¡Hola! Volví.
Lamento el retraso. Últimamente no he tenido mucho tiempo y no podía avanzar con el capítulo, a pesar que me ponía a traducir cuando tenía un ratito libre… Pero bueno, como verán, es bastante largo (unas 13 páginas de Word), así que espero que eso compense un poco la espera. Haré todo lo posible por darme prisa con el siguiente y subirlo pronto.
Muchas gracias por sus reviews a Marie Rosier, Paladium, Herla-King, Leixandra Aymar y Crimson Rouge Rot.
Disfruten el (esperado) capítulo :)
Capítulo 25: Maestro de ajedrez.
Esa noche, Lily se fue a dormir temprano. Cerró las cortinas de la cama adoselada y apagó todas las velas, y cuando finalmente Severus llegó a la habitación entrada la noche, permaneció completamente inmóvil y en silencio, fingiendo estar dormida. Lo escuchó sentarse a su escritorio y vio una débil luz a través de las cortinas cuando encendió una única vela para poder leer un libro.
Permaneció acostada en la cama y aguardó. Afortunadamente, no tenía nada de sueño ya que había dormido todo el día para reponerse de su noche de desvelo. Escuchó a Severus pasando las páginas, moviéndose en su silla y tosiendo ocasionalmente por casi una hora, hasta que dejó de hacer más ruido que el de su respiración regular. Entonces, Lily corrió las cortinas de la cama y le echó un vistazo. Severus se había quedado dormido en la silla, con los brazos cruzados, la espalda ligeramente encorvada y el mentón presionado contra el pecho. Su cuello se veía doblado en una incómoda posición, que seguramente le dolería en la mañana.
Resistiendo las ganas de despertarlo con un suave beso en la mejilla, Lily se levantó de la cama y fue en puntas de pie hasta la puerta. Miró con nerviosismo a Severus una última vez; aún estaba dormido. Giró el picaporte tan silenciosamente como pudo y desapareció en el oscuro corredor.
La habitación de Severus en la Torre de los Profesores no estaba muy lejos de la oficina del director. Sólo tuvo que hacer una angustiosa caminata, atravesando todas las puertas que conducían a las habitaciones privadas del profesorado, esperando que ninguno de ellos escogiera ese momento en particular para salir de su habitación a dar un paseo nocturno. Luego sólo debió descender la escalera espiralada antes de llegar al pasillo en donde se encontraba la gárgola que custodiaba la entrada a la oficina.
–Dumbledore –murmuró.
Severus le había dado la contraseña en caso que se presentara alguna emergencia; en caso que, por alguna razón, lo necesitara en mitad del día, cuando él se encontraba trabajando en su oficina. La gárgola se movió, permitiéndole pasar al cuarto a oscuras.
Lily había estado un par de veces en la oficina del director durante su séptimo año, cuando se había convertido en Premio Anual y Dumbledore la había llamando para hablarle de sus obligaciones. Estaba oscuro, pero aun así notó que el lugar lucía igual que siempre. Era como un museo dedicado al antiguo director; la habitación estaba sin tocar, exactamente como Dumbledore la había dejado, como si sólo hubiera salido a almorzar y estuviera por regresar en cualquier momento. Severus no había hecho nada para cambiar la decoración, ni siquiera había modificado el orden de las cosas. Incluso había un cuenco con caramelos polvorientos sobre el escritorio, exactamente igual a como Lily recordaba.
–Lumus –murmuró Lily, y una pequeña luz apareció en la punta de su varita.
Apuntó el rayo de luz hacia las paredes, buscando un cuadro en particular entre la hilera de viejos retratos que roncaban y que se sobresaltaron y maldijeron cuando la luz les dio en los ojos. Finalmente, encontró el retrato de Albus Dumbledore, que dormía plácidamente con la cabeza apoyada contra el marco del cuadro.
–¿Profesor Dumbledore? –dijo suavemente.
Éste abrió los ojos con calma, como si no hubiera estado durmiendo.
–Buenas noches, Lily –dijo, inclinando la cabeza a modo de saludo, y miró el reloj que se encontraba en la pared–. ¿O debería decir buenos días? ¿Qué te trae por aquí a estas horas?
–Quería hablar con usted –dijo.
Se arrodilló frente al retrato, sentándose sobre sus talones y sosteniendo la varita encendida con las rodillas. Hacía frío en la oficina y sólo llevaba puesta una fina túnica sobre su camisón. Se estremeció y se abrazó a sí misma en busca de calor, aunque estaba segura que eran los nervios, y no el frío, lo que la hacía temblar.
