Se despidió de Ron y de Hermione en la sala común, no les había comentado nada sobre su conversación con Snape, confiaba en ellos pero no lo suficiente como para hablarles de la oclumancia. Tampoco les había hablado sobre los Horrocruxes, aunque en realidad este tema era aún peor que el de la oclumancia. Lo único que les dijo antes de abandonar la sala común era que tenía clases con Snape por orden de Dumbledore y que no podía contar nada. Eso parecía que lo respetaban, lo cual no sabía si le molestaba o no. Antes de salir definitivamente, le comentaron algo, pero no sabía que le habían dicho, no les prestaba atención. Decidió apartar los pensamientos sobre ellos de su mente; había pasado los ratos libres durante las vacaciones en la biblioteca de los Black, lo había hecho a escondidas, pues ese cuarto era terreno prohibido por su contenido en libros en artes oscuras. Los primeros días leyó todo lo que encontró sobre la oclumancia, quería estar preparado; Snape no era de los que perdían el tiempo, o al menos eso creía, y no quería hacerle perder el tiempo, sabía que tenía que colaborar con aquello. Por eso había buscado prepararse. No podía practicarlo por su cuenta, no sin conocer ni probar antes sus mecanismos, pero si que había podido hacer algo, una vez comprendió que la oclumancia era cosa de la mente y que lo importante era poder dominar las emociones, se le ocurrió que hacer. Todo gracias al consejo de esos libros de "dejar la mente en blanco"; había pasado el resto de los días meditando a cada momento que se le presentaba la oportunidad, siempre que estaba solo y era poco probable que lo interrumpiesen. Meditar había supuesto encontrar la manera de permanecer tranquilo, atento y relajado; lo que había encontrado complicado, pero al igual que otras cosas que encontraba igual de difíciles, con perseverancia las iba logrando.

Bajó la escalinata principal, ni siquiera se había enterado que ya había llegado allí, le sucedía a veces; perdía la noción del tiempo. en el vestíbulo se encontró con el fantasma de la casa Ravenclaw, la dama gris; quien al igual que la mayoría de los fantasmas del lugar lo miraba con cierto respeto desde siempre, otros le rehuían; era algo a lo que estaba acostumbrado y que no había entendido porqué hasta recientemente.

- Buenas tardes – La saludó antes de proseguir con su camino.

Entró en el pasillo principal de las mazmorras; oficialmente estaba en territorio Slytherin, pero eso no le preocupaba; por una vez agradecía al profeta y al ministerio la difamación hacia su persona, así al menos lo dejaban en paz, se apartaban de él. Bueno, eso y el cese de hostilidades con Draco Malfoy había ayudado; era en parte uno de los motivos de que querer secundar el plan de Hermione; pues eso podría poner al chico de Slytherin en una posición complicada.

Cuando llegó al despacho del profesor tocó a la puerta, como respuesta esta se abrió, revelando al profesor Snape apuntando con la varita hacia la puerta.

- Puntual nuevamente, pase Potter.

Sin vacilar demasiado entró en el despacho cerrando la puerta tras de sí, su entendimiento le indicaba que aquello tenía que ser lo más privado posible: a fin de cuentas se trataba en realidad de una práctica prohibida.

- Te explicaré tan sólo una vez como trabajaremos, así que no me haga repetirme. En cada sesión trataré de entrar en su mente y debes repelerme.

- De acuerdo; ¿Cómo lo hago, profesor?

- La voluntad que se requiera para cerrar la mente es similar a resistir la maldición imperius.

Harry se limitó a asentir sin preguntar nada más; le parecía un método agresivo pero eficaz para probar la resistencia de la mente, era un camino difícil, que lo obligaba a trabajar solo.

- Estoy preparado, profesor – Manifestó haciendo lo que había estado practicando en casa de su padrino, relajarse y meditar, o al menos intentarlo; no había probado a hacerlo mientras conversaba, así que sabía que lo tenía bastante difícil.

