Capítulo 24

Bulma había dejado caer la bomba solo unos momentos antes, y resultó tan inesperada que sorprendió a Maron a contrapié. Sin tiempo para recobrarse del impacto, había sacado la pistola de Raditz del bolso en cuanto oyó la voz de Vegeta, ignorando las protestas tanto de su novio como de su hermana.

Y entonces, antes de que pudiera ni siquiera pestañear, el cazarrecompensas estaba de pronto en la habitación. Era grande y oscuro y aterrador, a pesar del incongruente ramo de flores que llevaba en su enorme puño y del tono suave de su voz al llamar a su hermana. Aunque el corazón hacía todo lo posible por salirse de su pecho, no le pareció que Vegeta se arredrara en absoluto.
—Maron Briefs, supongo —comentó. Bajó despacio las flores que ocultaban sus ojos color caviar ruso y que entornaba bajo su pantalla de pestañas negras—. Deja la pistola, antes de que alguien salga herido —ordenó en un tono cortante. A continuación, ignorándola por completo como si diera por sentada la ejecución de sus órdenes, se volvió hacia Bulma y le tendió el ramo de tulipanes—. Toma —gruñó—. Son para ti. Siento mucho lo de antes. Creo que me porté como un gilipollas.

Bulma aceptó el regalo y estrechó el húmedo ramo contra su pecho. Pero su mirada nerviosa seguía clavada en la oscilante pistola. —Maron, por favor —imploró. Maron no estaba acostumbrada a que un hombre la ignorase de esa manera.

—Escucha, amigo —le dijo al perfil de Vegeta—. No queremos problemas. Solo hemos venido a llevarnos a Bul. No queremos herir a nadie.

Vegeta volvió la cabeza hacia ella.

—Pues ya puedes estar haciendo otros planes. Porque no te la vas a llevar a ninguna parte.

La ardiente determinación en sus ojos hizo que Maron retrocediera un paso. Pero enseguida se recobró. Se irguió cuan alta era y alzó tanto el mentón como el pecho.

—Escucha, la pistola la tengo yo. Aquí no eres tú el que da las órdenes.

Y en un segundo, Maron se encontró de frente con el cañón de la pistola de Vegeta. Joder, ¿de dónde había salido eso? Ni siquiera le había visto sacarla.

—Raditz… —Para su eterna humillación, su voz era un chillido varias octavas por encima de lo normal, y se había roto en la primera sílaba. Raditz fue a levantarse de la silla, pero la queda orden de Vegeta y la mano firme con que apuntaba a Maron con la pistola le obligaron a hundirse de nuevo en el cojín.

—¡Vegeta! —protestó Bulma.

Pero Vegeta la ignoró también. Miraba a Maron, preguntándose cómo había podido confundirla con Bulma. Se parecían, sí. Pero una vez que se las conocía, las diferencias destacaban más que las similitudes.

—Agáchate despacio y deja la pistola en el suelo —ordenó. Al ver que ella no reaccionaba con suficiente rapidez, añadió con un grito—: ¡Ahora!

Maron obedeció.

—Empújala hacia mí con el pie.

Maron le dio una patada de mala gana. Vegeta se guardó las dos pistolas a la espalda, en el cinto del pantalón. Luego se enderezó y sonrió con imparcial alegría a las tres personas que tenía delante.

—Bueno, bueno… Qué situación más interesante.

—Más interesante de lo que te imaginas —se oyó otra voz en el pasillo. Vegeta, lanzando una obscenidad en voz baja, se volvió despacio. Zarbon Cadenas entraba en la habitación protegiéndose los ojos con la mano. Pero en el mismo momento en que Vegeta advirtió que el recién llegado tenía la visión reducida, Zarbon blandió la pistola para apuntarle.—Ni lo sueñes —ladró—. De hecho, yo en tu lugar me lo pensaría dos veces y respiraría hondo. Aunque esté medio ciego, eres un blanco perfecto, y francamente, gilipollas, me estás empezando a sacar de quicio.