–Eso es bueno –dijo Dumbledore, con la calma de un ilustrado monje budista–. También he estado aguardando la oportunidad para hablar contigo. Sabía que debías estar aquí, en el castillo, porque he notado que Severus no ha salido en un tiempo. Le pregunté si te había traído aquí y me mintió, pero siempre sé cuando no me está diciendo la verdad.
–Bueno, ése es un talento único –dijo entre dientes–. Entonces, ¿nunca le habló sobre mí?
–Me temo que Severus ha decidió mantenerme al margen de todo lo que refiera a ti, querida –replicó Dumbledore, encogiéndose de hombros–. Aparentemente, no me tiene ninguna confianza. Al parecer piensa que voy a llevarte a hacer algo que él no quiere que hagas.
–Bueno, ¿y va a hacerlo? –preguntó Lily con recelo.
Dumbledore se encogió de hombros nuevamente.
–Sólo soy un cuadro. ¿Cómo podría obligarte a hacer algo que no quisieras hacer? Creo que en realidad eres tú en quien el pobre Severus no confía en lo absoluto. Al parecer ha decidido declarase tu tutor no legal, porque evidentemente está convencido que tienes la misma capacidad que una niña pequeña para decidir por ti misma.
–Sólo es muy protector conmigo. Se preocupa por mí un poco por demás –dijo, evitando los penetrantes ojos azules de Dumbledore.
Era cierto lo que decía Dumbledore. Realmente sentía que Severus no confiaba en su capacidad para cuidar de sí misma, pero sabía que sus intenciones eran buenas. Además, la confianza que Lily tenía en sí misma últimamente había comenzado a flaquear. Era ella quien no confiaba en sí misma.
Era por eso que ahora se encontraba allí con Dumbledore, buscando consejo.
–Sí que lo hace –replicó Dumbledore de manera escalofriante–. Tiende a olvidar todo lo importante cuando se trata de ti.
Lily contempló sus rodillas, evitando su mirada. Dumbledore sabía. Podía oír en su voz que él lo sabía todo con sólo mirarla allí sentada, incómoda, sobre sus talones y retorciéndose como un gusano.
–¿Estás lista para decime por qué has venido aquí? –preguntó finalmente, poniendo fin al momento de incómodo silencio.
–Necesitaba hablar con alguien –dijo, inquieta–. Alguien que no fuera Severus.
–¿Y qué hay de malo con Severus?
–Nada –dijo rápidamente, dirigiéndole una mirada nerviosa–. Nosotros sólo… Ya lo he molestado lo suficiente, y creo que merece que lo dejen en paz por una vez, en especial ahora que tiene tanto que hacer.
–Sí, ha trabajado muy duro –dijo Dumbledore, la eterna sonrisa de muñeca de cera fija en su rostro.
–Eso es decir poco –replicó Lily, suspirando–. Ha trabajado excesivamente duro. ¿Sabía que casi no duerme? Se pasa los días interpretando el rol del director odiado y las noches cuidando de los chicos. No tiene tiempo para descansar, y lo está haciendo a cambio de nada, no se llevará ningún crédito.
–Lo sé –dijo Dumbledore–. Ha sido para mí un amigo cercano y un aliado confiable por unos diez años. Puedo decir orgullosamente que desinterés y nobleza se han convertido definitivamente en características suyas, a pesar de que es conocido por ser brusco y tener poco tacto con los demás. ¿No es extraño cuántas contradicciones pueden existir en un mismo hombre?
Un amigo cercano. Lily no estaba segura si Severus definiría la extraña relación que había entre él y Dumbledore como "amistad". Por lo que ella sabía, Dumbledore había tomado descaradamente ventaja del estado de culpabilidad y vulnerabilidad en que la muerte de Lily había sumido a Severus para convertirlo en su lacayo personal –o, al parecer, eso pensaba Severus. Lily siempre había admirado al viejo director y le resultaba difícil pensar que aquel Dumbledore paternal, alegre y amable pudiera ser capaz de la manipulación despiadada de la que Severus lo acusaba. Pero por otra parte, Lily también confiaba en Severus, y no creía que hiciera aquellas acusaciones sin una buena razón. Cuál de los dos hombres estaba más cerca de la verdad, no podía decirlo.
–Cuando éramos chicos, Severus y yo tuvimos una gran discusión y dejamos de hablarnos –comenzó Lily–. Le dije que ya no quería ser su amiga, porque estaba dolida y porque creía que se había convertido en uno de esos horribles Slytherins que me llamaban "asquerosa puta sangresucia" cuando pasaba cerca de ellos. Ahora veo que estaba equivocada. Sev nunca ha sido así. Si hubiera sido un poco más sensata y un poco más paciente, lo hubiera visto. No puede creer lo culpable que me siento cuando pienso con la facilidad con la que desistí de él, sabiendo que él ha sido fiel a mí todos estos años.
