Surrender the Grey

Renunciar al Gris

--oOoOoOo--

Por:

Emma Grant

traducido por:

PerlaNegra

Capítulo 12, 2ª Parte

Sólo le llevó unos pocos minutos rehacer su mochila. Se la colgó sobre el hombro y bajó hacia la biblioteca de su padre, haciendo una pausa antes de golpear la puerta.

Se abrió con un chillido, revelando a Lucius sentado ante un escritorio antiguo y estudiando un libro igual de antiguo. Levantó la vista hacia Draco, pero no sonrió.

—Me voy —le dijo Draco—. Supongo que te gustaría que te enviara una lechuza en cuanto averigüe más acerca de los planes de Potter, ¿no? —Claro que Draco no se imaginaba cómo se las ingeniaría para hacerse de una lechuza en tan corto tiempo. No había poseído una desde que era niño.

—Yo te contactaré —respondió Lucius. Se apoyó contra el respaldo de su silla y entrecruzó los dedos de las manos. —Recuerda que eres mis ojos y mis oídos en esto. No confío en Potter ni tampoco en el Ministerio.

Draco suprimió una sonrisa sarcástica. —Entonces, ¿por qué estuviste de acuerdo con este arreglo, en primer lugar?

—No tuve otra opción —contestó Lucius. Hizo una pausa, luciendo casi nervioso—. Seguramente esto será una sorpresa para ti, Draco, pero el Señor Oscuro se ha convertido en un problema para nuestra causa desde el año anterior. Muchos de nosotros sospechamos que su intención no es, o que quizá nunca lo fue, otorgar poderes a la comunidad de magos de sangre pura ni de proteger nuestros intereses. Creemos que su intención será destruirnos a todos al final.

Draco observó a su padre, impactado. Sabía que las palabras eran traicioneras y estaba profundamente impresionado de que su padre se atreviera a decir eso, aún en su propia casa. —¿Estás hablando en serio? ¿Estás seguro de eso?

Los ojos de Lucius no miraron directamente a los de Draco. —Sí, pero no puedo explicarte porqué. Pero tengo que internarme en este camino, y sospecho que el Señor Oscuro lo sabe. Puede ser que en este mismo instante yo ya me encuentre marcado. Sólo es cuestión de tiempo, al menos que tú y Potter tengan éxito.

Draco tragó. —Desearía que me hubieras dicho esto antes.

—No parecías interesado en hacer preguntas. Al menos, no cuando fijamos el precio por tu trabajo.

—Touché —respondió Draco sin molestarse en esconder el desprecio que lo llenaba. No quería ser responsable por la vida de su padre. Apenas sí quería ser responsable por su propia vida.

Se giró y salió del salón, sintiendo la mirada de su padre clavada en él mientras lo hacía.


El Hilton Paddington era un enorme y encantador hotel de negocios. El lobby quedaba justo encima de la estación de trenes y estaba a corta distancia de los pubs, restaurantes y tiendas de la estación. Había hasta un Sainsbury's, donde Draco entró a comprarse un emparedado antes de registrarse en el hotel.

Su habitación era casi tan grande como su apartamento en Nueva York, y definitivamente más limpia. La ventana tenía vista hacia la calle Praed, una ocupada vía llena de peatones y autobuses de dos pisos. El cielo estaba gris y sombrío, de esa manera especial que a Draco siempre le recordaba a Londres sin importar en donde se encontrara.

Se sentó en la cama, hundiéndose en el suave y esponjoso cobertor blanco y sacando de su mochila la caja esmaltada que Potter le había dado. Garabateó una nota en un papel para carta del hotel:

Me estoy quedando en el Hilton de la estación Paddington.

Casi firmó con su nombre antes de darse cuenta que eso era una tontería. Dobló el papel, lo puso dentro de la caja y cerró la tapa. Lo miró fijamente, preguntándose si produciría algún ruido, algún resplandor, o algo que indicara que estaba funcionando. Después de diez segundos, abrió la tapa y vio que la caja estaba vacía. No tenía idea si la caja le avisaría cuando tuviera un mensaje de contestación. Le dio vueltas en su mano y notó una marca conocida grabada en la parte inferior: SW. Otro producto Weasley.