—No, ni lo sueño —masculló Vegeta.

Pero el Cadenas no escuchaba. Se había quedado mirando más allá de él, con la boca abierta.

—¿Gemelas? ¿Putas gemelas?

—Bueno, yo no estoy segura de que ese sea el adjetivo más adecuado — comenzó Bulma, pero Maron le aferró el antebrazo y le dio un apretón de advertencia. Zarbon ni siquiera escuchaba.

—¿Cuál de las dos es Maron? —preguntó.

Las hermanas se miraron. Luego, se volvieron hacia el Cadenas y contestaron al unísono:

—Yo.

—¡Bulma! —exclamó Vegeta, al mismo tiempo que Raditz mascullaba:

—¡Ay, mierda!

El Cadenas se volvió hacia los hombres.

—A ver, ¿quién es quién?

Raditz y Vegeta se lo quedaron mirando sin decir nada.

—¡Pues me las cargo a las dos! —saltó Zarbon.

—No —le contradijo Raditz—. La hermana de Maron no tiene nada que ver con esto. El Zarbon Cadenas que yo conozco jamás mataría a una mujer inocente a sangre fría.

—Ya, pues puede que no me conozcas tanto como tú crees. —Pero el Cadenas no insistió. Blandió la pistola en dirección a los hombres—. Levántate, Raditz. Y tú, gilipollas, date la vuelta. —Trazó en el aire un círculo con el arma—. Contra la pared, los dos.

Vegeta y Raditz apoyaron las manos contra la pared más cercana y abrieron las piernas mientras el Cadenas los cacheaba y le quitaba a Vegeta las dos pistolas.

—Vaya, tengo aquí todo un arsenal —murmuró encantado mientras se guardaba las armas en el pantalón. A continuación se sacó una cuerda del bolsillo.

—Chicas, vais a tener que echarme una mano. —Tendió la cuerda a Bulma—. Vosotros dos —dijo a los hombres—. Tumbaos en la cama, espalda contra espalda, con las manos atrás. Átales las muñecas —le ordenó a ella—. Mierda. ¿Y para los tobillos qué usamos? Si hubiera sabido que había dos tíos, me habría traído más cuerda. —Miró en torno a la habitación y se acercó a la ventana. Con una navaja cortó los cordones de las cortinas y se los tiró a Maron. —Toma. Átales los pies. Unos minutos más tarde, los hombres estaban bien atados y el Cadenas los miraba satisfecho desde un lado de la cama. ¡Ja! ¡Si los idiotas que le habían llamado estúpido pudieran verle ahora! Con una sonrisa, retrocedió un paso. —Señoras… —E hizo un gesto para que las gemelas echaran a andar hacia el pasillo—. Después de ustedes. —Y se echó a reír mientras cerraba a sus espaldas la puerta de la habitación.

Una hora más tarde ya no estaba tan contento. Maldita sea. No podía andar por ahí con dos peliazules despampanantes en el coche. Llamaban demasiado la atención, y por lo que sabía la policía podía estar siguiéndole. Tenía que salir de la carretera y pensar en un plan. Gemelas. Joder, joder, ¿quién iba a imaginárselo? ¿Y qué coño iba a hacer con la que no era Maron? Apenas se había resignado a hacer con Maron lo que le habían ordenado, y desde luego no era algo que le apeteciera en absoluto. Después de lo exasperante que había resultado perseguirla por todo el país, ya no le parecía algo tan imposible como cuando salió de Miami, pero desde luego tampoco se hacía ilusiones de que fuera a resultarle fácil. Y lo que era seguro es que no quería cargarse también a la otra. ¿Qué opciones tenía entonces? ¿Y cómo iba a averiguar quién era quién? Entró en el aparcamiento de un buen motel. Si tenían que esconderse un tiempo, no iba a ser en un agujero de ratas. Detuvo el coche cerca de la recepción y se volvió hacia sus prisioneras.

