- Capítulo 25: La gran huida desde el infierno.
"Amamos solamente aquello por lo cual podemos también morir".
Stanley Hall
-¡Hola! – dijo una niña de unos 11 años de ojos azules y voz cantarina asomándose entre ramas y hojas para ver mejor. Todo estaba lleno de ramitas de arbustos, helechos, y espinos con bayas y moras.
No recibió respuesta. No es que fuera un mal saludo sino más bien que el objeto al que dirigía la conversación era más bien tosco y malhumorado, no se prestaba a devolver el saludo. Pero ella lo volvió a intentar de nuevo-. ¿Cómo te llamas?
Con el tono más alto de su voz, un pájaro salió volando de entre las ramas del árbol hacia el cual estaba dirigiendo la conversación sin respuesta.
- ¿Y a ti que te importa? – dijo el chico desagradablemente, fastidiado por haber perdido el pájaro al cual iba a disparar con un tirachinas. Era un niño de 11 años también, pero parecía más pequeño, ya que era bastante raquítico. A pesar de su desagradable conducta, su aspecto era el de un pequeño ángel, tenía unas facciones muy hermosas.
El chico siguió subido en aquel árbol, cogiendo insectos y arañándose las rodillas al llevar unos pantalones cortos y unos calcetines de media pierna. Tenía la cara manchada y el pelo negro revuelto, mezclado con ramas y hojas. Su aspecto era salvaje y su expresión furiosa.
No hubo más respuesta después, pero la niña siguió allí parada, sin moverse, a los pies del árbol alejado del colegio, cerca de la valla del cementerio de Hogwarts, donde el camino siempre estaba desierto. De pie esperaba alguna palabra por parte del niño.
El viento revolvió sus cabellos oscuros y su vestido rojo que hacía juego con sus mejillas sonrojadas. Se estremeció bajo aquel susurro del aire que anunciaba la llegada del otoño, pero su mirada no se dejaba intimidar.
- Me importa, sino no lo preguntaría – contestó ella.
El niño pareció más molesto que antes. Salto ágilmente desde el árbol y cayó frente a la chica, oculto entre unas ramas de helecho. Parecía que había querido golpear a la niña, pero cuando estuvo frente a frente con ella se quedó paralizado, mirando a sus ojos. Simplemente se dedicó por unos segundos a tirar nerviosamente de la manga de su chaqueta gris.
La niña siguió mirándole a los ojos y le sonrió dulcemente, una sonrisa cálida que encendió las mejillas del niño. De repente ella sacó algo de su bolso, algo empaquetado. Se lo tendió a él y lo cogió bruscamente. Era un trozo de pan con mermelada. Delante de ella empezó a comérselo, tenía hambre y lo devoró en cuestión de segundos.
Ella no dijo nada, se limitó a mirarle mientras se comía su comida. Cuando él hubo acabado su trozo de pan se metió las manos en los bolsillos. De ellos sacó un puño cerrado, que vació en la mano de ella. Eran un pequeño montoncito de bayas rojas, dulces, jugosas.
Él sonrió, con una sonrisa poco apropiada para un niño de 11 años. La cerró la mano ligeramente sobre las pequeñas bolitas rojas, como si la hubiera entregado el poder de algo prohibido, pecaminoso. La miró. Ella no lo sabía aun, pero él la había elegido para el resto de su vida.
- Mi nombre es Tom Riddle.
- Yo soy Nimuë...
- ¿Dónde iremos?
- Donde podamos. Donde lleguemos.
Los dos jóvenes eran esta vez mayores, y estaban en una especie de salón con una decoración rústica, sofás y cortinas rojas, y todo ello iluminado por el fuego que ardía en la chimenea. Ella se veía preciosa, era la única cosa que le importaba algo en el mundo. Sin ella todo era caos.
- Tom... Yo te quiero, pero ¿y si nos estamos equivocando?- dijo ella acariciando su pequeña barriga casi inapreciable por debajo del vestido.
