CAPÍTULO 24
—¿Cuántos creéis que habrá ahí fuera? — preguntó Agnes, que estaba de pie al lado de Candy, en el parapeto.
Agnes había trabajado tanto durante la última semana, que Candy insistió en que salieran a tomar un poco el aire fresco.
Candy observó que lo que en otras ocasiones no había sido más que una "justa local", se había convertido en un espectáculo extraordinario, después de que el rey Enrique ordenara al Lobo que participase en el torneo.
Habían llegado miles de nobles, caballeros y espectadores de Inglaterra, Escocia, Francia y Gales, y el valle y las colinas de los alrededores aparecía ahora completamente cubiertos de tiendas y pabellones de los más brillantes colores, que cada uno de los recién llegados más importantes había erigido para su propia comodidad. A Candy le parecía un mar de colores, surcado de dibujos y salpicado de estandartes.
Candy esbozó una sonrisa, y respondió:
—Yo diría que seis mil o siete mil. Quizá más.
Y sabía por qué estaban allí. Muchos de ellos habían acudido con la esperanza de medir sus fuerzas con el legendario Lobo Negro.
—Mirad, ahí llega otro grupo —comentó Candy, señalando hacia el este, donde jinetes y hombres a pie aparecían sobre un montículo.
Durante casi una semana, habían ido llegando en grupos de cien ó más, y Candy estaba familiarizada con la rutina seguida por las comitivas de jinetes ingleses. Primero llegaba un pequeño grupo, incluido un trompetero, que anunciaba el inminente arribo de su ilustre señor. Ese primer grupo cabalgaba luego hasta Grahan Mayor y allí informaba que su señor ya se acercaba, lo cual no suponía ninguna ventaja, pues todas las habitaciones de Graham Mayor, desde las sesenta que había en los edificios de entrada hasta la más diminuta buhardilla habilitada encima del salón, ya estaban ocupadas por los invitados pertenecientes a la nobleza. El castillo estaba tan atestado que todos los asistentes y sirvientes de los nobles se vieron obligados a permanecer fuera de los muros del castillo, donde encontraron alojamiento en los pabellones familiares.
Tras la aparición de los trompeteros y los exploradores, llegaba un grupo más numeroso, en el que iban el señor y su dama, montados sobre caballos magníficamente engualdrapados. A continuación venían los grupos de sirvientes y los carros que transportaban las tiendas y todo lo que exigiría el séquito del noble: manteles, joyas, cacharros, sartenes, camas y hasta tapices.
Todo eso se había convertido en un espectáculo habitual para Candy durante los cuatro últimos días. A las familias nobles, acostumbradas a desplazarse a más de cien kilómetros de distancia de sus castillos, no les importaba hacer un viaje tan largo para asistir a lo que prometía ser el torneo más grande al que habían asistido en su vida.
—Nunca hemos visto nada igual..., ninguno de nosotros —dijo Agnes.
—¿Están haciendo los aldeanos lo que les dije que hicieran?
—En efecto, milady, y siempre os estaremos muy agradecidos por ello. En apenas una semana, hemos ganado más monedas que en toda una vida, y nadie se atreve a engañarnos como han hecho cada año cuando llegan para el torneo.
Candy sonrió y se recogió el cabello para permitir que la fría brisa de finales de octubre e refrescara la nuca. Cuando llegó la primera docena de familias al valle y empezaron a recibir peticiones de víveres y ganado a cambio de lo cual las familias que cuidaban de éste apenas si recibían unas pocas monedas.
Candy había descubierto lo que sucedía, y ahora todas las casas del valle, y todas las cabezas de ganado llevaban distintivos con la figura de un lobo, que Candy había tomado de los guardias, caballeros, armaduras y de cualquier otra parte en las que pudiera encontrarlos. La presencia de uno de esos distintivos indicaba que el que lo llevara era el Lobo o se encontraba bajo su protección.
— "Mi esposo no permitirá que nadie trate a su gente de manera tan vil —explicó mientras entregaba los distintivos a los cientos de siervos y villanos que se reunieron en el patio de armas—. Podéis vender todo lo que queráis, pero si yo estuviera en vuestro lugar sólo lo haría a quien más ofreciese."
