Siento mucho haber tardado tanto. Espero que el capítulo os guste :))

Quedo a la espera de vuestras opiniones.

Mil gracias por leer.

Septiembre

Parte 1. No hay nada que me importe más que tú

Debía llamarla. Debía pero no le apetecía. No después de lo que le había contado Emma, eso de que estaba de un humor de perros y contestaba a todo con monosílabos. Pero ya habían pasado dos semanas desde su vuelta del viaje y no podía seguir postergando el momento. Total, si lo pensaba ella no había hecho nada que pudiese haber molestado a Regina.

Vale, sí, había visto las fotos que ésta les había enviado y eran dignas ilustraciones de un libro de los excesos. En todas aparecían Emma y ella abrazadas a multitud de desconocidas o, incluso, casi sobándose entre ellas. Pero tampoco era nada tan grave.

Suspiró y cogió el teléfono. Mientras sonaban los tonos esperaba que la semana que la mujer se había tomado de vacaciones, y de la cual sabía por las becarias de Mills & Co., hubiese surtido alguna especie de efecto tranquilizante.

-¿Sí?- la voz al otro lado de la línea la sobresaltó. Deseaba que no hubiese contestado porque ahora no sabía muy bien cómo debía comportarse.

-Hola, Regi- utilizó su tono de voz más angelical-¿Cómo estás?

-Como siempre- A juzgar por la sequedad de la contestación seguía enfurruñada con el mundo.

-¿Qué tal tus vacaciones?¿Has ido a algún lado?- siguió hablando impasible como si no hubiese percibido la hostilidad que desprendía la empresaria.

-¿Cómo sabes que me he ido de vacaciones? Ah, sí…las bocachanclas de las becarias.

-Sí…-dijo en un susurro. Ahora temía que sus amigas se la cargasen por ella.

-Pues muy bien. Relajándome después de los disgustos.

-¿Quieres que quedemos a cenar esta semana algún día?- soltó la pregunta sin meditarla mucho, aún sabiendo que la respuesta podría ser terrorífica.

-¿Es que no te ha dicho Emma que no quiero veros?- Se quedó callada unos segundos porque no tenía muy claro cómo debía continuar. Tenía ganas de colgar, pero sabía que con Regina era cuestión de no rendirse a pesar de que no tenía ningún tacto a la hora de decir determinadas cosas, y eso resultaba hiriente la mayoría de veces.

-Creía que…que se te había pasado el enfado.

-Pues no lo parece, puesto que te has tomado tu tiempo en llamarme cuando antes lo hacías todos los días.

En eso llevaba razón, debería haber sido capaz de enfrentarla antes. No haber ido posponiendo el momento para ver si se le bajaban los humos. Pero claro, es que Emma le había contado que cuando le cogió el teléfono era como hablar con la pared, y ese panorama no le llamaba en absoluto la atención.

-Lo siento- dijo sin tener muy claro porqué se estaba disculpando, aún así creyó que era lo correcto.

-Más lo siento yo, porque más que enfadada, estoy decepcionada…Y más conmigo que con vosotras.- Le pareció percibir cierto dolor en la voz que sonaba fría como un témpano.

-¿Por qué?

-Porque me fui ilusionada a Los Ángeles, creyendo que os conocía y sólo me sentí sola. Como si las personas que me prepararon la mejor fiesta de cumpleaños de mi vida se hubiesen evaporado y en su lugar sólo se quedaron dos niñas…que es lo que realmente sois por mucho que yo me haya montado mis pajas mentales.- Se le formó un nudo en la garganta y recordó porqué la temía tanto cuando trabajaba para ella. Regina podía llegar a ser cruel.

-¿Todo esto es por las fotos?- Es que seguía sin entender a qué venía tanto drama.

-Mira, Belle. Las fotos es lo de menos, lo que me molesta es que haya tenido que ver cómo sois en realidad en unas imágenes que me juego el cuello que me queríais ocultar. Porque tú, la precursora del anti contacto personal, a esa que hay que mendigarle por un simple beso de saludo, aparece restregándose con todas como si de una cualquiera se tratase.

