Autora: Bueno, en verdad el título del capítulo anterior era dedicado a Soren, aunque ni por donde se puede negar que Lovino fue quien se robó la película en el capítulo 24. Este capítulo se lleva el premio por lo largo. Prepare your eyes.

Este capítulo está particularmente denso. No digan que no les avisé. Además, en este capítulo, me centraré en otra pareja dispareja y problemática.

Hace tanto que quería explayarme de ellos.

Snow Patrol es un buen acompañamiento

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AVISO: ¡CAMBIO DE TUMBLR PORQUE TENGO IMPOSIBILITADO DE USAR EL OTRO! AHÍ AVISO LO QUE SEA, PUBLICARÉ IMÁGENES, ETC, ETC.

Es inannahfanfiction . tumblr . com (junten espacios)

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Arriba, abajo.

Arriba, Abajo.

Con mucho pesar, con mucho cansancio.

El sudor recorría su cuerpo níveo y el dolor se asomaba por sus ojos. Era una sombra. Una sombra que buscaba esconder bajo la fuerza de su interior, pero aparecía, porque no era capaz de disimularse en su verde cobalto.

Scott estaba solo en su dormitorio, ejercitando las piernas, todavía tullidas, por medio de crueles ejercicios que a otra persona habrían hecho gritar de sufrimiento.

Pero él era fuerte. Más fuerte que cualquiera, más bravo y más duro que todos. No había nada que lo detuviese cuando deseaba algo y no sería la primera vez que pasaba por penurias inhumanas para conseguirlo.

Quizás, esta vez, sería más doloroso y necesitaría de mayor esfuerzo y paciencia para lograrlo.

Pero estaba totalmente inmerso en la meta.

Y el roce de labios, el toque de su piel, los ojos verdes tan claros y transparentes a centímetros de su rostro eran motivación.

Inhaló fuertemente y exhaló. Cada estocada inversa era más difícil que la anterior.

Pero no iba a parar.

Se movería.

Se movería y mataría al hijo de puta de Iván.

El BlackBerry, canal de aviso, recién apagaba su pantalla. Se apagaba tras releerse el último mensaje recibido.

Un mensaje que traía la tragedia.

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Capítulo 25: "FÉNIX DE HIELO"

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Segundo día.

Tiene una mirada que es tan trasparente como el cristal y cerúlea como las mañanas de invierno. Su cabello color trigo se mueve levemente a sus escasos gestos.

Antiguamente su rostro mostraba una energía y alegría que liberaba por los poros, una expresividad innata, una fuerza arrolladora.

Ahora en cambio, los haces de energía revoloteaban y chocaban contra las paredes de su rostro, contenidas, presionadas a permanecer dentro.

Vacío. Su rostro se mantiene vacío.

Soren observaba de lejos como Noru está sentado sobre un banco, con un vaso de cartón humeante en su mano izquierda, mientras que en la otra mano pálida se apoya un libro. Una muchacha del salón se acerca a hacerle compañía, y el noruego la ignora intensamente.

Que tonta, piensa Soren, a Noru no le gusta que le interrumpan cuando lee, solo él le puede interrumpir. Si sigue así la va a echar.

Ella le comienza a parlotear animadamente y el muchacho, paulatinamente, frunce más y más el ceño. Soren siente una satisfacción interna al ver que ella le resulta desagradable.

Noru habla. Le dedica una fría mirada y un movimiento de cabeza. La chica se levanta, avergonzada y se da media vuelta, roja como un tomate.

En otro tiempo, Soren se habría reído y se habría jactado de ser su mejor amigo en el mundo, porque sabía que eso iba a pasar.

En otro tiempo.

Hacía mucho frío pero no llovía ni nevaba, y Noru volvía a permanecer solo, en una banca, sin nada que lo perturbase. Sus ojos se movían discretamente por las líneas, siendo dos luces azules el centro de todo el gris.

Se veía triste. Se veía desolado.

Soren tampoco sonríe.

Noru era absorbido por un aura permanente de frío y soledad, que hacía que él solo quisiera sacarlo de cualquier modo de ahí.

La gente a su alrededor podía decir que sencillamente Alexander era una persona introvertida y seria, pero Soren sabía que realmente no era así. Él podía ver más allá de esa calma imperturbable.

Noru está encerrado en un castillo de hielo.

Un castillo solitario que no deja entrar a nadie.

Desde que tiene memoria, incluso antes de ser adoptado ya siendo mayor, Noru se sintió solo en el mundo.

No sabía que era el amor, ni sabía lo que eran los abrazos hasta que llegó tía Seren, la madre de Emil, quien lo llevó a su casa.

Cuando Soren lo conoció, tenían como 10 años.

El danés acababa de llegar junto con su madre desde Dinamarca, porque ella, como médico, consiguió una beca de especialización en Londres.

"En la escuela no le fue demasiado difícil hacer amigos, aunque el inglés le costaba bastante, no lo puede negar.

En la sala de clases, ya estaban los grupos de niños formados. Los de adelante eran los más aplicados y tranquilos, los de atrás, como siempre, los más desordenados. Él se sentaba al medio, rodeado de todos. Sin embargo, los niños no tenían recelo a hablarles a los otros, así formando un curso muy unido.

Menos uno.

Un niño muy pálido entró reticente al salón.

Tenía ojeras muy oscuras y los huesos muy marcados, como si no comiese lo suficiente.

La imagen era algo amedrentadora.

El niño, de cabello rozando lo albino, no miraba a nadie, no saludaba a nadie. Y nadie lo saludaba. Muchos lo quedaban mirando, y a él se le notaba que sólo quería correr de ahí.

Soren se preguntó por qué siempre se colocaba atrás y en la esquina más oscura de la sala.

― Viene de Noruega. La maestra dijo que fuéramos amables con él pero no nos habla ― Explicó un compañero a su lado. Parecía que le era fastidioso el tema ― Lo invitamos a jugar y no quiere. En el comedor, se sienta solo y cuando hay trabajos en grupo, él no habla.

Soren sopesó la idea de que era un niño bastante extraño.

Con el paso de los días, se dio cuenta de que todo lo que le decían era verdad. Pero en vez de notarse apático, se veía triste. Parecía tenerles miedo a los demás.

Así que aceptó ayudarlo.

Y acercarlo a los demás, lo tomó un reto personal.

Por eso, el niño tímido y que nunca hablaba en clases se asustó cuando vio una sombra imponente sobre él.

Sus ojos índigo se abrieron tanto como un animalito vulnerable.

Soren, solamente sonrió como un sol.

Y le tendió una mano.

― ¡Soy Soren Anderberg y soy de Dinamarca! ¿Y tú?

El otro niño apretó los labios fuertemente, como si la situación fuese realmente terrible. Inhaló fuertemente, pero no le dio la mano.

― Alexander Bondevik. Noruega ― Su voz era un susurro.

― ¡Noruego! ¡Yo fui a Noruega el año pasado! Te llamaré Noru ― Sonrió mostrando todos los dientes ― ¿Sabías que somos los únicos extranjeros del salón?

La mirada añil se relajó un poco. Como si el hecho de tener a alguien que fuese distinto a los demás, le resultase reconfortante.

― No sé… No hablo con nadie.

― Bueno, pero ahora hablarás conmigo. Seremos amigos.

― ¿Amigos?

Desde ese día, Soren se autodenominó el mejor amigo de Alexander."

Y, desde ese día, han pasado por tanto…

Alexander fue su cable a tierra, siempre. Y cada vez que se metía en problemas, el noruego hallaba la fórmula para salvarlo. Si peleaba con su mamá, Noru le daba techo, comida y un hombro donde llorar y descargarse.

Siempre juntos le había dicho, muchas veces, Soren. Por muchas razones o ninguna.

Siempre juntos le había dicho, una única vez, Alexander, tras llevarlo por los hombros, escondiéndolo de Michael, el pandillero al cual le debía dinero por droga.

Siempre juntos.

El danés lo adoraba. Lo seguía adorando ahora.

Había incluso incinerado y pisoteado su dignidad tantas veces que no recuerda solo por hacerlo reír, por hacerlo sentir bien.

¿Y ahora?

¿Qué hacía él ahora?

Las voces a su alrededor resonaban pero él no era capaz de entenderlas. No les interesaba.

Alexander cambió una página. Era de una melancolía insoportable.

Soren sentía que la cabeza le taladraba.

No soporta esa carcasa que usa para protegerse. Le desespera que se guarde todo el sufrimiento en su eterno invierno, porque no es capaz de sacarlo a flote.

Él siempre ha estado para Noru. Siempre. Para que se desahogue, para lo que necesite.

Pero el otro, siempre ajeno a todas las señales que él le dio.

Soren y Emil saben que Noru sufrió mucho.

Sabían que la había pasado muy mal en el orfanato en Noruega. Lo veían en las cicatrices, en la ausencia de un riñón que se dejó entrever en una visita al médico y en el pulmón derecho, prácticamente inútil tras las innumerables neumonías que sufrió cuando pequeño.

Alexander parecía un niño rico, nacido en cuna de oro, pero realmente vivió una infancia llena de carencias.

Solo, abandonado en un lugar donde nadie lo quería ni lo tomaba en cuenta, donde los niños mayores lo maltrataban y donde jamás, jamás, pudo ser feliz por mucho tiempo.

Si conseguían nuevos zapatos o ropa, los más grandes se la robaban, dejando a los más pequeños con harapos.

Y si uno se negaba a soltar una prenda, las represalias eran terribles.

Tía Seren, cuando les contó a Soren y a Emil, en una merienda, de por qué tenían que tenerle paciencia a Alexander, se escuchaba destrozada. Como si no le cupiese en la cabeza que pueda existir tal abandono y maldad. Con dulzura tomó la mano de su hijo y le pidió que fuera el mejor hermano menor que Alex pudiera tener.

Soren recuerda como Emil bajó la cabeza y asintió. Para el danés no había necesidad de pedirle ese tipo de promesas. Ese sol interior que tenía, le movía a derretir la coraza de hielo que tenía su pequeño y silencioso amigo.

Soren, en el presente, afinó la vista, tratando de ver la quemadura en el dorso de la mano.

Tras mucho insistir, como un bicho cargante y curioso, Alexander le gruñó que había sido en el orfanato. No más palabras.

Soren no pudo siquiera abrazarlo, porque el noruego huía de cualquier tacto. Y al danés, eso lo desesperaba, pero paciente y optimista siguió intentándolo.

Ahora, en cambio, estaba demasiado cansado y triste.

Y con lo último dicho por Alexander, antes de que dejasen de hablarse, le había quedado en claro que el esfuerzo fue en vano, y más encima, para peor.

Normalmente el danés era una persona que no se desencantaba por nada, que seguía insistiendo hasta conseguir lo que fuese.

Pero derretir los hielos de Noru y sacarle una sonrisa al parecer no era posible para él.

Y él lo único que deseaba era hacerlo feliz.

Suspiró, con desánimo.

No podía molestarlo más.

Así que ahora debía recomponerse y seguir con el teatro.

Golpeó la mesa del casino con ambas palmas de las manos y gritó, como si recién se le hubiese ocurrido la idea.

― ¡Oigan vayamos tras del instituto a un pub! ¡Conozco uno que no piden carnet de identidad y tiene karaoke!― Gritó y fingió una sonrisa de oreja a oreja. Los compañeros a su lado aprobaron automáticamente.

― ¡Buena idea!

― Voy a llamar a Evelyn para invitarla ¡Eres un genio!

Su voz estruendosa se escuchó a metros de distancia. Un gorrión lo miró con curiosidad, y unas pocas personas también.

Alexander en cambio, paralizó en ese instante sus ojos en una letra. Y no los volvió a mover. Sus manos se quedaron congeladas, tan congeladas como su interior.

Tenía mucho frío.

Y se había intensificado desde que le dijo todas esas cosas a Soren.

Lo peor era, que ese frío no se disipaba al lado de una estufa o abrigándose más.

Era frío en el alma.

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Caminaba lentamente por las calles. Las luces de los faroles daban un poco de color a su figura pálida y etérea.

La calle le resulta infinita pero no le desespera. Su mente parecía estar en trance.

Hoy es el segundo día desde que alejó a Soren. La cabeza le mata del dolor.

No se perdona cuando ayer trató de pedirle disculpas y las palabras no le salieron.

Algo que le frustra, es que desde siempre, tiene una facilidad asombrosa para decir cosas hirientes. Pero en el momento en que su mente desea decir otra cosa, la boca se le cierra como una catacumba.