—Cuando todo esto haya acabado —continuó Candy—, me ocuparé de descubrir dónde podemos conseguir nuevos telares de os que hablé a las mujeres de la aldea. Si el dinero que se ha obtenido esta semana se emplea en adquirir cosa útiles como esos telares, los beneficios que proporcionen os permitirán ganar más. Y ahora que lo pienso —añadió—, puesto que este torneo es un acontecimiento anual, todos deberíais planificar el modo de incrementar vuestras pertenencias a fin de venderlas al año siguiente. Podéis obtener con ello grandes beneficios. Hablaré del tema con el duque y con nuestros alguaciles, y luego os ayudaré a todos a trazar planes si así lo deseáis.
Agnes la miró emocionada.
—Habéis sido una verdadera bendición enviada aquí por el mismo Señor, milady. Todos lo pensamos así, y lamentamos mucho el recibimiento de que fuisteis objeto al llegar. Ahora, todo el mundo sabe que puedo hablar con franqueza con vos, por ser vuestra sirvienta personal, y cada día me piden que me asegure de que sepáis lo agradecidos que se sienten.
—Gracias —dijo Candy. Luego, con una sonrisa, añadió—: También es justo deciros, sin embargo, que mis ideas sobre los beneficios que pueden obtenerse de los torneos, los telares y otras cosas son propias de una escocesa. Como sabéis, en mi tierra somos bastante ahorrativos.
—Ahora sois inglesa, si me permitís que os lo diga. Os habéis casado con nuestro señor y eso os convierte en una de nosotras.
—Soy escocesa — replicó Candy con voz serena —. Nada cambiará eso, ni deseo que cambie.
—Sí, pero mañana, durante el torneo, todos en Graham Mayor y en el pueblo confiamos en que os sentéis a nuestro lado — dijo Agnes con nerviosismo pero con determinación.
Candy había concedido permiso a todos los siervos del castillo para que asistieran al torneo, bien al día siguiente, que era el más importante, o al otro, y todos los que vivían o trabajaban en el castillo aguardaban el momento con ansiedad.
No tuvo necesidad de contestar a la pregunta velada de Agnes acerca de dónde tenía la intención de sentarse durante el torneo, pues en ese momento llegaron unos jinetes que ya estaban preparados para escoltarla desde el patio de armas. Le había dicho a Terry que tenía la intención de visitar el pabellón del clan White, situado en el límite occidental del valle. Él estuvo de acuerdo, pues, como bien sabía Candy, no le quedaba otra alternativa, pero sólo con la condición de que sus hombres la escoltaran hasta allí. En el patio de armas vio la "escolta" que a Terry le había parecido evidentemente necesaria, y que estaba compuesta por sus quince guardias personales, incluidos Arik, Stefan, Godfrey, Eustace y Lionel, que aguardaban montados y armados.
De cerca, el valle cubierto de tiendas y pabellones de brillantes colores, parecía mucho más festivo y lleno de vida que desde el parapeto. Allí donde quedara espacio, se organizaban justas de prácticas, y delante de cada tienda donde se alojara un caballero, podían verse su estandarte y su lanza. Todo era multicolor: tiendas a franjas rojas, amarillas y azules; gallardetes, escudos blasonados con halcones rojos, leones dorados y osos verdes, algunos de ellos casi tan completamente cubiertos de símbolos que Candy no pudo dejar de sonreír ante semejante despliegue.
A través de los faldones abiertos de las tiendas más grandes, observó alegres tapices y bancos linos extendidos sobre las mesas ante las que los caballeros, y a menudo familias enteras, comían en bandejas de plata y bebían de copas con joyas incrustadas. Algunas familias se sentaban sobre grandes cojines de seda; otras disponían de sillas tan exquisitas como las que se encontraban en el gran salón del castillo de Graham Mayor.
De vez en cuando, algún caballero saludaba a voz en cuello a los hombres de Terry, pero aunque su escolta no se detuvo en ningún momento, Candy demoro casi una hora en abrirse paso por el valle hasta la ladera occidental. Tal como sucedía en la vida cotidiana los escoceses o se mezclaban con los odiados ingleses, pues mientras que el valle era domino de éstos, la colina norte pertenecía a aquellos. Además, la pendiente occidental era a provincia del francés. Como los miembros de su clan fueron de los últimos en llegar a Graham Mayor, sus tiendas se levantaban en la parte posterior de la ladera norte, bastante por encima de las otras. O quizás, pesó Candy con desgana, su padre había preferido ese lugar porque lo situaba algo más cerca del nivel donde se alzaba el castillo de Graham Mayor.
