.-.-.-.-. Capítulo 25 .-.-.-.-.-.

Robin terminó de fregar el suelo de la cocina. En realidad no hacía falta, pero necesitaba hacer algo hasta que llegara Noah. Tal y como le dijo Zoro el día anterior: la casa estaba ordenada y la cama hecha. El desbarajuste que habían dejado antes de subir al ático había desaparecido. Ahora hubiera preferido que él no lo hubiese hecho, para tener algo en qué ocupar el tiempo de espera. Hacía una hora que había bajado a su casa. Zoro se había ido al puerto para la salida con los del videoclip. Separarse resultó muy difícil para los dos. Agotaron el tiempo hasta el último minuto, momento en que, desesperados, terminaron haciendo el amor apoyados en la puerta del ático, cuando ella estaba por salir.


Pensaré en ti cuando estén filmando. Si llega a salir al público y lo ves, recuerda que era en ti en quien pensaba —había dicho Zoro , mientras la ayudaba a vestirse—. ¡Mierda! ¿Por qué tenían que elegir este día, precisamente? Yo quería pasarlo contigo.


Ahora, apoyada en el mango de la fregona, rememoraba todo lo sucedido desde que, el sábado por la noche, acabaran en la cama. Cinco días. Cinco maravillosas noches. Sonrió, soñadora, recordando cada uno de los momentos vividos con él. Nunca se había sentido tan plena, tan feliz, salvo cuando nació Noah; claro que eso era otro tipo de plenitud y felicidad. Deseaba volver a verlo. Quería perderse en sus ojos, escuchar su risa y besar aquel hoyuelo que la volvía loca. El sonido del teléfono rompió su ensoñación.

—Hola, desaparecida —saludó Nami, en cuanto ella descolgó el aparato—. ¿Dónde te has metido? Te he llamado varias veces a casa. No quería llamarte al móvil para no interrumpir nada...

—He estado fuera —respondió, resplandeciente.

—¿Fuera? ¿Dónde?

—En casa de Zoro —confesó, sin entrar en detalles, muriéndose por decir a su amiga lo dichosa que se sentía.

—¡La leche! ¿Todos estos días? ¿Y qué tal te ha ido?

—Muy bien. Fenomenal —estalló, sin poderse contener—. Estoy en las nubes.

—Robin, ten cuidado, por favor —recomendó Nami, después de un momento de silencio—. Recuerda que es una aventura pasajera.

—Lo sé. No hace falta que me lo digas —murmuró, algo desinflada—. Por una vez quiero disfrutar del momento. Sentirme amada.

—Me parece estupendo, cariño, siempre y cuando recuerdes que no debes enamorarte de él.

—Lo tendré en cuenta —entonó, sin decirle a Nami que su consejo llegaba demasiado tarde. Nadie tenía por qué conocer sus sentimientos—. ¿Qué tal tú? —cambió de tema antes de que su amiga sospechase la verdad.

—Bueno, Jaime ha resultado bastante bien. Hemos quedado este fin de semana para ir a esquiar y hoy saldremos esta tarde, cuando cierre la agencia.

—Me alegro mucho.—comentó, sincera. El timbre de la puerta sonó con insistencia—. Creo que ya ha llegado Noah. Tengo que dejarte, cielo. Hablamos en otro momento.

—Vale. Quiero detalles de tu yogurín. No creas que te vas a escaquear —amenazó Nami antes de colgar.

—Lo siento, pero no —murmuró, mientras caminaba hacia la puerta—. No pienso contarte nada —añadió al aire.

—¡Hola, mamá! —gritó su hijo, lanzándose a sus brazos como cuando era más pequeño —. Ya he venido.

—Ya lo veo, corazón. —Lo besó repetidas veces, sin dejar de abrazarlo. Olía a colonia infantil y a inocencia. Parecía haber crecido en esos días—. Te he echado de menos.

—Hola, Ro . —Law estaba a la puerta y la miraba con aire contenido. Robin imaginó que era por su próxima boda, por si ella estallaba en recriminaciones. Sin embargo, se sentía tan plena que ni siquiera su forma de llamarla la había molestado.

—Hola, Law. Creo que debo felicitarte. Noah me ha dicho que te casas. ¡Felicidades!