Ayer no durmió una sola hora. Daba vueltas en la cama repitiendo una y otra vez la escena final.

La situación que vive le supera.

Le supera porque tiene demasiado peso y no lo puede soportar bien por sí solo.

Y Soren… Soren, maldito Soren. Le abruma demasiado y lo desestabiliza. Y con más frialdad le ataca. Como si así se pudiese detener, y pudiera permitir que volviese a mantener el control sobre sí mismo.

Alexander aprieta sus labios firmemente y nadie puede verlo.

No lo odia. Realmente no lo odia. Pero le desespera.

Está ahogándose cada vez más y Soren lo desespera porque no le permite alejarse de todo el mundo, pensar como un tercero, alejarse y actuar como un robot.

Soren le llena de comida, de atenciones, de bromas y de palabras cariñosas. Y a Alexander todo ese calor le pone nervioso porque no sabe manejarlo.

Pero su maldito calor…

Siente que hará de él sublimación. Y desaparecerá.

Alex desea rodearse del frío para poder mantenerse y no quebrarse. No quebrarse por el infierno de su infancia, la muerte de su madre adoptiva, la responsabilidad de quedar solo en la vida y protegiendo a como dé lugar a Emil, ser el mejor alumno como mamá lo hubiese querido y sobrevivir a toda esta mierda de pandillas.

Las pandillas a las que él se metió solo para salvar a Soren cuando estaba en su etapa turbia. Todas las noches acudiendo a lugares peligrosos, todas las noches buscándolo cuando iba en busca de esa maldita droga, todas las noches llevándolo a rastras, porque Soren no era capaz de hacerlo por sí mismo.

Todas las noches, cuando tía Helen no quería que Soren entrase y él tenía que meterlo a escondidas a su cuarto, para que mamá tampoco le reclamase.

Todas. Todas las malditas noches hasta conseguir salvarlo.

Si lo odiase, realmente ni se le habría pasado por la cabeza enterrar sus piernas en el barro para sacarlo de ahí. Lo habría dejado morirse.

Pero ahora está aquí, con una jaqueca espantosa y por él.

El problema de Soren y que los llevó a como están, es que insiste, una y otra vez en querer derretir cualquier barrera.

No entiende.

No entiende que Alexander no es como él.

No puede romperse por completo para renacer, como él tantas veces lo hace. Si él se rompe no se repondrá, porque no sabe cómo. Y eso le da terror. Teme perder la cabeza.

Lo peor, es que duda que si se rompe, sea capaz de sobrevivir a eso.

Y aumenta la rabia contra sí mismo.

Porque se siente débil.

La máscara se triza levemente. Una línea que va desde el ángulo de su mandíbula hasta el ojo.

Su rostro, poco a poco, comienza a demostrar sus emociones.

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― ¡Y le dijo que lo dejara en paz! ¡Ay, Emil!, hubieras visto la cara que Soren puso, ¡me destrozó el corazón! ― Tino contaba con tristeza. Berwald, a su lado le colocó la mano sobre la espalda, y por primera vez, el dulce finlandés no le rechazó educadamente.

Emil escuchaba todo sin pronunciar palabra.

Así que por eso su hermano estaba particularmente encerrado en sí mismo.

― Soren se lo buscó ― Ladró escuetamente Berwald. Tino giró a verle molesto.

― ¡El pobre solo quería ayudar! Sí… bueno, tienes razón de que no siempre era en el mejor modo… ¡Pero lo hacía con el corazón! ¡Pobre! ― Defendía Tino.

Berwald se alzó de hombros. Se sabía de la enemistad entre ambos titanes, y el sueco veía esta situación como un regaño más que merecido. Parecía que Tino olvidaba todos los dolores de culo que el idiota le daba al grupo, más a Alexander, a quien no dejaba nunca en paz.

― Me da igual todo. Pero quiero que se arreglen. Es insoportable sentir el aura tenebrosa de Alexander recorrer la casa ― Musitó el menor. Tomó un sorbo de su taza de café, tratando de borrar, con el calor líquido, el escalofrío de su espalda.

De verdad. De verdad era aterrador.

― ¿Ves, Berwald? A Alex también le afecta ― Tino se dio media vuelta para encarar a la mole ― ¡Entonces hay que hacer que se reconcilien!

― Suena como si fuesen novios ―Comentó Emil, apoyando su cabeza sobre una mano. Tino empezó a hacer gestos con las manos.

― Bueno… es que… Todos saben lo de Soren… ―Juntó sus dedos índices repetidamente como una seña romántica― Quizás Alex no le sea tan indiferente… Al fin y al cabo, a veces han llegado a dormir juntos ¿Recuerdas cuando a Soren le dio fiebre hace unos años y Alex se acostó a su lado durante toda la noche para bajársela?

Emil alzó una ceja. Sabía que últimamente Tino se había vuelto fanático de una serie romántica de moda, pero ahí a maquinar ideas románticas del aire...

Recuerda el momento del que hablaba Tino.

Tía Helen se había ido de viaje por un congreso y Soren se quedó con ellos. Ese día a Soren le dio fiebre, altísima, y tras intentar bajarla por todos los métodos posibles, su hermano, en una acción desesperada, se acostó a su lado toda la noche.

Pero Emil no veía ningún mal sentido en ello. Fue mera necesidad.

Además, las otras veces que dormían juntos eran por variadas razones, como cuando salían de vacaciones todos juntos y no había suficientes camas, o cuando ocurría una emergencia y se quedaban en la casa de alguno. Sin embargo, Alexander no dormía con su hermano, porque Emil tenía pésimo dormir y hacía insoportable la estancia nocturna de cualquier acompañante.

También era sencilla necesidad. Soren tenía una tolerancia de oro pero tampoco aceptaba de buena gana dormir en el piso.

Así que Emil, en su fuero interno, sopesaba que quizás Tino estaba medio chalado o conspirativo.

― No creo que…

La manilla de la puerta comenzó a dar vueltas y el crujido de la madera delató la entrada de un nuevo personaje.

El noruego se quedó en la puerta, mirando a todos los presentes. Luego asintió como todo saludo y cruzó el salón de estar, dirigiéndose a las escaleras.

― ¿No quieres comer algo con nosotros, primo? ― Ofreció Tino. Alexander solo lo miró de reojo y negó.

― No, gracias.

Y todos se quedaron en silencio hasta que terminó de subir y escucharon el portazo en su pieza.

Emil suspiró. Esa era la nueva actitud de Alexander y ahora todos fueron testigos.

Tino miró el techo con tristeza. Tenían que hacer algo para remediar todo esto.

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Tercer día.

Despertó de golpe.

La imagen de mamá seguía pegada en su cabeza. Su sonrisa. Su calor.

"Quiero que seas el niño feliz que realmente eres, cariño. Te va a costar, pero todos te adoramos y no te dejaremos caer. Soren te ama y Emil te adora. Yo desde el cielo seguiré tras tus espaldas. No temas mi amor, te amaré por siempre."

Se sentó en la cama y se quitó el sudor de su frente. Apoyó el rostro en ambas manos. De nuevo soñó con ella.

Y con las últimas palabras que dijo en el hospital.

Las manos le tiritan.

Un trozo de hielo ha caído en la alfombra.

¿Por qué ahora? ¿Por qué justo ahora?

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Está sentado, sujetándose la cabeza. Las manos le tiemblan, y siente que en su sangre corre algo efervescente.

Londres de nuevo está nublado y ese gris lo saca de quicio.

Está de nuevo en su casa. En su maldita casa. Se lo trajeron a rastras hasta ahí.

Vieja de mierda, desgraciada, bruja…

Papá y ella se pusieron de nuevo de buenas, o eso ella aludió como toda razón.

La odia. La odia. La odia. ¡Oh, cómo desearía sacarle los ojos para que dejase de mirarle con esa satisfacción!

― ¡Alfred a cenar! ― Y ella gritó, como si la hubiera invocado.

La única respuesta que se escuchó fue la lámpara que Alfred estrelló contra la pared.

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Tras una nueva rutina infernal de ejercicios, Scott se levanta. Se levanta tambaleante y la cabeza le da vueltas, pero lo hace.

Inhala profundamente y comienza a dar pasos hasta la puerta. Bajará a buscar algo que tomar.

Siente como si le retuercen la carne a cada paso y sus piernas apenas se pueden su propio peso.

Da otro paso.

Cada vez que quiere soltar un alarido de dolor, piensa en el maldito de Iván agonizando bajo sus manos.

Nadie.

Nadie manda a matar a Arthur y se sale con la suya.

Y menos aún, menosprecia el poder de la influencia de Scott.

Abre la puerta, y avanza con la misma pastosidad por el pasillo.

Toris nunca fue del Oeste. Siempre le fue leal a él.

Toris, al fin y al cabo le debía demasiado a Scott. Cuando años atrás lo llevó al Este como una rata, consiguió que obtuviese unos cuantos billetes para sobrevivir y ayudar a un amigo que estaba gravemente enfermo. El escocés no recuerda bien el nombre, algo de Felits, Faloon, Feldor, Felix… Que sabía él.

El mensaje de advertencia que recibió hace unos días fue el detonante para que Scott decidiese hacer lo que por mucho tiempo era solo una idea lejana.

Había sopesado en la idea de matarlo, hace mucho tiempo. Pero jamás lo consideró realmente necesario, e incluso él, a ratos no se sentía capaz. Pero ahora, las cosas han cambiado por completo.

"Iván quiere matar a tu hermano menor. Llévatelo lejos"

Le da igual ir a la cárcel, se dice. Toma el rosario que cuelga en su cuello y lo besa, recordando ratos del pasado con tal intensidad que le dan fuerzas para dar un paso más.

La vida de Arthur es primero.

El mismo Arthur que podía ver en el primer piso, frente a la puerta.

El pelirrojo frunció el ceño.

Arthur rebuscaba en sus bolsillos las llaves de la casa. Hoy ha sido un día de mierda para él. Desde el comienzo del día, todo iba de mal en peor. Alfred tenía ánimos combativos y le amargó todo el día. Todo. Todo el maldito día.

Su madre había conseguido arrastrar a todos a la casa. Y Alfred estaba hecho una furia andante.

Arthur reclama internamente que él lo único que deseaba era hacerle sentir mejor, y no tenía por qué discutirle por todo y para todo. Era como si buscase la excusa para descargar la ira con alguien.

Y Arthur es alguien de mecha corta. E hizo un esfuerzo sobrehumano para entenderlo y aguantarlo, aunque realmente, realmente cuando le comenzó a reclamar de por qué no le compró una Coca-Cola en botella en vez de una en lata, deseó matarlo.

¿Por qué mierda se fijó en alguien como él? ¿Qué hizo en vidas pasadas para merecer todo eso?

Sin mencionar que olvidó hacer la tarea de Biología y el profesor lo humilló frente a todo el curso. Y que Francis ha estado molestándole en el almuerzo. Porque señor, si alguna capacidad tiene el maldito francés, es de oler la desgracia, y como un buitre, se acerca a joder. Y Alfred se puso más insoportable porque no le prestó toda su atención para ser la bolsa de boxeo de todas sus estupideces.

Ahora, pensando que podría descansar en su casa, lo llamaron de urgencia del instituto. El puto festival debía atrasarse porque las construcciones no estaban del todo listas. Era tarde y estaba a punto de llover, y él tenía que tragarse un viaje en metro y en bus para llegar.

Maldecía hoy su día. Totalmente.

Introdujo la llave en la puerta, tras por fin encontrarla, y algo lo interrumpió.

― ¿A dónde vas? ― Un escalofrío recorrió a Arthur cuando sintió la voz de Scott tras de él. Arrugó los labios y las mejillas se le sonrojaron.

¿En serio? ¿Ahora tenía que encontrarse a solas con Scott? Murphy, ¿en serio?

Lentamente movió su cabeza, hasta casi mirarlo de reojo.

Loco. Loco de patio. Ahora qué se le ocurriría hacer.

Scott alzó una ceja, internamente divertido por el robótico ser frente a él.

― Salgo.

Scott afiló los ojos. El mensaje seguía marcado en su cabeza.

― A dónde.

Arthur estiró la boca.

― ¿Qué te importa?

Scott hizo crujir sus nudillos.

― A dónde ― Repitió. Arthur gruñó una respuesta.

― Me llaman del instituto para una reunión de urgencia ¿Te importa eso realmente?

Scott bufó.

