XXV.
Su señorita, contrato.
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El problema, mi problema no era esto, no era él, ni su indeseable presencia, tampoco era el espantoso clima de Bridgeport o lo reducido que de pronto parecía el mundo.
No, mi problema había empezado esa mañana, si, enserio que sí.
Para empezar ¿Qué demonios hacía eso ahí? Yo no había pedido eso, pero ahí estaba. Aquello era el sello personal de Evan. Peor aún ¿Qué era esto, una maldita película de James Bond, de dónde sacó un jet privado? Tercero ¿Qué rayos entendía toda esta gente por discreción?
Bueno, no negaré que había sido bastante agradable el viajar en aquel monstruo volador. ¿Qué? Era un monstruo, no por su tamaño sino porque aquel jet fácilmente costaba el dinero necesario como para sostener y mantener de buena forma a un pequeño país en desarrollo. En realidad había sido bastante cómodo, a diferencia de los vuelos comerciales donde los asientos eran rígidos, incomodos y tan cerca uno de otro que el espacio personal dejaba de existir ¿Y qué decir del servicio aéreo?
Había disfrutado muchísimo de las horas de viaje —reducidas a la mitad—, sobre todo porque el regreso a casa había transcurrido sin ni una sola aeromoza oxigenada y plástica, no, en su lugar la pomposidad inglesa de Evan Phantomhive había reunido una pequeña horda de sirvientes, particularmente, altos y gallardos mayordomos en impecables fracs negros como personal de su avión privado.
En realidad ese no había sido mi problema, no, los asientos eran cómodos, con una separación irracional entre ellos, eran suaves, daban masaje y eran reclinables ¡Por Dios, daban masaje!
Oh, y uno de esos mini bares en una parte del jet, no había tequila o cerveza, pero, entre la selección de licor que Evan resguardaba en la gaveta del bar existían cosas maravillosas ¡Y ese sujeto alto y rubio preparaba los mejores cocteles del mundo!
Ah… y como comité de bienvenida al poner el primer pie sobre el avión una peluda mata de pelos naranja se había lanzado contra mi ¿recuerdan a aquella pequeña cosita repleta de pelos a la que había quedado prendada aquella horrible ocasión durante la lectura del testamento? Si, el peludo Sir Demi nos hizo compañía durante el viaje. Sin embargo, mi problema no era un perro en un avión.
No, Sir Demi era la bola de pelos más adorable que hubiese visto en mucho tiempo y era muy divertido el ver a Sebastián intentando ocultar su molestia porque el enérgico Pomerania había decidido pegarse a él como una lapa.
El problema tampoco era la ausencia de Jess en mi mundo, ni el hecho de que la falta de su presencia a mi lado estuviera volviéndome pedazos ni que entonces yo caía en cuenta de lo que acababa de hacer horas atrás. Había sido una patada directa a mi autoestima y me sentí como el ser más cruel del mundo, había echado a mi mejor amiga fuera de mi vida como quien correría a un perro a patadas.
No, mi problema, por extraño que sonase no era la falta de Jessica Sammuels.
Tampoco era ese ardor en el pecho, ni el malestar que azotaba a mi cuerpo tras aquella desastrosa caída, un par de analgésicos antes de volar se habían encargado de aquel problema.
Tampoco era lo aturdida que estaba con respecto a ese tema, no me podía creer el cómo había salido ilesa, con sólo un centenar de hematomas que surcaban mi cuerpo y algunos rasguños por aquí y por allá; sabía la gravedad de mi caída y que ameritaba mucho más que aquellas heridas superficiales. Me atormentaba la pequeña charla que había tenido con Sebastián acerca del tema y mi cabeza no hallaba ni una sola de sus palabras como algo real y verdadero.
"—Me encargué de eso señorita—, me había asegurado una vez que llegamos al hotel, era de noche y tras haberme dado un baño y cenado algo me había animado a preguntarle cómo es que había salido viva de aquella pesadilla.
Le había mirado interrogante, sin poder comprender lo que me decía, entonces su mano, la mano con la marca del contrato rozó la piel expuesta por encima de mi pecho. Me escandalicé al segundo sin poder apartar la sensación de aquellos besos sobre la arena húmeda.
—Existen cosas mucho más profundas y poderosas que esto—, su mano acarició mi hombro haciéndome estremecer, era esa misma sensación que se apoderaba de mi piel cuando las marcas de ambos llegaban a juntarse.
— ¿Qué puede ser más íntimo que el venderte mi alma?—, la pregunta se me escapó sin siquiera pensármelo.
Estaba por estallar de la vergüenza cuando Sebastián dijo algo que me hizo callar.
—La sangre señorita, no hay nada más fuerte que un lazo de sangre entre demonios—, mi cara debió de haberse desfigurado por la confusión pero Sebastián estaba tan serio que ni siquiera pude razonar sus palabras—, no es algo común entre demonios y humanos…
Se quedó callado entonces, mientras sus ojos bajaban a la altura de mi pecho y se deslizaban tortuosamente por mi cuerpo hasta que sus ojos del color de la sangre se estancaron en mi vientre, sus dedos se deslizaron hasta ahí sin dejar ni un milímetro de piel libre de su tacto, me giró levemente y me hizo levantarme.
Aturdida me dejé hacer, me condujo al baño y me plantó frente al espejo, me giró levemente y sus dedos se aferraron a un punto en mi espalda, arriba, cerca de mis hombros había un algo que no había notado antes.
Era como una fina enredadera que bajaba desde un costado de mi cuello, un fino trazo que se dibujaba en mi piel y bajaba por un costado de mi espalda, casi rozándome los hombros, la línea se perdía mientras giraba delicadamente hacía mi pecho.
—Fue necesario para salvarle la vida— y sin siquiera darme tiempo a reaccionar me soltó.
Me giré con la intención de buscar una explicación pero me quedé perdida en los trazos que surgían en el brazo de Sebastián, las mismas enredaderas, los mismos trazos finos que surcaban mi espalda estaban en su brazo, el mismo brazo donde reposaba la marca, ahí, subiendo desde su mano hasta la altura de su codo."
No, pese a lo mucho que aquello molía mi cerebro no era mi problema.
Mi problema era…
—¿Desea algo más, señorita Carson?—, la voz de uno de los guapos y trajeados mayordomos, de pronto cerca, tan cerca como para idiotizar a una mujer por debajo del promedio como yo; cuestionó amablemente con una sonrisa deslumbrante y un acento británico encantador.