Candy miró alrededor, hacia los "campamentos enemigos" que por el momento coexistían en paz. Siglos de animosidad se dejaban temporalmente de lado, al observar todas las partes la antigua tradición que garantizaba a cualquier caballero que asistiera a un torneo pasar libremente entre los grupos. De pronto, Stefan, como si le hubiera leído el pensamiento, dijo:
—Ésta es, probablemente, la primera vez en varias décadas que tanta gente de nuestros tres países ocupan el mismo territorio sin luchar por su posesión.
—Yo estaba pensando en lo mismo —admitió Candy, asombrada por el comentario.
Aunque Stefan la trataba invariablemente con cortesía, Candy percibía que él desaprobaba su actitud hacia Terry. Imaginó debía de considerarla poco razonable. Si no le recordara tan dolorosamente al propio Terry cada vez que lo miraba, quizá hubiera hecho mayores esfuerzos por establecer con él la misma relación afectuosa que mantenía ahora con Godfrey, Eustace y Lionel. Los tres se comportaban con Terry y Candy con extraordinaria precaución, lo cual significaba que al menos comprendían la postura de ella en el conflicto. Era evidente, también, que, en su opinión la brecha abierta entre los esposos era lamentable pero en absoluto irreparable. A Candy no se le ocurrió pensar que el hermano de Terry pudiera ser mucho más consciente que sus amigos de lo intensamente que afectaba a Terry aquella separación, y de lo profundamente que lamentaba las acciones de su hermano.
La razón de la actitud algo más afectuosa de Stefan, tampoco era un misterio para Candy; el día anterior, su padre le había notificado su llegada, y Annie había incluido un mensaje que Candy se encargó de entregarle a Stefan, sin leerlo.
Envió también un mensajero a su padre, para decirle que acudiría a verlo. Deseaba explicarse y pedirle disculpas por su reacción injusta y excesivamente emocional ante su intento por enviarla a un convento. Pero lo visitaba, sobre todo, para pedirle perdón por el papel que había desempeñado involuntariamente en la muerte de William. Fue ella quien le pidió a Terry que le permitiera a William quedarse. Y fue sin duda el modo colérico en que había reaccionado lo que alteró a William y puso furioso a Terry.
No esperaba que su padre ni el resto de su clan la perdonaran, pero necesitaba darles una explicación. De hecho, esperaba más bien que la tratasen como a una paria, pero al detenerse ante las tiendas de White se dio cuenta enseguida de que no iba a ser así. Su padre salió de la tienda, y antes de que Stefan pudiera desmontar y ayudarla a hacer lo mismo, se adelantó, tomó a Candy por la cintura y la ayudó a aperarse. Otros miembros del clan salieron de sus tiendas y, de repente, Candy se vio envuelta en abrazos y hasta Garrick Carmichael y Hollis Ferguson le dieron palmaditas afectuosas. Incluso Malcolm le pasó un brazo por los hombros.
—Candy—exclamó Annie cuando finalmente consiguió llegar junto a su hermana—. Te he echado tanto de menos —añadió, al tiempo que la abrazaba con fuerza.
—Yo también te he echado de menos —dijo Candy, emocionada ante aquellas muestras de simpatía.
—Entra, querida —insistió su padre.
Y ante la sorpresa de Candy, fue el quien se disculpó por haber malinterpretado su deseo de retirarse a un convento en lugar de vivir con su esposo. Algo que a ella debería haberle hecho sentirse mejor pero que, en realidad, hizo que se sintiera más culpable.
—Esto perteneció a William —dijo el conde de White entregándole la daga de su hermanastro—. Sé que te amaba más que a ninguno de nosotros, y habría deseado que estuviera en vuestro poder. Me gustaría que mañana, durante el torneo, la llevases en su honor.
—Sí... —asintió Candy, con ojos nublados por las lágrimas—. Así lo haré.