Cerró la caja, la puso a un lado y procedió a comerse su emparedado. El frío recibimiento por parte de Potter allá en la Mansión no lo había sorprendido, aunque continuaba desconcertado ante el motivo por el cual Potter había solicitado su presencia en primer lugar. Claro que eso podría haber sido en beneficio de Lucius. Tal vez las cosas cambiarían cuando Potter tuviera oportunidad de ponerlo al tanto del plan.

Sintió un estremecimiento ante el pensamiento… ¿Era posible que Potter pudiera tener un plan para atrapar e incapacitar al mago oscuro más poderoso que el mundo hubiera conocido? La mera idea era ridícula, casi suicida. Draco siempre había pensado que Potter tenía deseos de morirse. Por supuesto, nunca había creído que él interpretaría un papel secundario.

Hizo una pausa en su comida para echarle otro vistazo a la caja. Era su imaginación, o acababa de… ¿resplandecer? La cogió con una mano y levantó la tapa. Dentro, había un pedazo de pergamino doblado. Lo sacó y lo leyó.

Encuéntrame en el lobby dentro de una hora.

Draco se tragó una oleada de irritación junto con el último bocado de su emparedado. No apreciaba que nadie le diera órdenes. Después de todo, él no estaba trabajando para Potter.

Bueno, no era como si tuviera algo mejor qué hacer.

Una hora después, frescamente recién duchado y vestido con un informal atuendo muggle, bajó hasta el lobby. Estudió su reflejo en el espejo del ascensor, pasándose los dedos a través de su cabello corto y peinado de punta. Para su disgusto, se dio cuenta que lucía cansado. Había dormido bien pero su cuerpo todavía traía cinco horas de retraso.

Con los dedos, acarició las lisas líneas del brazalete de plata de su madre, sintiendo una punzada de remordimiento. No había vuelto a verla después de la noche en que ella se lo había dado, y apenas sí había escuchado acerca de su muerte acaecida algunos meses después. Esa mañana había querido visitar su tumba antes de dirigirse al hotel, pero lo había olvidado en su prisa por llegar a Londres.

Nivel del Lobby —dijo una voz grabada en tono agradable. Las puertas del ascensor se abrieron y Draco dio un paso fuera hacia el bar del lobby. El hotel estaba en silencio debido a que era el fin de semana, pero había un par de personas sentadas ante las mesitas, sorbiendo sus tazas de té y café y charlando. Draco miró a su izquierda y vio una solitaria silueta parada cerca de las puertas giratorias.

Potter estaba vestido con unos gastados vaqueros y una descolorida camiseta de Ramones, y traía una chaqueta de cuero colgando sobre el hombro. Con su cabello alborotado y su elegantemente andrajosa apariencia, podría haberse hecho pasar por el miembro de una banda muggle de rock.

Draco caminó hacia él, notando que varias de las mujeres que trabajaban tras el escritorio de registros estaban observándolo con gran interés. Draco se detuvo ante Potter —inseguro de cuál sería la manera exacta de saludarlo— y le dedicó una tensa sonrisa.

Potter no se la correspondió. —Vamos —dijo, poniéndose su chaqueta a toda prisa y dirigiéndose hacia la puerta. Draco hizo muecas y lo siguió, ajustándose una bufanda alrededor del cuello.

Emprendieron recorrido bajando por tantas callejuelas que Draco estuvo seguro de que no podría encontrar el camino de regreso al hotel. Finalmente, se detuvieron ante de lo que parecía ser una verdulería cerrada.

—La contraseña es bowtruckle —le dijo Potter, mirando hacia la puerta tapiada de la tienda. Y entonces pasó a través de ella, dejando a Draco solo en la calle.

Draco miró a ambos lados de la vía antes de dar un paso delante… y golpearse justo con la puerta. —Joder —siseó, frotándose la nariz con enojo—. De acuerdo… bowtruckle. —Otra vez caminó hacia delante, y en esa ocasión la puerta le permitió la entrada.