—Voy a por una habitación. Vosotras quedaos aquí. —Y les clavó una mirada fiera—. Hablo en serio. Como tenga que salir detrás de vosotras, os pego un tiro a cada una y en paz. Estoy más que harto de estos villorrios de Pionerolandia. Quiero volver a la civilización y no pienso quedarme por aquí más de lo necesario. —Y con estas palabras salió del coche y cerró de un portazo.
L
as hermanas se volvieron de inmediato la una hacia la otra.

—¿Estás bien? —se preguntaron a la vez, y Maron añadió—: Joder, Bul, lo siento. Menudo follón.

—¿Qué podemos hacer para salir de esta? Yo tengo las esposas de Vegeta. Las cogí mientras el Cadenas andaba trasteando con las cuerdas de las cortinas. —Bulma se metió un dedo en el escote y las sacó unos milímetros para que Maron las viera. Luego se las volvió a guardar—. No tengo la llave, de manera que si caen en manos del Cadenas, estamos listas. Ahora bien, si tuviéramos ocasión de utilizarlas primero…

—Yo le di a Raditz mis tijeras de las uñas —dijo Maron—. Tardarán un rato en cortar las cuerdas, pero pronto saldrán en nuestra búsqueda.

—Pero ¿cómo nos van a encontrar?

Maron le habló del genio de la informática.

—Bueno, todo eso está muy bien —convino Bulma—. Pero solo servirá si el Cadenas paga la habitación con una tarjeta de crédito. Tendría que ser un completo idiota… —Bulma vio a su hermana alzar una ceja y notó cómo una sonrisa tiraba de la comisura de su boca—. Vale. Ya hay que ser imbécil para dejar todos los testigos que va dejando por ahí y todavía salirse con la suya. Así que supongo que lo de la tarjeta de crédito no queda fuera del reino de las posibilidades. No es muy inteligente, ¿verdad?

—Es más tonto que Abundio, pero ni se te ocurra decírselo en su cara. — Maron le dio un apretón en la pierna para subrayar la importancia de su advertencia—. Mira, no creo que sea cruel por naturaleza, pero le he visto dar verdaderas palizas cuando se han burlado de su estupidez.

—Pues entonces me alegro de haberle dicho que era más listo que Freezer. Y según él, siempre le has caído bien, Maron. A lo mejor podemos aprovecharnos de eso.

—De eso y de que crea que la civilización se acaba en la frontera de Florida. Seguro que con eso también podemos hacer algo.

Guardaron silencio cuando vieron que el Cadenas salía de la oficina. Subió al coche un momento después y las llevó hasta un bungalow en la parte trasera del motel.

—Todo el mundo fuera —ordenó.

Apenas entraron en la habitación, Zarbon las miró sonriendo, obviamente satisfecho de sí mismo.

—Oye, ya sé cómo averiguar quién es quién. Bajaos las bragas.

—¿Cómo dices? —replicó Bulma en un tono gélido.

—Que te bajes las bragas, guapa. Maron tiene un tatuaje en el culo.

—Las dos tenemos un tatuaje en el culo.

—Sí, ya —se burló él—. ¡Venga!

Bulma puso los ojos en blanco, pero obedeció, bajándose los pantalones sobre una nalga. No era necesario hacer más, puesto que toda la ropa interior de Maron eran tangas. Mirando por encima del hombro, vio que los ojos del Cadenas se iluminaban.

—¡Joder! ¡Lo sabía!

—Eh… ¿Zarbon? —le llamó Maron. Mientras él miraba a Bulma, ella había expuesto también las nalgas. El Cadenas dejó de felicitarse el tiempo suficiente para echarle un vistazo. —¡Mierda!

—Somos gemelas, Zarbon —dijo Bulma con suavidad, mientras Maron y ella se subían la ropa.