― Debería morderte la boca y sacarla. Tu tono bravucón me hace querer golpearte ― Arthur dio un respingo y tuvo un tic.

¡¿Qué el bastardo quería hacer qué con su boca?!

Una voz en su cabeza le gritaba que tenía que huir, y rápido. La imagen de Alfred pasó por su cabeza y se preguntó si acaso sería posible decirle esto alguna vez.

Se sentía acosado.

¡Scott de mierda! ¡Psicópata y loco de patio!

― No entiendo por qué debo marcar tarjeta para salir.

― En esta casa se hace.

― No Scott. Nadie lo hace en esta casa y no lo haré yo ― Abrió la puerta y la brisa helada contrastó con el calor de la estufa que estaba encendida. Scott chasqueó la lengua.

― Regresa al instante cuando termines ― Ordenó. Arthur inhaló profundamente. ¿Ahora se las daba de madre sobreprotectora?

― ¿Cómo lo haré genio?

Y recibió un golpe doloroso en el pecho.

Scott le había tirado las llaves de su auto.

El cabello de Scott resplandecía como el fuego y sus ojos verdes guardaban algo. Algo que Arthur no podía descifrar.

Un terror mal disimulado.

― Ni se te ocurra desobedecerme.

― ¿Si no qué? No sabrás porque no puedes ir conmigo ― La kinesióloga estaba por llegar, y si hacía algún problema con ella, tendría problemas con Will.

William se había encargado de todo el tratamiento y rehabilitación de Scott.

Una cosa era ser hermano, y otra distinta era ser médico. Y William era un médico que daba órdenes y no aceptaba un no por respuesta.

Sin contar, que William enojado era el único que le hacía peso a Scott.

Los resultados de la perseverancia de Scott y los cuidados de Will habían dado frutos, y a diferencia de muchos pacientes, las piernas del mayor estaban cada vez más fuertes.

― Escúchame bien, mocoso. Tengo razones de peso para decirlo ― Gruñó y miró su reloj ― Si en una hora y media no estás aquí, te iré a buscar. Y cuando te encuentre, desearás jamás haberte tardado. Te castigaré como en los viejos tiempos.

Arthur lo odiaba. Odiaba la pose de mandamás de Scott.

Pero el miedo era mayor. El cuerpo se le resintió al instante de escuchar la palabra castigo en la boca de él.

Asintió y se fue, no sin antes recoger las llaves del auto.

El pelirrojo suspiró profundamente.

Arthur…

De verdad ese niño lo tenía con el mundo de cabeza.

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Matthew está desparramado en el sillón. Sus manos tiemblan y aprieta fuertemente la pantalla de su celular.

― ¡Zángano!

― ¿Yo? ¡Yo estudio! ¡Tú te rascas las bolas, bruja!

― ¡Soy dueña de casa! ¡Tú no haces más que ser un problemático!

En la cocina, tras conseguir que Alfred bajase a la cena, y comieran todos en un silencio sepulcral, comenzó la pelea entre mamá y Alfred. Una pelea diaria y enfermiza.

Matthew reconoce que su madre está buscando excusas para regañar a Alfred y éste, por no ser menos, le responde de la peor forma posible.

Ahí se escucha la nueva gritería.

El infierno te extrañaba, Mattie.

El hermano menor suspira. Sabe que en este momento, Alfred tiene razón y que su madre le está culpando de lo primero que se le ocurre.

En otro tiempo se habría escondido o encerrado en su dormitorio, sin embargo, tras vivir todo lo que han pasado desde que se fueron al departamento, algo en él cambió.

Y se sentía más fuerte.

Se levantó, ya sin tener la misma paciencia de antes.

― Mamá no molestes más ¿Cómo quieres que Alfred trabaje si tiene que estar estudiando? Tú misma dijiste que preferías a todos tus hijos en la universidad antes de romperse la espalda por no tener un título universitario ― Ambos cuerpo giran de golpe a ver la figura que, no saben cuándo, apareció. Matthew tiene cara de mal humor.

Alice lo queda mirando con la boca abierta, atónita, como si acabara de descubrir que su hijo menor tiene voz.

Los ojos morados de Matthew se dirigieron a su hermano. Un amago de sonrisa se dibujó en la boca del menor.

Alfred sonrió ladino.

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Cuarto día.

― Alexander, no puedo abrir este frasco ¿Puedes intentarlo? ― Emil le entregó un frasco de mermelada. El mayor alzó los ojos, desde su puesto en el sillón.

― Dime hermano mayor.

Emil frunció el ceño y le pasó el frasco. Alexander lo trató de abrir.

Una.

Dos.

Tres veces. Juntó sus cejas, mostrando molestia ¿Cómo era posible?

― Te pasa lo mismo que a mí, realmente esa cosa parece pegada ― Afirmó Emil y suspiró. El noruego se alzó de hombros, resignado.

― Cuando Soren esté acá le… ― Y se cortó.

Silencio.

Emil miró profundamente a su hermano. Alexander bajó sus ojos al piso. La máscara de hielo permanecía. Pero el silencio de Alexander era capaz de decirle muchas cosas, más de las palabras que no podían salir de su boca.

Emil, tras 8 años como hermano de él, ha aprendido a leerle los silencios, más frecuentes y más comunes en Alexander.

― ¿Todavía no le hablas para pedirle disculpas? ― El salón de estar era silencioso y oscuro.

Alexander no demostraba sus emociones más que contadas ocasiones, pero hacía, inconscientemente, que todo a su alrededor indicara su estado anímico. Así que Emil aprendió a traducir nuevos idiomas, el del silencio y el del ambiente.

Así que por eso no había encendido las luces del living y dejaba que el frío entrase por una ventana junta.

― No puedo ― Dijo tras unos segundos. Pareciera que le costó mucho decir esas palabras.

Estaba sorprendido de la reacción de Soren. Por primera vez aceptó las palabras de Alexander y se había ido.

Nada más.

Alexander seguía mirando el piso.

Emil, como su hermano, sabe que en verdad las palabras de Alexander no fueron lo que realmente siente. Pero no le hará el trabajo de pensar por él. Que Alex se dé cuenta de todo.

― Él lo está esperando.

Los ojos almendrados y de color añil, posaron la mirada sobre él. Algo revoloteó en ellos, una ráfaga de algo.

― No puedo.

― ¿Por qué?

El mayor miró sus manos.

No era capaz de hablar, aunque tenía las palabras en la punta de la lengua. Su rostro demostró el esfuerzo que hacía.

Un trozo de hielo cayó a la alfombra.

― Él está mejor así. Ya tiene nuevos amigos ― Eso no era lo que realmente quería decir. Pero la voz se le apaga. No puede hablar.

― ¿Los que masacró la otra vez porque te querían golpear? ― Preguntó Emil, directo. Por fin notó una reacción en Alexander. Sus cejas se fruncieron.

Y otro pequeño trozo más, que comenzó a mojar la alfombra. Unas pequeñas grietas aparecían por la película transparente y fría que rodeaba su rostro.

― Es un idiota, es como los perros. Puede casi matarse con alguien y luego volverse su amigo ― No había nada de extraño, se dice.

En la cabeza del noruego, hay fuertes pensamientos colisionando. Y ve todas las posibilidades. Se esfuerza para mantener una mente lógica, que trata de fijarse en lo más racional, tratando de alejar cualquier emoción que pueda afectar el resultado.

Sin embargo no puede.

Y la respuesta en estos momentos, le aterra.

La sonrisa eterna de Soren se levanta entre la carne de su cerebro, como si fuese un sol de amanecer.

Amanecer de invierno.

Alexander niega y hace ráfagas de tormenta de nieve en su mente.

Tiene pánico. Pánico por sí mismo.

― Le pediré a Berwald que lo abra ― Se levantó y se fue. Emil suspiró.

― Nunca creí que fueras un cobarde.

Los pies del noruego se quedaron quietos sobre la alfombra. Siguió caminando, subiendo las escaleras y dirigiéndose seguramente a su cuarto. Como todos los días. Todos los benditos días.

Emil miró el frasco de mermelada.

Tino tenía razón.

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Antonio está en la vieja cocina de su casa, la madera del piso cruje ante cada paso. Se acerca a un estante a buscar el pote de café barato y así beber algo. Hoy, de nuevo, llovía y hacía bastante frío.

Sus manos morenas abren el estante y llevan el pote de vidrio hacia la mesa plástica y coja, donde está el hervidor. Lo dejan con pasmosidad, y una sonrisa triste se mantiene en su rostro.

Mamá está con la botella de vino, encerrada en su dormitorio.

Sobreviven por el gobierno, que los mantiene. Si no, hace mucho tiempo estarían en la calle. Así que Antonio, para conservar la manutención, tiene que mantenerse estudiando. Si consigue entrar a alguna universidad sería mucho mejor.

Pero se sabe demasiado torpe para esas cosas. Puede tener buenas notas si se esfuerza pero, para eso tiene que tomar pastillas para la concentración. Y no se las puede costear.

Quizás cuando trabajaba con Lovi, si hubiese ahorrado, podría comprarlas.

Pero Lovi ya no está.

Suspiró.

Sabía que no debía sentirse mal, tanto como está, por alguien que conoció de improviso y que solo ha tratado por unos meses.

Pero es algo superior.

Desde la vez que chocaron en medio de la calle.

Algo encajó.

No era eso del amor a primera vista ni esas ñoñerías. Era algo espiritual.

Muchas veces los chicos lo tratan de loco, porque de repente sale con que mejor caminen por tal avenida en vez de la otra, de que salgan mejor ese día y no el siguiente y así. Francis le dice el "niño corazonada" y Gilbert se burla diciéndole brujo.

Pero muchas veces, esa intuición tiene la razón. Y lo reconocen a escondidas.

Y con Lovino fue algo mucho más fuerte. Como un terremoto. Y ahora, de improviso, tan brutal como vino, se fue.

Antonio cerró los ojos, por unos segundos, aguantando la desazón.

El hervidor comienza a sonar.

Un golpe tira a Antonio de espaldas.

Hay demasiado fuego.

¡Ayuda!

― ¡Lovino! ― Grita y la voz hace un eco hasta el infinito del vacío.

Observa los ojos oliva de quien se quema.

¡No puede moverse!

¡Se queman vivos!

¡Ayuda!

Humo. Demasiado humo.

La tierra natal es arrasada y la madera quemada impregna su olor en toda partícula.

Lovino grita ayuda. Le estira la mano entre las llamas.

¡Esto es desesperante!

Unas sombras grandes lo tapan.

¡Piernas muévanse!

Lovino morirá si no lo ayuda.

Y su cuerpo no le responde.

Algo lo golpea.

No puede respirar.

¿Eso rojo es sangre?

¡Lovino!

Lovino morirá.

¡Morirá si no lo salva!

Antonio cae al piso, sujetándose la cabeza.

No, no, no, no, no…

Da grito desgarrador, desesperado. La garganta sufre, desgarrándosela. Sus ojos verdes casi salen de sus cuencas, inyectados de sangre. Las manos del español tiemblan.

Lo de la corazonada fue cierta. Aunque Lovino nunca le creyó.

Y ahora. Ahora...

¡Oh, no por favor!

Quiere ponerse a llorar.

-X-

Se cumplió una semana.

Alexander mira por la ventana del salón. Hoy no ha tenido ganas de salir, aunque su nueva, autodenominada, compañera de puesto le ha insistido que vaya con su grupo, él la rechazó lo más amable que, con su mal humor, podía.

Está enojado. Enojado consigo mismo.

El soñar con su madre le puso mal. Porque es una herida que no es capaz de cerrar.

Era la primera persona que le enseñó los abrazos y el amor. Después de diez años de soledad, de una pieza compartida como muchos niños igual de solos que él. Después de recibir esperanzas falsas de "futuros" padres. Después de estar siempre solo y con frío cuando se enfermaba. Después de cada golpe y caída al barro por los matones.

Y le fue arrebatada.

Cuando comenzaba a descongelarse. Cuando comenzaba a sanar.

¿Ser quien él realmente era? ¿Cómo cumplir eso? Lo desea. Desea agradarle y cumplirle su última petición. Pero no se sentía capaz.

No es capaz de dar el primer paso. Porque se desmoronará todo lo que construyó.

Y hacerlo solo.

En estos momentos se sentía realmente solo.

No podía pedirle ayuda a Emil. Y Soren… Soren…

Aprieta los puños.

Baja la cabeza.

Cobarde. Cobarde. Cobarde.

Las palabras de Emil siguen pinchando en su cabeza.