Luego él procedió a contarle cómo habían tenido que inhumar a William en terreno no consagrado; le habló de las oraciones que rezaron por el valeroso futuro señor de White, asesinado antes de que alcanzara los mejores años de su vida. Cuando terminó de hablar, Candy se sentía como si William hubiera muerto de nuevo, de tan presente como estaba en su memoria.
Al llegar el momento de partir, su padre señaló un arcón situado en un rincón de la tienda, y mientras el padre de Becky y Malcolm lo sacaban de ésta, dijo:
—Ésas son las cosas de tu madre, querida. Sabía que te gustaría tenerlas, sobre todo ahora, que debes convivir con el asesino de tu hermano. Serán un consuelo para ti, y te recordarán que eres y serás siempre la condesa de Andrew. —Cuando Candy se dispuso a partir, añadió—: Me he tomado la libertad de desplegar tu propio estandarte, el estandarte Andrew, que en el torneo de mañana ondeará junto al nuestro. He pensado que te gustaría verlo allí, mientras eres testigo de nuestra lucha contra el asesino de tu querido William.
Candy se sentía abrumada por el dolor y el sentimiento de culpabilidad que apenas si pudo decir nada. Cuando ya al atardecer salió de la tienda de su padre para marchar de regreso al castillo descubrió que todos aquellos a quienes no había visto llegar estaban allí, esperándola, para saludarla. Era como si hubiese acudido todo el pueblo de los alrededores de White, junto con todos los parientes varones que tenía.
—Os echamos de menos, pequeña —le dijo el armero.
—Mañana haremos que os sintáis orgullosa de nosotros —dijo un primo lejano, que hasta entonces nunca había mostrado simpatía por ella—. Del mismo modo que hicisteis que nos sintiéramos orgullosos de vos por ser escocesa.
—El rey Jacobo —anunció su padre con voz fuerte que pudo ser escuchada por todos—, me ha rogado que te envié sus saludos personales, junto con una exhortación para que no olvidéis nunca las marismas y las montañas de tu patria.
—¿Olvidarlas? —dijo Candy, con un susurro ahogado—. ¿Cómo podría olvidarlas?
Su padre le dio un prolongado y cariñoso abrazo, en un gesto tan impropio de él que Candy rezó para no tener que regresar a Graham Mayor
—Confío en que tu tía Elinor se ocupe de cuidaros a todos —añadió él mientras la acompañaba hacia su caballo.
—¿Cuidarnos? —repitió Candy sin comprender.
—Bueno ... —Él hizo un gesto vago—. Quiero decir que prepare sus tisanas y remedios mientras esté contigo. Para asegurarse de que todos os encontréis bien.
Candy asintió, aferrando la daga de William, al tiempo que pensaba en los numerosos viajes que había hecho últimamente latía Elinor a los bosques, en busca de sus hierbas. Estaba a punto de montar en su caballo cuando la mirada desesperada y suplicante de Annie le recordó el mensaje cuidadosamente expresado que ésta le había enviado la noche anterior.
—Padre —dijo Candy volviéndose hacia él, y no tuvo que fingir su anhelo—, ¿sería posible... que Annie regresara conmigo y pasara en mi compañía la víspera del torneo? Acudiremos a él juntas.
Por un instante su padre adoptó una expresión severa. Luego, una ligera sonrisa apareció en sus labios, y asintió con un gesto.
—¿Puedes garantizarme su seguridad? — preguntó.
Candy asintió con un gesto.
El conde de White permaneció fuera de su tienda, en compañía de Malcolm viendo cómo se marchaban, hasta varios minutos después de que Annie y Candy desaparecieran de la vista.
—¿Creéis que ha funcionado? —preguntó Malcolm mientras observaba alejarse a Candy con gesto de desprecio.
Lord White asintió y se limitó a contestar:
—Se le ha recordado su deber, y cumplirá con este deber sea cual fuere el anhelo que sienta por el Carnicero. Se sentará en nuestro pabellón y nos animará a dar su merecido al inglés, mientras su esposo y toda su gente lo observan.