—Yo... vale... gracias. —Lo había dejado descolocado. Trató de no reír ante la cara de desconcierto que lucía—. No creía que te lo tomarías así —confesó.

—Law, hace dos años que nos divorciamos. Ya es hora de que vivamos nuestras vidas por separado lo mejor posible. —Hasta a ella la sorprendía su tranquilidad, su aceptación —. Me alegro mucho por ti.

—¿Ha pasado algo que deba saber? —inquirió. El ceño fruncido.

—Nada. —Se alzó de hombros. No estaba mintiendo. En realidad él no tenía que saber todo lo que pasaba en su vida. Sonrió como la Mona Lisa.

—Estás diferente. No sé. —La miró de arriba abajo, buscando diferencias—. Te veo... radiante. —Su ceño se hizo más profundo.

—¿Te lo parece? Bueno, estoy contenta de que Noah esté otra vez en casa. Será eso. — Trató de restarle importancia—. ¿Qué tal te lo has pasado, cariño? —Se volvió a su hijo para no dejar que Law siguiera escrutándola de ese modo. Temía que sacara conclusiones y llegara a la verdadera razón de su cambio.

—¡Bien! Tengo muchas cosas que contarte —soltó el niño—. Déjame en el suelo. Quiero deshacer la maleta para que veas los dibujos que he hecho.

—Está bien, ve. —Lo dejó en el suelo y le vio marchar a su dormitorio, arrastrando la maleta. Definitivamente había crecido en esos días. Su bebé se estaba haciendo mayor.

—Si no fuera porque me resulta inconcebible, pensaría que te has acostado con alguien —manifestó él, en cuanto su hijo se perdió de vista. Se metió las manos en los bolsillos del pantalón chino azul marino, sin apartar los fríos ojos de ella. Robin contó mentalmente hasta diez, luego hasta veinte. Sabía que Law era un idiota, pero nunca pensó que pudiera tenerla en tan baja consideración.

¿Qué le resultaba inconcebible? ¿Que ella pudiera haberse acostado con alguien? ¡No podía creerlo! ¿Tan repulsiva la encontraba? Por un momento pensó en contarle la verdad. En decirle que había pasado unos días plenos de sexo del bueno con un hombre que se preocupaba por ella y que se esmeraba para que alcanzara cuantos orgasmos pudiera. Que adoraba su cuerpo con celulitis y todo. Quiso hacerle ver que había encontrado una persona que no se dedicaba a buscar su propia satisfacción, olvidando a su compañera de cama. Pensó en restregárselo por la nariz, pero se dio cuenta de que con ello solo conseguiría que él se enfadase y no merecía la pena. Era mejor pasar por alto sus insultos velados y pensar en lo equivocado que estaba.

—¿Te has hecho algo en la cara? ¿Botox? —volvió Law a la carga. Casi había olvidado lo tenaz que podía llegar a ser—. Entiendo que hayas llegado a esa edad crítica, pero como empieces tan pronto...

—No me he puesto Botox ni me he hecho nada en la cara. ¿No puedes pensar que simplemente me siento feliz? —consiguió articular , sin enfadarse demasiado—. Este es mi aspecto cuando estoy contenta.

"Contenta y satisfecha en todos los sentidos", añadió para sí. Law arrugó el ceño como si no la creyera y terminó sacudiendo la cabeza con desprecio.

—Si tú lo dices... —masculló—. Mañana vendré a traerle los regalos de Reyes. Pasaré alrededor de las doce.

—Bien. Aquí estaremos —aseguró ella, sonriendo—. Y ahora, si me disculpas, debo prepararme para ir a la cabalgata.


Zoro terminó de preparar el Lucía para cerrarlo. Hacía rato que la cantante y el equipo de filmación se habían marchado. Pese a que habían tenido que repetir varias veces las tomas, hasta que consideraron que ya no podían salir mejor , parecían satisfechos con el resultado de la grabación. La lluvia, fina y pertinaz, había puesto la nota perfecta que ellos buscaban. La canción era una balada muy pegadiza y, después de escucharla no menos de treinta veces, Zoro ya se la sabía entera. Le gustaba el tono desgarrado y algo ronco que la cantante le imprimía a la voz; hacía que la letra fuera más impactante. Le habían maquillado para salir en el videoclip. Se sentía tan incómodo, que no veía la hora de llegar a la oficina y quitarse todo eso de la cara. Lo mejor de todo era el dinero extra, que no le vendría nada mal.