—Ya sé que sois gemelas —gruñó él—. Pero ¿por qué coño os ibais a hacer el mismo tatuaje?

Bulma se encogió de hombros.

—Rebeldía adolescente contra nuestra madre.

Zarbon lanzó otra maldición y se pasó los dedos por el pelo.

—Esperaba poder evitarlo, pero supongo que tendré que llamar al jefe.

—¡Ay, Zarbon! —Maron meneó la cabeza—. A mí no me parece que sea una buena idea.

—¿Por qué demonios no es una buena idea?

—Porque no te conviene nada. Todo esto lo ha organizado Freezer para que cargues tú con el marrón si algo sale mal.

—Freezer no haría eso… Es un amigo. —Bueno, eso es lo que él quiere que pienses. —Maron le dio una palmadita en el brazo—. Pero el único amigo de Freezer es Freezer.
—Mira, las cosas se están torciendo mucho, Cadenas —apuntó Bulma en un tono comprensivo. Zarbon se volvió hacia ella. Bulma se alejó un poco de Maron—. ¿Estás dispuesto a matarnos a las dos?

—Si no tengo más remedio…

—¿Aquí, en esta habitación? El recepcionista te ha visto la cara. ¿No te relacionará con las muertes?

—Eh…

—¿Y qué pasa con Raditz y Vegeta? —preguntó Maron. Zarbon se volvió otra vez hacia ella—. Ellos también son testigos. No puedes matar a todo el mundo. ¿Y sabes lo que dirá Freezer? Dirá que no sabe nada del asunto. Te dejará colgado cuando tú lo único que has hecho es todo lo posible por ayudarle. Y lo que es peor, seguro que insulta tu inteligencia.

—¡De eso nada! ¡Todo lo que dices es mentira, y te lo voy a demostrar ahora mismo! —Zarbon se alejó de las dos para coger el teléfono. Mirándolas ceñudo, marcó el número del Tropicana Club.


—Maldita sea, LaBon, a ver si tienes más cuidado. Es la décima vez que me cortas.

—Oye, lo siento, pero estas no son las circunstancias ideales, ¿sabes? Hago lo que puedo.

—Pues intenta hacerlo sin derramar más sangre, ¿vale?

—Lo creas o no, Ouji, eso pretendo. No haces más que sangrar por todas partes y estas malditas tijeras resbalan.

Vegeta resopló. Esa no era precisamente su principal preocupación. Raditz y él se pusieron a trabajar en las ligaduras en cuanto la puerta se cerró tras el Cadenas y las gemelas. Desatarse los tobillos resultó bastante fácil. Habían logrado mantener bastante espacio entre sus pies cuando Maron los ató. Además, a la chica se le daban fatal los nudos y el Cadenas no había inspeccionado el trabajo. Las ataduras en las muñecas eran harina de otro costal. Bulma había dejado las cuerdas tan sueltas como se había atrevido, pero no era suficiente para soltarse las manos. De manera que lograron incorporarse y ahora estaban sentados espalda contra espalda sobre la cama, mientras Raditz trajinaba a ciegas y torpemente con las tijeras de manicura, cortando poco a poco las ligaduras.

Vegeta se agitaba de impaciencia. Le estaba costando un gran esfuerzo estarse quieto y mantener la boca cerrada, cuando lo que de verdad quería era ponerse a dar gritos de rabia y echar la culpa de todo a quien fuera. Sin embargo, cuando las tijeras volvieron a hundirse cortándole la muñeca, apretó los dientes y se tragó sus protestas.

—¡Ya!

La exclamación era innecesaria, puesto que Vegeta sintió que las cuerdas se aflojaban y luego caían de sus muñecas. Por fin se liberaron a tirones y se quedaron apoyados el uno en el otro un instante, mientras enderezaban dolorosamente los hombros entumecidos para rotar los brazos y asumir una postura más natural. Ahora que estaba libre, Vegeta se encontró presa de una extraña parálisis. Se miró las muñecas cortadas.

