Capitulo XXII
"The Daughter of Revenge"

-Malvada flor carmesí, buscando venganza-

El área de cocina del palacio siempre se había ubicado en el mismo lugar, al fondo de la torre principal, escondida de todos. No era la misma habitación que los sirvientes solían usar, ésta cocina estaba especialmente diseñada para preparar los grandes banquetes que se servían a los invitados en caso de fiesta o visita de algún hombre importante de un reino vecino; pero también era usada para aquellas ocasiones en las que la reina Rin se ponía exigente con la comida, cosa que nunca se podía prever. Y por eso mismo, los cocineros siempre debían estar alertas, pues nunca sabían cuando la joven monarca pediría algún platillo extravagante.

Por eso mismo, siempre eran bienvenidos nuevos cocineros, en especial los que vinieran de otro reino o supieran elaborar algún platillo en especial, para tener siempre con que sorprenderla y traerle nuevos sabores al paladar. Se coincidía pues, que estas fechas una nueva cocinera había llegado al palacio y en estos momentos le daban un recorrido por la amplia habitación.

-Y eso es todo lo que debes saber, pero lo más importante es que esta será tu área, donde solo harás el pan diario.- dijo el cocinero en jefe. –Procura dejarla lo mas limpia posible.

-Descuide, ya tengo mucha experiencia en esto- respondió la cocinera de cabello rosado, no del mismo tono que Luka, sino uno mas intenso. –Esta hablando con la principal panadera del reino- agregó guiando un ojo.

-En verdad es un honor tenerla entre nosotros Miki, pero… me gana la curiosidad. ¿Qué hace la hija del mejor panadero del reino aquí?

-Disculpe señor pero, hija de un panadero si, del mejor del reino, no. Yo soy la mejor panadera del reino.

-Oh, le pido que me perdone por tal error.

-Descuide- le calmó Miki entre risas. –Estoy acostumbrada a ello, todos esperan a un hombre.

-Eso es cierto. Pero aun no responde a mi pregunta, ¿por qué está aquí?

-Voy a serle sincera. El negocio ha estado muy mal, ya casi nadie me compra pan aunque baje los precios. Así que por eso decidí ofreceré mis servicios a la corona.

-Una decisión inteligente de su parte, pero podría ser mal vista por la sociedad.

-Humillarme trabajando para la corona o morir de hambre por falta de clientes.- dijo haciendo una leve pausa. –Podre vivir son honor, pero prefiero comer.

-Como todos señorita Miki, la mayoría de los que estamos aquí es por adeudos con la corona, o porque no tienen otra forma de vivir.

-Es increíble a lo que hemos llegado…- suspiró Miki.

-Pero las cosas cambiaran, vendrán tiempos mejores.- se mostró optimista el cocinero, enseñándole una sonrisa tranquila.

-De eso puede estar seguro, todo esto va a cambiar.- respondió Miki, pero a diferencia del cocinero, ella tenía un semblante más serio, la alegre panadera se había desvanecido.

-¡Pero bueno! Dejemos de hablar de estos temas, no es propio de un servidor hablar de política- exclamó el cocinero. Tomó a Miki del brazo y la puso frente a la mesa. –Mejor prepare uno de sus panes, así podrá sorprender a la reina.

-Tiene razón, vine aquí a trabajar, no a molestarme. Solo dígame los gustos de la reina y de inmediato preparare uno.- dijo recuperando lentamente su tono jovial.

-Bueno, es muy especial en sus alimentos, pero le encantan los…

-¡Eh, cocinero!- le interrumpió una voz que venia desde la puerta. –Ven acá hombre, el general quiere hablar contigo.

-¿El general Misawa? ¿Qué necesita de mí?

-Eso no lo sé, pero ya lo averiguaras si te acercas ahora mismo.- dijo el soldado.

-Entiendo. Señorita Miki, disculpe la interrupción.