La sonrisa de Dumbledore se amplió ligeramente, pero todavía lucía extrañamente fría y cerosa.
–Suena como si finalmente hubieran hecho las paces.
Ella asintió.
–Así es. Al menos por mi parte. Le he perdonado todo. Sólo puedo esperar que él me perdone también.
–¿Todo está perdonado, incluso lo imperdonable? Severus debe estar feliz de tener una amiga tan comprensiva y tan poco rencorosa.
Lily hizo una mueva, nerviosa. Creyó detectar un rastro de burla en las palabras de Dumbledore. Quizás sólo lo estaba imaginando…
–Severus ha cometido errores –dijo, elevando ligeramente la voz–. Grandes errores. No he olvidado lo que hizo, pero sí, lo he perdonado. Sí, ha hecho cosas terribles y estúpidas cuando era joven, pero está arrepentido de todas ellas, y ha compensado diez veces todos sus errores. Lo que ha hecho mal es una gota en el océano comparado con lo que ha hecho bien.
Exhaló ruidosamente, sintiendo que la furia teñía de rojo sus mejillas. Estaba tan nerviosa que nuevamente su mal carácter comenzaba a sacar lo mejor de ella.
Dumbledore entrecerró los ojos de manera cómplice, aún tranquilo, impertérrito, con un brillo de triunfo en sus ojos azules.
Debe sentirme sumamente contento con esto, pensó Lily. Manejando así a la gente.
–Vaya, Lily –dijo, y una vez más Lily creyó detectar burla escondida en sus palabras–. Si no te importa que pregunte, la relación entre Severus y tú parece haber cambiado dramáticamente. La última vez que te vi, tuve que hablar contigo para que confiaras en él. Entiendo que el sentimiento es mutuo ahora –esbozó una pequeña sonrisa de suficiencia cuando sus palabras hicieron que Lily parpadeara rápidamente como la peor mentirosa del mundo–. Lealtad, quiero decir. Parece que también eres bastante, umm, protectora con él.
–Bueno, lo soy –dijo, y soltó una risa ahogada al tiempo que hablaba, su garganta estaba repentinamente seca–. No quiero que le pase nada malo. No sabe lo mucho que temo que algo terrible le suceda una vez que me vaya. Debería oír la forma en que habla de sí mismo. Parece convencido de que morirá violentamente cualquier día de estos, y ni siquiera le importa…
–Severus es un hombre adulto, y uno de los magos más poderosos y talentosos de su generación. De hecho, no te mentiría al decir que es uno de los mejores magos que he conocido. Estoy seguro que podrá arreglárselas sin tu protección.
–Quizás. ¿Pero quién cuidará de él? –dijo Lily, su voz sonaba llena de ansiedad–. Severus está completamente solo y se odia a sí mismo. No parece importarle si vive o muere. ¿Quién estará a su lado con todo esto? ¿Quién lo defenderá si la Orden lo captura? No puedo regresar a mi propio tiempo y simplemente abandonarlo de nuevo. Estoy en deuda y me preocupo por él.
–¿Acaso estás pidiendo permiso para quedarte aquí, con él? –preguntó Dumbledore bruscamente.
–¡No! Yo sólo…
–¿Entonces por qué de pronto estás tan reacia a volver, como debes hacer?
–¡Porque no quiero dejarlo! –exclamó con tanta fuerza que el retrato de Armando Dippet despertó sobresaltado y le dirigió una mirada furibunda antes de volver a dormir.
Ella soltó un grito ahogado y se cubrió la boca con la mano; no había sido su intención gritar o sanar tan conmovida.
–… aquí. No quiero dejarlo aquí –continuó, pero fue en vano.
Si Dumbledore no tenía sospechas antes, ahora definitivamente sabía. Quizás sabía más que ella. Nunca había comprendido su propio corazón.
–Ya veo –replicó Dumbledore simplemente. Lucía algo alegre, pero para nada sorprendido–. ¿Te lo ha dicho?
–Sí –dijo pesadamente, evitando mirarlo a los ojos–. Pero esto no tiene nada que ver eso.
–¿Y con qué tiene que ver?
–¿Qué pasará cuando vuelva y cambie el pasado? –preguntó dubitativa–. Desde que he llegado aquí, he pensado que todo lo que había en este futuro era un error que sin duda debía corregir. Pero últimamente he estado pensando mucho en Severus y en qué consigue al ayudarme… Y ahora, estoy comenzando a tener dudas.
Dumbledore había dejado de sonreír. La expresión de su rostro era solemne, pero no reflejaba emoción alguna.
