Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La historia le pertenece a AngstGoddess003. Y está siendo traducida por varias personas en el Blog de A.P.
Capítulo 24: Sensaciones Desesperadas de Moca.
Traducido por: Ioreth y Lucía.
*Bella*
Me despertó un fuerte golpe que hizo que me acurrucase aún más en el pecho de Edward. Me estremecí con cada golpe, apenas consciente. Podía oír una voz que retumbaba ahogada tras los golpes, mientras subía y bajaba con cada respiración del pecho sobre el que descansaba. Abracé a Edward con más fuerza, esperando a que cesase. De repente, me encontré sentada contra el pecho de Edward.
—¡Espera! —Gritó Edward con voz de pánico. Me tensé cuando me di cuenta de que la voz ahogada pertenecía a Emmett. Estaba en la puerta de Edward.
—¡Maldición, baja! ¡Carlisle te está esperando! —Gritó desde el otro lado de la puerta. Mis ojos se abrieron por completo y eché una ojeada a Edward, que tenía los ojos tan abiertos como los míos, con una expresión desesperada en la cara. Entonces lo oí. El movimiento del pomo de la puerta. Me entró el pánico, agarré la manta para ocultar mi torso desnudo y estuve a punto de darle un codazo a Edward en la cara. Él sujetó mi brazo y su cara se relajó. Con su boca me gesticuló la palabra "cerrada" según cesaba el movimiento del pomo.
Sus ojos se posaron en la, afortunadamente, puerta cerrada.
—¡Qué te jodan! ¡Bajo en diez minutos! —Gritó en dirección a la puerta.
Me encogí ante el ensordecedor ruido en mi oído mientras él me miraba disculpándose. Sujetó mi brazo levemente, esperando para confirmar que Emmett se había marchado. Nos miramos fijamente a los ojos. Mantuvimos una conversación silenciosa, invadidos por el pánico. Yo estaba preocupada por si pasaría algo malo. Por si sospechaban que estaba aquí arriba con él. Edward vio la preocupación en mis ojos, porque negó con la cabeza con una expresión seria en la cara.
Finalmente, escuchamos las fuertes pisadas de Emmett alejándose por el pasillo. Ambos respiramos hondo y nos relajamos.
Edward cayó sobre la cama mientras yo permanecía sentada. Comenzó a gruñir y a pasarse los dedos por su cabello alborotado. Todo lo que pude entender fue "...putos cabrones impacientes... estoy demasiado jodidamente viejo para esa mierda... treinta minutos... perfecto sueño reparador".
Eché un vistazo al reloj y me di cuenta de que tan solo eran las cinco de la mañana. Percatándome de que probablemente sería una buena idea marcharme a casa temprano, muy a mi pesar, levanté mi rodilla apartándola del lado de Edward y me bajé de su cuerpo. Él permanecía con los ojos cerrados. Bien porque estaba demasiado cansado como para abrirlos o bien porque me estaba dando un poco de intimidad, no estuve segura. Pero recogí mi jersey del otro extremo de la cama y me lo puse con rapidez.
Mis caderas estaban agarrotadas por la inusual postura, y me prometí a mí misma no volver a repetirla mientras me dejaba caer en el sofá para ponerme los zapatos. Me los puse velozmente, cubriendo mi cabeza con la capucha con rapidez temiendo que Emmett pudiera regresar de nuevo. Cogí mi mochila y comencé a meter en ella los contenedores usados de la cena de la noche anterior. Tomé las galletas de la mochila y las deposité junto al reloj despertador que aún no había sonado.
Me giré hacia Edward, que seguía tumbado en la cama y me estaba mirando fijamente con la expresión más desoladora y desconsolada posible en su cara. Le sonreí, sin estar dispuesta a que estuviera triste por lo que había pasado la noche anterior. Me devolvió una sonrisa triste y gesticuló con su brazo para que me acercase a la cama. Me subí a la cama sin dudarlo, preparada para recibir mi beso en la mejilla de todas las mañanas. Se sentó y se inclinó para encender la lámpara, iluminando la habitación con una luz brillante, haciendo que tuviera que entrecerrar los ojos por su culpa. Edward tuvo que hacer lo propio mientras se inclinaba sobre mi mejilla, plantando un único beso. Mantuvo los labios en mi mejilla unos segundos. Cerré los ojos y disfruté del roce de sus labios contra mí. Finalmente se dejó caer sobre la cama. Pero su expresión se había tornado apagada e imposiblemente triste.
Mi corazón se encogió y quise preguntarle qué le ocurría, pero me aterraba que Emmett pudiese regresar mientras lo hacía. Tenía que hacerle saber que fuera lo que fuese lo que estaba pensando o sintiendo, no conseguiría alejarme de él. Así que me incliné hacia él lentamente. Sus tristes ojos verdes nunca abandonaron los míos mientras me inclinaba sobre él, deslizando mi mano bajo la manta que cubría su pecho, acariciando su piel hasta encontrar el anillo que colgaba alrededor de su cuello. Lo agarré con suavidad y planté un delicado beso en su cálido cuello. Él permaneció inmóvil.