-Descuide, entiendo como son las cosas aquí.- respondió sonriente de nuevo.

-En ese caso, ya regreso señorita.- se despidió el cocinero, caminando a donde estaba el soldado para desaparecer tras la puerta.

Al verse sola, Miki sacó de su zapato un pequeño trozo de papel y lo desenrolló con cuidado. Mientras hacia esto, sus ojos rebuscaban en todos los rincones de la cocina, como si buscase algo entre los muebles y trastes que le rodeaban; cada detalle era examinado por su mirada penetrante, todo objeto le parecía importante y sospechoso. Al tener el pergamino extendido, lo leyó en voz baja y sonrió.

-Dos entradas en la cocina. Una en el depósito de vegetales y otra… bajo la segunda ventana a la derecha del mueble de las ollas. Bloquearlas será fácil.

Miró de nuevo a su alrededor, cuidando de que nadie se acercara. Lentamente caminó hasta el depósito de vegetales, que era una bodega pequeña tras una puerta de pesado metal, quizá hierro, cerrada con un candado. Miki tomó el cerrojo en sus manos y lo revisó con detenimiento.

-Un disparo bastara- murmuró para si misma, luego lo soltó y se dirigió a la ventana.

Una vez frente a esta, con sus manos palpaba el muro, tratando de buscar alguna cerradura, palanca, botón, o cualquier otro aparato que funcionara para abrir el túnel secreto. Paseando sus dedos por los bloques de pierdas, la panadera se encontró con una diminuta roca suelta, misma que retiró con un ligero tirón para dejar a descubierto una pequeña manija. Movida por la curiosidad, la jaló y parte del muro, tres piedras para ser exactos, se abrieron como su fuesen una puerta. Miki estaba asombrada y presionada a la vez, el tiempo no estaba de su parte en ese momento como para entrar al túnel, pero si pudo asomarse para darse cuenta que la mitad de esa pared era falsa, unos cinco metros de un estrecho pasillo se extendían detrás de la cocina antes de desaparecer bajo tierra. Sin perder ni un segundo, bloqueó la entrada y coloco al piedra en su lugar, regresando todo a como estaba antes. De nuevo, en su rostro se dibujaba una sonrisa, no una cálida y alegre como mostraba frente al cocinero, sino una que reflejaba una profunda satisfacción y confianza, había logrado su objetivo, ahora solo debía informar de su hallazgo a los compañeros de la resistencia.

Esta apunto de regresar a su estación de trabajo, cuando se escucharon los pasos del cocinero real acercarse. Al verse sin posibilidades de situarse en su posición original, Miki se arrojó al mueble mas cercano que tenia y se puso a esculcarlo un tanto nerviosa. Frascos y recipientes eran agitados por sus manos, como si el simple sonido que producían al agitarse le dijeran que contenían.

-Bien Miki, acabas de llegar y ya tendrás un trabajo mayor.- llegó diciendo el cocinero, extrañándose al notar como la panadera rebuscaba en ese mueble. –Señorita… ¿Qué esta haciendo?

-Disculpe mi impaciencia, es solo que buscaba donde guardan las especias.

-Bueno, si, ha sido un acto de suma impaciencia, pero admito también que me demoré atendiendo al joven.

-Sólo un poco.- le dijo Miki, mostrándose amistosa. –¿Puedo preguntar que buscaba el soldado con usted?

-Oh, claro. Y no es nada del otro mundo- respondió el cocinero. –Lo mismo que exige el general Misawa siempre que regresa de una guerra o expedición. Una fiesta para elevar su ego y poder presumir de sus logros.

-Vaya, el orgullo es la tarjeta de presentación del general.

-¡Sin duda alguna! Es soberbio como pocos; y no quiero causar polémica, pero estoy convencido de que él tiene la culpa del comportamiento de la reina Rin.

Miki de inmediato se interesó, miró fijamente al cocinero con cierta sorpresa.

