Disclaimer: Los personajes son de Stephenie Meyer, más la trama sí es mía.

Nota: No, hoy tampoco hay canción. ¡Pero en el próximo sí!


Sí, amo

Veinticinco:
No cierres tus ojos.

Más, de repente, un ángel sonrió hacia mí.

.

Aún seguía escuchando los golpes en la puerta, mientras me refugiaba en mi imaginario muro, tras Jacob. El pánico, ciertamente, se apoderó de mí en un momento como este, no me permitía pensar nada con claridad. Pero Jacob, por otro lado, se debatía ciertamente —se le notaba en el rostro— en si era correcto abrir la puerta o no; mis ojos le gritaban que no lo hiciera, pero él no parecía muy reacio a hacerme caso a mí.

—Jacob —le presioné—, no.

Él me miró, había reproche en sus ojos negros, lo sabía, pero no quise mirarlo mucho tiempo; la culpa poco a poco podía sobre mis hombros, no podía levantar la mirada.

Toc-Toc y la puerta fue golpeada otra vez.

Cerré mis ojos y dejé que pasara lo que tenía que pasar (si es que algo tenía que pasar).

¿Hola? —me congelé inmediatamente cuando escuché la voz aterciopelada de Edward a través de la puerta. Su voz estaba cargada de un sentimiento que no pude descifrar, había demasiada angustia, quizás—. ¿Bella?

—Déjame decirte —susurró Jacob— que eres una jodida infantil.

—¿Infantil? —le fruncí el ceño—. ¿Por qué?

Toc-Toc. Toc-Toc.

¿Bella? Sé que estás ahí… —el corazón se me encogió cuando volví a escuchar a Edward—. Hablemos, por favor, te lo ruego.

Jacob me dio un golpe en la cabeza. —¿Crees que este pobre diablo te habría venido siguiendo sólo para decirte que no te corresponde? —me musitó, algo enfadado—. Creí que eras más lista que eso, Bells.

—Cállate, Jacob, cállate, en serio —le susurré.

Me tomé la cabeza con ambas manos, no podía ni con mi propia paranoia. Me iba a volver completamente loca si no salía, le gritaba a Edward que lo quería y salía huyendo nuevamente. Esto era algo así como un círculo vicioso que yo no planeaba terminar. En pocas palabras: yo era demasiado cobarde como para enfrentarme a Edward luego del numerito que me mandé en su casa; me imaginaba a mí misma frente a él, con la cara partida de la vergüenza.

Toc-Toc.

La puerta aún seguía siendo azotada por sus golpes. ¿Es que no captaba las indirectas? Yo no podía hablar con él ahora. No podía. Quería, sí, con todo mi corazón, pero, como había dicho, era una cobarde.

—No seas estúpida, Bella —me pidió Jacob, tomándome de los hombros para que le mirara a los ojos—. No dejes pasar esta oportunidad con tus temores e inseguridades.

—¿Y si él no me quiere, Jacob? ¿Y si sólo me siguió porque le doy pena? ¿Y si, tal vez, no me ve más allá de su amiga? ¿Si él no siente más que una amistad? —cada vez mi voz iba bajando más de volumen, como una canción que va terminando de a poco. Y con cada palabra que mencionaba, mi interior se retorcía más en la agonía de pensar que, tal vez, Edward no me veía como yo quería que me viera.

—En ese caso, él sería el idiota ganador del concurso de idiotas de todos los tiempos —afirmó Jake, con una sonrisa en su rostro moreno—. Eres hermosa, inteligente y todo lo que un hombre podría pedir en una mujer, Bella, no te degrades pensando que no eres lo suficientemente buena, porque lo eres. He de admitir que a veces yo me pregunto si él es lo suficientemente bueno para ti.

No pude evitar soltar un suspiro de resignación. —¿Por qué demonios me conoces tan bien, Jake? —le pregunté.

—Porque soy tu mejor amigo…

Y antes de que pudiera continuar, la voz de Edward resonó sobre nosotros. —Bella —llamó, y mi corazón dio un fuerte golpeteo contra mi pecho—, quiero hablar contigo, en serio. No sé si tú… bueno… ¿Debería, quizás, pedir perdón? No fue mi intención escuchar y… —oh Dios, ¿se estaba disculpando? ¿Disculpando por qué? No me correspondía, fue lo primero que se me vino a la mente—. Tengo algo que decirte —anunció—. Pero no quiero hablar aquí… yo… estaré en el claro, supongo que recuerdas cómo llegar. Si quieres hablar… ve, yo te esperaré todo el día si es necesario. Así que, por favor… ve.