- Nimuë, no sé vivir sin ti. Te necesito a mi lado. Sin ti no valgo nada.
Entonces se escuchó el sonido de la puerta y la joven tembló y no porque hiciera frío sino porque aquel hombre que estaba frente a ella no debía estar allí.
- ¡Nimuë! – gritó una voz desde la entrada de la casa.
- Es mi padre – dijo ella temerosa -. Debes irte Tom.
- No – dijo él sin querer moverse en el instante en que la puerta del salón se habría, para dar paso a un hombre de ojos azules, calvo, y con una barba blanca y abundante, pero no muy larga.
-¿Qué haces tú aquí¡Te dije que no volvieras por esta casa! – dijo el hombre amenazante.
- Vengo a pedir la mano de su hija Nimuë – dijo Tom Riddle adelantándose hacia aquel hombre -. Está esperando un hijo mío.
- Maldito seas por ello, maldita sea tu semilla por siempre – dijo muy enfadado -. Olvídalo Riddle, nunca la tendrás. Tú no eres nadie para pedir la mano de mi hija.
- No estoy seguro de ello. Soy descendiente de la familia Slytherin... – comenzó a decir, pero se vio interrumpido de nuevo.
- ¡Casta de perros rabiosos¡Más razón para no permitir este matrimonio! Nunca permitiré que te la lleves, nunca. Me da igual cuantos hijos tuyos vaya a tener que nunca la tendrás a ella. Tú solo eres un Riddle, un don nadie...
Tom Riddle ya había aguantado suficiente, y no era la primera vez que tenían aquella conversación, pero esta vez le enfureció más que nunca. Mientras el padre de la chica había estado diciendo todo esto, Tom sacó su varita mágica.
- ¿Y ahora que vas a hacer¿También vas a atacarme a mi?- dijo este impresionado por aquella acción del joven.
- Tom, por favor, no le hagas nada a mi padre – dijo Nimuë asustada por todo aquello.
- ¿Qué iba a hacerme él? – dijo con desprecio -. Este patán estúpido.
Aquella fue la gota que colmó el vaso, cada vez Tom estaba más furioso.
- Amo a su hija, señor Dumbledore, y pienso llevármela.
- Por encima de mi cadáver.
- Usted ha escogido... ¡Avada Kedavra!
Es cuerpo del señor Dumbledore cayó sobre la alfombra como un saco de patatas. Su mirada estaba muerta y en su expresión todavía podía verse esa mirada de furia fulminante que parecía suavizarse por fin.
- ¡Tom¡¿Qué has hecho! – dijo Nimuë corriendo hacia su padre. Pero era demasiado tarde para enmendar lo ocurrido.
- Ahora nada se interpondrá en nuestro camino – dijo con una mirada fría y calculadora, fija en el cadáver.
- ¡Papá! – dijo ella llorando.
- Nimuë, lo he hecho por nosotros, por nuestro hijo.
- No lo has hecho por nadie, lo has hecho por ti mismo – dijo ella gritando con las mejillas surcadas de lágrimas -. Pero ya no más Tom. No puedo creer lo que has hecho.
- ¡Nimuë! – dijo él intentando agarrarla para hacer que se pusiera de pie.
- ¡No me toques, Tom Riddle¡Eres un monstruo¡Quiero que te vayas de esta casa y que nunca vuelvas!
- Pero nuestro hijo...
- ¡Olvídate que ese bebé! – dijo ella llorando con las pocas fuerzas que tenía -. ¡Olvídate de mi¡Lo único que quiero es que te marches ahora¡LARGO!
Tom Riddle abrió la puerta y la cerró tras él, dejando a la joven madre de rodillas, junto al cadáver de su padre. Nunca llegó a arrepentirse de lo que hizo ese día, pero aquel desamor le puso en las puertas del infierno, desde donde le daban la bienvenida.
Perséfone estaba sentada en la losa fría de una tumba. Era primavera y los pájaros comenzaban a llegar del sur para aprovechar el calor del verano mientras pudieran. Ese día era su cumpleaños. Y el aniversario de la muerte de su madre.