–Severus ha pasado por tantas cosas en estos últimos dieciocho años –continuó al no obtener respuesta del director–. Ha hecho cosas malas y le han hecho cosas malas. Ha sufrido, ha sido torturado y ha pasado por más desgracias y miserias de las que puedo imaginar. Pero a pesar de todo eso… o quizás, por todo eso, se ha convertido en una persona sabia, honorable y hermosa. Ha atravesado muchos fuegos y cada uno de esos fuegos lo han hecho más fuerte. Ha aprendido de todo lo que ha vivido y creció para convertirse en alguien extraordinario. Usted también lo ha visto, ¿no es así? ¿Usted sabe lo extraordinario que es?
La expresión de Dumbledore era inescrutable.
–Ahora, si yo vuelvo y cambio el pasado, es posible que él no se convierta en esa persona. Incluso podría dejar de existir. Y no puedo soportar la idea de borrarlo simplemente.
Dumbledore siguió en silencio, de modo que ella continuó:
–Y no estoy preocupada por Severus solamente. Este futuro es aterrador, pero supongo que también tiene cosas bellas… Cosas bellas que podrían nunca existir si yo voy y cambio el curso de la historia. ¿Qué pasa si evito que ocurra algo bueno o provoco que pase algo malo al intentar corregir las cosas? ¿Qué pasa si en lugar de arreglarlo todo, provoco un caos todavía mayor? ¿Y qué pasará con el Severus que he llegado a conocer y adorar aquí cuando cambie el pasado? ¿Se desvanecerá simplemente, como si nunca hubiera existido? ¿Qué ocurrirá con este futuro y con todo lo que hay aquí una vez que yo haya vuelto?
–¿Es una pregunta retórica o quieres que la responda? –dijo Dumbledore con calma.
Lily asintió con la cabeza ansiosamente.
–Sí. Quiero una respuesta.
–Nada –replicó Dumbledore–. Absolutamente nada. Todo seguirá siendo igual. Este presente, tu futuro y mi pasado permanecerán sin cambios, igual que como estaba.
–¿Cómo? –preguntó Lily, frunciendo el ceño profundamente–. Si cambio la historia, el futuro tiene que ser diferente.
–Pero ése es el punto, Lily. No vas a cambiar nada. Vas a vivir la vida que estás destinada a vivir.
Lily se puso de rápidamente de pie, contemplando el retrato con los ojos abiertos; se parecía mucho a una cierva asustada.
–¿Por qué? ¿Por qué haría eso? –preguntó. Su voz sonaba extrañamente aguda.
Dumbledore se encogió de hombros.
–No lo sé. No soy tú. Sólo sé que en tu futuro tendrás que hacer lo mismo que hiciste en mi pasado.
Lily empalideció.
–¿Está diciendo…? –tragó–. ¿Está diciendo que tengo que morir, después de todo, y dejar que los demás mueran también?
–No estoy diciendo que tengas que hacerlo. Solamente estoy diciendo lo que vas a hacer. Es inevitable –dijo Dumbledore.
Un escalofriante silencio cayó entre los dos. Lily abrió la boca, demasiado impresionada para gritar, demasiado impresionada para hablar. Apenas podía respirar. Dumbledore aguardó pacientemente a que reaccionara. Sus ojos eran más fríos témpanos de hielo.
–¡Eso es absurdo! –gritó finalmente, casi ahogándose con sus propias palabras. Muchos de los retratos de la oficina abrieron los ojos, dirigiéndole miradas despectivas y maldiciendo entre dientes, sin ningún interés en la conversación–. ¡Por supuesto que voy a cambiar el pasado! –gritó Lily acaloradamente–. ¿Por qué no lo cambiaría? ¡Este futuro es poco menos que un infierno y yo tengo la oportunidad de oro para arreglar las cosas! ¿Por qué la desperdiciaría?
–Respóndeme esta simple pregunta, ¿quieres? –dijo Dumbledore, entrecerrando los ojos enigmáticamente como una esfinge–. ¿De quién son los huesos que yacen en la tumba de Lily Potter?
–¿Es una pregunta con trampa?
Dumbledore negó con la cabeza.
–Bueno, en ese caso, diría que son míos.
–¿Cómo llegaron ese huesos allí?
Lily resopló, molesta.
–La respuesta obvia sería que fueron enterrados allí, así que creo que voy a ser espléndidamente original y diré que fueron hasta allí bailando tap o que fueron arrojados con el cañón de un circo y…
–¿Dónde se encuentran ahora? –preguntó Dumbledore, cortándola en seco.
