-¿Qué hora es?

-Las seis y cuarto.

-¡Oh!, Madre mía, Severus-Decía Irene sentada encima de una mesa y mirando el reloj de pulsera de Snape. Se habían pasado tres horas en el despacho de el intentando saber si lo suyo habría funcionado.

-¿Ya te vas?-preguntó el hombre abrochándose la blusa-Lo mejor venia ahora.

-¿Cómo que lo mejor? Dentro de un cuarto de hora tengo una clase, ¿Sabes? Y, como acabamos de hablar, de esto no se puede enterar absolutamente nadie.

-Pues claro que no. Aunque tampoco hemos hecho nada grave...

-Que no hallamos llegado a hacerlo no quiere decir que se pueda enterar la gente. Lo digo por Sirius y Maryanna-dijo Irene preocupada, pero sonrió.

-Oh...besame, por favor-le pidió Snape a Irene, pero esta se negó.

-¿No entiendes que me tengo que ir? Además, seguro que tienes que dar clase ahora.

-Vale, esta bien. Toma, este botón se te calló-y le entrego un botón de tu chaleco.

-Por tu culpa.

-Esta bien. ¿Nos vemos esta noche?

-No, entiendelo.

-Si, si. Adiós-dijo Snape y le fue a dar un beso, pero ella puso la mejilla.

-Claro, claro-y Snape e Irene se alejaron, sin saber la chica las consecuencias que tendrían, (para los dos) el haber estado juntos esas tres horas.

-Oh, que he hecho-le decía Irene a Luna en la sala común. La chica le había contado todo a su amiga- Ahora me doy cuenta de lo que he hecho.

-Por lo menos admites que estuvo mal-decía Luna mientras comía.

-¡No hables con la boca llena!-protesto Irene y le quito a Luna lo que estaba comiendo- Me pone nerviosa...

-Nerviosa me pones tu con tus problemas. Oh, si Sirius se enterase de que ya no le quieres...

-¡si le quiero!-dijo Irene furiosa-Lo que ha pasado con Snape estuvo muy mal y jamás volverá a ocurrir, jamás lo volveré a hacer porque quiero a Sirius.

-Y así se lo demuestras...

-¡Ya esta bien!-grito Irene y, como un huracán, se levanto de la silla y se fue a la habitación. Estaba cansada. Se durmió pensando en Sirius y en Snape. El remordimiento la estaba abrasando.

Snape tampoco podía de dejar de pensar en ella, en si había significado algo lo que había sucedido.

Y el pobre Sirius confiaba en Irene tanto que, si ella se lo hubiese contado, el no la hubiera creído.