Mis labios se deslizaron desde su cuello hasta su oído.
—Nada podría hacer que te quisiera menos —susurré con sinceridad, soltando el anillo y sacando mi mano de debajo de las mantas mientras me bajaba de la cama. Su expresión no cambió ni un ápice. Si acaso, fue a peor.
Dejé escapar una respiración entrecortada y miré a la puerta desesperada, deseando que tuviésemos más tiempo. Pero tenía que marcharme, así que me giré y salí por la puerta francesa, fundiéndome con la fría oscuridad de Diciembre mientras dejaba a Edward solo y desolado.
=:=
Alice se despertó como tres minutos después de que entrase por la puerta de la cocina. Me sentí increíblemente afortunada porque mi pelo no estuviese enredado como consecuencia de las caricias de la nariz de Edward, y por primera vez en esa mañana, agradecí que hubiéramos dormido en esa extraña posición que había prevenido que eso ocurriera. Ni siquiera me dio tiempo a quitarme la capucha antes de que ella entrase en la cocina. Me hizo un gesto con la ceja dirigido a mi capucha y yo me encogí de hombros, dándole a entender que había dormido con esa ropa la noche anterior. Ella también se encogió de hombros y se sentó en el taburete, vibrando por la emoción de que por fin había llegado la mañana de Navidad. Comencé a preparar un desayuno de Navidad ridículamente abundante, ganándome la aprobación festiva de Alice.
Una vez que las tres terminamos de desayunar, abrimos nuestros regalos. Eran las segundas Navidades sin mi madre, pero las primeras con mi tía y mi prima. Aliviaban la dolorosa amargura que estaba sintiendo porque ella no podía estar allí conmigo.
Alice se volvió como loca con los regalos. Nuestro árbol estaba rebosante con papeles de regalo brillante que asomaban por todos lados. Algunos eran para mí y para Esme, pero muchos eran para Jasper, Emmett y Rosalie también. Me honró con más ropa de la que, probablemente, me podría poner nunca, seguramente con la intención de que al tratarse de un regalo, acabaría poniéndomela. Por lo visto, ella y Edward compartían la misma filosofía cuando se trataba de quejarse sobre los regalos de Navidad. Así que sonreí y le di las gracias efusivamente, esperando que con eso fuera suficiente, porque no pensaba ponérmela. Creo que ella probablemente lo sabía.
Cuando llegó el mediodía, estábamos exhaustas. Pero yo más, ya que solo había dormido cuatro horas la noche anterior. A pesar de ello, estaba agradecida con Emmett por su intrusión. Me pasé el día limpiando los restos de los regalos y del abundante desayuno que había preparado. Me llevó tres horas. Esme no paraba de insistirme para que lo dejara, pero me gustaba la distracción. La magnitud de los acontecimientos de la pasada noche me pesaban demasiado.
Jasper y Rose vinieron esa tarde para intercambiar regalos con Alice. Yo me quedé en la cocina mientras lo hacían, ya que no me apetecía tener compañía o pretender ser normal durante una hora o dos. Preparé nuestra comida de Navidad en soledad mientras los sonidos de las risas y los reproches llegaban desde la otra habitación. Creo que Jasper y Rose no se estaban llevando demasiado bien desde lo que había pasado con Alice. Rose obviamente no aprobaba la relación por razones que desconocía. Tal vez pensaba que Jasper no era lo suficientemente bueno para ella, o a lo mejor era al contrario. Era una situación que sería muy similar a la reacción que tendría Alice si alguna vez descubriera lo mío con Edward. Me hacía compadecerme aún más de Alice. Y me servía de munición para cuando... o por si... alguna vez nos descubrían.
Se marcharon en cuanto terminé de preparar la cena, para pasar la noche con sus familias. Le había estado insinuado a Esme durante toda la semana que invitara a los Cullen a cenar el día de Navidad. Cuando por fin se lo dije sin rodeos, se había negado y en su lugar, optó por una cena sencilla solo las tres. Sentía que aquello tenía algo que ver conmigo, pero no dije nada, contenta al menos por la intimidad de la celebración. La convencí para darles lo que nos sobrase de la cena. En realidad, les preparé una cena completa por separado, pero nunca sabría la diferencia y Esme pareció agradecer en silencio mi generosidad, seguramente pensando en el apetito que demostraba Emmett.