Lily parpadeó. Envolvió con la mano derecha su muñeca izquierda, sintiendo los duros huesos a través de la piel suave y cálida. De pronto, comprendió a dónde quería llevarla Dumbledore y se sintió como si vaciaran un balde de agua fría sobre ella.
–Ah, ya veo –dijo, rígida–. Está tratando de decirme que la razón por la que esos huesos yacen ahora en mi tumba es porque sí morí en el pasado. Y si morí en el pasado… significa que debo haber vuelto y dado mi vida por Harry, después de todo.
Nuevamente Dumbledore le estaba sonriendo.
–¿Por qué haría eso? –susurró.
Aquella vez no le estaba preguntando a Dumbledore, pero éste respondió de todas formas:
–Como dije, no lo sé. Debes haber tenido una buena razón. Supongo que tiene algo que ver con tu hijo.
–¿Harry? –dijo con voz débil.
El mundo que la rodeaba comenzaba a verse surrealista, como si estuviera soñando.
–Recuerda… La única razón por la que él está vivo hoy en día es porque lo amaste lo suficiente como para dar tu vida para protegerlo –dijo Dumbledore.
–Pero eso no iba a pasar –insistió Lily con un hilo de voz–. Se suponía que iba a prevenirlo. No he decidido cómo, pero…
–Harry ha sido maldecido y bendecido desde el momento en que llegó a este mundo. La profecía selló su destino desde el día en que nació. Ahora bien, no puedo decir que crea en las profecías, pero evidentemente Tom Riddle lo hace, y por ende es inevitable que Harry sea atacado. Es por eso que siempre ha estado en peligro. Fue marcado mucho antes de tener su famosa cicatriz. Sólo tu sacrificio la mantuvo a salvo hasta que fue lo suficientemente mayor como para protegerse por sí mismo. Si tú no estás allí para morir por él, está perdido… y sin él, todos nosotros estamos perdidos.
–¿Y qué hay de James, Sirius, Marlene y todos los otros que murieron? –preguntó Lily desesperadamente–. ¿Cómo puedo ayudarlos si muero? ¡Me está pidiendo que elija entre mi hijo y todos los demás!
–Elije a tu hijo y salvarás al mundo –dijo Dumbledore.
–¡No! –gritó Lily, furiosa–. ¡Tiene que haber otra manera de salir de esto! No puedo dejar que todos mueran… ¡Ni siquiera por Harry! ¿Y por qué tiene que ser Harry, de todas formas? ¡Si acaba de decirme que ni siquiera cree en las profecías!
–Lo que quise decir es que no estoy tan seguro que el destino tenga algo especial preparado para Harry. Las cosas podrían haber sido diferentes… Tom Riddle podrían haber ido tras otro niño que fuera acorde con esa descripción. Pero no lo hizo. Fue tras Harry y lo marcó como su enemigo. Es por eso que es su desafortunada obligación ser el héroe que todos necesitamos que sea.
–¡Pero todavía puedo prevenirlo! James y yo no seríamos asesinados y Harry nunca sería El Niño que Vivió. ¡Todos estaríamos a salvo!
–Pero entonces alguien más tendría que morir. Tarde o temprano, Riddle encontraría a Harry o al otro niño, y ese niño sería el hijo de Frank y Alice Longbottom, Neville. ¿Preferirías que Frank y Alice murieran en tu lugar?
–No… –dijo Lily.
Le dolía la cabeza y las lágrimas amenazaban con nublar su visión. Enterró el rostro entre sus manos e intentó pensar en una solución para su imposible problema.
–Entonces… –comenzó. Sentía escalofríos y la lengua cada vez más entumecida–, la única solución es que Harry no debe nacer nunca. Nunca debo embarazarme de él.
Por primera vez en lo que llevaban conversando, Dumbledore se quedó pasmado.
–No puedes decirlo en serio –dijo, su voz llena de consternación.
–Es la única forma –replicó Lily débilmente. Se sentía como si hubiera tragado algo grande y duro que aún se encontraba atascado en su garganta. Tenía problemas para terminar la oración–. No puedo salvar a todos los demás si tengo que protegerlo a él. Si Harry no nace nunca y si les advierto a los Longbottom a tiempo, quizás pueda salvarlos a todos…
–Ésa no es la forma en la que hablaría una mujer que ama tanto a su niño que prefiere dar la vida por él a permitir que su enemigo pueda ponerle un dedo encima –dijo Dumbledore.
Apenas alzó la voz, pero de alguna manera sonó tan amenazante como un trueno.