- Legeremens

Y lo sintió, tal cual indicaba uno de los libros que había leído; notó como su mente se alejaba de su control, mostrándole recuerdos, sabía que eran suyos; recuerdos como los sueños con la sala de profecías, la primera vez que se puso el sombrero seleccionador, cuando apuñalo el diario de Riddle en la cámara de los secretos...

Se forzó por relajarse, y forzar a esos recuerdos a permanecer en él mientras empujaba aquella fuerza que quería llevárselos; hasta lograr ver el despacho de nuevo.

- No está mal para empezar, Potter; ¿Sabe cómo lo ha hecho?

- No, señor; tan sólo... puede que sea una estupidez, pero he estado meditando estas vacaciones.

- Eso en parte es la clave para la oclumancia; una de las claves, pero le queda mucho por aprender.

- Sí, señor.

- Potter, si quisiera escapar del castillo, ¿Cómo lo había para no ser detectado?

Harry miró al profesor con la sensación de que este sabía algo; Snape conocía del mapa y la capa, así que sólo tenía que pensar rápido algo en esa línea, por suerte se le ocurrió.

- Usaría el pasadizo para ir a la casa de los gritos; hay unas tablas sueltas en una de las ventanas a través de las cuales se puede salir al exterior, luego cogería el autobús.

- Puede retirarse; el miércoles a la misma hora.

Harry salió del despacho, con una sensación entraña; no sabía de qué parte estaba Snape, si de Voldemort o de Dumbledore o incluso de sí mismo. Pero no creía prudente que ninguno de los tres supiera como lo había hecho realmente. Desde que se incorporó al mundo mágico a los once años se sintió tratado como si fuese alguien extraño, raro. Si el mundo se enteraba que los dioses existían y que los semidioses también, no quería ni pensar las consecuencias que eso podía llegar a tener. Podrían tomarlo como una amenaza e iniciar una guerra, las guerras eran malas y destructivas; podrían querer aprovecharse para usar ese poder en su propio beneficio, en beneficio de los magos; o simplemente usarlos como cobayas o algo peor. No, no quería imaginarlo. Recordó como Luna y él habían encontrado a la diosa Deméter; y que Voldemort había intentado hacer algo con la sangre de esta, por fortuna Luna se había desecho de eso dejándolo inservible. Se detuvo unos instantes mirando por uno de los ventanales hacia el lago, se encontraba reflexivo y molesto; Voldemort había resucitado usando su sangre porque decía que el sacrificio de su madre pasaría a el fortaleciéndolo, Dumbledore había dicho que la sangre era poderosa, y si la sangre era poderosa, ¿lo era más la suya siendo un semidiós a parte del poder que le diese a la misma el sacrificio de su madre?

- Debo ser yo quien lo destruya – Murmuró, iniciando de nuevo su camino.

Al llegar a la sala común, se sentó en la mesa en la que se sentaba desde su primer año, en la que había estado antes de su clase con Snape con sus amigos; sacando los apuntes de tranformaciones y comenzando a hacer la redacción que les había pedido la profesora McGonagall. Al poco de comenzar se le acercaron Ron y Hermione, que venían de vete a saber dónde.

- Hemos estado con Hagrid – Soltó Ron de repente – Lo han puesto en periodo de prueba.

- Debió hacerme caso con la programación y no mostrar esos thestrals; no estaban mal, pero hacerlo ante esa mujer.

- Lo hubiese puesto en periodo de prueba igualmente – opinó Harry – La profesora Umbridge no desaporvecharía la oportunidad de quitar de en medio a cualquiera que apoye a Dumbledore – Les recordó – Eso único a que odia a los semihumanos; no me extrañaría que tuviese tramitada la orden de expulsión de Hagrid incluso antes de que se iniciase el curso.

- Eso es poco alentador, amigo.

- Por eso debe aceptar que le planifique las clases, no hay que darle una excusa válida para hacerlo.