Cuando terminamos, Esme les llevó la enorme caja atravesando el jardín. Sonreí mientras se dirigía a la puerta, contemplando desde el porche como el doctor Cullen la invitaba a pasar con una amplia sonrisa de sorpresa. Me pasé el resto de la tarde en el salón con Alice sin hacer nada. Las dos estábamos llenas y cansadas, nos frotábamos el estómago miserablemente y jurábamos que no comeríamos nada más en una semana. Me hizo una mueca cuando me levanté para hacer galletas, pero era mi rutina. Sabía que se las acabaría comiendo de todos modos.
Y cuando por fin se quedaron felizmente dormidas y llenas a las nueve y media, procedí a empaquetar las galletas de Sensaciones Desesperadas de Moca que había preparado y montones de comida.
Salí a las diez, ansiosa por ver a Edward y esperando que su humor hubiese mejorado un poco desde esa mañana. Golpeé suavemente la puerta, congelándome por la fría lluvia que estaba cayendo. Cuando abrió, busqué su cara automáticamente. No me gustó lo que vi.
Estaba de pie en el marco de la puerta con la misma ropa de esa mañana, camiseta oscura y vaqueros. Su cabello color bronce estaba totalmente despeinado, apuntando en todas direcciones y dando la sensación de haberse estado pasando los dedos continuamente. Pero fueron sus ojos los que me llegaron. Cuando se encontró con mi mirada, sus ojos estaban tan abatidos como antes.
Mi estómago se hundió, sabiendo que su humor tenía definitivamente algo que ver con mis acciones de la noche anterior. Quería preguntarle qué había hecho y cómo podía mejorarlo. Pero su cara dejaba claro que las preguntas solo empeorarían las cosas, así que entré en la habitación en silencio, mojada y muerta de frío. Una vez que hubo cerrado la puerta, me quitó la capucha, liberando mi cabello. Me giré rápidamente, necesitando sentir la mejor parte del día. El beso de Edward. Me sonrió mientras se inclinaba. Pero no era su sonrisa torcida. Fue sombría y llena de un dolor que no podía entender. Mi sangre bombeaba con ansia, anticipándome a la intimidad según atrapaba mi labio inferior entre los suyos.
Respondí rápidamente, enredando mis dedos en su cabello y apretándole contra mí. El beso fue distinto al resto de nuestros besos nocturnos. Carecía de la habitual lujuria y necesidad mientras me sujetaba suavemente por las mejillas, acariciándome con delicadeza. El beso fue triste y estuvo a punto de hacerme llorar cuando se apartó de mí sin siquiera intentar profundizarlo. Dejé caer mis brazos y busqué desesperadamente en su cara. Sus ojos verdes ya no eran intensos, sino apagados y sin vida. Permanecí frente a él, intentando no mostrar mi dolor y mi decepción. La expresión de sus ojos me dijo que tenía varios asuntos que resolver. Y que no había nada que yo pudiera hacer salvo esperar a que él comenzase a aceptar y a enfrentarse a lo que fuese que estuviese sintiendo. Me estaba manteniendo al margen mientras lo hacía.
Me giré con rapidez, deposité la comida en su cama y reprimí las lágrimas que intentaban salir a través de mis párpados. Me senté en el sofá y le observé comer en completo silencio. Edward nunca comía en silencio. Era como si estuviese dentro de su propia burbuja en la cama, sin encontrarse con mi mirada y mirando a lo lejos como si hubiese algo allí, pero no lo había. No habló en lo que quedaba de noche.
Nos fuimos a la cama tan pronto como terminó de comer, ya que estábamos faltos de sueño por lo ocurrido la noche anterior. Cuando nos metimos bajo las sábanas y apagamos la luz, me cogió con suavidad. Besó mi pelo con delicadeza mientras yo descansaba mi cabeza en su hombro. Su abrazo era más débil alrededor de mi cintura, y yo le apreté con fuerza, esperando a que él hiciera lo mismo. Pero no lo hizo. Era como si no quisiera tocarme. Pensar en eso hizo que me subiera la bilis hasta la garganta mientras acariciaba su cabello y le tatareaba para que durmiese, desesperada por qué me abrazara de verdad, mientras mis galletas mantenían todo su significado de la noche anterior pero multiplicado por diez.
=:=
Los cuatro días que siguieron al día de Navidad fueron fríos. Brisas heladas y húmedas que se mantenían justo por encima de la temperatura necesaria para que nevase. Edward se distanció aún más de mí. Ojalá pudiese decir que volvimos a la relación parecida a un acuerdo de negocios que teníamos antes de que tuviera que marcharme a Phoenix, pero era mucho peor. Los besos apasionados en la puerta pasaron a ser castos roces en los labios. Apenas me acariciaba ya. La mirada de sus ojos nunca cambió. Siempre tenían un tono verde apagado, sin esperanza y desolado. Yo me sentaba en el sofá y leía y le observaba mientras él comía en silencio. Dejó de gemir y de murmurar, centrándose únicamente en comerse la cena como si se tratase de algo para subsistir y no algo con lo que disfrutar. Se estaba alejando y encerrándose en sí mismo por completo. Podía verlo en sus ojos cuando evitaba mirar a los míos. Estaba justo delante de mí, pero a la vez estaba muy lejos.