–¡Es porque no soy esa mujer! –gritó Lily, y las lágrimas finalmente comenzaron a inundar sus mejillas–. ¡No soy una heroína, no soy una santa! ¡Desearía serlo, pero no lo soy! ¡No hay nada de eso en mí! ¡No tiene idea de las cosas sucias, repugnantes que he descubierto en mí mientras estaba aquí! ¡Toda mi vida me he visto como una persona buena, decente, que siempre intenta hacer lo correcto… Pero he comprendido que no es más que una mentira que me decía a mí misma porque era demasiado estúpida como para ver la verdad! ¡No soy una buena persona y no tengo la más mínima idea de lo que está bien y lo que está mal! ¡Lo cierto es que cada vez que escucho hablar sobre la legendaria Lily Potter y su gran sacrificio no puedo siquiera reconocerme! ¡No es posible que sea esa persona, porque estoy asustada!
–¿Sugieres que ahora temes el destino que tú misma has escogido? –preguntó Dumbledore, crípticamente–. Nunca hubiera esperado que Lily Potter estuviera tan asustada de morir.
–No tengo miedo de morir –gritó Lily, furiosa, cerrando fuertemente las manos en puños. Y lo decía en serio–. ¡Tengo miedo de no ser capaz de salvar a nadie! ¡Me asusta que tantas personas vayan a morir y que yo no pueda hacer nada al respecto! Morir con las manos atadas. Eso es lo que me asusta. No puedo permitirme morir, si al hacerlo dejo un rastro de sangre tras de mí. Sólo mire lo que ha pasado con el mundo. ¡Mi sacrificio fue en vano, si es esto a lo que llevó!
Colapsó frente al retrato, exhausta, y respiró profundamente una y otra vez, pero todavía sentía que se ahogaba, que se hundía en la tierra firme.
–Tu muerte fue de todo menos en vano –dijo Dumbledore suavemente.
Lily no respondió. Permaneció en el suelo como si se tratara de un rollo de la alfombra, tan inmóvil y abandonada que parecía ya estar muerta. Dumbledore soltó un suspiro de frustración.
–Lily, hazme un favor y ve a ese armario –dijo
–¿Qué hay en el armario? –preguntó.
Aún lucía increíblemente parecida a un pez muerto.
–Un frasco que contiene una recopilación de recuerdos que me gustaría que vieras. Ponlas en el pensadero y échales un vistazo.
–No. No quiero volver a pasar por esto –exclamó bruscamente, incorporándose y dirigiéndole una mirada desafiante el retrato–. Si hay algo más que quiera añadir a la conversación, por favor, hágalo más fácil para ambos y dígamelo a la cara.
–Desearía poder hacerlo, pero me temo que hay algo que deber ver.
Lily hizo una mueca. En el momento en que se puso de pie para caminar hacia el gabinete y tomar el frasco del que Dumbledore le había hablado, supo que nuevamente estaba cometiendo un error. Arrojó el contenido descuidadamente en el pensadero, el cual estaba guardado en un armario al fondo de la habitación.
–Bien. Sólo quiero acabar con toda esta porquería –gruño entre dientes, murmurando una lista de obscenidades al tiempo que sumergía el rostro en el pensadero para ser arrastrada hacia un mundo de recuerdos.
Lo primero que Lily vio fue a Dumbledore, quien recorría uno de los pasillos de Hogwarts, silbando una alegre canción. Era un día soleado, los rayos de luz iluminaban los estrechos corredores y el cielo era de un magnifico color azul.
–Le concederé un minuto a este espectáculo ridículo, luego me iré –gruñó Lily a Dumbledore, sabiendo perfectamente que el recuerdo no podía oírla.
No llegó tan lejos, porque unos segundos después notó a un muchachito que caminaba hacia ella y Dumbledore. No lo había visto antes, pero supo inmediatamente quién era. Era realmente la viva imagen de un James más joven, excepto por los ojos. Como Severus lo había descrito.
–¿Harry? –dijo Lily, y sintió como si le agujerearan el estómago con una bala de cañón. Otra vez sentía que se estaba asfixiando.
–Buenos días, Harry –saludó Dumbledore alegremente.
El muchacho asintió con la cabeza, nervioso, y en el apuro estuvo a punto de dejar caer los libros que llevaba. Tenía alrededor de doce años; era un hombrecito esquelético que usaba anteojos rotos, tenía la cabeza cubierta de alborotado cabello negro y una cicatriz con forma de rayo en la frente.
Lily lo amó al instante.
Ni siquiera fue capaz de escuchar lo que Harry y Dumbledore hablaban. Probablemente le estaba preguntando sobre la escuela, o sobre el tiempo, porque la conversación parecía ser bastante informal y sin sentido. No pudo escuchar ni una palabra, porque quedó fascinada al verlo; su hijo, de pie allí frente a sus ojos. Recién entonces comprendió por completo que él existía, que en verdad existía. Antes no había sido más que una imagen vaga y difusa en su mente, y no podía realmente entender que un día sería la madre de este muchacho llamado Harry, cuando ni siquiera había visto una fotografía de él. Era la primera vez que lo sentía real.