Asentí como idiota, atontada por la altura y los cuatro cocteles que llevaba encima.
El rubio encantador me dedicó un guiño desde el otro lado del mini bar y el de la deslumbrante sonrisa me miró a la espera de mi respuesta.
Bien, Samantha Carson ¿Ahora te has convertido en una de esas adolescentes hormonales que pierden el habla ante una cara bonita?
—No necesitas nada más ¿Verdad, cariño? — hay no puede ser…
¡¿En enserio?!
Sir Demi saltó a mis piernas como si de pronto demonio y perro se hubiesen aliado para ahuyentar a los apuestos miembros del personal del avión.
El Pomerania se agitó, lamiéndome la cara y tirándome encima el quinto coctel que sostenía en mi mano. Sebastián sonriente en el otro asiento se ofreció a ayudarme a limpiarme la ropa pero antes de que siquiera terminara de quitarme a la bola de pelos de encima el de la bonita sonrisa y el rubio de los cocteles ya me habían rodeado. Y mientras que uno intentaba quitarme la chaqueta el otro amablemente intentaba limpiar el líquido de mi blusa y pantalón, acercándose, sin siquiera inmutarse un poco, y de pronto mi espacio personal se redujo a cero.
Y ahí era donde radicaba mi problema.
Sebastián Michaelis el demonio al que le había vendido mi alma resultaba ser uno de esos ¿Cómo les dicen…?
Si, uno de esos.
Un macho posesivo.
Sí. Ese era mi problema.
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—Carson.
Evan Emerson Phantomhive, 44 años, 1.83, segundo al mando del corporativo Funtom y el soltero con el cual toda mujer inglesa soñaba y el que todo hombre americano envidiaba. Asintió a modo de saludo, con una expresión escueta y el impecable traje a la medida. Fingiendo bajo su perfecta mascara que la mujer diminuta y delgada frente a él en realidad no guardaba ningún parentesco consigo mismo, era torpe, débil e impulsiva… cualidades que definitivamente no destacaban en un Phantomhive… al menos no en la superficie.
—Phantomhive.
Samantha Carson, 23 años, 1.60 y 42 kilogramos, antiguamente una reconocida escritora… ahora: la heredera del imperio Funtom —eso si no le salía un hijo por ahí a su tío, uno nunca sabe que ocultan las personas…—, con el cabello marrón alborotado y el rostro pecoso y ojerudo oculto por una gran capa de base de maquillaje, con su inmutable expresión y unos jeans de mezclilla deslavados.
Tampoco podía creer que el alto hombre frente a ella tuviese algún tipo de parentesco con su escuálida persona, para ella que había dejado de crecer a los 16 años y desde entonces había vivido sus días acomplejada por no poder alcanzar la estanterías altas de los supermercados creía improbable el siquiera que ese sujeto que le miraba con una sonrisa altiva y arrogante fuera el hermano de su difunta madre, porque para ella los Phantomhive eran torpes, débiles e impulsivos… excepto Evan, no, él era una exclusión a esa regla.
— ¡Chérie! ¡Me alegra tanto verte… pasó tanto tiempo desde entonces!
Tiffany Aspen, con su acento francés y su figura de modelo de bikinis irrumpió en el pequeño duelo de miradas que sus parientes sostenían, Tiff —como ella se autonombraba— empresaria, ex modelo y fanática de la moda, de edad desconocida —dígase, información prohibida al público—, talla 00 —hasta que alguien lo desmienta—, con una sonrisa en los labios pintados de color durazno, con el cabello de comercial de acondicionador cayéndole por los hombros en espirales perfectas, como siempre utilizando un vestido ceñido y costoso.
Tiff no podía creer que su sobrina les hubiera invitado a su casa a pasar unos días para estar en familia, mucho menos que se fuera a casar. No tenía ni un solo recuerdo de Samantha cuando era bebé, así que no podía decir algo como que había crecido mucho desde entonces; pero, podía visualizar a su querida prima dando saltitos de la emoción y aquello le daba muchísima emoción, a falta de su querida prima Tiff esperaba desempeñar el papel de madre de la novia con su sobrina y la trataría como la hija que nunca deseó tener pero que amaba como si en verdad hubiese querido tener una.
—L-le juro señorita que no les iba a dejar pasar, pero ellos dijeron que eran sus familiares, y-y tal a como me dijo que no dejase pasar a ningún familiar suyo a excepción de la señora Isabel, pe-pero… ¡E-ellos insistieron! T-traté de contactarla… pe… pero la señorita Jessica me dijo que no sabía don…
—No hay problema señor Wiesse—, con una sonrisa Sebastián, el impertinente asistente de la señorita, le hizo callar, con amabilidad le palmeó el hombro al pobre Frank Wiesse, quien empapado en sudor esperaba no perder su empleo.
Frank tragó grueso evaluando a los intrusos y a los recién llegados… ¿Dónde estaba la señorita Jessica…?
Frank evaluó a su jefa buscando alguna respuesta, había leído los periódicos y visto los noticieros y Frank Wiesse no podía creer lo que había visto.
Conocía a Samantha Carson desde que se mudó a Bridgeport, conocía bien a esa muchachilla distraída y torpe de diecinueve años, que se ensimismaba en los escalones del edificio leyendo algún grueso y viejo libro ó alguna novela contemporánea y poco sonada, esa misma muchachilla a la que le ayudaba a llevar sus compras hasta su piso en aquel complejo de edificios, aquella misma muchachilla que hacía cuatro años lidiaba con un montón de cajas llenas de libros y cuadernos cuando recién se mudaba y sin evitarlo le ayudó cuando una caja se desparramó en el piso y decenas de hojas y libretas se regaron por el pasillo. Si, la misma muchachita seria y poco habladora que escribía cuentos fantásticos y atrapantes, la que luego de un año se trasladó al pent-house del edificio y mientras le ayudaba a cambiar sus cajas de libros de lugar descubrió que esa muchachilla era Samantha Carson, la autora de aquella saga de novelas de misterio y romance que se vendía como pan caliente en las librerías de la ciudad.