Soren lo mira desde el pasillo. Tiene que repetirse una y otra vez que no puede ir a su lado a quitarle esa cara como sea.

-X-

Alexander prepara las cosas del desayuno.

Día diez.

Emil alza una ceja.

― Sigues sin hablarle. ¿Hasta cuándo seguirás? ― Dijo. El mayor inhaló.

― ¿Por qué preguntas eso?

― Hermano, te estás comportando como un estúpido. Si tanto lamentas herirlo, ¿por qué no vas y se lo dices? Soren es tu mejor amigo y te perdonará en un santiamén ― Alexander negó.

― No sabes nada.

― No. Sé mucho más que tú. Y me hartas así. Eres tétrico.

El noruego comenzó a irritarse.

― Son mis decisiones Emil.

― Y te dejaría en paz sino fuera porque por culpa de tus decisiones, estás insoportable y sombrío hace días― Le murmuró con fastidio en su voz.

― No estoy así.

― Oh, sí lo estás. Estás así desde que le gritaste a Soren y ya no te habla.

― Estás equivocado.

― No, hermano. Todos pensamos lo mismo ― Y Alexander se sintió un poco traicionado al saber que hablaban a sus espaldas sobre él. Y, lo que él sospechaba, no había sido una vez o dos.

― Están equivocados todos, entonces.

Emil rodó los ojos, exasperado. Alexander realmente era un dolor de culo cuando se ponía terco.

― Tino nos invitó a cenar a su casa. Yo no puedo ir porque mañana tengo un examen final. Así que ve tú.

Que rudo era Emil. El mayor quedó silenciado. Asintió obediente.

-X-

Toca la puerta de la casa a eso de las seis y media de la tarde.

― ¡Hola primo! ― Saludó el finlandés con un abrazo, cuando abrió la puerta. Los abrazos lo descolocaban, pero se quedó quieto aceptándolo.

― Emil me avisó que nos invitaste a cenar. Él no puede venir ― Dijo. Tino asintió y le hizo un gesto para que entrase.

― Oh, es una lástima. Hice Kalakukko.

― Sí ― Dijo como toda respuesta. Tino le hizo una seña para que se sentase en el pequeño salón de estar.

― ¿Cómo estás primo? Hace tiempo que no hemos podido juntarnos a cenar los cinco. No te he visto en tanto tiempo… ― Sonrió dulcemente ― ¿Quieres té o café?

― Té. Gracias ― Respondió sólo la última pregunta. Tino lo notó.

― Claro, te entrego al instante. Cuéntame que has hecho.

Alexander alzó una ceja, opinando que Tino estaba demasiado preguntón.

― Estoy bien. Gracias. En la academia me ha ido bien.

― ¿Te arreglaste con Soren?

Arreglar.

La cara de haber chupado un limón agrio fue la gran respuesta.

― No.

― Oh, es una lástima. Me encantan ustedes dos juntos ― Dijo, dejando una taza humeante sobre la mesa ― No sé, a su modo se complementan tanto…

…¿Qué?

Alexander casi escupe su té. ¿A qué venía ese comentario?

― …

Tino prosiguió, tratando de meterse en el silencio de Alex a como diese lugar.

― ¡No me malentiendas! Son tan buenos amigos… Soren ha crecido contigo… Se saben la vida del otro ― Sonrió el muchacho tratando de explicarle. Alexander solo asintió.

― Supongo.

― ¿Cómo que supones, primo? Si Soren siempre te llena de atenciones y está para todo lo que necesites ― Se ríe ― A veces, incluso parecen novios.

Alexander se quedó pensando en cada vez que Soren le compraba cosas para hacerle sentir cómodo. Un café para el frío. Una bebida para el calor.

A veces, se comportaban como unos mejores amigos bastante raros.

¿Pero a qué viene esta invitación a cenar?

― ¿Me invitaste a cenar o a hablarme de Soren? ― Fue directo. Tino sonrió nervioso cuando fue pillado.

― ¡Qué dices! ¡Era para amenizar, y solo era una conversación! ― El reloj de la cocina dio molestos timbrazos― ¡Mira, la cena ya está lista!

-X-

Arthur está tratando de estudiar, aunque no tiene muchas ganas. Da vueltas en un ejercicio de lógica matemática, pensando un poco en eso y un poco más en la inmortalidad del cangrejo.

El estúpido de Alfred no le responde el WhatsApp, así que no puede distraerse con él.

Suspiró.

― Vamos Arthur, no jodas. Deja de ser un flojo y estudia ― Se reprende en voz alta ― Demuestra ser el caballero responsable que eres y termina estos asquerosos y aburridos ejercicios.

Tomó el lápiz y comenzó a escribir.

― Oh, qué responsable. Así, fantástico, sigue Arthur ― Sigue con el lápiz en la hoja― Terminarás todo y será el orgullo de la clase, porque todo estará correcto. ¡Mientras todos esos tarados no pueden ni siquiera terminar una hoja! ¡Genio!

Un pito.

Y Arthur salta sobre el celular.

Oh, que concentrado estaba.

Alfred le había escrito.

"Tu ventana"

En un momento, Arthur no le halló sentido.

…Y luego corrió a la ventana, mirando abajo.

El estúpido gordo le saludaba.

Arthur abrió la ventana, sorprendido.

― ¿Qué haces aquí? ― Preguntó en un susurro. Alfred guiñó un ojo.

― Me aburría y quería verte ― El inglés hacía todas las morisquetas posibles para que bajase el tono de su voz.

― ¡Shhh! ―Señaló la ventana de al lado, donde había debía estar Scott. Y como toda respuesta recibió una seña obscena saludando la pieza del pelirrojo.

Arthur negó. Alfred no tenía caso.

Así que sencillamente, cogió las llaves y saltó del segundo piso como si fuese un gato.

Alfred iba a dar un grito pero Arthur le tapó la boca.

― No gritos en mi casa. No quiero que nos metamos en más problemas, gordo estúpido.

El americano rodó los ojos. Iba a reclamar que parecía preso. Pero da igual. Arthur está con él aquí. Lo empujó al patio de la casa del vecino, que no estaba en casa.

Los besos todavía descolocaban a Arthur, sean robados o no.

Y Alfred debía aguantar el aire para no reírse.

― ¡Vieras tu cara!

Solo recibió un puñetazo como respuesta.

― ¿Vienes aquí a burlarte de mi persona? ― Gruñó.

El americano rio tontamente y posó una mano sobre su hombro.

― No. Pero me hace tan bien estar contigo.

-X-

Ya se va a cumplir dos semanas desde que se alejó de Noru.

Cierra la puerta de su casa, impidiendo entrar al aire helado, y así se quede en la oscuridad de la calle hostil.

Mamá ha llegado temprano, lo puede notar por las luces encendidas a su alrededor.

Soren se mueve lentamente por la alfombra, como un gigante de piedra. No quiere preocuparla, y hace acopios de toda la fuerza, ya inexistente, para tratar de sonreír y mantener una máscara de felicidad.

Pero la siente tan lejana… tan difícil…

Antes, no importaba lo que sucediese, podía seguir sonriendo. No importaba el problema en que estuviese ni lo complicado que se veía el futuro. Mantenía la sonrisa en la cara y podía seguir dando la lucha a lo que sea.

Pero ahora, siente un vacío en el pecho. Debilidad en los huesos. Y los labios no quieren sonreír.

Sigue caminando, mirando su reflejo en el espejo del pasillo y, en este, los ojos cian no muestran brillo alguno. Están huecos.

Inhaló profundamente.

― ¡Hola mamá! ― Entró al dormitorio de ella, haciendo que ésta se voltease rápidamente. Tenía los mismos ojos que ella, claros y cristalinos. Aunque en estos momentos, el celeste de Soren estaba algo sucio.

― ¿Tan temprano hijo? ¿Cómo fue tu día? ― Le saludó de un beso en la mejilla y lo abrazó. Soren con una sonrisa tensa le hacía cariño en la espalda.

― ¡Hoy no hay gran cosa que hacer! Así que hoy tu hijo no sale a pegarles a idiotas ¡AUCH!

Helen lo pellizcó. Odiaba, y Soren lo sabía perfectamente, todo tema de esos grupos de delincuentes. Ella sufría mucho. Demasiado. Verlo con vendas, con moretones, con la ropa sucia y llena de sangre que no se sabía si era de él o de otra persona.

Soren se sobó la mejilla sin amago de quitar la sonrisa.

Era un caso perdido. A veces se preguntaba cómo era que Alexander no se cansaba de él. Si era tan perfecto y excelente.

― Quiero hacer estofado de mariscos, recuerdo que a Berwald le encanta el pescado y a Alexander los camarones. ¿Por qué no invitas a todos? Sería agradable tenerlos todos acá y probablemente les encantará ¡Reconoce que soy una experta en cocinar mariscos! ― Señaló su brazo en señal de fuerza.

Soren observó el brazo delgadito y el cuerpo menudo. En otro tiempo le habría molestado, mostrándole todos los músculos y la espalda titánica que tenía.

En otro tiempo.

Se dio la vuelta.

― No creo mamá. Están todos ocupados, pero les diré luego para que sufran por no haber podido comerlo. Me voy a acostar un rato, me siento cansado. Me avisas cuando la cena esté lista.

Cerró la puerta.

La mujer quedó quieta en su sitio. Muda.

Algo malo está pasando.

Y cada vez que presiente algo malo, siempre llama a la misma persona.

-X-

Emil veía televisión en el salón de estar cuando escuchó un golpe arriba y los pasos acelerados de su hermano, al bajar las escaleras. Giró la cabeza para descubrir que se ponía rápidamente un abrigo.

― ¿Dónde vas?

― La madre de Soren me llamó. Parece que hay problemas.

Emil de mala gana se levantó y le acompañó sin pronunciar palabra.

Pensó en decirle que se contradecía, mandándolo al diablo y ahora corriendo por él. Pero eso implicaba que Alex le daría la razón y se devolvería, se encerraría y no hablaría en un montón de tiempo.

El viento azotó sus pálidas mejillas y sintió como se le congelaba la punta de la nariz.

Así que seguiría así, acompañándole mientras se hacía el idiota.

-X-

El danés está apagado. Mudo. Seco y marchito.

No tiene ánimos, ni alma.

Así que esto es estar deprimido, se dice. Bueno, estar deprimido apesta. Es como si el mundo se volviese gris y sin sentido.

Y tampoco es como si distase mucho. Estar sin Noru era como estar sin nada.

― ¡A cenar Soren! ― Escuchó la voz de su madre en el primer piso. El muchacho estaba sobre su cama mirando al techo y parecía no tener intención de moverse.

Jamás habría pensado en estar deprimido y jamás había pensado en estar sin Noru.

Recordó cuando murió la madre de él y de Emil. El cáncer la superó.

Emil lloraba silenciosamente escondido en el pecho de Noru. Este último parecía estar en otro mundo. No había pronunciado palabra desde que llegaron y no reaccionaba a ningún estímulo más que al llanto de Emil.

Soren sentía como algo en Noru se volvía distinto. En ese tiempo, mientras eran pintados por los vitrales de la iglesia donde estaban celebrando la misa del funeral, sintió un poco de angustia.

El ataúd estaba a pocos pasos de ellos.

Y cuando terminó a metros bajo el suelo, Soren piensa ahora, se llevó algo de Noru con él.

Inhaló y exhaló lentamente.

Se había prometido rescatarlo de todo, ser su perro guardián y su primera opción.

Y Noru seguramente hace cuánto tiempo le odiaba. ¡Y jamás se dio cuenta!

Le da igual que exista gente que lo odie. Pero Alex, su Noru, no es capaz de soportarlo.

Esto es el infierno. El infierno porque no lo puede abrazar, no lo puede ayudar, no puede tratar de alegrarlo.

No sabe cuánto más será capaz de soportar.

Verlo todos los días lo mataba.

Tenerlo tan cerca y a la vez tan lejos le dolía. Era un dolor desgarrador. Algo que ardía y que imposibilitaba.

Sin Noru, todo era raro. Raro y gris. Impersonal, desagradable.

Pero que más hacer…

― ¡Soren, idiota! ¡Apúrate que le cena se enfría y Alex y Emil te están esperando abajo! ― Gruñó su madre.

Y él como un resorte se levantó de la cama.

¿Noru? ¿Noru y Emil?

― ¡Ya voy!

¡Y guiso de mariscos!

¡Será una cena fantástica!