- No la necesita; si no la tiene la buscará – Rebatió Harry – Y en cuanto a lo de planificarle las clases; por organizada que seas no todo el mundo es como tú. No le impongas una forma de proceder ni le digas lo que tiene que hacer; simplemente ofrécele tu ayuda para hacer las clases más del gusto de las políticas actúales. Ya te lo dije una vez, Hermione. Tienes que aprender a ceder.

- Lo intentaré; el consejo que me diste sobre los gemelos funcionó a fin de cuentas, la verdad, no entiendo como no te nombraron prefecto.

- ¿Mala prensa y dementores no te dicen nada?; además, paso de responsabilidades.

- Bueno, el caso es que Hagrid quiere verte, Harry – Les interrumpió Ron con cierta molestia – Mejor que vayas antes de la cena.

- De acuerdo, ya terminaré esto más tarde.

- Iré contigo Harry – Se autoinvitó Hermione.

Harry asintió, venía venir sus motivos; estaba empeñada en hablar con Hagrid cuanto antes, solo esperaba que no acabase agobiándolo, y que tampoco lo presionase. Desde que había regresado Hagrid al castillo le había parecido que su primer amigo estaba sometido a mucha tensión y no creía que fuese bueno que lo presionasen más. Miró a su amiga mientras caminaban por los terrenos, no muy seguro de aceptar que viniese con él; aunque la verdad, tampoco hubiese tenido oportunidad de discutir aquello. Nada más llegar a la puerta de la cabaña tocó a la puerta, aguardando la respuesta en el umbral.

- Harry – dijo Hagrid entrecortadamente – Tengo algo que contarte.

- Claro, ¿de qué se trata?

- Será mejor que os lo muestre, vayamos al bosque.

Harry intercambió una mirada con Hermione, antes de adentrarse tras Hagrid; no hizo ningún comentario, caminó por el bosque admirando sus árboles, sus rocas, todo el bosque en general. Ese bosque mágico siempre le había llamado la atención, siempre le había gustado, pero nunca lo había podido disfrutar. En primero, buscar a ese unicornio malherido; en segundo, conoció a Aragog y a su familia; y en cuarto curso lo habían distraído unos dragones. Se preguntaba qué sorpresa le depararía el bosque en esos momentos; y porqué Hagrid lo necesitaba. Llegaron a lo profundo del bosque; se quedó quieto, sin avanzar más, viendo en un claro apoyado sobre un árbol una especie de montículo que se elevaba y descendía rítmicamente.

- Hagrid, ¿Eso es...? – Oyó Hermione.

- Si Hermione; en mi hermano.

- ¿Cómo se llama? – Le preguntó Harry.

- Grawp – Respondió Hagrid – Lo despertaré.

- No, Hagrid, no es necesario; ¿Es esto lo por lo que querías verme?

- Si Harry, es muy probable que me echen y quería pedirte un favor si eso llegase a ocurrir.

- Claro, dime de qué se trata.

- Si me echan, ¿Vendrás a verlo?¿A hablar con él? Trato de enseñarle nuestro idioma.

- Bueno, supongo que puedo venir otro día que tengamos más tiempo para que me lo presentes.

A Harry le pareció que Hermione quería alejarse de allí cuanto antes; por él no había ningún problema, ya acudiría en otro momento a tratar aquel asunto con Hagrid con mayor profundidad. Le sonrió a su amigo mientras miraba de reojo a Hermione; no quería que se pusiesen a discutir allí.

- Esto... regresemos a la cabaña; ahí podréis hablar y escucharos – Les sugirió – Es mejor que quedarse hablando aquí; además tengo que terminar el ensayo de transformaciones.

Suspiró aliviado cuando le hicieron caso; los acompañó hasta la cabaña y después regresó al castillo.