Malcolm no hizo ahora el menor esfuerzo por ocultar lo mucho que detestaba a su hermanastra, y preguntó arteramente:
—Pero ¿nos vitoreará cuando los matemos en el campo? Lo dudo. La noche que acudimos a Graham Mayor, se colgó prácticamente de él y le suplicó que la perdonará por haberos pedido que la enviaseis a un convento.
Lord White se volvió y dijo con tono lacónico:
—Mi sangre fluye por sus venas. Ella me ama. Se doblegará a mi voluntad... Siempre lo ha hecho, aunque no se haya dado cuenta de ello.
El patio de armas aparecía brillantemente iluminado por la luz anaranjada de las antorchas encendidas, y estaba lleno de invitados sonrientes y de siervos fascinados que observaban a Terry armar caballero al escudero de Godfrey. Por el bien de los seiscientos invitados y trescientos vasallos y siervos que asistían, se había decidido que esa parte de la ceremonia se llevara a cabo en el pato de armas, en lugar de hacerlo en el interior de la capilla.
Candy permanecía tranquilamente de pie en un costado, con una leve sonrisa en los labios; la ceremonia y la pompa que la acompañaban habían hecho que olvidase por un momento sus penas. El escudero, un joven musculoso llamado Bardrick, se hallaba arrodillado delante de Terry, vestido con la simbólica túnica blanca, el manto y la capucha rojos y la capa negra. Había ayunado durante las últimas veinticuatro horas y había pasado la noche en la capilla, entregado a la oración y a la meditación. Al amanecer se confesó ante fray Gregory, oyó la misa y comulgó.
Ahora, los otros caballeros y las damas que fueron invitadas a participar en la ceremonia, llevaron una a una las piezas de su brillante armadura y las depositaron a los pies de Terry. Una vez hecho esto, Terry miró a Candy, que sostenía las espuelas de oro que constituían el último símbolo del rango de caballero, que eran los únicos autorizados a llevarlas.
Candy se recogió un poco la falda de su vestido de terciopelo verde, se adelantó y depositó las espuelas sobre la hierba, cerca de los pies de Terry. Al hacerlo, su mirada se vio atraída hacia las espuelas de oro sujetas a los talones de las altas botas de cuero de su esposo, y se preguntó de pronto si su nombramiento como caballero en el campo de batalla de Bosworth había sido tan grandioso como esta misma ceremonia.
Godfrey le dirigió una sonrisa al adelantarse portando en las manos la última y más importante pieza del equipo: una espada. Una vez depositada el lado de Bardrick, Terry se inclinó e hizo a éste tres preguntas en voz baja, que Candy no pudo escuchar con claridad. Evidentemente, las respuestas de Bardrick debieron de satisfacer a Terry, que asintió con un gesto. Llegó a continuación el tradicional espaldarazo y, sin darse cuenta de lo que hacía, Candy contuvo la respiración cuando Terry levantó la mano y propinó a Bardrick una sonora bofetada.
Fray Gregory pronunció rápidamente la bendición de la Iglesia sobre el recién armado caballero, y el aire se llenó de vítores cuando el ahora Sir Bardrick se incorporó. De acuerdo con la tradición, echó a correr hacia el caballo, que había sido apostado unos metros de él, lo montó de un salto, sin tocar los estribos y cabalgó por el atestado patrio de armas lo mejor que pudo, arrojando monedas a los siervos
Lady Karen Kleiss, una encantadora dama de cabello castaño, apenas mayor que la propia Candy, se acercó al caballero y le sonrió mientras lo observaba efectuar cabriolas sobre su montura, con acompañamiento de los músicos. Durante la última semana, Candy había descubierto con sorpresa que varios de los ingleses le parecían simpáticos, y todavía le sorprendió más el hecho de que ellos parecieran aceptarla.
El cambio era tan espectacular con respecto al comportamiento demostrado en White la noche en que se prometió, que no pudo por menos que experimentar recelos. Karen Kleiss, sin embargo, fue la única excepción, pues era una joven tan extrovertida y amistosa, que a Candy le gustó y confió en ella desde el primer día, a partir del momento en que le anunció ente risas: "Según afirman los chismorreos de los sirvientes, sois algo entre un ángel y una santa. Se nos ha dicho que hace dos días regañasteis a vuestro propio mayordomo por haber golpeado a uno de vuestros siervos. Y que un muchacho travieso, dotado de excelente puntería, fue tratado con algo más que simple misericordia."