Creo que escuché un suspiro de su parte, intenté imaginármelo a través de la puerta, esperando que yo saliera. Agarré fuerte la mano de Jacob mientras veía, por la ventana, cómo Edward subía a su Volvo y echaba una última mirada en esta dirección. Me sentí horriblemente cohibida cuando Edward me miró directamente a mí, pero, al parecer, no me veía en realidad; agradecí a las cortinas de la sala de estar.

Y, sin más, Edward arrancó el Volvo, alejándose del camino.

Pronto sentí cómo mis pulmones volvían a llenarse de aire. —Vaya —suspiré.

—Bueno, he cometido un error, tú eres la más grande de las tontas en una competencia de tontas —aseguró Jake, asintiendo firmemente. Era su postura de que nadie le haría cambiar de parecer, ya le conocía yo bastante bien.

—Gracias, Jacob —le dije sarcásticamente, llevándome una mano al corazón.

—Es que, Bella, ¡Dios! —exclamó, poniéndole drama—. ¿Cómo demonios no te das cuenta de que el tipo está completamente enamorado de ti? —dijo, apuntando el lugar donde antes había estado el Volvo de Edward—. Eres más ciega que Homero (1), pero al menos él sí sabía el color del mar.

Me tumbé nuevamente en el sofá, y segundos después sentí cómo Jacob me imitaba. Me pasó uno de sus enormes y largos brazos por los hombros, y me atrajo hacia él. Su piel caliente me hizo sentir mucho mejor.

—Ay, Jake. ¿Cuándo fue la última vez que estuve así? —le pregunté.

—¿Así porque te gustaba alguien?

Fruncí los labios. —Sí, algo así.

—Nunca desde que te conozco —su respuesta fue totalmente sincera.

Me sentí más o menos desarmada al pensar que era la primera vez que me pasaba esto con alguien, y precisamente ese alguien tenía que ser Edward Masen.

—¿Irás? —preguntó Jake, de repente.

Le miré confusa. —¿De qué hablas?

Él puso los ojos en blanco. —Al claro ese que mencionó Cullen. ¿Irás? —volvió a preguntar—. El pobre dijo que estaría todo el día, y a penas son las dos de la tarde —anunció—. No le tendrás todo el día ahí, ¿verdad?

—Yo…

—¡Por supuesto que irás! —me interrumpió—. Y hablarás con él sobre todas las jodidas cosas que no han hablado aún. Le dirás cuánto babeas por él y él dirá lo colgado que está por ti y punto. ¡Sí que las chicas se hacen de rogar, joder! —y dejó caer la cabeza.

Yo no tenía nada que decir contra eso, la verdad. Ese pequeñito monólogo me había desconcertado, ciertamente. He de suponer que Leah, la novia de Jacob, también se había «hecho de rogar», por eso él decía esas cosas.

Entonces Jacob levantó su cabeza, y me miró con sólo un ojo abierto. —¿Necesitas que te lleve?

En ese caso… ¿Sí iría a hablar con Edward? —Pero, Jacob, y si…

—Mira, Bella —y se sentó bien, los dos ojos bien abiertos—, nunca sabrás si te quiere o no si sigues escondiéndote como una maldita cobarde. Tú no eres así, y porque un chico venga a descolocarte las hormonas no significa que te vuelvas una rata asustadiza…

—¡Oye! —me ofendí por el sobre nombre.

—Exacto, porque es lo que pareces ahora —me dijo severamente, me tragué otra queja por la forma en que me miraba—. ¿Qué pasa si este pobre diablo que te quiere como tú lo quieres a él? Tú nunca lo sabrías porque tendrías miedo de que él dijera lo contrario. Bella, en la vida se cae, muchas veces, pero tienes que aprender a pararte y superarlo. Si el tipo no te quiere como tú, si sólo se siente culpable o lo hace por amistad (o cualquier otra putada como eso) entonces ahí tienes todo el jodido derecho de echarte a llorar como una quejica. Pero si todavía no tienes ni la más puta idea de lo que él siente realmente, no tienes derecho a ni una mísera lágrima —hice una mueca contra eso—. Así que ahora mismo tomas las llaves de tu monovolumen, manejas hasta ese lugar que Cullen indicó, te bajas, y vas a hablar con él, si no te corresponde yo mismo le parto la cara. ¿Me has entendido?