—Hay que joderse. —Sacudió la cabeza, sonriendo, al recordar que el cámara le había dicho que le tendrían en cuenta para otras producciones, con o sin barco—. Al final terminaré ganándome la vida como modelo.

Saltó al pantalán y a paso vivo se dirigió a la oficina. Eran las cinco y media. En treinta minutos empezaría la cabalgata y él aún debía quitarse el maquillaje, cambiarse de ropa y volver a la juguetería para comprarle a Noah el regalo de Reyes. Lo había decidido al verlo, el día anterior , pero no quiso comprarlo delante de Robin. No sabía cómo iba a reaccionar y no quería que se enfadase o que le quitara esa idea. Estaba seguro de que a Noah le encantaría. ¿A qué niño no? Al entrar en la oficina, silbando la balada, se cruzó con una pareja que salían en ese momento y les saludó.

—¿Qué tal la grabación? —preguntó su madre—. Pero mira qué guapo te han puesto. Pareces un actor o un modelo.

—Calla, calla. ¿Tienes algo para quitármelo?

—Sí. Ahora te doy unas toallitas desmaquillantes —aseguró, buscando en su bolso—. ¿Saldrás mucho?

—Mamá, la cantante es ella. Yo solo el "extra". Creo que soy el tío con el que piensa engañar a su novio por venganza. —Bufó, poniendo los ojos en blanco—. Gracias — murmuró, tomando las toallitas que le tendía su madre. Sin mucha ceremonia, comenzó a pasárselas por la cara para retirar todo vestigio de maquillaje.

—Parece que ha dejado de llover . A ver si aguanta durante todo el recorrido para que los niños puedan disfrutar de la cabalgata —musitó su madre, sin quitarle los ojos de encima. Era evidente que pasaba de sutilezas. —Ya te lo ha dicho Kuina , ¿verdad? —Clavó la mirada en su hermana, pero la suavizó cuando se fijó en cómo vestía esa tarde—. Vaya, ¡qué guapa estás! No puedo creerlo. ¿Es una camisa?

—Ayer, después de salir de aquí, fui de compras —aclaró Kuina, un tanto colorada—. ¿No te gusta?

—Pues claro que sí. Estás muy guapa. Pareces mucho más joven.

—Gracias —murmuró, mientras terminaba de contar un montón de billetes. La vio apuntar la cifra en el ordenador y guardar el dinero en un cajón. Seguro que la pareja anterior le había pagado alguna salida retrasada.

—Dice Kuina que la mujer con la que llegaste ayer es tu vecina, la profesora — empezó su madre—. ¿Hay algo entre ustedes?

—Me cae bien —precisó, sin entrar en detalles.

—Por tu mirada no parece que solo sea eso. Has quedado en ir con ella y su hijo a la cabalgata

—Mamá, ¿qué quieres que te diga? —preguntó con desgana, restregándose la cara con la segunda toallita. No entendía a qué venía tanto interés. Nunca se habían preocupado por saber con quién salía o con quién no—. Me gusta y me apetece estar con ella.

—¿Está casada? —indagó su madre, muy seria.

—¡No! Claro que no. Está divorciada. ¿Por quién me tomas?

—No te enfades, Zoro . Me preocupa. Ella es bastante mayor que tú. Dices que tiene un hijo... —apuntó su madre, inquieta—. Temo que te estés metiendo en terreno... complicado —terminó con suavidad.

—Ya te he dicho que me gusta. Es una mujer magnífica y quiero estar con ella. No hay nada serio entre nosotros.

—Aún no, cariño, pero...

—Anda, dame un beso que me voy a cambiar de ropa. Tengo prisa.

