momento en que mis paredes vaginales lo apretaron con fuerza. El orgasmo arrasó con mi cuerpo mientras Edward se movía buscando el suyo.

Después calma.

Calma. Cuando nuestras bocas se separaron dejé que mi cara descansara en su pecho sudoroso. Me relajé escuchando el sonido de su corazón. Mío.

Edward se separó de mí. Rodé por la cama hasta quedar tumbada de lado. Estaba exhausta. El sexo con Edward era así de devastador, acababa conmigo. Pero a la vez me daba la vida.

—No he acabado contigo —gruñó a mis espaldas —No te relajes.

Se pegó a mi espalda. Mi piel aún estaba demasiado sensible…por el amor de Dios, aún me temblaban las piernas.

—Dame una tregua, Edward —susurré —Sólo una tregua….

—No, nada de treguas. Llevo días deseando estar entre tus piernas. Eres mía y si quiero follarte hasta dejarte inconsciente lo haré. Eso no ha hecho más que empezar.

Me mordió la nuca mientras su mano volvía a la unión de mis piernas. Era casi doloroso. Edward me había dejado tan sensible que el ligero roce de sus dedos me provocaba escalofríos a lo largo de mi espalda. Poco a poco sentí cómo su pene volvía a despertar. Listo de nuevo.

—No puedo…

—Si puedes….

Colocó mi cuerpo a su antojo y se introdujo en mi desde atrás con una facilidad pasmosa. Esto no iba a durar mucho y menos con el poco margen que me daba Edward. Clavó los dedos en mi piel y comenzó su violenta tortura.

—¿Te gusta así, princesa? —me agarró del cuello y me obligó a mirarle mientras me arremetía con violencia —¿Te gusta?

—¡Sí! Oh, si…

—Te va a gustar más.

Cogió mi pierna derecha y la pasó por su cadera dejándome totalmente abierta y expuesta a él. Me cogió la mano y la llevó al punto de nuestra unión.

—Siéntelo, Isabella…siéntelo…

Dejé mi mano donde Edward la había colocado sintiendo como su cuerpo arremetía contra mí una y otra vez. Su pene se deslizaba con suavidad letal contra mí. Su mano en mi cuello, mis ojos en los suyos, mi cadera inmovilizada por él.

Pero necesitaba un poco más y Edward lo sabía.

Liberó mi cadera para tocar mi clítoris con rapidez. Era apenas un ligero roce, pero eso multiplicaba mi placer hasta el infinito.

—Me estás matando, Edward —jadeé.

—Tú —gimió—Tú sí que vas a acabar conmigo…Tú si que me matas. Poco a poco —incrementó el movimiento de sus dedos —Lentamente….Suavemente….

—Besame, por favor….

Debate de sentimientos.

Su lengua en mi boca. Sus dedos en mi clítoris. Su miembro anclado en mi interior. Toda suya. Todo mío. Clavé mis dedos en su brazo y, por segunda vez en esta noche, sus besos taparon los gritos de mi segundo orgasmo.

Mío.

Mío.

Edward no dejó de besarme ni de tocarme hasta que mi cuerpo no se relajó del todo. Deshecha, desmadejada y completamente saciada. Así me había dejado Edward. Cuando separó nuestros cuerpos quedé tendida como un maldito títere en esa enorme cama. Las manos de Edward me acariciaron la espalda deslizándose con el sudor de mi cuerpo. No podía mantener mis ojos abiertos.

—Acabas conmigo, Edward —murmuré mientras seguía acariciándome.

—Me gusta verte así de satisfecha.

—Cansada…—murmuré —Muy cansada…

Quise protestar cuando sus manos se alejaron de mi cuerpo , pero no me quedaban fuerzas para eso. Apoyé mi cabeza en la mullida almohada y suspiré. La cama se movió indicándome que Edward me había dejado sóla, pero no. A los pocos segundos la cama se volvió a hundir. Y mis piernas se volvieron a abrir.

—No, no, no…Edward, no puedo más —gemí cuando sentí algo frío entre mis piernas —¿Qué haces? —cuando miré hacia abajo ví que Edward me estaba limpiando con una toallita de mano. De veras agradecía el frescor.

—Te estoy aliviando, pequeña…He sido un poco rudo, ¿no? —me mordí el labio.

—Me estoy acostumbrando —mis ojos empezaban a cerrarse de nuevo.

—Haces bien —murmuró —Aunque apuesto que mañana se te hará incómodo andar…

—Por tu culpa — susurré medio dormida. Aún así pude oir su risa.

—Por mi culpa….

Se bajó de la cama y me tapó con las finas sábanas. No podría mantener los ojos abiertos durante mucho tiempo…

—Edward…duerme aquí. Duerme conmigo…—negó despacio.

—No, princesa…Yo no duermo. Yo me peleo con mis propios demonios….

Cuando Edward quiso abandonar la habitación mis ojos ya estaban cerrados…

·

·

·

¿Dormir con alguien?

No. Eso era impensable para Edward.

Esos compañeros indeseables, esos demonios personales que lo acompañaban desde que era un niño no le dejaban dormir bien. Se había acostumbrado a eso. Para él era normal.

Pero no quería asustar a Isabella.

A veces simplemente se despertaba sobresaltado por los sueños. Otras veces incluso gritaba. No, no podría lidiar con aquello. Estas cuarenta y ocho horas habían sido muy duras para él. La muerte de la madre de Alice le había hecho recordar momentos de su vida. Momentos no tan lejanos. Y el regreso a Seattle, ver de nuevo a ese cabrón de Charlie, al epicentro de todos sus jodidos males…Eso le afectaba más de lo que jamás admitiría. Cada vez que veía su maldita cara afloraba en él un sentimiento violento y agresivo.

Quería destrozarlo de todas las manera posibles.

Hoy casi lo había hecho. Sus demonios se habían apoderado de él al ver a Isabella sometida por su padre. Le había tocado el alma, esa alma dura y férrea. No podía ni quería sentirse tan vulnerable y menos delante de ella.

La princesa.

Hoy había arrasado con sus barreras. No sabía lo que había pasado…pero así había sido. Eso no estaba bien. Él siempre estaba amurallado, su corazón estaba chapado de acero. Hermético. Guardado. Encadenado.

Y ahora estaba liberado.

¿Qué demonios se supone que tenía que hacer ahora?


¿Qué os ha parecido el encuentro entre Edward y Charlie? ¿Qué os parecen los sentimientos que asoman en la Bestia?

Muchisimas gracias a Coudy Miracley por betear y mejorar este capítulo ;)

Muchisimas gracias por todos vuestros comentarios, de verdad

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Como dije en el anterior capítulo, se avecinan curvas...Sólo puedo decir eso, jeje! Muchas gracias por seguir leyendo y por todos esos favoritos y alertas. Nos leemos la semana que viene, un besote a todos!


EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO

- Te noto extraño, Edward - murmuré - Estás...diferente. Anoche estabas bien...

- Anoche estaba bien porque follé contigo - espetó de mala manera. Negué lentamente.

- No...ayer estabas...escantador. A tu manera, pero encantador - agaché la mirada - Hoy estás de mal humor y no sé si es por algo que he hecho o he dicho...

- Todo lo que me pasa tiene que ver contigo, Isabella...