La segunda noche le pregunté qué le pasaba. La distancia me estaba matando. Pero él simplemente farfulló que estaba bien y se las arregló para regalarme una pequeña sonrisa. Quise saltar sobre él, sacudirle y decirle lo estúpido que estaba siendo y hacer que me besara de nuevo como si realmente quisiera hacerlo. Pero apenas tuve que reprimir el impulso. Era algo a lo que él tenía que enfrentarse a su manera, y el que yo le metiese prisa no iba a mejorar las cosas. Simplemente fue la sensación que tuve cuando le miré esa noche a los ojos. Sabía que todos mis esfuerzos por sacarle de todo esto solo empeorarían las cosas. Así que acepté sus rácanos besos con una elegancia de la que no me creía capaz y mantuve mi boca firmemente cerrada, negándome a abrir más heridas de las que ya había abierto.
La manera en la que me agarraba por las noches era casi ridícula, apenas descansando su brazo en mi cintura mientras dormía. Podía sentir como los sueños empujaban para entrar, apenas rozando la superficie y haciendo que me despertase por las mañanas con un sentimiento familiar de pavor. Nunca era un sueño completo. Eran impresiones de mis sueños, intentando colarse mientras dormía. Deseaba que él me apretara contra su cuerpo y los mantuviese alejados. Pero en lugar de eso, recibía caricias distraídas y besos superficiales. Era como si la ya débil llama que había prendido en su alma justo antes de Navidad, se hubiese apagado por completo. Yo seguía luchando y peleando por aferrarme a él y permanecer paciente.
Me pasaba los días sola en casa, arrepintiéndome de todo lo relacionado con el regalo de Navidad. Sabía que todo tenía algo que ver con eso. Por mucho que intentara negarme a mí misma que un regalo tal como el amor no podía provocar semejante reacción, sabía que no era así. Y odiaba tener que arrepentirme por habérselo dicho.
Alice continuaba preguntándome qué me ocurría, claramente interpretando mi humor demasiado bien. La evité y la alejé de mí sintiéndome frustrada. Frustrada por no poder pedirle consejo. Porque no podía enterarse de lo que había entre nosotros. Si es que existía todavía un «nosotros». Mi dolor y mi decepción se transformaban rápidamente en resentimiento cada mañana que me despertaba de mis semi-pesadillas, envuelta en su semi-abrazo.
*Edward*
Fue el primer beso en su mejilla la mañana de Navidad. La observé mientras mantenía sus ojos cerrados, bebiendo con reverencia de mi beso, como si fuera algo por lo que ella vivía y respiraba. E intenté con todas mis fuerzas sentirlo en ese momento. Sentir el amor por ella que estaba buscando desesperadamente. El que ella se merecía desesperadamente. Pero no lo encontraba. Quería apartarla y abrazarla con fuerza y preguntarle por qué coño no me odiaba.
Y ella no lo hacía. Su amor por mí era completamente incondicional. Lo que empeoraba las cosas. Lo deseaba más que nada en este jodido mundo. Sentir eso por ella y demostrárselo. Pero cada vez que abría la puerta y la miraba, simplemente me sentía más vacío por no poder encontrarlo. Por no ser jodidamente capaz de sentirlo.
Así que me distancié de ella las siguientes noches. Intenté convencerme a mí mismo de que solamente la estaba protegiendo de mi oscuridad y mi estado de ánimo de mierda, cada vez que entraba por la puerta esas noches. Pero era mentira. Me odiaba más a cada segundo que me miraba con esos ojos torturados y tristes. Le estaba haciendo daño porque no sentía lo mismo. Lo sabía por los nombres de sus galletas y la mirada de sus ojos. Yo era realmente un veneno. Dejé de besarla como lo hacía normalmente, intentando evitar tocarla. No lo hice porque quisiera. Lo hice porque su amor por mí me hacía sentir completamente amargado. La manera en que sus ojos brillaban cuando acariciaba su piel, o besaba su cabeza, me hacían darme cuenta de que era puñeteramente incapaz de hacer lo mismo. Y no era justo para ella.
Después de la primera noche, no pude seguir mirándola a los ojos. Miraba para otro jodido lado, escondiéndome de todo el amor y el perdón que había en su paciente y dolorida mirada. Me estaba comiendo vivo por dentro. Hacía aumentar un poco cada día el odio que sentía por mí mismo. Cuando se iba en las mañanas, me quedaba en la cama casi todo el día. Supongo que para mucha gente, podría parecer endemoniadamente penoso. Pero todavía lo estaba buscando. Buscando algo que me daba pánico no poder encontrar nunca. Me pasaba el día encerrado, intentando ordenar toda esa mierda en mi cabeza.