A partir de ese instante se hicieron grandes amigas, y Karen Kleiss permaneció regularmente al lado de Candy, ayudándola en sus múltiples quehaceres, y ocupándose de dirigir a los sirvientes cuando ésta y tía Elinor estaban ocupadas con otras cosas.
Ahora, apartó la atención de Candy de la figura de Sir Bardrick y preguntó con tono de broma:
—¿Os habéis dado cuenta que el duque os observa con una mirada que hasta mi propio romántico esposo describe como tierna?
A regañadientes, Candy volvió la cabeza en la dirección hacia la que miraba Karen Kleiss. Terry se hallaba rodeado por un grupo de invitados, entre los que se incluía Lord Kleiss, pero parecía totalmente absorbido en la conversación.
—Apartó la mirada en cuanto os habéis vuelto — dijo Karen con una sonrisa —. Sin embargo, no miro hacia otro lado esta misma noche, cuando Lord Broughton andaba pegado a vuestras faldas. Parecía sentirse extraordinariamente celoso. ¿Quién habría imaginado que vuestro feroz Lobo se convertiría en un manso gatito dos meses después de su boda?
—No es ningún gatito — replicó Candy, de manera tan vehemente que Karen la miró asombrada.
—Os ruego que me disculpéis Candy. Debéis de sentiros desazonada. Todos lo comprendemos, de veras.
Candy miró alarmada a su amiga al comprobar que sus sentimientos más íntimos acerca de Terry eran, de algún modo, conocidos por todos. A pesar de la distancia que ahora los separaba, una semana antes de que empezaran a llegar los invitados, habían acordado que no sacarían a relucir sus diferencias entre éstos.
—¿Todos lo comprenden? —repitió Candy, recelosa—. ¿A qué os referís?
—Bien, a la difícil situación en a que os encontraréis mañana..., sentada en la tribuna de vuestro esposo durante el torneo, y teniendo que ofrecerle vuestro favor delante de los hombres de vuestro clan, que sin duda os observarán.
—No tengo la menor intención de hacerlo así —dijo Candy con serena firmeza.
La reacción de Karen no fue precisamente serena.
—¡Candy! ¿No estaréis pensando en sentaros en el otro lado..., con los escoceses?
—Soy escocesa —dijo Candy, y al instante sintió un nudo en el estómago.
—Ahora sois una Grandchester..., ¡incluso Dios decretó que una mujer debe estar siempre al lado de su marido! —Antes de que Candy pudiera replicar, Karen la tomó por los hombros y añadió con tono de desesperación—. No sabéis el alboroto que podéis armar si tomáis públicamente partido por sus oponentes. Candy, estamos en Inglaterra, y vuestro esposo es... una leyenda. Lo convertiréis en el hazmerreír de todos. Todos aquellos a quienes tanto habéis llegado a agradar os despreciarán por ello, al tiempo que ridiculizarán a vuestro esposo por no haber sido capaz de conquistaros. Os lo ruego, os lo imploro..., ¡no hagáis eso!
—Tengo que recordarle a mi esposo la hora que es —replicó Candy, cambiando bruscamente de tema—. Antes de que nos diéramos cuenta de que íbamos a tener tantos invitados, reservamos esta noche para que los vasallos acudieran a Graham Mayor a prestar juramento de fidelidad.
Detrás de ella, dos de sus siervos la miraron como si acabaran de ser abofeteados. Luego echaron a correr hacia donde estaba el herrero, en compañía de dos docenas de mozos de Graham Mayor
—Lady Candice se sentará mañana con los escoceses —dijo uno de los siervos, con angustia e incredulidad—. Se sentará con nuestros oponentes.
—¡Mentís! —exclamó un mozo joven cuya mano quemada había atendido y vendado la propia Candy el día anterior—. Ella jamás haría eso. Es una de los nuestros.
—Terry —dijo Candy mientras tanto al llegar junto a su esposo, que se volvió de inmediato hacia ella, dejando a Lord Kleiss con la palabra en la boca —. Dijiste...— Pero fue incapaz de apartar le su mente las palabras de Karen acerca de cómo la había mirado él. Aturdida, creyó advertir en sus ojos una expresión significativa.
