Comenzaba a despuntar la mañana cuando Adrien colocó a Marinette en la cama. Seguía inconsciente, a pesar de haber sobrevolado París en brazos de Adrien. La depositó con suavidad y la tapó con las sábanas. Respiraba con normalidad, aunque a Adrien le preocupaba que llevase tanto tiempo dormida. Fuera como fuese, se liberó del poder de Ladybug y dejó que Plagg se encargara de cuidar a Tikki. En cierto modo, Adrien no lograba comprender por qué a la kwami de la creación no le había afectado tanto la akumatización como a Marinette; anotó mentalmente la pregunta para hacérsela al maestro Fu cuando le entregara los prodigios perdidos de la Mariposa y el Pavo Real.
Adrien se acomodó sobre el colchón junto a Marinette. Su cuerpo le pedía a gritos que se tumbara y descansara junto a ella, pero su mente bullía de actividad. Sus amigos se habían ocupado de su padre, tal vez encerrándole en su habitación. Era consciente de que no podía pedirles que estuvieran con él un par de días hasta que Marinette se recuperara, de modo que sentía aún más la presión por atar todos los cabos sueltos que había tras la lucha contra su propio padre y Nathalie.
Nathalie… Adrien jamás habría imaginado que ella pudiera ser Mayura, aunque en cierto modo no le sorprendía. Nathalie siempre había estado cuidando de su padre y de él, no había un solo día que no la hubiera visto en la mansión, como si esa mujer nunca enfermara o se ausentara por motivos personales. Parecía que su única vida era la que había entre las paredes de la mansión Agreste. Adrien pensó que aquello era tremendamente triste, porque así había sido su propia existencia antes de tener amigos. Y, sin embargo, nunca había oído a Nathalie quejarse de su trabajo. ¿Acaso llevaba ya tiempo conspirando con su padre para atacar París? ¿Qué sabía ella del Prodigio del Pavo Real? ¿Por qué su padre la había aceptado a su lado? ¿Tenía algún tipo de relación con su madre antes de que ella falleciera?
Miles de preguntas sin respuesta, esa era la constante de la vida de Adrien.
Mientras que una parte de su cerebro trataba de encontrarle soluciones a los problemas, la otra mitad trataba con todas sus fuerzas de ordenar los acontecimientos de los últimos días: reencuentro intenso con Marinette, los días en la playa, su primer beso, su primera vez, escuchar un "te quiero" procedente de su boca, su revelación como Ladybug, su enfado con ella, la aceptación irremediable de su otra mitad, la reconciliación, la lucha, Hawk Moth… Eran demasiadas cosas para asimilar en tan poco tiempo. A ello se le sumaba la preocupación por Marinette, ajena a los dolores de cabeza de Adrien.
Él alzó una mano y le acarició la frente a Marinette, quitándole el flequillo del rostro para poder verla bien. No entendía cómo no la había reconocido antes, nadie tenía esa capacidad de sacarle de sus casillas como ella. Ninguna otra persona era tan sincera con él como ella, nadie más había estado a su lado en los momentos más importantes de su vida. Marinette había sido su compañera desde el principio y él no quiso o no fue capaz de verlo. Le había prometido a Marinette que cerraría de una vez la espiral de disculpas, pero en el fondo sabía que le debía una más. Aunque, si se paraba a pensarlo, era gracioso: habían estado enamorados el uno del otro desde el primer día sin saberlo.
Sin poder evitarlo, Adrien sonrió y sacudió la cabeza antes de inclinarse sobre Marinette para darle un beso en la frente. Ya fuera por el cambio de presión o por el calor que él emanaba, Marinette se removió levemente bajo su boca. Adrien se separó de inmediato y la observó, expectante, hasta que los párpados de Marinette aletearon y abrió los ojos.
―¿A… Adrien? ―trató de decir, aunque su voz se entrecortó al final del nombre.
Escuchar hablar de nuevo a Marinette, oír que le llamaba otra vez, fue suficiente para que todas las emociones contenidas se desbordasen a través de sus ojos. Marinette aún no estaba del todo despierta, pero Adrien no aguantó más y se echó a llorar sobre ella. Marinette, confusa, levantó un brazo con esfuerzo y lo dejó caer sobre su espalda. Lentamente, le acarició la nuca y enredó los dedos en su pelo con suavidad.
―Estoy bien―le aseguró, sonriendo, al tiempo que los recuerdos la invadían y reconocía su habitación―. Estamos bien, tranquilo…
Adrien apenas la escuchaba. Se limitó a estrecharla entre sus brazos y esconder el rostro en su pecho mientras se desahogaba. Su padre, su madre, ella… Demasiadas cosas juntas para procesar.