Exigirá a Noru sentarse a su lado.

Su rostro resplandeció como un retriever cuando ve la llegada de su amo. Corrió por el segundo piso y de improviso se paralizó en la escalera.

Momento. Se apoyó en un pilar de la escalera.

No.

No era como los viejos tiempos.

Su rostro se apagó de nuevo. Se enderezó y ahora con calma comenzó a bajar la escalera.

Algo en el rostro de Noru cambió cuando lo observó bajar. El danés notó que tenía más ojeras y la mirada tenía algo que temblaba. Como esas estrellas que titilan en la noche.

Soren saludó a todos cortésmente.

Helen quedó paralizada.

La cena fue silenciosa y Soren prefería mantener su vista en el plato.

― Hay camarones, no se me olvida que son tus favoritos Alex.

― Muchas gracias por recordarlo ― Respondió el noruego. Soren a su lado masticaba una sardina ahumada, sin mirarle.

Alexander trataba de simular su tensión y su vergüenza, porque se siente un reverendo estúpido.

Por qué… Por qué diablos vino. Tuvo que haberle preguntado primero que había pasado y no salir como un bólido tras escuchar la palabra problemas.

Esto es incómodo.

Realmente incómodo.

La madre de Soren se quedó pegada en su rostro, preocupada.

Soren seguía anormalmente silencioso.

― Y… ¿Cómo te ha ido en clases, Alex? ¿Soren no te ha metido en problemas? Tú debes dejarlo estudiar hijo… Sería grandioso que llegaras a tener las mismas calificaciones que Alex ― Le acusó ella.

Soren estiró la boca.

― Sí.

Emil trataba de simular indiferencia.

― La cena está deliciosa, señora Helen ― Dijo Alexander mientras trataba de esconderse en el plato. Soren seguía a su lado tieso como una tabla.

Oh… Que acabase pronto.

La madre de Soren, notando que había un ambiente demasiado extraño y demasiado tenso, decidió esconderse en mutismo y seguir comiendo.

Soren movió levemente sus ojos claros hacia la izquierda. Alexander fruncía sus cejas y se aferraba a la cuchara como si no hubiese un mañana.

El danés pensó con cierta frustración que últimamente, donde estuviese metido él, Noru terminaba mostrando sus emociones, pero las peores.

Se sentía como una nube negra de lluvia y que expelía rayos. Rayos de desgracia.

Decidió seguir comiendo, deseando que todo esto acabase lo más pronto posible.

Cuando la cena terminó, la danesa ofreció té y café, como siempre hacía cuando ellos venían.

Hoy, la respuesta negativa la dejó para sus adentros.

― Lo lamento, pero debemos irnos. Muchas gracias por la invitación a cenar, estuvo deliciosa ― El noruego hizo una pequeña reverencia y dio media vuelta.

Emil ya estaba con dolor de cabeza de tanto soportar la tensión.

― Oh… Está bien. Ve a dejarlos hasta la puerta, hijo.

Y Emil aprovechó.

― ¡Oh, señora Helen!, he tenido una mancha en el brazo que me gustaría que me viera ― La tomó suavemente del codo y la dirigió a la cocina.

― ¿Una mancha? ¿Desde cuándo comenzó? ¿Cómo es la mancha?

Y dejaron a los dos muchachos solos.

Alexander quería matar a su hermanito. Soren estaba quieto.

Al final el danés decidió hablar.

― ¿A qué viniste? ― Preguntó con suavidad. El noruego miró al piso.

― Tu mamá dijo que te había ocurrido una emergencia.

Soren sintió una espina de dolor y de felicidad.

― Se supone que no me quieres ver más ¿Por qué viniste?

Alexander frunció sus cejas rubias y comenzó a mover sus dedos.

Estaba expresando su estado anímico.

Hace cuánto tiempo atrás, que Soren no había visto tantas expresiones seguidas en el rostro de Noru.

Parecía que desde la explosión, algo realmente cambió.

― No sé.

Soren sonrió cansado.

― No sabes.

Alexander alzó la vista, dejando que los añiles inspeccionasen el rostro pálido y marcado del más alto.

Los extremos de su boca caen como un gancho por cada lado a pesar de que sonríe. Las cejas están fruncidas y no ve felicidad en su mirada.

Había esperado ver en Soren y en su comportamiento de idiota, que realmente no tenía problemas de estar sin él. Que se notaba feliz por la nueva gente que lo ronda y que él dejó de existir.

Pero Soren, en cambio, parecía hecho cenizas.

Alexander, muchas veces, prefirió que Soren estuviese con cara larga por su culpa antes de ser el terremoto que no lo dejaba en paz. Porque era el único capaz de ocasionar eso.

Ahora en cambio, siente un peso. Una sombra.

Siente arrepentimiento.

― Oí que harán una fiesta en casa de Thomas. Supongo que… diviértete ― Dijo tratando de ahogar el silencio que hace mucho tiempo atrás habría deseado tanto.

El danés asintió.

― ¿Irás?

Alexander negó.

― Sabes que no me gusta estar rodeado de tanta gente.

Soren se sintió decaído.

― Entiendo.

― Lo lamento ― Dijo de golpe. Era una disculpa que la hizo tratando de no pensar y que, quizás, no fuera capaz de hacer nunca más. Le costó demasiado, tuvo que hacerlo rápido y sin anestesia o sino la barrera del mutismo caería sobre él.

Cayó un montón de nieve a la alfombra.

Soren frunció el ceño.

― No lamentes lo de no ir a la fiesta.

Y Alexander deseaba matarlo.

― Tú… No yo…

― ¿Estás feliz así Noru? ― Preguntó con amargura Soren, interrumpiéndolo ― Ahora que no tienes una molestia de la cual tener que preocuparte. Supongo que estarás feliz. ¡Lamento haber intentado tratar de sacarte una sonrisa! ¡Y discúlpame por solo querer que volvieras a ser feliz! ¡Perdona! ¡Perdona por hacer el ridículo para mantenerte contento! ¡Y disculpa también por ser un hombre sin dignidad si respecta a ti!

Alexander sintió que todas las palabras eran vidrios que cortaban la piel, desmembraban la carne y rasgaban los nervios.

Ya no soportaba más. Realmente más.

Comenzaba a trizarse todo su cuerpo, y el vidrio crujía ante cada corte de presión. De la mano cayeron trozos y se liberaba una magnífica tormenta de invierno.

― ¡Oh por favor, no entiendes!

― ¡Yo jamás entiendo nada! ¡Perdón por ser un cabeza hueca también!

Alexander, lo agarró del cuello de la camisa que llevaba, tirándolo hacia él.

― No sabes… No sabes la guerra que tengo en la cabeza ―Gruñó tan cerca de Soren que era capaz de respirar su aliento― Lo único que necesito era un poco de paz. ¡Maldita paz! ¡Mi madre, tú, Emil, Iván! ¡La cabeza me va a explotar! ¡Y no me la haces fácil! ¡No me la nada haces fácil!

Respiraba aceleradamente tras gritar todo lo que tenía en la cabeza.

Soren no sabía si abrazarlo, golpearle o gritar. La rabia comenzó a hacer ebullición.

― ¡Soy tu mejor amigo! ¡O por lo menos lo era! ¿Qué tanto te cuesta decirme las cosas? ¿Crees que lo que hago es sólo para darte la joda porque no tengo nada mejor que hacer? ¡¿Qué te cuesta desahogarte conmigo?! ¡Decirme las cosas!

Alexander negó.

― ¿Si te lo hubiese dicho que habrías hecho?

― ¡Cualquier cosa que te ayudase! ¡Estoy a ciegas tratando de apoyarte desde antes de tía Seren murió! ¡Y mira! ¡Mira como está todo! ¡Mira en qué acabó! ― Gritó con furia.

Cualquiera se habría aterrado de tener una mole tan grande y furiosa frente a él. Pero Alexander jamás lo ha hecho.

Soltó la tela que tenía apretada.

Tenía suficiente. Se dio media vuelta.

Soren pestañeó sorprendido.

― ¿A dónde vas?

― Me voy ―Con o sin Emil. A estas alturas le daba igual.

Soren estaba en el marco de la puerta que Alexander abrió. En un momento no fue capaz de hacer acción alguna.

Y todo volvería a ser igual. Se obligarían a ignorarse y todo seguiría yéndose a la mierda.

Y él seguiría con su teatro. Y el otro enfriándose.

Le agarró la muñeca férreamente.

El noruego se giró.

― Por favor… No. No te vayas. No…― Murmuró Soren. "No puedo vivir sin ti" habría querido decir. Ya estaba harto de perder la dignidad tantas veces. Pero sabía que esta era la única y última oportunidad.

Alexander sentía una hecatombe en el pecho, en la cabeza, en los labios, en el estómago.

Se preguntaba cómo era, si lo único que deseó era volverse hielo y no sentir nada, ahora todas las emociones que mantuvo tanto tiempo controladas, salían a flote, estallando como fuegos artificiales sin control, quemando, dañando, encegueciendo.

"El niño que realmente eres"

Alexander no era capaz de decirle que estaba bien, que dejaran esto pasar. Y el rostro de Soren tan herido, lo dañaba a él mismo.

Ya no se sentía bien haciéndolo sufrir. O quizás nunca lo hizo.

Primero fue por curiosidad, por entenderse a sí mismo. Por enfriar la situación y así poder manejarla mejor.

"Soren lo espera"

Mejores amigos.

Pero no era así. Jamás.

"Incluso parecen novios"

Alexander inhaló profundamente.

― Un poco de tiempo. Necesito un poco de tiempo.

― ¡Para volver a encerrarte, idiota!

El noruego se preguntó desde cuando Soren comenzaba a tratarlo así. Si antes era Noru allá, Noru acá. Noru casémonos. Noru eres el mejor.

Se supone que quería esa frialdad.

Pero en cambio, le resultaba una verdadera cachetada.

Aunque Soren tenía razón, era un idiota.

El más bajo se soltó la mano y se quedó por un momento en su sitio.

― Creo que estoy roto.

Y cerró la puerta y se fue.

-X-

Soren no sabe si emocionarse o preocuparse cuando les toca juntos en el equipo de basquetbol.

Aunque para su –gratísima- sorpresa, Alexander, le pasa la mayoría de los pases.

El danés está todavía herido, pero sonríe por dentro y por fuera. Sabe que no debería sonreír y que debería estar enojado o triste.

Pero nada importa cuando la mirada añil del noruego se posa en él, y el corazón se le esfuma en gorriones y mariposas, que vuelan lejos.

Así siguieron hasta que el partido finalizó.

Ganaron. El equipo se abrazó felicitándose.

Salvo uno, que no soportaba los abrazos y que se iba a la banca, dándoles la espalda.

Soren alzó sus ojos cian a él. Y se acercó.

― Nor-… ¡Alex! ― Llamó. El aludido se quedó un segundo tieso pero siguió caminando. Todas las esperanzas que el alegre danés había formado en esos veinte minutos, comenzaron a desplomarse. Lo llamó de nuevo.

Y el noruego se detuvo y giró.

Soren sonrió.

― Felicitaciones, hemos ganado.

Para su sorpresa, el noruego trató de dibujar una ínfima curva que se suponía, intentaba ser una sonrisa.

― Sí. Felicitaciones también.

Y se dio media vuelta.

Soren, como siempre, tendía a presionar a más de lo que las otras personas eran capaces, prosiguió, demasiado envalentonado y atontado.

― Alex ― Lo llamó nuevamente.

El noruego arrugó las cejas.

Las cosas se daban perfectamente para solucionarse con Soren. Pero por otro lado, la barrera dentro de su mente seguía. Seguía ahí.

Giró, presionándose. Hasta qué punto era capaz. La conversación de ayer seguía en su cabeza.

Era momento, de ser capaz de algo. Abrió la boca, inhaló pensando en las palabras de disculpas que hace tanto tiempo tiene formuladas.

El aire se retiene en su lengua.

Cobarde.

―…Quiero irme a bañar.

COBARDE.

Quería matarse.

Soren se quedó de pie mirándole irse.

Están tan a punto.

Tan solo…

Milímetros.

-X-

Scott se mira al espejo. Su rostro se ve aún más pálido con las ropas oscuras que se puso.

El puñal aguarda en el pantalón.

"19:34"

Ya es hora. Toris le dio todo el horario de entrada y salida de personas en la casa del ruso, que era donde lo estaban cuidando.

Hoy la familia saldrá a una reunión.