Podía sentir amistad, lealtad, aprecio y protección, y un montón de adoración por ella. Incluso podía fácilmente sentir lujuria. Pero era como si no pudiera alcanzar otro nivel de sentimientos. No solo por ella, sino por todo el mundo. Y cuánto más pensaba en ello, más como una mierda me sentía. Tendría que querer a Carlisle. Joder, él me salvó. Me quería de la misma forma incondicional que Bella, y seguía a mi lado a pesar de todas las mierdadas que había hecho. Se merecía que lo quisiera tanto como se lo merecía mi chica. Pero tampoco estaba ahí. Después de cuatro putos años, seguía sin estar ahí. Había respeto, y lealtad, y cariño, e incluso un poco de maldita admiración hacia él. Pero no había amor.
No tenía sentido que no pudiera sentirlo. Era un ser humano, después de todo. Tenía alma y corazón. Solo no podía encontrarlos para el coño. Ni siquiera tenía miedo a sentirlo, porque la idea de no poder hacerlo nunca, me hacía desearlo con más fuerza.
Me sentía como un jodido fenómeno. Vacío y hueco. Ella quería ayudarme y cuidarme. Podía verlo cuando me miraba. Pero esta era la única cosa con la que no podía ayudarme. No podía mostrarme el suyo. Porque en el amor, o en la falta de él, no éramos quid pro quo. Y todo era por mi culpa. Porque ella podía sentirlo, y mostrarlo, y hacerme esbozar una puñetera sonrisa. Y yo no podía hacer eso por ella.
Así que cuando venía por las noches, me encerraba en mí mismo. Estaba allí, en la habitación, pero me había esfumado. Nadando en mi cabeza, buscando en las turbias profundidades por lo mismo de todas las noches, y joder, nunca lo encontraba. Me perdí en la desolación, a medida que la desesperanza me invadía y permanecía en al aire que me rodeaba.
Odiaba lo que le estaba haciendo a ella. Todas esas noches que estaba conmigo, todas sus sonrisas eran falsas y forzadas. Y por primera vez, deseaba que se pusiera su maldita capucha y escondiera el dolor que le causaba. Porque no podía librarla de ese dolor.
=:=
Antes de que se fuera en Nochevieja, teníamos que hablar sobre un plan alternativo para que viniera por la noche. Carlisle y Esme estaban preparando una fiesta de vecinos en la pradera, junto al río. La hacían cada año, el agua nos protegía para tirar fuegos artificiales. Si encontraban algo en este condenado pueblo lo suficientemente seco como para prender la mecha. Estábamos obligados a hacer acto de presencia a medianoche, y todo el jodido patio iba a estar a la vista de todos los invitados, haciendo imposible cualquier tipo de escalada por el entramado de la pared.
Jugué con la idea de cancelar toda la noche con mi chica. Pero no quería entrar en el Año Nuevo solo y puñeteramente cansado. Finalmente me decanté por la puerta principal. Era fácil, y no habría nadie enfrente durante la fiesta, así que tenía sentido. Le conté mi plan detalladamente, todavía manteniendo las distancias con ella, y hablándole con voz monótona, para que no pudiera notar que me sentía malditamente asqueado y culpable por lo que le estaba haciendo. Aceptó en voz baja y salió por la puerta con la cabeza gacha.
Me sentía como una mierda cada vez que se iba. Le daba un soso beso en la mejilla, y se iba sin mirarme a los ojos, herida y rechazada, e intentado esconderlo para que yo no lo notara, fallando miserablemente. Era en esos momentos, con esos pequeños besos, cuando intentaba con todas mis fuerzas sentirlo por ella. Deseaba cogerla y estrecharla contra mí, y decirle a mi chica que por fin estaba a su nivel y observarla cuando su cara se iluminara como un condenado árbol de Navidad al decírselo.
Pero nunca sucedía.
Me pasé el resto del día solo en mi habitación cuando ella se fue. Quizás me estaba comportando como un completo emo pendejo, pero no podía evitarlo. Quería espabilar, y seguir intentado ser más para ella. Preguntándome si lo estaba forzando demasiado y pensando que quizás si me diera algo de tiempo, simplemente llegaría todo solo. Como cuando intentas recordar algo insistentemente y ni de coña puedes… hasta que dejas de intentarlo. Pero la desesperación y desesperanza de toda la situación hacía que me hundiera. Me estaba preguntando si Daddy C. no tenía toda la razón cuando sugirió que tenía algún tipo de desequilibrio químico. Entonces me pregunté qué tipo de drogas me darían si lo tuviese. Luego me pregunté si las drogas me harían sentirlo. Si podían, las aceptaría sin pensármelo un jodido segundo, solo por ver la sonrisa de mi chica cuando finalmente se lo dijera.