-¿Me estás llamando puta?- una lágrima rodó por su mejilla, pero se apresuró a secarla de la rabia que sentía. Regina no tenía derecho a juzgarla de esa manera, porque siempre lo hacía duramente.

-¿En realidad te importa lo que yo opine de ti? Por cierto, quiero que sepas que prefiero que Emma se haya enrollado contigo antes que con una desconocida.- eso último le cayó como un cubo de agua fría.

-¿Cómo?¿Qué estás diciendo?¿Emma y yo?

-Sí.

-Regina, estás loca.

-¿En serio? Mira la foto número 525, y no me digas que no las tienes porque estoy segura de que tu amiguita te las ha enviado.- Abrió el portátil y buscó la carpeta con las imágenes. Cuando encontró la indicada la agrandó. Era la típica fotografía echada al ambiente de la discoteca, ellas ni salían.

-¿Qué pasa? No veo nada raro.

-¿Ves la esquina inferior? No me digas que esas dos no sois vosotras besándoos.- prácticamente pegó el rostro a la pantalla. Y la verdad es que las dos chicas que aparecían eran casi idénticas a ellas.

-Regina, es imposible. Estoy de acuerdo que se parecen a nosotras, pero no lo somos…

-Belle no te estoy pidiendo explicaciones, sólo te informo que lo sé. Y que sepáis, se lo puedes decir a Emma, que no me parece mal porque todo esto es mucho más lógico que…- no podía seguir escuchándola, simplemente el cerebro comenzaba a echarle humo. Ya no sentía pena o dolor, sólo rabia. Porque la mujer daba por hecho cosas que ella estaba casi segura de que no habían ocurrido.

-¿Es que eres imbécil?- se tapó la boca con una mano tras soltar la pregunta.

-Tampoco es para que me insultes- El tono de esa voz al otro lado de la línea se le clavó en el alma; era fría, distante y detrás de su aparente fortaleza, había dolor. Regina estaba sufriendo y por eso estaba diciéndole todo ese tipo de barbaries.

-Creo que lo mejor es que te llame otro día…- dijo otra vez al borde de las lágrimas.

-Sí, mejor. Adiós, Belle.

La línea se quedó en silencio.


No podía dejar de pensar en lo sucedido en Los Ángeles. Estaba a punto de comenzar el curso y sentía tal grado de apatía que por ella se esfumaría lejos, y mandaría a la mierda sus estudios. Y todo, absolutamente todo.

Había intentando explicarse una y mil veces el porqué de su comportamiento. No llegaba a ninguna conclusión. Simplemente se sintió libre en un lugar donde nadie la conocía y se dejó llevar por la situación. Olvidándose completamente de Regina y de todo lo que rodeaba su relación. Claro, que no pensó en las consecuencias que sus actos acarrearían.

Ahora se encontraba destrozada, sin ser capaz de comunicarse con la morena, que se cerraba en banda y apenas si le contestaba con un par de monosílabos. La llamaba todos los días e intentaba aparentar normalidad, fingiendo que nada había pasado. Pero Regina no respondía favorablemente a sus intentos de volver a acercarse, porque apenas si le dirigía la palabra y se había negado totalmente a verse. Llegándole a prohibir que se presentase tanto en su casa como en su trabajo.

Así que ya no sabía qué hacer. Estaba claro que ella no había hechos las cosas correctamente, pero estaba intentando enmendar sus errores y la mujer no se lo estaba poniendo fácil. De hecho, estaba sacando las cosas de quicio, porque según le había dicho Belle, Regina estaba convencida que ellas dos se habían enrollado. Y nada más lejos de la realidad.

Lo curioso de todo, es que aunque las cosas en nada se parecían a antes del viaje, la morena no le había reprochado nada. Lo cual probablemente era más doloroso, porque eso implicaba que estaba dolida tan profundamente, tan decepcionada…que no quería que viese lo que en realidad opinaba del asunto.