Era una muchachilla agradable, una inquilina poco ruidosa que en contadas ocasiones tocaba el piano o ponía música rock en su apartamento, la que usaba las mismas zapatillas de deporte sucias y siempre traía el cabello suelto y rebelde cayéndole en la cara, la que pedía pizza cada domingo y a veces cocinaba pasta y hamburguesas, la que tenía un buen gusto para los autos pero era pésima en toda actividad que implicara un esfuerzo físico, la que podía vestir gruesos suéteres de lana en pleno verano y saludaba con una pequeña sonrisa siempre que pasaba por la caseta de vigilancia. La que un día con la emoción de una niña pequeña le había confesado que viajaría a Nueva York con un tal Richard, de quien estaba perdida y locamente enamorada como una adolescente; y que regresando de su viaje se mudaría a una pequeña ciudad no muy lejos de Bridgeport.
Frank recordaba aquellos momentos con una sonrisa triste, no porque su amiga fuera a mudarse… en realidad Sam le había pedido que aceptara un trabajo como su guardia de seguridad en su nueva casa; los recordaba con una pequeña sonrisa triste porque luego de la partida de su amiga a Nueva york el huracán Jessica Sammuels había llegado al edificio con el alma en un hilo y entre lágrimas e hipidos le dijo que Samantha Carson había sido secuestrada. Posteriormente, luego del caos organizado por Jessica y aquel muchacho de aspecto descuidado del cual no recordaba el nombre; vio desde un rincón del aeropuerto como la preocupada editora tomaba un vuelo directo a Nueva York. Una semana después recordaba con toda claridad como el bonito auto de su futura jefa regresaba al estacionamiento del edificio, con gran alivio y una sonrisa radiante fingió preocupación y sorpresa cuando le vio siendo ayudada a bajar de su automóvil, la sorpresa que si no fingió fue al ver al joven que le acompañaba, ese no era el tal Richard con el que se había marchado de viaje, sin embargo le restó importancia y no hizo ningún comentario al respecto. Después de unos días se dio cuenta de que el apuesto joven de cabellos negros y amable sonrisa vivía con su futura jefa y según ella y la señorita Jessica era "su asistente".
Frank se había quedado callado todo el tiempo, no hizo ningún comentario preguntando sobre ese tal Richard, ni por las heridas y lesiones en el cuerpo de Samantha, mucho menos por su renovada actitud… ella era seria y reservada pero a raíz del incidente en Nueva York había adoptado una actitud hermética y sus habituales sonrisas se habían tornado falsas y forzadas.
Frank Wiesse tampoco había alzado la voz ante el peculiar comportamiento del nuevo inquilino, ni por la relación y los tratos entre él y ella, no, callado y con una sonrisa amable les había ayudado en la mudanza, y al igual de callado y cortes se había instalado en el lugar que Samantha le había proporcionado y desde entonces desempeñó su papel como guardia de seguridad.
Entonces la sonrisa con la cual recordaba los siguientes acontecimientos desapareció, Frank Wiesse con la boca repentinamente amarga recordó como luego de algunas semanas en las que se había comenzado a acostumbrar al comportamiento entre su jefa y su 'novio' asistente salieron el fin de semana a una "reunión familiar" con entusiasmo había platicado con su jefa esperando, esperanzado, a que la muchachilla enamorada e ilusionada retornara de adentro de esa mujer seria e inmutable, cosa que pasó así… sin embargo Frank con sus años de experiencia había logrado ver que aquella actitud de mujer feliz y enamorada no era más que una actuación, una increíblemente buena actuación… Frank se percataba de ello pero no decía nada, fingía lo contrario y con entusiasmo aquel día despidió a su jefa y a Sebastián.
Frank había disfrutado de pasear por la pequeña ciudad donde ahora vivía, había recorrido el centro de Weston Valley y había comprado los víveres en la lista que Sebastián le había entregado, a la mañana siguiente se dispuso a realizar la lista de tareas del hogar y mientras alimentaba a la mascota de su jefa el teléfono de la casa timbró. Frank se encontró charlando con una mujer que decía ser la madre de su jefa, fue entonces que a través del auricular del teléfono conoció a Evangeline Simmons; quien en medio de un llanto inconsolable le informó que su hija había tenido un accidente, se había caído de un caballo y había sufrido una fractura grave, que había perdido mucha sangre y ahora estaba en cirugía.
Frank Wiesse con la frente perlada por el sudor y los ojos bañados en angustia se sentó a esperar, esperando que su señorita siguiera con vida. Horas más tarde recibió otra llamada, el corazón le dio un vuelco cuando la voz fría y rígida de Samantha se escuchó a través del auricular, ella estaba bien y regresaría al día siguiente.
Frank, aliviado y abatido se fue a dormir dispuesto a levantarse temprano para recibir a su señorita.
Pero ella no llegó al día siguiente y el huracán Sammuels volvió a presentarse en el portón de la casa.
Fue entonces que Frank Wiesse se enteró de aquel par de cosas que no sabía sobre su nueva jefa. Con tristeza la recordó llegar en una silla de ruedas aquella noche, envuelta en un vestido negro y con una expresión ausente, muerta, vacía.
Callado y comprensivo, sin preguntar nada, Frank les dio la bienvenida a su jefa y a Sebastián, pretendiendo que no notaba la distancia que se había abierto entre la pareja, que no se daba cuenta de las discusiones entre ese par, que no notaba la ausencia de palabras, de aquellas miradas que había observado conviviendo con ambos, se había tragado cada uno de los 'estoy bien, no pasa nada' que su señorita soltaba siempre, había aprendido también a pasar por alto la decadencia de su jefa… como era que con cada día estaba más delgada, más demacrada, más rota y que Sebastián, el perfecto Sebastián, cada vez perdía más el control… cada vez se volvía igual de hermético que la señorita, cada vez las expresiones amables, la mirada preocupada se volvía más y más notoria… pero se quedó callado, fingiendo demencia, intentando ser tan útil a cómo era posible… intentaba ignorar la urna, el jarrón blanco; puesto sobre el escritorio de su señorita.