Estaba de pie en una habitación enorme y muy bien iluminada. Una mesa larga colocada en uno de los extremos del lugar, estaba cubierta con hojas de pergamino, algunos de los cuales mostraban diseños que habían sido encantados para moverse. Un estante detrás de la mesa estaba lleno de volúmenes gastados y pilas de periódicos viejos. Al otro lado del salón estaban varios escritorios, un sofá y una chimenea. Una puerta dirigía a lo que debía ser el baño, al juzgar por el dibujo humorístico que habían pegado en ella.

Potter estaba colgando su chaqueta en un perchero colocado junto a la chimenea. Señaló hacia uno de los escritorios vacíos. —Puedes usar ése si quieres. Ron estará aquí de un momento a otro y él te explicará la situación.

—¿Weasley? —Draco apenas sí suprimió un gemido. Era como si una de sus viejas pesadillas escolares se volviera realidad.

Potter sonrió con burla, pero no dijo nada. Se sentó ante un escritorio y hojeó entre un montón de pergaminos.

Draco lo miró fijamente. No había esperado que alguien del pelaje de Potter tuviera muchos modales, pero eso iba más allá de lo aceptable. Estaba comenzado a creer que Potter no lo quería tener ahí, lo que no tenía ningún sentido.

Potter no levantó la vista cuando Draco se quitó su abrigo y su bufanda y las colgó en el perchero. Draco se quedó de pie durante un minuto completo, pero Potter ni siquiera respondió a su silencio. Finalmente, Draco atravesó la habitación para echarles un vistazo a los pedazos de pergamino que estaban regados sobre la mesa. Algunos eran mapas de lugares que no reconocía, y otros parecían ser organigramas, quizá planes de acción. Levantó uno para estudiarlo más de cerca.

—No toques eso —dijo Potter, que parecía haberse materializado al lado de Draco. Le arrebató el pergamino de la mano. Draco apretó las mandíbulas y se giró para fulminarlo con la mirada, pero un ruido llamó su atención. Ambos se giraron para ver a Weasley de pie frente la chimenea.

—Malfoy —saludó, quitándose la capa y colgándola en el perchero—. Al fin llegaste. —Weasley era mucho más alto de lo que Draco recordaba, fácilmente medía un metro con ochenta. Traía el cabello todavía más largo que Potter y usaba una coleta tras la nuca para atarlo. No se veía como el tipo de persona con quien Draco le gustaría pelearse… Por lo menos, ya no.

Y ante la enrome sorpresa de Draco, Weasley caminó hasta él y le extendió una de sus descomunales manos.

Draco se la tomó, inseguro de si Weasley estaba tomándole el pelo o si era genuino. Se arriesgó a echarle un vistazo a Potter, y lo descubrió frunciendo el ceño y cruzándose de brazos. Entonces, era genuino.

—Debes estar cansado —dijo Weasley con expresión seria—. Me imagino que el cambio de horario es un poco rudo. ¿Cómo es eso que los muggles llaman… descarne?

—Desfase —lo corrigió Potter mirándose las uñas.

Draco trató de no sonreír. —Estoy bien, gracias.

—Qué bueno —dijo Weasley, asintiendo—. Bien, Harry, ¿qué le has dicho ya?

—Nada —respondió Potter, colocando sobre la mesa el pergamino que le había confiscado a Draco. Weasley lucía sorprendido.

—Acabo de llegar —dijo Draco, e inmediatamente se preguntó porqué estaba defendiendo la mala educación de Potter. Un incómodo silencio se extendió entre ellos.

—Bueno —dijo Weasley al fin, girándose hacia Potter—. Comencemos.

Potter señaló hacia el sofá. Draco se sentó en un extremo y Weasley se sentó en el otro. Con un despreocupado giro de su varita, Potter transformó un banco de metal en una butaca de apariencia acolchada y se hundió en ella.