Se levantó de la cama tras sus pensamientos de todas las mañanas. Y fue directa al baño. Su aspecto dejaba mucho que desear, había adelgazado de nuevo y sólo tenía unas ojeras que prácticamente le llegaban a las mejillas. En tres días comenzarían las clases y no habría manera de que sus compañeros, a los que llevaba todo el verano sin ver, no notasen su demacrado físico.

Anduvo arrastrando los pies hasta la cocina, donde su madre estaba preparando el desayuno.

Cuando delante de ella puso un plato lleno de huevos revueltos, tuvo ganas de vomitar. Apenas si era capaz de pegar bocado. Y es que ya no era sólo que se encontraba inmersa en una situación que se le escapaba de las manos, sino que echaba tan desesperadamente de menos a Regina que se había dado cuenta que sin ella podría llegar a no ser capaz de seguir adelante. Y si eso era el amor, era una gran y realísima mierda.

-Emma- Mary Margaret la miró frunciendo el ceño-¿te pasa algo?- la mujer tomó asiento a su lado.

-No, ¿por qué?- puso su mejor cara de sorpresa.

-Estás muy decaída.- Hizo de tripas corazón y le dio un bocado a su desayuno, aunque no le apetecía en absoluto. Pero menos le apetecía tener que explicarle a su madre la más mínima cosa de lo que le estaba pasando- ¿Hay algún chico?

-¿Cómo?- ahora sí se sorprendió de verdad.

-Sí, ¿hay algún chico del que no me hayas hablado y con el que haya pasado algo?

-No, mamá. Estoy bien- sonrió aunque no le apetecía en absoluto.

-¿Seguro?- ella asintió mientras Mary Margaret ponía una mano sobre la suya.- Sabes que si hay algo que te preocupa puedes contar con tu padre y conmigo para lo que sea.

-Lo sé- pero en realidad no, sabía que si supiesen la verdad, toda la verdad sobre su vida morirían del susto. Así que seguiría guardándose para sí misma a Regina y lo que ellas dos tenían. Era lo mejor para todos.

-Pero sabes una cosa, Emma. Si te ocurre algo, que estoy segura de que es así, coge el toro por los cuernos y soluciónalo. O al menos inténtalo. Porque no pierdes nada.

Su madre llevaba razón, ya llevaba demasiado tiempo compadeciéndose de su situación y no había hecho nada más que llamar por teléfono para acercarse a Regina. Así que por mucho que ésta le hubiese prohibido que la visitase, ella no se iba a quedar de brazos cruzados viendo cómo la quería echar de su vida. Así que decidió ponerse el mundo por montera e ir a hablar cara a cara, para decirle cómo se sentía ella.


Estaba desconcentrada, tanto que no se estaba enterando de nada de la reunión. Pero es que desde el viaje apenas si podía juntar dos ideas sin acordarse de Emma y del que le había causado.

No quería hablar con ella, no quería verla, en realidad, sólo tenía ganas de borrarla de su vida de un plumazo y hacer como que nunca se hubiesen conocido. Porque ya no era una niña para andar así; con el corazón destrozado. No, para ella el tiempo de los romances ya había pasado hacía mucho.

Puede que estuviese magnificando el asunto, pero es que se sintió tan sola…Se había creado unas expectativas respecto al viaje y respecto a Emma, que distaban mucho de lo que había ocurrido en realidad. Y aunque podría parecer enfadada, sólo estaba decepcionada con ella misma por haber creído que podría funcionar un romance con una criatura de 22 años. A veces, parecía tonta.

¿En qué momento le pareció buena idea todo lo concerniente a Emma? Sí, el amor no se puede frenar, pero es que tampoco lo habían intentado. Simplemente se había puesto una venda en los ojos y había abierto su corazón de par en par. Había dejado entrar a la rubia en su vida y en su alma sin pararse a pensar cómo podría llegar eso a afectarle.