―Creí…―balbuceó a duras penas en medio de los constantes sollozos― Creí que te perdía… Pensé que…
―Sh, tranquilo.
Adrien se atrevió a mirarla directamente, con los ojos verdes inundados en lágrimas.
―Si te hubiera pasado algo más, te juro que me…―Marinette le puso un dedo en la boca para acallarle.
―Tú me salvaste, ¿verdad? Cuando… Cuando dejé de pensar y de sentir… Tú me trajiste de vuelta, ¿no?
Adrien asintió, tragando saliva con esfuerzo. Marinette amplió la sonrisa y le acarició el rostro con la punta de los dedos, secándole las lágrimas con ternura.
―Gracias, gatito.
Adrien agachó la cabeza, intentando recomponerse y recuperar un ritmo de respiración normal. Marinette le dejó tranquilizarse y aprovechó esos segundos en silencio para tratar de recordar lo que había sucedido.
―¿Cuánto tiempo llevo dormida? ―preguntó tras un rato sin decir nada, cuando Adrien ya se hubo tranquilizado lo suficiente.
―No lo sé exactamente, tal vez unas tres horas.
―¿Tres horas? ―Marinette abrió los ojos por completo― Vaya…
―Utilicé tu traje para acabar con la pelea―admitió Adrien, con la cabeza sobre el pecho de Marinette, escuchando el latir constante del corazón mientras ella le peinaba el pelo, distraída―. Aunque no utilicé el Lucky Charm. Debería haber previsto que la pasarela entera se vendría abajo…
―¿Hay alguien herido?
―De los nuestros, no. Mi padre está bien, pero Nathalie…
―¿Nathalie? ―Marinette frunció el ceño― ¿Ella estaba allí?
―Era Mayura―reconoció Adrien con un gruñido―. ¿Qué se le pasaría por la cabeza para…?
―Eso es lo de menos ahora, Adrien. ¿Qué pasó con ella?
Adrien suspiró y se arrebujó en el regazo de Marinette.
―Cayó al jardín junto con la pasarela. No… No la salvé. No pensé en hacerlo, simplemente... Me ocupé de mi padre y de los demás; deben de haber llevado a los akumatizados a sus casas.
Marinette asintió levemente.
―Tal vez deberías ir a ver a tu padre y a buscar a Nathalie. Quizás solo está herida…
Adrien levantó la cabeza de su mullida almohada particular y le lanzó una mirada anonadada a Marinette.
―¿Quieres que rescate a la persona que casi te destroza delante de mis narices?
―No solo fue ella―le recordó Marinette, ignorando el tono inquisitorial de Adrien―, tu padre también tuvo algo que ver. Y él ha hecho mucho más daño que Nathalie. ¿A qué viene ese rencor repentino?
Adrien desvió la mirada. No estaba seguro de saber la respuesta a esa pregunta, pero Marinette no iba a dejarlo estar.
―¿No será que te molesta que haya cogido el prodigio de tu madre para la violencia?
La pregunta de Marinette dio en el blanco de la diana. Adrien supo que aquello era lo que más le molestaba de Nathalie. Aún no tenía pruebas de que el Prodigio del Pavo Real le perteneciera a su madre, pero eso no importaba; lo que importaba era que se había apropiado de algo que no le pertenecía y había dañado a las personas con él. No sabía lo que había hecho su madre y, sin embargo, algo le decía que Émilie Agreste jamás habría utilizado el poder del prodigio para vengarse.
―Adrien―Marinette le llamó al ver que se había quedado mudo y tiró con suavidad hacia arriba de su rostro para que la mirase de nuevo a los ojos―, esto no te hará ningún bien. Debes enfrentarte a tu padre sin poderes de por medio, que sea él quien te explique por qué se convirtió en Hawk Moth.
―¿Tú le perdonarías? ―inquirió Adrien, con el corazón latiéndole a toda velocidad.
Marinette suspiró.
―No―confesó―, pero intentaría entenderle. Por mucho que digas que le odias o que odias la manera en que te ha tratado, él sigue siendo tu padre y tú sigues queriéndole. Creo que merece tener la oportunidad de explicarse y, luego, debes ser tú el que decida si esconder su secreto o entregarle a la justicia.
Adrien no dijo nada. Sabía que Marinette llevaba razón, pero una parte de él se negaba a darle una nueva oportunidad a su padre de hacerle daño.
―Mi padre puede esperar―dijo Adrien, volviendo a tumbarse sobre Marinette―. No voy a dejarte sola.