-¿El general Misawa es culpable?

-Es lo que yo creo.- dijo el cocinero. –Tal vez yo no conocí al rey Gakupo III, pero si a Misawa y a la reina Rin, y puedo decirle que ella se vuelve más soberbia y malvada cada vez que habla con el general.

-Pero que acusación tan grave hace usted. Si alguien escuchara eso…

-¡Que lo hagan!- interrumpió él. –No tengo nada que perder.

-Admiro su valor señor, no conozco a nadie que sea capaz de gritar algo así.

-Con el tiempo Miki, vas restándole importancia a algunas cosas; pero basta de esto, tenemos que empezar a trabajar en la cena de hoy. Prepare la masa y pongámonos a trabajar señorita.

-¡Enseguida!- respondió una activa Miki, que de inmediato obedeció y se puso a trabajar.

Era de noche en el Reino Amarillo, un día después del arribo de Misawa, y la tranquilidad se había vuelto a apoderar de las calles del poblado, después de numerosas trifulcas ocurridas desde la muerte de Gomu Megpoid, "El Señor de la Oscuridad". A partir de ese día, los habitantes del reino comenzaron a oponerse a la corona en cuanto les fuera posible, pero sus pequeñas rebeliones siempre eran sofocadas por el poder del ejército, que arrestaba a cuanta persona se resistiera a las ordenes de Rin o atacara a algún guardia, sin importar su sexo o edad. Intimidados por los rumores que presumían las muertes de todos aquellos presos, las revueltas dejaron de ser comunes hasta desaparecer. Sin embargo, aun seguía una resistencia más, un movimiento que aun no se había detenido gracias a su buena organización, fidelidad e ingenio de sus integrantes, pero permanecer en secreto era difícil a veces por las constantes revisiones a hogares y negocios que buscaban dar con el paradero de Gumi, hermana del falso vampiro, de quien no se tenían noticias desde la ejecución de éste.

Ocultos en el sótano del bar propiedad de Sakine Meiko, como ya les era costumbre desde hacía unos cuantos días, se encontraban el señor Benimaru, que comía un guiso de carne con suma tranquilidad, y Hiroki, que alzaba con ambas manos una gruesa y pesada barra de hierro. A fondo de la habitación, leyendo varios papeles, estaba Miki, aun vestida con sus ropas de panadera y algunas manchas de harina por todo el cuerpo.

-Aun pienso que debimos atacarlos mientras Misawa no estaba- se quejó Hiroki con un tono algo brusco. –Ya perdimos una gran oportunidad para librarnos de esa niña.

-Hiroki, se mas paciente hombre.- le respondió de inmediato Benimaru, con sus habitual tono calmado de voz. –Si Meiko no quiso hacerlo, sus motivos ha de tener.

-¿Y que motivos son? Porque no encuentro ningún motivo para retrasar un ataque cuando tenemos una amplia ventaja.

-Meiko dijo que debemos tener a la reina y a Misawa juntos, ¿recuerdas?- trataba de explicarse el señor Benimaru. –Si atacábamos a la reina Rin, el general nos hubiese aniquilado a todos a su regreso.

-¿Con que fin? Ya no habría reino que recuperar.

-Pero podría hacerse llamar rey. Debemos tener en cuenta todas las posibilidades.

-Aun así… pienso que sólo debemos matarlos a todos.

-Que impulsivo Hiroki. Una guerra no se puede ganar así.

-Tampoco puede ganarse si no levantas las armas cuando tienes la oportunidad.

-Ya te dije que no podemos descuidar ningún detalle, Misawa no podía quedar suelto por ahí.

-¡A Misawa lo mato de un golpe!

-¡Ese no es el punto!

-¡Silencio!- rugió la voz de Meiko desde la puerta. -¿Qué les hace pensar que pueden venir a gritarse a mi negocio?- seguía diciendo mientras se internaba a la bodega. Su sola presencia bastó para que los dos hombres guardaran silencio. –Saben muy bien como está la situación y ustedes gritándolo todo. ¿Por qué no traen a un grupo de soldados para que nos maten de una buena vez?