—¿Qué dije? — preguntó él.
—Dijiste que la víspera de un torneo todo el mundo suele retirarse temprano —explicó Candy, que recuperó la compostura y procuró dar a su rostro la misma expresión amable impersonal que había tratado de adoptar desde la muerte de William—. Y si tienes la intención de que sea así, quizá sería conveniente tomar el juramento de fidelidad ahora antes de que se haga demasiado tarde.
—¿Acaso no te encuentras bien? —preguntó Terry, escrutando su rostro.
—No —mintió Candy—. Solo me siento cansada.
El juramento de fidelidad tuvo lugar en el gran salón, donde ya se habían reunido los vasallos de Terry. Durante casi una hora, Candy permaneció de pie, con Karen, Annie, Sir Stefan y varios otros, observando a casa uno de los vasallos de Terry acercándose a éste. De acuerdo con la antigua costumbre, cada uno de ellos se arrodillaba ante él, colocaba las manos sobre las de Terry, inclinaba humildemente la cabeza, y le juraba fidelidad. Era un acto de obediencia, retratado a menudo en los cuadros, donde los súbditos se reconocían de inmediato por aparecer hincados de rodillas ante los nobles. A Candy, que ya había visto esa ceremonia en White, siempre le pareció innecesariamente humillante para el vasallo. En cierto modo, también se lo parecía a Karen Kleiss, quien comentó con voz serena:
—Debe ser muy deshonroso para un vasallo.
—Esta es precisamente la intención —intervino Lord Kleiss, que evidentemente no compartía la aversión de su esposa por la ceremonia —. Pero yo mismo he asumido exactamente la misma postura ante el rey Enrique, de modo que, como ves, no es un gesto tan humillante como te parece. Aunque quizá sea diferente cuando quien hinca la rodilla es noble, porque lo hace ante su rey — admitió tras reflexionar por un instante.
En cuanto el último vasallo hubo jurado fidelidad a su señor, Candy se excusó y se marchó a su dormitorio. Agnes acababa de ayudarla a ponerse el camisón de suave tejido blanco bordado con rosas de seda, cuando Terry llamó a la puerta y entró.
—Iré a ver si Lady Elinor me necesita —le dijo Agnes a Candy, para hacer luego una rápida reverencia ante Terry y salir.
Al darse cuenta de que el camisón que llevaba era casi transparente, Candy tomó rápidamente un batín de terciopelo plateado y se lo puso. En lugar de burlarse de aquel gesto pudoroso, o de bromear con ella al respecto, como había hecho en cualquier otra ocasión en que se encontraban felizmente juntos, Candy observó que el atractivo rostro de Terry permanecía perfectamente inexpresivo.
—Deseaba hablarte de ciertos asuntos —empezó Terry una vez que ella se hubo atado el cinturón del batín—. En primer lugar, con respecto a los distintivos que entregaste a los aldeanos...
—Si te sientes enfadado por ello, no te lo reprocho —lo interrumpió Candy—. Debería haberte consultado, o habérselo dicho antes a Arthur, sobre todo porque me atreví a entregarlos en tu nombre. No conseguí dar contigo en ese momento y... no me gusta nuestro mayordomo.
—Estoy lejos de sentirme enfadado, Candice —dijo él amablemente—Y una vez que termine el torneo sustituiré a Prisham. En realidad, he venido para darte las gracias por haber observado ese problema, y por haberlo solucionado de manera tan inteligente. Pero deseaba agradecerte, sobre todo, el que no hayas demostrado delante de los siervos el odio que sientes por mí.
A Candy se le contrajo el estomago al oír la palabra "odio".
—En realidad, has hecho lo contrario —continuó él tras una pausa. Miró hacia la puerta por la que acababa de salir Agnes y añadió irónicamente—: Ahora ninguno de ellos se persigna cuando se cruza conmigo. Ni siquiera tu doncella.
Candy, que ignoraba que él se hubiese dado cuenta de eso, asintió, sin saber que decir. Terry vaciló y, cuando habló, lo hizo con una mueca sardónica en los labios.
—Tu padre, tu hermanastro y otros tres hombres del clan White me han desafiado a correr lanzas mañana.