―Estaré bien, Adrien―sonrió Marinette, consciente de que Adrien solo buscaba tiempo para aclararse las ideas―. Puedo pedirle a Alya que venga y esté conmigo mientras tú te encargas de todo.
Adrien alzó una ceja y la miró a través del flequillo y las pestañas.
―¿Estás intentando echarme?
Marinette soltó una débil carcajada.
―No seas tonto. Solo quiero… facilitarte las cosas, si se puede llamar así.
Adrien suspiró y tomó las manos de Marinette para llevarse sus nudillos a los labios.
―Yo solo quiero estar contigo―murmuró, como si eso solucionara todos los problemas―. ¿Qué más da que tarde un día o dos?
Marinette acarició con los dedos el labio inferior de Adrien. Lo tomó por la barbilla e hizo un esfuerzo para inclinarse hacia él y besarle con suavidad.
―Necesito que tengas la mente despejada, Adrien―susurró contra su boca―. Quiero que estés bien y eso solo lo conseguirás zanjando de una vez este asunto.
»Ve a tu casa, habla con el equipo y que te entreguen los dos prodigios perdidos. Habla con tu padre, trata de recuperar a Nathalie… Para cuando acabes, yo estaré repuesta y podré ir contigo a casa del Maestro Fu para devolver las dos joyas y contarle lo sucedido―Marinette quiso añadir que también tendrían que hablar sobre si seguir siendo Ladybug y Chat Noir, ahora que no había nadie contra quien luchar, pero prefirió guardarse ese pensamiento para no inquietar aún más a Adrien.
Adrien exhaló largamente, dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre Marinette y la cama. Sabía que se estaba comportando como un cobarde y un niño pequeño; debía actuar como un adulto de una vez. Marinette le necesitaba, contaba con él para ir cerrando capítulos de sus vidas, no podía fallarle de nuevo.
Finalmente, tras varios minutos en silencio, Adrien contó mentalmente hasta diez y se enderezó junto a Marinette, que le miró con los ojos azules teñidos de orgullo. Ese brillo, esa vitalidad fue lo que le dio a Adrien la fuerza necesaria para bajar las escaleras e ir a buscar a Plagg. Tras una breve charla, Tikki se quedó en la cama junto a Marinette y esta llamó a Alya al móvil. Sin embargo, su mejor amiga no respondió.
―¿Y si pruebas a localizarla a través de la vara, Adrien? ―propuso Marinette mientras acariciaba la cabecita de Plagg y este ronroneaba― Tal vez siga con el traje de Rena Rouge puesto.
Adrien asintió y sacó a Plagg de su nido de cariñitos para meterle en el anillo y vestirse con el traje de cuero negro. Marinette no pudo evitar sonreír al verle así. Él estaba agotado, pero nunca le había parecido más increíble que en esos momentos.
Chat sacó la vara de su espalda y escogió la opción del zorro para localizar a Rena. Apenas necesitó unos segundos antes de que la voz de Alya le dejara sordo.
―¿¡DÓNDE OS HABÉIS METIDO!? ―gritaba, fuera de sí― Llevo un buen rato intentando contactar con alguno de vosotros.
―Lo siento, Rena―consiguió decir Adrien, volviendo a acercarse la vara al oído―. Voy hacia la mansión Ag… mi casa. Dadme cinco minutos.
―Te doy uno y medio, niño rico―replicó Rena, colgándole antes de que Chat pudiera responder.
Marinette le dirigió una mirada de disculpa.
―Siento que tengas que aguantar eso…
―Pienso enviarla aquí para que te comas tú el marrón―sonrió Chat, muy a su pesar.
―Estoy convaleciente. ¿No podrías…?
―Ni de broma―replicó Chat antes de que Marinette acabara la frase―. Alya es tu mejor amiga. Yo voy a tener que aguantar a Nino y a Chloé.
―¿Y qué me dices de Luka? ―señaló Marinette― Es amigo de los dos.
Chat rodó los ojos.
―No creo que él nos haga comprar pastillas para los dolores de cabeza―Marinette rio por lo bajo, pero paró en cuanto notó los dedos de Adrien acariciándole el rostro y su aliento muy cerca de su boca―. Volveré en cuanto acabe. No tardaré, te lo prometo.
Marinette ladeó la cabeza y tiró del cascabel para acercarle a ella.
―Te esperaré.
Chat hizo una mueca.
―Será la última vez que lo hagas, princesa.
Marinette sabía bien por qué le decía aquello, no hacía falta que contestara.
Chat besó por última vez a Marinette antes de abrir la trampilla que daba a la terraza y salir por ella de un salto. Unos segundos después, Marinette escuchó cómo Chat saltaba desde su balcón al tejado contiguo.