El recuerdo acabó pronto, demasiado pronto, y se convirtió en otro recuerdo sobre Harry. Aquella vez se veía un poco mayor y estaba jugando Quidditch. Volaba como un pájaro, y lucía mucho menos incómodo en el aire que en la tierra. A continuación, Lily lo vio en el baile, luciendo encantador con su túnica verde.
Los recuerdos llegaron y se fueron, dejándole ver destellos del crecimiento de su hijo. No eran recuerdos espectaculares; sólo eran imágenes de su día a día, desde el punto de vista de Dumbledore, como imágenes en movimiento en un álbum de fotos. Se veía un poco más grande en cada recuerdo, pero también un poco más oscuro, un poco más triste. Cuando la última imagen de Harry –ahora como un joven de dieciséis años que ya era prácticamente más alto que la misma Lily y cuyos ojos verde brillante tenían la apariencia de alguien mucho mayor–, se desvaneció, ella volvió al mundo real y notó que su rostro estaba lleno de lágrimas. Ni siquiera había notado que había comenzado a llorar.
–Lo amas, ¿no es así? –preguntó Dumbledore.
–Sí –dijo Lily con voz ronca.
Sus lágrimas no parecían tener fin.
–¿Incluso a pesar de que nunca lo has visto ni lo has sostenido en tus brazos?
Asintió nuevamente con la cabeza, incapaz de pronunciar palabra alguna.
–Lily –comenzó Dumbledore con suavidad–. Quizás no tengas ninguna confianza en ti misma, pero yo sí. No dudo ni por un segundo que seas capaz de darle a tu hijo el regalo más grande que una madre puede dar… el regalo de la vida. Si tú no estás allí para protegerlo cuando él más te necesite, perecerá, y si él no está aquí para defender al mundo, todo estará perdido. ¿Me entiendes?
Volvió a asentir vagamente, llorando e intentando desesperadamente contener sus sollozos.
–No hay forma de salir de esto, ¿verdad? –preguntó sombríamente, una vez que pudo calmarse–. ¿No podría hacer nada diferente, incluso si lo intentara?
–Eso me temo –dijo Dumbledore–. Pero sé que si hay alguien que puede cargar un peso como éste, ésa eres tú. Todos tenemos nuestras obligaciones. Yo ya he cumplido con la mía.
Miró a Dumbledore. Por un momento, había olvidad por completo que estaba muerto y que estaba hablando con el reflejo retratado de él.
–¿Y qué hay de Severus? –preguntó–. ¿Cuál es su obligación? ¿Quedarse aquí y sufrir? Al parecer, usted y yo estamos destinados a morir como héroes, ¿y su trabajo es quedarse aquí y asumir la responsabilidad por crímenes de los que ni siquiera es culpable? ¿Después de todo lo que ha hecho?
–Sí –replicó Dumbledore, y aquella única palabra fue como una aguja perforando sus pulmones–. Él sabe lo que hace.
–No va a permitir que vuelva a mi época –replicó Lily–. Va a hacer lo que sea para detenerme si se entera que debo morir.
–Estás destinada a volver, lo quiera o no. No puede detenerte –dijo Dumbledore–. Pero quizás sería mejor que no le comunicaras tus intenciones. Estaría devastado si le cuentas.
Lily se secó los ojos con la manga de su túnica; algo que no tenía sentido, en realidad, ya no que podía dejar de llorar. ¿De qué le servía secarlas, si de todas formas su rostro volvería a humedecerse?
–Debería volver –dijo. Su voz sonaba áspera y rasposa por haber llorado tanto–. Buenas noches, Dumbledore. Y adiós.
–Adiós, Lily –dijo Dumbledore estoicamente, mientras Lily salía de la habitación, helada, perpleja y destrozada, dejando atrás toda pizca de energía juvenil y toda migaja de esperanza.
-:-:-:-:-
Una vez que Lily hubo salido de la habitación, la oficina quedó quieta y silenciosa una vez más. Los cuadros que habían sido despertados por el ruido volvieron a dormirse, pero el retrato de Albus Dumbledore permaneció despierto, sintiéndose bastante orgulloso por cómo habían resultado las cosas. Quizás no era más que un retrato sin alma, un simple eco del hombre que representaba, pero aun así había logrado actuar de la misma forma que el verdadero Dumbledore hubiera hecho si hubiera tenido que enfrentarse a una situación tan peligrosa. Pensar que el curso de la historia había estado tan cerca de alterarse.