Y tras el transcurrir de aquellos grises meses el torbellino Jessica Sammuels había ideado un plan para que su amiga recobrara la sonrisa y que la pareja volviera a hablarse como antes, Frank no estaba de acuerdo, los viajes habían comenzado a desagradarle… siempre sucedía algo y esta vez no estaba dispuesto a sentarse y esperar. Pero al final de cuentas, con una sonrisa sincera despidió a su señorita y a Sebastián, esperando a que tuviesen unas agradables vacaciones… y esperó…
Fue sólo unas horas después de que partieran, cuando vio el primer anuncio en un programa televisivo, una foto de su señorita y la información que él difusamente conocía, luego vino lo demás… más fotografías, la prensa enloqueció y mostraban la imagen de su jefa en cada revista, periódico, página de internet y programa televisivo, posteriormente los paparazis rodearon la casa y Frank batalló para no dejar a ninguno entrar. El teléfono sonaba como loco, tenía a Jessica gritando por la línea telefónica cada cinco minutos y el tiempo restante Evangeline Simmons bombardeaba sus oídos con replicas y gritos histéricos.
Durante tres días duró la revuelta con los medios, Frank angustiado porque su señorita no le había telefoneado en todo ese tiempo se dispuso a realizar los deberes del hogar, a limpiar, a distraerse. Siempre había sentido una impasible curiosidad por la identidad de Sebastián Michaelis y en vista de que la prensa no había soltado información relevante o extensa sobre él, decidió husmear en su habitación, no era algo que él considerase correcto y descartó la idea tan pronto estuvo dentro de la habitación tan ordenada y correcta como el propio Sebastián, fue entonces que su vista se estancó en una estantería con el repertorio de novelas de su señorita acomodadas en el muebles, siendo la única cosa que provocaba un aire propio y personal a la habitación tan recta y pulcra, ahí ordenadas y relucientes las cubiertas de los libros con sus títulos y el nombre de su autora.
Frank Wiesse sonrió, recordando el porqué de estar ahí. Él no tenía familia con la cual pasar el tiempo, ni alguien en quien apoyarse…era viudo, el cáncer le había arrebatado a su esposa hacía décadas y su hijo hacía años que no lo veía, quizá él estaba muy ocupado con el trabajo, sosteniendo a su propia familia… sumido en su propia vida y ya hasta había olvidado la última vez en que había hablado con él. Fran Wiesse estaba solo, solo hasta que esa muchachilla torpe y ocurrente se mudó al complejo de edificios donde trabajaba y poco a poco se convirtió en una amiga estable y cortes, en un último halo de luz que le separaba de la completa soledad. Así que había aceptado el trabajo, le había devuelto la sonrisa y había estado ahí apoyándola y protegiéndola porque la paga era buena… y la compañía aún más.
Y esa mañana, cuando se había redimido a sentarse y esperar a lo que fuera que fuese a suceder cinco individuos se presentaron en la entrada principal.
En autos imponentes y costosos, Frank, como todo buen conocedor de autos miró con la quijada desencajada el flamante deportivo rojo, un Ferrari 599 GTB que se aparcó en la entrada, el cual encabezaba la caravana de autos bonitos y lujosos. Detrás de este otro deportivo, con el motor ronroneante el Ferrari F430 Spider, elegante, plateado y con la capota bajada era conducido por una despampanante rubia con gafas de Sol.
Detrás del par de flamantes autos Ferrari se estacionó un Lamborghini Gallardo que hizo sonar la bocina tres veces, Frank al borde de un paro cardiaco miró al último auto estacionarse, un Maserati GranCabrio negro que una vez inmóvil fue el primero de los cuatro automóviles en abrir sus puertas y de él bajó el primer individuo.
Un hombre alto y delgado, enfundado en un traje azul marino hecho a la medida, con el rostro pálido enmarcado por una sonrisa torcida y dos ojos azules que se encajaron en Frank, Frank se sintió pequeño ante aquella mirada, como si el ente bien peinado que se aproximaba a él supiera a la perfección que por el simple hecho de existir tenía una posición superior a él.
Cuando el sujeto de los ojos azules y cabello negro azulado estuvo a seis palmos de distancia de Frank Wiesse, los otros tres autos bonitos y costosos abrieron sus puertas.
Pronto a cada costado del hombre de traje, rodeando a un sorprendido Frank; tres despampanantes mujeres, una exuberante mujer castaña con un vestido ceñido color salmón que se acoplaba a su silueta, a su avispada cintura y cubriendo las torneadas piernas por encima de la rodilla, con un escote increíble y el cuello adornado por un fino collar de oro, se había plantado a una lado del hombre, con elegancia y sonriendo con sus finos labios pintados de color durazno se apegó contra el hombre tomándole del brazo y batió las largas pestañas que enmarcaban sus ojos miel emitiendo una risa cantarina y apenada.
—Tiiff... ¿Quién es este?—, prorrumpió una voz femenina, una voz que repercutió en Frank, seductora, rítmica, la voz de una mujer joven, posiblemente italiana.
Frank miró embobado a la rubia, la del convertible color plata, alta, con el cabello amarrado en una alta coleta, la piel ligeramente bronceada, apiñonada, los ojos pardos que le escrutaban de arriba abajo y los labios rosados que dibujaban una media sonrisa. Se veía increíble, delgada, estilizada con una falda blanca de corte recto y una blusa negra de manga larga que parecía echa para ella, unos tacones negros y unas gafas de sol. Lo primero que la gente pensaba al ver a la rubia era "mírame porque es todo lo que tendrás".
La castaña, a quien ahora Frank reconocía como 'Tiff' le extendió la mano a modo de saludo y le sonrió ampliamente.
— ¿Eres le Monsieur Simmons?—, interrogó con su vocecilla cantarina y un marcado acento francés.
Frank atontado negó con la cabeza recibiendo el apretón de manos.
—Soy Frank Wiesse—, se presentó sintiéndose derrepente torpe e incompetente—… trabajo aquí, soy de seguridad—, completó encogiéndose de hombros.
— ¡Ah! ¡Un gusto!—, acotó la castaña sacudiendo la mano de Frank con entusiasmo y luego abrazó a Frank dándole un beso en cada mejilla— Tiffany Aspen ¿Dónde está mon chérie?
— ¿Quién?—, balbuceó Frank mirando para todos lados en busca de una respuesta.
—Prime…—, se escuchó una vocecita pequeña, como un susurro perteneciente a la tercera mujer, una pequeña y encantadora mujer pelirroja, de ojos verdes y un montón de pequitas rodeándole las mejillas. Irlandesa se dijo así mismo, pero no por ello resultaba menos intimidante.
Frank parpadeó confundido como si la pequeña y encantadora pelirroja fuese una aparición, volvió a darles una mirada a todos los desconocidos y sin poder evitarlo los vinculó con su señorita.