—Esto es lo que hay —dijo Potter, mirando a Draco a los ojos en lo que parecía ser la vez primera desde que éste había llegado a Londres—. Vamos a llevar a Voldemort hacia una trampa. Y una vez capturado, lo noquearemos hasta la inconsciencia, ya sea con un hechizo o con una poción inyectable (todavía no nos decidimos cuál de las dos cosas vamos a usar) y entonces lo entregaremos al Ministerio, quienes tienen planes para él que no se han molestado en divulgar. —Su tono era extrañamente monótono, como si estuviera recitando esas palabras de memoria.

Draco se giró a mirar a Weasley, que estaba viendo a Potter con algo más que diversión en la cara. —¿Me he perdido de algo? —preguntó Draco.

Weasley se encogió de hombros. —Eso es lo que se supone debemos hacer. El problema es que no tenemos idea de cómo llevarlo a cabo.

Draco se rió, y luego se dio cuenta que Weasley no estaba bromeando. Regresó sus ojos a Potter. —Así que, básicamente, no tienen un plan. ¿De eso se trata?

—Oh, cierto, por supuesto —respondió Potter con la voz cargada de sarcasmo—. Estábamos esperando por tu llegada porque no somos lo suficientemente listos como para pensar en nada por nosotros mismos.

Draco bufó, ya no le preocupaba esconder su molestia. —Mira, tú fuiste el que pidió que yo viniera. ¿Quieres mi ayuda sí o no?

—Yo no quería que tú vinieras —replicó Potter—. Pero no tuve alternativa. Lucius se rehusó a cooperar con el Ministerio al menos que uno de sus gusanos sin carácter estuviera en nuestro equipo, y de ninguna maldita manera iba yo a trabajar con alguno de ellos.

—Ah —dijo Draco, comprendiéndolo—. Así que mi nombre salió a flote, y tú creíste que podrías soportar mi presencia por más que un par de horas.

—Fue idea de Ron —dijo Potter, apartando la vista.

—Harry dijo cosas buenas de ti cuando estuvieron en su primer año de entrenamiento de auror —dijo Weasley—. Bueno, sí lo hiciste —reprendió cuando la expresión de Potter se tornó asesina—. Sabíamos que al menos no eras un mortífago, y nos imaginamos que tu padre accedería a traerte aquí.

—Y así fue. —Draco se apoyó contra los cojines del sofá, sintiendo un dolor de cabeza gestarse detrás de sus ojos.

—Y le llevó un mes completo encontrarte —continuó Weasley—. Fue tranquilizador, tengo que decirlo. Él insinuó que tú no querías ser encontrado… al menos, no por él.

—Así es. Y después de esto, estoy planeando desaparecerme aún mejor. —Captó una extraña mirada de parte de Potter, pero la ignoró.

Los tres se quedaron en silencio durante algunos segundos. Al final, Potter suspiró.

—Así están las cosas, Malfoy. Tú no quieres estar aquí, y francamente, nosotros no queremos ni necesitamos tu ayuda. Así que puedes tomarte unas pequeñas vacaciones, perder el tiempo en tu habitación de hotel y hacer lo que sea que hagas para divertirte, y nosotros continuaremos por nuestra propia cuenta. Sabemos que Lucius te está pagando muy bien, así que le diremos que estás haciendo un gran trabajo y todo eso.

Draco lo miró boquiabierto durante un momento, y luego se giró para mirar a Weasley, que se estaba estudiando las manos. Su expresión era cautelosa, como si supiera qué era lo que estaba a punto de ocurrir y no quisiera formar parte de ello. Draco se giró hacia Potter. —¿Estás hablando en serio?

Potter asintió, todavía observando a Draco a la cara.

Draco hizo una pausa, inseguro de qué pensar. Había pasado mucho tiempo en la mañana y un buen cacho de la noche anterior preocupándose por esa tarea. Por ello, la idea de que quizá, después de todo, no tendría que hacer nada le hacía experimentar un poco de alivio. Ciertamente, podría aprovechar para vacacionar: dormir, pasar un par de horas al día en el gimnasio del hotel e ir cada noche a los clubes de Soho a ligar.