Habrá solo sirvientes. Y una se encarga de irlo a cuidar cada cierto tiempo.

El pelirrojo calcula todas sus posibilidades. El tiempo para meterse dentro de la casa, las posibilidades de encontrarse con gente. La velocidad y la fuerza de sus piernas.

Piensa en Arthur.

No se lo arrebatarán de nuevo.

Se cubre la mitad del rostro con una bufanda y sale decidido por la puerta del baño hacia el pasillo. Por un momento piensa en entrar a la pieza de Arthur para verlo y darse fuerzas.

Pero sería comportarse demasiado emocional y en estos momentos no se puede permitir eso.

Ya se dará tiempo de regirse por sus emociones, después.

Baja las escaleras y se siente orgulloso de que, aunque duela, puede hacerlo sin muletas. Solo es posible porque él es más fuerte que nadie. Y se siente satisfecho por ello, porque no aguantaría que otro se llevase ese título.

En el primer piso, en la base de las escaleras, Arthur choca con él tras salir repentinamente de la cocina, el té caliente ondea en la taza pero, menos mal, no quema a nadie.

Arthur.

― ¿A dónde vas? ― Preguntó. Scott figura su rostro más indiferente.

― Emergencia en la empresa ― Dice secamente.

Arthur se mueve para dejarlo pasar. El pelirrojo lo queda mirando y sopesa en la idea de besarle por una segunda vez.

No. No ahora.

Sigue bajando manteniendo la cabeza fría. Esto es todo por ti estúpido niño.

Porque no habrá nadie en el mundo que sea capaz de hacer todo eso por él. Él es quien más lo ama en el mundo.

Y tiene que salvarlo.

Cuando cierra la puerta y abre su auto, trata de mantener su cabeza fija en la meta.

Las luces del BWM se encienden. Y arranca el motor.

Recorre las calles más periféricas de Londres, donde menos gente hay y donde menos conocidos puede encontrar.

Cuando se va acercando, deja el auto en un callejón. Lo estaciona y se baja. Un vagabundo lo otea desde la distancia y Scott le dedica la peor de sus miradas, haciendo que huya.

Se coloca su capucha, dejando visible solo los ojos verdes. Brillantes y poderosos.

Está listo.

Camina por las calles a paso rápido y sin mirar a nadie. Una misión. En el menor tiempo posible. Si lo encontraban, todo se iría a la mierda.

Tenía que conseguirlo hoy. Sí o sí.

Las piernas le dolían, porque seguían resentidas, pero aun así tenían la fuerza suficiente para soportar su peso y moverse. Nunca había hecho un recorrido tan largo así, pero en estos momentos apostaba al todo o nada.

A lo lejos, se ve una cúpula de una mansión. Ahí es.

El pelirrojo decide exigirse un poco más y acelerar el paso.

Es una casa imponente. Grande, de fachada blanca y pulcra.

Scott pensó que era para esconder toda la inmundicia de personas que tenía adentro.

Una rodilla le duele. Parece que una pierna ha llegado realmente a su límite tras las doce cuadras que ha recorrido. Pero está demasiado cerca. Demasiado.

Así que sigue caminando, tratando de esconder un pequeño cojeo. Deambula alrededor de la cuadra, que es toda la casa, y busca todos los puntos débiles. Hay cámaras de seguridad y dos guardias deambulan por la zona. Hay pocos lugares para esconderse en el camino para llegar al interior sin embargo todo el perímetro está rodeado por arbustos.

Hay una mesa y unas sillas donde, Scott supone, la familia toma el desayuno los veranos para celebrar algún turbio negocio. Porque el escocés conoce demasiado bien a Iván y a su familia. Más aún desde que ha tenido que trabajar en la empresa que le heredó papá.

Y limpiará al mundo de un cerdo Braginsky. Un cerdo y asesino.

Los guardias se van por un costado, hablando de un partido de fútbol. Chelsea contra el Manchester. Las cámaras están delante de él, en un punto ciego.

Inhala, toma fuerza y se cuelga de la reja, para comenzar a meterse dentro de la mansión.

"20:15"

No lo cree, pero fue incluso más fácil de lo que tenía en su mente. Calculándolo, las cámaras dejaron varios puntos ciegos que él podía tomar provecho. Además, oculto como estaba en toda esa ropa oscura, no sería fácil identificarlo.

Ahora está entrando por la puerta de la cocina, donde solo hay una cocinera demasiado vieja y demasiado sorda como para percatarse de su presencia. Con cuidado, como un gato, recorre agachado bajo la mesa y luego se esconde detrás de una puerta que da directo al inmenso y lujoso recibidor.

Sabía que los rusos eran ostentosos en sus lujos. Y esto lo comprobaba.

― Qué desagradable ― Murmuró. Esperó unos segundos, buscando cámaras, movimiento y entradas o salidas.

Trazó todas las posibles rutas de escape y el mejor lugar para esconderse.

La rodilla le atenazaba con un dolor indescriptible.

Silencio. No había nadie.

Así que prosiguió, subió las escaleras de mármol lo más rápido y silencioso, mirando a todas partes buscando a cualquier persona. Nadie. Nadie.

Debe apurarse.

Al llegar al segundo piso, una hilera de dormitorios se abría por ambos brazos de la mansión. Toris le dijo que Iván gustaba de mantenerse lo más lejos del ruido y del movimiento. Así que tenía dos opciones. Las piezas de los extremos, la derecha o la izquierda.

Pensó en cualquier cosa que indicara que pieza habría tomado Iván. Y en un momento estúpido, se decantó por la izquierda, sólo por un mero pensamiento político.

Qué ridículo.

No. No. Abrir la pieza equivocada le traería muchos riesgos.

"Cuál es la pieza de Iván" tecleó en el celular.

Toris le respondió al instante.

"Fondo Izquierda"

Scott pestañeó perplejo.

Sin opinar nada más, fue a esa dirección. Otra puerta se abrió y él rápidamente se metió entre unos pilares. Era una sirvienta que volvió a entrar.

Scott se quedó unos segundos ahí, aguardando. Como no salía nuevamente, corrió a la última pieza, se agachó y buscó entre el espacio de la puerta con el piso cualquier signo de movimiento.

Nada.

Inhaló.

Era el momento.

Dio otra mirada alrededor y solo se encontró silencio. Scott Kirkland no tenía excusa, era el momento perfecto.

Se levantó y con cuidado abrió la manilla de la puerta.

Iván estaba en la cama y con una mascarilla de respiración asistida. Parecía estar sedado.

― Así te quería ver, hijo de puta ― Murmuró con odio.

Era ahora, se repitió. Ahora o nunca.

Aunque, quizás no era necesario ensuciarse las manos, viendo como estaba la situación. Se dirigió al galón de oxígeno y lo separó de la manguera.

― Púdrete en el infierno, animal. Con Arthur nadie se mete ― Le dijo como últimas palabras.

-X-

― ¡Hermanito, ya llegué! No podía vivir sin ti, así que me fui antes de la cena ― Aparecía Natalya por la puerta.

Automáticamente se quedó paralizada.

Algo no andaba bien.

― ¿Hermanito?

Dio unos pasos más.

Los labios de Iván estaban azules.

Natalya aguantó la respiración. Con temor, puso su mano en el cuello…

Y gritó.

Gritó espantosamente, tirándose sobre el cuerpo en la cama.

-X-

"20:47"

Arthur se muerde los labios tras leer el mensaje en WhatsApp. De nuevo están peleando en casa de Alfred y la madre quiere echarlo a toda costa.

Desde el principio de todo esto, le causó mala espina esa mujer. Y miren como se cumple todo.

Siente miedo por lo que ella es capaz de hacer con Alfred. Una mujer que solo quiere liberarse de su hijo no es precisamente la mejor madre del mundo.

Si al menos su familia fuese normal y pudiese darle acogida…

Pero no, ellos eran un maldito grupo de locos de patio.

Le teclea una respuesta cuando suena el pito de otro mensaje.

Alexander.

"El Oeste ya no tiene jefe. Iván murió. Contenedores junto al vikingo, ahora"

La sangre desapareció de su cuerpo y ahora las arterias y venas se llenaron con hielo.

Mierda.

Eliminó la respuesta que iba a dar al gordo, y en cambio escribió una orden.

"En el pirata a las 9. Emergencia. Avisa a todos"

Sin pensar nada más, saltó la ventana de su dormitorio, como tantas veces lo había hecho desde que se metió al túnel.

Un pozo oscuro, frío y que realmente, a veces veía que no tenía forma de salir de ahí.

-X-

"21:13"

Deambula por las calles, a pasos lentos y sin rumbo fijo. Las luces de las tiendas iluminan por momentos su rostro moreno, pero no hay más luz en ellos. Sus ojos verdes son dos pozos y sus ojeras se marcan vistosamente.

El viento, cuando corre, cala los huesos. Antonio, quien lleva apenas una chaqueta delgada, siente como si le enterrasen agujas por todo el cuerpo.

No tiene ganas de hablar con el mundo, no está de humor para nadie. Por eso hoy no está en el bar de Gilbert con todo el Este, como Arthur ordenó.

No olvida la imagen de Lovino quemándose.

Tenía miedo, incluso ahora. Le duele el estómago y sólo desea borrar ese mal presentimiento.

No se atreve a acercársele. No después de lo que pasó.

"― Eres un verdadero hijo de puta… ¡Yo confiando en ti y me sales con esto! ¿Ahora con qué más? ¿Vendes drogas? ¿Consumes? ¿Matas gente también?

Antonio y sus ojos tristes se quedaron en silencio, no atreviéndose a hablar. Lovino dirigió su mirada oliva sobre él, furioso. Algo en su rostro parecía delatar que en cierto modo no estaba equivocado.

Y Lovino se mordió los labios. Y fue tal el odio de su alma, que Antonio no se sintió capaz de siquiera moverse, de siquiera debatirle.

― Eres una basura, una basura humana… ¡Ya sabía yo que era demasiado raro cuando viniste! ¿Qué harás, maldito? ¿Matarme a mí, ahora que conozco tu secreto? ― Gritó.

― No… Y-Yo no mato gente ― Ni tampoco soy un drogadicto, quiso decir. Se defendió tímidamente. Alzó las manos suavemente, abriendo la boca para querer explicar todo. Pero Lovino se dio media vuelta.

― ¡Estás oficialmente despedido! ¡Mentirosos no quiero cerca! ¡Recoge todas tus pilchas pero no vuelvas por aquí! "

Y lo cumple. Con el dolor de su alma lo cumple.

Sus botines, de suelas gastadas, crujen en cada paso que toca la acera sucia y llena de basura.

Mira al cielo, nublado, ceniciento y poco amable. Hoy más que cualquier otro día, siente que todo está justo en la mierda. Y que él no tiene forma de salir de ese lugar.

Los chicos lo invitaron a casa de Gilbert a tomar y jugar póker después de la reunión con Arthur. Los rechazó amablemente, sin ánimos para soportar contacto humano. Francis lo atrajo unos segundos a él, en la despedida.

― A lo que necesites, yo estoy aquí para ti. Llámame.

Pero Antonio no quería llamar a nadie. No quería ver a nadie. Quería perderse en los laberintos de la ciudad y estar solo, de la mano con su propia soledad. Agradecía el buen corazón de Francis, y tal vez sería para otra, o cuando se sintiese mejor.

Un rulo demasiado conocido osciló por el aire. Y unos improperios en un idioma inentendible.

El rostro de Lovino apareció en la masa de gente.

Antonio se quedó tieso.

Abrió los ojos como platos cuando vio a los desgraciados del Oeste sosteniéndolo.

-X-

― ¿Estás seguro? ― Preguntó Arthur. Alexander asintió.

― Si no lo estuviera, no te habría llamado. Tenemos que decidir cómo actuar. Se irán contra nosotros ¿De verdad no fue ninguno de ustedes? ― Preguntó nuevamente Alexander. Estaba tenso. Es la primera vez que el inglés lo ve de ese modo.

Aunque también hay razones de peso.

― Hice llamar a todos para hablarlo. Aunque dudo mucho que alguno de ellos lo hiciese, lo habría avisado. Y ninguno de ellos realmente quiere meterse en problemas gratuitamente. Vamos ahora, y hablamos con mi gente, ya los convoqué― Alexander sintió recelo de estar solo con todo el Este, que si bien eran sus aliados, en las pandillas todos se traicionaban.

Están todos hundidos, a Arthur de nada le sirve tratar de torcerle la mano.