—Oui, mon amour?—, dijo Tiffany batiendo las pestañas.
—Monsieur Wiesse no entiende el francés, así que no sabe a quién buscas y con ese apelativo, prima, menos te entiende ¿No es cierto señor Wiesse?—, completó la rubia con arrogancia, dirigiéndose a él con esa mirada que le hacía sentir menos.
Frank asintió cruzándose de brazos, con una curiosidad renuente.
—A lo que yo me refería Simone, es que el señor Wiesse no tiene ni la menor idea de quienes somos y qué hacemos aquí, es el guardia de seguridad y no podemos llegar aquí, así, como si nada esperando a que nos dejen pasar—, intervino la pelirroja y Frank le agradeció en silencio, asintiendo, sonriéndole.
— ¡Por el amor de Dios! René ¡Habría que vivir debajo de un champiñón como para no saber quién soy yo!—, se mofó la rubia, Simone, fulminando con la mirada a la diminuta pelirroja, René—; además ¡Eso de allá, no es un champiñón René!
Frank contuvo la risa cuando la rubia con orgullo infló los cachetes y se giró petulante a un lado, dándole la espalda a René.
El hombre que hasta entonces Frank no había reconocido suspiró cansinamente sobándose las sienes con la yema de los dedos.
—Simone—, reprendió el hombre con su voz firme y carente de emoción, británico sin duda—, Frank Wiesse, buscamos a la señorita Carson, nos llamó e invitó a venir—, replicó autoritario, lanzando su mirada gélida contra el pobre Frank.
— ¿Y quién quiere ver a la señorita Carson? Yo no he recibido ningún aviso sobre ningún visitante…
— ¡Oh, chérie! Pero si somos familia—, cortó la castaña con un tono dulce y una sonrisa digna de un coma diabético.
Frank se tomó varios minutos para digerir la información… lo creería de la pequeña irlandesa, diminuta y con el rostro pequeño manchado de pecas pero… ¿Qué había de la rubia? ¿Y esa Tiff, de dónde había salido...? Cada rostro le resultaba familiar y atontado, estático desde la gaceta de vigilancia asintió vagamente dejándoles pasar ¿Qué ganaba poniéndose renuente?
Ignorando olímpicamente la estricta orden de su señorita de no dejar pasar a ningún supuesto pariente suyo a menos de que correspondiera al nombre de Isabel Johns, pero, a juzgar por sus propios ojos no parecían personas peligrosas, tal vez egocéntricas pero no peligrosas… al menos no todos.
Mientras daba la vuelta de regreso a la casa, sin siquiera molestarse en guiar al grupo de los autos lujosos el sonido, ya conocido, de la bocina de un taxi local le hizo regresar sobre sus pasos.
— ¡Eh, Frank…!—, le gritó el muchacho nada más bajar del taxi, dejando la puerta abierta, agitado, con el pelo revuelto le hizo una seña con la mano.
Lo reconoció de inmediato, el chico que acompañó a Jessica Sammuels al aeropuerto.
Frank le devolvió el saludo ayudándole a bajar la maleta del auto.
— ¿Cambio para el taxi? Me he dejado la billetera en la otra maleta ¡El servicio de equipaje es horrible en las aerolíneas!
Frank le sonrió con simpatía, el muchacho tan joven como Sebastián lucía unas ojeras enormes, sin afeitar y con una chaqueta delgada parecía resistir el frio insipiente del clima en aquella parte del Estado, le pagó el taxi y le dio un apretón de manos.
—Perdón, no soy bueno con los nombres—, se excusó el pelirrojo rascándose la cabeza.
—Lance Riddle, no hay problema… no creo haberme presentado la última vez—, atinó el tal Lance, sus ojos grisáceos disimulaban de mala forma una creciente preocupación.
— ¿Qué le trae por acá, Riddle?—- le había dicho conduciéndolo hasta la entrada, mirando al grupo de los autos de lujo.
—La tormenta tropical Sammuels, ya sabe, parece que no puede vivir sin mí—, bromeó pero Frank le notó tenso mientras era escrutado por los cuatro extranjeros.
Frank asintió, abrió la puerta y con toda la hospitalidad que pudo demostrar atendió a los inesperados invitados.
Hacía menos de tres horas de eso y ahora estaba ahí, recibiendo el abrigo de su señorita, mirando el inicio de la tormenta con sus propios ojos.
— ¡Eh, eh, tú, Carson! ¡Cuánto tiempo!
La cara de Samantha Carson de desfiguró ante aquella voz, sorprendida y asustada miró por sobre su tío y la femenina figura de Tiffany Aspen. El muchacho de cabello café revuelto, de marcados y varoniles rasgos y dos ojos grisáceos, como ceniza, hacían añicos su cabeza ¿Por qué estaba él ahí?
— ¿Q-qué demonios haces tú aquí, Lance?—, alcanzó a decir antes de que el par de brazos le rodearan y levantaran su diminuto ser del azulejo del recibidor.
— ¿Es así como me das la bienvenida?—, inquirió fingiéndose ofendido, sonriendo radiante y aliviado de que la mujer que apretujaba entre su abrazo siguiese en una pieza.
—N-no… ¡No es eso!—, las mejillas de Samantha se tiñeron de carmín, se mordió el labio y desvió la mirada.
El impertinente asistente de la señorita frunció el ceño ante la confianza del individuo para con su señorita ¿Quién era ese y por qué ella se ponía de tal forma?
— ¡Podría decir que incluso has crecido desde la secundaria! ¡Sammie, te juro que sin gafas eres irreconocible, felicidades, te has convertido en un bello cisne!—, se burló, pellizcándole las mejillas.
Tomándose semejante libertad al tocarla… con esa estúpida sonrisa y ese estúpido sobrenombre…
Sebastián esperó a que la mujer tuviese uno de sus ataques de furia y apartara al individuo de si con brusquedad, le gritara e insultara pero… ella comenzó a reírse, no era una risa nerviosa o sarcástica, no, se reía de verdad, feliz… sincera…
— ¡Y tú, rata, ya no tienes dientes de alambre! ¿Qué te has hecho, en dónde quedó el chico con acné de secundaria? No me daría por hecho de que eres tú si no fuera por esa ridícula playera estampada—, dijo entre risas, sonriendo… tan feliz… tan plena…
Fue más que evidente entonces, para cada intruso y residente de la casa, mientras el par de viejos conocidos hablaban entusiastas y absortos en su propia realidad que eso no le agradaba para nada, en absoluto, al ahora para nada perfecto y controlado Sebastián Michaelis.