Ella era de la idea de que el amor es lo que da humanidad a las personas. Y Emma había sido un huracán que le había vuelto a traer sentimientos que creía extinguidos, pero ¿a qué precio? Porque se sentía desesperada al sentir que la chica era algo inalcanzable, alguien a quién nunca podría optar por muchas ilusiones que se hubiese podido llegar a hacer.

Y se había dado cuenta de todo en Los Ángeles. Cuando se percató de que nunca podrían llegar a ser una realidad. Estaban en momento distintos de la vida y cada una quería una cosa. Ella sólo quería a amar a la joven, pero a ésta aún le quedaba mucho por experimentar. Y eso era lo que había hecho en el festival; despendolarse para vivir nuevas experiencias. Lo cual no era extraño por mucho que a ella le doliese en lo más profundo de su ser.

Le había resultado difícil llegar a la conclusión que había sacado, pero creía que era lo mejor para ambas: tenía que decirle adiós a Emma, para que pudiese continuar con su vida. Lo más curioso era que esa idea no había llegado desde el odio que había sentido al ver las fotos, sino desde el análisis de la situación en general.

Porque las fotos le habían dolido, muchísimo. No le había resultado fácil ver a Emma restregándose con otras mujeres, ni creer en la posibilidad de que se hubiese liado con Belle. Pero lo que mostraban era lo de menos. Lo que de verdad le quemaba por dentro era lo implícito en las imágenes, aquello que le decía que la rubia no valoraba su relación como ella lo hacía. Todo eso era lo que le había empujado a querer finalizar lo que tenían.

Lo había pasado lo suficientemente mal en la vida como para seguir sufriendo por algo, que visto lo visto, no merecía la pena. Porque no podía dejar de preguntarse ¿en realidad Emma estaba enamorada de ella?¿En realidad la quería tan desesperadamente como ella lo hacía? Sus actos le decían que no, por mucho que la rubia le hubiese escrito una y otra vez que la amaba con todas sus fuerzas.

Finalizó la reunión sin que a ella le quedase demasiado claro si había transcurrido bien o mal. Se despidió con unas escuetas palabras y caminó hasta su despacho. Tomó asiento en su escritorio y se cubrió la cara con las manos. Tenía que determinar la manera en la que iba a proceder y hasta que no lo hiciese, sería incapaz de centrarse en nada más que en aquella cuyos ojos se le venían a la mente cada diez segundos.

Miró su móvil cuando este le indicó que tenía un mensaje.

Emma S: ¿Quieres que quedemos a comer?

Suspiró al leer, parecía vivir en un continuo deja vú. En el que siempre se negaba a las peticiones de la chica acerca de verse.

R Mills: Estoy trabajando y ya sabes que de momento no me apetece.

Emma S: ¿Me vas a ignorar para siempre? Porque ni siquiera me has dejado explicarte…

R Mills: Emma, me has contado lo ocurrido un millón de veces. Y sé que me mientes. Así que no tengo necesidad de escuchar la misma historia una y otra vez.

Es que tenía claro que la chica se estaba guardando cosas para sí. Pero ya no le importaba. Si había hecho algo más allá de restregarse y zorrear con todo ser viviente, ya no tenía la más mínima importancia. Pero no estaba dispuesta a seguir escuchando una versión de los hechos que era falsa o, al menos, estaba incompleta.

Emma S: No me refiero a eso, es que tú no sabes cómo yo me siento ahora.

R Mills: ¿Y debería importarme? Porque creo que tú tampoco has tenido en cuenta mis sentimientos.

Emma S: Me he disculpado mil veces, Regina. ¿Qué se supone que tengo que hacer?

R Mills: Dame tiempo, Emma. No estoy de ánimo para nada y mucho menos para enfrentarte.

Emma S: Me estás haciendo daño.

R Mills: No es lo que pretendo, pero tengo que pensar un poco en mí. Ya hablaremos.

Emma S: ¿Te llamo?

R Mills: Ahora no puedo. Adiós, Emma.

Emma S: Te quiero, no te olvides de eso por favor.