Dumbledore no creía en la suerte o el destino. No creía que el mundo fuera controlado por un poder que, en última instancia, la voluntad de los hombres no pudiera desafiar.
Había pensado mucho acerca de los viajes en el tiempo y el libre albedrío desde que había visto a Lily por primera vez; aquí, en este tiempo por completo equivocado. Pensando lógicamente, era probable que Lily no pudiera escapar a su destino, puesto que el pasado indicaba que había regresado a casa para dar la vida por su hijo. ¿Pero quién decía que no podía escoger otro destino aquella vez? ¿Quién podía afirmar que el tiempo era recto, lineal, que consistía en una serie de eventos inevitables unidos por relaciones casuales? Quizás no era en lo absoluto recto, sino tan desordenado y retorcido como la cicatriz que Dumbledore tenía en la rodilla. Quizás se bifurcaba en varios y diferentes caminos, si alguien como Lily tenía la oportunidad de hacer algo diferente.
Por lo que Dumbledore sabía luego de casi cien años de existencia, la lógica y el orden no eran las únicas fuerzas que regían en el universo, también había un caos encantador, pura suerte y azar; la magia en sí misma tenía muy poco de lógica. Imaginó un mundo hermoso y brillante, lleno de alternativas, elecciones y una existencia con libertades; un mundo donde Lily podría, después de todo, ver su futuro y desafiarlo haciendo algo completamente diferente. Quizás no era una prisionera del tiempo y el destino, después de todo. Quizás ella podía escoger otras alternativas y crear un futuro completamente diferente para el universo. ¿Quién podía detenerla si decidía hacerlo?
Podría haberle contado sobre los horcruxes de Voldemort. ¿Quién sabe? Quizás ella podría detener a Voldemort y evitar muchas, muchas muertes. Quizás incluso podría mejorar el mundo. Pero en realidad, ¿qué probabilidades había de que las cosas salieran mejor si ella iba y alteraba el universo, si hundía sus dedos en la hermosa maquinaria de eventos que Dumbledore había trabajado tan, tan, tan duro para arreglar? En las últimas décadas, la guerra había sido como un juego de ajedrez para él y había estado a punto de ganar cuando Lily llegó repentinamente y casi derriba descuidadamente todas las piezas, como un infante. ¡Después de todo lo que él había hecho! Ella, una chiquilla ingenua y tonta, que evidentemente creía ser mucho más inteligente y poderosa de lo que era en realidad. ¿Realmente pensaba que, incluso si Dumbledore le entregaba las instrucciones en una bandeja de plata, podía derrotar a Voldemort?
Encantadora chiquilla, esa Lily. Demasiado ingenua y corta de vista, y no tan inteligente como ella pensaba. Pero encantadora, de todas formas. Dumbledore realmente la adoraba. Pero la triste realidad era que, ya fuera que Lily pudiera o no cambiar el pasado, estaba mejor muerta. Pocas personas sabían lo cerca que Dumbledore había estado de perder la guerra, hasta que había ocurrido el milagro de Harry Potter, que le proporcionó más de diez años para averiguar la manera de librarse de Voldemort para siempre. Si Lily no hubiera muerto, Voldemort habría sobrevivido y Dumbledore podría haber perdido. No podía soportar la idea de que esa posibilidad existiera.
Además, había una belleza trágica en la historia de la familia Potter; un joven padre y una joven madre sacrificándose heroicamente por su hijo y así, si saberlo, causando la derrota de la mayor amenaza de su tiempo. Por supuesto que Lily, en la impaciencia de su juventud, no podía ver inmediatamente la gloria poética de su sacrificio, y por supuesto que ella, en su estupidez infantil, temía a la muerte como cualquier otra persona común. Pero Dumbledore confiaba en que ella entendería con el tiempo que valía más muerta que viva. Su nombre jamás sería olvidado y su leyenda viviría por siempre. Merlín, ¡conquistaría a la misma muerte! ¿Por qué no querría aquel honor? ¿Por qué iba a querer jugar con el destino, cuando ya le habían ofrecido un destino tan hermoso con el que cumplir? No, Dumbledore estaba seguro que, en el fondo, Lily estaba de acuerdo con él, aún cuando no sabía toda la verdad.
Sería mejor para todos, reflexionó Dumbledore, que Lily nunca se enterara que existía la posibilidad de que pudiera escoger otro futuro. Era preciso que Lily se abrazara a su destino sin dudarlo.
En verdad la guerra se parecía mucho a una partida de ajedrez. A veces, en el nombre del bien mayor, uno se veía obligado a sacrificar una de las piezas menos importantes para ganar el juego.
23/09/2012 9:26 p.m.