—¿Las matará? —preguntó crudamente.

—No. Si tienen cuidado, no lo creo.

—Genial. —Una ronca carcajada escapó de su garganta—. Bulma nunca tiene cuidado.

Raditz volvió la cabeza.

—Según Maron suele ser prudente. Y además es lista.

—Eso sí. Más lista que el hambre.

—Maron también, pero Zarbon Cadenas no. Estarán bien. —Raditz enderezó la espalda, apartándose de Vegeta—. Voy a llamar a Scott. —Se levantó de la cama y se volvió hacia su compañero—. Más vale que te limpies esos cortes. Para entonces yo habré terminado con el teléfono y podrás llamar a la policía.

Vegeta sentía un fiero impulso de ser él quien rescatara a Bulma, pero lo apartó de su mente mientras se ponía en pie. Rechazar la ayuda de Raditz o de la policía sería una irresponsabilidad. Y aunque empezaba a comprender que en ocasiones su necesidad de ser del todo responsable y seguir las reglas al pie de la letra era un poco obsesiva, en ese momento era crucial. No era la mejor ocasión para echar a correr sin ningún plan establecido como un matón atiborrado de esteroides. Además, Bulma no había puesto en duda su sentido de la responsabilidad, sino su tendencia a asumir toda esa carga que conllevaba cuando las cosas se torcían. Pero esta vez no ocurriría. No. Porque tenía la espantosa sensación en lo más interno de su ser de que si a Bulma le pasaba algo, jamás se recuperaría de ello.


Mientras el Cadenas marcaba el número de teléfono, Bulma llamó la atención de Maron. Mediante el lenguaje de signos le explicó rápidamente la maniobra de despliegue de Vegeta y sugirió un posible plan. Maron alzó la mano derecha con la palma hacia arriba y los dedos doblados y luego con la punta de los dedos se tocó la palma izquierda. «Repite.» Bulma volvió a exponerle el plan.

—¿Por qué demonios estás manoteando de esa manera? —preguntó de pronto Zarbon, alzando la vista del teléfono.

—Lo siento. Es que estoy nerviosa —contestó ella, sacudiendo las manos antes de rascarse la nuca—. Eso me tranquiliza.

Vio que Maron aprovechaba que Zarbon no le prestaba atención para indicarle por signos que había comprendido. Pero luego añadió una variación. «¡No!», hizo Bulma con la boca, pero al ver que el Cadenas la miraba ceñudo, se obligó a esbozar una enfermiza sonrisa.

—Pues estáte quieta, que me pones nervioso. Eh, ¿Freezer? —Zarbon volvió a centrar su atención en el teléfono—. Soy yo, Cadenas.

—Espero que me llames para informarme de que has solucionado satisfactoriamente la situación de Maron —fue la fría réplica.

—Pues bueno… —Zarbon carraspeó—. El caso es que hay un ligero problema. Se produjo un momento de silencio.

—¿Qué problema?

—¿Tú sabías que Maron tiene una hermana gemela?

—¡Qué!

—Una gemela. Y está aquí.

—¿Y cuál es el problema? Encárgate de las dos.

Zarbon Cadenas se enderezó, apartándose de la pared en la que estaba apoyado.

—No puedo matar a una mujer inocente —protestó—. Además, está la cuestión de LaBon y el cazarrecompensas. Saben que tengo a las chicas, jefe. Si empiezo a cargarme a todo el que está implicado en esto, vamos a acabar con una pila de cadáveres. La cosa se está complicando un poco.

—¡Escúchame, idiota! Te mandé allí para…

—¿Qué me has llamado? —le interrumpió Zarbon. Una niebla roja comenzaba a alzarse ante sus ojos.