-Perdón Meiko…- se disculpó Benimaru poniéndose de pie. –Perdí por un momento la cabeza.

-De una forma muy escandalosa.- dijo Meiko, luego miró a Hiroki. –Y tú, ¿no dirás nada?

-Perdona el escandalo, pero aun pienso que cometiste un error.- dijo con voz ronca.

-¿Sabes una cosa? Me da igual lo que digas al respecto, tu idea no va acorde al plan que tenemos. Eres buen hombre, pero te falta disciplina.- terminó de reprenderlo la líder del grupo. –Debemos matar a la reina, pero si no eliminamos a Misawa, no lograremos nada. Todos sabemos que él es quien mueve todo dentro del palacio, por eso debemos dejarlo fuera del mapa.- Se hizo un silencio en la bodega. Ni Benimaru ni Hiroki tenían palabras para responder a Meiko, quien no se detuvo hasta llegar a su escritorio. La dueña del bar permaneció al pie del mueble unos segundos, mirando a los dos hombres que seguían mudos, esperando alguna reacción. Al no ver ninguna, se sentó. –Miki, ¿como vas con tu misión?

-Todo marcha a la perfección, pase sus interrogatorios y no sospechan nada de mí.

-Hasta que alguien hace bien su trabajo. ¿Alguna novedad en el palacio?

-A pesar de solo tener tres días dentro, si, tengo algo que resultara interesante para todos.- comenzó a hablar Miki acercándose al escritorio. –Todos sabemos que Misawa es muy orgulloso y escandaloso y como era de esperarse, planea dar una fiesta para celebrar la conquista del Reino Verde.

-Gran cosa, una nueva alza de impuestos como siempre y un montón de nobles presumidos.- interrumpió Hiroki.

-Al contrario Hiroki, es una gran oportunidad que aprovechar.- tomó de inmediato la palabra Meiko, levantándose de su silla. –Todos encerrados en el palacio, cayéndose de borrachos incluyendo los guardias. Nadie sabrá que ocurrió y podremos eliminar también a los nobles del reino…

-Pero de seguro tendrá invitados de otros reinos- habló el señor Benimaru. –Ya saben, le gusta presumir ante otros reyes.

-Oh no señor, no habrá invitados extranjeros; únicamente estarán los nobles de este reino estarán presentes.

-Será una masacre perfecta- rio Meiko. –Todos encerrados listos para ser asesinados. Pero me sigue molestando el ejército que esta fuera…

-¡Eso no será ningún problema Meiko!- resonó una voz femenina desde la puerta. De inmediato todos se voltearon para mirar con sorpresa a una mujer de cabello color vino, peinado en dos grandes bucles. –Miki no es la única con novedades.

-¡Teto!- gritó la panadera.

-Vaya, vaya, miren quien regresó de entre los muertos- dijo Hiroki burlón.

-Que gracioso Hiroki, pero debes saber que una "muerta" ha aportado mas que tú a nuestra causa.

-Claro… desapareces un mes completo. Yo he entrenado tropas, en cambio tú, ¿qué has hecho?

-Yo traigo esto- dijo sacando una carta un tanto maltratada. –Creo que encontraran muy interesante lo que dice.

-Déjame verlo.- dijo Meiko tomando la carta. Las desdoblo de inmediato y sentándose de nuevo comenzó a leerla con cierta curiosidad. –General Misawa, disculpe la falta de formalidad pero…- Mientras avanzaba en las palabras escritas, su expresión cambiaba de seriedad a una de sorpresa que terminó dibujando una malévola sonrisa en sus labios.

-Conozco esa sonrisa- mencionó Hiroki. –Esta tramando algo.