Le miré expectante por unos segundos, sus cejas alzadas le daban algo así como un aspecto gracioso. —¿Te he cabreado, verdad? —le pregunté.

—Sí, mierda, así que vete ya.


Me encontraba ya camino hacia el claro, y ni yo misma podía explicarme por qué lo estaba haciendo. ¿Un desenfrenado deseo de estar con Edward? ¿Una mente demasiado fantasiosa que imagina una y otra vez que él me corresponde? ¿Una asquerosa vena masoquista que sólo va a su enfrentamiento para que me diga que no siente lo mismo? Fuera lo que fuera, me estaba impulsando hacia el final de la 101. Hacia el claro.

Se me ponían blancos los nudillos de tan fuerte que apretaba el manubrio del vehículo, mi pobre monovolumen iba a penas a unos 50 km/hrs, y no quería hacerlo ir más rápido. Tenía estos minutos para pensar, retractarme e irme pitando de ahí; intentaría ahuyentar esos pensamientos de culpa por haber dejado a Edward todo el día sobre la hierba, esperándome. Al siguiente día haría como si nada hubiera pasado, le diría a Edward que mentí, sólo para complacer a Alice y Rosalie, que me puse nerviosa cuando me encontró gritando mi mentira. Sí, eso le diría…

… No, no podía. Maldición, era demasiado patética para mi gusto. ¿Es que ni mentir sé hacerlo bien? La respuesta era demasiado obvia, incluso para alguien como yo.

Un pequeño brillo plateado me hizo entrecerrar los ojos. Cuando tuve mejor visión mi corazón latió acelerado al percatarse de que el Volvo de Edward estaba estacionado ahí. Tragué saliva fuerte y con dificultad, me estaba costando respirar. Una vez que hube estacionado mi monovolumen al lado del coche plateado, me quedé sentada unos momentos a meditar bien lo que iba a hacer.

¿Estaba completamente decidida a decirle la verdad? ¿Sería capaz de mentir si la situación lo ameritaba? Esperaba que sí. Todo dependía de lo que dijera Edward. Y, bueno, si no me quería… sería fuerte, muy fuerte, lo superaría (no sé cuando, pero lo haría). Hay demasiados peces en el mar como para quebrantarse sólo por uno.

Suspiré. No estaba siendo yo.

Me bajé del coche, lo aseguré y comencé el sendero que me sabía ya más o menos bien. No sé cuánto tiempo, exactamente, estuve caminando. Sólo sé que cuando pude ver, finalmente, las luces entre las raíces y el espacioso umbral de árboles, me di cuenta de que no había vuelta atrás. Y casi me arrepentí… casi.

Vislumbré a Edward sentado en medio del claro, con las rodillas en su pecho y el mentón sobre estas. No podía verle la cara, pero podía deleitarme en lo amplia y perfecta que era su espalda. Los minúsculos rayos de sol que se colaban entre las nubes parecían bailar a su alrededor, incluso la madre naturaleza buscaba cómo hacer más perfecto a Edward; pero lo que ella no sabía es que no había manera. Quizás, sólo quizás, él no podía ser más perfecto de lo que ya era. Lo dice una chica a la que le gusta, suena un poco… raro.

Me mordí el labio, intentando calmar la ira que crecía en mi interior. Tenía rabia conmigo misma, por no poder ser lo suficientemente buena para él. No importaba lo que dijo Jacob, ya tenía bien claro cómo era yo, nadie podía cambiar eso. No podría soportar que él me rechazara, lo había dicho y lo repetía. No… Era mejor que me fuera.

Solté un inaudible suspiro, y me preparé para volver al monovolumen. Me giré. Ya vería yo qué le diría a Edward mañana. Podría fingir, quizás, que yo ni siquiera estaba en la casa de Jacob, sí. Que había dejado el coche ahí y que me encontraba en la playa y…

—¿Bella? —llamó esa voz.

Me encogí completamente al escuchar el dulce sonido de su entonación, era demasiado irreal como para poder yo escucharla. Nunca me cansaría de pensar que Edward tenía la voz más hermosa del mundo.