… … … …
Rena Rouge, Carapace, Chloé, Viperon y Gabriel Agreste se encontraban en el comedor de la mansión. Gabriel miraba a la nada, como si no fuera consciente del grupo de héroes que le vigilaba mientras charlaba en voz baja. Chat llegó a su casa cuando hacía apenas cinco minutos que Viperion había rescatado a Nathalie de las ruinas de la pasarela y la había llevado a una de las habitaciones libres de la mansión. En cuanto Chat hizo acto de presencia en el salón, el murmullo constante que acompañaba a Gabriel desde el amanecer se calló.
―El hijo pródigo ha vuelto―exclamó Rena, separándose de Carapace y caminando hacia Chat con las manos en la cintura. Ya le pitaba el colgante que llevaba en el pecho, pero ella no parecía darse cuenta―. Tienes mucho que explicar, Agreste…
―Y lo haré―la interrumpió Chat antes de que siquiera echando espumarajos por la boca―, pero antes necesito pedirte un favor. Ve a casa de Marinette antes de que tus poderes desaparezcan―Chat le señaló con los ojos el colgante; apenas le quedaban tres minutos para volver a ser Alya.
Rena frunció el ceño y le miró con sospecha.
―¿No estarás intentando librarte de mí, verdad?
―Es imposible librarse de ti, Rena―sonrió Chat, con el cansancio pintado en la cara―. ¿Por favor?
Rena hizo un gesto con la mano.
―Como si tuvieras que decírmelo dos veces… Es mi mejor amiga, por Dios.
Chat le guiñó un ojo. Rena se despidió rápidamente de los demás y, tras echarles un último vistazo a Gabriel y a Chat, desapareció por la puerta principal, dejando solos a los chicos y a Chloé. Chat se acercó a su amiga y le puso una mano en el hombro. Chloé se sobresaltó momentáneamente, pero pareció recuperarse con rapidez.
―¿Adri… ku? ―murmuró con cierto temor.
Chat suspiró y asintió levemente.
―Lo siento, Chloé.
Ella suspiró largamente, negó con la cabeza y estrechó entre sus brazos a Chat, pillándole por sorpresa.
―Me alegra que estés bien…―alzó la cabeza e intercambió una sincera mirada con él― Los dos.
―Gracias―Chat se separó de ella tras darle un último apretón―. Deberías irte ya. Tu kwami también querrá descansar.
Chloé sacudió la cabeza y miró de reojo a Gabriel Agreste.
―¿Estás seguro? ―musitó y, por primera vez en mucho tiempo, Chat pudo ver a la Chloé madura, no a la niña caprichosa y egoísta que había sido durante su adolescencia y que aún se mostraba la mayor parte del tiempo.
Chat respiró hondo.
―Todo irá bien. Los chicos me cubrirán.
Chloé no pareció muy convencida, pero finalmente aceptó y se marchó de la mansión Agreste tras despedirse brevemente de sus compañeros, en especial de Viperion. Chat no sabía bien a qué se debía ese repentino interés entre sus compañeros y tampoco tenía la cabeza para averiguarlo en esos momentos. Sin embargo, se dijo, lo averiguaría cuando tuviera sus asuntos en orden.
―¿Nos vas a echar a nosotros también? ―inquirió Carapace, claramente repuesto de la impresión de saber que su mejor amigo era Chat Noir.
Chat los miró a ambos, sin saber muy bien qué hacer.
―Creo…―dudó― que será lo mejor. Es decir, mi padre ya no tiene su prodigio y tengo que ir a buscar a Nathalie…
―No te molestes―intervino Viperion, que apenas hablaba en el grupo―. La he dejado en una de las habitaciones del piso de arriba, en el ala oeste.
Chat cabeceó.
―Gracias.
―No hay de qué―repuso Viperion, alzando una ceja―. Solo te pido que me dejes estar en el interrogatorio que vayas a hacerle a tu padre. No solo tiene que responder ante ti; nos afecta a todos. Y ya que te has quitado a las chicas de en medio…
―Él tiene razón, colega―asintió Carapace, cruzándose de brazos a la altura del pecho―. No nos largaremos de aquí sin respuestas. Además―añadió, esbozando una sonrisa―, no somos tan temperamentales como Rena o Queen Bee.
Chat rio por lo bajo, sorprendido por el sonido de su propia voz. Al escucharle, incluso Gabriel reaccionó un poco y alzó la cabeza, buscándole. Sus ojos se encontraron con los de su hijo, que dejó de reír y de sonreír al instante.
―Está bien―aceptó Chat finalmente―, pero no usaré una máscara para esconderme. Plagg, garras fuera.