-Meiko, ¿qué dice esa carta?- preguntó Benimaru algo temeroso, la expresión de Meiko, en efecto, inspiraba miedo.

-Una gran noticia que nos beneficia a todos nosotros.- dijo sin borrar la sonrisa de su rostro. –Creo que debemos adelantar el ataque, actuar cuanto antes.

-¿Pero que dices? Justo acabas de decir que debemos esperar el momento adecuado- replicó Benimaru.

-Y ese momento ha llegado ahora, sería tonto no aprovecharlo. ¡La fortuna nos sonríe compañeros!- gritaba en un frenesí la tabernera.

-Debe ser muy bueno lo que dice esa carta- mencionó Miki mirando detenidamente a la mujer de cabello castaño. –A pesar de que no quieres decirnos.

-¡Sin duda lo es! ¡Grandes noticias que pronto sabrán!- decía ella, mezclando palabras con risas. –Pero debes decirme Teto, ¿cómo conseguiste este documento?

-No lo vas a creer, pero fue muy fácil.- alegó presumida Teto –Esta mañana en la playa apareció un muchacho flotando a la deriva en un bote de remos y cargaba con esta carta.

-Espera… ¿quieres decir que le robaste esto a un soldado?

-¿A un soldado?- expresó Benimaru, pero nadie le prestó atención.

-No es un soldado, es otra persona que no viene de nuestro reino. De hecho… él te espera en el pasillo Meiko.

-¿Está aquí? Pues hazlo pasar de inmediato- ordenó la líder del grupo con voz potente.

Teto mostró todos los dientes en una sonrisa y se dio media vuelta para regresar a la puerta de la bodega, salió y caminó unos pasos que se escucharon en la habitación, ante la intriga del resto de los presentes. Unos murmullos llegaron a sus oídos, incomprensibles desde su ubicación. El silencio volvió a reinar sobre la sala, tan incomodo como pudiera ser posible, interrumpido de la nada por un ataque de tos que sufrió Benimaru. Los pasos sonaron de nuevo, ahora eran más; en un segundo, Teto entró a la bodega aun sonriente, seguida por un joven de cabello azul cuyas ropas blancas estaban desgarradas y manchadas de negro hollín. Su cara era el reflejo de la ira y tristeza, marcados con suma claridad a pesar del notable cansancio en sus marcadas ojeras.

-No puede ser…- balbuceó Miki estupefacta. –Es…

-El príncipe Shion Kaito- completó Meiko, con la misma sorpresa que su compañera. –Su alteza… aquí.

-Principe, ellos son el grupo del que le conté esta tarde, mis compañeros… la resistencia a la corona amarilla: Los hijos de la venganza.

Kaito no dijo nada, solo miró a cada uno de los presentes fijamente, examinándolos a la distancia con sus azules ojos llenos de dolor y furia. Avanzó unos pasos más hasta quedar frente a Meiko y le extendió la mano.

-Shion Kaito, príncipe del País Azul.

-Sakine Meiko, líder de la resistencia.- se presentó estrechando la mano del príncipe. –Es un honor tenerlo frente a mí.

-Al parecer, así lo quiso el destino.- dijo secamente el joven. –Su aliada Teto me ha informado de sus objetivos y planes.

-Horrible para alguien de la realeza, ¿no?

-Horrible para todo ser humano, pero admito que a veces no existe otra opción y debemos tomar las armas.- mencionó Kaito, su voz ahora era mas tranquila. –Y yo quiero apoyarlos en eso.

-¿Disculpe? ¿Ha dicho que quiere ayudarnos?

-En efecto señorita, quiero auxiliarles en su cruzada contra la reina Kamui; eso claro, si usted lo aprueba.

-Aunque la idea me fascine, no puedo evitar preguntarle ¿por qué?

-Mis motivos tengo, pero quisiera hablar asolas con usted, si no es molestia, claro está. -pidió el príncipe Kaito.