Aún así no me volteé. —Has… venido —susurró Edward.

Entrecerré los ojos, la emoción en su voz fue una buena señal para que no me diera falsas esperanzas a mí misma. Sentía ya la pena por mi pobre corazón que se preparaba para ser roto.

Pero en vez de eso, en vez de romperse, mi corazón, y todo mi pecho, fueron acunados suavemente por dos brazos que yo deseaba conocer más que nada. El calor del abrazo de Edward provocó en mí una especie de ola de adrenalina. No podía procesar bien en mi mente lo que estaba pasando. Edward me abrazó un poco más fuerte, y mi espalda dio con su pecho perfecto y cálido. Sentía ya el calor de mis mejillas.

También la humedad de mis ojos.

¿Cómo era capaz de hacerme esto? ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué me abrazaba tan tiernamente para después bajarme del cielo al que él mismo me había llevado? ¿Por qué? ¿Por qué demonios tengo que quererlo tanto? ¿Por qué?

Él suspiró. —Temía… —susurró en mi oído, su aliento me hizo estremecer—, temía que no vinieras, Bella.

Yo no sabía qué decir, lo juro. Todas las ideas se me amontonaban en la cabeza, y luchaban unas con otras por querer ser mencionadas; pero mis labios estaban sellados, y no pronunciaban palabra alguna. Aún así, en cambio, mis ojos cobraron vida propia, y dieron paso a esas gotas salinas y cálidas que se deslizaron por mis mejillas libremente.

Me estaba matando. Estaba luchando contra todo ese dolor que aún no había llegado. Estaba botando todas las lágrimas que derramaría, y, a la vez, peleando contra ellas. Estaba haciéndome la fuerte antes de tiempo.

—¿Estás llorando? —inquirió Edward, con la voz adornada en pánico.

Me soltó de su abrazo, y posicionó sus manos sobre mis hombros, para girarme con rapidez. El verle a los ojos fue un error demasiado grande, a pesar de que no había sido mi culpa. El verde brillaba como nunca lo había visto, ese sol bajo el agua irradiaba todo el calor que yo necesitaba, y, a la vez, del que me escondía. Eso quebró aún más lo roto dentro de mí.

Las comisuras de mis labios se deslizaron hacia abajo un poco, sólo un poco, lo suficiente para que Edward no se percatara. —¿Por qué lloras? —parecía sereno y sorprendido al mismo tiempo, preocupado… sorprendido.

Sólo atiné a negar con la cabeza, sólo yo sabía que lloraba para no tener lágrimas después de nuestra conversación, después de lo que me diría. Pero no podía decirle eso, no me atrevía. Tenía miedo de que se enojara. Busqué una mentira rápida y con muchas salidas. —Aún estoy avergonzada —mentí con la voz quebrada, lo que lo hizo un poco más creíble.

Pero, al parecer, esa respuesta le agradó, porque una sonrisa pequeña adornó sus labios. —¿De lo que gritaste?

Asentí y bajé la mirada, no me sentía con fuerza para mirarle a los ojos. Lo oí suspirar, exhalando todo el aire que tenía en sus pulmones, el cual era bastante, al parecer.

—Ay, ay, ay… Bella. ¿Qué voy a hacer contigo? —preguntó, más a mí que a él, supuse.

—¿Olvidar lo que he dicho? —sonó más a una pregunta que a una afirmación. Odié el no estar segura ni de lo que decía.

—¿Olvidarlo? —cerré los ojos al escuchar su voz llena de sorpresa—. ¿Por qué habría de olvidarlo?

—Lo dije sin pensar —mentí nuevamente, fui completamente consiente cuando grité a los cuatro vientos que quería a Edward, que me gustaba mucho.

—Cuando lo dices sin pensar, es porque en verdad lo piensas —apuntó.

¿Por qué demonios se esmeraba tanto que yo admitiera que lo quería? Todas sus palabras no me hacían hacer otra cosa que apuntar hacia sus deseos. ¿Es que quería que lo dijera? ¿Quería llenarse de auto-estima al enterarse de que yo, Isabella Swan, estaba completamente loca por él? ¡No! No le daría en ese gusto, jamás.

—No, Edward, cuando lo digo sin pensar, es porque no he pensado en lo que digo —contraataqué.