― Mi gente todavía no lo sabe. Aunque no dudo que no tardarán. Berwald maneja demasiado bien las redes ― Sostuvo. El inglés asintió. Aunque internamente, la imagen del titán de piedra chateando, le resultaba estrambótica.

― De nada sirve trabajar por separado. Habrá que juntarse. No podemos ir solos por las calles.

Alexander lo sabía también.

Ellos eran los principales sospechosos.

― Oh… maldición. Las cosas van de mal en peor ¿Alguna vez tendré un respiro? ― Se desahogó inconscientemente con Arthur. El inglés suspiró. Se sentía igual que él.

― Cuando algo va mal, significa que luego irá mucho peor.

Y Alexander no pudo darle más la razón.

― Espera ―Espeta Arthur. Señala a un sitio. Frunce sus gruesas cejas y el noruego trata de seguir su mirada― ¿Ese no es…? ¡Antonio! ¡Y allá se ve Sadik! ¡Alexander, Antonio es de los míos y el otro es del-!

― Oeste. Lo sé ― Terminó la oración. Se miraron por unos segundos. Y bastó para entenderse.

Corrieron apoyando al español.

No había tiempo para avisarle nada a nadie.

― ¡Lovino! ― Grita el español y el muchacho lo busca con los ojos.

― ¡Antonio!

― ¡Tú! ― Ruge Sadik, mientras aprisiona a Lovino, quien además tiene el rostro cubierto de hollín y sangre― ¡Nuestro jefe está muerto y tú lo mataste!

El español se pregunta que le hicieron a Lovino.

Lo dañaron.

La sangre le hierve.

― ¡Yo no he matado a ningún hijo de puta! ¡Suelta a Lovino!

Heracles se adelanta.

― No. Lo mataremos a él y te mataremos a ti. Nos vamos a vengar ― Escupió. A lo lejos, Vincent venía con uno del Norte.

Antonio en esos momentos no dudó en que iban a matarlo.

Pero primero, salvaría a Lovino. No importa cómo. Lo haría.

― ¡No hemos matado a nadie! ― Gritó una voz a sus espaldas. Antonio giró y descubrió a Arthur con el jefe del Sur, acercándose.

Nunca creyó sentir tanto alivio al ver a Arthur.

― ¡Arthur, tienen a un inocente! ¡Lovino no ha hecho nada! ¡¿Qué mierda pasa?! ¡Hablan algo de Iván! ― Gritó Antonio.

El inglés se acercó a él e hizo crujir sus nudillos.

― Alguien mató a Iván. No tengo ni puta idea quien, pero ellos no entenderán de razones. Vamos a tener que mantenernos los tres ― le murmuró entre dientes. Antonio hizo de su boca una línea y asintió.

Esto. Esto realmente era como irse de picado al mar desde un precipicio.

Pero no importan las ínfimas posibilidades.

Lovino saldría con vida de esto.

Alexander inhaló profundamente, calculando las posibilidades de ganar.

Mínimas.

Así que había que luchar inteligentemente.

― Arthur quiero a Vincent, soy el más alto. Tú ve a Heracles y el otro… ― Pero ya Antonio iba directo a Sadik, quien tenía a Lovino.

― Ya veremos cómo sale lo demás ―Dijo Arthur y se fue a hacerle apoyo a Antonio, quien ahora estaba golpeando a Sadik y era a su vez, aporreado por el griego.

Caos. Maldito caos.

Detesta realmente estar en esto. Llenarse de sangre, pelearse con gente, vivir con miedo.

Pero esta es la vida que le tocó.

El noruego a lo lejos le hacía una llave a un oriental y esquivaba por milímetros un golpe del holandés.

Alexander se movía realmente bien. Pero Vincent era un peso pesado y necesitará ayuda. Arthur lo sabe, y sabe que no puede dejar que se pierda nadie de sus aliados.

Tomó del cuello a Heracles y lo tiró lo más lejos posible de Antonio.

― Oh, no… Tú te enfrentas a mí.

Antonio en tanto estaba furioso.

― ¡Suéltalo cobarde de mierda! ¡¿Qué te ha hecho?!

― ¡Ayudarte! ― Rugió Sadik. Antonio le dio una patada para botarlo y en ese momento de desconcierto alcanzó a soltar a Lovino.

― ¡Corre! ― Le gritó. Lovino estaba en el piso, congelado. Antonio se desesperó ― ¡Corre, maldita sea, corre!

¿Así que le preocupaba el niñito ese? Sadik sonreía. Había métodos de dañar a alguien sin tocarle un pelo. El turco lo sabía, porque eso era una de las cuantas cosas que habría aprendido con su jefe.

Y le demostraría, estuviese donde estuviese, que era un buen pupilo.

Sadik, como un león, se abalanzó a Lovino. Dándole puñetazos de hierro en el rostro hasta que sus nudillos se mancharon con sangre. Antonio se abalanzó sobre él, desesperado.

No tenía nada.

Ni un arma.

Nada.

Agarró el cuello de Sadik para tirarlo hacia atrás, deseando alejarlo lo más posible de Lovino. Pero parecía que el turco lo sabía y con más saña se iba contra el indefenso. Antonio estaba ahorcándolo y parecía que Sadik fuese un ser sobrenatural, porque seguía tratando de destrozar carne.

El español se tiró de espaldas junto con él en un gran esfuerzo, porque el otro era mucho más grande y pesado.

No por nada era el Toro Carriedo.

― ¡No sabe pelear! ¡No sabe nada de eso! ¿Qué mierda te pasa jodido de la cabeza? ― Le gritó en el oído. Sadik comenzó a aporrearlo como pudiese en esa situación. El costado de Antonio comenzaba a doler. Pero nada le importaba.

Lovino está en el piso.

Mierda.

Miró con desesperación a Arthur, pensando en si lo podía ayudar pero éste estaba lejos.

Antonio quería llorar, porque nada podía hacer.

― ¡Lovi!

Y Lovino no se movía.

Lo odiaba. Se odiaba. Se odiaba tanto por meterlo sin querer en esto.

― ¡Deja de moverte maldita seas! ―Rugió al turco al que botó y le dio una patada en la cabeza. Corriendo como podía hacia el italiano. Lo tomó y suavemente le pegó palmaditas para despertarlo ― Lovi… Lovi, despierta. Lovino…

El muchacho no reaccionaba.

Y Sadik en tanto saltó sobre él con un ladrillo roto. Antonio no lo vio venir hasta que escuchó el crujido de otra persona.

Y perdió la cabeza cuando la sangre comenzó a salir del rostro de Lovino.

Arthur como pudo le hacía una llave a uno del Norte, mientras trataba de esquivar unos cuantos golpes de Heracles. Y usó al mismo cuerpo inmovilizado como defensa y bolsa de boxeo.

Observó a Alexander por si podía ayudarle.

Pero estaban en las mismas.

Momento.

¿La hermana de Iván estaba ahí?

Arthur comenzó a gritar que tuviera cuidado. Pero parecía que el otro no lo escuchaba.

Alexander bloqueaba los golpes de Vincent y en otros los recibía, ya algo en su rostro comenzaba a brotar escarlata, pero esperaba el momento para atacar.

― Oh, por favor… eres más inútil que una bolsa de boxeo ¿De verdad el Sur está tan mal?

Alexander sonrió internamente.

Y en un momento el holandés alargó demasiado la mano. Y Alexander lo dio vuelta y con un movimiento atlético, dio una patada curva que llegó dolorosa como una estocada.

― E-el Sur está espléndido ― Escupió sangre y le torció la mano sin piedad. Algo crujió. Y Vincent gritó.

Alexander creyó que podía tener el control.

Creyó.

Porque una mujer que no había visto se abalanzó sobre él con un machete.

― ¡Tú lo mataste! ― Gritó.

Alexander esquivó horrorizado el golpe que buscaba cercenarle el cuello.

― ¡Yo no he matado a nadie!

― ¡Mientes! ¡Mientes y morirás del peor modo posible! ¡Mi hermanito! ¡Me hermanito! ― Rugió la muchacha demasiado delicada y aterradora, que parecía de una película de terror.

Alexander se alejó y Vincent lo tacleó, botándolo al piso. La loca del machete lo siguió y se abalanzó sobre él, ahora que no tenía escapatoria.

El dolor del brazo abierto fue espantoso.

Esto era una carnicería. Una locura. Un infierno.

Con el brazo bueno golpeó a ciegas a Vincent, porque entre los golpes, la sangre y el miedo, apenas pensaba y veía bien.

Y cayó. La mole cayó.

Fue directo a la sien.

Sin tiempo, rodó por el piso y trató de alejarse lo mejor posible para escapar de la loca. Iba a matar a alguien si no la desarmaba.

Antonio estaba sobre el turco, por mucho tiempo, golpeándolo.

Era una escena dantesca.

Heracles cayó de rodillas.

― Te aconsejo que te vuelvas de donde te metiste, chino de mierda. Soy el Punk Kirkland ― Amenazando en un gruñido que buscaba esconder el miedo.

Im Yong Soo se quedó quieto.

Le enseñaron a temerle a los Kirkland. Pero este muchacho…

― No te ves demasiado grande, solo tu boca ¿Seguro?

Y Arthur le dio un puñetazo en el mentón que lo botó.

― Seguro. Vete.

Y decidió que era mejor irse. Y volver con más gente.

― Esto no se quedará así…

Arthur estaba exhausto. Exhausto y adolorido. Pero como pudo corrió donde Alexander, tratando de ayudarle con Natalya. Los rumores que corrían eran que tenía una afición a su hermano y que estaba realmente loca.

El machete en la mano no ayudaba a contradecir lo que decían.

― Vamos Natalya, se una niña bonita… Suelta el arma. Aquí nadie mató a Iván. Íbamos a tomarnos unas copas ¿Sabes? ― Hablaba como si fuera a una niña de 10 años ― Las niñas no deben tener armas tan peligrosas, menos hacer daño a gente inocente…

― ¡Cállate tarado! ― Y le tiró el cuchillo como si jugara a los dardos. Arthur se tiró al piso y rodó, con la sangre hecha hielo.

Alexander saltó y le dio un golpe certero, noqueándola.

Así que esa era la modalidad de pelea del jefe del Sur. Golpes certeros y mortales.

Arthur agradecía entonces ser su aliado y no su enemigo.

― Tu hombre. El niño ―Respiraba cansinamente el noruego, señalando a Antonio más allá. Arthur se asustó cuando vio un cuerpo en el piso. Corrió donde el chico para verlo.

Santísima mierda.

Estaba destrozado.

Buscó su pulso y para su calma, lo encontró. Demasiado débil pero lo encontró.

― Hay que llevarlo pronto al hospital. No sé si vaya a sobrevivir ― Antonio se alzó de golpe al escuchar eso. Sadik inhaló por la boca, ya teniendo la nariz rota.

― ¡¿Qué?!

Alexander rebuscó en sus bolsillos y se sorprendió cuando sacó su celular despedazado. En algún momento de la pelea lo trituró.

― Dame tu celular Arthur. Llamaré una ambulancia. ― El inglés metió la mano en el bolsillo y se lo pasó. El noruego comenzó a hablar. Al poco rato cortó y se lo devolvió. Arthur murmuró un agradecimiento.

Alexander se fijó en el hombre en el piso.

― Vete. Vete o te rematamos.

Sadik, arrastrándose se fue hacia Heracles, tratando de despertarlo.

― Nos vamos a vengar de todo esto. Que les quede claro ― Amenazó con sus ojos anaranjados refulgiendo.

Arthur sonrió con acritud.

― Oh, te vas a arrepentir de haberlo hecho.

El turco, como una bestia herida, se movía lentamente, sin quitar un ojo en ellos. Tomó al caído y se fue lento, torpe.

Arthur se sorprendió de que no haya mirado a Vincent, que también estaba en el suelo. Así que sospechó que el holandés no era alguien muy querido en el grupo.

La adrenalina, poco a poco comenzaba a bajar de su sangre.

Oh… Señor.

Se salvaron del suicidio. Suicidio, verdadero suicidio.

Una lamparita se le encendió al inglés. El Este estaba esperándolos.

Alfred debe estar histérico. Hace cuánto tiempo atrás se supone que iban a llegar.

"21:34"

10 LLAMADAS PERDIDAS.

Arthur sonrió seco. Ya se mentalizaba para los gritos.

Apretó un botón de discado rápido.