Por otra parte, había acudido ahí a realizar un trabajo. Había sido detestable admitirlo, pero se había sentido honrado al creer que Potter había pensado en él, que se habían causado tantos problemas sólo porque Potter quería la ayuda de Draco en esa tarea. Draco había soñado despierto con ser mencionado en El Profeta con ese mismo tono de reverencia que usualmente se reservaban para el Niño Dorado del mundo mágico, con ver su nombre asociado con algo que valiera la pena, para variar…

Pero Potter no quería su ayuda. Para nada. Sólo había solicitado a Draco para quitarse a Lucius de encima, y nada más. Draco percibió un raro sentimiento de hundimiento en el estómago y estuvo sorprendido cuando se dio cuenta de que estaba decepcionado.

Y también, justificadamente enojado.

Levantó la vista hacia Potter, con su decisión tomada. —Yo vine aquí a realizar un trabajo, no solamente a perder el tiempo y robar el dinero de mi padre. Si ustedes no quieren mi ayuda, regresaré a Nueva York para hacer algo útil con mi tiempo… y ustedes podrán lidiar con mi padre. Pero si me quedo aquí, estoy dentro. No se desharán de mí tan fácilmente. —Se cruzó de brazos y esperó.

La mirada de respuesta de Potter fue de evaluación. Estudió a Draco durante un largo rato; tanto, que Draco aclaró su mente, sólo por si acaso. Finalmente, Potter volteó hacia Weasley.

Weasley sonrió y se encogió de hombros.

Potter suspiró y se rebuscó en los bolsillos de los vaqueros. Sacó un puñado de galeones de oro, los cuales arrojó hacia Weasley. Weasley los atrapó con una mano y se rió.

—Sí, sí, jódete —dijo Potter, hundiéndose en su silla—. Me equivoqué.

Draco miró a los dos alternadamente durante un momento antes de descubrir qué era lo que acababa de pasar. Había sido una prueba —habían querido saber si Draco los abandonaría si tuviera oportunidad— y la había pasado. Sintió una ráfaga de irritación de saber que lo tenían en tan bajo concepto, pero se la tragó.

—¿Qué fue eso, alguna penosa rutina de "el policía bueno y el malo"? —preguntó, apoyándose contra el respaldo y dejando que una sonrisa bravucona se formara en sus labios.

La mueca de Potter se desvaneció hasta convertirse en algo que era casi una sonrisa; era la primera vez que Draco veía una expresión remotamente amistosa en su cara. —Queríamos estar seguros de que no fuiste obligado a venir aquí. Bienvenido abordo, Malfoy. —Le tendió la mano.

Draco se la tomó y sintió un extraño cosquilleo al hacerlo.

—Puedes arrepentirte de tu decisión, lo sabes —dijo Potter.

—Ya me arrepentí —respondió Draco, medio en broma, medio en serio.

Potter y Weasley pasaron la siguiente hora poniendo a Draco al tanto de lo que habían planeado hasta ese momento, de las ideas que habían considerado y descartado, de los hechizos que habían probado y desechado últimamente. Ya para el final, la cabeza de Draco le daba vueltas… no podía pensar en ninguna otra posibilidad que a ellos no se les hubiera ocurrido ya. Parecía como si hubieran pasado un montón de tiempo planeando, y hubieran progresado muy poco.

—Odio decepcionarlos —dijo Draco mientras miraban los planos diseminados encima de la mesa—, pero no tengo nada que añadir a este punto.

—Bueno, no es como si estuviéramos esperando un relámpago de genialidad —bromeó Potter. Su sonrisa era de naturaleza bondadosa—. Consúltalo con la almohada y el lunes haznos saber qué piensas al respecto.

—Ah, se está haciendo tarde —dijo Weasley, echándole un vistazo a su reloj—. Le prometí a Hermione que hoy la llevaría a cenar fuera.

—¿Por fin encontraron una niñera? —preguntó Potter.

—Mi mamá va a ir a casa. Los gemelos tienen apenas cuatro meses de edad —le dijo a Draco, notando su expresión confundida—. No hemos salido ni una sola vez desde que nacieron.

Draco lo miró boquiabierto. —¿Tienes hijos?

—Claro —dijo Weasley, quitándose un mechón de cabello de los ojos—. No habíamos planeado que sucediera tan pronto, pero… —Se encogió de hombros.