Le miré al rostro por primera vez, sus labios estaban formando una extraña mueca de descontento. —Entonces… ¿no te gusto?

Tragué saliva al darme cuenta del pesar de su voz. ¿Podría ser que…? —No, lo siento —mentí. No, era imposible que él pudiera sentir lo mismo que yo.

Sin embargo, algo debió de haber visto en mí, ya que las comisuras de sus labios poco a poco en una sonrisa involuntaria. Me di cuenta de que él hacía todo lo que podía por seguir manteniéndose serio y fingir estar herido.

—¿Por qué saliste corriendo? —preguntó.

Dije lo primero que se me vino a la mente. —Estaba avergonzada, ¿qué esperabas? —volví a mentir.

Sonrió más. —¿Tanto así como para huir hasta La Push?

—Edward —dije, y el corazón me latió fuerte al pronunciar su nombre—, tus hermanas me sometieron a un interrogatorio…

—Oh, ¿sobre qué? —preguntó.

Algo en su rostro me decía que él ya sabía la respuesta. Yo no pude evitar el sonrojarme al pensarlo. ¿Sería capaz, tendría el coraje, de decirle «Sobre que nos besamos»? Uh, definitivamente no, era demasiado cobarde para estas cosas.

Solté balbuceos que nadie podría entender. Con mi rostro sonrosado, encontré enormemente interesante jugar con mis dedos.

—¿Sobre el beso que nos dimos?

—Uh… uh… ¿c-cómo lo recuerdas? —titubeé—. ¿No estabas borracho?

El sonrió dulcemente, y acunó mi mejilla con una de sus manos. No resistí el impulso de dejarme llevar por su tacto, así que apoyé el peso de mi cabeza en su caricia. Era suave, cálida, reconfortante… era como él. Era como Edward.

—Bella —dijo, mirándome a los ojos. Mi nombre sonó como una canción de cuna en sus labios—, cuando me besaste… cuando me besaste todo rastro de ebriedad se alejó de mí —no había el menor atisbo de broma en sus palabras—. Porque me di cuenta de que te tenía entre mis brazos, al fin… ¡te estaba besando! Y fue… fue genial.

Gemí. —No te burles, Edward.

—No me estoy burlando, Bella. ¿Es que no lo entiendes?

—¿Qué demonios debería entender? —le pregunté, con el ceño fruncido y el enojo floreciendo—. ¿Qué te estás burlando de mis sentimientos? ¿Ah? ¿Qué ese beso no significó nada para ti? ¿Uh? ¿Qué…?

Me callé inmediatamente cuando me di cuenta de lo que había dicho. Oh, Dios, pensé, lamentándome, que no haya dicho lo que dije, que no la haya cagado… Me tapé la cara con las manos, para que él no pudiera ver mi vergüenza, ni el sonrojo ni mi ira. Tenía ganas de gritarle «estúpido» a todo el mundo, cuando aquí la estúpida era yo.

Oh, maldita sea, acababa de confesarme a Edward. Jo-der.

Y ahora venía, lo sabía, venía ese «Lo siento, pero no siento lo mismo», ¡lo sabía! Lo presentía, estaba segura. No podría ser que él me dijera que me correspondía. No, yo no era lo suficientemente buena. Él buscaría chicas bonitas, inteligentes y talentosas; él buscaría a una chica que destacara entre todas, no alguien como yo: patosa, orgullosa y normal (sobre todo normal).

—¡Maldita sea! —susurré lo suficientemente bajo como para que él no me oyera.

Pero, al parecer, sí lo hizo.

Su musical risa ahuyentó el silencio incómodo que se hizo una vez que yo lo hubiera dicho casi todo. Edward estaba feliz, exultante, dichoso, podía sentir todas esas emociones tan hermosas en su risa. No pude evitar el mirarlo entre mis dedos.

Pero mis manos se separaron de mi cara cuando él las alejó, para luego tomarme entre sus brazos suavemente, en un abrazo fuerte y cálido. Me estrechó con ternura, mientras que con una mano acariciaba mi cabeza y mis cabellos, a veces mis mejillas —aún sonrojadas—, y mis labios, mis párpados. Yo estaba completamente en shock. ¿Qué demonios estaba pasando aquí?

—Está bien, Bella —susurró en mi oído, con un nuevo sentimiento infiltrándose en su voz—, yo también te quiero.