La abrazó y le dio un par de besos en las mejillas. Sabía que se preocupaba por él, pero no había de qué inquietarse. Estaba seguro de ello. Se cambió de ropa y poco tiempo después estaba en el coche, camino de la juguetería. Un rato más tarde, como ya no podía acercarse al centro, pues lo tenían cortado por el desfile, dejó el coche en el garaje de casa y fue andando hasta la plaza de Guipúzcoa, lugar donde le había dicho Robin que estaría con su hijo. Encontrarles en medio de aquel gentío, que se agolpaba para ver pasar las carrozas, iba a ser casi imposible. La llamó por teléfono. Estaba impaciente por verla. Las horas en la mar , por muy entretenidas que hubieran sido, se le habían hecho eternas sin ella. ¿Quién lo hubiera pensado?

—Hola, profe —saludó en cuanto Robin contestó a la llamada—. ¿Dónde están?

—En la plaza de Guipúzcoa. Bajo los arcos de frente a las paradas de autobús. Hacia la mitad de la manzana. A la altura del obrador.

—Vale. Voy a ver si los veo. —Cortó la llamada y guardó el iPhone en el bolsillo del pantalón. Al fondo de la calle, el colorido desfile avanzaba desde la calle Idiaquez. Los villancicos sonaban a todo volumen, pero no lograban acallar las exclamaciones de los niños, que esperaban embelesados a ver a su rey favorito. Ya había olvidado lo que era creer en los Reyes Magos; sin embargo, viendo las caritas de los más pequeños, era fácil volver a sentir a su niño interior. Sorteó a la gente que se agolpaba junto al borde de la acera y zigzagueó hasta el lugar donde le había dicho Robin que les encontraría. Ella estaba casi en primera fila. Noah, unos pasos por delante, junto con otros niños, impaciente por ver llegar las carrozas. Ninguno de los dos le había visto aún. Conforme se acercaba sintió un creciente aleteo en el estómago y se detuvo un instante para contemplarla a gusto. Con un suspiro de satisfacción, caminó los últimos pasos.

—Hola, profe —dijo a su oído. Su estremecimiento le hizo sonreír y le calentó la sangre—. ¿Me has echado de menos?

—Hola, pico de oro. No he tenido tiempo —contestó, pícara. Tenía la nariz roja por el frío y las mejillas sonrosadas. Estaba hermosa y apetecible. Demasiado apetecible. El gorro de lana granate le sentaba de maravilla.

—¡Mentirosa! Lo veo en tus ojos. También te has acordado de mí —aseguró en voz baja—. Yo no he dejado de pensar en cuándo será la próxima vez que te tenga desnuda entre mis brazos. —Miró hacia los lados. Una vez seguro de que nadie estaba pendiente de sus palabras, susurró a su oreja—. En la próxima vez que esté dentro de ti y te oiga gritar de placer cuando te corras. Mira cómo me pones. —Se pegó a su cadera para que notara la dureza de su excitación. Robin se ruborizó como una colegiala y cerró los párpados con fuerza un instante. Respiraba con dificultad, con la mano pegada al pecho. ¡Bien! Eso quería decir que no le era tan indiferente como había querido demostrar con sus palabras.

—¡Calla, loco! —Sus ojos echaban chispas. No supo definir si por incomodidad o porque también recordaba esos momentos—. ¿Qué tal te ha ido la salida? —indagó, un poco más calmada, separándose un poco.

—Bien. Me han maquillado hasta las uñas, pero ha estado bien. Si te portas bien, luego te canto la balada —prometió, aguantando las ganas de besarla hasta que los dos perdieran la cordura. El apetito era más fuerte de lo que había pensado. Más que fuerte, incontrolable. Se acercó con intenciones claras; ella no se apartó. Le observaba con igual deseo. Las miradas, entrelazadas. Sus labios, tentadores, se abrieron para darle la bienvenida. Notaba la piel hormigueante ante la perspectiva del beso. Cerró los ojos cuando la cara de ella se emborronó por la cercanía. Sintió su tibio aliento junto a la boca...

—¡Hola, Zoro! ¡Has venido! —gritó Noah, tirando de la manga de su chaquetón para que lo siguiera a la primera fila. Zoro y Robin se separaron como si les hubieran pinchado—. Ven, ven. Ya llegan. Corre, te lo vas a perder.

Le tenía aprecio a Noah, pero en ese instante le habría estrangulado lentamente con una de las serpentinas que lanzaban desde la primera carroza. Se conformó con mirar a la madre y lanzarle un beso al aire antes de seguir al niño.

Continuara…