Draco no podía imaginarse teniendo hijos a la edad de veintiún años. Mejor dicho, no podía imaginarse teniendo hijos a ninguna edad.

—¿Vendrás a casa mañana a desayunar? —le preguntó Weasley a Potter.

Potter asintió. —Claro. —Sus ojos se quedaron sobre la silueta de Weasley mientras éste se colocaba su capa y desaparecía en medio de las llamas verdes de la chimenea.

—Bueno —dijo Draco cuando el lugar se quedó de nuevo en silencio—. ¿Tú…? Quiero decir… —Hizo una pausa, no deseando sonar tan desesperado por compañía como realmente se sentía. No estaba seguro de porqué había pensado en eso, para empezar—. ¿Tienes algún plan para esta noche?

Potter se giró a verlo. —No, creo que no.

Draco se encogió de hombros. —Es sábado, y el pensamiento de pasar esta noche encerrado en mi habitación del hotel es un poco deprimente. ¿Puedo suponer que estás hambriento?

Una de las comisuras de la boca de Potter se torció hacia arriba. —Apenas son las cuatro de la tarde.

—Podemos tomar el té, por supuesto —dijo Draco sin perder el ritmo—. Oh, demonios, aún estoy con el horario de Nueva York. Realmente necesito tomar algo.

Potter pareció considerar la idea durante un momento, metiendo las manos en los bolsillos. Finalmente, se encogió de hombros. —En realidad, creo que podría acompañarte por un trago. Hay un pequeño pub al otro lado de la esquina.

—Entonces, cogeré mi abrigo —dijo Draco. Tronó los dedos y su prenda voló hasta su mano. Potter arqueó una ceja y Draco sonrió.


Fue en algún momento en medio de su quinta pinta cuando Draco se dio cuenta de que estaba ebrio. Era la única explicación posible.

Había estado tartamudeando cada vez más frecuentemente, había estado diciendo cosas ridículas, y había estado observando a Potter demasiado. Y durante la última hora o algo así, se le había ocurrido de repente que —desde cierto punto de vista, al menos— Potter era que lo que cualquiera consideraría… sexy.

No era sexy en la manera convencional en la que Draco consideraba sexy a alguien. Potter era modestamente sexy, informalmente sexy… encantadora, adorable, torpe e increíblemente sexy.

Draco hizo muecas y empujó su pinta a un lado. Tenía suficiente por esa noche.

—Y debiste haber visto la expresión que puso Fallin —estaba diciendo Potter.

Draco se había perdido la mitad de la historia, así que sólo asintió. Potter continuó, ignorante del hecho que era un horrible narrador.

El cabello alborotado de Potter —el cual Draco había descartado a primera vista como fastidiosamente retro— le caía sobre la cara, obligando a Potter a hacer frecuentes pausas para retirárselo de los ojos o para sacudírselo hacia atrás, revelando una extensión de pálido cuello mientras lo hacía. Tenía los ojos mucho más verdes de lo que Draco recordaba, y había cambiado sus anteojos de gilipollas escolar por otros más pequeños y estilizados.

Hasta la ropa de estrella de rock le había comenzado a gustar a Draco con el paso de las horas. Potter era ancho de hombros, y la camiseta le quedaba un poco pequeña, por lo que, cuando levantaba la mano para retirarse el negro cabello de la cara, la manga se ajustaba tentadoramente alrededor de sus bíceps y la tela se ajustaba justo sobre su pecho. A la hora que Potter tuvo que ir al baño, los ojos de Draco se habían pegado a su trasero mientras se alejaba… esos viejos vaqueros estaban gastados en los sitios precisos.

Estoy ebrio y desesperado, pensaba Draco. Cuando el alcohol se esfume de mi sangre, voy a sentirme como un tonto acerca de esto.

¿Tengo algo en los dientes? —preguntó Potter.

Draco parpadeó. Había estado observándolo fijamente otra vez. —No, disculpa. Es sólo que… te ves tan diferente a como te recordaba.