-Por supuesto, sígame por favor.- dijo con tono amable, mismo que cambió bruscamente para llamar la atención de su grupo. –Y ustedes, al otro rincón, no nos molesten.

La tabernera caminó junto al príncipe hasta la mesa ubicada al fondo de la bodega, mientras que el resto del grupo se sentó en las sillas que estaban amontonadas en la esquina contraria de la habitación, murmurando entre si sus suposiciones del porque el príncipe Shion estaba con ellos.

Kaito y Meiko tomaron asiento frente a la mesa, ella tomó una botella y un vaso de la repisa cercana a ellos y le ofreció un trago al príncipe, que lo aceptó de buena gana. Apenas le fue entregado el vaso, el joven bebí todo el contenido y pidió que se le sirviera más. Así lo hizo Meiko, sirviéndose también un vaso.

-Así que esta sediento.

-No suelo beber licor a no ser que sea una ocasión importante… pero admito que lo necesito ahora mismo.

-Ayuda a sobrellevar las penas, así hemos soportado tantos años de abusos y dolor causados por la corona.

-Mientras el licor no domine su vida.

-Ni un segundo, su alteza.- respondió Meiko dando un sorbo a su bebida. –Pero hablemos de lo importante, estoy segura que usted tiene tantas dudas como yo. ¿Por qué no empieza?

-Aunque tradicionalmente los miembros de la realeza comenzamos, prefiero que sea usted quien tome la palabra.

-Es muy amable príncipe. Y voy a aprovecharlo porque tengo dos preguntas que hacerle.

-Adelante.- indicó Kaito dando otro sorbo a su bebida.

-¿Qué hace usted aquí y como obtuvo esa carta?

-Usted es muy directa, otro lo tomaría como un insulto. Pero yo no…- dijo el príncipe en un suspiro. Terminó de beber su trago y dejando el vaso a un lago comenzó a hablar. –Me trae aquí un temible deseo de venganza señorita. Algo que no puedo reprimir por más que intente, el dolor más fuerte que he sentido. Su reina se ha llevado algo muy importante para mí.

-¡No me diga que ahora también es ladrona!- gritó Meiko. -¿Qué no tiene limites esa mujer?

-Me temo que usted no entiende. Ella no se ha llevado nada material, sino algo que vale más todos los tesoros del mundo.- agregó con gran seriedad. –En su reciente ataque al reino Verde, ella mandó matar a mi prometida… no es una exageración, yo sé muy bien que…

-Nosotros también lo sabemos príncipe- le interrumpió Meiko. –Sabemos que esa supuesta guerra solo era el disfraz para el asesinato de su prometida.

-¿Cómo es que lo saben?

-Su alteza, tenemos varios espías en el palacio- respondió Meiko con una risa ligeramente malévola. –Ahora entiendo, su visita se debe a que busca venganza por la muerte de su prometida.

-Y de mi mejor amigo… él también fue asesinado durante el ataque. Se sacrificó por mí. Los soldados me confundieron e intentaron matarme, Piko solo quería sacarme de ahí… y Miku… aun no sé como pudieron atraparla.- decía mientras extendía su vaso hacia Meiko para que le sirviera mas licor.

-Su alteza, aunque esto sea un bar, le aseguro que todas las decisiones importantes las hemos tomado sobrios.

-Mi decisión ya fue tomada cuanto murió Miku. Tengo que vengar su muerte y la de Piko, no dejaré que Kamui crea que consiguió su objetivo.

-Entonces por eso esta aquí, príncipe. Quiere venganza- decía Meiko sirviendo de nuevo el vaso de licor.- y le diré que se encuentra en el lugar indicado.- agregó con una sonrisa. –Pero eso no responde a mi otra pregunta, ¿Cómo consiguió la carta?