._._,_._.
Lance Riddle en mi recibidor, haciéndome girar en el aire como si yo fuese un trapo, ligero y estético, a diferencia de mi supongo.
No negaré que me había alegrado verle, que realmente me había tomado desprevenida, hacía seis años que no nos veíamos cara a cara y en realidad el shock inicial había sido por el nuevo y patentado Lance Riddle.
Como si no fuese suficiente ya que allá arriba decidieran castigarme abriendo las puertas del infierno para dejar salir a Sebastián y que precisamente yo me convirtiera en su contratista, tampoco parecía poco la aparición de tal cuarteto en mi casa, ya saben, Evan el galán británico que lleva a media Europa comiendo de sus pies, Tiffany la francesa modelo de bikinis, esa rubia con pinta de víbora que seguramente también había salido de una pasarela de exuberante parecer y la diminuta pelirroja, quien me intimidaba menos que todos los demás pero seguía siendo a mi parecer, sacada del pensamiento de algún artista renacentista, como una Venus pelirroja y de bolsillo. Pero no, a los de allá arriba no les había parecido suficiente mi castigo y durante seis años se dedicaron a reformar la apariencia de la rata de secundaria.
Sin braquets, sin acné, con el cabello castaño perfectamente desordenado, un perfil más alargado, más varonil, esa sombra de barba en su mentón, la nariz que ya no era protuberante y grande en su rostro ahora se amoldaba perfectamente a su cara, recta, perfecta, los luminosos ojos grises, que ahora en lugar de retratar el cielo nebuloso y lleno de smog de la ciudad parecían constituidos de plata liquida, claros, atrapantes, ojos que sin duda te hacían detenerte y mirarlos, qué decir de su piel, ya no mortalmente pálida, no, saludable… sin manchas, sin marcas, y los dientes perfectos, blancos y relucientes ¡¿De dónde demonios había sacado esa sonrisa de comercial?! ¡Este no era Lance Riddle…! No era el chico de horrible constitución física como yo, no era mi gemelo de la desgracia —como Jessica nos había apodado pues ambos éramos igual de desgraciados—, este era un hombre, alto, lo suficiente como para que yo le llegase al pecho, tal vez había crecido más allá del 1.90 aunque tal vez era por el desnivel de la entrada o porque me había mareado con tantas vueltas, era delgado pero se veía bien, con una buena condición… fuerte en comparación al debilucho y escuálido ratón de biblioteca de entonces.
Me tambaleé entre los tacones de las botas, tres centímetros bastaban para hacerme perder el equilibrio y me aferré a los brazos de Lance Riddle, atontada porque el cambio de aires y la impresión de verlo ahí eran demasiado para mi cabeza confundida, fue entonces que con mis propias y demacradas manos que palpé los bíceps del individuo frente a mi ¡Este definitivamente no era Lance!
— ¡Dios Santo... t-te metes esteroides, ¿no es así?! ¿De dónde ha salido tanto musculo?—, solté escandalizándome, tocando toda la extensión de sus brazos y su pecho, su torso, esto me parecía tan irreal que necesitaba toquetear tanto me fuera posible ¡Este no podía ser Lance Riddle!
— ¡Eh, para ahí…! —, su voz grave, la voz de Lance, esa voz incongruente a la imagen del chico debilucho que yo guardaba en mi memoria, la que en cambio ahora era increíblemente apropiada a su imagen de adulto, de universitario.
— ¿Cómo es que estas así de…?
— ¡Oh, suéltalo ya marmota, babeas! Ya sé que estoy bien bueno, no te lo calles—, la sonrisa, sonrisa de comercial.
—N-no es cierto—, creo que me sonrojé o algo porque el ente invasor con sonrisa reluciente sacudió la cabeza soltando una carcajada.
¡¿Es posible que hasta la risa de alguien suene atractiva?!
No, no, no, no, sólo es un juego de tus estúpidas hormonas femeninas alborotadas por el numerito del día anterior y aquel acto demente en un vuelo de seis horas.
— ¿Quién es él?—, una voz doble, una que me hizo temblar del horror.
Sentí que me hacía pequeñita y por alguna razón clavé la mirada en los ojos de Lance. Cada célula funcional en mi cerebro gritó encendiendo la alarma de peligro.
Había olvidado por completo que Evan seguía ahí, que el sequito de este sujeto asomaba sus cabezas por el pasillo como un cómico trio, pero no era un cómico trío, las tres mujeres me inspeccionaban de arriba abajo y al igual que yo recorrían centímetro por centímetro de Lance. Críticas, analíticas, me destrozarían viva.
Pero ahí no estaba el factor que hacía que mi cuerpo se encendiera alarmado, no, fue su rocé de terciopelo el que lo delató. Su aliento, su esencia particular que impregnó el aire a mí alrededor.
Oh si Samantha Carson, estas en problemas…
—¿Quién es el joven, Sammie?—, ese tono dulce, empalagoso, como un ronroneo. Esa arma en su repertorio de torturas que sin duda era eficaz y ese estúpido apodo.
Mierda.
— ¡Ah, Sebastián!—, comenté divertida, ignorando de manera olímpica el cosquilleo de su aliento en mi piel, sonreí como lo haría una dulce niñita atontada y enamorada…directa para las nominaciones del Oscar…—, él es Lance Riddle, íbamos juntos en secundaria, mi mejor amigo desde hace diez años—, enfaticé ese par de palabras besándole la mejilla al demonio.
¿Qué? Se supone que debo de engañar a Evan, el que vio mi desplante de autoridad por la pantalla del portátil, debe de creerse que en verdad la acaramelada pareja de la playa existe… ¡Oh, vamos, dejen de mirarme de esa forma!
—Ah, joven Riddle—, dijo Sebastián con esa sonrisa que indicaba que nada bueno pasaría, al menos no para mí; y le extendió la mano enguantada mientras que se ponía frente a mí.
Su actitud simpática era tan creíble como la existencia de los unicornios, aun así Lance le devolvió la sonrisa, esa sonrisa que yo conocía, una sonrisa hostil y para nada amigable pero en él era menos fácil identificarla.
— ¿Qué es esto, el siglo XIX? —, se burló dándole una palmada en el hombro.