Potter entrecerró los ojos. —Tú también te ves diferente. Supongo que hemos crecido. —Se encogió de hombros y empinó su vaso.

—Claro —suspiró Draco. Fijó los ojos en su propio vaso, medio lleno de cerveza rubia. Estar bebiendo a esas alturas era una espada de doble filo, pero él había pagado por ella, después de todo. Le dio otro sorbo.

Una joven con minifalda pasó junto a ellos, y los ojos de Potter siguieron la vista de su trasero mientras caminaba por el pub. Draco sintió una punzada de decepción y se regañó a él mismo. No era como si realmente hubiera abrigado esperanzas… después de todo, sabía que Potter era heterosexual.

—¿Quieres otra? —preguntó Potter, señalando su propio vaso vacío.

Draco le echó un vistazo. —¿No tienes que ir a algún lugar mañana?

—Sí —respondió Potter encogiendo los hombros—. Pero todos los domingos desayuno con ellos. No es ningún lío si no puedo ir de vez en cuando.

—¿Quieres ir a algún otro lugar? —preguntó Draco, revisando el pequeño pub con la mirada—. ¿Tal vez un sitio con música?

Potter hizo gestos. —Oh, no… Debí haber sabido que a ti te gusta bailar.

Draco bufó, deseando no lucir tan estúpido como realmente se sentía. —¿Puedo asumir que a ti no?

Potter negó con la cabeza. —Soy un terrible bailarín. Me veo como un completo idiota.

—Es una manera genial para ligar con chicas… o eso he oído. —No estaba seguro si Potter sabía que él era gay. No pensaba ocultarlo, pero también estaba reacio a sacarlo a la luz. Después de todo, tenían que trabajar juntos.

—No en mi experiencia. Normalmente las chicas huyen en otra dirección cuando me ven bailar. —Potter pareció eliminar la indirecta de Draco.

Draco le echó un vistazo al viejo reloj que colgaba detrás de la barra. —Bueno, es un poco temprano para ir a los clubes, de todas formas. ¿Qué te parece si vamos a cenar?

De nuevo miró a Potter, sólo para descubrirlo observando a un tío que acababa de pasar a su lado. Los vaqueros del hombre estaban gastados y ajustados —no diferentes a los del mismo Potter. Draco parpadeó varias veces para obligarse a enfocar los ojos. ¿Se había imaginado eso o realmente Potter estaba observando a un hombre?

Potter se giró hacia Draco otra vez. —¿Disculpa?

—A cenar —repitió Draco—. A esta hora ya tienes que estar hambriento.

Potter se quitó el cabello de la cara, revelando su famosa cicatriz durante un breve instante. Se bajó de su banco y se puso de pie. Parecía que las piernas le temblaban. —Seguramente comer es la mejor idea en este momento, claro.

Draco se terminó su pinta de Stella, entonces hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta. Potter la abrió para él y ambos salieron a la fría y oscura calle. No habían caminado ni media manzana cuando Draco tropezó con un pedazo de pavimento levantado y se precipitó directo hacia Potter.

—Oye, cuidado —dijo Potter riéndose. Durante un mísero momento, Draco sintió el cuerpo tibio de Potter presionándose contra él, y luego sus brazos envolviéndolo, tirando de él hacia arriba para ayudarlo a enderezarse.

Draco cerró los ojos. No quería ver a Potter a la cara estando él encima suyo, bajo esa tenue luz, tan cerca. Draco estaba lo suficientemente borracho como para tratar de besarlo y eso sería un desastre.

Potter todavía se estaba riendo. —Sí que eres un peso liviano, ¿verdad?

Draco dio un paso atrás y se acomodó el abrigo, tratando de fruncir el ceño, pero no tuvo mucho éxito. —Vete al diablo —le dijo, y se encogió cuando Potter deslizó un brazo alrededor de sus hombros en un gesto amistoso—. Me estoy muriendo de hambre.

—¿Qué te parece comida india? —preguntó Potter, aún sonriendo.

—Genial —respondió Draco. Se dirigieron calle abajo, y Draco mantuvo sus ojos clavados firmemente en el concreto frente a ellos.


Gracias por leer! :)