-La conseguí cuando venia con rumbo a este reino. Después del ataque al País Verde… estaba solo, hasta mi barco fue hundido. Los soldados de su reina no me dejaban en paz, no podía avanzar dos pasos sin ver a uno, armado con lanzas y espadas. Esa noche tuve que pasarla en una cueva junto a los cuerpos de Miku y Piko… no pude enterrarlos… siguen ahí… prometí volver…- comenzó a decir con una voz tan baja que parecía un susurro. Su mirada se perdió unos instantes en la pared de la bodega.

-Sé que lo cumplirá, pero continúe, ¿como hizo para llegar hasta aquí?- le despertó Meiko de su repentino trance.

-Yo… busque ayuda… a Grygera, pero su mansión no estaba. Fue tan raro… no había rastros de fuego o del ejercito amarillo pero… su mansión no estaba.- siguió diciendo algo distante. –Vagué por un día entre los restos de las casas y los cadáveres quemados de los pueblerinos… era horrible. Ese hedor… aun lo siento.- seguía diciendo el príncipe. Era imposible sacarle más palabras, sus pensamientos estaban aun atrapados en las ruinas de aquel pueblo del País Verde; su mirada se perdía en la nada, con ojos llenos de dolor y desesperación, como si estuviese mirando la masacre de nuevo. Tras un minutos y varías llamadas de atención por parte de Meiko, Kaito pudo continuar con su relato. –Vi a un reducido grupo de soldados, cabalgaban hacía los barcos con gran prisa. Todos se veían lastimados y llenos de desesperación, no entendí que pasaba en aquel momento, solo escuche decir a uno que tenia una carta para un tal general Misawa, que era necesario volver.- dio un suspiro y se llevó una mano a la cabeza para acomodar su cabello. –Ni siquiera recuerdo que pensaba en ese momento; solo quería vengarme, hacerles daño, pero me contuve. Cuando estaban descuidados, subí al barco y me escondí entre unos barriles. No se dieron cuenta de mi presencia, permanecí escondido todo el viaje de vuelta, que por algún motivo era más rápido de lo que acostumbraba a viajar un navío. Todos los tripulantes estaban muy ansiosos y uno de ellos no dejaba de leer una carta, al menos cada hora volvía a abrirla. Finalmente escuche gritar a uno de ellos que se acercaban a este reino, que se prepararan para tocar puerto. En ese instante… no sé que me pasó; fue como si toda la furia en mi atrapada quisiera salir de pronto y destruir ese barco… y lo hice.

-¿Destruir el barco, usted solo?

-Si. Fue sencillo. Solo tomé una vela y la arrojé a los barriles de pólvora que tenían guardados. No eran muchos, pero fue una cantidad suficiente para agujerar el casco del navío y comenzar con el incendio del mismo. Desaté un caos entre esos hombres- dijo con una risa. –y en medio del desastre, pude ver como uno de los soldados subía a un bote de remos, con la carta en sus manos y comenzaba a bajar a mar. Yo lo seguí, en un intento por salir con vida de ese barco, aunque también tenía curiosidad por saber que decía esa carta. Subí al mismo bote y mientras el reaccionaba al susto, lo arrojé al mar. Lo último que recuerdo de esa noche… es a mí remando tan fuerte como podía hasta caer dormido.

-Y al despertar, ya estaba Teto atendiéndolo.

-En efecto. Desperté en su casa sin saber como llegué ahí.

-Interesante príncipe; me sorprende su relato. Simplemente lo que hizo no es algo que esperaría de un miembro de la realeza.

-Una persona siempre puede hacer algo inesperado.- respondió Kaito.

-Cierto, ¡mírenos a nosotros!- gritó Meiko riendo, pero recupero la compostura de inmediato. –Con eso responde a mis dudas príncipe, pero me ha surgido una. ¿Por qué venir directamente aquí y no a su reino para pedir ayuda?

-Porque mi padre no lo hubiese consentido.- dijo con un cierto enojo. –Para el, la muerte de Miku sería una noticia de jubilo.

-¿Qué tan mala relación con ella tenia?