Oh no… él está muerto, tú estás muerta…
— ¿Tenemos la misma edad, no? Lance, sólo Lance ¿Sebastián, no es cierto? Ah, Sammie, marmota ¡En verdad que no pierdes el tiempo!—, otra vez, no sé cómo lo había logrado pero ya me estaba jaloneando el brazo, entre Sebastián y yo, tan alegre y despreocupado…
—Carson—, la segunda mención de mi nombre por su parte me paralizó, más aún cuando reparé en que era la tercera vez que carraspeaba y ciertamente se le oía desesperado.
Me giré lentamente ante la escrutadora mirada de Evan Phantomhive, fruncía el ceño horrorosamente.
Bien, estoy muerta, Lance está muerto ¡Sebastián está muerto!
—Soy una pésima anfitriona, ya lo sé… —, le hice una seña a Frank, quien como una estatua había permanecido frente a la puerta principal, asintió y se dirigió a la estancia conversando con Lance de la manera más amena posible.
Suspiré tallándome los hombros, hacía frio, era una casa fría en realidad.
—Hora de pasar a asuntos más serios Carson.
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Sostenía una taza de té caliente, en lo personal no era una fanática del té, Sebastián lo sabía. Sabía completamente que para mí el café negro, cargado, con dos de crema y una de azúcar era mi total perdición… también estaba el tostado francés y qué decir de los espumosos capuchinos de los que Sebastián alardeaba.
Sin embargo y citando las palabras de Sebastián mientras le ayudaba a preparar la bandeja con el té "¿Qué clase de anfitrión no podría amoldarse a ciertos usos y costumbres para hacer sentir cómodos a sus invitados?"
Me había abstenido de replicar por ello, creo que mis nervios no resistirían café cargado llegados a este punto y muy a mi sorpresa la infusión en la taza de porcelana finamente decorada —la cual no recuerdo haber visto nunca antes—, tenía un muy buen sabor, un aroma agradable, pero hasta ahí.
Sin embargo al momento de que Sebastián y yo entramos a la biblioteca Evan mostró el primer atisbo de una diminuta sonrisa, una sonrisa que no era altiva ni petulante, no, parecía sonreír como nostálgico y lo miré, cuando sus ojos índigo se perdieron ante el 'ritual' de preparación de la humeante bebida.
—Earl Gray de Jackson—, apuntó con la taza cerca de los labios—, magnifica elección asistente, de gran calidad y sumamente difícil de encontrar…—, sonrió aprobatorio, con un brillo en los ojos.
Y extremadamente costoso también… hay que recortarle el sueldo al asistente…
Sebastián se inclinó levemente, llevando una mano a su pecho y sonriendo con orgullo.
— ¿Es tu favorito, no Ivy?—, la voz femenina, como una campanilla, tenía un acento que jamás había escuchado.
La pelirroja miraba con una sonrisa su taza, yo no comprendía nada, pero de pronto ahí, frente a mí un fugaz momento triste y familiar revoloteó por la biblioteca. Algo tan privado para esos dos que mi presencia chocó contra la imagen, yo la inculta del té tomó otra galleta de la bandeja haciendo mucho ruido.
—Era el favorito de Li…—, lo miré entonces y la galleta de mantequilla se hizo trocitos en mi mano. Su voz apagada se había detenido de súbito muriendo ante la sola idea de su nombre, se detuvo, endureciendo el gesto y dejando la taza sobre la mesilla provocando que algunas gotas salpicasen la superficie.
Evan se mantuvo quieto unos segundos mirando con furia la taza, se quedó ausente ahí como si la taza con adornos florares tuviese toda la culpa y pasado un par de minutos levantó la mirada, girando la cabeza en mi dirección.
No dijo nada, yo tampoco, lo entendí a la perfección, agaché la cabeza dándole un sorbo a la taza como asintiendo. A partir de ese momento quedaba estrictamente prohibido mencionarla, siquiera hacer referencia a ella.
De pronto el té me supo amargo y también lo dejé sobre la mesa.
Ella está muerta, te prohíbo pensar en ella a partir de ahora.
—Eh… ¿Madera de roble, tallada, verdad?—, la vocecilla de campanas de la pelirroja intentó romper el momento de tensión, diluir la neblina espesa en que de pronto se hallaba envuelta la habitación.
—No—, la voz de Sebastián sonó amable mientras retiraba las tazas y limpiaba con una servilleta las gotitas de té—, madera de cerezo, barnizada.
Evan carraspeó y con un gesto la pelirroja salió de ahí. Había llegado a la conclusión de que la Venus de bolsillo era algo así como su asistente personal.
—Vayamos al grano de una vez—, espetó, yo asentí mordiéndome el labio.
Sebastián se sentó entonces a mi lado y sin pensarlo dos veces busqué su mano, la tomé y apreté con fuerza.
— ¿Cuál es el plan Carson?
—No vas a hacer más preguntas de las necesarias Evan, sólo te diré que necesito que protejas a mi familia—, Evan me miró con interés enarcando las cejas, incitándome a continuar pero sentía que la voz se me iba—… no sólo a mis padres, protegerás a la familia de mi hermana y mi cuñado, a mis sobrinos, a mi prima Charlotte y su familia, a Annette, a Bruno, protegerás también a Frank y a su hijo, pero, sobre todo… Evan Emerson Phantomhive… quiero que me asegures que la vida de Jessica Sammuels no correrá ningún tipo de riesgo, que ella estará a salvo y tú y tu dinero se aseguraran de que nadie la lastime ¿Me entiendes? A ninguno de ellos, vuélvelos intocables, no me importa cuánto dinero, o cuanto personal se necesite ni cuan estúpida te parezca mi petición pero vas a hacerlo, los protegerás como si fuesen tu propia vida…
Mi voz sucumbió entonces… ¿Enserio estaba haciendo esto, enserio estaba suplicándole, rogándole, poniendo en sus manos la vida de aquellos a los que amo?
—Está bien, no haré preguntas, mejor así, tú a tus asuntos y no estorbarás a los míos—, pero lo que yo creí sería una burla ante mi patética petición resultó ser una voz apagada, un tono carente de cualquier gracia u ofensa.
Se tomaba tan enserio mis palabras a como las de la mujer valiente en el video chat, tenía su atención y sabía que lo cumpliría así como yo me había abstenido de llorar durante todo el día. Lo haría… lo haría, lo haría ¡Gracias, gracias, gracias!