Nadie me dijo nada ese día. Todo el mundo estaba tan endemoniadamente atrapado en los preparativos de la fiesta que no se dieron ni cuenta de que no estaba. Lo que era puñeteramente perfecto para mí.
En el momento en el que la gente empezó a llegar al patio por la noche, estaba de un ánimo increíblemente sombrío. Podía oír la música y la risa y la alegría filtrándose por mi puerta del balcón, y me dieron ganas de vomitar. Apagué la luz cuando comenzaron a lanzar los fuegos artificiales, dejando que los reflejos de colores iluminaran mi habitación en una total contradicción con mi estado de ánimo personal.
A las once y media, me puse la chaqueta de cuero y las botas y me dirigí al patio trasero. Solo lo hacía para complacer a Carlisle, y tal vez para echar un vistazo a la sonrisa de mi chica cuando observara los fuegos artificiales. No había visto su sonrisa en días. Caminaba por el patio, mirando hacia abajo a mis zapatos, mi estado de ánimo agriado por la música alegre y optimista. Brandon tenía la pradera detrás del cenador completamente iluminada con luces y un sistema de sonido impresionante que era demasiado elegante para el público de Forks. Tuve que reconocerlo. No dejaba las cosas a medias. Se trataba de una característica admirable que yo envidiaba bastante. Porque era un jodido experto en dejar las cosas a medias.
Había un montón de gente alrededor, bebiendo y fumando y riendo con chistes y bromas. Carlisle estaba delante de la barbacoa, preparando la comida para todos los invitados. Nadie me echó ni un vistazo cuando me dirigí a una silla plegable vacía al final de la multitud más allá del mirador. Me dejé caer en ella estirando los pies a lo ancho en frente de mí, mientras miraba sin ver el río.
De vez en cuando los fuegos artificiales iluminaban la pradera aún más, lanzando reflejos brillantes sobre el agua del río. Oteé un poco a mí alrededor para ver si mi chica ya había llegado. Vi a Jasper en el otro extremo de la pradera abrazado a Brandon jodidamente feliz y enamorado, lo que me hizo odiarlo un poco. Vi a Alice sonreírle y girar la cabeza para darle un ardiente beso en el cuello. Se rio con alegría, echando la cabeza hacia atrás con su pelo de punta rozándole las mejillas. Él se lo alisó cariñosamente y en un gesto anti Jasper, le besó el dorso de la mano después de cogérsela. Con amor. Haciéndola sonreír. Nunca podré hacer algo así.
Miré lejos de la escena, sintiéndome malditamente amargado por todo el asunto, y seguí mirando a mí alrededor. Pero luego vi a Emmett y Rosalie en el otro lado del jardín. Luciendo condenadamente felices también. Y cuanto más miraba, más veía. Y cuanto más veía, más amargado me sentía.
Seguí buscando a Bella, tragando hacia abajo la bilis que se abría paso hasta mi garganta con la visión de todas las parejas felices. Al principio no la vi, y pensé que podía haberse quedado en casa, lo cual me decepcionó. ¿No se supone que a las chicas les gustan los fuegos artificiales?
Finalmente la encontré de pie, lejos de todos a veinte metros de mí, parecía condenadamente incómoda y con frío. Estaba en la oscuridad, igual que yo. Al menos todavía somos quid pro quo en algo.
Me la quedé mirando sin reparos en la oscuridad desde mi sitio. Llevaba su sudadera con la capucha apretada a su alrededor. Pero de vez en cuando, levantaba la cabeza hacia el cielo para ver los fuegos artificiales que le iluminaban la cara con varios colores. Se veía tan malditamente hermosa. Sentí una sensación extraña y poderosa empujándome para ir a verla donde estaba escondida en la oscuridad. La necesidad de ir y estar con ella era tan fuerte que mis pies se movieron. Y era extraño que yo reaccionara así, porque había pasado muchos días con ella en la escuela. Mirando pero evitando.
Seguí observándola con curiosidad cuando la cuenta atrás para medianoche llegó a los dos minutos. Se metió las manos en los bolsillos de su sudadera y miró al suelo, pisoteando la hierba húmeda descuidadamente con los pies. Nadie en la multitud le dirigió una mirada mientras estaba oculta en la oscuridad. La miré intensamente, dispuesto a encontrarme con su mirada para poder mirarle los ojos y ver si los fuegos artificiales le gustaban.