Candy se sentía turbada ante la presencia de Terry, sobre todo desde que Karen le hiciera aquellos comentarios sobre lo tierno que era con ella, pero ese sentimiento se desvaneció cuando oyó que agregaba:
—He aceptado.
—Naturalmente —dijo ella sin poder disimular su amargura.
—No tenía otra alternativa —argumentó—. El rey me ha ordenado que no rechace ningún desafío que proceda de tu familia.
—Tendrás un día muy ocupado —comentó ella, dirigiéndole una gélida mirada. De todos era conocido que tanto en Escocia como en Francia habían elegido a sus mejores caballeros para enfrentarse a Terry al día siguiente.¿En cuántos enfrentamientos participarás?
—En once —contestó él con determinación—, además del torneo.
—Once —repitió Candy con un tono mordaz lleno de frustración y de un infinito dolor ante lo que consideraba como un acto de traición por parte de su esposo—. Tengo entendido que el número habitual es tres. Pero imagino que para sentirse fuerte y valiente necesitas por lo menos cuatro veces la cantidad de violencia que cualquier otro hombre, ¿verdad?
El rostro de Terry palideció al escuchar aquellas palabras.
—Sólo he aceptado esos enfrentamientos porque se me ha ordenando específicamente que lo haga así. He rechazado por lo menos otros doscientos.
Una docena de respuestas sarcásticas acudió a los labios de Candy, pero no tuvo valor para expresarlas. Mientras lo miraba, sentía que algo moría dentro de ella. Terry se volvió para marcharse, pero al ver la daga de William sobre el aparador situado junto a la pared, hizo que ella se sintiera desesperada por defender las acciones de su hermano muerto. Cuando Terry tendió la mano hacia la empuñadura del arma, Candy dijo:
—He pensado mucho en ello, y creo que William no desenvainó su daga porque tuviera intención de usarla, sino porque le pareció una medida de precaución para su seguridad mientras se encontraba a solos con vos en el salón. O quizá porque temía por mi seguridad. Era evidente que en aquel momento estabas furioso conmigo. Pero él nunca habría intentado atacarte... por la espalda.
No era una acusación, sino la simple afirmación de las conclusiones a que había llegado y aunque Terry no se volvió hacia ella, Candy observó que sus hombros se tensaban, como si con ello quisiera prepararse para el dolor que le producirían sus propias palabras.
—Yo llegué a la misma conclusión la noche en que sucedió —dijo Terry con voz áspera, casi aliviado por el hecho de haberlo dicho—Por el rabillo del ojo vi que desenvainaban una daga detrás de mí, y reaccioné de modo instintivo. Fue un acto reflejo. Lo siento, Candice.
Sabía que la mujer con quien se había casado no aceptaría su palabra ni su amor, pero, extrañamente, aceptó su disculpa.
—Gracias —dijo ella dolorosamente—, por no tratar de convencerme, ni de convencerte, de que él era un asesino. Eso hará que las cosas sean mucho más fáciles para ambos..., para vos y también para mí...—Guardó silencio, mientras trataba de imaginar su futuro al lado de aquel hombre, pero en lo único que podía pensar ahora era en lo que amos habían compartido en otro tiempo... y perdido—. Para que al menos nos tratemos cortésmente — concluyó sin convicción.
Terry dejó escapar un suspiro y se volvió hacia ella.
—¿Y eso es todo lo que deseas de mí? — preguntó con voz emocionada—. ¿Cortesía?
Candy incapaz de hablar, asintió con la cabeza. Y estuvo a punto de creer que en la mirada de Terry había dolor..., un dolor que incluso superaba al que ella misma experimentaba.
—Eso es todo lo que deseo —consiguió decir finamente.
Terry abrió la boca por un instante, como si fuera a decir algo, pero se limitó a asentir con un gesto y luego se marchó.
Cuando la puerta se hubo cerrado, Candy tuvo que sujetarse al poste del baldaquino, y las lágrimas brotaron de sus ojos como ríos ardientes e incontenibles. Sus hombros se estremecieron con violencia, en sollozos desesperados que ya no podía controlar. Brotaron desgarradoramente del pecho y tuvo que rodear el poste con los brazos, pero las rodillas se negaron a sostenerla por más tiempo.
Continuara...