La tumba se encontraba en medio de lo que parecía un pequeño prado. La margaritas crecían por todos lados y el Sol brillaba alto en el cielo, mientras una sutil brisa agitaba sus pétalos. A lo lejos podía observarse lo que parecía una cabaña años antes abandonada, por su madera carcomida y sus cristales sucios.
Esta lápida funeraria había sido limpiada muy recientemente. Ya no había barro y hojas muertas entre las letras grabadas, sin epitafio, en cuyo significado se hallaba un nombre que mucho tenía que ver para la mujer que estaba encima sentada.
Sobre esta dura piedra había un pequeño ramo de lirios blancos que brillaban en su pureza. Perséfone los miraba ahora mientras olía los aromas de la primavera en la que cumplía su cuarentena de edad. Su insólita juventud, que había prevalecido en ella durante todos aquellos años, parecía ahora expirar poco a poco, fuera por los repentinos cambios de clima, por el estrés de los últimos años o por el dolor que en tan poco tiempo había experimentado su mente atormentada.
A su lado, sobre la tumba, había una vasija. Pero no era una vasija normal, sino que en ella encerraba todos sus recuerdos, literalmente. Esa vasija era un pensadero, y los recuerdos que acababa de ver eran los de su madre, Nimüe, que estaba enterrada bajo aquel bloque de mármol.
Aquello que había visto en el pensadero la había hecho pensar. Quizás un desamor tan grande como el de sus padres pudiera haber desembocado en el monstruo en que se había convertido Lord Voldemort y finalmente en la terrible tragedia que había sido su propio nacimiento. Pues hasta un ser tan despreciable como Lord Voldemort había amado y eso no significaba que no hay nada más doloroso e insuperable que perder a la persona amada. Perséfone podía entender su congoja perfectamente.
Aquel recuerdo la había hecho recordar cuando tuvo esa gran discusión con Snape que los apartó para siempre... había sentido como si la historia se volviera a repetir. En realidad lo que sus padres habían sentido, lo que Severus y ella habían sentido era lo mismo. Él se había ido por el bando equivocado y ella le había apartado de si... pero estaba segura que para su madre había sido muy doloroso, igual que para ella. Sabía que había hecho lo correcto y con ello había conseguido entender a su padre.
Cuando Perséfone dejó la Órden del Fénix hacía tantos años no se hubiera podido imaginar que hubiera tenido que retomar la misma tarea junto a Dumbledore. Después de tanto tiempo reuniendo información sobre Lord Voldemort, después de buscar todo ese oscuro pasado envuelto en una halo de misterio, solo sabían de él que había sido un niño con una terrible infancia, con unos extraños parientes, que se había vuelto un ser perverso.
Ahora, Perséfone había vuelto al principio de todo... al primer recuerdo que pudo ver al comenzar la misión para poder acabar con su propio padre, y este era el recuerdo de su madre, guardado en un pensadero en la cabaña y recogido por su tío.
Ahora lo había entendido por fin, eso era lo que Dumbledore la estaba intentando inculcar con la recopilación del pasado de su padre, eso era lo que estaban persiguiendo: Tenían que comprenderle para poder destruirle.
Desde entonces supieron que el amor le había hecho sufrir, que la desdicha de ser rechazado le había vuelto insensible al dolor y que lo primero que le había matado era su amada... pero el amor era algo que ya no podía sentir, pues lo que le había hecho vivir años atrás, le destruía por dentro ahora.
Por eso nunca hubiera podido entender por que Lily protegió a su hijo con su propia vida por amor... por eso él había muerto. Pero ya estaba aquí de nuevo y había que derrotarle de una vez por todas, dar caza a la serpiente. Al menos, no se iría de este mundo sin intentarlo.
- ¿Recordando viejos pasajes? Esta bien que te lo estés tomando más enserio – dijo una voz tras ella. No hizo falta darse la vuelta para reconocer esa familiar voz.