―… Alfred, sí, soy yo. Lamento la demora… Sí. Sí… ― Rodó los ojos. Ya se preparaba para disparar la bomba. Oh, estaba sangrando de la nariz. Apretó con la otra mano el tabique de ella― ¿Puedes venir a la gasolinera junto al Mc Donald's? Mataron a Iván, y nos topamos con el Oeste… Y bueno… Sí- Espera Alfred, deja de gritar, maldita sea… Sí, te esperaré allá. Avísales a los demás… Sí, estoy bien… Lo prometo. Deja de gritar, me duele la cabeza…

Y se sobresaltó.

Alexander alzó una ceja. Arthur respondió la pregunta tácita.

― Me cortó.

― Vete con los demás. Yo me quedaré con Lovi hasta que llegue la ambulancia― Habló repentinamente Antonio. El inglés se giró a él.

― ¿Seguro?

― Sí. Quiero quedarme con él, a solas ― Antonio giró a verle y era una imagen patética y desgraciada, como un perro vagabundo después de una pelea. Arthur sintió realmente pena por él. Así que solo asintió.

― Les diré a los demás que no te molesten. Avísame como está él ― Dijo señalando al joven en los brazos de Antonio.

―… Sí.

Alexander se dio media vuelta, zigzagueando por la calle. Daba pasos lentos y se sostenía un brazo.

― También te ves mal ¿No quieres que te acompañe a casa? ―Dijo Arthur. Alexander solo le dedicó una vaga mirada.

― No. Estoy bien y además vivo cerca. Nos juntaremos todos para otra ocasión. Quiero revisarme la herida.

― ¡Espera! ¿Qué te pasó en el brazo?

El noruego señaló un tajo, una larga y fea herida.

― La loca. Pero no es grave. Estoy bien.

― No se ve precisamente un rasguño… ¿Seguro que-?

― Kirkland, estoy bien. Sólo quiero irme a casa. Luego hablamos y nos ponemos de acuerdo. ― Hizo una seña con la cabeza, ya harto de casi todo.

― Está bien.

Arthur subió la mirada al cielo. Cerró los ojos y dejó que el frío acariciase sus mejillas adoloridas.

¿A quién rayos se le habrá ocurrido matar a Iván?

-X-

Alexander deambulaba por las calles, haciéndose presión en la herida que la loca le hizo con el machete.

Su respiración se condensaba como volutas de humo a su alrededor. Y se sentía algo mareado, entre tanto golpe en la cabeza y entre tanta sangre perdida.

Si hubiera estado Berwald o Soren, las cosas habrían estado realmente a favor de ellos. Pero eran tres. Tres contra tantos. Y la loca del machete valía por dos. No era que Arthur ni él fueran incapaces de valerse por sí mismos, pero a pesar de que Arthur era el Punk Kirkland y él fuese cinturón café en kung fu, luchar contra tantos y salir como están era un logro.

Un logro un poco miserable pero, al menos, no están muertos.

Se preguntó cómo estará el niño que habían masacrado y que rescató el tipo de Arthur. Ese niño… realmente parecía que lo habían matado. Esperaba que no. Solo que estuviese muy herido o inconsciente.

Sus pasos son torpes y tambaleantes por la acera húmeda.

Recuerda la otra vez que estuvo herido y fue a casa de Soren. Éste se puso histérico.

No lo quiere reconocer, pero sentía algo raro cuando era él quien podía cambiarle esa cara de idiota sonrisas que tenía.

Los faroles de las calles ya se han encendido.

¿Será egoísta?

Es como si deseara llamarle la atención preocupándole.

Sigue caminando, recordando las manos de Soren sosteniéndole el rostro, y tratando de ser lo más delicado posible para pasarle el algodón con alcohol por la cara. No le quiso decir que en verdad seguía siendo bruto y que le dolía como el diablo.

Quizás está haciéndole mal tanta pérdida de sangre y neuronas. Porque, normalmente, no se detendría demasiado en divagar en cosas como esas.

O tal vez, el raro de Tino está lavándole el cerebro.

Un auto pasaba a toda velocidad en dirección contraria y se detuvo en un derrape improvisado en la gasolinera.

Se dio vuelta para ver si era real su sospecha.

El novio de Arthur salía rápidamente del auto e iba donde él, a esta distancia no sabe si lo abraza o qué. Solo se escuchan voces vagas.

Alexander, solo, atontado y herido, sonríe. Y sigue caminando a su casa.

El mundo da demasiadas vueltas.

Sería agradable tener un alguien incondicional que, en el momento en que lo llame, esté siempre con él. Alguien en el que pueda confiar y no importa si son las tres de la mañana con tormenta, él estará ahí. Apoyándolo eterno.

Oh. Espera.

El noruego se queda quieto, apoyándose en el metal de un farol.

Soren siempre hace eso.

-X-

La puerta suena. Emil se levanta. Todo el Sur está en su casa. Se corrió la voz de que mataron a Iván y Alexander no aparece ni contesta el teléfono.

El ambiente es tenso y ahora se puede cortar con el cuchillo.

― Espera, pueden ser enemigos ― Dijo Soren, levantándose también. Su rostro es tenso y crispado. Emil nunca lo había visto así en todo el tiempo en que lo conoce.

Berwald corre su silla.

― ¿Y si es Alex? ― Dijo Tino levantándose.

Soren camina hacia la puerta y la abre de golpe. Sin miramientos ni recelos. Al ataque como siempre.

Exclama.

― ¡Noru!

Y Alexander se desploma sobre él.

El danés lo abraza fuertemente, cayendo de espaldas en la alfombra del salón de estar.

Las manos grandes y cálidas recorren el cuerpo del inconsciente buscando heridas o huesos rotos. Y los dedos se llenan de sangre.

― No, Noru, Noru…

El Sur corre hacia él.

-X-

Scott se fuma un cigarrillo mientras mira el Támesis. El viento corre helado y mueve el agua de un modo tormentoso.

Su cabeza no piensa en nada. Su rostro es piedra.

Solo por Arthur.

Se ha vuelto el asesino de un asesino.

-X-

Alexander despierta cuando siente algo mojado sobre su cabeza.

¿Sangre?

¿Lluvia?

Abre lentamente los ojos. Un aguijón de dolor le penetra el brazo.

Inhala dificultosamente y el aliento le queda retenido.

Soren está a su lado. Muy serio.

― ¿Así que fuiste así sin más a pelearte con todo el Oeste sin pedirme que te acompañe? ¡Te podrían haber matado, maldita sea, Alexander! ¡A Iván lo mataron y se la agarrarán con cualquiera! ¡Y tú yendo ahí sin más! ― A cada palabra, el tono de su voz y la ira aumentaban.

― Pasó de un momento a otro ―Explicó escuetamente. Los demás del Sur estaban alrededor de él, menos Tino, quien entraba con una bandeja con tazas.

― ¡Oh, gracias al cielo despertaste! ― Dejó la bandeja sobre la mesa y corrió hacia él para abrazarlo. El noruego, abrumado solo atinó a poner una mano en la espalda de Tino.

A Soren a su lado, le temblaban los puños.

― Quiero hablar con él. A solas.

Tino se levantó y alzó sus cejas, sorprendido. Emil se levantó silenciosamente, en cambio Berwald se quedó de pie al fondo del dormitorio, aunque aguardaba la reacción de Tino.

― ¿A solas? Soren ¿Crees que sea buena idea?, recién despertó. Pueden hablar de lo que sea en otro momento.

Pero, para Soren, no había otro momento.

― Tino, no lo pido. Lo exijo. Ahora ― Y el finlandés quedó helado ante la seriedad y el poder que expelía el danés.

Sencillamente asintió. Y se fue. Emil ya había desaparecido. Y Berwald ya le iba a la siga.

Se quedaron a solas.

La mirada de Soren era dolida.

― ¿Cuál es tu maldito problema que no puedes confiar en mí? ¡¿Por qué no me llamaste?! ¡Tienes que llamarme cuando pasen cosas como estas!

― Pasó de un momento a otro ― Repitió y se sentó en la cama. Seguía atontado y algo confuso, pero menos que antes.

― ¿Y qué tanto te cuesta llamar al puto teléfono? ¡En cinco minutos estaría ahí para masacrarlos!

Alexander pensó en Arthur y en Alfred. Cada vez que Alfred le recriminaba de algo a Arthur, fuese donde fuese y no importando quien estuviese también.

No podía ser como ellos, obviamente. Pero el Déjà vu permanecía.

― Me lo destrozaron― Explicó. Soren seguía rojo de la ira. Parece que la excusa no le satisfacía en lo más mínimo.

― ¿Y no tuviste el cerebro para haberme llamado desde mucho antes?

Alexander estaba sorprendido de la nueva actitud que había tomado Soren.

― ¿Por qué te enojas tanto? Estoy bien. Con vida. Listo.

Y Soren en esos momentos tenía ganas de ahorcarlo.

― Qué… Cómo que estás…

Alexander pensó en su mamá.

Se levantó con torpeza, con un brazo apenas y utilizable, y se irguió.

― ¡Oye, cuidado!

Alexander también pensó en Soren.

Y pensó en su infancia.

Y ahora en su adolescencia.

Mamá sonríe en su cabeza.

Da unos cortos pasos por la mullida alfombra. El danés tiene una cara realmente ridícula en estos momentos.

Siente algo en su cabeza que hace efervescencia. Está nervioso. Demasiado tenso.

Pero los brazos temerosos del noruego rodean el pecho del contrario. Con lentitud. Con miedo. Con torpeza.

Estaba aterrado de que el calor le rompiese la mente.

Pero el pecho del estúpido de Soren era demasiado cálido. Tanto como para dañar.

El danés está mudo, mirándole.

Alexander no quiero mirarlo. Sólo quiere quedarse aquí.

Así que esto era abrazar a alguien.

El agua cae al piso. Moja la polera de Soren, salpica los pantalones de ambos.

Y a Soren parece que le dijeron que los aliens eran simpáticos y venían a ser amigos. O que los vikingos de nuevo se pusieron de moda.

Pero esto era mucho mejor.

Mucho. Muchísimo mejor.

Y le responde lentamente el abrazo. Delicadeza sería pedir mucho.

Alexander sigue con los ojos cerrados.

Y el agua corre de su frente, de sus mejillas y de su mentón. Ya no se triza, solo se derrite.

Mamá sonríe.

Y Alexander, que nunca será de palabras, sólo apoyó su cabeza en el hombro de Soren.

Y para el danés esto es el paraíso y ahora, todo el sufrimiento anterior valió la pena.

Toda la vida valió la pena, mientras se moja los pies con el agua fría, y tiene a Noru tan cerca de él.

Soren apoya su frente en la cabeza de Noru y aspira su olor. Y le da su calidez. Daría su último aliento si fuese necesario.

Alexander Bondevik está renaciendo entre la nieve. No es un fénix que nace de entre las cenizas.

Él aparece de entre la carcasa de hielo y frío.

Ahora no sabe que es lo que le espera. Pero no quiere jamás que le vuelvan a decir cobarde.

Se aferra más a la fornida espalda de Soren.

Tino, entre el rabillo de la puerta, festeja silenciosamente.

-X-

Notas: El capítulo más largo escrito en mi vida. Gracias Joe, gracias por ser la mejor y por darte el tiempo para corregir esto. Ya nos iremos a vivir a un pueblucho abandonado de la mano de Dios en Escocia, criando ovejas y huyendo de todas nuestras responsabilidades como unas indecentes.

Les hago las mismas preguntas que en el anterio: ¿Qué personaje fue el más destacado? ¿A quién odian? ¿Qué escena les gustó más?

Respuesta a los reviews sin cuenta:

Alex-cuack: Bueno, he vuelto. Y bastante pronto volví con un nuevo capítulo. Gracias por las felicitaciones :3 Espero que este nuevo capítulo también te guste.

Shacketita: Siii, demoré pero lo continúo jeje. Yo ni me he metido a ver que nuevas historias hay, me da miedo saber qué cosa han escrito o qué cosa está de moda. Explícame como es que te enteraste… me siento toda una celebridad (?). No, en serio, estoy sorprendida. Y yo siempre respondo, chica ;)

Yoo: Jajaja, aplausos para ti. Sí, es una tortura y un placer escribir un montón. Pero con tanto que tengo que decir, resulta necesario. La continuación, también espero que te guste. Mis dedos a estas alturas tiemblan de tanto que escribí. Besos!

Guest: Bueno, no le hallo nada de malo que seas un muchacho hetero y que te guste mi historia. Es más me resulta fantástico y viva la diversidad! Jajaja.