—Entonces, supongo que vienen mis peticiones…—dijo, yo asentí inmersa en la pequeña victoria que había logrado—, si voy a hacer algo tan importante para ti quiero me pagues el favor de todas las maneras posibles, como se debe, a mis condiciones, Car…
—No sigas con el Carson, Evan, esa es la única otra condición del trato
Evan me miró con una sonrisa torcida, fulminante y cínico.
—Si quieres el apellido sólo dilo, reclama tu lugar dentro de esta familia—espetó con una voz cargada de veneno.
—No quiero tu apellido—, apunté pero Evan me miró completamente desconcertado—, no necesito nada de ti más que protejas a mi familia, no quiero tu dinero ni tus títulos… no quiero ser parte de esta familia más allá de lo que nuestro trato implica, puedo valerme yo sola. No soy una interesada si es lo que piensas, firmé aquel contrato hace seis años donde me reusaba a recibir un céntimo tuyo y yo sostendré mi palabra hasta el final, lo que ha pasado con…—mi voz murió ante la sola idea pero los ojos de Evan me indicaban el continuar—… lo que pasó quizá no sea muy agradable para ambos y a pesar de todo planeo hacerme responsable de eso. Si yo hubiese querido el revolcarme sobre tu fama y tu fortuna no estaríamos aquí, haciendo esto. Sólo te pido que me llames por mi nombre, como un mero acto de respeto.
Él asintió tomándose unos minutos de silencio, pensaba.
Yo estaba en blanco sacudida por la ansiedad, por saber si aceptaría o no. Sebastián se levantó en ese momento como si de pronto hubiese reparado en el hecho de que seguía con la bandeja del té sobre las manos. Sopesé su ausencia, la carencia de su presencia que me mantenía en calma y apreté mis manos sobre la tela gastada de mis vaqueros. Mis piernas aún se encontraban adoloridas y todo mi cuerpo parecía hallarse sumido en una sensación dolorosa. Mi pecho ardió levemente y oculté lo mejor que pude una mueca de dolor.
Cerré los ojos buscando algo en mi mente que me distrajera de las molestias de mi cuerpo e inmediatamente di un respingo, temblé en mi sitio.
Lo único en que pude pensar durante un segundo fue en los cadáveres que compartían similitudes conmigo.
Cuando abrí los ojos vi a Evan ensimismado en una hoja donde su mano, sus finos dedos deslizaban rápidamente una bonita pluma fuente. Estaba por preguntarle qué hacía cuando caí en cuenta sobre lo que pasaba.
Esperé a que terminara y estuvo unos eternos minutos garabateando la hoja hasta que no hubo ni un solo espacio libre de tinta.
Cuando acabó le dio un rápido vistazo a la hoja y me la ofreció.
Mi mano se estiró para ofrecerla y el bosquejo de un hematoma se dejó ver al borde de la manga de mi chaqueta. Rápidamente me acomodé las mangas de la chaqueta y evité la mirada interrogante de Evan.
Mi vista se enfocó en comprender las palabras escritas en la hoja, su perfecta y elegante caligrafía parecía perforar mis pupilas y me mordí los labios. Con su letra fina, bonita y curveada, sin ni un solo error gramatical y en un inglés rico y envidiable había escrito el contrato que me ataba a él y a su maldita familia.
Mi perdición había sido redactada en una servilleta desdoblada.
—Lo volveré a redactar en limpio una vez que tratemos los detalles—, dijo él mientras se aflojaba el nudo de la corbata, yo asentí mientras me aferraba al sillón donde estaba sentada. Me había quedado helada.
—Yo misma lo redactaré en mi estudio, si quieres podemos hacerlo en este mismo momento.
Él consultó su reloj y asintió, antes de levantarme volví a leer la última cláusula del contrato mientras sentía que todo mi mundo se hacía pedazos.
"Samantha Carson se compromete a hacerse cargo de las responsabilidades que implican su papel como dueña del 10% de industrias Funtom, así como acepta el dejar de lado su actual profesión para poder cumplir todos los requisitos que su nuevo puesto conlleva".
Abandonar su profesión…
¿Yo iba a dejar de escribir?
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Hola gente
Antes de responder reviews (quiero expresar que si cada review fuese una galleta habría muerto de hambre(?)) y tirar las flores y arcoiris de siempre; diré unas cuantas cosas respecto al capitulo y la historia en general.
Punto número 1. De verdad, gentecita, me sería de gran ayuda el que llegaran a comentar algo acerca del estilo de escritura con el que hago esto. En si mismo ese es el mayor de mis asuntos en este momento, he trabajado últimamente en varios de mis proyectos que tengo como llamemosleescritora y mi manera de escribir ha sufrido una gran transformación en estos tiempos. Aún ando explorando los estilos de escritura que más me acomoden y he encontrado el mio propio así que si llegan a notarlo mi 'estilo' es bastante diferente a lo que leen en los primeros capitulos a lo que ven estos últimos (eso creo yo). Y me encantaría que comentaran al respecto, que me dijeran si les gusta o no, si hay algo en lo que pueda mejorar. Cualquier cosa, de verdad. Sería de gran ayuda.
Punto número 2. En cuanto a la historia si han reparado en el detalle del titulo tiene mucho que ver con lo que a partir de ahora ocurrirá aquí. Empezamos un nuevo arco y con esto una nueva etapa en esta historia, por así decirlo transcendimosa una "segunda parte" de este fic. Y ahora habrá muchos más fragmentos en tercera persona donde tendremos mucho Sebastián elseñoritodíficil
Nos quedan varios arcos por delante y planeo explotar al señorito difícil(?)
Punto número 3. El fenómeno mencionado y favorito está aquí , me gustaría saber qué opinan del personaje de Lance Riddle y de todos los nuevos personajes que incluyo a partir de este punto.
Y creo que es todo (espero y fanfiction haya guardado el formato del documento porque o si no...) y y y espero les haya encantado este capitulo, ha sido divertido de escribir
REVIEW TIME!
la mon: MUJER MÍADE MI KOKORO BESHO Es uste' la mujer de mi vida(?) su review está aquí y siempre lo estará(?) Pero ya, lejos del amor hablemos del capitulo, bendita sea la aparición de la madre, amén ¡Que bueno que te haya gustado! Espero te guste este también
Nos leemos pronto, dejen de reviews y amor