Y, de repente, su cabeza se levantó de golpe en mi dirección desde el suelo y sus ojos marrones se reunieron con los míos. Me miró sorprendida. No creía que fuera a tomarme la molestia de salir al frío de la noche para ver los fuegos artificiales. No parecía feliz o contenta contemplando las luces en el cielo. Desvió la mirada y comenzó a mirar a la gente que se había colocado junta por parejas para los besos de medianoche de Año Nuevo mientras la cuenta atrás continuaba. Todas esas jodidas parejas felices que tenían a alguien más para comenzar el año. Su rostro reflejaba tristeza. La sensación de tirantez en mi pecho se hizo más profunda.
Y demonios, tuve que hacerlo. Traté de justificar el riesgo con el hecho de que quería que ella tuviera un beso de Año Nuevo como todos los demás. O tal vez porque yo quería uno. Pero fue una mentira de mierda. El tirón en mi interior me empujaba a ella con tanta fuerza que no podía soportarlo más.
Me levanté de la silla y eché a correr hacia ella, protegido por la oscuridad. Ella no me vio llegar, pero sabía que me sintió. La electricidad que decía que siempre le hacía sentir como en casa. Cuando finalmente llegué a ella la agarré del brazo y tiré de ella para adentrarnos más en la oscuridad. Se dio la vuelta y me miró con los ojos muy abiertos, pero no tenía tiempo de explicarle nada. Así que la agarré del brazo con más firmeza y la aparté del río y el prado, corriendo a la seguridad de la glorieta. Ella permaneció en silencio mientras seguía a toda prisa detrás de mí.
Subí a la plataforma del mirador, me di la vuelta y la empujé contra una de las grandes columnas que nos ocultaban de la vista de la multitud. Sus ojos estaban muy abiertos y sorprendidos mientras yo echaba un vistazo alrededor para comprobar que nadie nos veía. Pero todo el mundo estaba demasiado absorto en sus propios compañeros para notar nada más que la cuenta atrás que llegaba a veinte segundos en ese momento. Yo estaba medio sin aliento por la adrenalina y la carrera. Miré a mi chica que estaba de pie delante de mí, pegada a la columna con los ojos muy abiertos y contemplando mi rostro.
Me acerqué a ella hasta que estuve presionado completamente contra su cuerpo, relajándose así la tirantez de mi interior con su proximidad. Le bajé la capucha. Lancé un profundo suspiro y le sonreí a mi chica. La primera sonrisa real que había sentido en días. Se veía tan jodidamente confundida que me dieron ganas de reírme de ella. Pero en su lugar simplemente tomé su cara entre mis manos cuando la cuenta atrás llegó a quince. La gente estaba contando ya, yo apoyé mi cara en la suya. La comprensión finalmente surgió en su cara, mientras los demás gritaban los segundos que faltaban. Entonces ella me sonrió. Con esa sonrisa suya grande y llena de dientes y en todo su esplendor justo en mi cara, y por Dios jodido del cielo, había echado de menos esa sonrisa. Sus ojos brillaban con algo parecido al alivio y la felicidad, llenos del amor incondicional que sentía por mí. Pero yo no estaba apartando la mirada esta vez. Quería que lo tuviese. Y tenía que hacerlo. El tirón se había calmado, pero aún podía sentir la necesidad de estar más cerca.
Posé mis labios en los de ella y cerré los ojos cuando la cuenta atrás llegó a diez, y pude sentirla luchando por disminuir su sonrisa para poder besarme bien, pero era tan grande que apenas podía. Y yo tuve que sonreír sobre sus labios también. Porque, ¿cómo no iba a hacerlo cuando Bella me sonreía de esa manera? A mí. Para mí. Por mí.
Cogí su cara más firmemente, acariciando sus mejillas con los pulgares, enredando los dedos en el cabello suave detrás de las orejas y luchando para esperar hasta el último segundo para devorar sus labios y besarla hasta dejarla sin sentido, para aliviar la sensación de tirantez. Ni siquiera me molesté con los besos preliminares. Cuando la cuenta finalmente se detuvo en el uno, introduje mi lengua entre sus sonrientes labios mientras la necesidad de estar más cerca de ella se apoderaba de mí por completo. Me aceptó con un entusiasmo que hizo que me flaqueasen las rodillas, introduciendo sus dedos en mi cabello y acercándose a mi cara más para profundizar el beso metiendo su lengua en mi boca. Mis movimientos se hicieron más ansiosos, tenía la respiración acelerada y continué empujando contra su lengua frenéticamente y apretándome contra su cuerpo.
Se oyó el fuerte auge final de los fuegos artificiales en el fondo y esa estúpida canción de Nuevo Año, Auld Lang Syne. Pero yo no podía oír o sentir nada que no fuera mi chica apretada contra mí. Tan malditamente firme que el anillo situado entre mi camiseta y mi piel estaba presionando dolorosamente las cicatrices de mi pecho.
Se agarró de mi chaqueta de cuero con un puño, tirando de mí y moviendo su lengua contra la mía ferozmente.