Apartó el teléfono, mientras se sacaba las lágrimas que habían comenzado a caerle por las mejillas. No quería quedar con ella porque sería incapaz de mantenerse entera, aparte que no se lo merecía. La rubia no se merecía verla de momento y ella aún tenía que reflexionar.

Los golpes en la puerta hicieron que se serenara rápidamente. No pensaba consentir que nadie la viese en ese estado, aunque claramente todos en la oficina sabían que algo pasaba debido a su humor más brusco del habitual.

-¿Se puede?- Sidney asomó la cabeza por el marco.

-Sí, ¿qué pasa?

-Nada, es que iba a salir a comer y por si te apetecía acompañarme.- le mujer tomó asiento en una de las sillas que había frente a su mesa.

-No tengo apetito. Gracias.

-Regina, no te voy a preguntar qué es lo que te pasa, pero si puedo ayudarte en algo ya sabes que aquí me tienes…- sonrió con sinceridad ante el ofrecimiento de su secretaria.

-¿Tanto se nota que algo me ocurre?

-Te conozco desde hace años y a mí no podrías engañarme ni aunque quisieses. ¿Quieres una copa por lo menos?

-Es mediodía …¿no es demasiado pronto para beber?

-No, cuando es necesario. Y a ti parece hacerte falta, porque las vacaciones debieron de sentarte fatal.- soltó una carcajada ante el comentario.

-No sabes cuánto- Aunque su semana en el Caribe había ido bien no había podido relajarse debido a lo ocurrido en el viaje con las chicas.

-¿Te apuntas entonces?- Sidney le puso cara de cordero degollado lo que le hizo asentir. No le vendría mal despejarse, además con ella siempre se reía. Y eso era lo que necesitaba, divertirse un rato.

Cogió su bolso y se encaminaron hacia la salida. Durante el trayecto en el ascensor, Sidney no dejaba de relatarle anécdotas ocurridas en la oficina durante sus días de ausencia. Se estaba riendo sinceramente, de verdad. Y le estaba sentando de maravilla.

Decidieron tomar algo en la cafetería de enfrente, aunque no le hacía excesiva ilusión debido a que le recordaba demasiado a Emma, por aquello de que ahí habían quedado por primera vez.

Salieron del edificio mientras seguía riéndose sin cesar. Pero se le paró el corazón cuando se encontró con unos ojos verdes que la observaban desde el otro lado de la calle.

Se quedó estática y en silencio, mientras observaba como Emma se pasaba una mano por la cara para secar las lágrimas que por ella caían. Debía haberla perturbado encontrársela tan sonriente y con Sidney. Ella no gesticuló, simplemente se quedó esperando si la rubia hacía algo. Y lo hizo; tiró el ramo de rosas que sujetaba en la papelera más cercana, todo sin despegar la mirada de suya. Después se alejó rápidamente por la calle.

La siguió con la mirada hasta que desapareció al torcer la esquina. Sintió como un nudo comenzaba a formársele en la garganta. Y sin importarle el tráfico y olvidándose de la mujer que la acompañaba, corrió hasta la otra acera para rescatar las flores.

Sacó la tarjeta de entre el amasijo de tallos y la leyó.

"Sé que no soy perfecta. Sé que cometo errores. Sé que te he hecho daño…Pero también sé que te quiero, pero que no sé cómo quererte. Enséñame a hacerlo; enséñame a hacerte feliz cada día y a crecer a tu lado. Porque te juro que no hay nada que me importe más que tú. Nada que me importe más que nosotras. Te amo, Regina y si para que me creas tengo que demostrártelo todos y cada uno de los días de mi vida, así lo haré.

Emma."

Arrugó el papel y se lo llevó al pecho, al lugar que le dolía. Esta vez no le importó que alguien la viese llorar, porque hubo algo que cayó sobre ella como una pesada losa y que tenía que dejar salir con lágrimas. Quería a Emma Swan sobre todas las cosas y jamás podría separarse de ella sin perderse en el intento.

Porque, ¿qué le quedaba después de Emma? Nada, ya no le quedaba nada.


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