-Ni se molestó en conocerla. Para él, una plebeya casada con su hijo era una gran desgracia, casi un pecado capital. Si acudía a él, simplemente me ignoraría.

-No entiendo por qué la realeza se complica tanto las cosas.- agregó Meiko. –Tantas reglas y tradiciones.

-No es fácil ser plebeyo, ni tampoco noble.- concluyó Kaito, dejando su vaso sobre la mesa. –Pero ahora me toca preguntarle a usted, señorita. No le cuestionare mucho, solo tengo una pregunta.

-Pues adelante príncipe.

-Su compañera Teto mencionó que ustedes se hacen llamar "Los hijos de la venganza". Admito que dicho titulo me llena de curiosidad; ¿por qué tal nombre para su grupo?

-Es curioso que lo pregunte- dijo la tabernera con una risita. –Por que eso buscamos príncipe, ¡venganza! Es lo único que queremos, buscamos vengarnos por todas las atrocidades que esa chiquilla que tenemos por reina nos ha hecho vivir a todos en el reino. Impuestos injustos, matanzas, dejarnos morir de hambre.

-Y es por eso que planea derrocarla. Solo para tener su venganza.

-No me entiende su alteza. Vera, por años nuestro pueblo ha sido oprimido y explotado por la dinastía Kamui y sus interminables guerras que solo sirven para dejarnos aun más pobres. Estamos cansados de eso, ya nos ha hecho muchos males y ¡vamos a vengarnos!

-Aunque admiro ese espíritu de lucha, no creó que ese sea su verdadero motivo, ustedes deben tener algo más escondido; son los lideres de un movimiento contra la reina… algo personal deben tener.

-No le mentiré, tiene razón. Todos nosotros, los aquí presentes, somos como usted príncipe, buscamos venganza porque ella nos arrebató a alguien importante en nuestras vidas. Vea a Hiroki, el hombre musculoso. Perdió a su esposa e hija una tarde después del cobro de impuestos. Los guardias de las llevaron, y nadie volvió a saber de ellas.- decía mientras señalaba a Hiroki, que seguía levantando sus barras. –Oh a Teto, se llevaron a sus padres por no poder reparar a carreta de la reina.- señaló a la chica de los bucles, que charlaba con la panadera. –Miki, se dedicaba a la panadería con su padre… hasta que dejaron de vender sus panes, y sin dinero para pagar, a él lo apresaron. Y por ultimo, Benimaru… su hijo era militar. Desobedeció a la reina y… ella mando ahorcarlo…- dijo con una voz temblorosa.

-Lo siento en verdad…- comentó Kaito, mirando al reducido grupo. –¿Y usted? ¿A quien perdió por culpa de Kamui?

-Yo era la esposa de ese soldado- dijo con voz amarga.

Kaito quedó mudo, no sabía como responder a eso. Miró el suelo unos segundos y dejó escapar un largo suspiro.

-¿Saben que harán si derrocan a Kamui?- preguntó el príncipe.

-No en verdad, solo festejaremos hasta caer de borrachos. Después de eso, aun esta confuso.

-Tengo amigos, pensadores y filósofos, que podrían ayudarles a establecer un gobierno mejor, para que no se repita lo que viven ahora. Ellos tienen las ideas, solo hay que darles una oportunidad.

-Mientras me garanticen que no será necesario repetir la masacre que tenemos planeada, haga venir a sus amigos. Seremos parte de su experimento.

-Le garantizo que será así. Serán la primera nación, el primer país en avanzar políticamente.- dijo Kaito extendiendo su mano.

-Si usted nos apoya con sus amigos filósofos y los reinos extranjeros, yo misma le ayudare a obtener su venganza.- respondió Meiko, estrechando su mano.

-Es un trato, Meiko- mencionó con una sonrisa el príncipe de azul.

-Felicidades, ahora usted es uno de nosotros.- concluyó la hija de la venganza.