Apreté mi cuerpo lo más cerca posible mientras insistía en su lengua con la mía. Tenía a Bella hecha un jodido sándwich, colocada entre mí y la columna, sabía que tenía que dolerle, pero ella siguió tirando de mí más cerca y ladeando la cabeza para profundizar el beso. Mi mente estaba espesa y difusa con la lujuria. Embestí sus caderas con las mías. Pero había algo más que el crudo deseo. Y yo estaba tirando y empujando y siendo demasiado brusco con mi chica. Pero no podía contener la necesidad de poseerla totalmente. Entrar dentro de ella y no salir nunca.
Y la sensación primaria que encendía dentro de mí me hizo gemir en su boca mientras me tiraba del cabello. Era algo condenadamente nuevo y ajeno y más intenso de lo que jamás había sentido antes. No sabía qué nombre darle. No podía distinguir nada más que la necesidad de estar más cerca de ella. No sabía qué cerca podía estar del amor que había buscado desesperadamente, pero sabía que estaba en un nivel completamente nuevo para mí. Un nivel por encima del instinto de protección y la amistad y la adoración, y hasta la lujuria.
Y yo me dejé jodidamente regodearme en ello.
Casi se me escapó una carcajada en su boca, cuando la completa euforia dejó que esa emoción me llenara completamente hasta desbordarme. En lugar de cuestionarla, de preguntarme qué estaba sintiendo, volqué toda esa emoción en nuestro beso. Fuera lo que fuera, se lo di a ella por completo, esperando y rezando para la mierda que pudiera sentirla a través de mí, y tal vez que me dijera de qué se trataba y si era suficiente para ella.
Mi beso se hizo increíblemente más urgente con la emoción que me embargaba, ella gemía en mi boca sin aliento. Los dos teníamos la respiración entrecortada y jadeábamos nuestro aliento caliente en la boca del otro. Tirando y apretando y presionando a medida que continuábamos nuestro beso salvajemente, cubiertos por la segura manta de la oscuridad en el mismo sitio donde todo había comenzado para los dos.
Yo estaba aterrado por si al apartarme de sus labios la emoción se iría, y nunca la sentía de nuevo. Pero me faltaba el aire. Así que a regañadientes separé mis labios de los suyos y comencé a respirar a bocanadas el aire frío de diciembre, pero mi chica siguió besándome. Mi cuello, la mandíbula y mi garganta recorriéndome con su calor y sus húmedos besos.
Y joder, seguía allí.
Me reí sin aliento mirando la columna de madera delante de mí mientras sujetaba su cabeza contra mi cuello con fuerza, disfrutando del sentimiento. Seguramente pensó que era un puñetero loco, pero no se apartó de mi cuello para decírmelo. Seguí riendo y jadeando mientras ella dejaba besos por la garganta y las mejillas y el mentón, por todas putas partes. Y una vez que cogí el aliento suficiente para hacerlo, le devolví todos los besos. Cogí su cara entre las manos y la cubrí de pequeños besos alrededor de los pómulos, ella me sonrió radiante y se agarró de mi cabello más fuerte. Usé todos mis besos y mis ojos y mis sonrisas para finalmente mostrarle lo mío. No sabía qué era lo mío todavía, pero estaba allí. Y la hizo sonreír y reír en torno a mis labios con cada beso que depositaba en su cálida piel. Cuando tuve cada centímetro de su hermoso rostro cubierto, envolví mis brazos alrededor de su cintura y la apreté contra mí con firmeza. Se rio sin aliento de nuevo y me devolvió el abrazo con vigor. Agotado por el beso y por toda la angustia anterior, apoyé la cara en su hombro, descansando mis labios contra el calor de la piel de su cuello, y sonreí con alegría. Fue sin lugar a dudas el momento más jodidamente feliz de toda mi existencia.
Muchas gracias por los reviews y alertas. Los leí todos, me disculpo por no haberle enviado el adelanto, pero he tenido unos días muy fuertes en el trabajo, preparando todo porque pronto saldré de vacaciones y he llegado molida. En el siguiente sí los enviare.
Muchas gracias a Ioreth y Lucía por traducir este capítulo.
Este capítulo… Dios, cómo sufrí cuando lo leí, es que estaban tan bien y ahora…
Y ese final… ay como adoro a esos personajes, incluso aunque sean tan bipolares a veces.
Y el capítulo que viene! Dios, ya verán! De mis favoritos del fic
Qué bueno que Edward dejo de pensar tantas cosas y solo sintió, aunque es claro porque él no ha amado a nadie desde su madre, y bueno, ya sabemos qué sucedió con eso. Me dio mucha tristeza cuando piensa en que tenía que amar a Carlisle, pero todos sus demonios no lo dejan.
Nos leemos en el siguiente (El Martes). Si les gustó o no, dejen reviews. El adelanto lo enviaré en los reply de reviews.