- Solo quería volver aquí, a este mismo lugar donde acabó la historia de mi madre y empezó la mía. Volver para poder pensar en mi origen y mi pasado echando una vista atrás – dijo sin volver la mirada -. ¿A qué has venido?
- Quizás solo quería felicitarte por tu cumpleaños ¿Por qué siempre que acudo a ti piensas que quiero algo, ayuda o consejos de ti misma? – dijo la voz.
- Porque siempre es así – dijo Perséfone volviéndose para ver a su tío Dumbledore de pie, a los pies de la tumba.
- Puede que tengas razón – dijo él en una risa amarga -. Quizás solo sea un viejo triste que no piensa en los demás... o quizás tenga demasiadas cosas en las que pensar. Era solo que quería pedirte un favor.
- Otro más, querrás decir...
- Se que las relaciones entre nosotros no han ido muy bien desde... bueno, desde hace tantos años que no recuerdo cuando empezó todo esto. Pero me gustaría que este año que viene ocuparas el puesto de Profesora Contra Las Artes Oscuras en Hogwarts, así estarías más cerca de mi para la misión, y también de Harry.
Perséfone suspiró. Se sentía vieja, quizás más vieja que el pobre Dumbledore. Cerró los ojos meditando la pregunta que su tío le había hecho y a su vez le devolvió la pregunta:
- ¿No hay otro para el puesto¿Quizás Remus?– aparentemente sin darle demasiada importancia, cogiendo una de las flores blancas entre sus manos.
- No, no Remus, él ya tiene su misión. Y si, tengo otro candidato, pero prefería que el puesto lo obtuvieras tú – dijo rotundamente.
- ¿Quién es? – dijo ella esperando ansiosa la respuesta, aunque ya la sabía de antemano.
- Severus Snape me expresó su candidatura hace unos meses.
Al oír aquel nombre una nube negra de sentimientos cruzo la vista de Perséfone, cerrando el puño en torno al capullo de la flor por la ira que la quemaba las entrañas.
-¿ÉL¿¡Ese... sucio...? – gritó indignada.
En cuestión de segundos paso por miles de recuerdos que tenía de él, el último era la despedida que ellos tuvieron en su casa hace varios meses y después de la cual no había podido descansar como antes.
- No hables mal si no entiendes. Cuando apuntas con un dedo, recuerda que los otros tres dedos te señalan a ti, Perséfone.
Perséfone quedó en silencio, pensando. Snape siempre había sido un traidor, un asesino despiadado... pero en el fondo de su corazón... sabía que nunca había pertenecido al mundo de Lord Voldemort.
- ¡Vamos¡Tenemos que coger la poción¡No podemos irnos sin ella! – susurró Frank con su cara en tensión.
Perséfone se quedó unos segundos paralizada por el miedo. ¿Qué estaban haciendo? Solo eran cinco muchachos en su primera misión de la Orden del Fénix que se habían colado nadie sabía como, en los dominios de Lord Voldemort para robar lo que parecía el último golpe que iban a realizar contra un pueblo de muggles. Un simple chivatazo que les había puesto en ese lío. ¿Y si era una trampa?
- ¡No podemos quedarnos aquí! – dijo James Potter -. Tenemos que seguir o irnos.
- Seguiremos – dijo Perséfone saliendo de su shock -. Esta casa es enorme, así que nos dividiremos: Lily y James, Frank y Alice... yo iré sola.
- Pero Perséfone... – comenzó Lily.
- No quiero discutir Lily. Ya sabéis las normas: Uno, el que este en peligro que envíe un patronus; dos, quien se quede atrás no podrá ser rescatado; tres, si lo logramos nos encontraremos en la sala en la que estén todas las pociones y las formulas. Si para dentro de media hora nadie ha encontrado a nadie... corred y salvaros.
A los dos segundos los grupos ya se habían puesto en marcha y Perséfone había quedado sola en el umbral de la puerta. No podía creer que estuviera de nuevo en aquella casa en la que pasó su infancia. Pero todo había cambiado demasiado para ser reconocible por ella.