Abrí los ojos como platos. Dejé de respirar por unos segundos. Mi corazón mismo se detuvo. Mi cerebro dejó de trabajar. Toda yo se vino en un shock total por unos momentos. Sin embargo, Edward seguía estrechándome entre sus brazos.

Pero algo hizo «¡click!» en mi mente. Me alejé de él casi de sopetón. Edward parecía confuso, a puesto a que no pensaba que me diera cuenta tan fácilmente de sus mentiras. —¡Eres un maldito bromista! —le dije.

—No, Bella, en serio…

—¡Uh! ¡Debí haberlo sabido! —bufé y solté todo lo que pensaba, a bocajarro—. Era un complot. Te llevo en mi cabeza todos los malditos días desde que empezamos este jodido castigo por perder esa apuesta. ¡No puede ser! Y… y tú con tus miradas y tus sonrisas torcidas que me hacían difícil pensar con claridad. Eras tan bipolar, no, mejor dicho eres tan bipolar. ¡Y hasta llegué a creer que no me caías bien! Y que ni yo te caía bien a ti. Porque tu arrogancia, orgullo y belleza me apestaban, en serio; tal vez te envidiaba por lo último. Pero después cambiabas, y te mostrabas como todo un caballero, tan educado, tan de en sueño… ¡y en las noches me descubría a mí misma pensando en ti! ¡Dios! ¡Hasta escribí de ti en mi diario! ¿Sabes lo que es eso para una chica? No, supongo que no —fruncí el ceño—. Entonces tenías que aprovechar esta oportunidad de que me quedaría en tu casa para volverme más loca. Cuando dormimos juntos, dos veces. Y he de admitir que cuando me ofreciste creí que el sol no saldría a la mañana siguiente.

»¡Todo es culpa de Jasper! Sí. ¡Y también de Ángela! ¡Y de Alice y Rosalie! ¡Todos ustedes quieren volverme loca!

»Y en la fiesta, cuando desapareciste, y te encontré aquí tan abatido y todo… ¡te besé, por Dios! ¿Tienes una idea de cuánto tiempo quise hacer eso? ¡No! Porque a ti sólo te importa reírte de mí, sólo quieres burlarte. ¡Eres como Emmett! Y, joder, aún así me gustas. Sí, me gustas, Edward —él comenzó a soltar risitas—. Y, por mucho que te rías, ¡no hay nada que puedas hacer contra eso! Ni tú, ni Rosalie ni Alice con sus estúpidos interrogatorios… ni Jasper, con los treinta dólares que le debo… ¡ni Jacob! Con sus intentos de subirme el ánimo… ¡pero sobre todo tú…!

Le pegué en el pecho con mi dedo índice. —Todo es tu culpa, por hacer que te quiera así.

Su sonrisa se escondía en la rigidez de sus labios, estaba haciendo un enorme esfuerzo por no largarse a reír. Entonces puso los ojos en blanco. —Ya cállate —ordenó.

Y me silenció con un beso.


Continuará.


(1) Homero: escritor griego, era ciego, como bien se menciona. Es el autor de libros como «La odisea».

&.

Vale, griten, yo lo hice, lo admito. (Interiormente, porque si gritara me matarían, eek).Disfruté demasiado escribiendo el monólogo de Bella de la última parte. Fue chistoso. xD Pero más disfruté la frase última, fue lo mejor de todo.

¡Sí, damas y caballeros! Está completamente dicho. No todo, pero sí una de las cosas más esperadas. Se quieren, se quieren. Sé que aún faltan unas cuantas cosas por... uh, revelar, pero, creo, aún tenemos unos 10 capítulos por delante. Genial, ¿no?

OMG! ¡Pasamos los tres mil reviews! Es... asombroso. ¡Ustedes son completamente geniales! Muchas, muchas gracias. De verdad que me alegra de aquí a las nubes el que les guste la historia, en serio. ¡Gracias por todos sus hermosos reviews! Espero que les haya gustado el capítulo, chicos y chicas. Lamento no haber podido tenerlo para el viernes... En fin.

¡Gracias, gracias, gracias, gracias!

Espero sus comentarios al respecto de este capítulo. Y, por favor, diabéticos abstenerse del próximo cap., porque será asquerosamente cursi. ¡Quedan advertidas!

Saludos, (y gracias).

~Janelle.