Enero dio paso a febrero con una mejora lenta pero progresiva de las condiciones climáticas; el curso ya había pasado su ecuador y los estudios y el nivel se volvían mucho más intensos; pero aquel día era para relajarse y disfrutar, era venticuatro de febrero y había invitado a Susan Bones; se había armado de valor y le había pedido que fuese con él a Hogsmeade. La esperó en el vestíbulo.

- Estás hermosa.

- Gra-gracias.

Le ofreció su brazo para salir del castillo, caminando; habían conversado varias veces hasta que se había atrevido a pedirle aquella cita; ambos se sentían bastante cómodos y tranquilos. Estuvieron conversando sobre historia, al parecer a ambos les agradaba; la historia podía parecer un royo al principio, pero en los últimos meses le había cogido el gusto a esa materia, sobre todo al ver lo importante que era para la vida en general.

- Bueno, cabeza de puerco queda descartada – Dijo Harry con una tenue sonrisa – Así que... ¿Salón de té o las tres escobas?

- El salón de té es demasiado cursi.

- Decidido entonces.

Se encaminaron a las tres escobas, taberna más conocida entre los estudiantes de Hogwarts; pero a ninguno de los dos le preocupaba ser visto, precisamente cuanto más le preocupaban a uno los rumores, más fácil era que surgiesen. Así que, ¿para qué ocultarse? No había nada vergonzoso en ello. Al entrar, se dirigieron a una de las mesas; Harry repentinamente se sintió observado, no como cuando lo habían mirado a hurtadillas como si fuese a devorarlos a todos en su segundo año; era una sensación distinta, algo escalofriante. No le gustaba en absoluto, pero no quería asustar a Susan, de modo que decidió ignorarla.

- Permíteme – Dijo apartando una silla para que se sentase su acompañante – Iré a pedir las bebidas, ¿Qué quieres?

- Una cerveza de mantequilla estaría bien.

- Vale, ahora regreso.

Se acercó a la barra, a un hueco cercano que hacía escuadra, al lado de Malfoy; en el otro lado en la esquina apoyada sobre la pared había una mujer hermosa, pero al mismo tiempo inquietante. Estar cerca de ella era como estar cerca de alguno de los dioses, ahora podía identificar la sensación. Se le erizó el pelo de la nuca y evitó darle una segunda mirada; su instinto le decía que se mantuviese alejado.

- ¿Bones?, ¿en serio, Potter?

- Una buena amiga, Malfoy.

Se pusieron a hablar; en un tono de pique mutuo pero sin peleas, mientras esperaban a ser atendidos.

- Pensé que vendrías con Lovegood o con Patil.

- Luna tiene sus propios planes y Parvati... Creo que sigue molesta por lo del baile.

- Pasaste de ella y te quedaste sentado toda la noche; diría que te luciste – Le dijo con una sonrisa sarcástica – Se te dan fatal las chicas. Ni siquiera te das cuenta de la cantidad que hay esperando a que se lo pidas. Hacen cola por ti.

- Si, para tenerme de trofeo.

- Fama, dinero y poder, Potter. Eso es lo que les gusta a las chicas – Malfoy cogió las bebidas que acababan de traerle – Piénsalo – Le instó antes de marcharse.

Harry tenía la sensación de que esa mujer que no le gustaba había estado pendiente de su conversación; y en cierta manera le daban ganas de ir hacia Susan y llevarla de regreso al castillo, aunque fuese mediante un viaje sombra. Pero no lo hizo, aparentó tranquilidad y aguardo en la barra hasta que llegó su turno, sabía que no debía precipitarse.

- Rosmerta, dos cervezas de mantequilla por favor – Pidió a la dueña del local mirándola con una gran sonrisa.

No tardó en ser servido, regalándole algo para picar, Rosmerta siempre lo había tratado así, como mucha gente, un ejemplo era Florean, el dueño de la heladería del callejón diagon. Harry lo cogió todo y regresó a su mesa dispuesto a disfrutar de su cita.