Juntando sus fuerzas anduvo por los pasillos encontrando puertas cerradas, habitaciones vacías y demás dependencias. La tensión era máxima, nadie había todavía mandado ningún Patronus a pesar de que la casa estaba a rebosar de mortífagos fieles a su señor.
De pronto Perséfone escuchó pasos tras de sí, cada vez más cerca, cada vez más rápidos... ella aceleraba el paso todo lo que podía, hasta que encontró una sala llena de cajas vacías, detrás de las cuales se escondió.
Los pasos pararon frente a la puerta de la habitación, y cuando parecía que se movían a lo largo del pasillo siguiendo su camino una luz de gran fuerza apuntó hacia su cara. Era su fin. Pero... no escuchó ninguna maldición.
Quien transportaba la varita que irradiaba la luz apuntó al suelo, con lo que Perséfone pudo ver bien su rostro, lo cual no fue para nada un consuelo.
Le conocía si, reconocía sus facciones arrugarse pensando que hacer con ella. Severus Snape estaba decidiendo su destino. Era una situación muy violenta, ella agachada tras una caja mirándole, y el de pie mirándola a ella, tratando de resolver el dilema que se le presentaba: matarla o no.
Entonces escucharon ambos una voz al final del pasillo, sonaba dura y ronca:
- ¿Snape¿Hay alguien o no?
Severus dudó unos instantes y cuando abrió la boca para hablar Perséfone supo que todo se había acabado mientras unos sudores fríos recorrían su espalda. Pero cuando hablaba, se sorprendió de sus palabras.
- ¡Nadie por aquí! – gritó mientras la seguía mirando como si nunca fuera a cansarse de ello –. ¡La zona está despejada!
- ¡Entonces vamos! – contestó la voz ronca –. ¡Hay trabajo por hacer!
Snape la miró profundamente, con un extraño brillo en los ojos en los que podía leer sufrimiento, pena, culpa. Con esa última mirada Snape apagó la luz y salió afuera, donde sus pasos se perdieron a lo lejos, por los largos pasillos y corredores. Perséfone permaneció unos instantes agazapada allí tras el montículo de cajas, con el corazón a cien por hora. No podía creerlo... Snape no la había delatado.
- Dáselo – respondió simplemente mirando al suelo.
- ¿Qué? – preguntó el anciano sin entender.
- Dale el puesto a Snape y busca un profesor de pociones.
- Pero cuando hablamos me dijiste que...
- ¡Olvida lo que te dije! Busca a un sustituto para pociones, seguro que sabrás encontrarlo. Y respecto a Harry, será mejor que te encargues tú de él... de contarle todo lo que sabemos. Yo no sabría tratarle.
- ¿Seguirás como hasta ahora? – dijo Dumbledore asumiendo las palabras de ella, pero incomodo de la conversación.
- ¿Con los planes? Sí. Te comunicaré todos mis avances para que se los retransmitas a aquellos que consideres necesarios, a Snape, a Harry, a quien te de la gana, pero esta vez encárgate tú... yo no puedo más – dijo dejando caer la cabeza hacia adelante, sobre su pecho, con el pelo resbalando sobre sus hombros tapándola el rostro.
- Mi querida Perséfone – dijo el anciano dándola unas palmaditas en la espalda -, yo puedo esperar a que decidas lo que tienes que hacer, pero quizás el tiempo se esté agotando para Harry.
- Está bien, no me presiones más. Sé lo que tengo que hacer con él...
- Sobre todo porque Harry es un chico al que hay que saber tratar, no llegues a última hora cuando más que ayudarle le harás daño. Hace tiempo que me dijiste que pronto sería tu hora.
- Si, te lo dije... pero aun no ha llegado para mi.
- ¿Y cuando crees que llegara y nos alumbrará con su luz y sabiduría? – dijo Dumbledore burlonamente.
- Está al caer – dijo ella dejando caer la flor arrugada sobre el manto de hierba que se extendía a sus pies -. Ya no queda nada.