—Maldito idiota —chilló Freezer—. Te hice un encargo que podría haber cumplido hasta el más imbécil, ¿y tú qué haces? ¡Lo conviertes en un puto circo! Pues escúchame bien, Cadenas, porque no pienso…

Zarbon colgó de golpe y se quedó parado, con el pecho agitado y la vista desenfocada, intentando meter algo de aire en los pulmones.

—Lo siento, Zarbon —dijo Maron en un tono suave. Los ojos del Cadenas fueron enfocándose poco a poco hasta ver que la mujer le miraba con lástima—. Te va a dejar en la estacada, ¿verdad?

Zarbon dio un paso adelante a la vez que sacaba la pistola para apuntarle directamente al corazón.

—No, si me encargo de la situación como me han dicho.

—Eso desde luego le iría muy bien a Freezer —observó Bulma. Zarbon se volvió para apuntarle con la pistola—. A ti te relacionarán con alguno de los cadáveres y Freezer dirá que te volviste loco.

—Y moverá la cabeza, apenado, porque un empleado suyo haya podido hacer algo tan horrible —añadió Maron. Cuando Zarbon se volvió para cubrirla, le pareció que en ese momento estaba más a su derecha.

—¡Pues si yo caigo, él caerá conmigo!

—¿Y quién va a creerte, Zarbon? Es su palabra contra la tuya. Es un respetado hombre de negocios en la comunidad, y tú eres un gorila. Yo sería la única que podría corroborar tu historia, pero estaré muerta, ¿no? —Maron se acercó un paso a él—. ¿Y sabes qué es lo peor? Que van a meterte en la cárcel aquí, en el fin del mundo, y no volverás a ver Miami.

El Cadenas se puso pálido.

—Pero podrías testificar contra él —dijo Bulma. Zarbon dejó caer la pistola a un costado y se dio la vuelta. De alguna manera, la peliazul se había puesto a su espalda—. Si te entregaras, podrías hacer un trato a cambio de tu testimonio.

—Aunque tuvieras que cumplir condena, sería en Florida, Zarbon — apuntó Maron. El Cadenas se dio la vuelta una vez más. La chica estaba justo delante de él—. Eres un tío inteligente. Piénsalo. Seguro que tu condena se quedaría en nada si cooperaras.

—¿Tú crees?

—Desde luego que sí. ¿Y por qué se iba a salir Freezer de rositas mientras tú vas a la cárcel?

—Sí —convino Zarbon agresivamente—. Eso no es justo.

—No, no lo es. —Maron tendió la mano—. ¿Me das la pistola, Cadenas?

Zarbon se enderezó muy tenso.

—Ni hablar.

—Pues siento oír eso, porque la verdad es que esperaba de ti un poco más de dignidad. Pero supongo que no nos queda más remedio que recurrir a la técnica del Gordo y el Flaco.

Zarbon esbozó una sonrisa. Siempre le habían encantado el Gordo y el Flaco.

—¿De qué demonios estás hablando?

—De esto.

Y apartándole la mano que sostenía la pistola, le dio un fuerte empujón. Al mismo tiempo, Bulma de una patada le barrió los pies del suelo. Zarbon cayó como un árbol cortado y la pistola salió disparada por la habitación cuando su mano chocó contra la pata de una silla. Rugiendo de rabia se incorporó sobre la cadera para sacarse otra pistola de la espalda. Pero un tacón de aguja se le clavó en la entrepierna, con la suela de cuero aplastándole el pene y el tacón rozándole el escroto en una inconfundible amenaza. Se quedó paralizado. Alzó la vista por una larga pierna blanca, más allá de los sobresalientes pechos, hasta la cara de Maron, que le miraba con expresión solemne. El Cadenas apenas se atrevía a respirar, sabiendo que el más mínimo peso podría hundirle aquel tacón hasta el fondo, y convertirlo en un instante y para siempre en un soprano.


Espero que le haya gustado este capitulo.
¿Vegeta y Raditz las encontraran?
¿Que pasará con Zarbon, cooperará?